Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

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miércoles, 4 de diciembre de 2024

LA PEÑA ADMIRABLE*

 Domingo Rodríguez 

El robo (1)

Era una mañana del año 1934 del siglo pasado, el presbítero FRANCISCO JAVIER PEÑA (el padre Pernía de la novela Casas Muertas), se encontraba realizando sus acostumbradas oraciones tempraneras en el recibo de la casa parroquial de Ortiz, cuando repentinamente entra al referido inmueble, el señor Arciniega, jefe civil de la vecina población de Parapara, la cual también atendía el mencionado sacerdote:

—Buenos días padre.

—Buenos días señor Arciniega.

—¿Qué lo trae tan temprano a Ortiz?

—Vengo a comunicarle una horrible noticia, se han robado La Peña Admirable.

El padre Peña se para sobresaltado del mueble donde estaba sentado, exclamando: —¡No puede ser Dios mío! — Inmediatamente salen hacia Parapara.

En el camino Arciniega explica al padre Peña los pormenores del caso. En la madrugada las manos sacrílegas de unos malhechores, extraños a la población, habían socavado las paredes de la iglesia por los lados de la sacristía. Habían roto también el Sagrario, donde se guarda la reliquia de la imagen aparecida de Nuestra Señora, profanado así la gran devoción y amor que los hijos de Parapara profesan a la excelsa virgen por más de 200 años desde su aparición. Se sospecha de unos “maromeros” que llegaron hace unos días al pueblo, los cuales se marcharon de improviso en la madrugada sin conocerse rastro de ellos. Que ya, mediante telégrafo, había pasado la novedad al prefecto del Distrito Roscio y al presidente del estado Guárico, teniente coronel Ignacio Andrade.

Al llegar a Parapara, el pueblo, sin excepción, se encontraba en la Plaza Bolívar, dentro y frente de la iglesia. Todo era dolor y consternación, lloraban niños, jóvenes, mujeres, hombres y viejos. Un conglomerado de fe, de gente buena, humilde y trabajadora, que siempre se habían ufanado de celebrar las festividades de sus tres patrones: Santa Catalina de Siena, San Rafael Arcángel y La Peña Admirable, la que consideraban un regalo de Dios para su tierra. Apenas el padre Peña se baja del carro que le llevó al pueblo, abriéndose paso entre la gente que se encontraba en el templo, que llorosa gritaba: — ¡Blasfemia, Blasfemia! —, se dirige al altar mayor, cae de rodillas y con lágrimas en los ojos, eleva una oración al altísimo.

Después se pone de pie y habla a los presentes con voz fuerte y pidiendo calma exclama: —Nuestra amadísima madre la Virgen María nos hizo el exquisito regalo de su divina presencia bajo la advocación de Nuestra Señora de la Peña Admirable, para que la veneráramos con fervorosa devoción. Para que le pidiéramos por nuestras necesidades, tribulaciones y sufrimientos, y vosotros lo han hecho a través de centurias. Tengan mucha fe, porque, así como ella y su hijo, Dios nuestro señor nos la dieron, así también nos la devolverán —.

Por muchos días y muchas noches el pueblo de Parapara se declaró en vigilia de oración permanente en la iglesia y en la plaza esperando el regreso de su Virgen, que nunca se llegó a producir, a pesar del esfuerzo que hizo mucha gente por encontrarla, en especial la Diócesis de Calabozo, el mismo padre Peña, y las autoridades Civiles y Policiales de la época.

Cómo fue la aparición de La Peña Admirable (2)

En el año 1720, a dos leguas del norte de Parapara, población del estado Guárico fundada a las orillas del río Flores, tributario de río Paya, un indio lugareño de la comarca trabajando sus labranzas en el Valle De Las Yeguas, lo que hoy se conoce como Piedras Azules, fue sorprendido por una violenta tempestad. Asustado por los repetidos rayos, se refugió en unos grandes peñascos que hacían una especie de gruta. Pasada la tempestad, cuando ya se disponía a marcharse, un fenómeno extraordinario atrajo su atención: en una floreciente  planta de lirio silvestre que crecía en una peña al margen de una quebrada vecina, divisó un vivísimo resplandor, curioso el indio se acerca a la peña y descubre en medio de los lirios, que la iluminación procedía de una pequeña piedra llana, de más o menos tres dedos de ancho por tres dedos de alto donde se podía ver grabada la imagen de una mujer con corona en la cabeza, un niño en sus brazos, y parada sobre media luna. Con gran respeto el indio agarró la piedrita y se la llevó a su choza.

Al cabo de un tiempo cundió por toda la comarca del pueblo de Parapara la noticia de la aparición de la imagen, y fue tanta la admiración que producía a todo el que la veía, que fue designada por el indio y la propia gente de la región con el nombre de “Nuestra Señora de la Peña Admirable”. Luego fue trasladada al pueblo para ser adorada.

En 1780 el Obispo Mariano Martí estuvo de visita en Parapara y en sus apuntes y manuscrito dice que la imagen es muy similar a Nuestra Señora de la Corteza de Acarigua, además, que es tan milagrosa que autorizó a un devoto para recoger por espacio de tres años limosnas para el fomento de su culto. El mismo prelado también refiere que otro devoto dotó para sus fiestas, que se celebran cada 8 de septiembre, con 240 pesos. También menciona que todos los años ese día los devotos van en romería al lugar de la aparición.

Las noticias de los numerosos milagros realizados por la virgen se fueron propagando con los años en toda la región. Es así, como a fines de siglo 18, se traslada a Parapara un empleado del gobierno colonial y prevalido de su autoridad, saliéndose de sus derechos y atribuciones, confiscó la imagen y la llevó a Caracas con la intención de pedir al cabildo secular impidiese su culto por juzgarlo inconveniente y supersticioso. El pueblo de Parapara y el cura de la época conmovidos por tan injusto hecho, comisionaron al joven Domingo Toledo, tal vez la persona de más talento y prestigio de todos sus habitantes, para que se trasladara a Caracas y alegara ante el ayuntamiento de la capital que el cabildo civil no tenía ninguna competencia en asuntos que solo le incumben directamente al gobierno eclesiástico, por lo tanto, devolvieran la imagen al pueblo que él representaba. La exposición de Toledo fue aceptada y se le devolvió la imagen. Cuando los moradores de Parapara supieron la noticia de que se le había devuelto su divino tesoro cuya ausencia lamentaban y llenaba sus almas de tristeza, se dispusieron a recibirla con gran júbilo junto al cura del pueblo. Se acordó para su resguardo y seguridad, que en una de las casas más importantes se dispusiera una capilla provisional con un altar profusamente adornado con flores y lumbres para ser adorada por todos sus fieles solemnemente, con grandes manifestaciones de fe y acendrado amor. Que en cierto modo sirviera de desagravio al desacato que se pretendió contra la sagrada imagen. Luego se dispuso que en el pueblo y sus alrededores se hiciese una gran colecta para mandar a hacer un relicario para la virgen, el cual fue construido de plata bañada en oro y en forma de custodia donde fue colocada la imagen. Ese día el pueblo, todo jubiloso, concurrió a la casa donde estaba depositada para llevarla a la iglesia con la gran cantidad de milagros ofrecidos a la virgen elaborados en metales preciosos, cuyas puertas se abrieron para recibirla en medio de las armonías de los himnos sagrados ya que para siempre sería el santuario de la Mater Admirabilis.

