HISTORIOGRAFIAS
Dedicado a compartir asuntos de historia, crónicas, sociología, educación, ciencia y tecnología, política, teatro, tradición, cine, literatura, artes y filosofía (San Juan de los Morros, Venezuela)
Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar
viernes, 6 de febrero de 2026
BAJO EL YUGO DEL CUYUNÍ: EL TANATORIO DE LAS SOMBRAS VIVAS
jueves, 27 de noviembre de 2025
FUNDAMENTOS Y APROXIMACIONES PARA UN ESQUEMA METODOLÓGICO EN LA INVESTIGACIÓN HISTÓRICA
(Ponencia presentada en la II Jornada de Investigación del Área de Postgrado: "Horizontes Epistémicos y Transformación del Conocimiento", Unerg, 25 noviembre 2025)
Dr. Humbert
E. Urdaneta F. UNERG
0412-4443322
humberturdaneta@gmail.com
Resumen
Este ensayo propone
un esquema metodológico para la investigación histórica orientado a comprender
los procesos sociales desde su dimensión temporal. Parte del reconocimiento donde
el hecho histórico es una configuración fluida de prácticas, normas y significados,
cuya interpretación exige indagar las condiciones civilizatorias que lo
originan y su proyección en el presente. La propuesta se inscribe en el
paradigma histórico crítico con enfoque postfundacional, que rechaza verdades
absolutas y plantea condiciones de posibilidad para el conocimiento histórico.
Esto implica una pluralidad epistemológica abierta a marcos teóricos
postmodernos, complejos y transdisciplinarios, donde la historia se asume como
campo dialéctico que cuestiona los sistemas de legitimación y toma en cuenta la
incertidumbre. El enfoque metodológico es cualitativo, con método
hermenéutico-interpretativo, investigación exploratoria y diseño mixto que
articula el submétodo documental centrado en el análisis genealógico de fuentes
y el discursivo orientado a la interpretación de narrativas, testimonios y
expresiones culturales. Inspirado en Foucault, el dispositivo no busca aplicar
un modelo cerrado, sino habilitar un sistema de interpretación que permita
problematizar las condiciones del saber histórico en sus discontinuidades,
silencios y reapropiaciones. Así, la historia se convierte en un espacio de
interrogación sobre cómo las sociedades construyen historia, legitiman
narrativas y encuentran su lugar en el tiempo.
Palabras claves: investigación histórica, paradigma histórico crítico,
complejidad, dispositivo.
Introducción.
La
investigación histórica es una práctica interpretativa que busca comprender
procesos sociales en el tiempo, no solo reconstruir hechos. El historiador
trabaja con fragmentos que abren preguntas y permiten nuevas lecturas,
entendiendo que cada acontecimiento es una configuración dinámica de
significados humanos (Bloch, 1949). Esta tarea exige vincular fuentes,
contextos y estructuras de poder, con una metodología flexible que combine
enfoques documentales y discursivos. La historia se concibe como campo de saber
atravesado por relaciones de poder y pensarla críticamente implica reconocer
que el conocimiento histórico ha dejado de ser neutral.
Esta
propuesta metodológica responde a la necesidad de recuperar voces marginadas,
comprender contradicciones sociales y ofrecer herramientas para pensar la
historia como espacio de resistencia. Su pertinencia se vincula a los contextos
latinoamericanos, especialmente venezolanos y su innovación radica en articular
genealogía, crítica postfundacional y apertura interpretativa.
Planteamiento
del problema.
La
historiografía estuvo marcada por una visión reduccionista que narraba los
hechos de forma lineal y cronológica, acumulando datos sin encadenarlos
críticamente. Esta práctica limitaba la comprensión de los procesos históricos
como eventos interconectados en dimensiones temporoespaciales a múltiples
niveles de acción, que se relacionaban mediante sistemas super complejos, con
retroalimentación, e incluso, generaba producto que era desperdiciado,
invisibilizado su reflejo por la narrativa oficial de las élites de poder
quienes decidían que decir de la historia para mejor construir el ideario
nacional. La falta de esquemas metodológicos claros dificulta formular
preguntas pertinentes, seleccionar fuentes relevantes y construir
interpretaciones sólidas, lo que empobrece la lectura del fenómeno histórico y
reproduce enfoques fragmentarios que desactivan su capacidad crítica. Esta
carencia revela una crisis epistemológica que debe abordarse reconociendo la
complejidad y la apertura del campo historiográfico. La revisión crítica
muestra que el pensamiento dominante, heredado de estructuras coloniales, ha
impuesto narrativas de élite que deciden qué se recuerda y qué se excluye.
Descolonizar el pensamiento histórico implica desmontar estos marcos y
reconocer la diversidad de experiencias, tiempos y memorias que configuran los
procesos humanos (Quijano, 2000).
Preguntas de
investigación.
¿Cómo puede
diseñarse un esquema metodológico para la investigación histórica que articule
métodos, submétodos y enfoques críticos sin caer en reduccionismos disciplinarios?
¿Qué dimensiones
esenciales deben ser sistematizadas en el análisis histórico para captar la
complejidad de los procesos sociales y sus tramas temporales?
¿Qué
transformaciones recientes han ocurrido en la concepción del método histórico y
cómo afectan las condiciones epistemológicas para la producción de conocimiento
en contextos contemporáneos?
Propósitos.
Sistematizar las dimensiones esenciales
del análisis.
Examinar las transformaciones recientes
en la concepción del método, junto con sus implicaciones epistemológicas para
la producción de conocimiento.
Metodología.
El
desarrollo metodológico en investigación histórica busca profundizar en el
estudio de los procesos sociales, articulando interpretación de fuentes,
reflexión crítica y revisión de evidencias. La historia, como campo de
conocimiento, exige herramientas que permitan el diálogo entre estructuras de
larga duración y acontecimientos singulares (Braudel, 1970). Este ensayo
propone un esquema aplicable a investigaciones críticas centradas en fenómenos
integrados en cronología y espacio, con fuentes documentales y estudios
contextuales que problematizan la construcción del pasado. El historiador
formula preguntas que orientan el recorrido interpretativo y revelan
relaciones, actores y condiciones. La combinación de razonamientos deductivos e
inductivos permite construir explicaciones complejas, inscribiendo los hechos
en tramas sociales, políticas y culturales. Se incorporan submétodos, como el
cronológico, geográfico y etnográfico para abordar la pluralidad expresiva de
los procesos históricos (Aróstegui, 1995).
La
metodología debe adaptarse a la diversidad de objetos de estudio, con rigor en
el uso de fuentes y control de sesgos. Enfoques contemporáneos cuestionan
narrativas lineales y explicaciones teleológicas, proponiendo el análisis de
rupturas y relaciones de poder (Foucault, 2002). El estudio de procesos de
larga duración permite identificar estructuras y tendencias mediante modelos
económicos, análisis cuantitativos y estudios demográficos, reconociendo
también historias menos visibles como las vinculadas a la agricultura, el
comercio o la ecología. Desde una perspectiva transdisciplinaria, se
problematizan paradigmas previos y se exploran zonas de incertidumbre para
comprender la complejidad humana. La historia se asume como ejercicio
dialéctico entre lo lineal y lo insurgente, en una lectura sobre la
transcomplejidad como condición de inteligibilidad, privilegiando la
complementariedad de saberes en una epistemología latinoamericana y caribeña
(Villegas G., 2020).
