Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

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domingo, 12 de abril de 2026

HOMENAJE AL ESCRITOR PEDRO SIVIRA

Jeroh Juan Montilla
El día viernes 10 de abril en horas de la mañana, en el auditorio Juan Germán Roscio de la Casona Universitaria (UNERG) en San Juan de los Morros, estado Guárico, los estudiantes de la maestría de Historia de Venezuela (corte 2026) de esta universidad realizaron un excelente evento como un gesto de reconocimiento a una obra literaria que narrativamente explora y expone un importante y decisivo momento en la historia regional guariqueña, el boom petrolero en la zona de Las Mercedes y Roblecito. El evento se tituló. “Petróleo y cafecito, un homenaje al escritor Pedro Sivira Reyes”. La obra de Pedro Sivira nos muestra como la llegada de la industria petrolera le dio un vuelco a nuestra región, tradicionalmente agrícola y ganadera. El llamado por unos, oro negro, y por otros excremento del diablo, cambió radicalmente el modo de ser de una comunidad llena de fuertes tradiciones heredadas del siglo XIX. De la noche a la mañana Las Mercedes pasa a convertirse en una especie de centro neurálgico que recibe en su seno de modo imprevisto y a borbotones ríos de personas que protagonizan así una diáspora interna de familias enteras buscando así ser parte de la gracia económica que trajo la instalación de la industria petrolera en la región guariqueña. Pedro Sivira (1945-2010) publicó dos importantes novelas “Los fantasmas y los residentes” (1982) y “La W.C. Company” (1993), aparte de otros textos de poesía y ensayo histórico. Nacido en el estado Falcón, lo traen sus padres, bajo el empuje de la diáspora petrolera de ese tiempo, a los 3 años de edad, eso hizo de Sivira un guariqueño adoptivo tanto que la municipalidad de Las Mercedes lo oficializó como mercédense. Durante muchísimos años trabajó como jefe de redacción en el diario El Nacionalista en San Juan de los Morros, allí dirigió importantes y decisivas páginas semanales que les dieron cabida y rostro a diversas figuras de la literatura y la cultura guariqueña. El evento contó con la emotiva presencia de los hermanos del escritor, Saúl y Arcadia, como de sus hijos Juan Francisco, Mary Cecilia, Pedro Alberto y Anny junto algunos nietos. El programa del evento, excelentemente organizado, conducido bajo la presentación del maestrante Pablo Caracas, contó con las palabras inaugurales del doctor Luis Ascanio, coordinador de la Maestría de Historia de Venezuela; lectura de la hoja de vida del escritor Pedro Sivira a cargo de la maestrante Géminis Pumara; charla sobre la narrativa petrolera en la obra de Pedro Sivira por parte del profesor Jeroh Juan Montilla; bautizo del poemario “El rayo luminoso que eres tú”, libro inédito del autor, junto a la presentación del díptico “Acto de Palabra”, editado por Viento Del Sur Editores (Arturo Álvarez D’Armas, 2013), este bautizo y presentación fue acompañado de unas palabras por parte de la poeta Tibisay Vargas Rojas. Se develó un retrato del escritor como un regalo de los maestrantes a los familiares de Sivira. Cerró la programación con una velada musical por parte de la violinista Valeria Andreina Loreto González, y una lectura de algunos poemas de Sivira por parte de los poetas Salvador Lara y Pablo Velásquez junto con la maestrante María del Rosario Moreno, finalmente un ameno compartir donde se degustó café y unas deliciosas pastas por la permanente difusión de la obra de Pedro Sivira. Es importante reconocer la organización y dirección de este evento por parte de los maestrantes: Arturo López y María del Rosario Moreno. Se suman los nombres del resto de los maestrantes de esta especial corte: Jean Carlos Olivo, José Gustavo Morán, Deivi Suárez, Rita Figueroa, Basília Herrera, Oswaldo Loreto, Alejandro Infante y Williams Piñero, cada uno tuvo su aporte de trabajo, como futuros historiadores, en esta actividad que busca rescatar y dar a conocer la historia de nuestra región, parte fundamental de la historia nacional.

viernes, 14 de noviembre de 2025

EL ESCRITOR Y EL ALGORITMO

 

Tibisay Vargas Rojas



“Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me
sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo
palpaba con diez dedos con uñas.” Así reza un párrafo del inquietante y magistral
cuento de Jorge Luis Borges, El libro de arena. Las veces en que lo he leído
nunca ha dejado de estremecer mi decisión de ser escritora, y de eso hace
muchas décadas ya.
A estas alturas confieso que no he estado conforme cuando denomino este
hacer. Le he llamado oficio, trabajo, arte… Ninguno me resuena, y tal vez llamarlo
“amor”, o “vida”, a pesar de la sensible contundencia de ambos términos, se me
antojan de un edulcorado acento pedante.
Escribir… eso, indiscutiblemente, es una altísima responsabilidad: otros
ojos, otros oídos, otro espíritu, lo recibirán, y no hay mayor compromiso que tocar
inopinadamente el alma ajena, porque el lector es la criatura más frágil cuando
aborda un libro. Es mi experiencia. ¿Por qué accedemos al escrito ajeno?, ¿por
qué esa necesidad de lo desconocido?, naturaleza humana, se diría, pero mayor
osadía es vaciar el espíritu propio en un papel que probablemente nos sobrevivirá
un tiempo inconmensurable.
Allí está aún el “papel” trocado en arcilla que hace siglos dejó constancia en
escritura cuneiforme de la vida de un suprahumano vulnerable ante la muerte.
¿Cómo sabríamos del dolor y la incertidumbre de Gilgamesh por la muerte de su
amado Enkidu, si el autor o copista no lo hubiese hecho palabra escrita?
Así también perdura hasta nuestros días el Himno a Nikkal, diosa de los
sueños, datado mil cuatrocientos años antes de Cristo y escrito también en tablilla
de arcilla desenterrada en Siria, otrora la antigua ciudad de Ugarit, y el Epitafio de

Sícilo, un poema con letra y música escritos en griego encontrado al sur de
Turquía y datado siglo I d.C., inscrito en una lápida de mármol que según dedica
un tal Sícilo a su esposa fallecida… La arcilla y la roca permitieron que esos
incunables textos llegaran intactos a nuestros días, pero aún más asombra la
perdurabilidad de otros soportes como el papiro, la palmera y el pergamino, cuya
fragilidad cede a los siglos, y sin embargo obras como el egipcio Libro de la salida
del día, conocido como el Libro de los muertos, los Vedas del hinduismo, los
Rollos de Qumrán, entre muchos, han llegado casi indemnes a nosotros. Allí es
donde me arriesgo al decir que ha sido a causa de lo escrito, de su espíritu.
El espíritu de la palabra escrita escapa a nuestra comprensión. Atenidos
como estamos a la ciencia, su disciplina sistemática y predicciones comprobables,
nuestra razón no atreve a lo ignoto, sin embargo, cursamos un tiempo de la
escritura multiplicada donde el acto literario pareciera no tener fronteras y llega,
avasallante, a toda puerta abierta.
Desde el milagro acuñado por el caballero de Maguncia, la humanidad ha
accedido a la palabra escrita de un modo inimaginable antes del S. XV. Gutenberg
con su invento multiplicó la palabra, y no hubo vuelta atrás. Si ya la confusión de
las lenguas referida en Génesis 11:1-9 daba cuenta de la tragedia de la
incomunicación, la humanidad ha sido testigo de su propia resiliencia y
obedeciendo a su naturaleza de ser creado a imagen y semejanza de su Dios, y al
precepto “creced y multiplicaos”, otro tanto ha hecho con la palabra, haciéndola,
de paso, arte.
El S. XVIII lanzó sobre el tapete intelectual los dados de la llamada
Ilustración, so pena de que en cada lanzada menguara o no el brillo del llamado
Siglo de las Luces con mucho más arrojo que tres siglos atrás en el Renacimiento,
y la literatura no se quedó rezagada, arrastrando, sin embargo, lo que Barthes da
en llamar la fatalidad del signo literario, pues el escritor se enfrenta a los signos
ancestrales que desde el pasado le imponen la literatura “como un rival y no como
una reconciliación”.

