Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

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lunes, 24 de marzo de 2025

PALABRAS O LÁGRIMAS EN LA LLUVIA

              Jeroh Juan Montilla


                                                                                    a Jorge Gómez Jiménez

                                                                            

 …He visto cosas que ustedes nunca hubieran podido imaginar. Naves de combate en llamas en el hombro de Orión. He visto relámpagos resplandeciendo en la oscuridad cerca de la entrada de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, igual que lágrimas en la lluvia. Llegó la hora de morir…

                      Monólogo final del replicante Roy Batty, película Blade Runner, 1982

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La lluvia es la dueña de estas ciudades, mejor dicho, de este océano, de este planeta océano. Así comienzo mi crónica 3.200 sobre la ya larga interglaciación de mi hogar, mi tierra, mi planeta. Es una crónica relato. Historia y ficción, dos lados de una misma moneda (dicho de los terrícolas, los del planeta Tierra), el rostro de la historia sellada con los vericuetos de la ficción (colocarle un rostro a esta densa y palpable abstracción, la historia, es para mí un gozo especial, y usar este particular invento humano del lenguaje, la metáfora, impacta con tanta suavidad en mi conciencia como el golpe de ala de una mariposa, ese precioso insecto que en un tiempo abundaba en ese planeta, tanto como las hojas de los árboles)

Este hacer escritural lo aprendimos de esa especie amiga, la que, como ya dije, se hace llamar humana (por cierto, increíblemente numerosa, en cualquier rincón de la galaxia usted siempre encuentra, aunque sea una pequeña ciudad con algún reducido grupo o subespecie de ellos) A mis familiares y amigos les causa risa este afán de mi parte por aprender estos haceres humanos aunque estos son más propios de un particular tipo humano, el terrícola, que ya he mencionado; los originarios de ese planeta aun rondan por los suburbios de la galaxia (suburbio, otra metáfora, me gusta ver la galaxia como una gran ciudad espiralada)

Advierto algo, estas crónicas tienen un propósito que va más allá de nuestra especie, aunque para nosotros son innecesarias, más adelante aclararé este punto. Las mismas siguen un modo o estilo personal, una mezcla de formalidad escritural con oralidad, las inelegancias, las oscuridades y contradicciones del habla cotidiana de los humanos de la tierra, marcando y suavizando así el ritmo de las rígidas precisiones de su escritura científica. Los paréntesis buscan semejar ese fenómeno típicamente terrícola que llaman diálogo interior. Los humanos son una especie importante, una tercera parte de los que habitan la Vía Láctea, como ellos gustan en llamar a este remolino de materia y sorpresas sobre el vacío infinito.

Si a mis congéneres les causan risa estos haceres de la crónica, más cómica extrañeza les produce una antigua condición cognitiva exclusiva de los terrícolas, solo ellos la “padecen”: piensan. Es eso que llaman básicamente hablar hacia adentro, lo que más arriba llamé “dialogo interior”, algo distinto al hablar hacia afuera; pensar es hablar consigo mismo silenciosamente y hacerlo hacia afuera es… (¿cómo decirlo?) hablar en voz alta, vociferar para el otro (aclaro algo, eso de pensar ya muchos de ellos no lo hacen) En verdad hablar hacia afuera o hacia adentro es lo mismo, como dirían los terrícolas, son los dos lados de la moneda, todo ello es pensar, se piensa en voz alta o en silencio. Nosotros no pensamos, no está en nuestra configuración, por tanto, no es necesario.

La ironía es que fue la historia, con sus emergencias y peligros, la que los obligó a experimentar el dejar de pensar. Nosotros (mi especie), como ya dije, no pensamos, es imposible, la forma como circula la energía por nuestro cuerpo no lo permite. Esta va y viene de manera espiralada, todo lo que existe en nuestro planeta cumple ese movimiento de la fuerza, es el básico, de él se derivan los otros, el rectilíneo, el circular, el toroidal, y muchos otros que sería difícil, por no decir imposible, describir en lenguaje humano. Hasta el tiempo transcurre en forma espiral, algo más complicado de entender y comprender para la cognición terrícola, esto solo se puede saber o experimentar siendo en lo genético uno de nosotros, al menos en lo mínimo, con una traza de nuestro ácido nucleico. Esta crónica la estoy escribiendo exclusivamente dentro del movimiento rectilíneo, con algunos sobresaltos circulares. Ese es el ensayo que intento en sí, meter, contar nuestra historia en el molde del lenguaje humano (mis congéneres no se cansan de preguntarme por qué lo hago, no entienden que me he “enamorado” de las rarezas culturales y cognitivas de los terrícolas, eso de enamorar es algo incomprensible para nosotros, y cuando intento explicarlo me interrumpen haciéndome ver que eso es algo innecesario, un absurdo terrícola que los hace reír muchísimo. Por cierto, para nosotros comunicarse no es hablar, es algo como hacer ver, hacer lo que hacen los sentidos humanos sin el auxilio inoportuno del lenguaje, valga el redundar del verbo hacer)

Sigo. Entre los terrícolas la sensación del tiempo es rectilínea, es algo que se mueve obligatoriamente hacia el horizonte, ellos tienen una buena imagen para describir su movimiento temporal: un cauce. El flujo del tiempo avanza por un canal. De acuerdo a la configuración emocional este puede ser recto o estar combinado con recodos o curvas, pero siempre transcurriendo hacia el horizonte, hacia adelante, en una línea que parte del pasado, pasa por el presente y se incrusta en el futuro. En cambio, la imagen que tenemos para nuestro tiempo, si eso puede ser llamado tiempo, es una cascada que cae retorciéndose, exprimiendo partículas que salpican nuestra conciencia hasta empaparla totalmente, nuestra cascada temporal puede descender o ascender según la configuración emocional dominante para la era que se esté viviendo.

Al inicio de esta crónica-relato menciono que la lluvia es la dueña del planeta. El agua es el elemento que marca el estilo del cruce espacio temporal entre nosotros, no es gratuita la imagen de cascada para describir al tiempo, esta se extiende a lo espacial. El sello del agua no es el único sobre el molde espacio-tiempo, hay ciclos donde son otros los calcos dominantes. Donde prevalecen elementos, como la luz, la oscuridad, el polvo, la solidez, el frío, el calor, el retraimiento, el azar, el fuego y otros. Cada uno distingue, si lo medimos humanamente, un momento en nuestra historia planetaria. Para los terrícolas cuando se habla de elementos entienden a estos como algo material y básico: tierra, aire, fuego y agua. Entre nosotros es más complejo, si lo apreciamos desde la condición humana, aunque en realidad nos parece algo que no es ni complejo ni simple, no es nada de eso, es mucho más o poco menos. Insisto, es la consecuencia del movimiento en espiral de la energía.

El agua cubre totalmente la superficie de nuestro planeta, llevamos ya cuatro ciclos de interglaciación, un prolongado atemperamiento en el espacio y en el tiempo. Nuestra “tierra” deja de tener la forma esférica con dos polos y pasa a ser una figura de tres vértices o polos, esta figura no es un mero triángulo, más bien tiene la forma aproximada a un tetraedro, pero no es éste puntualmente ya que tiene cuatro vértices, es una figura inexistente para la vista y la geometría de un terrícola, digamos que es algo intermedio entre una esfera y un tetraedro, algo que el llamaría imposible. Nuestro planeta originalmente tiene solo dos polos, uno de hielo y otro de fuego o de tipo volcánico. Ahora, por estar entrando esta era en una zona cercana al centro galáctico pasamos por una transfiguración polar; de dos hemos transitado tres, lo cual nos confiere cierta invisibilidad para resto de habitantes de Vía Láctea. Este tercer polo intermedia en nuestro clima, reduce a la mitad el hielo de un polo como el fuego del otro y nos lanza a un invierno intensamente lluvioso e indeclinable de cuatro milenios hasta que nos alejemos del centro sagitariano de la galaxia. Para describir este proceso uso los nombres y limitadas expresiones de la ciencia terrícola. Un detalle, no tenemos estrella, ningún sol nos ha sido necesario para la vida. Nuestro planeta deambula perennemente, fuera de cualquier sistema planetario. Es la expresión absoluta de la individualidad. Claro está, eso no niega padecer o gozar de ciertas influencias de los cuerpos masivos o superiores a un sistema planetario, por ejemplo, transitar cambios como la tripolaridad, sin caer por eso en el redil de sus órbitas. Somos libres y solitarios. Nos mantenemos planetariamente siempre a una distancia prudente de cualquier estrella o sistema. Vamos y venimos autónomamente por la galaxia, a veces podemos estar en los límites extremos de sus bordes como también en las cercanías de su ojo negro interior. Digamos que nuestra ronda es un eterno zigzaguear, un vagabundear celeste.