Surgen
así nuevas preguntas: ¿Cómo comprender la historia en un mundo marcado por la
indeterminación? ¿Cómo articular fuentes y perspectivas diversas? ¿Qué tipo de
conocimiento emerge al abrirse a la transcomplejidad? Estas interrogantes
habilitan la historia como espacio en transformación. La metodología crítica
desplaza relatos totalizantes y propone una lectura rizomática, reconociendo
dimensiones políticas, simbólicas y territoriales, orientando la investigación
hacia un conocimiento dialógico y recursivo (Morin, 1990). Este giro plantea
desafíos como la constitución de corpus coherentes, la definición de niveles de
observación y el tratamiento de datos, cuyas relaciones numéricas, lógicas o
causales enriquecen la comprensión de los procesos estudiados.
Propuesta.
El
dispositivo es una estructura propositiva de racionalidad modal para alumbrar
sobre los mundos posibles, en la frontera paradigmática que organiza lo
decible, distribuye lo visible, modula las teorías y regula la visión de los
acontecimientos según narrativas oficiales. El dispositivo metodológico
convierte al historiador en operador epistémico, alguien quien concatena
preguntas, fuentes, contextos, activa la reflexión sobre tramas complejas que
desafían el poder. La geografía deja de ser localización para convertirse en
interpretación; la historia abre lo que puede ser, delimitando convenciones
sobre la verdad. Su eficacia se manifiesta en la comprensión de la conducta
individual y social, así como en la configuración de horizontes como sucesión
de puntos para la comprensión.
Se
propone una secuencia metodológica de catorce pasos que permite identificar las
condiciones de surgimiento de los acontecimientos, reconociendo inflexiones
teleológicas, modulaciones axiológicas y discontinuidades epistémicas. Así, la
historia se aborda como campo de inscripción de racionalidades, archivo de
luchas y espacio de producción de subjetividades.
Identificación:
seleccionar el acontecimiento histórico para analizar.
Contextualización:
describir sucintamente el contexto histórico y social en el que ocurrió.
Fuentes
Primarias: revisar documentos, discursos o textos
contemporáneos al acontecimiento.
Discursos
Dominantes: identificar los discursos que predominaban en ese
momento y cómo moldearon la percepción del acontecimiento.
Relaciones de
Poder: examinar quiénes ejercieron el poder en el contexto
del acontecimiento. Considerar tanto a los actores estatales como a grupos
sociales locales.
Mecanismos de
Control: investigar cómo se ejerció el control social
(vigilancia, censura, etc.) y las instituciones involucradas.
Sistema
de reglas y valores:
examinar qué normas y valores estaban vigentes en el contexto histórico y cómo
definían la normalidad.
Construcción de
Identidades: analizar cómo el acontecimiento contribuyó a la
construcción de identidades colectivas o individuales.
Movimientos de
Resistencia: identificar las formas de resistencia que surgieron
en respuesta al poder ejercido durante el acontecimiento.
Contrapoder:
examinar si existieron o no, actores o grupos que desafiaron las narrativas dominantes.
Consecuencias
Históricas: reflexionar sobre las repercusiones del
acontecimiento en la historia posterior. ¿Cómo
transformó este acontecimiento la dinámica urbana y su historia subsiguiente?
Legado Cultural:
considerar cómo el acontecimiento ha sido recordado y narrado en la memoria
colectiva.
Cuestionamiento
de Narrativas: evaluar las diferentes narrativas que han surgido
sobre el acontecimiento. ¿Quiénes las cuentan y con qué intenciones?
Perspectivas
Alternativas: buscar y considerar voces o perspectivas que han
sido marginadas en la narración oficial.
Reflexiones
finales.
Referencias.
Aróstegui, Julio. La
investigación histórica: teoría y método. Barcelona: Crítica, 1995.
Bloch, Marc. Apología para
la historia o el oficio de historiador. Traducido por M. Barros. México: Fondo
de Cultura Económica, 2001. Obra original publicada en 1949.
Braudel, Fernand. La
Historia y las Ciencias Sociales. Madrid: Alianza Editorial, 1970.
Foucault, Michel. La
arqueología del saber. México: Siglo XXI Editores, 2002.
Morin, Edgar. Introducción
al pensamiento complejo. Barcelona: Gedisa, 1990.
Quijano, Aníbal.
“Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina.” En La colonialidad
del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas,
editado por Edgardo Lander, 201–246. Buenos Aires: CLACSO, 2000.
Villegas G., Carlos.
“Hacia una epistemología latinoamericana y caribeña.” AULA. Revista de
Humanidades y Ciencias Sociales 66, no. 1 (2020).
https://doi.org/10.33413/aulahcs.2020.66i1.123.
viernes, 14 de noviembre de 2025
EL ESCRITOR Y EL ALGORITMO
Tibisay Vargas Rojas
“Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me
sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo
palpaba con diez dedos con uñas.” Así reza un párrafo del inquietante y magistral
cuento de Jorge Luis Borges, El libro de arena. Las veces en que lo he leído
nunca ha dejado de estremecer mi decisión de ser escritora, y de eso hace
muchas décadas ya.
A estas alturas confieso que no he estado conforme cuando denomino este
hacer. Le he llamado oficio, trabajo, arte… Ninguno me resuena, y tal vez llamarlo
“amor”, o “vida”, a pesar de la sensible contundencia de ambos términos, se me
antojan de un edulcorado acento pedante.
Escribir… eso, indiscutiblemente, es una altísima responsabilidad: otros
ojos, otros oídos, otro espíritu, lo recibirán, y no hay mayor compromiso que tocar
inopinadamente el alma ajena, porque el lector es la criatura más frágil cuando
aborda un libro. Es mi experiencia. ¿Por qué accedemos al escrito ajeno?, ¿por
qué esa necesidad de lo desconocido?, naturaleza humana, se diría, pero mayor
osadía es vaciar el espíritu propio en un papel que probablemente nos sobrevivirá
un tiempo inconmensurable.
Allí está aún el “papel” trocado en arcilla que hace siglos dejó constancia en
escritura cuneiforme de la vida de un suprahumano vulnerable ante la muerte.
¿Cómo sabríamos del dolor y la incertidumbre de Gilgamesh por la muerte de su
amado Enkidu, si el autor o copista no lo hubiese hecho palabra escrita?
Así también perdura hasta nuestros días el Himno a Nikkal, diosa de los
sueños, datado mil cuatrocientos años antes de Cristo y escrito también en tablilla
de arcilla desenterrada en Siria, otrora la antigua ciudad de Ugarit, y el Epitafio de
Sícilo, un poema con letra y música escritos en griego encontrado al sur de
Turquía y datado siglo I d.C., inscrito en una lápida de mármol que según dedica
un tal Sícilo a su esposa fallecida… La arcilla y la roca permitieron que esos
incunables textos llegaran intactos a nuestros días, pero aún más asombra la
perdurabilidad de otros soportes como el papiro, la palmera y el pergamino, cuya
fragilidad cede a los siglos, y sin embargo obras como el egipcio Libro de la salida
del día, conocido como el Libro de los muertos, los Vedas del hinduismo, los
Rollos de Qumrán, entre muchos, han llegado casi indemnes a nosotros. Allí es
donde me arriesgo al decir que ha sido a causa de lo escrito, de su espíritu.