Se cuenta que, estando de visita pastoral en Parapara, el ilustrísimo señor arzobispo, doctor Ramón Ignacio Méndez, quiso cerciorarse si la imagen que tanto ponderaban, era por sus perfecciones digna de culto. La sacó de su relicario y sin saber cómo se le desprendió de las manos cayendo al suelo, por lo cual la piedra se partió en uno de sus extremos, sin sufrir daño la imagen. Volvió el señor arzobispo a colocarla en su custodia y mandó a depositarla en su altar para que se siguiese adorando.

Dos veces después salió del templo la sagrada imagen, en 1882 cuando el cura párroco del pueblo, Antonio María García, la llevó a Caracas para hacerla reproducir en estampas y reparar el relicario por largos años de uso. Y ese fatídico día de 1934, cuando los criminales que se la llevaron, tal vez movidos por la intención de apoderarse del relicario y los milagros, fundirlos y venderlos por algunas míseras monedas. Lo más probable es que hayan sacado la piedrita con la imagen de la virgen de dicho relicario arrojándola a algún barranco, acabando así con siglos de devoción, adoración e historia al mismo tiempo.

El 8 de septiembre de 1945 Parapara volvió a contar con una nueva imagen de la virgen pero en forma de busto, mandada a hacer con la aprobación de sus habitantes por el padre Pedro J. Grau C., cura de Ortiz y Parapara para esa época, y fervoroso devoto de María Inmaculada, la cual fue costeada por su propio peculio y otros señores, entre los cuales se encontraba el comerciante de San Juan de los Morros don Matías Cardozo, abuelo materno del hoy arzobispo de la diócesis de Mérida, Baltazar Porras Cardozo.

Recuerdo que todos los 8 de septiembre, estando niño iba con mis padres, nuestra abuela Beatriz, mis hermanos y el resto de la familia, a la misa en honor a La Peña Admirable en la iglesia de Parapara, y después junto al padre Grau y varios devotos visitábamos el sitio de la aparición.  Esto estuvo ocurriendo así hasta 1954 cuando fallece el padre Grau, con su muerte se fue perdiendo la tradición a través del tiempo. Este año el padre Frank Gómez, presbítero de Ortiz y Parapara, el pasado 8 de septiembre, conmemoró las fiestas de Nuestra Señora de la Peña Admirable con una peregrinación muy concurrida que salió a las 3 de la mañana desde el pueblo hasta el sitio de su aparición en Piedras Azules. Quiera Dios que, con esta iniciativa del padre Gómez vuelvan a renacer esas festividades, de ahora en lo adelante como ofrenda a nuestra madre María Santísima bajo la advocación de Nuestra Señora de La Peña Admirable, y para regocijo de todo el pueblo parapareño.

Notas

1) El relato de monseñor Francisco Javier Peña (+), con respecto del día del robo de “La Peña Admirable”, lo oí narrado por éste en una oportunidad en que visitó a nuestra abuela Beatriz de Rodríguez en su casa de Ortiz.

2) Los datos históricos sobre la aparición de la virgen guariqueña y parapareña, los tomé de unos apuntes suministrados por nuestro condiscípulo Silvestre Milano, nativo de Parapara.

*Artículo publicado por primera vez el 18 de septiembre del 2009 en la página “Semblanzas Orticeñas” del Cronista de Ortiz Fernando Rodríguez Mirabal en el Diario “El Nacionalista” de San Juan de los Morros, estado Guárico.

(Imagen tomada del diario “Últimas Noticias”)

domingo, 16 de julio de 2023

LA IGLESIA EL CARMEN

 César Gedler

Lo que dicen es que la capilla la empezaron a construir en los tiempos en que gobernaba Cipriano Castro, antes de mil novecientos cero.  Parece que al Cabito la villa de Los Teques le recordaba, con su clima neblinoso, el de las montañas de la frontera. Por eso se montó una casa por los lados del hotel La Casona, donde pasaba algunos días y a la que le llegaban algunos visitantes de su entera confianza. 

Para el momento, esa zona del poblado que arrancaba en el parque que hicieron los alemanes del ferrocarril, siguiendo la calle principal hasta donde los mercaderes hacían cabotaje más arriba del manicomio, había algunas casas comerciales, en un principio de propietarios descendientes de judíos sefardíes a los que llamaban turcos, y más adelante de venezolanos que ofrecían, pagando por cuotas, todo lo que necesitaba una familia para vivir dignamente, en materia de telas enseres y calzados.

La otra parte de Los Teques, la que llamaban El Pueblo, era de las familias más rancia, los que le echaban en cara a los del Llano de Miquilén, que eran unos advenedizos que se estaban adueñando del lugar, y en su afán por mantener a los adversarios a raya, crearon una línea imaginaria en lo que se conocía como La Unión, en donde hoy comienza la entrada de la Av. Arvelo, o calle del hambre. Muchas peleas a golpes se dieron entre los habitantes de uno y otro lado del cantón, a veces individual y otras colectivamente, pero sin considerar el lado violento del asunto, la rivalidad entre ellos se mantuvo por mucho tiempo de forma manifiesta, como un principio de identidad territorial.

Sería por eso que los parroquianos de El Llano de Miquilén se decidieron a construir una capilla en sus dominios, para no tener que cumplir con el deber religioso en la Iglesia de El Pueblo, a donde asistían los principales. Al comienzo fue solamente una nave de pequeñas proporciones, con su altar mayor al final, y un salón de unos 25 metros, con pocas sillas y bancos donde sentarse, algunas imágenes de vírgenes y santos de confección sencilla, pero que les bastaba para sentirse orgullosos, ya que era su capilla, la de los feligreses de El Llano, donde podían elevar sus plegarias y escuchar cada domingo al cura, con sus recitativos en latín y su sermón en el púlpito labrado en madera, y también confesar sus travesuras y comulgar después, para preservar su alma de los tormentos del infierno.

La construcción fue una empresa de los lugareños, según contaban los viejos con nostalgia. Algunos diligenciaron en la Arquidiócesis de Caracas el permiso de construcción y la asistencia de un capellán.  Los que tenían posibles dieron el dinero, y otros ofrecían devotamente su fuerza de trabajo para hacer posible la edificación y contar así con un templo sagrado. Desde temprano sacaban de la quebrada de Los locos, todo el material que se requerían para aquellas paredes de piedras, barro y bahareque pisoneado, de casi cincuenta centímetros, para que durara hasta el final de los tiempos. Las familias con recursos donaron la madera para el techo, las ventanas y la puerta de entrada; otros reunieron para encargar la fundición del campanario, mientras los más dejaban cada domingo su contribución para el acabado que le daban los especialistas carpinteros, albañiles, pintores y vitralistas. 

