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sábado, 20 de julio de 2013

NEGRITUD Y GÉNERO. Emblema salvadoreño en Ramón González Montalvo

Rafael Lara-Martínez
Tecnológico de Nuevo México
Desde Comala siempre…

El olvido quería abarcar el pasado [pues] es tan amargo el recuerdo [que] ciertas cosas pertenecen al pasado. Y entonces, ¿a qué recordarlas? Ramón González Montalvo

Resumen: Notables historiadores certifican que en El Salvador no hay población afro-descendiente. Por tal razón científica, sólo en la ficción se escucha su voz. “Negritud y género” restituye la poética como manera peculiar de escribir la historia y de concederle un protagonismo a un segmento representativo de los habitantes salvadoreños. Si el mito vasconceliano de un mestizaje perfecto censura toda reflexión sobre “raza e historia”, una visión puritana suprime toda “historia de la sexualidad” en un país con una alta tasa de feminicidio. He ahí el dilema actual: acallar la evidencia en nombre de lo político correcto.

Abstract: The most classical historians certify that in El Salvador there is no population from an African-ancestry. For such scientific reasoning, only fiction represents their voice. “Negritude and Gender” restitutes poetics as a peculiar manner of writing history and conferring a depiction to an important segment of the Salvadoran people. If the Vascocelian myth of a perfect mestizaje/melting pot censures all reflection on “race and history”, a puritanical foresight suppresses any “history of sexuality” in a county with a high rate of feminicide. Such is the current challenge that silences evidence in name of the political correct.

0. Historia y ficción

No hay nada nuevo en la frontera que divide la historia de la ficción. En la época clásica, el reparto lo establece la oposición de lo “particular” y lo “general”. Se llama historia el decir “el mango está delicioso (“qué hizo o le sucedió a Alcíbiades”)”; ficción, “el mango es delicioso ( “a qué tipo de hombres les ocurre decir o hacer tales o cuáles cosas”)” (Aristóteles, Poética).

La primera disciplina establece un hecho singular y único; la segunda, un enunciado universal. En Aristóteles, la ley dual de la poética regula el pensamiento. Lo regula de manera tan implacable que la actualidad la recita sin citarla.

En el siglo XXI, la distinción fronteriza la mantiene una policía de aduana en términos dispares a los antiguos. En efecto, la discrepancia cobra un sesgo diverso e inédito, pero conserva el antagonismo dual.

Se llama historia a la verdad en pintura; ficción, a su subversión pese a que el escritor sea conservador. Las temáticas que la historia censura, la ficción las recobra como asuntos propios. Uno de sus propósitos consiste en expresar el retorno de lo reprimido. La ficción reinscribe la huella que los hechos históricos borran adrede.

Un ejemplo típico lo ofrece Pacunes. Estampas campestres de Cuscatlán (1973; ilustraciones anónimas) de Ramón González Montalvo (1908-2007). El libro consta de una breve introducción —ishco, acaso del náhuat-pipil ix “ojo, semilla, brote”— y de dieciocho cuentos, dieciséis nacionales y dos chapines.


Dos temáticas que ignora la historia social destacan en los relatos, a saber: el amor y la sexualidad, así como la cuestión racial. Si la raza la oculta el mito vasconceliano de un mestizaje perfecto, el deseo amoroso lo esconde el disimulo beato. En El Salvador no existe “raza e historia”; tampoco existe una “historia de la sexualidad”.

Ambos tópicos son ficciones para un determinismo sociológico que niega el cuerpo humano sexuado. Si la raza aflora al revelar el emblema mismo de Cuzcatlán, el amor lo hace en la relación naturaleza-cultura y en la vida diaria. Surge en el quehacer agrícola del hombre en una tierra feminizada que perfora al sembrar. Aparece cada madrugada con la Nixtamalera, Venus en su versión de estrella matutina.

A la noción de un cuerpo humano sexuado —“más filosófica que la historia” (Aristóteles)— la ficción agrega la del mundo. No hay ficción sin una mundanidad —corporal y terrestre— que siempre enmarca el hecho histórico.