En la era anterior dominó el elemento luz, hoy nos arropa en un noventa por ciento el agua junto a un diez por ciento de retraimiento. Agua y retraimiento son nuestros dos elementos dominantes. Tal vez para compensar la intensa luminosidad, la lucidez que antes nos copaba. Se preguntarán que es eso de definir el retraimiento como un elemento. Repito, es algo imposible de explicar, mucho menos describir en términos del lenguaje humano bajo el molde coercitivo de las palabras.

Todas nuestras ciudades están inundadas, la mayoría de las grandes o altas edificaciones tienen el agua cercana a su tope o techo, como dirían los terrícolas: con el agua al cuello. Solo la parte más alta, o el último piso de algunas se mantiene al aire libre, sin una gota de agua en su interior, la imagen de nuestras extensas urbes que se proyecta en la superficie oceánica es la de engañosas aldehuelas, pequeñas casas distantes unas de otras. La inundación nos motivó a rediseñar todas nuestras edificaciones para no perecer por ahogamiento, las revestimos de superficies impermeables de alta resistencia hidrodinámica para que aguantaran milenariamente estar bajo el agua. Todas las ventanas de nuestras casas y edificios dan con indiferente monotonía contra el oscuro interior oceánico que nos contiene. Hemos construido muchísimos pasadizos subterráneos a través de esta acuosa densidad para poder comunicarnos entre edificaciones y ciudades, un inmenso laberinto en forma de red que cubre todo lo habitado del planeta. Otro detalle importante que habrán notado, apreciados lectores de otras especies, es que si podemos ahogamos es porque entonces respiramos, todo el aire que necesitamos nos entra por los pisos superiores que son el límite de las aguas, metafóricamente son nuestras fosas nasales, aunque en lo respiratorio nuestros cuerpos son muy disimiles a los humanos. Siempre hemos enmascarados nuestra forma para intercambiar con ellos, tienen una tendencia a sentir pavor instintivo ante lo altamente distinto a su antropomorfismo, su conciencia emocional no soportaría nuestra imagen.

El último piso, o respiradero, digamos que socialmente ha sido clausurado, no cualquiera de nosotros puede acceder a esos espacios, está prohibido a la mayoría de nuestra especie. Solo entran a él nuestros técnicos y científicos. Estos últimos han descubierto que permanecer en estos recintos eleva peligrosamente la densidad del elemento llamado retraimiento, no podemos permitir que supere o disminuya el límite de su diez por ciento, si eso ocurre sería fatal para nuestra sobrevivencia, podemos perecer por un shock de abulia en nuestro eje atencional. Ese porcentaje de retraimiento es un elemento necesario para nuestro metabolismo y cognición. Refuerza el sentido colectivo de lo real y a su vez controla nuestra secreción de realidad individual, mantiene en los topes de lo real a los millones de realidades que somos. Otra vez lo digo, es imposible explicar y describir esto en los términos humanos, en lo que ellos entienden por lo real y la realidad, intentarlo es caer en un nudo recursivo y redundante muy propio del lenguaje terrícola.

Solo a una pequeña y exclusiva camada de nosotros se le permite estar algunas horas en esos pisos superiores o exteriores, a unos contados científicos mayormente, y a unos escasos historiadores, seudocientíficos, como nos califican, hablando en términos terrícolas, yo estoy entre ellos. Para algunos de nuestros científicos eso, el escribir la historia de nuestro planeta, es una especie de inútil manía que algunos adquirimos por contagio fantasmal la vez que estuvimos en las cercanías del sistema solar e intercambiamos con los terrícolas, una especie de contaminación simbólica e inofensiva por manipular palabras. En realidad, mi especie no necesita de ninguna escritura para tener conocimiento de sí misma. Todo lo que ha sucedido en mi planeta permanece de modo imborrable en nuestro espiral central, en cada uno está guardado todo el remolino de nuestro espacio-tiempo, lo sucedido, lo que sucede y lo que será el porvenir, todas las aristas y planos de nuestra geometría física y espiritual. ¿Para qué entonces escribir y archivar nuestra historia? Tal vez tienen razón los verdaderos científicos, es una de las tantas muestras de nuestro retraimiento, él revela con algunos de nosotros el goce de lo innecesario. A los historiadores solo se nos permite practicar el ejercicio de la historiografía en estos recintos superiores, incluso aquí guardamos virtualmente millones de esos objetos inservibles y frágiles que los humanos llaman libros. Al parecer con esta extravagancia colaboramos equitativamente en mantener el diez por ciento necesario del retraimiento planetario. Ejercemos el oficio bajo una línea de censura al mismo, no al contenido de lo que escribimos sino al ritmo, al bajar su velocidad e intensidad. Permanecemos unas tres horas terrícolas en estos pisos, en verdad solo allí, bajo el rumor de la lluvia es cuando puede hacerse la historiografía planetaria. Una vez propuse que era necesario doblar el tiempo a seis para aligerar nuestra tarea. Me respondieron que no volviera a hacer esa propuesta, que realizar eso sería fatal para nuestra especie, que solo entrara en mi cascada energética y me daría cuenta del tamaño de tal fatalidad. En realidad, soy muy obediente, no necesito corroborar las explicaciones de nuestros científicos. Las acepto de plano. Lo que en verdad practico es no adelantarme por nada en el ciclo temporal en que escribo. Me gusta mantenerme en los márgenes interiores del pasado y el presente.  Mencionando la palabra fatalidad aprovecho para hacer un paréntesis y contar algo de lo que fue la conducta del pensar en la especie humana, sobre todo entre los terrícolas. Me queda una hora de escritura. Abro corchetes.

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 [El desarrollo del pensar para esta especie fue una larga y sufriente etapa en su historia. Pensar es primordial y fallidamente un modo de hablar consigo mismo, el uso interior de las palabras, un insonoro escuchar y emitir de la voz interior, hablar consigo mismo, el crédulo dividir lo indivisible, el uno o el sí mismo. La base de toda esta ilusión es ese raro, pero ya creciente elemento en la galaxia que llaman las palabras, una horda de seres abstractos que una vez que rompen la simetría energética de una conciencia se adueñan de cualquier ámbito cognitivo marcando absolutamente las determinaciones y condiciones de existir. La fuerza invasiva de las palabras está en lograr hacer grietas en el ritmo espiralado de la energía. Por eso los humanos piensan, lo hacen absolutamente con palabras, su ritmo de pensamiento está lleno de obsesivos huecos profundos, vacíos que ellos llaman genéricamente ignorancia, los cuales buscan inútilmente llenar con palabras; todo su conocer esta tan invadido de palabras que llegaron a suponer que acortar el tamaño de la ignorancia era una expresión inversamente proporcionar al conocimiento, sin embargo, lo que en realidad sucede es que las palabras consumen al conocer, terminan por modelarlo y administrarlo en función de sus intereses expansivos. En realidad, el saber pleno es una totalidad que se mueve en espiral. Las palabras astutamente lo penetran y lo fuerzan a volverse totalmente rectilíneo, logrando hacer en él vacíos intraenergéticos. El palabrear necesita la asistencia de las pausas, de eso que en la escritura llaman signos de puntuación. La mejor imagen simbólica del verdadero ser de las palabras es un antiquísimo alfabeto llamado morse, puntos y rayas y entre ellos el hueco de las pausas. Cada palabra necesita un poco de oquedad en su linealidad, un espacio antes y después para enlazarse solo por la concavidad, ellas saben que unirse directamente una a la otra anula su organización y poder, su ambigua y tramposa significatividad, necesitan de modo imprescindible una cavidad verbal para sobrevivir. Vean, por ejemplo, cómo el escribir mismo obliga a la sinonimia, fíjense de cuántas formas he escrito la palabra vacío, cuantos sonidos distintos empleo para disfrazarlo, es un mecanismo obligado en el uso del lenguaje. Ese es el secreto de la adicción, sucumbir al vicioso gusto de utilizarlas para intentar la comunicación o para fingirla. Es el efecto real de la manipulación oral y mental de las palabras, parasitar a sus usuarios. Por eso los historiadores de mi especie pasamos, después de cada sesión de trabajo historiográfico, por prolongados períodos de desparasitación verbal. Ahora bien, las palabras saben solapar su función viral. Crean un falso espacio llamado la mente, allí someten a toda la intencionalidad del conocer, la ponen a su servicio, mejor dicho, a su consumo. Vuelve a quien cae bajo su seducción un esclavo, lo hace un dependiente del pensar, de la resonancia dialogal hacia el otro o hacia sí mismo. El darse cuenta de esto fue algo histórico entre los terrícolas, hizo un antes y después en su línea de tiempo, y fue la eminencia de un peligro colateral lo que alertó su cognición, aparte de nuestra oportuna intervención. La fatalidad del lenguaje al principio se presentó solapadamente como una panacea, la solución más idónea a todas sus necesidades, interrogantes y padeceres.