A partir de 1917, cuando llega la luz eléctrica a Los Teques, el sector de El Llano de Miquilén fue ganando importancia y significado no sólo por estar la estación principal del ferrocarril en esta área, sino porque se fueron construyendo las casas gomeras en sus inmediaciones. Es así que Villa Teola, San Vicente (hoy Tamarí) San Cayetano, Villa paz del Valle, la quinta Hilario, y la Florida (desaparecida) entraban todas en sus dominios, y la capilla fue recibiendo de los vecinos gomeros algunas dádivas del poder. 

Fue una empresa lenta, pero firme. Año tras año se veía crecer la modesta capilla hasta alcanzar las condiciones en que la encontró el general José Rafael Luque, en los tiempos en que se preparaba la celebración del primer centenario de la muerte del Libertador. Ya en 1926 había sido elevado Los Teques a Capital de Estado, y ese hecho determinó un impulso adicional a su crecimiento, con la construcción del Mercado Principal en la zona este de la capilla, además de la reconstrucción del puente Castro, cuando sustituyeron la madera de la que estaba hecho, por una material resistente, de hierro y concreto.  La plaza Miranda, por su parte se transformó de terreno baldío a espacio con árboles, asientos, caminos, luz de faroles eléctricos, y en el centro, un busto del prócer que le da nombre al Estado.

En los tiempos en que el padre Giusti era capellán, el general Luque dejó su marca en la capilla al construirle una nave adicional en su parte derecha, que sirvió de oficina parroquial, y más delante de nave lateral, además de embellecer la edificación con los vitrales que le daban un aurea de luz cromática al púlpito, donde el sacerdote predicaba en la celebración de las misas cada mañana. Al ampliar la capilla se le abrieron a las dos paredes laterales tres boquetes en forma de arco a la que antes fueran las paredes exteriores, que hoy nos permite constatar la dimensión  de esas construcciones, y que explican a su vez el por qué, siendo pilares internos, tienen tal grosor. Más adelante, cuando era capellán el padre González Ecarri, se amplió la nave izquierda siguiendo los mismos criterios arquitectónicos, lo que le dio  a la iglesia un estilo coherente, y un espacio suficiente para acoger a los muchos feligreses que por siempre han plenado la capilla.

La población fue creciendo y los bancos de la capilla eran insuficientes, entonces algunas familias retomaron la vieja costumbre mantuana heredada de la colonia, de las mujeres oír misa con su propio reclinatorio, que dejaban amarradas con unas cadenas decoradas, para que fueran de uso exclusivo, sin que nadie considerara este privilegio como una afrenta a las verdades sobre la justicia, expresadas en el Evangelio.  Mientras los pobres escuchaban la misa parados, o sentados en unos pocos bancos situados en la nave central de la capilla, estas familias ataviadas con velos de mantilla, disfrutaban de sus sillas con reclinatorio, mientras duraba el oficio religioso.

Afortunadamente para los que tenían que asistir a la misa sin poder sentarse, en tiempos de Pérez Jiménez, el gobernador del estado Miranda, Julio Santiago Aspurua,  donó unos bancos que llenaron la nave central, sin que quedara lugar para unos privilegios que desdecían los principios que hicieron inmortales los Evangelios.

Mucho antes de que se convirtiera en Parroquia eclesiástica, la modesta capilla fue adquiriendo imágenes talladas por expertos en los más acreditados talleres, y las antiguas iconografías, elaboradas con materiales de poca duración, fueron donadas a otras capillas que iban naciendo en las zonas aledañas del poblado, y que apenas contaban con algunos recursos para sobrevivir. 

Una de las primeras imágenes que se encargaron a los tallistas de renombre, fue la de la Virgen del Carmen y El Nazareno. La primera, una escultura en cedro, encargadas a Estelles y Aragones, por el gobernador Pablo García Pérez, data del año 1947;  y la segunda talla fue donada por el feligrés Rafael Lozada, en el año 1948, comprada de la Casa Aranda.  Después vinieron el Santo Sepulcro, cuya imagen fue comprada en Casa Aranda y el nicho fue encargado en 1954 a los Padres Salesianos por José Colina, presidente del Concejo Municipal, y la imagen de San Judas Tadeo, donado por la familia Ledezma, de la ya ciudad.

En 1956, siendo capellán el Padre Luis Rafael Tinoco, los señores José Romero, y Casto Oropeza  de Los Teques, y muy allegados a la Iglesia, recogieron suficientes firmas en la comunidad y se dirigieron al Arzobispo de Caracas, Monseñor Rafael Arias Blanco, para solicitarle la elevación de la capilla El Carmen, a Parroquia eclesiástica, lo que el arzobispo aprobó enseguida, por las referencias favorables que tenía del templo religioso  y el 16 de julio de ese año se ofició la primera misa como Parroquia Nuestra Señora de "El Carmen".

Ya el Templo parroquial estaba en facultad de bautizar, pero no contaban con una pila bautismal. Fue entonces cuando el párroco de la iglesia de Villa de Cura le ofreció al padre Tinoco la que tenía, pero con la condición de que la buscara de noche, y con el mayor sigilo posible, pues era una pieza de piedra tallada, y con un valor tradicional y artístico de primer orden, y la población se hubiera opuesto si descubrían que le estaban arrancando su patrimonio para llevarlo a otros lugares. El señor José Romero, fue el encargado de conseguir un camión y unos obreros para trasladar la piedra hasta Los Teques, e instalarla en el centro de la nave izquierda, donde duró por mucho tiempo, hasta que siguió el mismo destino anterior, y en otra capilla estará en este momento cumpliendo su función.

Un sábado 29 de julio tembló en Caracas, y sus efectos se sintieron en las ciudades aledañas. La catedral de Los Teques sufrió fuertes averías, que ameritaron su reconstrucción. Fue por eso que del Ministerio de Obras Públicas se acercaron a la iglesia de El Llano a constatar que sus instalaciones estuvieran en buenas condiciones, y el entonces Párroco Juan Errandonea, les pidió que le mejoraran la casa parroquial, pues era un tugurio húmedo y frío que le entumecía los huesos a quien le tocaba dormir en aquel lugar. Así lo hicieron y resultó un sitio ventilado y con suficiente claridad, pero vacío, porque carecía de mobiliario, entonces el Sr. Nicolás González, quien era presidente de la Sociedad del Carmen, regaló un juego de recibo donde sentarse y recibir las visitas ocasionales, lo que motivó a otras familias a donar algunos enseres domésticos que le hicieron los días más cómodos al clérigo.