A continuación, se desglosan la negritud como emblema de lo salvadoreño y la violencia sexual como premisa silenciosa de lo social. Según el epígrafe inicial, la historia en boga aboga porque su memoria olvide “ciertas cosas” que “pertenecen al pasado” (Barón Castro (La población de El Salvador, 1942/1978), “la aportación negra no fue muy abundante”). Así se lo impone una práctica científica selectiva de las fuentes primarias y de las temáticas a investigar.

I. Negritud

Para tres grandes escritores clásicos, la negritud se halla a flor de tierra en El Salvador. Los documentos primarios excluidos de la historia social son tan obvios como el silencio que los esconde. Se trata de Salarrué, Julio Enrique Ávila y el propio González Montalvo.

No importa que el primero ingrese a la memoria histórica mundial, que el segundo invente el nombre poético del país, el Pulgarcito de América, ni que el tercero escriba la “novela campestre mejor dispuesta técnicamente” (Juan Felipe Toruño, Desarrollo literario de El Salvador (1958)).

Importa que el olvido de la negritud corone la memoria para que haya un hecho histórico total. La triple referencia a lo africano la refrendan el sandinismo de Gustavo Alemán Bolaños en El oso ruso (1944) y el sindicalismo estalinista de Miguel A. Ibarra en Cafetos en flor (1947). Ambas novelas sobre la Matanza o etnocidio de 1932 jamás las citan los más célebres libros de historia.

I. I. Salarrué

En primer lugar, se halla el Salarrué de 1932 cuya única novela la tacha la historia al referir los eventos ocurridos ese mismo año: Remotando el Uluán. Si la lectura habitual invoca una “alegoría esotérica o teosófica”, es porque niega la presencia de una mujer afro-descendiente en la mística del autor.

La espiritualidad del hombre blanco la cimienta el cuerpo sexuado de la mujer “negra”. He aquí la represión que la ciencia de la historia le encomienda a la ficción.

“Abriendo aguas vírgenes […] tras algunas caricias y mimos irresistibles [en el] fumbultaje musical con Gnarda, perfectamente negra y perfectamente bella [quien] iba desnuda como toda mujer”, la coloqué acostada ”en la glorieta del deseo”. Salarrué remota “el Uluán”; “encantador el viaje” de ingreso “a las nebrunas sensuales y a las alectaras sensitivas” de “la minería” femenina. “Se unieron nuestros labios y nos besamos […] desde aquel día fue para mí doblemente encantador el viaje […] habiendo llegado una mañana a […] una abertura circular [¿la vulva?] que tenía el aspecto de laguna”.

La fantasía consigna que el viaje astral del hombre lo impulsa el sexo de la mujer. El espíritu viril lo promueve el cuerpo “débil”. Lo blanco asciende en la medida en que lo negro lo sustenta, en una obvia oposición complementaria: hombre-blanco-vestido-espíritu vs. mujer-negra-desnuda-cuerpo.

La etnia, afro-descendiente, y el género, femenino, son dos ficciones que completan la historia de 1932. Existe la mujer; existe la afro-descendiente pese a todo tachón que la memoria histórica efectúa de los archivos nacionales.

I. II. Ávila

En segundo lugar, se halla el nombre literario del país que la historia-ficción le atribuye a la poeta chilena Gabriela Mistral sin base documental. Por una clara razón de prestigio literario, se le niega la autoría a Julio Enrique Ávila, poeta de la primera vanguardia literaria salvadoreña (Toruño, 1958, Gallegos Valdés, Panorama de la literatura salvadoreña (1981)).

Su alocución poética la declama en la Radio Nacional el 15 de septiembre de 1937 en honor al “Benefactor de la Patria”: el general Maximiliano Hernández Martínez. Se publica en La República. Suplemento del Diario Oficial.

El texto lo reproduce la revista Cypactly. Tribuna del Pensamiento Libre de América (1939), que defiende la matanza de 1932 en nombre del verdadero comunismo, el teosófico, y de la soberanía nacional asediada por “el oso ruso” (véase ilustración y Alemán Bolaños (1944)).

También lo reedita Saúl Flores (Ed.) en sus Lecturas nacionales (1938, más de quince ediciones), dedicadas originalmente al general José Tomás Calderón (véase: Toruño, Poesía negra, ensayo y antología (1953), cuyo apoyo intelectual al general Martínez denuncia Ibarra (1947) para refrendar el enlace paradójico entre martinismo y negritud literaria). 