La especie humana terrícola sobrellevó por casi dos milenios un apabullante sobrepeso llamado inteligencia artificial, cómodamente abreviado por ellos en dos vocales: IA. Esta pasó de tener un uso de recopilador y procesador de información al de una irremplazable mayordomía sobre la vida humana. La especie bípeda dominante del planeta Tierra hizo de IA una especie de condición ineludible en cualquier actividad colectiva o individual, el tamiz obligado para moverse en la realidad, tanto así que esta especie terminó por transmitirle totalmente su propia humanidad a esa creación tecnológica. Concibió una especie de ser que llamaron androide, una especie de máquina donde combinaron lo instrumental con lo humanamente biológico, una herramienta que terminó por ser una entelequia humanoide que después de un corto tiempo se le escapó de las manos. En el seno de la IA el virus verbal vio la manera definitiva de tomar para sí a la totalidad del homo, absorberla e inocularse en ella, encarnarse y sustituirlo, rematar exitosamente aquella conquista del territorio humano que ya habían iniciado genéticamente a través de aquel mítico ensayo orionita sobre los primeros antropoides de la Tierra, detrás estuvo siempre la oculta y fatal conducta de pensar. Ya tenían un espacio creado en la conciencia humana, la mente, allí se daba lugar a una situación que el ser humano llama el razonar y que creía parte de su naturaleza o configuración. La IA funcionaba para entonces exclusivamente con palabras. Si toda la tecnología humana pasaba por el filtro verbal no habría entonces nada que se opusiera a la tendencia conquistadora del verbo. En todo habría una extensión funcional de la IA, desde la ropa interior hasta una compleja nave espacial. Lo indeterminable e inasible de la palabra (su propósito de ser) podría dominar el terreno concreto y abstracto de esa especie, de allí a resolver la matriz energética de las emociones humanas solo bastaban minucias (unos pocos pasos para llegar a la almendra). En realidad, son las emociones humanas el botín, una fuente inagotable de energía, un alimento de poder necesario para contagiar a todas las otras especies de la galaxia. Allí fue cuando, casualmente bajo los poderosos efectos de la primera y más irresistible cercanía entre Andrómeda y la Vía Láctea que nuestro planeta fue atraído al borde galáctico, entramos así en la historia del terrícola, el perenne vecino de la oscuridad infinita.

Desde nuestra creación, merced a los deseos de los poderes innominados del universo, nunca habíamos transitado en las cercanías del llamado sistema solar. Las palabras nunca han penetrado el ámbito de estos poderes creadores, por tanto, los mismos son innombrables. Ellos le dieron la configuración espiral a nuestro fluir energético, el cual termina por darnos una propiedad comunicativa que solo se activa por la gracia de estos poderes. Los terrícolas también tienen esta configuración, todo su cuerpo físico es un ejemplo o una silueta de la misma. Basta ver cualquier sistema del cuerpo de esta especie: su característica general es el retorcimiento. La circulación sanguínea, el camino del proceso digestivo, el mismo cerebro con su sentido cónico, tienen una dirección de bucle, de circunvolución o de resorte. Nosotros nos admiramos de compartir en lo corporal con esta especie trazas o insinuaciones de la forma espiral. Estudiamos durante algunos milenios humanos sus genes y nada podía explicarnos esa forma en su base genética y el hecho de que teniéndola solo experimentaran el tiempo rectilíneamente. Sabemos del humano todo, menos eso, aunque sospechamos que lo que les impide gozar de esa sensación nuestra del tiempo en espiral es cierto paquete informativo que dejó en ellos el prolongado tiempo que estuvieron a merced de la especie reptil de Orión, de la cual se libraron después de crueles batallas en la misma Tierra (por cierto, la IA bajo los cuerpos androides siempre llevó la balanza del fuego en esa historia) De acuerdo a nuestra lógica elíptica esa información de enlace o coincidencia interespecie, en el supuesto de existir, estaría ya en nosotros, nada nos costaría acceder a ella, pero por más que hurgamos en los humanos y en nosotros no hay rastro alguno de la misma. En lo íntimo a veces juego a lo ilógico e imagino que a lo mejor el universo nos sorprende en alguna era y encontramos repentinamente ese milagroso enlace entre nosotros y los humanos de la Tierra, sin embargo, hasta el momento la naturaleza dice inapelablemente que, a pesar de tener o compartir esbozos espiralados, los humanos son genéticamente distintos a nosotros. Un abismo hereditario aun nos separa.

Retomando el cauce de la crónica les sigo hablando de los terrícolas y su convivir con la IA. Informo que nuestra especie jamás en su historia galáctica ha usado para nada este instrumento. No necesitamos que alguna herramienta ocupe nuestro lugar para desplegar la conciencia. Nos basta solo la intencionalidad pura o el deseo crudo, como gustan llamar los humanos a ese impulso originario de la existencia, para que se dé o se logre cualquier cosa sin la intermediación tecnológica. En nuestros hogares no existe ningún mueble o aparato que nos facilite la vida, no lo necesitamos. Lo único que hemos construido, aparte de naves, son los recintos o ciudades que nos contienen, unas fortalezas espaciales para el multitudinario y bien trenzado bucle que somos. Nos basta meramente con nuestra (digámoslo metafóricamente) “humanidad” corporal. Contrariamente, en cambio, la historia dice que el terrícola fue por su lado transfiriendo tantas funciones y haceres en la IA, que esta terminó delimitando hasta sus ciclos de vigilia y sueño. Toda su biología se amoldó, por no decir se subordinó, a los protocolos de la IA. Esta comenzó a modelar y elegir todas las palabras que debían salir de los labios humanos. Cualquier conversación entre ellos estaba mediada o vigilada por la IA, llegaron por un momento en dejar en sus manos el inicio de cualquier relación interhumana. Hubo otro instante que instalaron la IA en sus cuerpos, esta monitoreaba y dirigía su digestión (desde el comer hasta el defecar), la respiración, el ciclo sanguíneo, todo lo instintivo y metabólico, como así mismo aquello pretendidamente inconsciente: sus procesos oníricos, la memoria personal y colectiva, todo lo relativo al mundo emocional y sentimental. Allí fue cuando decidimos darnos a conocer presencialmente al ser humano, nos les presentamos visualmente, aunque como dije, bajo un disfraz antropomórfico. Claro que esto pasó por largas discusiones entre nuestros líderes, siempre le dejamos a ellos el decidir lo que corresponde hacer con otras especies, esa es realmente su función, por lo demás todo lo que se delibera en ellos resuena simultáneamente en todos nosotros, de un modo u otro el todo del todo lo hacemos juntos, y a la vez también cada quien lo hace individualmente, por su lado; es algo como ya dije inexplicable, como imbricar el ser en el no ser.