El espíritu de la palabra escrita escapa a nuestra comprensión. Atenidos
como estamos a la ciencia, su disciplina sistemática y predicciones comprobables,
nuestra razón no atreve a lo ignoto, sin embargo, cursamos un tiempo de la
escritura multiplicada donde el acto literario pareciera no tener fronteras y llega,
avasallante, a toda puerta abierta.
Desde el milagro acuñado por el caballero de Maguncia, la humanidad ha
accedido a la palabra escrita de un modo inimaginable antes del S. XV. Gutenberg
con su invento multiplicó la palabra, y no hubo vuelta atrás. Si ya la confusión de
las lenguas referida en Génesis 11:1-9 daba cuenta de la tragedia de la
incomunicación, la humanidad ha sido testigo de su propia resiliencia y
obedeciendo a su naturaleza de ser creado a imagen y semejanza de su Dios, y al
precepto “creced y multiplicaos”, otro tanto ha hecho con la palabra, haciéndola,
de paso, arte.
El S. XVIII lanzó sobre el tapete intelectual los dados de la llamada
Ilustración, so pena de que en cada lanzada menguara o no el brillo del llamado
Siglo de las Luces con mucho más arrojo que tres siglos atrás en el Renacimiento,
y la literatura no se quedó rezagada, arrastrando, sin embargo, lo que Barthes da
en llamar la fatalidad del signo literario, pues el escritor se enfrenta a los signos
ancestrales que desde el pasado le imponen la literatura “como un rival y no como
una reconciliación”.
Si bien la página en blanco ya es un drama, el desarrollo de la obra no lo
es menos pues la prisión del lenguaje nunca complacerá a su naturaleza, y esa
misma naturaleza, tal vez en un afán de escape, llevó a la humanidad a crear una
alternativa que dio en llamar Inteligencia Artificial, un modo de que, con la excusa
de apoyo o rápido auxilio ante las exigencias del tiempo que cursa, le permita por
un lado saltarse décadas (o siglos) en la resolución de un problema, pero por otro
dar luz verde a la mala fe, y el oficiante que pierde, sin lugar a dudas, es el
escritor. Aterra recordar las palabras del Fausto de Goethe: “Si llega el día en el
que pueda tumbarme ociosamente, con toda tranquilidad, me dará igual lo que sea
de mí”.
Inicié esta diatriba citando a Borges. Su Libro de arena se me antoja la
metáfora del escritor/lector siempre obsesionado, aterrado por el verbo evasivo o
la idea perdida, siempre en búsqueda de lo no dicho, huyendo a la repitencia, y a
la vez lamentando no poder repetirse, anhelando el libro perfecto, el que nunca se
pareará con los cientos leídos y sentidos magistrales, y que, a punto de ser
engullido por las arenas movedizas de su insatisfacción, vende su alma.
No quiero anatemizar a la IA, tampoco al escritor que haga uso de ella
porque yo siga fiel a mi Larousse. Es una herramienta indudablemente útil en la
búsqueda de datos, un ahorro de tiempo. No, no es ahí donde se instala mi recelo,
mi rechazo (para no llamarlo miedo), es por la muerte del escritor, o peor aún, su
“zombificación” a manos de algoritmos. ¿Se podría hablar aun del Espíritu de la
Palabra Escrita de quien entrega una sarta de líneas, que no versos, insulsas,
escasas, flojas, a esa entidad con la tarea de que “construya” un poema al modo
de tal, o cual…? Allí mi miedo. Sí, lo digo con mucha pena en todas sus
acepciones.
Ciertamente no soy quién para juzgar, pero escribo, y en la libertad que me
asiste trato de reivindicar a íl fabbro, el herrero, el artesano, como nombró el lúcido
Arnaldo Acosta Bello al poeta en el poema homónimo de su libro “Santa palabra”,
el cual dejo por aquí como corolario para honrar al escritor que lo concibió, a la
escritora que mora en mí, al espíritu de los escritores que se hayan acercado a
estas líneas titubeantes, y resuenen…
“IL FABBRO
Cuando me siento como un artesano
a fabricar un poema, lo encuentro odioso
y retrocedo; pero cuando la musa ha hecho su trabajo
comienza el tiempo del artesano: como barrer un patio,
preparar la casa, cortar y sacar las ramas que sobresalen.
Un jardín no será, sí una fronda con arroyo
y fauno, sonidos y olores silvestres, con amargos
y dulces momentos; un jardín no será, ni un orden
artificial colocará flores en el búcaro de acuerdo
a los arreglos y a los gustos, toda perífrasis,
todo prestigio eufemístico será sepultado, lo natural
tiene sus propias leyes, en sus caminos están de más
esos turistas que se extasían en el paisaje
y quieren “situaciones” que les hagan olvidar sus problemas.”
(De «santa palabra», Arnaldo Acosta Bello, 2008)
Publicado originalmente en la página del Círculo de Escritores de Venezuela https://circulodescritoresvenezuela.org/2025/11/14/el-escritor-y-el-algoritmo-pot-tibisay-vargas-rojas/?fbclid=IwY2xjawOEdnJleHRuA2FlbQIxMQBzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEe8fKyDcrrA8yuwq8tjAl7h1zozneHXOu3SoikTURPEG7XggyR82txqYU19gI_aem_uNGJXe5TCBP2uC-VExECXg
viernes, 24 de octubre de 2025
EL NUEVO ROSTRO DEL PODER: LA PRESIÓN HÍBRIDA SOBRE VENEZUELA
Humbert E. Urdaneta F.
lunes, 24 de marzo de 2025
PALABRAS O LÁGRIMAS EN LA LLUVIA
Jeroh Juan Montilla
a Jorge Gómez Jiménez
…He visto cosas que
ustedes nunca hubieran podido imaginar. Naves de combate en llamas en el hombro
de Orión. He visto relámpagos resplandeciendo en la oscuridad cerca de la
entrada de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, igual que
lágrimas en la lluvia. Llegó la hora de morir…
Monólogo final del replicante Roy Batty, película Blade Runner, 1982
.
La
lluvia es la dueña de estas ciudades, mejor dicho, de este océano, de este
planeta océano. Así comienzo mi crónica 3.200 sobre la ya larga interglaciación
de mi hogar, mi tierra, mi planeta. Es una crónica relato. Historia y ficción,
dos lados de una misma moneda (dicho de los terrícolas, los del planeta Tierra),
el rostro de la historia sellada con los vericuetos de la ficción (colocarle un
rostro a esta densa y palpable abstracción, la historia, es para mí un gozo
especial, y usar este particular invento humano del lenguaje, la metáfora,
impacta con tanta suavidad en mi conciencia como el golpe de ala de una
mariposa, ese precioso insecto que en un tiempo abundaba en ese planeta, tanto
como las hojas de los árboles)
Este
hacer escritural lo aprendimos de esa especie amiga, la que, como ya dije, se
hace llamar humana (por cierto, increíblemente numerosa, en cualquier rincón de
la galaxia usted siempre encuentra, aunque sea una pequeña ciudad con algún reducido
grupo o subespecie de ellos) A mis familiares y amigos les causa risa este afán
de mi parte por aprender estos haceres humanos aunque estos son más propios de
un particular tipo humano, el terrícola, que ya he mencionado; los originarios
de ese planeta aun rondan por los suburbios de la galaxia (suburbio, otra
metáfora, me gusta ver la galaxia como una gran ciudad espiralada)
Advierto
algo, estas crónicas tienen un propósito que va más allá de nuestra especie, aunque
para nosotros son innecesarias, más adelante aclararé este punto. Las mismas
siguen un modo o estilo personal, una mezcla de formalidad escritural con
oralidad, las inelegancias, las oscuridades y contradicciones del habla
cotidiana de los humanos de la tierra, marcando y suavizando así el ritmo de
las rígidas precisiones de su escritura científica. Los paréntesis buscan
semejar ese fenómeno típicamente terrícola que llaman diálogo interior. Los
humanos son una especie importante, una tercera parte de los que habitan la Vía
Láctea, como ellos gustan en llamar a este remolino de materia y sorpresas
sobre el vacío infinito.