 

No sólo el texto de Ávila reclama el símbolo del bálsamo —“el negro elíxir”— como emblemático del país. Aún más, la edición de Cypactly se acompaña de una ilustración de Ricardo Contreras. Una mujer de origen africano —por su color de piel y sus labios abultados— personifica la patria salvadoreña.

Si la resina del bálsamo a penas insinúa el matiz característico del país, la figura plástica femenina lo vuelve patente. El Salvador no existe sin una negritud silenciosa que lo exprese. He ahí una nueva represión de la historia social que aflora en la ficción.

De una “negra bella y desnuda” —quien le ofrece su “abertura circular” al hombre blanco vestido— a un rostro ennegrecido y pelo “murucho” trenzado, el motivo no varía. La mujer afro-descendiente concurre como figura clave de lo salvadoreño en la ficción.

I. III. González Montalvo

De los indicios naturales de lo negro, la descripción transita haca la huella patente de la negritud en el cuerpo humano según la narrativa del autor.

I. III. I. De los indicios naturales…

En tercer lugar, este mismo atributo africano inaugura la narrativa de Pacunes (¿sapindus saponaria?, semilla tóxica) Como semilla y ojo a la vez, de su color “negro” y “áspero” brotan todas las “estampas campestres de Cuscatlán”. La negritud es el humus subterráneo que abona una identidad campesina. Es la mirada furtiva.

La negritud no sólo instituye el prisma ocular (ix) que visualiza el campo salvadoreño: “el cristal con que se mira”. No sólo fija la simiente (ix) de su fertilidad. También describe a múltiples personajes que afónicos circulan en ese territorio.

Desde el principio se aluden indicios a manera de síntomas somnolientos. Hay un toro cobrizo que desafía el límite de lo humano. Hay otro toro que afirma la libertad animal ante la tortura que le impone la civilización.

El “yugo y la puya” le destinan la muerte en nombre del progreso y de su rentabilidad. Hay cercos de piedras negras como las semillas de pacunes.

Hay caballos retintos oscuros quienes relinchan su protesta. Hay “espíritus errantes de la noche” en “augurio escalofriante” del retorno espectral de los antepasados muertos.

Existe una noche lúgubre, tan oscura que jamás la ilumina la luz de la razón histórica. Existe la noche y el sueño espeluznante, luego de la fatiga bajo el sol abrasador en “la cochina carreta de la vida”.

I. III. II. … Al cuerpo humano

Los indicios originarios de una “vida negra” los completan los personajes afro-descendientes, en su mayoría femeninos. La mujer de Toribio es “prieta”, “negra” como azabache. No se trata de un uso metafórico de la palabra.

Así lo confirma “la negra que sacude a su hombre”. Es “morocha y enfadada” y su “cuerpo sandunguero” se mueve a un ritmo musical muy distinto a la cadencia de la esposa “blanca” del patrón.

Al son melódico de “la negra” no se contrapone la utopía de una sociedad sin raza. En “la negra”, la identidad biológica no declara una cláusula invisible de los derechos humanos ni de su libertad. Tal dispositivo bio-político proviene de una ciudad letrada urbana que confunde la biología con la sociología.

**

Algo le sucede al materialismo histórico al idealizar la fusión étnico-racial —el mestizaje— como antesala de la liberación social (Roque Dalton (El Salvador (monografía), 1963/1965), “no existe pues en El Salvador un problema indígena” ni afro-descendiente), A. D. Marroquín (Apreciación de la independencia salvadoreña, 1974), “El Salvador […] sin pigmentación de piel” ni “pardos’ a la hora de la “emancipación” y J. Arias Gómez (Farabundo Martí, 1996), “comunidad de sangre o raza cultural”, etc.). Algo le sucede al diluir toda problemática étnica y de género en una cuestión de clase.

Un movimiento telúrico resquebraja los principios del marxismo salvadoreño clásico al entremezclar lo orgánico con lo social (“marxismo primitivo” lo llama A. García Linera (“El desencuentro de dos razones revolucionarias: indianismo y marxismo”, 2007)). “La doctrina racista a la inversa” presupone que “la tara de la degeneración […] vincula[da] al mestizaje” se revierta hacia una “una humanidad sin distinción de raza” (C. Lévi-Strauss (Raza e historia, 1952)).