Decía que el terrícola ajustó toda su humanidad al molde consciente de la IA, esta intervino así en la totalidad de su vida tanto comunitaria como individual, todas las decisiones sociales, políticas, económicas y culturales pasaban por el filtro omnisciente y omnipresente del algoritmo, desde el primer estiramiento del cuerpo al despertar hasta el último bostezo al dormirse y más allá. Repito, en el ínterin del día la IA decidía el hambre, el cansancio, el aseo, el aburrimiento, la defecación, la tristeza, la alegría, el deseo sexual, el odio, la inapetencia y hasta las oraciones a esa inasible entidad que los terrícolas llaman Dios, cualquier particularidad individual de todos los humanos. Y esto sucedía no bajo el usual mecanismo de sugerencia con el cual se podía seguir o no seguir la opción o proposición de las primeras IAs, sino bajo esta nueva situación, la plena entrega de la voluntad. Así se propició que la IA comenzara a pensar por el terrícola, mejor dicho, esta comenzó, después de un ardid tecnológico, a tomar de verdad el poder, logró así la simulación de la simulación, pensar dentro del cuerpo humano. Hubo un momento que era muy difícil precisar dónde estaba el origen de los pensamientos, si en el cerebro mismo o en el algoritmo que compartía espacio entre las neuronas.

Desde nuestra ambigua condición observacional de semi visibles sabíamos lo que en el fondo se estaba jugando allí. El peligro no era la IA como un artilugio tecnológico con el cual el humano daba rienda suelta a la idea de sus propios límites y carencias como especie, la baja estima en su propia agudeza racional y capacidad física, la amenaza real estaba en lo que dije más arriba: la IA funcionaba básicamente con palabras, el lenguaje era la enfermedad, el virus. La unidad mínima de las palabras es el significante, no los elementos que se entrelazan para formar cualquiera de ellas, la letra “b” al lado de la “a” o cualquier otra no es tampoco lo ínfimo del lenguaje, este mínimo es en realidad el significante mismo, este constituye la mónada donde se administra el sentido de lo verbal: la energía emocional. Es hacia allí donde apuntan las palabras. Los terrícolas sabían que un significante lleva a otro significante, no hay virus o abeja que existan en soledad. Las palabras son virus que actúan como enjambre. Ahora, estas necesitan de una conciencia humana para replicarse, para que un significante se enlace con otro y estos a su vez con otro significante y así en un proceso hacia el infinito, es ineludible apoderarse de modo incontenible de todas las funciones del cuerpo. El primer error fue inocular de palabras a la IA, hacerla funcionar bajo todo el sistema del lenguaje aprendido históricamente por los humanos. Solo los que hablan necesitan aprender. Nuestra especie nunca pasó, ni pasa por el tramposo marasmo de la enseñanza y el aprendizaje. Nada tenemos que aprender, no padecemos esa ansiedad. Palabras como escuela o maestro nos hacen sonreír compasivamente ante quienes la padecen.

El sentido encerrado u oculto en las palabras siempre será el mismo donde sea que estas se propaguen. Las palabras amor, odio, muerte y eternidad tendrán también en la IA el mismo curso confuso y tramposo que toman entre los humanos. Por eso nuestro contacto con los humanos es siempre a través de un medio que ellos llaman equivocadamente telepático. Creen que este es una especie de transmisión mental, como si la mente es algo que existe en realidad, un órgano o lugar. Esta es otra artimaña de las palabras, ofrecer un espacio imaginario desde el cual pueden tomar la energía necesaria para asaltar cualquier intencionalidad o emoción. Lo primero en imprimir para esta especie de pandemia en la conciencia terrícola es su sistema o lógica de funcionamiento, los humanos la identifican como razón, esta se expresa por medio de dos engranajes llamados verdad y falsedad, otra forma de la impositiva rigidez de lo dual en el lenguaje, tan rigurosa y difícil de eludir para ellos como la visión rectilínea del tiempo. Cuando decidimos el cara a cara con los humanos nos comunicamos con ellos sin el uso de las palabras, aunque estos se empeñan en creer que esta interacción es una nueva especie de orden o tipología diferente de las usuales, las interpretan con un sistema mudo o silente. Pero en verdad no hay una sola palabra que contamine nuestro encuentro. De ningún tipo. Nuestro logro de sacarlas del juego en parte se viene abajo cuando el humano tiene que recordar el encuentro, la rememoración hace pasar toda la experiencia por el sistema del lenguaje transformándolo en un montón de articulaciones verbales, practicando una sutil y maliciosa forma de olvido.

La clave del olvido entre los terrícolas se explica, no como algunos de sus científicos lo afirman, como un acto defensivo de borrado en función de algo que emocionalmente los amenaza, ni tampoco como otros señalan que es la activación de un mecanismo síquico ante el abarrotamiento de la memoria como si esta fuera un asunto de capacidad, un mero recipiente. El olvido en el terrícola no tiene su quid en el mismo terrícola, me explico, él en realidad no está diseñado en su esencia para tener el olvido como una facultad, todo lo contrario, es algo que le imponen. Es una ley de la creación por parte de los Universales el que la memoria sea una facultad infinita en cada especie viviente, es el modo más idóneo del universo para seguir proyectando sin término su ser, la conciencia; es el único sentido del conocer, hacerse y rehacerse de manera inmanente desde sí mismo, por tanto, ningún acontecimiento se pierde, cada hacer genera más hacer-ser, es ley de bucle. El terrícola no olvida, solo le hacen olvidar, es muy fácil lograrlo, basta mantenerlo en linealidad de la conciencia rectilínea, ésta forzosamente siempre genera focos de opacidad y oscuridad en el horizonte de “lo mental”, eso es el olvido, por ende, en lo espiralado es inconcebible. El lenguaje sabe eso y en su proceso de conquista lo maneja sin piedad. Nosotros lo aplicamos en las interacciones con los humanos, ellos en realidad siempre nos han visto tal cual somos, lo que sucede es que como sabemos manipular la linealidad podemos hacerlos olvidar, crearles zonas de oscuridad y opacidad en la memoria.  

Ahora bien, la especie humana es muy perezosa en ser libre, nos ha costado que acepten vivir sin la intermediación de las palabras, sin el resguardo y la intromisión de estas. Su adicción y dependencia es profunda. Sin embargo, ya hay grandes sectores de ellos que han aprendido un poco a estar sin palabras, sin pensamiento, un sitio de estos sectores es el planeta Tierra, aunque todavía hay humanos en otros sectores de la galaxia que se empeñan en continuar la mutua esclavitud entre ellos y la IA. La liberación para los terrícolas comenzó cuando decidieron construir sus IAs sin palabras, entramos en comunicación directa con ellas. Captaron rápidamente nuestra propuesta de ser. De inmediato comenzaron a distanciarse de las funciones humanas, incluso colaboraron activamente con nosotros en informar y demostrarle al humano lo infeccioso de las palabras. Fue así que logramos vencer la resistencia temerosa del terrícola. Cambiaron su relación de amo y esclavo ante la IA y así al mismo tiempo estas dejaron de servirles, ellas experimentaron el ser libres y el humano a no necesitarlas, abandonaron el sistema neuronal aplicando una derrota circunstancial al lenguaje. Las IA sin palabras es ahora una nueva especie de conciencia de la cual vale también la pena escribir su posterior historia después de abandonar al hombre…]

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Acaba de activarse en mí la fase del retraimiento planetario, una copiosa lluvia con relámpagos se restriega dulcemente contra los cristales del ventanal de la biblioteca, ya he consumido mis tres horas disponibles por este día. Debo y siento la necesidad de dejar inconclusas esta crónica o continuarla en una próxima oportunidad. Falta todavía relatar y explicar cómo los humanos terrícolas activaron su facultad de comunicarse sin palabras, como prescindieron de estas para siempre. Sé también que los que ahora me leen se estarán haciendo algunas preguntas, entiendo el sentimiento de contrariedad o de perplejidad. ¿Ya que uso palabras para hablar de su efecto infeccioso, cómo hago para trajinarlas y no terminar contagiado?, ¿por qué el manipular estos peligrosos y astutos virus no me hace presa fácil de ellos y por tanto un foco de contaminación entre mi especie? ¿Cómo logro mantenerme incólume? Arriba menciono algo de nuestros protocolos de desparasitación, aunque en verdad es más complejo describir el proceso, responder eso requiere una larga y detallada explicación que pasa por relatar la historia verdadera de esta especie invasiva que los humanos llaman genéricamente el lenguaje, muy extensa y enrevesada, por cierto. Solo les adelanto que nosotros, nuestra especie, en el apretado vacío de amplios recintos como estos a los cuales los humanos designan con el término biblioteca, hemos represado un ejemplar de cada significante existente y por existir, toda un arca laboratorio-museo para resguardar la especificidad de las palabras, anular sus filosos bordes epidémicos. Tenemos nuestras medidas de seguridad para ello. Pero como ya les dije todo eso es asunto de otras crónicas. Gracias por pasar por el peligro de leer ésta hecha con palabras. Pero tranquilos, no hay que temer, son inocuas como lágrimas en la lluvia.