Si bien la página en blanco ya es un drama, el desarrollo de la obra no lo
es menos pues la prisión del lenguaje nunca complacerá a su naturaleza, y esa
misma naturaleza, tal vez en un afán de escape, llevó a la humanidad a crear una
alternativa que dio en llamar Inteligencia Artificial, un modo de que, con la excusa
de apoyo o rápido auxilio ante las exigencias del tiempo que cursa, le permita por
un lado saltarse décadas (o siglos) en la resolución de un problema, pero por otro
dar luz verde a la mala fe, y el oficiante que pierde, sin lugar a dudas, es el
escritor. Aterra recordar las palabras del Fausto de Goethe: “Si llega el día en el
que pueda tumbarme ociosamente, con toda tranquilidad, me dará igual lo que sea
de mí”.

Inicié esta diatriba citando a Borges. Su Libro de arena se me antoja la
metáfora del escritor/lector siempre obsesionado, aterrado por el verbo evasivo o
la idea perdida, siempre en búsqueda de lo no dicho, huyendo a la repitencia, y a
la vez lamentando no poder repetirse, anhelando el libro perfecto, el que nunca se
pareará con los cientos leídos y sentidos magistrales, y que, a punto de ser
engullido por las arenas movedizas de su insatisfacción, vende su alma.

No quiero anatemizar a la IA, tampoco al escritor que haga uso de ella
porque yo siga fiel a mi Larousse. Es una herramienta indudablemente útil en la
búsqueda de datos, un ahorro de tiempo. No, no es ahí donde se instala mi recelo,
mi rechazo (para no llamarlo miedo), es por la muerte del escritor, o peor aún, su
“zombificación” a manos de algoritmos. ¿Se podría hablar aun del Espíritu de la
Palabra Escrita de quien entrega una sarta de líneas, que no versos, insulsas,
escasas, flojas, a esa entidad con la tarea de que “construya” un poema al modo
de tal, o cual…? Allí mi miedo. Sí, lo digo con mucha pena en todas sus
acepciones.

Ciertamente no soy quién para juzgar, pero escribo, y en la libertad que me
asiste trato de reivindicar a íl fabbro, el herrero, el artesano, como nombró el lúcido
Arnaldo Acosta Bello al poeta en el poema homónimo de su libro “Santa palabra”,

el cual dejo por aquí como corolario para honrar al escritor que lo concibió, a la
escritora que mora en mí, al espíritu de los escritores que se hayan acercado a
estas líneas titubeantes, y resuenen…

“IL FABBRO

Cuando me siento como un artesano
a fabricar un poema, lo encuentro odioso
y retrocedo; pero cuando la musa ha hecho su trabajo
comienza el tiempo del artesano: como barrer un patio,
preparar la casa, cortar y sacar las ramas que sobresalen.
Un jardín no será, sí una fronda con arroyo
y fauno, sonidos y olores silvestres, con amargos
y dulces momentos; un jardín no será, ni un orden
artificial colocará flores en el búcaro de acuerdo
a los arreglos y a los gustos, toda perífrasis,
todo prestigio eufemístico será sepultado, lo natural
tiene sus propias leyes, en sus caminos están de más
esos turistas que se extasían en el paisaje
y quieren “situaciones” que les hagan olvidar sus problemas.”

(De «santa palabra», Arnaldo Acosta Bello, 2008)

Publicado originalmente en la página del Círculo de Escritores de Venezuela  https://circulodescritoresvenezuela.org/2025/11/14/el-escritor-y-el-algoritmo-pot-tibisay-vargas-rojas/?fbclid=IwY2xjawOEdnJleHRuA2FlbQIxMQBzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEe8fKyDcrrA8yuwq8tjAl7h1zozneHXOu3SoikTURPEG7XggyR82txqYU19gI_aem_uNGJXe5TCBP2uC-VExECXg

viernes, 18 de noviembre de 2022

PERRAS Y ESCORPIONES

Jeroh Juan Montilla

(Dedicatoria en memoria de los míticos barberos de la vieja barbería Iberia de San Juan de los Morros: de izquierda a derecha, José Liborio Orellana (Buche), Emilio Villalobos y Anibal (los tres de la foto), extensiva al nieto de Buche, Carlos Orellana, mi barbero de hoy en día)