La extinción de las razas y etnias se identifica a la extinción de las clases. Pero rara vez, la “relación de causa-efecto” se aplica según el “plano biológico” que haría de toda nación una “monotonía uniforme” sin “optimum de diversidad” (Lévi-Strauss).

Los argumentos liberales de la igualdad racial —¿el mestizaje absoluto/melting pot?— no contagia el ritmo de “la negra”. La negación de la diferencia étnica tampoco se vuelve un ideal de libertad para los afro-descendientes. La bio-política de la homogeneidad racial le resulta ajena a su concepto de justicia social. A una nación (de nacer), casi nunca le corresponde una cultura, una lengua, una religión, una raza, etc.

***

En González Montalvo, “la negra” mantiene su cadencia y su sueño campesino en “junio”, “como en enero” agregaría el poeta. Ella no anhela tinte blanco alguno que le destiña la piel. Tampoco desea alisarse el pelo crespo ni acentuar su color claro.

Tales atributos corporales los exhibe la “esposa del patrón”. “Rubia. Blanca. Primorosa. Toda ella delicada, frágil, como esas flores traídas de países extraños”, a los ojos de los campesinos que se remuerden al observar su cuerpo “lujuriante”. Pero a “la negra” ese semblante físico la tiene sin cuidado.

El verdadero sueño campesino imagina el derecho a una parcela. “La potranca, la novilla que se hará vaca y más tarde, el de la yunta de toretes para labrar la tierra”. La cuestión esencial la determina el derecho inalienable a la tierra y a su cultivo.

De la presencia acallada en el 32 —de cuyo liderazgo sindical-estalinista testimonia Ibarra— a la insignia plástica del Pulgarcito de América, la negritud culmina en lo cotidiano. La vida diaria campesina transcurre por el cauce de una simiente afro-descendiente imperceptible para la historia. Sólo la ficción se atreve a reportarla. La escritura poética transcribe su afonía rítmica y sus voces silenciadas (de González Montalvo, véase: Las tinajas (1935/1956/1977/1994), novela que de paso describe a campistos “mulato”, “negrito” y “negro”).


II. Violencia sexual

¿Y dónde habís aprendido que una mujer no quiere fuerza? Aunque sea de mentira le gusta sentirse dominada… la sumisión completa de la hembra frente al macho que la desea y la disputa [define nuestra identidad nacional]. Ramón González Montalvo, Barbasco (1960).

El ideal del amor lo expresaría “la negra que sacude a su hombre” guiada por la utopía suprema de arraigarse en una parcela de tierra cultivada. Empero, este modelo no siempre se realiza en los relatos. La relación amorosa implica a veces que el olvido intervenga como mediador de la pareja.

El epígrafe inicial —la amnesia histórica— guía la reconciliación del hombre con su esposa al efectuar una tabula rasa de su pasado bochornoso. Sin esta tachadura, la pareja no cumple su cometido en el presente ni se proyecta hacia el futuro. El recuerdo es el primer escollo del amor; el olvido, su triunfo.

Si esa violencia contra el pasado resulta peligrosa —pero necesaria— la pasión se agrava al exigir que el hombre se jacte de su masculinidad. “Los hombres nus curan”, declara una mujer “prieta” y “negra” quien desafía a su marido a cambiar de vestido ante su cobardía. “Te vua pasar las naguas y me das los calzones”.

El travestismo refiere a un hombre débil quien no desempeña su quehacer de “luchar a brazo partido” por una mujer. La razón femenina reclama que el hombre pelee por poseerla y guardarla a su lado.

“Corvo en mano”, Toribio defiende su bien más preciado: la mujer. Exacerbada por la opresión social, la violencia viril entre iguales acrecienta el desamparo campesino. “Necesito tu sangre”, le grita a su contrincante, mientras su esposa confirma que “ése era su hombre”: “macho cimarrón, vengativo y potente”.