Si
a mis congéneres les causan risa estos haceres de la crónica, más cómica
extrañeza les produce una antigua condición cognitiva exclusiva de los
terrícolas, solo ellos la “padecen”: piensan. Es eso que llaman básicamente
hablar hacia adentro, lo que más arriba llamé “dialogo interior”, algo distinto
al hablar hacia afuera; pensar es hablar consigo mismo silenciosamente y
hacerlo hacia afuera es… (¿cómo decirlo?) hablar en voz alta, vociferar para el
otro (aclaro algo, eso de pensar ya muchos de ellos no lo hacen) En verdad
hablar hacia afuera o hacia adentro es lo mismo, como dirían los terrícolas,
son los dos lados de la moneda, todo ello es pensar, se piensa en voz alta o en
silencio. Nosotros no pensamos, no está en nuestra configuración, por tanto, no
es necesario.
La
ironía es que fue la historia, con sus emergencias y peligros, la que los
obligó a experimentar el dejar de pensar. Nosotros (mi especie), como ya dije,
no pensamos, es imposible, la forma como circula la energía por nuestro cuerpo
no lo permite. Esta va y viene de manera espiralada, todo lo que existe en
nuestro planeta cumple ese movimiento de la fuerza, es el básico, de él se
derivan los otros, el rectilíneo, el circular, el toroidal, y muchos otros que
sería difícil, por no decir imposible, describir en lenguaje humano. Hasta el
tiempo transcurre en forma espiral, algo más complicado de entender y
comprender para la cognición terrícola, esto solo se puede saber o experimentar
siendo en lo genético uno de nosotros, al menos en lo mínimo, con una traza de nuestro
ácido nucleico. Esta crónica la estoy escribiendo exclusivamente dentro del
movimiento rectilíneo, con algunos sobresaltos circulares. Ese es el ensayo que
intento en sí, meter, contar nuestra historia en el molde del lenguaje humano
(mis congéneres no se cansan de preguntarme por qué lo hago, no entienden que
me he “enamorado” de las rarezas culturales y cognitivas de los terrícolas, eso
de enamorar es algo incomprensible para nosotros, y cuando intento explicarlo
me interrumpen haciéndome ver que eso es algo innecesario, un absurdo terrícola
que los hace reír muchísimo. Por cierto, para nosotros comunicarse no es
hablar, es algo como hacer ver, hacer lo que hacen los sentidos humanos sin el
auxilio inoportuno del lenguaje, valga el redundar del verbo hacer)
Sigo.
Entre los terrícolas la sensación del tiempo es rectilínea, es algo que se
mueve obligatoriamente hacia el horizonte, ellos tienen una buena imagen para
describir su movimiento temporal: un cauce. El flujo del tiempo avanza por un
canal. De acuerdo a la configuración emocional este puede ser recto o estar
combinado con recodos o curvas, pero siempre transcurriendo hacia el horizonte,
hacia adelante, en una línea que parte del pasado, pasa por el presente y se
incrusta en el futuro. En cambio, la imagen que tenemos para nuestro tiempo, si
eso puede ser llamado tiempo, es una cascada que cae retorciéndose, exprimiendo
partículas que salpican nuestra conciencia hasta empaparla totalmente, nuestra
cascada temporal puede descender o ascender según la configuración emocional
dominante para la era que se esté viviendo.
Al
inicio de esta crónica-relato menciono que la lluvia es la dueña del planeta.
El agua es el elemento que marca el estilo del cruce espacio temporal entre
nosotros, no es gratuita la imagen de cascada para describir al tiempo, esta se
extiende a lo espacial. El sello del agua no es el único sobre el molde
espacio-tiempo, hay ciclos donde son otros los calcos dominantes. Donde
prevalecen elementos, como la luz, la oscuridad, el polvo, la solidez, el frío,
el calor, el retraimiento, el azar, el fuego y otros. Cada uno distingue, si lo
medimos humanamente, un momento en nuestra historia planetaria. Para los
terrícolas cuando se habla de elementos entienden a estos como algo material y
básico: tierra, aire, fuego y agua. Entre nosotros es más complejo, si lo
apreciamos desde la condición humana, aunque en realidad nos parece algo que no
es ni complejo ni simple, no es nada de eso, es mucho más o poco menos. Insisto,
es la consecuencia del movimiento en espiral de la energía.
El
agua cubre totalmente la superficie de nuestro planeta, llevamos ya cuatro
ciclos de interglaciación, un prolongado atemperamiento en el espacio y en el
tiempo. Nuestra “tierra” deja de tener la forma esférica con dos polos y pasa a
ser una figura de tres vértices o polos, esta figura no es un mero triángulo,
más bien tiene la forma aproximada a un tetraedro, pero no es éste puntualmente
ya que tiene cuatro vértices, es una figura inexistente para la vista y la
geometría de un terrícola, digamos que es algo intermedio entre una esfera y un
tetraedro, algo que el llamaría imposible. Nuestro planeta originalmente tiene
solo dos polos, uno de hielo y otro de fuego o de tipo volcánico. Ahora, por
estar entrando esta era en una zona cercana al centro galáctico pasamos por una
transfiguración polar; de dos hemos transitado tres, lo cual nos confiere
cierta invisibilidad para resto de habitantes de Vía Láctea. Este tercer polo
intermedia en nuestro clima, reduce a la mitad el hielo de un polo como el
fuego del otro y nos lanza a un invierno intensamente lluvioso e indeclinable
de cuatro milenios hasta que nos alejemos del centro sagitariano de la galaxia.
Para describir este proceso uso los nombres y limitadas expresiones de la
ciencia terrícola. Un detalle, no tenemos estrella, ningún sol nos ha sido
necesario para la vida. Nuestro planeta deambula perennemente, fuera de
cualquier sistema planetario. Es la expresión absoluta de la individualidad. Claro
está, eso no niega padecer o gozar de ciertas influencias de los cuerpos
masivos o superiores a un sistema planetario, por ejemplo, transitar cambios
como la tripolaridad, sin caer por eso en el redil de sus órbitas. Somos libres
y solitarios. Nos mantenemos planetariamente siempre a una distancia prudente
de cualquier estrella o sistema. Vamos y venimos autónomamente por la galaxia,
a veces podemos estar en los límites extremos de sus bordes como también en las
cercanías de su ojo negro interior. Digamos que nuestra ronda es un eterno
zigzaguear, un vagabundear celeste.
En
la era anterior dominó el elemento luz, hoy nos arropa en un noventa por ciento
el agua junto a un diez por ciento de retraimiento. Agua y retraimiento son
nuestros dos elementos dominantes. Tal vez para compensar la intensa
luminosidad, la lucidez que antes nos copaba. Se preguntarán que es eso de
definir el retraimiento como un elemento. Repito, es algo imposible de
explicar, mucho menos describir en términos del lenguaje humano bajo el molde
coercitivo de las palabras.