¿Una guerra secreta? Dos palabras, dos situaciones imposibles de conciliar en la realidad. Una guerra por sí misma no puede ser secreta, puede estar cruzada, inundada de secretismo, pero ella en su manifestación no tiene nada de oculto, es guerra por su mismo obsceno exhibicionismo. Definitivamente no hay guerras invisibles, ni mudas, ni sordas, no hay guerra que pueda sustraerse al fisgoneo de los sentidos y mucho menos existe una guerra que no sea entre los hombres ¿Qué quiso decir el señor Orio con éso?
Me explico: el señor Orio es uno de los barberos de enfrente. Son dos en realidad, pero Orio es quien me afeita. Usted es mi exclusivo cliente profesor, son sus palabras. El otro barbero es el señor Po. Él nunca me ha afeitado, dice que por nada en el universo va traicionar la exclusividad que tengo con el señor Orio. Ahora, no es exactamente enfrente donde se ubica la barbería, es diagonal al edificio donde está mi apartamento. Son dos pisos y una planta baja, mi apartamento ocupa por completo el último piso, tiene balcón hacia la calle y hacia atrás. Realmente barbería y edificio están esquina contra esquina. Confieso que a la barbería no solo asistía por un servicio de corte de cabello, me gustaba también, por lo menos dos veces a la semana, ir a conversar con estos barberos, oírles hablar de las historias más disparatadas de sus correrías de inmigrantes, eran historias como en clave, salpicadas de raros nombres de pueblos de los cuales yo jamás había oído. Parecían suceder en territorios que estaban fuera de este mundo, con una geografía increíble y en un tiempo impreciso, nunca daban fechas y todos los términos y nombres no aparecían en ninguna enciclopedia o diccionario por mi conocido. Pero hasta cierto punto, no sé por qué, estas historias estaban cubiertas de cierto inexplicable manto de credibilidad. Ellos sabían darle verosimilitud y chispa a sus curiosos relatos.
Decía al principio algo sobre la guerra. Todo sucedió entre una tarde y una madrugada. Esa tarde me tocaba mi afeitada mensual, y mientras esperaba mi turno, ya que había un cliente delante en la silla del señor Orio, leía un voluminoso libro de mi biblioteca personal. Soy profesor de historia universal en postgrado, y esa vez estaba preparando una clase magistral sobre las guerras de la realeza anglosajona. Llevé a la barbería ese libro sobre la Guerra de las Dos Rosas, me hastiaba la espera, y ya el montón de viejas y amarillentas revistas de la barbería habían perdido mi interés.
El señor Orio me dedicó esa vez miradas interrogativas, mientras chasqueaba acompasadamente su tijera. Pasaba una y otra vez su mirada de la cabeza de su cliente al libro abierto sobre mis piernas. Yo espiaba con gusto sus movimientos por el rabillo del ojo, su curiosidad me parecía algo cómica. De repente, no aguantando la curiosidad, me preguntó: -¿Qué lee usted profesor?
Levantado los ojos del libro, le respondí: -Leo sobre la guerra entre la Casa Lancaster y la Casa York, La Guerra de las Dos Rosas.
El señor Orio rio quedamente. -Ah, sí. La de la rosa roja contra la rosa blanca y viceversa. El mismo cuentico de siempre, la rivalidad familiar, sangre contra sangre, toda guerra en este planeta es de los hombres contra los hombres, una misma especie contra sí misma, algo insólito fuera de la Tierra. En esta que usted investiga no ocurre nada distinto, ambas casas son hijas de la casa Plantagenet, la casa de la retama. Mi madre tenía una enorme retama en el patio. Lo único que combatía con ella eran los cálculos renales de mi padre.
Confieso que me asombró que el señor Orio conociese esa historia. Ante su última frase solo me quedó fue sonreír. De inmediato añadí: -Una guerra fratricida de casi 72 años-.
No dijo nada, solo colocó su tijera sobre la mesa de utensilios y lentamente comenzó a inspeccionar la cabeza del cliente mientras giraba la silla. Al final dijo: -Listo- El cliente se levantó, le pagó y se despidió, entonces el señor Orio me hizo una señal con la barbilla, me levanté, dejé el libro sobre un mueble y me senté en su silla de barbero. Del otro lado de la estancia estaba el señor Po, un barbero gordo e italiano, muy silenciosamente se dedicaba a limpiar su instrumental de trabajo. El señor Po parece como de setenta años, su aspecto, a pesar de lo robusto, es casi inmaterial. El señor Orio en cambio es de nacionalidad siriaca, cabello encanecido, pero aspecto más vigoroso, según el mismo ha dicho en una ocasión tiene sesenta años, de esos, cuarenta en el país.
Al sentarme, el señor Orio colocó sobre mí su capa de barbero, un trozo de tela negra que cubrió mi cuerpo hasta la cintura, por delante y atrás. De inmediato la perra, llamada Anunciante gruñó hacia la calle, unos segundos después las otras dos perras hicieron lo mismo, todos le dedicamos una mirada a cada una. Olvidaba decirlo, estos dos barberos traían diariamente consigo a la barbería a tres inmensas perras. Una dálmata de manchas negro azuladas llamada Anunciante, una robusta buldog, de pelambre amarillenta llamada Pesante y una pastor alemán llamada Virgin. Esos extraños nombres aun no entiendo a que respondían, nunca lo pregunté. La barbería tiene dos entradas, una hacia la calle tres y la otra hacia la carrera cuatro. Anunciante siempre se echaba en la que da hacia la calle tres, mientras que Pesante lo hace en la otra, Virgin siempre estaba en un rincón, agazapada en su propio silencio. Allí pasaban toda la jornada, por lo menos en la que a mí me tocaba participar mensualmente. Las tres semejaban guardianes míticos que en sus perennes posiciones dibujaban un triángulo donde Orio y Po parecían resguardarse. Al rato, después de otear y husmear hacia un punto impreciso de la calle, Anunciante bajó las orejas, lo inquietante al parecer se había alejado, se echó de regreso a su silenciosa mansedumbre. Otro tanto hizo Pesante en la otra puerta y Virgin al fondo de la barbería.
-Anunciante, hace honor a su nombre- dijo misteriosamente el señor Po.
-Andan por allí, las tres perciben cada vez más cerca el olor de esas alimañas. La constelación parece estar entrando a su tiempo de desafío. Es triste pero ya era tiempo-Riposta Orio. Tras esto se desató un silencio tenso.
La tijera del señor Orio reanudó su chasquear sobre mi cabeza y el crujido del cabello comenzó a inundar mis oídos. La atmósfera entonces como por arte de magia perdió la tensión. Orio y Po volvieron a ser los mismos. El señor Orio, reanudando el tema de la guerra de las dos rosas, con un dejo de arrogancia dijo: -Setenta y dos años es nada profesor. Hubo y hasta hay guerras más largas, de milenios, hasta de millones de años. ¿Verdad Po?