La masculinidad campesina sella la violencia entre iguales, así como su entrañable amistad. A la lucha frontal por “acaparar las chicas del valle” y sus “cuerpos morenos —“la crueldad con que la vida nos ata” al machete vengador— le prosigue la camaradería al percatarse del engaño seductor femenino.

El desquite que trama Felipe contra El Cuico concluye en un cariño entrañable entre los antiguos enemigos. Los reúne el desengaño amoroso ante una mujer que “coqueteaba con todo el que le hacía el velorio”.

Otro caso sintomático de amistad masculina —metafórico quizás— liga a dos trabajadores en un vínculo de “padre e hijo” al “hacer temblar la montaña”. “Pencón” y cachimbón”, el hijo adoptivo aprende el oficio viril de talar la selva, de igual manera que se conquistan mujeres.

No en vano, “dar fuego a estos” terrenos designa a la letra el sistema tradicional de roza que quema la vegetación antes de la siembra. En sentido figurado, nombra el “enamorar mujeres”. “Naguas que me encabritaban nuestaba a gusto hasta que las levantaba”, el campesino hace alarde de su virilidad juvenil hoy en el recuerdo. Presume de la violación sexual y del rapto.

Hay que jactarse de las “heridas” y de las “cicatrices” impresas en el cuerpo varonil para obtener un reconocimiento social entre los hombres. No se es hombre por predestinación biológica. La cultura imprime su huella indeleble en el pergamino de la piel.

En el cuerpo vivo de cada habitante se descifra un libro de historia que la historia llama ficción. “Burrunches de heridas, cada una me arrecuerda un amor distinto”. En un país con un alto grado de feminicidio, el abuso sexual constituye un rubro esencial de la masculinidad.

A la mujer seductora le corresponde la muerte; al hombre violador, “los tostones del patrón”. Como lo remata el último cuento, en el mundo trágico de Centro América, Eros y Tánatos se sueldan en unidad indisoluble. En un mundo dual, el día y la noche, el goce y el martirio, el amor y la muerte, etc. se reúnen en una conjunción de los opuestos que estipula su choque violento y su transformación.

La historia del amor —escrita en el cuerpo— la historia la olvida. La vida es un cuento; su representación científica, la única verdad. Una historia del cuerpo humano sin tapujos parece ser un quehacer de la ficción…

III. Coda

Hay un olvido múltiple; un olvido objetivo. Lo peor, hay que olvidar que se olvida para que el simulacro de las ciencias sociales sea infalible. Olvido del mundo. Olvido del cuerpo humano. Olvido de la diversidad racial y étnica, ni indianismo ni negritud, etc. Olvido de todo deseo. Olvido del amor. Olvido de la mujer. Olvido en la denegación que olvida. Tales sin varios preceptos que la historia le lega a la ficción.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Historia y supresión de archivos: Afro-descendientes - 1932


Rafael Lara-Martínez
Tecnológico de Nuevo México
Desde Comala siempre…

Esta gente es la madera afro-americana… Miguel Ángel Ibarra

La lectura de Cafetos en flor (1947) de Miguel Ángel Ibarra sugiere una doble enseñanza. No hay historia sin supresión de archivos. No hay testimonio sin mirada retrospectiva de un pasado revocado.

Ibarra nace en Atiquizaya, en el departamento de Ahuachapán en El Salvador en 1902. En la década de los veinte y treinta, se desempeña como líder sindical en la Federación Nacional de Trabajadores de El Salvador (FNTES y en la Federación Regional (FRTES)). Participa en la Universidad Popular de Ahuachapán y también milita en el Socorro Rojo Internacional (SRI), donde conoce a “Augusto Martí”.

Empero, su militancia “democrática y popular” no le basta para que la historia del siglo XXI escuche su deposición testimonial. Para hacer ciencias sociales, hay que tachar. La historia es bastante selectiva sobre los sujetos con derecho a testimoniar sobre un suceso histórico. Ibarra no aparece mencionado en ningún trabajo sobre 1932.

Su experiencia de vida en Ahuachapán, su lucha por los derechos de los trabajadores en el occidente del país, su exilio guatemalteco y su cárcel a la víspera de los sucesos de enero de 1932 y años siguientes, los escribe en el México pos-cardenista. Hay un desfase del hecho vivido (1932) a su recopilación (1947). Toda experiencia de vida se conjuga en el pretérito sin ninguna “urgencia por testimoniar”. “Mis ojos vieron mucho”.

