Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

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jueves, 6 de mayo de 2010

EL TEATRO ATENEO Y EL TRISTE FANTASMA DEL GENERAL GÓMEZ

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Alberto Hernández

** El fastidio, la pesadez del clima y los sueños del Gómez hicieron posible la construcción del Teatro Maracay, como realmente fue llamado al inaugurarlo. Hoy, entre marquesinas y boletería dominadas por la calina, el pequeño teatro del bolsillo se pasea por la nostalgia, por las ganas de de sentir sobre sus tablas obras de envergadura.
Probablemente, el cielo de Maracay no era el mismo de hoy, lleno de humo, sucio aéreo, vapor de agua, calina que llaman los entendidos y que han dejado flotar como si se tratara de la famosa niebla londinense. Era un cielo, más allá de que las fotos que hemos heredado nos lo muestran a veces iluminado y otras veces encapotado, era más sano, menos díscolo que éste que nos cubre. Era, entonces, aquella comarca más visible que ésta de hoy, menos bulliciosa, pero a la par con tal característica, sí más aburrida. Entonces, el mandamás, el general, al que también apodan benemérito, Juan Vicente Gómez, se dio a la tarea de mirar un poco más allá de las películas mudas que le pasaban en Caracas o que algún funcionario –de esos que aún existen que se pegan como niguas- proyectaba una película muda sobre una sábana blanca.
Juan Vicente Gómez.
Pese a la cercanía de algunos “potreros”, como denominaban los teatros ambulantes que solían pasar por la ciudad, Gómez pensó en hacer uno a su gusto. La vieja plaza Girardot (la verdadera, no ésta que ya no es patrimonio porque lo perdió cuando la intervinieron vulgarmente) acogía a los “teatreros” del momento. Se trataba de un espacio de madera que se dice fue abierto en 1912, el 21 enero, para celebrar las ferias de este año, y era conocido como el Teatro-Circo, porque combinada el drama con las peripecias de saltimbanquis, payasos y maromeros. Estaba ubicado, según datos del cronista Oldman Botello, en el cruce de las calles Santos Michelena y Soublette.
El sueño de Gómez
La pesadez del clima, la falta de espacios para el disfrute cultural obligan al viejo “Bagre” a pensar en un teatro para la comarca. Así, llama a su despacho a Epifanio Balza Dávila, un ingeniero que forma parte de la escuela de Jesús Muñoz Tébar y Agustín Aveledo.
Hedy Lamarr
Balza eleva un edificio, con aires de la Catedral de Pisa y agregados personales que lo configuran como un edificio cuyo estilo se aproxima al eclecticismo. Gómez aplaude el proyecto, pero no se habían estudiado las dimensiones, razón por la cual el Teatro Ateneo de Maracay le quedó pequeño, por lo que Gómez no quedó muy contento cuando lo visitó. La obra se detiene durante dos años. Pero el general finalmente acepta l que Balza siga con la obra, hasta terminarla.
El éxito de la compañía española de teatro de María Fernanda Ladrón de Guevara promueve la idea de que algunas de las obras que esta actriz presentaba en Caracas, igualmente pudieran ser disfrutadas en Maracay. El 24 de junio de 1926 –día de la batalla de Carabobo- el pequeño teatro es inaugurado con la obra “Cancionera”, una comedia muy andaluza que gustó mucho a los “principales” y a los pocos agregados que pudieron estrenar las butacas del Teatro Maracay, como en verdad fue bautizado.
Mary Pickford
Podríamos imaginarnos el espíritu bullicioso de una ciudad casi campesina. No existía aún el Hotel Jardín, razón por la cual los integrantes del teatro se hospedaron en el Hotel Maracay, el cual estaba ubicado en la calle López Aveledo.