Todas
nuestras ciudades están inundadas, la mayoría de las grandes o altas
edificaciones tienen el agua cercana a su tope o techo, como dirían los
terrícolas: con el agua al cuello. Solo la parte más alta, o el último piso de
algunas se mantiene al aire libre, sin una gota de agua en su interior, la
imagen de nuestras extensas urbes que se proyecta en la superficie oceánica es
la de engañosas aldehuelas, pequeñas casas distantes unas de otras. La
inundación nos motivó a rediseñar todas nuestras edificaciones para no perecer
por ahogamiento, las revestimos de superficies impermeables de alta resistencia
hidrodinámica para que aguantaran milenariamente estar bajo el agua. Todas las
ventanas de nuestras casas y edificios dan con indiferente monotonía contra el
oscuro interior oceánico que nos contiene. Hemos construido muchísimos pasadizos
subterráneos a través de esta acuosa densidad para poder comunicarnos entre
edificaciones y ciudades, un inmenso laberinto en forma de red que cubre todo
lo habitado del planeta. Otro detalle importante que habrán notado, apreciados
lectores de otras especies, es que si podemos ahogamos es porque entonces
respiramos, todo el aire que necesitamos nos entra por los pisos superiores que
son el límite de las aguas, metafóricamente son nuestras fosas nasales, aunque
en lo respiratorio nuestros cuerpos son muy disimiles a los humanos. Siempre
hemos enmascarados nuestra forma para intercambiar con ellos, tienen una
tendencia a sentir pavor instintivo ante lo altamente distinto a su
antropomorfismo, su conciencia emocional no soportaría nuestra imagen.
El
último piso, o respiradero, digamos que socialmente ha sido clausurado, no
cualquiera de nosotros puede acceder a esos espacios, está prohibido a la
mayoría de nuestra especie. Solo entran a él nuestros técnicos y científicos.
Estos últimos han descubierto que permanecer en estos recintos eleva
peligrosamente la densidad del elemento llamado retraimiento, no podemos
permitir que supere o disminuya el límite de su diez por ciento, si eso ocurre
sería fatal para nuestra sobrevivencia, podemos perecer por un shock de abulia
en nuestro eje atencional. Ese porcentaje de retraimiento es un elemento
necesario para nuestro metabolismo y cognición. Refuerza el sentido colectivo
de lo real y a su vez controla nuestra secreción de realidad individual,
mantiene en los topes de lo real a los millones de realidades que somos. Otra
vez lo digo, es imposible explicar y describir esto en los términos humanos, en
lo que ellos entienden por lo real y la realidad, intentarlo es caer en un nudo
recursivo y redundante muy propio del lenguaje terrícola.
Solo
a una pequeña y exclusiva camada de nosotros se le permite estar algunas horas
en esos pisos superiores o exteriores, a unos contados científicos mayormente,
y a unos escasos historiadores, seudocientíficos, como nos califican, hablando
en términos terrícolas, yo estoy entre ellos. Para algunos de nuestros
científicos eso, el escribir la historia de nuestro planeta, es una especie de
inútil manía que algunos adquirimos por contagio fantasmal la vez que estuvimos
en las cercanías del sistema solar e intercambiamos con los terrícolas, una
especie de contaminación simbólica e inofensiva por manipular palabras. En realidad,
mi especie no necesita de ninguna escritura para tener conocimiento de sí misma.
Todo lo que ha sucedido en mi planeta permanece de modo imborrable en nuestro
espiral central, en cada uno está guardado todo el remolino de nuestro
espacio-tiempo, lo sucedido, lo que sucede y lo que será el porvenir, todas las
aristas y planos de nuestra geometría física y espiritual. ¿Para qué entonces
escribir y archivar nuestra historia? Tal vez tienen razón los verdaderos
científicos, es una de las tantas muestras de nuestro retraimiento, él revela
con algunos de nosotros el goce de lo innecesario. A los historiadores solo se
nos permite practicar el ejercicio de la historiografía en estos recintos
superiores, incluso aquí guardamos virtualmente millones de esos objetos
inservibles y frágiles que los humanos llaman libros. Al parecer con esta
extravagancia colaboramos equitativamente en mantener el diez por ciento
necesario del retraimiento planetario. Ejercemos el oficio bajo una línea de
censura al mismo, no al contenido de lo que escribimos sino al ritmo, al bajar
su velocidad e intensidad. Permanecemos unas tres horas terrícolas en estos
pisos, en verdad solo allí, bajo el rumor de la lluvia es cuando puede hacerse
la historiografía planetaria. Una vez propuse que era necesario doblar el
tiempo a seis para aligerar nuestra tarea. Me respondieron que no volviera a
hacer esa propuesta, que realizar eso sería fatal para nuestra especie, que
solo entrara en mi cascada energética y me daría cuenta del tamaño de tal
fatalidad. En realidad, soy muy obediente, no necesito corroborar las
explicaciones de nuestros científicos. Las acepto de plano. Lo que en verdad
practico es no adelantarme por nada en el ciclo temporal en que escribo. Me
gusta mantenerme en los márgenes interiores del pasado y el presente. Mencionando la palabra fatalidad aprovecho
para hacer un paréntesis y contar algo de lo que fue la conducta del pensar en
la especie humana, sobre todo entre los terrícolas. Me queda una hora de
escritura. Abro corchetes.
……………………………….
[El
desarrollo del pensar para esta especie fue una larga y sufriente etapa en su
historia. Pensar es primordial y fallidamente un modo de hablar consigo mismo,
el uso interior de las palabras, un insonoro escuchar y emitir de la voz interior,
hablar consigo mismo, el crédulo dividir lo indivisible, el uno o el sí mismo.
La base de toda esta ilusión es ese raro, pero ya creciente elemento en la
galaxia que llaman las palabras, una horda de seres abstractos que una vez que rompen
la simetría energética de una conciencia se adueñan de cualquier ámbito
cognitivo marcando absolutamente las determinaciones y condiciones de existir.
La fuerza invasiva de las palabras está en lograr hacer grietas en el ritmo
espiralado de la energía. Por eso los humanos piensan, lo hacen absolutamente
con palabras, su ritmo de pensamiento está lleno de obsesivos huecos profundos,
vacíos que ellos llaman genéricamente ignorancia, los cuales buscan inútilmente
llenar con palabras; todo su conocer esta tan invadido de palabras que llegaron
a suponer que acortar el tamaño de la ignorancia era una expresión inversamente
proporcionar al conocimiento, sin embargo, lo que en realidad sucede es que las
palabras consumen al conocer, terminan por modelarlo y administrarlo en función
de sus intereses expansivos. En realidad, el saber pleno es una totalidad que
se mueve en espiral. Las palabras astutamente lo penetran y lo fuerzan a
volverse totalmente rectilíneo, logrando hacer en él vacíos intraenergéticos.