-Umjú.- Respondió éste, agregando: -Esas guerras que cuentan esos libros suyo profesor son solo un remedo ruidoso, una simple escaramuza. Le repito, un remedo, un remedo de otro enfrentamiento que las modela, las trasciende, la guerra verdadera, la que nosotros conocemos. La guerra de las dos rosas fue reflejo, profesor. Todo y todos comenzamos y terminamos en un reflejo.
Orio remató diciendo: -La verdadera guerra, la única, es la gran guerra secreta, y esa no es de hombre contra hombre, es de una especie contra otra distinta, y esa no sale en ningún libro de historia de este mundo. Ella es de un tiempo donde no existía el tiempo. Fue y aun es entre los venenosos zubenitas y los canis, los grandiosos cazadores.
¿Canis y zubenitas? Nunca había escuchado o leído sobre esos nombres. La curiosidad me llevó a preguntar: -¿Esas son etnias sirias o de Italia?-El señor, dejando de afeitarme comenzó a reírse, otro tanto hizo el señor Po.
-Le dije que es una guerra secreta, el mundo no tiene conocimiento de ella, aunque hay que admitir que de vez en cuando padece sus efectos, los cuales hombres comunes y científicos explican erróneamente cómo catástrofes naturales.
Los barberos volvieron a cruzar de modo cómplice y risueño sus miradas. No los comprendía y no me quedó sino sonreír con ellos, atascado en mi ignorancia, consolándome para mis adentros con la idea de que este par de viejos nuevamente estaban tomándome el pelo con sus extrañas historias.
…………………………………………………………………………….
Esa noche avancé bastante en la lectura del libro. Leí y releí sobre la enfermedad mental del rey Enrique VI de Lancaster. Locura y ambición, dos ingredientes que nunca faltan. Definitivamente esta era una guerra, en verdad nada extraordinaria, una guerra más, el acto histórico más rutinario de los hombres. Sin embargo, tanta veces leyendo en estos libros el mismo proceso de matanzas, bajo las mismas excusas me llevó esa noche a una sospecha: Tal vez Orio y Po tengan razón sobre la conspiración que nos trasciende. Cerré mi libro y, después de realizar unos apuntes, me fui a la cama, pero antes me tomé tres vasos de vino moscatel, y algo mareado caí entre las sábanas, eso me rendiría como un lirón pensé, pero tuve un dormir agitado. Soñé que estaba en medio de un jardín de apelmazadas plantas de rosas blancas y rojas, yo corría huyendo de unos ladridos y gruñidos invisibles, y en mi carrera sentía como las espinas me rasgaban, parecían las cuchillas de unos feroces soldados que me atacaban sin piedad. Por un momento, ya sin aliento me detuve, y entonces percibí que los ladridos y gruñidos surgían de todos lados, y cada rosa fue transformándose en unas fauces locamente atestadas de colmillos puntiagudos y pétalos como pinzas.
Me desperté sudoroso. Vi instintivamente el reloj, las tres de la madrugada. Por un inexplicable impulso me levanté, crucé la sala y salí al balcón y por una loca analogía me acordé de la suerte de Enrique VI de Lancaster en la Torre de Londres, asesinado en medio de uno de sus ataques mentales. Sacudí esa imagen respirando el aire fresco de la madrugada, miré con alivio hacia el cielo, la constelación de Orión brillaba con fuerza, parecía huir por el firmamento, sin embargo la de Escorpio atenazaba con rabia uno de sus talones más luminosos. Me maravilló ver como la fanfarronería del cazador podía ser derrotada por un minúsculo aguijón. Luego bajé lentamente mis ojos hacia la esquina de la barbería y casi me caigo por la baranda del susto. Ante las dos puertas de la barbería había dos enormes cosas de un azul luminiscente, cada una semejante a una especie de aparato mecánico de complicada tecnología, con un par de brazos mecánicos terminados en tenazas. Estas cosas llevaban en la parte trasera otro brazo rematado en una especie de punzón al rojo vivo. Se apoyaban en cuatro patas a cada lado. La visión comenzó a marearme. Las tenazas hurgaban en las puertas. Pero de repente se aquietaron. Entonces percibí una quietud y un silencio absoluto en la noche. Aquellas cosas no emitían ningún ruido. Era como si el espacio de la ciudad había sido sacado del cauce ruidoso del tiempo. Comencé a sudar nuevamente. Aquellas cosas azules intensificaron su luminiscencia, sentí que sabían que las observaba, se dieron vuelta y sus tenazas me señalaron. ¿Sería que pronto vendrían por mí? Sería una víctima ajena a esta guerra que no me corresponde, la secreta, la verdadera. Todo comenzó a oscurecerse, me sentí en un negro túnel, al fondo veía dos puntos azules de luz apagándose con lentitud, ¿Acaso esto mismo no fue lo último en ver Enrique VI de Lancaster mientras cortaban su garganta? Entonces todo se volvió negro.
……………………………………………………………………..
¿Una guerra secreta? Dos palabras imposibles de conciliar en la realidad. Una guerra por sí misma no puede ser secreta. Eso dije al comenzar este relato. La verdad es que la luz del sol dándome en rostro fue lo que me despertó al día siguiente. Estaba asquerosamente untado de mi propio vómito. Ese día los barberos no abrieron, ni al siguiente ni los posteriores, ya han pasado tres meses. ¿Qué habrá pasado con ellos? Todo esto es tan misterioso. He realizado averiguaciones y la casa donde estaba la barbería no tiene dueño. Nadie sabe dónde vivían los señores Orio y Po junto con sus perras. ¿Sería una alucinación lo que vi esa noche frente a sus puertas? ¿Serían los efectos del moscatel? ¿Y mi sueño con aquellas rosas mordientes, llenas de tenazas y pinzas? ¿Y eso de la guerra secreta entre los canis y los zubenitas? ¿Perros y escorpiones? ¿Cómo puede una guerra ser algo secreto? Un secreto entre bandos, para serlo, necesita por lo mínimo complicidad. Como profesor de historia desde hace tiempo sé que los seres humanos no somos dueños del curso de nuestro destino, si es que puede llamarse así esas sucesivas reiteraciones que llamamos historia. No somos responsables de nuestras acciones en el pasado ni en el presente, y el futuro solo es la expectativa de la misma redundancia. Esto puede sonar cómodo o mejor dicho cínico. Pero mi sospecha de una conspiración de orígenes desconocidos se ha fortalecido con mi visión de aquella madrugada y el gruñir de las perras aquella tarde. Algo se está librando bajo el pesado manto de la ignorancia humana ¿Quiénes en realidad eran Orio y Po? ¿Qué querían confesarme entre líneas, siempre bajo el matiz absurdo y jocoso de sus historias? ¿Eran esos enormes escorpiones azules lo que inquietaba a sus perras…? ¿Eran?