Al estreno en Maracay de la pieza asistieron, entre otros, según comenta el cronista, Gómez y su familia, entre quienes estaban Florencio, Juan Vicente, Cristina y Belén. La comitiva regional la encabezaba el presidente del estado, Ignacio Andrade y señora Servilia Gómez Núñez de Andrade.
Los felicitadores no faltaron, los aplausos y luego el brindis donde también imaginamos la tertulia de los principales y la befa en la calle de borrachitos y jodedores de ocasión.
Botello destaca la nota que publicó la revista Élite a propósito de la presentación de la obra en la capital de la República: “El teatro de Serafín y Querubín Alvarado Quintero, optimista locuaz, popular vivido, cuenta en Caracas con la predilección unánime del público. Evangelina Adamas y Bernardo Jambrina, poeta e histrión de alto coturno, trajeron al teatro Caracas las deliciosas primicias de la gloria de los sempiternos andaluces…”
El teatro: los entremeses, la comedia, eran para Gómez un pasatiempo que lo hacía feliz. En esos días también estaba en el tapete uno de los más sonados hombres de las tablas del país, Antonio Saavedra, quien años más tarde, más allá de los regalos que el general le procuraba, se burló de él en una obra titulada “la sagrada familia”, pero ya el poder de Gómez formaba parte del recuerdo. También disfrutó con Rafael Guinand en el Teatro Maracay, y así muchísimos que se lucieron ante los maracayeros de poder sentados al lado del viejo caudillo.
El cine: desde el mudo hasta el “hablado”…
Después de esta compañía, muchas otras pisaron el escenario del pequeño Teatro Maracay. Pero fue el cine, la pantalla viva y veloz de los personajes, el que atraía a Gómez. “Visitaron” su telón Charles Chapiln, por supuesto, animados musicalmente por la banda de la Presidencia de la República, a cargo de Sebastián Díaz Peña, en sus inicios, y luego por Gerardo Cámera y José Antonio Lagonell, quienes escogían previamente las piezas musicales para ambientar las proyecciones.
El primer espectador era el general Gómez, quien no se perdía, todas las noches a las 7 u 8, una función. Veía documentales internacionales de Warner Brothers, Universal, Metro o Fox. Noticiarios provenientes de muchos países donde la guerra y la paz distaban mucho de la Venezuela de aquella época, dominada por la bota y el acento silbado del general.
Dicen los cronistas y curiosos que se venía generalmente a pie. Cruzaba acompañado de sus cinco guarda espaldas o edecanes que lo escoltaban y se instalaba en la oscuridad de la sala a disfrutar la película del día. A las diez de la noche se marchaba, ahíto de películas, a su residencia ubicada cerca de la plaza Girardot. Maracay era un remanso, la “paz” se sentía en el susurro de los árboles.
Clark Gable
El sonido, el teatro mudo…
Un rato más tarde, a comienzos de los años 30, se incorpora el sonido al teatro. Así, los moradores, ya sin Gómez como compañero de butaca, pudieron ver las películas de Hedy Lamarr, Mary Pickford, Clark Gables, entre otros ídolos de aquellos días. Luego quedaría lo que el viento se llevó con los años, hasta hoy, cuando –luego de tantos tropiezos, el ya antiguo Teatro Ateneo es la reserva para el teatro escolar y demás devaneos que han dado al traste con muestras serias donde los talentos del patio esperan una oportunidad. Se trata de mirar más allá de programaciones. Se trata de diseñar políticas, desde los entes del Estado, para que el Teatro (con mayúsculas) se sienta en la comunidad.
Un anciano se pasea de madrugada por los alrededores del Teatro Maracay. Su tristeza de fantasma silencioso lo arrima a las ganas de sentarse y disfrutar de una buena obra de teatro. O de una película de factura que lo deje aturdido, como en aquellos días cuando Charlot “venía” a visitar la ciudad que luego fue llamada Jardín.