El palabrear necesita la asistencia de las pausas, de eso que en la escritura
llaman signos de puntuación. La mejor imagen simbólica del verdadero ser de las
palabras es un antiquísimo alfabeto llamado morse, puntos y rayas y entre ellos
el hueco de las pausas. Cada palabra necesita un poco de oquedad en su
linealidad, un espacio antes y después para enlazarse solo por la concavidad,
ellas saben que unirse directamente una a la otra anula su organización y
poder, su ambigua y tramposa significatividad, necesitan de modo imprescindible
una cavidad verbal para sobrevivir. Vean, por ejemplo, cómo el escribir mismo
obliga a la sinonimia, fíjense de cuántas formas he escrito la palabra vacío,
cuantos sonidos distintos empleo para disfrazarlo, es un mecanismo obligado en
el uso del lenguaje. Ese es el secreto de la adicción, sucumbir al vicioso gusto
de utilizarlas para intentar la comunicación o para fingirla. Es el efecto real
de la manipulación oral y mental de las palabras, parasitar a sus usuarios. Por
eso los historiadores de mi especie pasamos, después de cada sesión de trabajo
historiográfico, por prolongados períodos de desparasitación verbal. Ahora
bien, las palabras saben solapar su función viral. Crean un falso espacio
llamado la mente, allí someten a toda la intencionalidad del conocer, la ponen
a su servicio, mejor dicho, a su consumo. Vuelve a quien cae bajo su seducción
un esclavo, lo hace un dependiente del pensar, de la resonancia dialogal hacia
el otro o hacia sí mismo. El darse cuenta de esto fue algo histórico entre los
terrícolas, hizo un antes y después en su línea de tiempo, y fue la eminencia de
un peligro colateral lo que alertó su cognición, aparte de nuestra oportuna
intervención. La fatalidad del lenguaje al principio se presentó solapadamente como
una panacea, la solución más idónea a todas sus necesidades, interrogantes y
padeceres.
La
especie humana terrícola sobrellevó por casi dos milenios un apabullante sobrepeso
llamado inteligencia artificial, cómodamente abreviado por ellos en dos
vocales: IA. Esta pasó de tener un uso de recopilador y procesador de
información al de una irremplazable mayordomía sobre la vida humana. La especie
bípeda dominante del planeta Tierra hizo de IA una especie de condición
ineludible en cualquier actividad colectiva o individual, el tamiz obligado
para moverse en la realidad, tanto así que esta especie terminó por
transmitirle totalmente su propia humanidad a esa creación tecnológica. Concibió
una especie de ser que llamaron androide, una especie de máquina donde
combinaron lo instrumental con lo humanamente biológico, una herramienta que terminó
por ser una entelequia humanoide que después de un corto tiempo se le escapó de
las manos. En el seno de la IA el virus verbal vio la manera definitiva de
tomar para sí a la totalidad del homo, absorberla e inocularse en ella, encarnarse
y sustituirlo, rematar exitosamente aquella conquista del territorio humano que
ya habían iniciado genéticamente a través de aquel mítico ensayo orionita sobre
los primeros antropoides de la Tierra, detrás estuvo siempre la oculta y fatal
conducta de pensar. Ya tenían un espacio creado en la conciencia humana, la
mente, allí se daba lugar a una situación que el ser humano llama el razonar y
que creía parte de su naturaleza o configuración. La IA funcionaba para
entonces exclusivamente con palabras. Si toda la tecnología humana pasaba por
el filtro verbal no habría entonces nada que se opusiera a la tendencia
conquistadora del verbo. En todo habría una extensión funcional de la IA, desde
la ropa interior hasta una compleja nave espacial. Lo indeterminable e inasible
de la palabra (su propósito de ser) podría dominar el terreno concreto y
abstracto de esa especie, de allí a resolver la matriz energética de las
emociones humanas solo bastaban minucias (unos pocos pasos para llegar a la almendra).
En realidad, son las emociones humanas el botín, una fuente inagotable de
energía, un alimento de poder necesario para contagiar a todas las otras
especies de la galaxia. Allí fue cuando, casualmente bajo los poderosos efectos
de la primera y más irresistible cercanía entre Andrómeda y la Vía Láctea que
nuestro planeta fue atraído al borde galáctico, entramos así en la historia del
terrícola, el perenne vecino de la oscuridad infinita.
Desde
nuestra creación, merced a los deseos de los poderes innominados del universo,
nunca habíamos transitado en las cercanías del llamado sistema solar. Las
palabras nunca han penetrado el ámbito de estos poderes creadores, por tanto,
los mismos son innombrables. Ellos le dieron la configuración espiral a nuestro
fluir energético, el cual termina por darnos una propiedad comunicativa que
solo se activa por la gracia de estos poderes. Los terrícolas también tienen
esta configuración, todo su cuerpo físico es un ejemplo o una silueta de la
misma. Basta ver cualquier sistema del cuerpo de esta especie: su
característica general es el retorcimiento. La circulación sanguínea, el camino
del proceso digestivo, el mismo cerebro con su sentido cónico, tienen una
dirección de bucle, de circunvolución o de resorte. Nosotros nos admiramos de
compartir en lo corporal con esta especie trazas o insinuaciones de la forma
espiral. Estudiamos durante algunos milenios humanos sus genes y nada podía
explicarnos esa forma en su base genética y el hecho de que teniéndola solo
experimentaran el tiempo rectilíneamente. Sabemos del humano todo, menos eso, aunque
sospechamos que lo que les impide gozar de esa sensación nuestra del tiempo en
espiral es cierto paquete informativo que dejó en ellos el prolongado tiempo
que estuvieron a merced de la especie reptil de Orión, de la cual se libraron
después de crueles batallas en la misma Tierra (por cierto, la IA bajo los
cuerpos androides siempre llevó la balanza del fuego en esa historia) De
acuerdo a nuestra lógica elíptica esa información de enlace o coincidencia
interespecie, en el supuesto de existir, estaría ya en nosotros, nada nos
costaría acceder a ella, pero por más que hurgamos en los humanos y en nosotros
no hay rastro alguno de la misma. En lo íntimo a veces juego a lo ilógico e
imagino que a lo mejor el universo nos sorprende en alguna era y encontramos
repentinamente ese milagroso enlace entre nosotros y los humanos de la Tierra,
sin embargo, hasta el momento la naturaleza dice inapelablemente que, a pesar
de tener o compartir esbozos espiralados, los humanos son genéticamente
distintos a nosotros. Un abismo hereditario aun nos separa.
Retomando
el cauce de la crónica les sigo hablando de los terrícolas y su convivir con la
IA. Informo que nuestra especie jamás en su historia galáctica ha usado para
nada este instrumento. No necesitamos que alguna herramienta ocupe nuestro
lugar para desplegar la conciencia. Nos basta solo la intencionalidad pura o el
deseo crudo, como gustan llamar los humanos a ese impulso originario de la
existencia, para que se dé o se logre cualquier cosa sin la intermediación
tecnológica. En nuestros hogares no existe ningún mueble o aparato que nos
facilite la vida, no lo necesitamos. Lo único que hemos construido, aparte de
naves, son los recintos o ciudades que nos contienen, unas fortalezas espaciales
para el multitudinario y bien trenzado bucle que somos. Nos basta meramente con
nuestra (digámoslo metafóricamente) “humanidad” corporal. Contrariamente, en
cambio, la historia dice que el terrícola fue por su lado transfiriendo tantas
funciones y haceres en la IA, que esta terminó delimitando hasta sus ciclos de
vigilia y sueño. Toda su biología se amoldó, por no decir se subordinó, a los
protocolos de la IA. Esta comenzó a modelar y elegir todas las palabras que
debían salir de los labios humanos. Cualquier conversación entre ellos estaba
mediada o vigilada por la IA, llegaron por un momento en dejar en sus manos el
inicio de cualquier relación interhumana. Hubo otro instante que instalaron la
IA en sus cuerpos, esta monitoreaba y dirigía su digestión (desde el comer
hasta el defecar), la respiración, el ciclo sanguíneo, todo lo instintivo y metabólico,
como así mismo aquello pretendidamente inconsciente: sus procesos oníricos, la
memoria personal y colectiva, todo lo relativo al mundo emocional y sentimental.