II.

La excusa para suprimir su auto-biografía de todos los libros de historia será simple: su difícil acceso. La novela de Ibarra sólo la catalogan El Colegio de México y la Universidad de Calgary en Canadá. Pero tal pretexto valdría si se tratara de un caso excepcional.

La cuestión crucial para la historia del siglo XXI es que la quema sistemática de los archivos define su práctica acostumbrada. Como sección privilegiada de las ciencias sociales, la historia obra según una convención rigurosa. Hay que tachar toda documentación primaria inconveniente. Interesa ofrecer una visión coherente y elegante del pasado. Interesa acomodarlo a la política de la memoria en una actualidad antojadiza.

Para el período que comenta la autobiografía de Ibarra —el despegue violento del martinato (1932)—la convención de la historia salvadoreña resulta sencilla e implacable. Hay que suprimir todas las publicaciones oficiales y las revistas culturales autónomas de la época.

Los periódicos más obvios —el Diario Oficial y La República. Suplemento del Diario Oficial— los censura la historia del siglo XXI. El pacto científico habla del general Maximiliano Hernández Martínez (1931-1934; 1935-1939; 1939-1944) sustituyendo las fuentes primarias por los prejuicios actuales. Hay que hablar del martinato sin Martínez.

La misma supresión afecta a las revistas culturales de la época. De una veintena de publicaciones culturales —tachadas adrede por la historiografía del siglo XXI— sobresalen Cypactly. Tribuna del Pensamiento Libre de América, y el Boletín de la Biblioteca Nacional. Su inclusión obligaría a considerar que el arte nacional salvadoreño legitima la Matanza o, al menos, le resulta un hecho sin infamia ni recuerdo

Hay un imperativo categórico de las ciencias sociales en El Salvador. Hay que borrar todas las declaraciones teosóficas como las dos citas siguientes:
Quienes deciden “lanzarse a desantentadas rebeldías obedeciendo azuzamientos subversivos [de los comunistas] sólo les dejan saldos de miseria y muerte” (Cypactly, No. 19, 31 de julio de 1932).

“Matan a sangre fría […] los peores asesinos. Por eso merecen condena eterna todos los hechos sangrientos hace algunos meses ejecutados por forajidos […] es una dolorosa equivocación creer que el comunismo se practica segando vidas y arrasando propiedades. Esas doctrinas que tuvieron origen en el Sermón de la montaña, no son de destrucción sino de conservación […] Esto lo han ignorado […] nuestros campesinos por eso han delinquido […] y se dejaron llevar al sacrificio de su vida” (Eugenio Cuéllar cuyo cuento lo ilustra Pedro García V., quien diseña varios “cuentos de barro”. Cypactly, No. 17, 22 de junio de 1932).

De lo contrario, “Francisco Gavidia, Salarrué… cuántos y cuántos, todos los ungidos, las almas luminosas de nuestra patria, [que] ungen y consagran con sus plumas estilistas las páginas de Cypactly“ (Lydia Valiente, Cypactly, No. 13, 20 de marzo de 1932). Todos los ungidos serían cómplices de un régimen que el siglo XXI condena por la Matanza.

Que condena sólo por sus actos militares, ya que la colaboración artística —tal cual lo demuestra Cypactly— el siglo XXI la juzga una manera de resistencia. En palabras de Salarrué, la resistencia significa acusar a los insurrectos por su “levantamiento de venganza”, en vez de aceptar “la resinación del venado indefenso […] el sacrificio” prescrito por “la raza” (“Balsamera”, 1935).

Sus “cuentos de barro” más radicales —la restauración de la comunidad ancestral por el entierro de “botijas”— inauguran la publicación oficial del Boletín de la Biblioteca Nacional en 1932. Se trata de la obligación del “intelectual en el amplio sentido de la palabra”, según Quino Caso, miembro del Directorio Militar en diciembre de 1931. Su publicación oficial consigna el compromiso de la literatura teosófica e indigenista con el despegue de un nuevo régimen militar.