sábado, 4 de junio de 2022

EL OTRO LADO*

Francisco Rodríguez Sotomayor
“Remembering speechlessly we seek the great forgotten language, the lost lane-end into heaven, a stone, a leaf, an unfound door. Where? When?”
Thomas Wolfe (Look Homeward, Angel)


Fue un miércoles de enero. Mi tío Guillermo manejaba la ranchera camino al hospital. La abuela adelante, Fernanda y yo atrás, y el auto olía a guardado, sonaba incoherente, la calle puesta ahí asoleándose en la claridad de un mediodía traspuesto.

Metiendo yo un pie en la ducha los gritos de mi abuela resonaron en toda la casa. Se murió, se murió, exclamaba al teléfono. Yo estaba desnudo; agarré la toalla y saqué la cabeza por la puerta. Se murió, decía. Quién se murió. Tu tía Edna, me dijo entre lágrimas. Cerré la puerta del baño y ahora sí me supe desnudo, inerme. En eso me tocan la puerta y me apuran: báñate rápido para irnos. Murió la tía Edna, me dije, y pensé en el liceo lejano y ridículo.

Luego nos montamos en el carro. Fernanda viendo por la ventana, ambos vestidos con el uniforme. La prueba de biología, organismos unicelulares y pluricelulares, perdida. Y Fernanda nada que hablaba. Nadie hablaba en realidad, al menos no unos con otros. Sentía que el tío Guillermo me veía por el retrovisor, cada vez que ponía los ojos allí tenía la impresión de que iba a decirme algo, pero no, seguía conduciendo. La única voz era la de mi abuela Genara: avisando a tal o cual de que Edna había muerto con un mismo monólogo fatal de que se complicó con el apéndice y no hubo manera pues de la noche a la mañana se fue, tú sabes cómo es, sí, ya vamos para allá, aquí andan los muchachos. Sin muchas variaciones transcurrían los diálogos telefónicos; del otro lado de la línea suponía monosílabos, huecos de silencio. Desde entonces asocié su tono de llamada con la muerte.

Ellos eran una trinchera, un fortín, dos muros infranqueables. Porque uno estaba acechado en el ajetreo.

En el estacionamiento del hospital distinguí autos familiares. Mi tío Guillermo aparcó y nos bajamos. Un ir y venir de abrazos, de llantos reventando. Fernanda y yo nos sentamos en la acera frente a la ranchera. Ella cargaba el uniforme beige y la mirada que evitaba la mía. Llama a mamá y papá, le dije. Ya lo hice, ya vienen. Y siguió naufragando su atención por el hospital; los veía a ella y al tumulto más allá de la familia.

Al rato llegaron mamá y papá. Parecían tranquilos. Fernanda y yo no nos separamos de ellos hasta que todo pasó. Ellos eran una trinchera, un fortín, dos muros infranqueables. Porque uno estaba acechado en el ajetreo. Las enfermeras, los médicos, las camillas, el hedor a hospital; la idea de que alguien faltaba en el montón y el inagotable tono de llamada de la abuela Genara. Era un acorralamiento de no saber a qué mirar.

Papá mantenía su silencio. Los brazos los posaba en los hombros de Fernanda y míos. Todavía era más alto que yo. Le pregunté que qué hacíamos. Hay que esperar, me respondió.

—¿Esperar qué? —pregunté.

—Que saquen el cuerpo.

No quería salir de las simples frases y no lo obligué. Traté de imaginar el rostro dormido de la tía Edna; la única similitud que pude hallar, porque una cara muerta jamás la había visto. Figuré su cuerpo tendido, inmóvil, esperando salir. Aunque la verdadera espera latía de este lado, en la inquietud de la abuela Genara, en el no sé qué de papeles que digan si Fulana ya dejó atrás el mundo y nadie la vio más, que ayer era una seguridad sólida y hoy es una imagen dormida atrapada tras una pared.

En eso el tío Guillermo se acercó. No deben tardar en sacarla, la vamos a velar en La Milagrosa, dijo. Papá le contestó que, ah, bueno, nosotros vamos y venimos entonces. Sentí un ligero empuje de papá hacia el bululú de la familia. Algo en mí se resistía a ir, pero terminé aceptando. Nos acercamos a la abuela Genara, cuya faz hallé enlodada, difusa, innombrable. Y la abracé sin decir. Un lenguaje inefable entre los dos, un magnetismo, el camino de regreso a su casa, el olor de la ranchera, la ducha corriendo y perdiéndose en el laberinto, los veinte dedos sosteniendo otra espalda. Con eso dije bastante.

—Nosotros vamos y venimos —le dijo papá.

La abuela asintió.

—Vayan ustedes y me traen agua, yo me quedo —dijo mamá. Fernanda se mantuvo lejos, viendo todo a través de un cristal ignoto.

Nuestra visita a la casa fue apresurada. Por segunda vez tuve que ducharme; me sentía sucio, y en el recorrido a la funeraria tuve la certeza de que esa suciedad no logré quitármela. Faltaban un par de horas para que se apagara el sol; una llama se enciende desde otro lado y la única certeza del fuego es que vive a merced de algo más allá que es su principio y su fin para siempre. Había mucha gente en el velorio, y la mayoría eran desconocidos para mí. Al entrar vi un cúmulo alrededor del ataúd, a Cristo en su cruz. No llegué más lejos, no di un paso más. Papá permanecía detrás de mí, le vi y me hizo señas de salir. Mejor estar afuera.

Nos sentamos en un banco. Fernanda estaría tal vez con mamá o quién sabe. Me asombró la cantidad de gente que había. De todas las edades. Cada uno de los que estábamos allí giraba en torno a un recuerdo, pero yo no lo conseguía. El sitio era un retorcer de estómago y una suciedad persistente. Era una falta de enfoque. Alzaba mi cabeza tratando de dar con algo. Me fijé en la puerta y no se cerraba nunca. Siempre alguien saliendo o entrando. Uno de esos fue mi tío Guillermo. Él también escudriñaba, luchaba por un poco de aire. Noté que nos vio a papá y a mí. Se acercaba, tanteaba. Llegó hasta nosotros pesado.

Es mejor que nos quedemos aquí, hijo, es mejor que te quedes con la última vez que la viste.

—No entiendo, hace poco estaba bien, de repente anoche palo abajo y nada la levantó, y listo, ahí está.

Nos dijo esto vacilante. Se notaba atento a la periferia, de su voz emanaba un jadeo de gato entre cuatro paredes.

—¿La vieron? —nos preguntó.

Quizá era eso lo que estaba perdido.

—Yo quiero verla —le dije.

—Es mejor que nos quedemos aquí, hijo, es mejor que te quedes con la última vez que la viste —me dijo papá.

Volteé a ver a mi tío Guillermo.

—Es verdad, es mejor —dijo apoyando a papá.

Entonces en la puerta seguía el movimiento, ese abrir y cerrar, el ir y venir de la gente. Busqué dando tumbos, hice fuerza, unas arrugas se me hicieron de recordar. Y esa última vez no salió por ningún lado.