sábado, 24 de febrero de 2007

EL TEATRO QUE NO VEREMOS, NI LEEREMOS

Jeroh Montilla
M
e interesa el pasado, pero el oblicuo, ese pretérito borroso que llega, por mero afán, a marearnos de incertidumbre. El punto cardinal donde el hado retiene una singular marea de acontecimientos incógnitos y sin el resplandor de lo trascendente; aquellos que apenas nos rozan gracias a referencias ambiguas o rumores confusos. En el presente no existe legitimidad alguna para estos hechos, nadie parece considerarlos siquiera como unas causas distantes, laterales o fortuitas de la contemporaneidad. Naufragaron en la historia, los que sobrenadan en el recuerdo son aquellos ápices que no lograron el voto de la credibilidad, solamente el limbo de la duda o la certeza cómoda de la leyenda. Por eso hoy insisto en Proust, el obsesivo vidente de la inmortalidad transitoria, digamos, en un mandala, haciendo uso de una expresión de Barthes. Con el primero asumo la afinidad de recobrar los escombros del tiempo, de hurgar en lo histórico en busca de aquellos trozos incapaces de encajar en la nueva topografía de la cultura occidental. Me apoyo en lo especulativo, en la sombra de lo imaginario, para amagar un rescate tímido, particular. ¿Por qué unas posibilidades y otras no? ¿Cuál hubiese sido nuestro camino si la onda total del pasado golpeara la orilla de esta época? ¿Por qué la vitalidad de unos acontecimientos permanece vigente y en cambio otros merman hasta disolverse en el olvido? ¿Dónde y por qué se hace este descarte? Con seguridad estas son preguntas fuera de orden, cansonas, reiteradas para el espíritu del siglo, un bizantinismo ineficaz y pedante; sin embargo su razón se apoya en necesidades estéticas que carecen del debido rubor o sentido común. Son apetencias, un débil ensayo de hostilidad contra lo incoercible de nuestra cultura. ¿Por qué el teatro griego primordial? Por soberanía y gusto, por lícita arbitrariedad.
Comencemos al azar. Pratinas, poeta anterior a Esquilo, hijo de la región del Peloponeso, al parecer llevó la sátira a Atenas. Escribió 32 obras de las cuales, desgraciadamente, no se conserva ni un fragmento, apenas los títulos de dos: Las Cariátides y Los Luchadores. Sus dramas exigían escenarios naturales, y sus personajes eran héroes arrojados que una y otra vez vencían a tiranos y a monstruos mitológicos. Tuvo un hijo, también dramaturgo, Aristias. Otro legendario es Tespis, nacido en un barrio de Atenas. Le atribuyen la invención de la tragedia en la época de Solón. Este último por razones de “sanidad moral” le destierra. Tespis sin amilanarse se dedica a recorrer los campos en una famosa carreta, llevando por todas partes a sus “consagrados” y enmascarados actores. En su caso tampoco existen fragmentos sólo algunos títulos: Penteo, Los Sacerdotes, Los Jóvenes y Los Juegos Fúnebres de Pelias o Forbas. En el siglo VI a de J.C., en Lesbos, nace Arión. Poeta y músico, inventor del ditirambo y precursor de la tragedia, conocido por el milagro de haber sido salvado por unos delfines a los cuales cantó sus poemas.
Frínico, poeta trágico ateniense, muerto en el 470 a de J.C. escribió una obra llamada La conquista de Mileto en cuya representación al público le dio por llorar, esto le costó una multa. El delito consistió en haber recordado la pérdida de esta ciudad ante los persas. Otras piezas suyas fueron: Fenisa, Las danaides, Anteo, Andrómeda, Los egipcios, Acteón, Alcestes, Erígona, Tántalo, de estas se conocen breves fragmentos. También existió otro Frínico, pero comediógrafo, de fines del siglo V a de J.C. Sus obras fueron: El solitario, Las Musas, Los Sátiros, Efialto, Los iniciados, Los Trágicos, Konnos, Los convidados, de estas sobreviven algunos fragmentos. De Frínico se dice poseía una sátira atrevida y personal, de fuerte estilo y que mantuvo una perenne rivalidad con Aristófanes. Pasemos a Epigenes, autor cómico del siglo IV a de J.C. se le conocen versos fragmentados de obras como Las Bacantes, La Heroína, Fonticus y otras.
Vamos ahora a referirnos a los trágicos arquetípicos, los tres más grandes dramaturgos que han alimentado con sus argumentos la cultura occidental. El primero es Esquilo, los comentaristas antiguos le atribuyen 80 tragedias, de las cuales 52 fueron premiadas, sólo 7 han llegado completas a nuestro tiempo, del resto se conocen fragmentos. El segundo, Sófocles, compuso entre los años 469 y 406 a de J.C. aproximadamente 120 piezas, de ellas 22 eran de carácter cómico, entre estas está una conocida con el título de Los Sabuesos, descubierta en Egipto, pero de autenticidad discutida. Únicamente 7 tragedias permanecen intactas. Y en tercer lugar a Eurípides, a este dramaturgo se le responsabiliza por la creación de 92 dramas, en la época alejandrina aun se conservaban 78, de estas sólo quedan 17 tragedias y una comedia, del resto existen fragmentos o uno que otro título para dar un balance de 80 piezas. Se le conoce una tragedia de nombre Resos, de texto completo, pero de autenticidad discutible.