El tiempo del presbítero Crescensio Torralba (1959-1966) al frente del templo, fue apacible y regular, como el orden de los días.  Las procesiones y demás oficios, como Semana Santa y la Natividad, ocupaban toda la atención de los eclesiásticos. Todo era predecible, y se podía estar seguro que Ramón el sacristán repicaría las campanas a la misma hora; el maestro José Maria Vielma tocaría el órgano, interpretando con maestría las composiciones más sentidas para acompañar la liturgia, y los feligreses asistirían a las misas diariamente con el mismo silencio y temblor que les producía el frío tequeño, la mayor parte del año.

Más sobresaltados resultaron los años del padre Juan Errandonea, y Luis Igartúa. Algunos eventos como la suspensión del tren alemán después de setenta años de servicio, y el terremoto de Caracas, en el orden local, serían apenas una muestra tímida de los cambios que se introdujeron en la Iglesia por el Concilio Vaticano II, y la muerte del papa Juan XXIII.  Una ola de modernidad alteró todo el equilibrio al que se estaba acostumbrado en el universo histórico y social.  Baste recordar que la misa comenzó a celebrarse en el idioma nativo de cada país, y la Iglesia inició un diálogo con el mundo contemporáneo que obligaba a obispos y sacerdotes a revisar sus dogmas y postulados y a integrarse al mundo en su propio lenguaje. Entre los años 65 y 75 del siglo anterior, se elevó una honda transformación  no sólo en el espíritu de la fe, sino en la manera de concebir la práctica del Evangelio.

Uno de los mayores impulsores de este nuevo espíritu fue el padre Luis Igartúa. Desde que fue nombrado Párroco en la iglesia El Carmen en 1971, y hasta su muerte en 2008, se esmeró en construir una escuela granja, el Complejo “Casa del Amigo” con un ancianato, una imprenta, farmacia, ropero, escuelas de oficios y artesanales, capillas en barrios y poblados, Santa Eulalia, Guaremal, Variantes de Guayas, El Trabuco, Los Amarillos, Cañaote, un comedor popular dirigido y atendido por Josefita y una clínica popular que cobrara honorarios profesionales por debajo del costo regular. También amplió la edificación del Templo, le dio un lugar al bautisterio, ha sido ayudado por Juan Evelio Márquez, el primer diácono con que contó la iglesia del Llano de Miquilén, que tanto hizo y sigue haciendo en beneficio de la comunidad eclesiástica de Los Teques.

Cuando el padre Luis envejeció y enfermó, Donato Porras, (2008 – 2010) quien fue capellán militar, y en esta fecha vicario parroquial, tomó las riendas de la Parroquia como Administrador parroquial, continuó la labor del padre Igartúa, pero adicionalmente le asignó un sueldo a los trabajadores de la Parroquia y modificó el altar al final de la nave central, como acostumbra la tradición después que el púlpito quedó en desuso para que feligreses y sacerdotes tuvieran un encuentro horizontal, como lo determinó la nueva visión teologal. 

Como una nota significativa debemos nombrar al padre José Antonio Ugartemendía, un artista plástico con suficiente talento y conocimiento en la restauración de imágenes religiosas, quien se mantuvo como vicario parroquial, mientras rehabilitaba las imágenes que con más de sesenta años le sirven a los devotos para elevar las plagarias en busca de intercesión.

Igualmente se destaca en su labor al frente de la Parroquia, Néstor Castro, sacristán, artista plástico y estudiante de filosofía, conocedor en profundidad de la memoria y organización de la iglesia de El Carmen, y mano derecha de los últimos sacerdotes, y la señora Mercedes de Gedler, catequista por más de cincuenta años, ministra de la eucaristía, y colaboradora permanente, hasta sus 90 años, cuando se retiró de toda actividad de servicio, por razones de edad.      

Donato Porras enfermó y murió tras algunos meses de hospitalización ocasional, entonces la Curia envió como Párroco al padre Germán Español, un sacerdote del estado Sucre, quien vivió con su familia en la casa parroquial, por cuatro años, hasta que a su vez enfermó y tuvo que ser trasladado a su tierra, para su recuperación.

Actualmente la Parroquia está dirigida y coordinada por el padre Alberto Pita, sacerdote de Los Teques. Se ha interesado por la formación religiosa de la comunidad, con un diplomado en teología, que cuenta con docentes de formación filosófica y teológica, además de un proyecto serio para integrar la comunidad a través de coloquios, charlas, seminarios y otras modalidades no sólo en el área de lo trascendente, sino en problemas de integración patrimonial, que tanta falta le hace a Los Teques.

sábado, 9 de junio de 2018

Contribución a la Bibliografía de la Fiesta de los Diablos en Venezuela


Arturo Álvarez D´ Armas

A mi amiga Mary Infante

La festividad del Corpus es celebrada en Europa desde tiempos inmemoriales, específicamente data del año 1246, cuando el Obispo Roberto de Lieja (Países Bajos), escogió el día Jueves, después de la octava del Pentecostés como la fiesta del Corpus. Más tarde, bajo el papado de Urbano IV (Santiago Pantaleón) se le otorgó la aprobación universal mediante la bula “Transiturus”, el 8 de Septiembre de 1264. En esa época la diversión se efectuaba con tarasca, cabezudos y enanos.
Con el mal llamado “descubrimiento” del nuevo continente, son trasladadas a América muchas fiestas religiosas y populares de origen europeo y muy particularmente de España, entre ellas encontramos: San Juan, San Pedro y San Pablo, San Antonio, San Benito y Corpus Christi.
La Cofradía hispánica, esencialmente religiosa, se amalgamó con las costumbres y tradiciones que trajeron en sus mentes los esclavizados africanos. Fue un proceso sincrético donde se mezclan la fe cristiana y algunos elementos rituales, musicales y danzarios de la lejana África. 