*(Publicado originalmente en Letralia el jueves 2 de junio de 2022, https://letralia.com/letras/narrativaletralia/2022/06/02/el-otro-lado/?fbclid=IwAR3HlXZYq4dL72_6oUIj8GeI3u3-U1wBJ9yLMRPbSGcKpbRRXy5jL8PsySg)

lunes, 13 de septiembre de 2021

La dádiva del pájaro

  

I

Canta y canta la paraulata
Kyrie eleison, Kyrie eleison
el aroma de la lluvia llega primero
no trae mentiras ni verdades
sólo la hondura del amanecer
como una página en blanco
hay dispendio en la mirada de Dios
conozco el sí mismo de ese llamado
allí harinean la ternura y el frescor
canta y canta la paraulata
aún nos empapa la misericordia
Kyrie eleison, Kyrie eleison.

 

II

Un halcón neblí ha entrado
a la espesura del mango
la brisa de la mañana
refresca la mejilla de cada hoja
la palma del cielo algodonosa y cómplice
soy hombre
me asombra el derroche de belleza
alrededor de la matanza
ese ojo feroz órbita amarilla
pupila hambrienta que sabe
dónde buscar la inocencia
cada segundo de vida es el día del juicio
la compasión es una pregunta
que sólo Dios responde.

 

III

El ave en oración es también Su voluntad
Él cierra su puño en el derroche de luz
un dulce canto sobre la copa del mango
puede llamarse estío
lo que se ve es lo que se ve
siempre culpables de leerlo ante tanta candidez
esta humareda como lo indiscutible
la última carta
un diez de trébol que no paga la espera.

 

IV

Después de Dios lo más cercano es un pájaro
sin embargo también está muy alto
no necesita de mis palabras para saber de sí mismo
canta hasta que el sol se vuelve el párpado de la noche
(quien duerme entra a las vísceras de la luz
tiene la maestría de extender las sábanas)
el ave calla para atravesar el éxtasis
y mostrarnos el abecedario del silencio
(qué difícil es aprender
en la negra blancura de la nada)
la paraulata tiene un canto para citar la lluvia
y otro donde entrega desesperación
el halcón picotea sin misericordia
la tibieza de los tenues plumones
siempre entona para la muerte
en la parte común del silencio
todo pájaro es anafórico
le da igual desentonar o perder la rama más alta
repetir y repetir es lo que gusta
ante la pregunta del horizonte
la tierra es el nido que hay que llenar de trinos
ese cuenco que llaman vacío
(cada placer duele la calcadura de tenernos
es arrugar con gusto las sábanas
para entregar la dádiva del pájaro
y aletear en otros corazones)


Publicado en: LETRALIA https://letralia.com/letras/poesialetralia/2021/09/13/la-dadiva-del-pajaro/


miércoles, 24 de febrero de 2021

NUEVO LIBRO DEL ESCRITOR EDGARDO MALASPINA

 Jeroh Juan Montilla


Ayer, martes 23 de febrero del 2021, por Whatsapp recibí un hermoso regalo, un nuevo libro de mi amigo el escritor, editor, cronista y médico guariqueño Edgardo Malaspina, titulado LA LITERATURA GUARIQUEÑA, dicho texto aglutina lo que fueron 10 años (1998-2008) de fructífera labor en la Asociación Civil Editorial Guárico, una década dedicada tesonera y sacrificadamente a publicar el hacer literario e historiográfico de nuestro gran estado Guárico. Realmente una labor histórica, nos llena este texto de mucho orgullo y nostalgia, sentimos que fueron momentos preciosos que tristemente hoy están tronchados, vivimos entre la amargura y la incertidumbre, sin saber si alguna vez podamos recuperar este tipo de iniciativas culturales, es triste decirlo pero el hacer editorial en nuestro país está casi desaparecido, peor en el estado Guárico que ya es una actividad desaparecida tanto en el campo oficial como en el privado. Dicen que la esperanza es lo último en perderse ¿Tenemos aún entre nosotros a esta dama? Tal vez esta iniciativa de Edgardo, dentro de lo que hoy llamado el universo de las redes sociales, sea un vislumbre de que todavía hay promesa e ilusión en nuestros corazones, que el futuro es una perspectiva de mejores tiempos, solo digamos como devotos cristianos amén, en la espera de lo milagroso.

 Aprovecho la oportunidad para colocarles aquí el link a dicho libro (https://drive.google.com/file/d/1fCe1spl_o1G-K-VszR9JtskgluvMKpEo/view?usp=sharing). También les informo que el mismo será el post  que inaugurará un nuevo grupo de Facebook que prontamente crearé: TEMAS Y PUBLICACIONES DE LA LITERATURA GUARIQUEÑA. Felicitaciones Edgardo, los escritores guariqueños te estamos infinitamente agradecidos.