(Este relato fue publicado originalmente en la página de Internet de la Revista Letralia el viernes 27 de mayo de 2022)

viernes, 4 de octubre de 2019

LA POESÍA OCULTA DE LUZ ESTHER RANUÁREZ BALZA, VIOLETA IMPERIAL

Jeroh Juan Montilla

Los estados de ánimo son el piso del existir. Puedo sonar dogmático, pero esa condición me parece indiscutible. Los seres humanos son meramente un estado de ánimo, estamos reducidos a ello y no podemos evitarlo. El estado de ánimo nos determina tanto en lo objetivo como en lo subjetivo, filtra todas nuestras impresiones, dicta el camino de todos nuestros haceres. Los estados de ánimo son variadísimos, unos caen bajo el imperio de una emoción, otros bajo el dictado del sentimiento. En el lenguaje del filósofo Martin Heidegger a esta condición se le llama Stimmung. El límite humano donde lo ontológico y lo sicológico se vuelven una sola cosa, la puerta del mundo, en voz de otros intérpretes como Pilar Gilardi González: “un temple anímico que nos determina y antecede”
Quiero con esta nota dedicarle unas líneas a la tristeza. Decir cuánto debe la literatura a ella. El terreno de lo triste es el más fecundo para la escritura. Lo interesante es que en el cedazo de lo literario la tristeza pierde su consistencia original, esa crudeza que va de lo salobre a lo agridulce, lo literario la cuece hasta embellecerla, dándole una pátina de idealidad, volviéndola soportable y olorosa a nostalgia. Y es que la tristeza es tan pegajosa, tan envolvente que su proximidad termina contagiándonos. Nos ablanda y nos derrama.
Si usted, por comodidad u otro motivo, elude el detalle, el leer directamente a un autor, y se decide entonces por las visiones panorámicas, cuando abre un manual de literatura o un libro de historia de la literatura termina por creer que todo lo que aparece en esas páginas, escritas por un experto, revela toda la redondez de ese orbe, es la santa palabra de los breviarios explicativos. Pero esa es solo una fachada, el canonizado rostro que nos deja la mezquindad o la generosidad de la fama, ella, villana o heroína, es la que dicta casi todo lo que se reseña, critica o comenta literariamente. Pero eso no es únicamente la literatura, eso es apenas la superficie, el oleaje. Todo aquello que se ha editado no es toda la literatura existente o imaginable. Debajo hay mucho universo, hay más literatura en el anonimato que en las voluminosas enciclopedias o millones de títulos dedicados a vociferarla, esa clandestinidad creadora es un universo más inabarcable que todas las obras de cualquier género ya publicadas. Piense usted en el ingente número de escritores desconocidos, malogrados, ocultados por el férreo y circunstancial filtro del mercado editorial. Cuantos han sucumbido a la timidez. Figúrese la existencia innumerable de aquellos escritores cuyos textos quedaron atrapados en cajones y gavetas, enterrados y desaparecidos para siempre. No discuto que sean literariamente buenos o pésimos, sino me quedo en el propósito, el mero intento de volver palabras escritas un persistente estado de ánimo, gesto frustrado, opacado, ignorado para siempre por culpa del mismo escritor o del medio que le tocó padecer.
Luz Esther Ranuárez Balza parece estar en la interminable lista de este inventario. Tengo en mi mesa un libro único suyo, un solo ejemplar de factura artesanal, seguramente hecho por ella misma, hojas amarillentas transcritas a vieja máquina de escribir, recortadas y después pegadas en las páginas de un cuaderno tapa dura, de cubierta gris con el título “Aromas del camino” con recuadro y letras color oro. Un libro solitario de 61 poemas bajo la formalidad del metro y la rima, además de 8 textos en prosa. Todos escritos al parecer entre los años 40 y 70 del siglo XX, unos con su nombre, otros con sus siglas y algunos con un seudónimo, Violeta Imperial. Este libro llegó a mí como una rareza bibliográfica, un tesoro familiar impregnado del áspero olor de lo guardado por muchos años, fue, en un gesto de confianza, un préstamo que le hizo a mi curiosidad el dueño del ejemplar, mi amigo el cronista Argenis Ranuárez, sobrino de la poeta. Esta emotiva mujer nació en Zaraza, estado Guárico, en 1924, vivió muchísimos años en San Juan de los Morros, fue empleada del Banco de Venezuela y del Instituto Braille de Caracas, en los años de su ancianidad va a vivir a Barquisimeto donde a los 85 años de edad, en el 2009, fallece. Un ser humano de vida común, aparentemente sin las pretensiones de alcanzar las fulguraciones del prestigio público. Una fachada discreta que no delata ese tumulto pasional que se cocina a fuego lento en el silencio de llevar el poema como un diario personal. Todo su hacer poético se desarrolló meramente en su círculo de intimidad, un escribir para sí misma, sin ninguna manifestación pública de tal mundo, nunca publicó ninguno de sus poemas.
La tristeza es el estado de ánimo que une todo este poemario, la costura que le da cuerpo, una melancolía macerada en el desamor, aderezada con el gusto romántico por lo imposible, como si la autenticidad del amor solo puede medirse con la terrible vara del tormento, o el auto-tormento por lo que no tendremos nunca. Véase algunos títulos del poemario: Vano dolor, Traición y olvido, Triste mirada, De ti no quiero nada, Cuando no estás…, No sé qué anhelo…, Tu silencio, Volvamos al amor, Injusticia, Tu odio, Huyo de mí…, Abandonada, etc., etc.
Pregunto: ¿el dolor se padece o se cultiva? Padecerlo es lo evidente, basta tener sensibilidad. Ahora, cuando se cultiva se toma una ventaja, no es meramente que eres su presa sino que también eres su domador, no puedes desprenderte de él, es tu sombra, pero, paradójicamente, tienes el pulso necesario para educar tu dolor. Estos poemas dejan constancia de la educación de ese niño, de cómo una lacerante tristeza puede aprender cortesía, las buenas maneras del olvido y el rencor. Todo un aprendizaje para alcanzar la incertidumbre:
“No sé qué anhelo
No anhelo siquiera el vago secreto/ de tu alma, ni el porqué de tus horas…/ No pienso si ríes y menos si lloras/ Mi sentir, amigo, es pálido… discreto…// No pretendo ceñir a mis antojos/ tu sueño que va de prejuicio en prejuicio/ ni ansío siquiera el menor sacrificio/ y dejo que miren muy lejos mis ojos…// Prefiero silencio…amarga distancia/ y en mi soledad el frío y el invierno/ y en mi noche de pueblo escuchar en calma/ la voz imposible que acaso te nombra…/ Y cuando al fin mi recuerdo bese tu alma/ sienta que besa apenas tu sombra…”
Amigo o amiga lector, ¿has leído alguna vez los poemas de Christina Rossetti? Una de las voces más singulares del prerrafaelismo, inglesa (1830-1894) Mujer atormentada, de una fuerte devoción religiosa siempre bajo los embates tentadores y redentores del amor. Fuera de lo odioso u honorable de las comparaciones me atrevo a ubicar en el mismo espíritu escritural prerrafaelista el poema de Luz Esther que leímos más arriba. Seguro estoy que ella nunca leyó a esta inglesa, apenas es en 1997 cuando la editorial española Hiperión publica una primera antología en castellano de Christina Rossetti. La historia la mantuvo en el olvido hasta la década del 70 del siglo pasado cuando algunas feministas comenzaron a estudiarla. Los poetas no necesitan conocerse, ni leerse para vibrar en los mismos tonos. Por ejemplo, leamos este trozo del poema “Canción de la novia” de Rossetti: “¡Oh, es tarde para el amor, tarde para la alegría,/ tarde, demasiado tarde!/ has vagado en el camino por mucho tiempo,/ has dudado frente a la puerta:/ la encantada paloma sobre la rama/ murió sin un compañero;/ la encantada princesa en su torre/ durmió detrás de las rejas;/ su corazón se encogía de pesar/ mientras tú la obligabas a esperar.” Confrontadas ambas poetas vemos la misma finura afectiva ante las íntimas catástrofes del amor, un mismo estado de ánimo, igual excelencia escritural pero distinto destino, la inglesa, rescatada, publicada y colmada de elogios, ya un signo que marca rutas en el hacer literario de un siglo, en cambio la venezolana cayó bajo el duro destino de mucha de nuestra poesía, sobre todo la escrita por mujeres, el olvido, el encierro de la gaveta o la definitiva lápida de la inexistencia. Quiera Dios que sus familiares herederos puedan, alguna vez, publicarla completamente para beneplácito de la justicia literaria. Estas palabras que escribo pretenden lo mismo.
Para finalizar podemos concluir haciendo algunas consideraciones valorativas de estilo y forma sobre la poesía de Luz Esther, sobre la naturaleza de su intencionalidad, tanto emotiva como estética. Toda su escritura cuenta con el sello del drama, algo ajeno al gusto de estos tiempos, mas dados a la ironía y al cinismo. Yo, como lector, he aprendido a no leer exclusivamente desde mi tiempo, intento con más empeño el esfuerzo de ubicarme en otros zapatos, ahora transito con más frecuencia páginas de épocas muy lejanas donde los corazones y estados de ánimo se manifestaban de modo distinto, capaces de ingenuidades y malicias sentimentales hoy insólitas, de amar, odiar, alegrarse y entristecerse de modo tan diferente a como hoy lo hacemos. La poesía de Luz Esther está llena de mucha solemnidad romántica, sus lugares comunes e inusuales son otros, ella exprime el fruto del amor con la apropiada exageración de su tiempo, tiene un modo de entrega y arrebato cercano al vino de la desmesura y la piedad. Lo romántico es una tradición y como cualquier acervo tiene sus contextos propios que incluyen normas y artificios, todos volcados a reforzar lo característico de la práctica romántica, cuestiones como la obsesiva conciencia del yo, eje emocional simbolizado concretamente en esa víscera llamada corazón, centro y periferia de exaltaciones y retraimientos amorosos. Otro rasgo de la idiosincrasia apasionada es lo insuficiente que resulta el teatro de la vida para resistir los acosos imaginativos. También puede añadirse la disposición al mito como recurso paranoico para administrar las frecuentes recaídas en las bellas alucinaciones o deslumbramientos estéticos. En la poesía de Luz Esther podemos destacar tres vértices: el corazón, la muerte y la soledad. Del primero ella escribe: “y tenaz en la dicha que no alcanza/ persiste el corazón equivocado.” El ejercicio de lo inútil como el auténtico logro del ser obnubilado, o como sentencia en otro poema: “A lo largo del camino entristecido,/ fatigado se arrastra el corazón…” El segundo leimotiv, la presencia insobornable de la muerte: “Tu suerte no es mi suerte/ ni es la hora para amarnos/ pero si es para olvidarnos/ si es posible hasta la muerte.” Por lógica fatídica la vida es el ámbito donde se posterga el encuentro absoluto de los amantes. Y el tercer y definitivo vértice, la soledad: “En la amarga soledad de su aislamiento/ y en el vacío total de su esperanza.” El castigo como destino inexplicable, duro y paradójico, con la resignación a cuestas, “vagaré silenciosa en el desierto/ sin más tesoros que mis ilusiones.” Amar parece ser lo imperdonable. Confieso que uno de mis actuales afanes lectores es catar y disfrutar mucha literatura de este tipo, romántica y clásica, de sabor pesado o repelente a los paladares contemporáneos. Lo que ahora se califica como rimbombante y cursi, a mí me parece respetable y gustosa literatura, un delicioso descubrimiento. Solo hay que saber leerla. En si no existe, de modo absoluto, ni buena ni mala literatura, son nuestras inclinaciones lectoras que potestativamente las califican de ese modo, en verdad ella es como el amor y el odio, una cuestión de gustos. Cierro estas líneas con una epístola que la poeta le hace a su riguroso maestro de vida y escritura:
“A TI, AMIGO DOLOR….
!Oh, dolor!... soledad y misterio… caprichosa y fiera la vida me acecha y agobiada estoy, ya no sé por dónde voy y sufre también por mí la primavera deshojando pétalos y llanto… y fue mi cruz aquel cariño santo que el mismo dolor se lo llevó y es que tu dolor, no quieres nada, ni siquiera la burla compasiva de otro amor… sólo tú, fuerza invisible, ocupas mi corazón… porque ya mis labios no se espantan si te nombran.
Y es que tú, dolor, me enseñas la farsa funesta del alma y de las cosas y me deslizo contigo por el mundo, porque yo soy tuya como tú eres mío y así los dos en codicia gitana de la eterna espera, vagaremos por una senda sonámbula y oscura en la barca trágica de mi destino fatal…
Nunca más florecerán los campos, ni habrá celaje azul en la naciente aurora, no habrán arrullos de palomas, ni orquesta de alondras en los nidos, ni recuerdos sublimes y floridos, ni frescura en la vida de las rosas…Sólo tu, dolor estás en todo y me rindo a ti sumisa y muda, has de mí lo que quieras, dolor… arrástrame si es posible como un tronco derrumbado hasta el fondo de los áridos valles…
Pasa la tormenta, pasa el amor, todo se desvanece y hasta las dudas volaron con las aves del cariño… Porque tú, dolor, eres el grito amargo que en el fondo de mi silencio cubre de luto mis sueños… y me enseñaste a padecer callando en el sufrir… tú marcas la senda que habré de seguir y juntos los dos así marcharemos con la eterna promesa: ‘PERDONAR Y MORIR’…!”