La incorporación de africanos a las relaciones esclavistas de producción, introduce una nueva etnia de características particulares, la cual trae sus propias creencias y cultos ancestrales al patrimonio cultural de Venezuela. Así como la fiesta de San Juan se transforma en un baile de contenido africano, los diablos danzantes, en esencia, son un rito de fuerte influencia del continente negro, conteniendo aportes europeos e indígenas.
La primera referencia histórica de la cual tengamos noticias sobre la celebración de Corpus en Venezuela, nos la ofrece el Obispo Diego Baños y Sotomayor en 1687, cuando prohíbe las danzas de mulatos, negros e indios, que realizaban en las procesiones del Corpus, su Octava y las fiestas de los santos Patronos.
La festividad de los Diablos Danzantes, se baila en muchas regiones de Venezuela como Naiguatá (estado Vargas), San Francisco de Yare (estado Miranda), San Rafael de Orituco (estado Guarico), Ocumare de la Costa, Cata, Choroni, Chuao y Maracay (estado Aragua), Tinaquillo (estado Cojedes), Patanemo, Borburata, Mariara, Guacara, Canoabo y en San Millán barrio de Puerto Cabello (estado Carabobo). También hay constancia de que se efectuaba en Curiepe, Petare, Guatire y Ocumare del Tuy (estado Miranda), El Sombrero y Tucupido (estado Guarico).
Libros y folletos. Álvarez D´ Armas, Arturo. Bibliografía del Folklore Afrovenezolano. Caracas: Ediciones Tambor, 1977. 10 p. Best González, Freddy. Los diablos danzantes de Yare. Los Teques: Asamblea Legislativa del Estado Miranda, Oficina de Relaciones Públicas, s.a. 44 p. Publicación N° 3.
Best González, Freddy. Los diablos de Yare. Los Teques: Asamblea Legislativa del Estado Miranda, s.a. /6/ p. Publicación N° 11. Diablos Danzantes de Venezuela. Dirección y supervisión: Manuel Antonio Ortiz. Equipo responsable: Rolando Zapata, Isabel Zerpa y Adrián Camacho. Salutación de Remigio Elías Pérez, Banco Provincial. Presentación Hermano Ginés. Caracas: Fundación La Salle de Ciencias Naturales, 1982. 207 p.
Domínguez, Luis Arturo. Encuentro con nuestro Folklore. Caracas: Editorial Kapelusz, 1975. 167 p. Domínguez, Luis Arturo. Fiestas tradicionales del estado Miranda. Los Teques: Ejecutivo del Estado Miranda, Departamento de Extensión Cultural, 1965. s. p. Domínguez, Luis Arturo y Salazar Quijada, Adolfo. Fiestas y danzas foklóricas de Venezuela. Caracas: Monte Ávila Editores, 1969. 327 p. Domínguez, Luis Arturo. El mundo mágico de las máscaras rituales. Caracas: Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes, 1967. 11 p.
Hernández, Daría y Fuentes, Cecilia. Fiestas tradicionales de Venezuela. Fotografías: Nelson Garrido. Caracas: Fundación Bigott, s.a. 213 p.
Liscano, Juan. Folklore y Cultura. Caracas: Editorial Ávila Gráfica, 1950. 226 p. Liscano, Juan. Los diablos de San Francisco de Yare. Caracas: Cruz del Sur, 1952. 7 p. Liscano, Juan. Vida, folklore y poesía. Las fiestas del solsticio de verano en el folklore de Venezuela. Caracas: Ministerio de Educación, 1947. 32 p.
Ortiz, Manuel Antonio. Miranda. Caracas: Fundación Bigott, 1996. 51 p. Serie: Tradiciones Populares de los Estados, 1. Pollak-Eltz, Angelina. Bibliografía afrovenezolana. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello, Instituto de Investigaciones Históricas, 1976. 25 p. Pollak-Eltz, Angelina. Vestigios africanos en la cultura del pueblo venezolano. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello, Instituto de Investigaciones Históricas, 1972. 171 p. Ramón Y Rivera, Luis Felipe. La música folklórica de Venezuela. Caracas: Monte Ávila Editores, 1969. 234 p.
Artículos y Notas. Acosta Saignes, Miguel. “El último diablo de Guacara”. En: Revista Shell. Caracas: N° 18, Marzo de 1956. Pp. 25-27. Allende, Isabel. “El diablo vivo y coleando”. En: 7º Día. Caracas: N° 294, 10 de julio de 1977. Pp. 8-9. El Nacional. 

Antillano, Sergio. “Danzas y cantos de Miranda”. En: Revista del Estado Miranda. Los Teques: 3 de mayo de 1951. s. p. Aretz, Isabel. “La fiesta de los diablos”. En: Revista Venezolana de Folklore. Caracas: Tomo I, N° 2, julio-diciembre de 1947. Pp. 91-110. Armas Alfonzo, Alfredo. “Los diablos danzantes de Yare”. En: El Nacional. Caracas: 8 de junio de 1950. P. 12. Balza Donatti, Camilo. “Los diablos danzantes de Yare o raíz del ancestro”. En: Elite. Caracas: 21 de junio de 1952. Pp. 32-35. Best González, Freddy. “Los diablos de Yare”. En: Texto de la Tierra. Los Teques: N° 10-11, junio-julio, 1966. Pp. 6-7.
Buitrago Segura, Luis. “Danza de diablos en busca de perdón”. En 7º Día. Caracas: 24 de junio de 1973. P. 16. El Nacional.
Carreño, Francisco. “Folklore del estado Miranda”. En: Nuestra Tierra. Caracas: N° 12, enero de 1952. Pp. 32-33, 38.
“Corpus Christi en Yare. Abuelos y nietos promeseros serán hoy diablos danzantes para pagar favores al Santísimo”. En: El Nacional. Caracas: 17 de junio de 1965. D-10. Domínguez, Luis Arturo. “Diablos danzantes”. En Índice Literario de El Universal. Caracas: 17 de marzo de 1960. Pp. 4-5. “Grandeza y decadencia del Corpus de Yare: el turismo está asesinando la tradición”. En: El Nacional. Caracas: 5 de junio de 1953. P. 28. Guzmán, Edith. “En Yare una cita con el pasado”. En: Momento. Caracas: N° 206, 26 de junio de 1960. Pp. 45-51. Liscano, Juan. “Diablos de la fiesta de Corpus”. En: Elite. Caracas: 21 de junio de 1952. P. 35. “Los diablos danzan en Corpus”. En: La Revista de El Nacional. Caracas: 31 de mayo de 1964. P. 2. El Nacional. “Los diablos danzantes de San Francisco de Yare”. En: El Farol. Caracas: junio 1949. Pp. 16-20. “Los diablos danzantes de Yare llevan luto por un hombre y una mujer”. En: El Nacional. Caracas: 5 de junio de 1953. P. 28. “Máscaras en ceremonias religiosas y diversiones populares”. En: Venezuela Ahora. Caracas: N° 135, 13 de junio de 1977 P. 15. Mejías, María Elena. “Junio en la tradición venezolana”. En: Arte Quincenal. Caracas: N° 53, mayo, 1976 P. 4.
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Toledo B., Hilario. “Los diablos de Yare. La Eucaristía en la tradición popular”. En: El Universal. Caracas: 25 de mayo de 1978. 2-4. Ugalde, Martín de. “Los diablos danzantes de Yare”. En: Líneas. Caracas: N° 122, junio 1967. Pp. 12-13.
Fotografías del autor.
La primera foto fue tomada en San Francisco de Yare, estado Miranda en los años 70 y la segunda en San Rafael de Orituco, estado Guárico en los años 80.