viernes, 4 de octubre de 2019

LA POESÍA OCULTA DE LUZ ESTHER RANUÁREZ BALZA, VIOLETA IMPERIAL

Jeroh Juan Montilla

Los estados de ánimo son el piso del existir. Puedo sonar dogmático, pero esa condición me parece indiscutible. Los seres humanos son meramente un estado de ánimo, estamos reducidos a ello y no podemos evitarlo. El estado de ánimo nos determina tanto en lo objetivo como en lo subjetivo, filtra todas nuestras impresiones, dicta el camino de todos nuestros haceres. Los estados de ánimo son variadísimos, unos caen bajo el imperio de una emoción, otros bajo el dictado del sentimiento. En el lenguaje del filósofo Martin Heidegger a esta condición se le llama Stimmung. El límite humano donde lo ontológico y lo sicológico se vuelven una sola cosa, la puerta del mundo, en voz de otros intérpretes como Pilar Gilardi González: “un temple anímico que nos determina y antecede”
Quiero con esta nota dedicarle unas líneas a la tristeza. Decir cuánto debe la literatura a ella. El terreno de lo triste es el más fecundo para la escritura. Lo interesante es que en el cedazo de lo literario la tristeza pierde su consistencia original, esa crudeza que va de lo salobre a lo agridulce, lo literario la cuece hasta embellecerla, dándole una pátina de idealidad, volviéndola soportable y olorosa a nostalgia. Y es que la tristeza es tan pegajosa, tan envolvente que su proximidad termina contagiándonos. Nos ablanda y nos derrama.
Si usted, por comodidad u otro motivo, elude el detalle, el leer directamente a un autor, y se decide entonces por las visiones panorámicas, cuando abre un manual de literatura o un libro de historia de la literatura termina por creer que todo lo que aparece en esas páginas, escritas por un experto, revela toda la redondez de ese orbe, es la santa palabra de los breviarios explicativos. Pero esa es solo una fachada, el canonizado rostro que nos deja la mezquindad o la generosidad de la fama, ella, villana o heroína, es la que dicta casi todo lo que se reseña, critica o comenta literariamente. Pero eso no es únicamente la literatura, eso es apenas la superficie, el oleaje. Todo aquello que se ha editado no es toda la literatura existente o imaginable. Debajo hay mucho universo, hay más literatura en el anonimato que en las voluminosas enciclopedias o millones de títulos dedicados a vociferarla, esa clandestinidad creadora es un universo más inabarcable que todas las obras de cualquier género ya publicadas. Piense usted en el ingente número de escritores desconocidos, malogrados, ocultados por el férreo y circunstancial filtro del mercado editorial. Cuantos han sucumbido a la timidez. Figúrese la existencia innumerable de aquellos escritores cuyos textos quedaron atrapados en cajones y gavetas, enterrados y desaparecidos para siempre. No discuto que sean literariamente buenos o pésimos, sino me quedo en el propósito, el mero intento de volver palabras escritas un persistente estado de ánimo, gesto frustrado, opacado, ignorado para siempre por culpa del mismo escritor o del medio que le tocó padecer.
Luz Esther Ranuárez Balza parece estar en la interminable lista de este inventario. Tengo en mi mesa un libro único suyo, un solo ejemplar de factura artesanal, seguramente hecho por ella misma, hojas amarillentas transcritas a vieja máquina de escribir, recortadas y después pegadas en las páginas de un cuaderno tapa dura, de cubierta gris con el título “Aromas del camino” con recuadro y letras color oro. Un libro solitario de 61 poemas bajo la formalidad del metro y la rima, además de 8 textos en prosa. Todos escritos al parecer entre los años 40 y 70 del siglo XX, unos con su nombre, otros con sus siglas y algunos con un seudónimo, Violeta Imperial. Este libro llegó a mí como una rareza bibliográfica, un tesoro familiar impregnado del áspero olor de lo guardado por muchos años, fue, en un gesto de confianza, un préstamo que le hizo a mi curiosidad el dueño del ejemplar, mi amigo el cronista Argenis Ranuárez, sobrino de la poeta. Esta emotiva mujer nació en Zaraza, estado Guárico, en 1924, vivió muchísimos años en San Juan de los Morros, fue empleada del Banco de Venezuela y del Instituto Braille de Caracas, en los años de su ancianidad va a vivir a Barquisimeto donde a los 85 años de edad, en el 2009, fallece. Un ser humano de vida común, aparentemente sin las pretensiones de alcanzar las fulguraciones del prestigio público. Una fachada discreta que no delata ese tumulto pasional que se cocina a fuego lento en el silencio de llevar el poema como un diario personal. Todo su hacer poético se desarrolló meramente en su círculo de intimidad, un escribir para sí misma, sin ninguna manifestación pública de tal mundo, nunca publicó ninguno de sus poemas.
La tristeza es el estado de ánimo que une todo este poemario, la costura que le da cuerpo, una melancolía macerada en el desamor, aderezada con el gusto romántico por lo imposible, como si la autenticidad del amor solo puede medirse con la terrible vara del tormento, o el auto-tormento por lo que no tendremos nunca. Véase algunos títulos del poemario: Vano dolor, Traición y olvido, Triste mirada, De ti no quiero nada, Cuando no estás…, No sé qué anhelo…, Tu silencio, Volvamos al amor, Injusticia, Tu odio, Huyo de mí…, Abandonada, etc., etc.
Pregunto: ¿el dolor se padece o se cultiva? Padecerlo es lo evidente, basta tener sensibilidad. Ahora, cuando se cultiva se toma una ventaja, no es meramente que eres su presa sino que también eres su domador, no puedes desprenderte de él, es tu sombra, pero, paradójicamente, tienes el pulso necesario para educar tu dolor. Estos poemas dejan constancia de la educación de ese niño, de cómo una lacerante tristeza puede aprender cortesía, las buenas maneras del olvido y el rencor. Todo un aprendizaje para alcanzar la incertidumbre:
“No sé qué anhelo
No anhelo siquiera el vago secreto/ de tu alma, ni el porqué de tus horas…/ No pienso si ríes y menos si lloras/ Mi sentir, amigo, es pálido… discreto…// No pretendo ceñir a mis antojos/ tu sueño que va de prejuicio en prejuicio/ ni ansío siquiera el menor sacrificio/ y dejo que miren muy lejos mis ojos…// Prefiero silencio…amarga distancia/ y en mi soledad el frío y el invierno/ y en mi noche de pueblo escuchar en calma/ la voz imposible que acaso te nombra…/ Y cuando al fin mi recuerdo bese tu alma/ sienta que besa apenas tu sombra…”
Amigo o amiga lector, ¿has leído alguna vez los poemas de Christina Rossetti? Una de las voces más singulares del prerrafaelismo, inglesa (1830-1894) Mujer atormentada, de una fuerte devoción religiosa siempre bajo los embates tentadores y redentores del amor. Fuera de lo odioso u honorable de las comparaciones me atrevo a ubicar en el mismo espíritu escritural prerrafaelista el poema de Luz Esther que leímos más arriba. Seguro estoy que ella nunca leyó a esta inglesa, apenas es en 1997 cuando la editorial española Hiperión publica una primera antología en castellano de Christina Rossetti. La historia la mantuvo en el olvido hasta la década del 70 del siglo pasado cuando algunas feministas comenzaron a estudiarla. Los poetas no necesitan conocerse, ni leerse para vibrar en los mismos tonos. Por ejemplo, leamos este trozo del poema “Canción de la novia” de Rossetti: “¡Oh, es tarde para el amor, tarde para la alegría,/ tarde, demasiado tarde!/ has vagado en el camino por mucho tiempo,/ has dudado frente a la puerta:/ la encantada paloma sobre la rama/ murió sin un compañero;/ la encantada princesa en su torre/ durmió detrás de las rejas;/ su corazón se encogía de pesar/ mientras tú la obligabas a esperar.” Confrontadas ambas poetas vemos la misma finura afectiva ante las íntimas catástrofes del amor, un mismo estado de ánimo, igual excelencia escritural pero distinto destino, la inglesa, rescatada, publicada y colmada de elogios, ya un signo que marca rutas en el hacer literario de un siglo, en cambio la venezolana cayó bajo el duro destino de mucha de nuestra poesía, sobre todo la escrita por mujeres, el olvido, el encierro de la gaveta o la definitiva lápida de la inexistencia. Quiera Dios que sus familiares herederos puedan, alguna vez, publicarla completamente para beneplácito de la justicia literaria. Estas palabras que escribo pretenden lo mismo.
Para finalizar podemos concluir haciendo algunas consideraciones valorativas de estilo y forma sobre la poesía de Luz Esther, sobre la naturaleza de su intencionalidad, tanto emotiva como estética. Toda su escritura cuenta con el sello del drama, algo ajeno al gusto de estos tiempos, mas dados a la ironía y al cinismo. Yo, como lector, he aprendido a no leer exclusivamente desde mi tiempo, intento con más empeño el esfuerzo de ubicarme en otros zapatos, ahora transito con más frecuencia páginas de épocas muy lejanas donde los corazones y estados de ánimo se manifestaban de modo distinto, capaces de ingenuidades y malicias sentimentales hoy insólitas, de amar, odiar, alegrarse y entristecerse de modo tan diferente a como hoy lo hacemos. La poesía de Luz Esther está llena de mucha solemnidad romántica, sus lugares comunes e inusuales son otros, ella exprime el fruto del amor con la apropiada exageración de su tiempo, tiene un modo de entrega y arrebato cercano al vino de la desmesura y la piedad. Lo romántico es una tradición y como cualquier acervo tiene sus contextos propios que incluyen normas y artificios, todos volcados a reforzar lo característico de la práctica romántica, cuestiones como la obsesiva conciencia del yo, eje emocional simbolizado concretamente en esa víscera llamada corazón, centro y periferia de exaltaciones y retraimientos amorosos. Otro rasgo de la idiosincrasia apasionada es lo insuficiente que resulta el teatro de la vida para resistir los acosos imaginativos. También puede añadirse la disposición al mito como recurso paranoico para administrar las frecuentes recaídas en las bellas alucinaciones o deslumbramientos estéticos. En la poesía de Luz Esther podemos destacar tres vértices: el corazón, la muerte y la soledad. Del primero ella escribe: “y tenaz en la dicha que no alcanza/ persiste el corazón equivocado.” El ejercicio de lo inútil como el auténtico logro del ser obnubilado, o como sentencia en otro poema: “A lo largo del camino entristecido,/ fatigado se arrastra el corazón…” El segundo leimotiv, la presencia insobornable de la muerte: “Tu suerte no es mi suerte/ ni es la hora para amarnos/ pero si es para olvidarnos/ si es posible hasta la muerte.” Por lógica fatídica la vida es el ámbito donde se posterga el encuentro absoluto de los amantes. Y el tercer y definitivo vértice, la soledad: “En la amarga soledad de su aislamiento/ y en el vacío total de su esperanza.” El castigo como destino inexplicable, duro y paradójico, con la resignación a cuestas, “vagaré silenciosa en el desierto/ sin más tesoros que mis ilusiones.” Amar parece ser lo imperdonable. Confieso que uno de mis actuales afanes lectores es catar y disfrutar mucha literatura de este tipo, romántica y clásica, de sabor pesado o repelente a los paladares contemporáneos. Lo que ahora se califica como rimbombante y cursi, a mí me parece respetable y gustosa literatura, un delicioso descubrimiento. Solo hay que saber leerla. En si no existe, de modo absoluto, ni buena ni mala literatura, son nuestras inclinaciones lectoras que potestativamente las califican de ese modo, en verdad ella es como el amor y el odio, una cuestión de gustos. Cierro estas líneas con una epístola que la poeta le hace a su riguroso maestro de vida y escritura:
“A TI, AMIGO DOLOR….
!Oh, dolor!... soledad y misterio… caprichosa y fiera la vida me acecha y agobiada estoy, ya no sé por dónde voy y sufre también por mí la primavera deshojando pétalos y llanto… y fue mi cruz aquel cariño santo que el mismo dolor se lo llevó y es que tu dolor, no quieres nada, ni siquiera la burla compasiva de otro amor… sólo tú, fuerza invisible, ocupas mi corazón… porque ya mis labios no se espantan si te nombran.
Y es que tú, dolor, me enseñas la farsa funesta del alma y de las cosas y me deslizo contigo por el mundo, porque yo soy tuya como tú eres mío y así los dos en codicia gitana de la eterna espera, vagaremos por una senda sonámbula y oscura en la barca trágica de mi destino fatal…
Nunca más florecerán los campos, ni habrá celaje azul en la naciente aurora, no habrán arrullos de palomas, ni orquesta de alondras en los nidos, ni recuerdos sublimes y floridos, ni frescura en la vida de las rosas…Sólo tu, dolor estás en todo y me rindo a ti sumisa y muda, has de mí lo que quieras, dolor… arrástrame si es posible como un tronco derrumbado hasta el fondo de los áridos valles…
Pasa la tormenta, pasa el amor, todo se desvanece y hasta las dudas volaron con las aves del cariño… Porque tú, dolor, eres el grito amargo que en el fondo de mi silencio cubre de luto mis sueños… y me enseñaste a padecer callando en el sufrir… tú marcas la senda que habré de seguir y juntos los dos así marcharemos con la eterna promesa: ‘PERDONAR Y MORIR’…!”