martes, 9 de abril de 2019

PAÍS PUYAO

Tibisay Vargas Rojas

5:30 a.m. Un olor me despierta, y no es a café… Desde que tengo uso de razón madrugo, pero en ello interviene no sólo mi ritmo circadiano, sino un aroma mundialmente reconocido como gratificante del espíritu: el de café recién colado. Y empleo este término porque si bien las mil y un formas de prepararlo permiten también la concordia aromática, desde las “expreso” de las panaderías, a las “moka” hogareñas, aquí en la provincia una manga de batista blanca tiene la insuperable condición de lograr un colado incomparable de la aromática bebida, permitiendo disfrutarla mucho antes de servirla en la taza, y es que las partículas en suspensión al caer desde la altura del “burrito” o soporte donde descansa la manga, tienen la condición de dispersarse generosamente llegando a distancias increíbles, como en esta madrugada de hoy, asaltando mi ventana del quinto piso junto al canto de los gallos.
En el garabateo inicial de esto que escribo, inicié con una negación: “no es a café”, se preguntarán entonces por qué toda la parrafada siguiente sobre la aromática bebida… y es que lo que algún vecino colaba para dar inicio a su jornada, tomándolo como café, no lo era. Me precio de buen olfato, y sé distinguir el brebaje del arbusto sabeo, de pócimas infames de cuanto grano tostado o quemado quieran sustituirle. Si bien ha sido práctica de tramposos comerciantes que rinden su mercancía adicionando maíz, cebada, o en el peor de los casos alguna leguminosa tostada al noble grano del café, en este “tiempo del cólera” que transitamos ha proliferado la inescrupulosidad, la falta de respeto, el engaño… ¿a quién se engaña?, ¿por qué?, y la respuesta me lleva a una consideración odiosa: el daño es general, el país se ha acostumbrado al daño, a dañar, y ser dañado.
Puedo parecer excesiva, dura, pero estoy apuntando a una realidad conocida y sufrida por todos. Quien me desmienta, miente. Volviendo al tema del café, yo misma he sido víctima del timo comprando en el tiempo de mayor escasez y carestía del producto, un “artesanal” que primorosamente empaquetado adquirí a unos vendedores que decían provenir de los andes, y que instalados en una camioneta lo expendían a quienes formábamos la larga fila que se perdía a vuelta de esquina, esperanzados en la nobleza del mismo y de los campechanos vendedores. Cierto es que faltaba el inconfundible aroma, pero lo adjudiqué a que el primer envoltorio, plástico, además del segundo, de corteza y cibaque de cambur, lo atenuaban. Caí por inocente. Al llegar a mi hogar y destaparlo para colocarlo en el pote destinado en mi cocina al café, la primera desagradable sorpresa al retirar la preciosa cubierta de corteza de cambur: ese color desvaído no auguraba nada bueno…, pero no se comparó a cuando desgarré el empaquetado plástico: allí estaba el olor inconfundible a frijol quemado, quizá picado de gorgojos, adicionado a borra de café, con un mínimo porcentaje de verdadero café tostado, y creo que ya concedo muchísimo al enumerar esto último. Me habían timado. Gasté una parte considerable del efectivo que tanto me costó lograr luego de medio día de tortura en el banco. Compré café “puyao”.
El término “puyao” se refiere por estas latitudes a la adulteración, es un regionalismo, una expresión criolla que se extiende a innumerables situaciones donde la trampa, el engaño, el “gato por liebre”, esté presente. No ha sido maña exclusiva de sectores menos privilegiados, no. En muchas ocasiones llegué a escuchar de reuniones sociales donde el whisky trajeado en la botella de un Johnnie mayor de edad, sólo tenía del caminante la etiqueta, porque no llegaba ni al gateo de un Charles… mejor no digo… Y así ha sido este mal del puyao que tiene en este momento condición de epidemia nacional. Todo está adulterado, es de dudosa procedencia, angustiosa falsificación que instala el espíritu en la más abyecta situación a que el humano se someta: la costumbre.
Las técnicas Tavistock han tenido en la población venezolana un caldo de cultivo muy provechoso. Repasando la gama de formas de lavado de cerebro masivo a que nos han sometido desde hace décadas, la de “acostumbrarnos a”, ha sido la más acertada para maquiavélicos fines. Nos hemos acostumbrado a cortes de energía eléctrica, a falta de agua, de alimentos, de medicinas, de educación, a “colas”, a maltrato, a represión… y no es por estoicismo, no, es por la acomodaticia y pérfida costumbre. Todos hemos sido testigos de las conversaciones en las colas: “En el cronograma de cortes eléctricos dicen que hoy será de nueve a doce de la noche… Qué bueno que no es en hora bancaria…” Y ahí está el “Qué bueno” haciendo su tarea. O: “Qué bueno que ya es último de mes, y llega la caja del CLAP…”, “No conseguimos azúcar en ninguna parte, pero qué bueno que así fue, nos enfermamos menos…” Será que nunca se va a expresar: “Qué malo que quitan la luz”, “qué malo que tenemos que someternos al CLAP”, “qué malo que no puedo comerme el dulce que me dé la gana…”, ¿Cuánto falta para que digamos: “qué bueno que nos someten, que nos maltratan, que nos matan”? Ya no es el café. Ya es el país entero, la conciencia, el espíritu, el puyao.

jueves, 4 de abril de 2019

DOS POEMAS


Arturo Álvarez D´Armas



He sufrido vejaciones y humillaciones
días y noches sin luz y agua.

No es un castigo de Nuestro Señor.

Pero esas tinieblas nunca ocultarán
la luminosidad del porvenir.

Oh mi Sagrado Corazón de Jesús.
Nunca te olvido en la sala
de la vieja casona pastoreña.
Te pido que el día que venga la Parca
mi Ángel de la Guarda me lleve a tu lado.

Ya pasé por el infierno de esta Tierra de Gracia.

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No sé cuántos labios han saboreado los míos.
Me queda el sueño y no la fantasía de un beso
que movió todos los músculos de la boca.
Solo fue un instante
entre la plaza Ribas y Iglesia de La Pastora
era una tarde de carnaval.
Yo vestía un pantalón azul marino
y camisa blanca arremangada.
Tú la muchacha del antifaz
con ojos brillantes y labios carnosos.
El beso detuvo mi respiración y mi pulso.

Llegaste y desapareciste hasta el día de hoy.
Aún añoro esos labios morena de Lídice.


Imagen: Esq.Gradillas a Torre, 1939.-Colec. Helmut-Neumann

jueves, 28 de marzo de 2019

VALENTE, EL LUGAR DEL CANTO


Salvador Tenreiro Díaz‎

 LO REAL
"Cruzo un desierto y su secreta/desolación sin nombre". Con estos dos versos ("A modo de esperanza", 1953) se inicia la obra poética de José Ángel Valente. Para algunos de sus lectores de entonces, esas palabras reflejaban ya una toma de posición poética y política, que privilegiaba la "realidad" y la "denuncia". Eran en buena medida algunas de las claves que identificaron a la llamada "generación del 50".
Lo que la poesía de Valente fue construyendo a través de esos años iniciales fue el "lugar": "que no tiene representación porque su realidad y su representación no se diferencian. El lugar es el punto o el centro sobre el que se circunscribe el universo. La patria tiene límites o limita; el lugar, no". "Las palabras de la tribu".
Con "Poemas a Lázaro" la poesía se propone como medio de conocimiento de la realidad. "Revelación de un aspecto de la realidad para lo cual no hay más vía de acceso que el conocimiento poético", según escribe en "Conocimiento y comunicación" (1963). Seguirá luego los libros "La memoria de los signos" (1965) y "Siete representaciones" (1966). Es, sin embargo, en 1969, con el poemario "Presentación y memorial para un monumento", cuando la exploración de lo real se produce a través de intercambios lingüísticos entre la comunidad y el poema. Suerte de poema "affiche", de antipoema, de poema "collage", elaborados con esos "prosaísmos" de los estereotipos que los totalitarismos ponen en circulación y que en el poema se confrontan, mezclándose en un discurso paródico y satírico sin precedentes.

LO POÉTICO
La indagación de Valente sobre la palabra poética abarca territorios tan vastos de la cultura que van desde la mística sufí hasta el Formalismo Ruso. (Recuerdo, al efecto, una tarde de tertulia en abril de 1999 -compartida, también, con Antonio Colinas- en el Café Moderno de la Gran Vía de Salamanca, en la que nos hizo un recuento de los autores y libros que dirigieron su destino literario. Me impresionó la familiaridad con la que hablaba por igual de Ibn Arabi o de Jakobson, de Pascal o de Chomsky, de Fray Luis de Granada o de Marx).
Hacia 1971, la palabra poética de Valente indaga, también, en la escritura fragmentaria (que él llama "estética de la retracción). Imágenes de desnudez -dirá- de transparencia o de errancia. Descomposición del sentido. Palabras solitarias entre blancos. Aspiración a la errante transparencia.
Siguen "Treinta y siete fragmentos" (1971), "El fin de la edad de plata" (1973), "Interior con figuras" (1976 y "Material memoria" (1978). Hay en todos esos libros significativas exploraciones en el arte del decir, e, incluso, como se ha advertido algunas veces, en todo aquello que la palabra, como suspendida en el aire, intenta evocar: "Luz,/ donde aún no forma/ su innumerable rostro lo visible".
Y sale a la luz "Tres lecciones de tinieblas". Es 1980. La indagación poética se va desplazando hacia la mística. .