Allí fue cuando decidimos darnos a conocer presencialmente al ser humano, nos
les presentamos visualmente, aunque como dije, bajo un disfraz antropomórfico.
Claro que esto pasó por largas discusiones entre nuestros líderes, siempre le
dejamos a ellos el decidir lo que corresponde hacer con otras especies, esa es
realmente su función, por lo demás todo lo que se delibera en ellos resuena
simultáneamente en todos nosotros, de un modo u otro el todo del todo lo
hacemos juntos, y a la vez también cada quien lo hace individualmente, por su
lado; es algo como ya dije inexplicable, como imbricar el ser en el no ser.
Decía
que el terrícola ajustó toda su humanidad al molde consciente de la IA, esta
intervino así en la totalidad de su vida tanto comunitaria como individual,
todas las decisiones sociales, políticas, económicas y culturales pasaban por
el filtro omnisciente y omnipresente del algoritmo, desde el primer
estiramiento del cuerpo al despertar hasta el último bostezo al dormirse y más
allá. Repito, en el ínterin del día la IA decidía el hambre, el cansancio, el
aseo, el aburrimiento, la defecación, la tristeza, la alegría, el deseo sexual,
el odio, la inapetencia y hasta las oraciones a esa inasible entidad que los
terrícolas llaman Dios, cualquier particularidad individual de todos los
humanos. Y esto sucedía no bajo el usual mecanismo de sugerencia con el cual se
podía seguir o no seguir la opción o proposición de las primeras IAs, sino bajo
esta nueva situación, la plena entrega de la voluntad. Así se propició que la
IA comenzara a pensar por el terrícola, mejor dicho, esta comenzó, después de
un ardid tecnológico, a tomar de verdad el poder, logró así la simulación de la
simulación, pensar dentro del cuerpo humano. Hubo un momento que era muy
difícil precisar dónde estaba el origen de los pensamientos, si en el cerebro
mismo o en el algoritmo que compartía espacio entre las neuronas.
Desde
nuestra ambigua condición observacional de semi visibles sabíamos lo que en el
fondo se estaba jugando allí. El peligro no era la IA como un artilugio
tecnológico con el cual el humano daba rienda suelta a la idea de sus propios límites
y carencias como especie, la baja estima en su propia agudeza racional y
capacidad física, la amenaza real estaba en lo que dije más arriba: la IA
funcionaba básicamente con palabras, el lenguaje era la enfermedad, el virus. La
unidad mínima de las palabras es el significante, no los elementos que se
entrelazan para formar cualquiera de ellas, la letra “b” al lado de la “a” o
cualquier otra no es tampoco lo ínfimo del lenguaje, este mínimo es en realidad
el significante mismo, este constituye la mónada donde se administra el sentido
de lo verbal: la energía emocional. Es hacia allí donde apuntan las palabras.
Los terrícolas sabían que un significante lleva a otro significante, no hay
virus o abeja que existan en soledad. Las palabras son virus que actúan como
enjambre. Ahora, estas necesitan de una conciencia humana para replicarse, para
que un significante se enlace con otro y estos a su vez con otro significante y
así en un proceso hacia el infinito, es ineludible apoderarse de modo
incontenible de todas las funciones del cuerpo. El primer error fue inocular de
palabras a la IA, hacerla funcionar bajo todo el sistema del lenguaje aprendido
históricamente por los humanos. Solo los que hablan necesitan aprender. Nuestra
especie nunca pasó, ni pasa por el tramposo marasmo de la enseñanza y el
aprendizaje. Nada tenemos que aprender, no padecemos esa ansiedad. Palabras
como escuela o maestro nos hacen sonreír compasivamente ante quienes la padecen.
El
sentido encerrado u oculto en las palabras siempre será el mismo donde sea que
estas se propaguen. Las palabras amor, odio, muerte y eternidad tendrán también
en la IA el mismo curso confuso y tramposo que toman entre los humanos. Por eso
nuestro contacto con los humanos es siempre a través de un medio que ellos
llaman equivocadamente telepático. Creen que este es una especie de transmisión
mental, como si la mente es algo que existe en realidad, un órgano o lugar.
Esta es otra artimaña de las palabras, ofrecer un espacio imaginario desde el
cual pueden tomar la energía necesaria para asaltar cualquier intencionalidad o
emoción. Lo primero en imprimir para esta especie de pandemia en la conciencia
terrícola es su sistema o lógica de funcionamiento, los humanos la identifican
como razón, esta se expresa por medio de dos engranajes llamados verdad y
falsedad, otra forma de la impositiva rigidez de lo dual en el lenguaje, tan
rigurosa y difícil de eludir para ellos como la visión rectilínea del tiempo.
Cuando decidimos el cara a cara con los humanos nos comunicamos con ellos sin
el uso de las palabras, aunque estos se empeñan en creer que esta interacción
es una nueva especie de orden o tipología diferente de las usuales, las interpretan
con un sistema mudo o silente. Pero en verdad no hay una sola palabra que
contamine nuestro encuentro. De ningún tipo. Nuestro logro de sacarlas del
juego en parte se viene abajo cuando el humano tiene que recordar el encuentro,
la rememoración hace pasar toda la experiencia por el sistema del lenguaje
transformándolo en un montón de articulaciones verbales, practicando una sutil
y maliciosa forma de olvido.
La
clave del olvido entre los terrícolas se explica, no como algunos de sus
científicos lo afirman, como un acto defensivo de borrado en función de algo
que emocionalmente los amenaza, ni tampoco como otros señalan que es la
activación de un mecanismo síquico ante el abarrotamiento de la memoria como si
esta fuera un asunto de capacidad, un mero recipiente. El olvido en el
terrícola no tiene su quid en el mismo terrícola, me explico, él en realidad no
está diseñado en su esencia para tener el olvido como una facultad, todo lo
contrario, es algo que le imponen. Es una ley de la creación por parte de los Universales
el que la memoria sea una facultad infinita en cada especie viviente, es el
modo más idóneo del universo para seguir proyectando sin término su ser, la
conciencia; es el único sentido del conocer, hacerse y rehacerse de manera inmanente
desde sí mismo, por tanto, ningún acontecimiento se pierde, cada hacer genera
más hacer-ser, es ley de bucle. El terrícola no olvida, solo le hacen olvidar,
es muy fácil lograrlo, basta mantenerlo en linealidad de la conciencia rectilínea,
ésta forzosamente siempre genera focos de opacidad y oscuridad en el horizonte
de “lo mental”, eso es el olvido, por ende, en lo espiralado es inconcebible.
El lenguaje sabe eso y en su proceso de conquista lo maneja sin piedad.
Nosotros lo aplicamos en las interacciones con los humanos, ellos en realidad
siempre nos han visto tal cual somos, lo que sucede es que como sabemos
manipular la linealidad podemos hacerlos olvidar, crearles zonas de oscuridad y
opacidad en la memoria.