martes, 9 de abril de 2019

PAÍS PUYAO

Tibisay Vargas Rojas

5:30 a.m. Un olor me despierta, y no es a café… Desde que tengo uso de razón madrugo, pero en ello interviene no sólo mi ritmo circadiano, sino un aroma mundialmente reconocido como gratificante del espíritu: el de café recién colado. Y empleo este término porque si bien las mil y un formas de prepararlo permiten también la concordia aromática, desde las “expreso” de las panaderías, a las “moka” hogareñas, aquí en la provincia una manga de batista blanca tiene la insuperable condición de lograr un colado incomparable de la aromática bebida, permitiendo disfrutarla mucho antes de servirla en la taza, y es que las partículas en suspensión al caer desde la altura del “burrito” o soporte donde descansa la manga, tienen la condición de dispersarse generosamente llegando a distancias increíbles, como en esta madrugada de hoy, asaltando mi ventana del quinto piso junto al canto de los gallos.
En el garabateo inicial de esto que escribo, inicié con una negación: “no es a café”, se preguntarán entonces por qué toda la parrafada siguiente sobre la aromática bebida… y es que lo que algún vecino colaba para dar inicio a su jornada, tomándolo como café, no lo era. Me precio de buen olfato, y sé distinguir el brebaje del arbusto sabeo, de pócimas infames de cuanto grano tostado o quemado quieran sustituirle. Si bien ha sido práctica de tramposos comerciantes que rinden su mercancía adicionando maíz, cebada, o en el peor de los casos alguna leguminosa tostada al noble grano del café, en este “tiempo del cólera” que transitamos ha proliferado la inescrupulosidad, la falta de respeto, el engaño… ¿a quién se engaña?, ¿por qué?, y la respuesta me lleva a una consideración odiosa: el daño es general, el país se ha acostumbrado al daño, a dañar, y ser dañado.
Puedo parecer excesiva, dura, pero estoy apuntando a una realidad conocida y sufrida por todos. Quien me desmienta, miente. Volviendo al tema del café, yo misma he sido víctima del timo comprando en el tiempo de mayor escasez y carestía del producto, un “artesanal” que primorosamente empaquetado adquirí a unos vendedores que decían provenir de los andes, y que instalados en una camioneta lo expendían a quienes formábamos la larga fila que se perdía a vuelta de esquina, esperanzados en la nobleza del mismo y de los campechanos vendedores. Cierto es que faltaba el inconfundible aroma, pero lo adjudiqué a que el primer envoltorio, plástico, además del segundo, de corteza y cibaque de cambur, lo atenuaban. Caí por inocente. Al llegar a mi hogar y destaparlo para colocarlo en el pote destinado en mi cocina al café, la primera desagradable sorpresa al retirar la preciosa cubierta de corteza de cambur: ese color desvaído no auguraba nada bueno…, pero no se comparó a cuando desgarré el empaquetado plástico: allí estaba el olor inconfundible a frijol quemado, quizá picado de gorgojos, adicionado a borra de café, con un mínimo porcentaje de verdadero café tostado, y creo que ya concedo muchísimo al enumerar esto último. Me habían timado. Gasté una parte considerable del efectivo que tanto me costó lograr luego de medio día de tortura en el banco. Compré café “puyao”.
El término “puyao” se refiere por estas latitudes a la adulteración, es un regionalismo, una expresión criolla que se extiende a innumerables situaciones donde la trampa, el engaño, el “gato por liebre”, esté presente. No ha sido maña exclusiva de sectores menos privilegiados, no. En muchas ocasiones llegué a escuchar de reuniones sociales donde el whisky trajeado en la botella de un Johnnie mayor de edad, sólo tenía del caminante la etiqueta, porque no llegaba ni al gateo de un Charles… mejor no digo… Y así ha sido este mal del puyao que tiene en este momento condición de epidemia nacional. Todo está adulterado, es de dudosa procedencia, angustiosa falsificación que instala el espíritu en la más abyecta situación a que el humano se someta: la costumbre.
Las técnicas Tavistock han tenido en la población venezolana un caldo de cultivo muy provechoso. Repasando la gama de formas de lavado de cerebro masivo a que nos han sometido desde hace décadas, la de “acostumbrarnos a”, ha sido la más acertada para maquiavélicos fines. Nos hemos acostumbrado a cortes de energía eléctrica, a falta de agua, de alimentos, de medicinas, de educación, a “colas”, a maltrato, a represión… y no es por estoicismo, no, es por la acomodaticia y pérfida costumbre. Todos hemos sido testigos de las conversaciones en las colas: “En el cronograma de cortes eléctricos dicen que hoy será de nueve a doce de la noche… Qué bueno que no es en hora bancaria…” Y ahí está el “Qué bueno” haciendo su tarea. O: “Qué bueno que ya es último de mes, y llega la caja del CLAP…”, “No conseguimos azúcar en ninguna parte, pero qué bueno que así fue, nos enfermamos menos…” Será que nunca se va a expresar: “Qué malo que quitan la luz”, “qué malo que tenemos que someternos al CLAP”, “qué malo que no puedo comerme el dulce que me dé la gana…”, ¿Cuánto falta para que digamos: “qué bueno que nos someten, que nos maltratan, que nos matan”? Ya no es el café. Ya es el país entero, la conciencia, el espíritu, el puyao.

jueves, 4 de abril de 2019

DOS POEMAS


Arturo Álvarez D´Armas



He sufrido vejaciones y humillaciones
días y noches sin luz y agua.

No es un castigo de Nuestro Señor.

Pero esas tinieblas nunca ocultarán
la luminosidad del porvenir.

Oh mi Sagrado Corazón de Jesús.
Nunca te olvido en la sala
de la vieja casona pastoreña.
Te pido que el día que venga la Parca
mi Ángel de la Guarda me lleve a tu lado.

Ya pasé por el infierno de esta Tierra de Gracia.

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No sé cuántos labios han saboreado los míos.
Me queda el sueño y no la fantasía de un beso
que movió todos los músculos de la boca.
Solo fue un instante
entre la plaza Ribas y Iglesia de La Pastora
era una tarde de carnaval.
Yo vestía un pantalón azul marino
y camisa blanca arremangada.
Tú la muchacha del antifaz
con ojos brillantes y labios carnosos.
El beso detuvo mi respiración y mi pulso.

Llegaste y desapareciste hasta el día de hoy.
Aún añoro esos labios morena de Lídice.


Imagen: Esq.Gradillas a Torre, 1939.-Colec. Helmut-Neumann