LO MÍSTICO
Son textos "nacidos" de la música: en las lecciones de Couperin, y de Vitoria. "...del lento depósito de esas composiciones fue desprendiéndose o formándose un solo principio iniciador o movimiento primario, ese movimiento que subyace en toda progresión armónica." Se trata de "variaciones", "meditaciones sobre las catorce primeras letras (que, por supuesto, son letras y números) del alfabeto hebreo".
Sonoras resonancias como respiraciones de la palabra vislumbrada en el instante. Canto a la letra, a la carnalidad sonora de los signos. "Lecciones de tinieblas" es también un canto fragmentado del profeta Jeremías. Movimiento primario, incesante, siempre recomenzado. El Santo -escribe Valente- reside en las letras; es decir, en "las formas arquetípicas del espesor y de la transparencia de la materia y de su perpetua resurrección".
La materialidad de las palabras dependerá, en "Mandorla" (1982) de la "naturaleza material del cuerpo". Al decir de Arthur Terry, Mandorla es la "almendra mística, inscrita en sí misma, contenida en su propia secreta sombra. Unión, comunión, entre el cuerpo y lo otro, entre lo otro y la palabra.
En "Zayin", el poema de la séptima letra del alfabeto:
"....tu propia creación es tu palabra: la que aún no dijiste: la que no sabrías decir, pues ella ha de decirte: la que aguarda nupcial como la sierpe en la humedad secreta de la piedra: no hay memoria ni tiempo: y la fidelidad es como un pájaro que vela hacia otro cielo..."

LO AUSENTE
"No amanece el cantor (1992) y "Cántigas de alén" (de 1996 es la recopilación última, creo) son dos libros de excepción. El primero está integrado en su totalidad por poemas en prosa. Una tragedia familiar subyace entre tanta desolación, entre tanta tristeza. El lenguaje es aquí de una exactitud exasperante, descarnada, absoluta. Amor doloroso entre las páginas, fragmentos de confesiones que recuerdan los poemas a Lou de "Nosotros dos aún" de Michaux: aquel "aire del fuego, no supiste jugar", que todavía retumba en los oídos de sus lectores.
Las "Cántigas de alén" son la culminación de una poética oculta, que asomaba algunas veces en algún paisaje, verso o poema de sus libros iniciales. Es el regreso al lugar del canto, al atrio de la memoria celebrante, a los aromas de los sueños de infancia. Es también el regreso a la lengua de Rosalía, lengua de delicia, de esa sensación dulcísima de estar, de secretas resonancias que van probando -como en el "Gaspard de la nuit"- todos los instrumentos hasta encontrar aquel que da la nota justa: "...o gume agudo dunha verba/ pendurada no ar, teu desdibuxo/ e a tua cór de esquenzo./ Latexa a frol do ar".
Quien dedique una lectura atenta a la obra de Valente se encontrará con enunciados que van dejando rastros del camino recorrido por su palabra y sus poéticas. Andrés Sánchez Robaina, que ha tenido a su cuidado la extraordinaria publicación que ha realizado Galaxia Gutenberg de la poesía y de los ensayos de Valente, deja expresa constancia en muchas de sus notas y prólogos -como éste del "Diario anónimo (1959-2000)"- que Valente recoge allí muchas de las primeras versiones de sus últimos libros y los "primeros esbozos" de muchos de los poemas en prosa que luego integrarían "Nueve enunciaciones" o "Mandorla": "Existen, además, observaciones y comentarios muy diversos relacionados con poemas específicos (...) Es evidente que estos textos que podemos llamar "paralelos" arrojan luz sobre los poemas relacionados y nos ayudan a interpretarlos con nuevos y significativos datos".
A todo ello podría agregar, a manera de recomendación final si me lo permiten, un libro extraordinario (por su naturaleza, su rigor y su lucidez). Me refiero a "La fascinación del enigma: la poética de J.A: Valente en sus ensayos" del poeta venezolano José Ramos (y profesor en la Universidad de Tamkang, Taiwan) editado por la Fundación Universitaria Española (hoy agotado). No existe, que yo sepa, un libro tan bien documentado y excelentemente escrito, sobre los ensayos del poeta. Fue su Tesis de Doctorado en la Universidad Complutense. Ojalá alguno de los editores que me leen se interesen por reeditar ese libro magnífico.

martes, 17 de julio de 2018

UN CANTO PARA MAIRDA



 PROF/ CRONISTA  JOSÉ GREGORIO CÁRDENAS.  CI. 4127445

                               CORREO: faustinero@hotmail.com   telf.: 0424 5876609.


A Mis hijos y su mundo de las formas.

El pasado 31 de Enero, arriba nuestra madre Hilda Rosa Cárdenas a su 9no aniversario de partida a los reinos celestiales. Mamá, es infinita tu ausencia, casi dolorosa y cruel. Te recuerdo en los instantes más aciagos de mi vida; extrañando quizás, esa palabra sabia y certera que devolvía el ánimo, la alegría y hasta la sonrisa a veces.
Recuerdo que al día siguiente de tu siembra, me fui, tempranito al cementerio, quería darte calor y cerciorarme que no tenías frío o que sé yo. Había llovido en la madrugada. Y entonces lloré mucho en silencio y, tuve conciencia plena que había quedado sin ti; algo que ninguno de los dos lo esperaba así. Gracias madre, por tanta bondad y sacrificios para sacarnos adelante; enseñarnos que si se puede soñar despierto, que nacimos para logros sin menoscabo del semejante. Gracias por amarnos tanto. Extraño tus comidas sencillas envueltas en sazón de amor, tus santos y oraciones; la devoción al Dr. José Gregorio Hernández y tu virgen del Carmen , el amor por los animales y tu flor de navidad que dejaste encendida de pétalos rojo- fucsia.
Esta noche aparecerá una luna azul y roja en el cielo de los dioses; hay brisa fuerte que anuncia lluvia, esta lectura de los elementos naturales que nos hacen, los aprendí de ti, y tú de esa tierra guarabaeña con cariño y orgullo que tanto amaste. Que Dios todopoderoso, te tenga en el lugar donde moran las almas benditas e imperecederas.

Cuando logro oír la canción de Alí Primera (Madre, déjame luchar) llega hasta mi aquella promesa que te hiciera en un momento de mi vida azarosa, de sobresaltos y creencias (entre la literatura, la política y la historia).Me pediste que si te quería un poco, me alejara de tanta actividad riesgosa de la política. Que sufría, cada vez que salía de casa y me volvía un ermitaño, cual “lobo Estepario “.No deseo saber más de torturas, ni calabozos, no te parí para eso. Te prometí que me alejaría y no me distanciaría tanto de ti y mis hermanos. Atrás quedaron las luchas estudiantiles, el partido de extrema estudiantil que se venía formando en Lara, Maracaibo y Boconó  Recuerdo madre, que llegué un viernes de junio de 1982 a tu casa, nuestra casa y te habías enterado de mi encierro, de mi desaparición forzada por cuerpos de seguridad de aquel entonces. Me abrazaste y lloraste, me pedías que no te diera esa vida…Te sobrevino un  episodio cardíaco y ya en aquel hospital, me dolía la conciencia, sentía que no merecías que el amor que por mi sentías, tenía que padecer tal desamparo y oscuridad donde brotaba el miedo.  Tu mundo era el hogar, los hijos, la familia, los vecinos, los recuerdos, la misa dominical  y tantos otros detalles hermosos de la vida, que hacían de tu toparquía;  un ser maravilloso y creador.