Querilos muerto hacia el año 464 a de J.C. fue oponente de Tespis, compitió junto a Esquilo y Pratinas. Compuso 150 tragedias, ganó los certámenes 13 veces. De este profuso autor conocemos solo el título de una pieza Alope, pero ningún fragmento. También escribió comedias y fue padre de otro dramaturgo, rival de Sófocles. En Alejandría, cercano al año 280 a de J.C. nace Sositeo. Residió en Atenas. Renovó la tragedia y la comedia. Sobrevive parte de su obra Dafnis y algunos fragmentos. Entre los más consecuentes comediógrafos tenemos a Aristófanes que escribió 44 comedias de las cuales aún existen 11 completas más algunos trozos de las restantes 33. De Menandro se afirma que escribió 108 comedias, pero alcanzó escasamente 8 premios. No se sabe de obras enteras de este excelente escritor, nació en Atenas hacia el año 340 a de J.C. amante empedernido de cortesanas, seguidor del filósofo Epicuro. Copiado por los comediógrafos Plauto y Terencio. En los torneos teatrales fue derrotado muchas veces por Filemón. El Díscolo, La Trasquilada, y El Arbitraje son sus comedias más o menos intactas hoy conocidas. Por último presentamos a Filemón, nacido en Siracusa hacia el año 361 a de J.C. murió mientras le estaban otorgando un premio, en pleno escenario. Escribió 97 piezas. Sobreviven dos y un enorme número de fragmentos. Tuvo un hijo conocido como Filemón el Joven, este compuso aproximadamente 54 dramas.
Seguramente en la hoja del puñal que portaba Bruto, sin este saberlo, al instante de hundirlo con saña en el cuerpo de Julio Cesar, relucía la sonrisa de otra venganza. Segundos después de esa frase que no deseo transcribir, el emperador en veloz agonía observa unas enormes llamas que se le vienen encima, piensa con torpeza en la pira funeraria y en la confusión de sus legionarios. A pesar de todas las precauciones, la muerte es siempre una sorpresa que nos confunde. En un segundo el fuego de la biblioteca calienta las heridas de Cesar. Este, años anteriores, en un ardid militar, prende fuego al puerto de Alejandría, el incendio entusiasta e indiscriminado arropa más de lo propuesto quemando más de 200.000 volúmenes del Museo. Los cómicos que destrozaron sus vestidos en los funerales y los arrojaron luego a la hoguera real, acentuaban irónicamente, con esta coartada de luto y dolor, el gesto bufón de un desagravio. ¡Cuantos trabajos de los dramaturgos, nombrados más arriba, se perdieron para siempre en el mortal incendio de Alejandría! La memoria humana existe bajo custodia, hay un principio encargado de suprimir bajo cualquier excusa los distintos niveles de abarrotamiento. El hombre es más prolífico, más excesivo que el resto de la naturaleza. Es posible un hombre como Irenéo Funes, el personaje memorioso de Borges, sin embargo, la economía natural se sustenta en la “ley de la escasez”. La historia es una hoz que ha segado sin misericordia las más diversas creaciones, entre ellas el antiguo teatro griego. Estoy convencido que el criterio de descarte es arbitrario, una especie de cara o sello, en que se excluye masivamente elementos de lo peor como de lo mejor, y lo que sobrevive, en el mayor de los casos, entra a considerarse ciega y obligatoriamente como “la herencia preferible”. A partir de las sobras nos definimos, estas pasan de inmediato a constituirse en modelos o paradigmas, Occidente se concibe a partir de residuos culturales.
En la enorme cantidad de obras teatrales desaparecidas o malogradas perdimos otras opciones, tal vez las piezas faltantes que completan el rompecabezas del hombre. Es necesario estar consciente de esta carencia, no para regodearse en el lamento, la indiferencia o la confusión, sino para experimentar la convicción de nuestros límites y ejercer la sospecha libre en lo que se nos vende como modélico y suficiente. Hay un poema de Robert Frost titulado El camino que no tomamos. Allí habla de dos caminos en un bosque, por uno el viajero mira hasta el fondo, pero entonces toma el otro porque estaba cubierto de hierba y falto de uso; a la mañana ambos caminos estaban cubiertos por igual de hojas, supo como uno lleva al otro. Pero su decisión se apoyó en la idea de tomar el menos trillado, allí estuvo la diferencia.