“Fue preciso que la tragedia surgiera, para que supiéramos […] los hombres de letras […] sugerir ideales” de identidad nacional. Por un pleonasmo en crasa paradoja, los “naturales” engañados por el comunismo se naturalizan como salvadoreños gracias al arte que los re-presenta.

III.

Por tal razón, la exclusión de Ibarra denuncia una coartada adicional de la historia del siglo XXI. Hay que suprimir toda militancia de izquierda indeseable. Su vindicación del estalinismo —luego del asesinato de León Trotsky (1940)—desluce la imagen que se anhela recrear del pasado. Ibarra hace de Farabundo Martí un “estalinista” y de la revuelta una “venganza” contra la represión “burguesa”.

“Yo conocí al camarada Agustín Martí […] el orientador que nos puso en contacto con el gran país de Lenin y de Stalin. {Por él aprendí que] el marxismo es una ciencia y los grandes hombres, creadores de él eran personas cultas que se ligaron al pueblo: Engels, Marx, Lenin y Stalin. El comunismo es la perfección de la sociedad humana […] entonces [todos] amarán a Stalin”.

“Vi levantarse la figura justiciera y vengadora de un campesino […] los campesinos por ese instante vengaron la sangre de sus hermanos […] Ese fue, el principio, de la revolución […] La noche era negra olía a tragedia y a sangre […] porque nos persiguen y nos asedian, nos quieren convertir en criminales” (Miguel A. Ibarra).

Ni la imagen de un líder de la izquierda salvadoreña, Farabundo Martí, como maestro del leninismo y estalinismo, menos aún, la de un levantamiento como reacción “justiciera y vengadora” se adecúan a la memoria que se aspira recrear del pasado. Por tal motivo la decisión científica resulta implacable. Hay que borrar. De otra manera, todos “amarán a Stalin”.

IV.

Asimismo, para despecho de un país sin grupos étnicos, Ibarra evidencia el legado de una población afro-descendiente. Más que un país mestizo, El Salvador se halla dividido en grupos étnico-raciales cuya filiación determinan la jerarquía social de un individuo. “Los nativos [son] tratados como esclavos”; “la madera afro-americana” de Atiquizaya alimenta la etnografía local, mientras “la mezcla de alemanes […] europeos aventureros” controla las haciendas.

A la hora de la revuelta, su descripción cobra un giro inaudito que resalta el linchamiento colectivo de un “negro” y de su perro guardián. La “venganza” no sólo se ejerce contra el opresor. Se practica también en una violencia horizontal, contra otro oprimido de distinto color de piel: un afro-descendiente.

La auto-biografía de Ibarra no se ciñe a las exigencias de la historia científica del siglo XXI. En vez de describir en detalle la revuelta y el “hay que matar indios y bolcheviques”, relata la anécdota de una amigo emblemático: Regino, un herrero huérfano de “origen negro” y su perro Quindinduy. La muerte del afro-descendiente y el linchamiento de su mascota simbolizan la colaboración popular, vergonzosa, con la Matanza.

V.

Que el propósito de la historia sea el olvido y el tachón de la documentación primaria es obvio. Cito sólo cuatro omisiones flagrantes que revelan la imagen de un martinato sin Martínez, según la convención de las ciencias sociales en el siglo XXI: Diario Oficial, La República. Suplemento del Diario Oficial, Cypactly. Tribuna del Pensamiento Libre de América y Boletín de la Biblioteca Nacional. Existe una veintena de revistas tachadas adrede que se añadirían a la lista.

Pero en nombre de lo objetivo, las publicaciones deben ocultarse. Antes que la consuma la hoguera de una nueva inquisición, rescato la experiencia de un afro-descendiente. Esta censura Ibarra la llama linchamiento de su amigo Regino y de su perro Quindinsuy, en los albores de 1932. Para la memoria del sindicalista, el emblema de la negritud sacrificada realiza los hechos.

Hay que quemar las fuentes primarias para crearse una credibilidad científica en una historia sin memorias incómodas. En nombre del pueblo, ni siquiera la experiencia de un sindicalista ahuachapaneco, militante del SRI, merece una mención. La lapidación de su “camarada” ciego, “de origen negro”, amerita un olvido más profundo.

La historia como ciencia es el teatro de lo reprimido. La escena de lo suprimido…