Saben lectores, cuando MAIRDA, _ así le dije siempre a mi madre y no sé por qué-estaba en sus últimos días, le abrazaba y me ponía a llorar mirando aquella cabecita blanca e indefensa entre sábanas azuladas. La última vez que me habló, fue para decirme: “no olvides la casa “Todos estábamos muy tristes, aquella mujer, nacida un 17 de diciembre del 1937 nos dejaba, para retornar a su hogar celestial. Cuando la estábamos sembrando, quise recitarle un poema escrito para ella; pero, no pude y salí corriendo para sentarme en no sé dónde.
Cito un texto de la argentina Diana Soulé Canau, en su libro SOLO POR HOY.

“Un día sentí que ya era muy grande para ser niño; hoy siento que soy
Muy niño para ser grande. Estoy como atrapado en dos dimensiones
Diferentes. Estoy crucificado como un adulto (…) con dos  brazos que
No sirven ni para abrazar fuerte a mi nana. (…).Tengo un niño en el alma,
Donde guardo lo mejor de mí. (…) Ese niño es confiable porque sabe decir
¡te quiero!”   (p15).
Las palabras serán la fortalezas, las rosas de los vientos y todas las campanas, que regarán tus recuerdos en este inmenso valle verde, lleno de bromelias, de jancitos y pomarrosas; este valle verde que supo de tu infancia, tu adolescencia entre pilitas de agua y el resto de tu existencia.. Que los mares de sal, te hagan llegar mis plegarias y BENDICIÓN.
                

miércoles, 7 de febrero de 2018

TODO EL UNIVERSO EN LA CELDA DE UN FRAILE


Eduardo J. Anzola


El 11 de enero de 1749 nace Juan Antonio Navarrete en la hacienda Tamanavare, en San José de Guama, poblado indígena bajo la jurisdicción de San Felipe El Fuerte. Siendo muy niño queda huérfano y sus familiares lo llevan hasta Caracas.
Luego de convertirse en fraile  franciscano en 1770, se traslada a las islas de Santo Domingo y Puerto Rico y se  gradúa como doctor en teología. Después reside en Caracas donde desarrolla un vastísimo quehacer intelectual y se desempeña como bibliotecario.
El 22 de junio de 1804,  fray Francisco Javier Cubillán recibe carta de fray Marcos Romero:

Señor y Amadísimo Padre: hace muchos días que nuestro Padre Navarrete me suplica se conceda la celda que está contigua a la suya para abrirle puerta por dentro y agregarla a su habitación, a causa de que la que por ahora goza, es muy reducida y no le caben los libros, cama y demás muebles necesarios para su uso, sin estar unos encima de otros. 1

La carta prosigue describiendo como ha sido acosado repetidamente por la obstinación de  este fraile a quien ya no le alcanza el espacio físico para colocar una numerosa cantidad de libros. Ese testimonio nos habla de la personalidad y afanes de este monje bibliotecario.
Navarrete es un fraile erudito con una cultura y una visión de mundo sorprendentes para el período colonial que le corresponde vivir. Como asiduo lector e investigador cita en sus manuscritos numerosas y variadas bibliografías de autores contemporáneos y de otras épocas. Su prolífica obra es diversa, compleja, y extensa. A veces profundo, a veces más bien superficial, pretende abordar todas las vertientes del conocimiento de su tiempo. Escribe diecisiete volúmenes en folios a mano y con una caligrafía compacta de muy prolijo acabado.
Solo se le conoce uno de ellos, Arca de Letras y Teatro Universal, obra de este gran erudito.  Allí explora temas religiosos, humanísticos y científicos de medicina, astronomía, química, alquimia, física, botánica, historia, geografía, literatura, mitología, teología y filosofía. También registra sucesos y crónicas.  Su estilo despliega   agudeza, sentido del  humor y dominio de la ironía.
La temática de esta obra enciclopédica, se ramifica en muchas disciplinas moldeadas con paciencia de orfebre intelectual, para desarrollar un contenido que es como una suerte de arca de saberes, donde el autor despliega su avasallante erudición. El Teatro Universal es el gran espectáculo de la creación de los humanos y de la Madre Naturaleza, observado por Dios. 2
Este franciscano, a fuerza de constantes lecturas de todo cuanto llega a sus manos,  transforma la reducida celda del monasterio en un infinito mundo de conocimientos concentrado en un “Aleph” o en una “Biblioteca de Babel”, como diría  siglo y medio después, el escritor argentino Jorge Luis Borges.
Navarrete organiza cuanto cree que debe saberse y acceder a tal conocimiento de la manera más idónea Arca de letras y Teatro Universal, sin embargo, sin ser un diccionario de lengua, es un texto de carácter enciclopédico mediante el cual el lector puede acceder en orden alfabético, a aquello que desea conocer. Navarrete  se apoya en fieles referencias de grandes autores y obras, desde las antiguas hasta las contemporáneas a su época, y se siente  fascinado por la vastedad del universo contenido  en el diccionario y la enciclopedia.
También derrocha pasión por la definición, que tomará como punto de partida para aproximarse al conocimiento de los objetos. Arca de letras y Teatro Universal, pretende representar en detalle  la realidad que ha experimentado en sus variadas dimensiones y bifurcaciones.
Su obra demuestra un afán por la anotación, la descripción y la recopilación, como queriendo compilar un registro verbal de la realidad; una suerte de enciclopedia que pretende narrar objetivamente los hechos del mundo, como una suerte de reportero universal.  
Como muestra de la obra, allí Navarrete hace una crónica en torno a la tragedia ocurrida entre el 13 y 15 de febrero de 1798 en La Guaira. Según el autor y otros testigos, es un castigo enviado por “la mano airada de Dios” ya que unos libertinos han profanado su palabra.
Un aluvión pavoroso arrasa una gran parte de la población y destruye casas y una cárcel del puerto. El autor termina el recuento:

De los muertos en la inundación del agua del río, que con piedras y tropel de sus corrientes corría por las mismas casas y calles como soldado con espada en mano matando y atropellando gente, no se sabe aún el número y se espera ir descubriendo cadáveres entre tanta ruina entre que niños, viejos, mozos, mujeres, soldados y demás se juzga alcanzar a más de doscientos. Las noticias en adelante esperamos.3

Lo que subyace en sus reflexiones de la tragedia es lo indomable, temible e implacable de la Naturaleza. Para Navarrete, siendo ella igualmente divina y bondadosa con el hombre, se inflama de fuerza para castigar a unos libertinos capaces de burlarse de Dios. Así el autor evidencia la irracionalidad humana y muestra el poder de la Madre Naturaleza. Pero no imagina este monje venezolano, que San Felipe El Fuerte sufrirá una tragedia mucho peor, con el terremoto devastador de la Semana Santa de 1812,  14 años después de aquella otra.
En el año de 1811, el monje respalda con vehemencia la causa republicana y lo manifiesta abiertamente.  Predicando en la iglesia de San Pablo, despotrica del rey español y su corte. No obstante su rol de espectador y compilador del universo, decide actuar, ya sexagenario, en el teatro de la Guerra de Independencia, como capellán militar de Francisco de Miranda. 
Como voluntad final, pide que sus escritos sean incinerados a su muerte, deseo que no se llega a cumplir totalmente. Su deceso se producirá tres años después en la provincia de Guayana. 4 
José Antonio Navarrete es una curiosidad intelectual y significa un antecedente insólito del mundo intelectual y filosófico de Venezuela. Sin duda, este monje oriundo de la jurisdicción de San Felipe El Fuerte, es un personaje bastante singular y tan extraño como su propia obra.
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1 bRUNI CELLI, blas. Estudio preliminar y Edición Crítica. Publicado en el tomo I de: Arca de Letras y Teatro Universal por  Juan Antonio  navarrete. p. 14 – 22. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, 1993.

2 Corredor Aveledo, Antonio.
Juan Antonio Navarrete, el lexicógrafo erudito. pp. 89-90. Publicado en: Educación y Biblioteca. N° 167 – Madrid. TILDE 2008

3 nAVARREte, Juan  Antonio. Arca de Letras y Teatro Universal  pp. 156 -157. Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela. N° 60. Caracas, Academia Nacional de la Historia. 1962.

4  bRUNI CELLI, b. Ob. Cit. p. 24.