sábado, 2 de junio de 2018

LA VISITA DEL MUY SEVERO OBISPO MARTÍ


Eduardo J. Anzola


Desde finales de 1781, todos los moradores de San Felipe El Fuerte están poseídos de un verdadero frenesí colectivo de preparativos tan espléndidos como ostentosos para el engalanamiento en pleno de la ciudad. Creen los habitantes que esos días de enero será una de sus más memorables fechas. Es su oportunidad de demostrar al ilustrísimo visitante quien llegará a comienzos del  año entrante, que San Felipe El Fuerte es una auténtica ciudad; que es muy merecedora de ese título de ciudad que le fuera otorgada por el monarca español, el rey Felipe V, en 1729; que después de esos poco más de cincuenta años, ya sus habitantes no vivían en aquel poblado que se había llamado Cerrito de Cocorote, tan despreciado y atacado por las abusivas autoridades de La Nueva Segovia de Barquisimeto (Rodríguez, 1979).
El tan esperado e importante visitante es nada más y nada menos que el máximo jerarca de la Iglesia Católica en Venezuela,  el muy severo Obispo Mariano Martí. Este alto prelado, de origen catalán, ejerce su cargo desde 1770 y al año de haber llegado, inicia un incesante peregrinaje a lo largo de prácticamente todo el territorio de la Venezuela colonial y alcanzará a recorrer 350 pueblos, villas y ciudades durante un lapso de doce años, tres meses y veintidós días. Cuando le corresponde visitar a San Felipe El Fuerte, ya lleva más de diez años en su inspección pormenorizada de cada lugar donde llega, en un agotador periplo atravesando caudalosos ríos y polvorientos caminos, en canoa y coches arrastrados por animales de tiro, ya sea bajo un sol inclemente o una  lluvia pertinaz.    
Monseñor Mariano Martí, tiene reputación de ser un sacerdote muy culto y preparado. Al parecer mantiene también  rígidas concepciones sobre la moralidad y es muy dedicado a las funciones que les corresponde, que muchas veces van más allá de lo específicamente religioso.
El encarnado prelado, provisto de sus accesorios litúrgicos propios de su encumbrada investidura, va custodiado por un séquito de familiares, secretarios, ayudantes y monjes franciscanos. Dondequiera que vaya la caravana que le sigue, la vida cotidiana del pueblo, villa o ciudad donde llega, se suspende a su paso. Todos quedan a merced de edictos y mandatos pontificales que el prelado emite con una profusión intimidante.
En el proceso de sus recorridos, Martí va escribiendo incesantemente un memorial de cada visita, día tras día, año tras año. Cuando finalmente logra terminar sus giras, registrará en siete densos tomos, el mayor inventario que se haya hecho jamás en algún otro lugar de las colonias españolas (Garmendia, 2009). 
Para el momento del arribo a San Felipe El Fuerte del ilustrísimo visitante, los pueblos cercanos envían sus representantes y son numerosos los vecinos de esos lugares que se confunden con los de la ciudad para tributarle una apoteósica bienvenida.
En los primeros días del mes de enero del Año 1782, llega a la ciudad de San Felipe El Fuerte el Obispo Mariano Martí en su visita pastoral. La comitiva se dirige al Templo de Nuestra Señora de la Presentación dando comienzo a los actos de rigor. Caballeros regionales, clérigos, oficiales de tropas y milicias van acompañando al cortejo  del dignísimo prelado, quien bajo palio y aferrado al báculo pastoral, hace el recorrido por las calles, ornamentadas de flores, palmas y damascos que penden de las ventanas (Perazzo, 1981). 
Llegado al templo, se dirige en procesión  al altar mayor, acompañado por las voces del coro entonando el himno “Te Deum Laudamus” y al concluir los compases de la música sacra, el obispo ordena dar lectura al edicto pontifical, expone solemnemente los motivos de su visita pastoral y emite las ordenanzas religiosas a las cuales todos deben someterse a partir de entonces (Martí, 1969).
Durante su estadía en San Felipe El Fuerte, al igual que hace en cada población a la que arriba, el obispo Martí efectúa un reconocimiento e inventario de estudios y títulos obtenidos de los curas locales; de las alhajas, ornamentos y pinturas religiosas en las iglesias, de su estructura, arquitectura y campanarios; del padrón y matrícula de las viviendas; de los sembradíos, tipos de cultivo y cifras de producción agrícola y ganadera; de la cantidad de habitantes estratificados en grupos étnicos y castas sociales; de su sistema educativo; de los límites de la jurisdicción de la vicaría y de muchos otros datos que describen la vida de la gente durante el período colonial de su visita pastoral.
El obispo Martí comprueba que los sacerdotes atienden cuatro templos: Nuestra Señora de la Presentación, el de la Santísima Trinidad, el de Nuestra Señora de Candelaria y el de Nuestra Señora de Altagracia. Hay un convento de franciscanos y se construye otro de dominicos. También hay un hospicio regentado por monjes dominicos y un hospital para enfermos sin mayores recursos.
Según su registro, el templo de la iglesia principal, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Presentación, “era muy nueva y fuerte”  y “esplendorosa.” Tiene una fachada compuesta de pilares y cornisas de ladrillo con tres ventanales, cuyas paredes son de mampostería y partes de ladrillos y su piso enladrillado. La iglesia consta de tres naves, una más ancha, la mayor, y dos colaterales divididas a cada lado por cinco columnas y arcos de ladrillos, con techo entejado y reforzado con tirantes dobles de madera labrada de las cuales penden siete arañas de madera pintada, con varias luces cada una. El altar mayor cuenta con un retablo de madera labrada en dorado, encima del cual está un sagrario grande, dos nichos de santos y tres grandes cuadros al óleo con marcos decorados e imágenes de Nuestra Señora de la Presentación, y de los apóstoles Santiago y Felipe.
También tiene tres entradas, una mayor y dos colaterales, con puertas de madera de doble hoja y un Coro elevado sobre la entrada principal, rodeado de una baranda de balaustres y allí se encuentra un gran órgano que el Obispo Martí ordena reparar.
A la entrada de la iglesia, a un lado del Evangelio se ubica el bautisterio, enrejado y en cuyo centro está la pila bautismal de mármol que sostiene un platón conteniendo el agua bendita. También el Obispo ordena que se acabe de levantar sobre el bautisterio una torre para las campanas, aún sin terminar. También del lado del Evangelio hay una capilla erigida en honor a la Virgen de Montserrate y del lado de la Epístola, otra en proceso de construcción, dedicada a la Virgen del Carmen. De ese mismo lado se halla, resguardado por cerca, “un buen cementerio […] con varias almenas de ladrillos por la circunferencia…” 