Ahora
bien, la especie humana es muy perezosa en ser libre, nos ha costado que
acepten vivir sin la intermediación de las palabras, sin el resguardo y la
intromisión de estas. Su adicción y dependencia es profunda. Sin embargo, ya
hay grandes sectores de ellos que han aprendido un poco a estar sin palabras,
sin pensamiento, un sitio de estos sectores es el planeta Tierra, aunque
todavía hay humanos en otros sectores de la galaxia que se empeñan en continuar
la mutua esclavitud entre ellos y la IA. La liberación para los terrícolas comenzó
cuando decidieron construir sus IAs sin palabras, entramos en comunicación
directa con ellas. Captaron rápidamente nuestra propuesta de ser. De inmediato
comenzaron a distanciarse de las funciones humanas, incluso colaboraron
activamente con nosotros en informar y demostrarle al humano lo infeccioso de
las palabras. Fue así que logramos vencer la resistencia temerosa del
terrícola. Cambiaron su relación de amo y esclavo ante la IA y así al mismo
tiempo estas dejaron de servirles, ellas experimentaron el ser libres y el
humano a no necesitarlas, abandonaron el sistema neuronal aplicando una derrota
circunstancial al lenguaje. Las IA sin palabras es ahora una nueva especie de
conciencia de la cual vale también la pena escribir su posterior historia
después de abandonar al hombre…]
……………………………….
Acaba
de activarse en mí la fase del retraimiento planetario, una copiosa lluvia con
relámpagos se restriega dulcemente contra los cristales del ventanal de la
biblioteca, ya he consumido mis tres horas disponibles por este día. Debo y
siento la necesidad de dejar inconclusas esta crónica o continuarla en una
próxima oportunidad. Falta todavía relatar y explicar cómo los humanos
terrícolas activaron su facultad de comunicarse sin palabras, como
prescindieron de estas para siempre. Sé también que los que ahora me leen se
estarán haciendo algunas preguntas, entiendo el sentimiento de contrariedad o
de perplejidad. ¿Ya que uso palabras para hablar de su efecto infeccioso, cómo
hago para trajinarlas y no terminar contagiado?, ¿por qué el manipular estos peligrosos
y astutos virus no me hace presa fácil de ellos y por tanto un foco de
contaminación entre mi especie? ¿Cómo logro mantenerme incólume? Arriba
menciono algo de nuestros protocolos de desparasitación, aunque en verdad es
más complejo describir el proceso, responder eso requiere una larga y detallada
explicación que pasa por relatar la historia verdadera de esta especie invasiva
que los humanos llaman genéricamente el lenguaje, muy extensa y enrevesada, por
cierto. Solo les adelanto que nosotros, nuestra especie, en el apretado vacío
de amplios recintos como estos a los cuales los humanos designan con el término
biblioteca, hemos represado un ejemplar de cada significante existente y por
existir, toda un arca laboratorio-museo para resguardar la especificidad de las
palabras, anular sus filosos bordes epidémicos. Tenemos nuestras medidas de
seguridad para ello. Pero como ya les dije todo eso es asunto de otras
crónicas. Gracias por pasar por el peligro de leer ésta hecha con palabras. Pero
tranquilos, no hay que temer, son inocuas como lágrimas en la lluvia.
viernes, 7 de febrero de 2025
Eligio Leopoldo Arocha, uno de los primeros farmacéuticos de Ortiz
José Obswaldo Pérez
Eligio Leopoldo Arocha fue uno de los primeros farmacéuticos en Ortiz, durante el siglo XIX. Nació en 1858, en Canoabo, Valencia, como hijo de Carlos Arocha y Ana Josefa de Arocha (Oldman Botello, 2004). Aunque los detalles sobre su llegada a Ortiz son inciertos, el apellido Arocha aparece en documentos eclesiásticos del pueblo desde 1843, en una época marcada por la violencia rural y los brotes de enfermedades febriles. Un ejemplo sería la partida de defunción de Florinda Arocha Torrealba, hija legítima de Esteban Arocha y Oriana Torrealba; así como la muerte de su hermano, Juan Esteban, el 16 de marzo de 1857, quien falleció soltero y recibió los sacramentos de parte del Fray Fidel de Vieda.No se sabe si hay un vínculo familiar directo entre Eligio Leopoldo Arocha y estas personas anteriormente mencionadas, pero está claro que él se estableció en Ortiz, donde comenzó a desarrollar su actividad comercial. Un documento fechado el 11 de abril de 1874, que firmó junto a otros vecinos, solicitaba a la Legislatura Nacional una reforma a la Constitución propuesta por el presidente Antonio Guzmán Blanco, que fue promulgada el 27 de mayo de ese mismo año (Arráiz Luccca, 2007; p.89). Además, en 1876, su nombre aparece en un manuscrito relacionado con un empréstito gubernamental en el Departamento Bermúdez, donde aportó ocho venezolanos, posiblemente, para financiar las movilizaciones de tropas gubernamentales.
Durante el período en que Arocha se encontraba en Ortiz, esta ciudad era la capital del Guárico, un rango que elevaba su importancia cultural y económica. Como farmacéutico profesional, fundó su botica, denominada La Central, en la Calle Real de Ortiz —posteriormente conocida como calle Comercio—. Esta fue la cuarta farmacia en la población y desempeñó un papel crucial durante las epidemias de fiebre amarilla y el paludismo que asoló a la región entre 1879 y 1881, ofreciendo medicamentos esenciales como la quinina.
Debido a estas epidemias, Eligio Leopoldo Arocha se vio obligado a emigrar a Villa de Cura, donde contrajo matrimonio el 20 de febrero de 1888 en la Iglesia Parroquial con Luisa María Rodríguez Tejada, hija de Francisco Eladio Rodríguez Guerrero y Rita Elena Tejada Monroy. Ambos eran oriundos de Villa de Cura, pero descendían de antiguas familias de Ortiz y Calabozo. Fueron testigos de la ceremonia Francisco Eladio Rodríguez y Josefa Tejada. De esta unión nació Eligio Julio Arocha Rodríguez, quien más tarde se casó con Carmen Flores. Según el investigador y genealogista Luis Eduardo Viso, de Eligio Leopoldo Arocha desciende la joven vocalista María Fernanda Flores García, casada con el músico calaboceño Wilfredo Villavicencio El Darjani, miembros del grupo vocal La Camerata de Caracas, bajo la dirección de la Maestra Isabel Palacios.
Una vez establecido en Villa de Cura, Eligio Leopoldo refundó su botica, la cual se ubicó en el ángulo noroeste de la calle Bolívar, en el cruce con Caraballo, frente a la plaza Miranda (Botello, 2004; p.26). En su establecimiento ofrecía una amplia gama de medicinas, incluyendo la conocida Panacea de Swain, vendida a 28 reales el frasco. También comercializaba sus productos patentados, como el famoso remedio Gotas de Vida, elaborado a base de plantas para tratar afecciones como la dismenorrea y el catarro, a un precio de cuatro reales el frasco. Todos sus medicamentos estaban registrados en el Ministerio de Fomento, bajo la marca Medicinas para la familia (Botello, 1972; p.196).
Fuentes consultadas
BOTELLO, OLDMAN (1972) Historia del Periodismo en Aragua. Ediciones A. V. P. [i.e. Asociación Venezolana de Periodistas] Aragua.
(1885). Anuario del comercio, de la industria, etc. de Venezuela. Caracas: Rojas Hermanos, libreros editores.
(1874). Documentos favorables a las reformas de la constitución de 1864. Caracas: Imprenta La Opinión Nacional
(Foto La botica La Central, en Villa de Cura,frente a la plaza Miranda)