Para 1764, la zona de la jurisdicción de San Felipe ocupaba una superficie de 70 por 80 leguas (casi 174 mil Km2). Diecisiete años después, el Obispo registra que en la pujante ciudad de gran actividad comercial, hay cinco mil veinte personas censadas, “toda especie de gente y de todas clases” conformados por 1.307 blancos y mestizos, 232 indígenas adoctrinados, 3.281  mulatos, zambos y negros libres y 200 esclavos (Duarte, 2009).
Describe Martí que “en la plaza de esta ciudad hay una fuente con algunos chorros de agua encañada del río Yurubí […] Todas las tierras inmediatas a la ciudad son buenas […] y producen cacao, maíz, tabaco […] plátanos, frijoles, algodón y cuanto se siembra o planta, porque acá llueve mucho y este terreno es cálido…” Las lluvias se repiten “por la mayor parte del año con rigurosas tormentas de truenos y relámpagos”.
También Martí destaca que los valles de Aroa y San Felipe están separados por un cerro de donde “salen ríos y quebradas que dan bastante agua para regar gran parte de todo el valle de San Felipe, a más del río Yaracuy, de que también pueden valerse para regar, pero los ríos y quebradas de este cerro […] vienen de alto y tienen grande corriente y pueden tomar la agua y conducirla por donde quieran y hacer grandes haciendas de cacao y otros frutos” (Martí, 1969).
 En su descripción de la sociedad colonial, la obra del minucioso Martí no solo es una copiosa literatura costumbrista de su época, sino un monumental compendio de información que va desde el dato más relevante hasta la menudencia más bochornosa de la vida privada de muchos habitantes de esta Provincia.
El obispo continuamente conmina a los curas para que los pecadores enmienden sus conductas escandalosas. A aquellos caballeros que “viven mal” con mulatas les ordena terminantemente que las deporten a otras ciudades más recatadas como El Tocuyo o Caracas, pues San Felipe El Fuerte es uno de los sitios donde muchos hombres de mayor rango social incurren con frecuencia en este reprensible “pecado”.
Por esta razón, comisiona al vicario para que esté pendiente y le mantenga informado del desarrollo del caso del matrimonio de Francisco Antonio Cerrano y Ángela María Celis.  Ella, siendo residente de San Felipe, comete adulterio mientras él está en Barinas, por lo cual el marido pide el divorcio. El Obispo Martí obliga entonces a la dama a convivir con su legítimo esposo en Barinas. Pero estando a punto de emprender el viaje, “al mismo instante de montar a caballo, se le escapó y se le escondió la dicha mujer.”
Luego de varios días, la esposa fugitiva es capturada y detenida en prisión. El obispo emite su sentencia: “…me parece conveniente que no salga de la cárcel sino para vivir con su marido en Barinas o en donde quiera su marido…” El amante de la adúltera, hombre soltero, también “…se halla en la cárcel por este delito…”
Por la frecuencia de tales casos, el obispo Martí resuelve que por ser muy pequeña, se ampliase la cárcel para “reclusión de las mujeres de mala conducta”. A aquellas parejas que “malviven” amancebadas, les amenaza con prisión si no se casan.
Los fieles informantes del obispo Martí, seguramente bien enterados por los inevitables chismosos locales, le notifican del caso de don Benito del Rosal, mayor de cincuenta años y con oficio de  escribano. En su casa recibe subrepticiamente al amparo de la oscuridad nocturna a Dominga Rodríguez, una mulata libre. Pero otras noches recibe a Amocha Baco, otra mulata. No satisfecho con ambas, además tiene trato carnal con dos esclavas  que ni siquiera le pertenecen, una es Juana Dominga, de doña Rosa Montañéz y otra, cuyo dueño es don Gerónimo Elizondo, es la que llega hasta don Benito  entre dos y tres de la tarde.
Descubierto en su promiscuo proceder por el obispo, don Benito ha prometido casarse en un plazo de cuatro meses y mientras transcurra ese lapso, el cura de la parroquia vigilará que el concupiscente escribano no tenga trato con ninguna de las cuatro mujeres. El obispo estará atento para que se cumpla la palabra empeñada según lo mantenga informado el cura.
Pero tampoco los curas escapan de los edictos del obispo. El padre Juan José Vidal de unos cuarenta años, se había entregado “al vicio del juego y de la embriaguez”; luego de haberse enmendado bajo la tutela de su padre, un alcalde de San Felipe El Fuerte, el cura vuelve a emborracharse por lo cual el obispo lo devuelve a su reclusión y le colocan un par de grilletes. Examinado para poder ejercer su ministerio, se le considera “inhábil para confesar y predicar por su ignorancia.” También el obispo conoce que don Juan Tomás Fort, juez eclesiástico de San Felipe aunque está muy enfermo y casi ciego, intenta decir misas con notable dificultad. En consecuencia, el reverendísimo Martí ordena al teniente de vicario, no le permita a Fort que continúe oficiando en la iglesia.
Se queja el obispo Martí de que al ocurrir el fallecimiento de un infante, retrasan el acto de enterramiento resultando en “danzas, bailes, bebezones y otros lastimosos desórdenes”. Por ello ordena que los entierros se efectúen antes de transcurrir 24 horas luego del fallecimiento.
Al enterarse Martí que durante la reciente Navidad se organizaron festividades religiosas, con el pretexto de celebrar  rituales de adoración en los altares y pesebres de las casas particulares, el obispo, con un riguroso ánimo aguafiestas, ordena que “sin excepción de alguna, no se hagan ni de día ni de noche danzas, visitas, músicas ni otros festines en que concurren hombres y mujeres, con que se evitarán los exceso […] lo cual cumplan bajo la pena de excomunión mayor…”
Del penetrante ojo inquisidor del obispo en su visita a San Felipe El Fuerte tampoco escapan los atuendos dominicales de muchas damas que asisten a misa pues “siendo como es la profanidad de los trajes y el modo de uso más bien estímulo de la lascivia que de la modestia, informamos de que muchas mujeres no solo entran a la iglesia con […] las sayas (faldas) altas, y pocos tapados los pechos sino […] aún a la sagrada mesa de comunión eucarística: ordenamos que el cura de esta Iglesia, en sus pláticas amoneste y reprenda severamente estos usos tan impropios al recato, exhortando y anunciando a todos el pecado gravísimo que se comete, así en el templo como fuera de él…” (Martí, 1969).
No sería exagerado suponer que aquellos a quienes Martí considera una caterva de malvivientes, fornicadores, juerguistas, jugadores y borrachos que moran en San Felipe El Fuerte, al igual que muchas damas y hasta curas, todos habrán de respirar aliviados cuando el inflexible obispo finalmente se despida de esta ciudad para nunca más regresar.

CONSULTAS BIBLIOGRÁFICAS

DUARTE, C. (2009). La ciudad de San Felipe. Tradiciones, Crónicas y tradiciones familiares. Caracas: Litografía ImagenColor S. A. pp. 10 – 11

GARMENDIA, S. (2009). El libro secreto del señor Obispo. El Desafío de la Historia. (10).  pp. 87 - 90.

MARTÍ, M. (1969). Documentos relativos a su visita Pastoral de la Diócesis de Caracas (1771 – 1784). Libro Personal, Inventarios y Providencias. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia. Serie Colonial. Vol. 95 al 99.

PERAZZO,  N. (1981). San Felipe El Fuerte. Caracas: Talleres gráficos del Congreso de la República. pp. 83 – 90.

RODRÍGUEZ R., P. D. (1979). Origen y desarrollo de San Felipe El Fuerte. Discurso de incorporación a la Academia Nacional de la Historia. Caracas: Talleres gráficos del Congreso de la República. pp. 15 – 32.

Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Mariano_Mart%C3%AD

viernes, 2 de septiembre de 2011

EL DENGUE Y ALGO MÁS


Arturo Alvarez D´ Armas



El dengue es una enfermedad viral transmitida por la picadura del mosquito Aedes aegypti (Linnaeus, 1762). El Aedes es originario de la región etiópica, nuclea la mayor cantidad de especies del Subgénero Stegomyia Theobald, 1901. Hoy día es un insecto cosmopolita.
El dengue se presenta de dos maneras: fiebre de dengue y fiebre hemorrágica del dengue. El primero es una enfermedad de tipo gripal que afecta a los niños y a los adultos, pero rara vez causa la muerte; el segundo es otra forma más grave, en la que pueden sobrevenir hemorragias y a veces un estado de choque, que lleva a la muerte. En los niños es sumamente grave.

Imagen del Aedes aegypti (Linnaeus, 1762) Diptera, Culicidae
Los primeros casos de dengue hemorrágico comprenden a Curazao y Venezuela en la década de los 60. Honduras, Jamaica y Puerto Rico en los 70. En 1981 hay un fuerte brote en Cuba y Venezuela es atacada de nuevo en 1989. De allí en adelante el dengue hemorrágico se expande por toda América Latina. Anterior a ello, en 1953-1954 se encuentra en Trinidad y Tobago un dengue en una situación no epidémica.
Por intermedio del Aedes aegypti también se produce la fiebre amarilla. Las dos enfermedades llegaron a América con los esclavizados africanos, quienes “vinieron” a trabajar en las plantaciones y minas recién descubiertas. Como ya lo dijo el sacerdote jesuita Alonso de Sandoval “el hacinamiento de los barcos y de las barracas para su hospedaje determinarían una rápida y mortífera dispersión de las enfermedades”.
Investigadores como Dotres Martínez opinan que el origen del dengue se remonta al año 1823, donde esclavos procedentes de África Occidental introdujeron en América los términos dinga o dyenga con la que se nombró una epidemia de la enfermedad en su tierra natal. Dotres Martínez cree que dengue es una palabra proveniente del idioma swahili, muy utilizado en África Oriental. Otra opinión nos la da Bernardo Fernández Chelala: “Benjamín Rush descubrió una epidemia en Filadelfia en 1780 y otra en 1801 en Madrid”, con las mismas características del dengue.
La voz dengue es originaria de lo que hoy conocemos como la República de Angola, República del Congo y República Democrática del Congo, se le conoce a través de los idiomas kimbundu (ndengue: “niño pequeño, crío”) y el kikongo (ndengue: “recién nacido”). En Brasil se le llama “meu dengue” a los niños y en Venezuela, Cuba, Colombia y el resto del continente americano, la palabra dengue se relaciona con el virus del dengue hemorrágico.
En la santería cubana hay el vocablo dengué, bebida elaborada a base de maíz seco, azúcar y unas gotas de miel de abejas; la misma se ofrece a las deidades antes de dar inicio al rito. A este brebaje se le llama también ñanguerí.

En el calé, léxico del lumpen venezolano, se decía por los años 60: ¿cómo está el dengue?, como está la cosa. El calé estaba compuesto por muchas palabras de origen africano. El Drae y el Larousse solo dicen que es una voz onomatopéyica, sin poner su origen. El lingüista Laman (1972) escribe que ndingui es palabra kikongo y es “crisis de desesperación, enfermedad, canto de dolor”. Ese mismo criterio dan las investigadoras cubanas Gema Valdés Acosta y Myddri Leyva Escobar en su diccionario de bantuismos en el español de Cuba (2009).
A principios de los años 60 del siglo XX, el famoso músico y compositor cubano –radicado en México desde los años 40- Dámaso Pérez Prado uno de los padres del mambo, -el otro es Orestes López, el macho-, crea un ritmo que sigue la línea del mambo, con raíces de la guaracha-son y elementos de la música de los pueblos del Congo y Angola; ese nuevo ritmo Pérez Prado lo bautiza con el nombre de “El dengue”. El sonido que sobresale en la orquesta es a base de un hierro percutido con dos baquetas, donde se repite la misma figura durante toda la pieza. Al imponerse la moda efímera del dengue las parejas bailaban realizando figuras como si tuvieran una tembladera. Entre las melodías más conocidas de la época tenemos “el dengue universitario”; anteriormente Pérez Prado había producido otro ritmo llamado “La Chunga”.
En el año 1966 el público cubano se llenó de gozo con la puesta en escena de la zarzuela “El dengue” del compositor y director Rodrigo Prats, autor de la afamada zarzuela Amalia Batista.
Fuentes consultadas:
ALVAREZ NAZARIO, Manuel. El elemento afronegroide en el español de Puerto Rico. Contribución al estudio del negro en América. Segunda edición. San Juan de Puerto Rico: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1974. 489 p.
CABRERA, Lydia. El Monte (Igbo – Finda; Ewe Orisha. Vititi Nfinda) Notas sobre las religiones, la magia, las supersticiones y el folklore de los negros criollos y el pueblo de Cuba). Cuarta edición. Miami: Ediciones Universal, 1975. 564 p.
DOTRES MARTÍNEZ, Carlos et al. “Dengue hemorrágico en el niño”. En: Cadernos de Saúde Pública. Río de Janeiro: Vol. 3, Nº 2, June 1987. pp. 158-180.
FERNÁNDEZ CHELALA, Bernardo. “Fiebre hemorrágica por dengue”. En: www.monografias.com/trabajospdf/fiebre-hemorragica-dengue/fiebre-hemorragica-dengue.pdf
GARCIAPORRUA, Jorge. “Yo soy así”. En: Clave. La Habana: Nº 13. pp. 23-27. Nota: Entrevista imaginaria al músico Rodrigo Prats.
LAMAN, Karl y Maurice WESTLING. Vocabulaire kikongo-français / français-kikongo. Kinshasa: Leco, 1972.
Larousse. Diccionario Enciclopédico 2007. Decimotercera edición. Bogotá: Ediciones Larousse, s.a.
OROVIO, Helio. Diccionario de la música cubana. Biográfico y técnico. Ciudad de la Habana: Editorial Letras Cubanas, 1981. 442 p.
“Palabras de Origen Bantu Inseridas no Portugués”. En: http://www.geocities.com/kimbundohp/palavras2.htm
Real Academia Española. Diccionario de la Lengua Española. Vigésima Segunda Edición. Tomo 4. Madrid: Espasa, s.a.
“Situación histórica del dengue en América”. En: www.ahora.com.de/Ediciones1335/SECCIONES/actualidad7.html
VALDÉS ACOSTA, Gema y Myddri LEYVA ESCOBAR. Diccionario de bantuismos en el español de Cuba. La Habana: Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, 2009. 158 p.