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sábado, 25 de febrero de 2012

Las diferencias entre Roscio y Miranda, una aproximación a través de la relación epistolar de Roscio con Andrés Bello

Ponencia Presentada en el
Ciclo de Conferencias Dimensiones de Juan Germán Roscio
Primer Prócer Civil de la República
(San Juan de los Morros, 24 de febrero del 2012)
Despacho del Viceministro para África
del Ministerio del Poder Popular para Relaciones Exteriores
Sociedad Bolivariana del Estado Guárico

Jeroh Juan Montilla
Investigar en historia requiere un desapasionamiento sostenido, y muchísimo más es su necesidad cuando llega el momento de realizar los análisis respectivos y establecer las apreciaciones finales. Esta actitud constituye un requisito ético para quien aspira a visualizar las elusivas y complicadas verdades que generan el estudio de series, sistemas, acontecimientos y personajes históricos. No hay que olvidar que el historiador oscila forzosamente entre la musa del narrador y la lupa o cuchilla del científico. El ejercicio de un más o menos acertado estilo historiográfico requiere evitar en lo posible las trampas de la emotividad política o los engañosos vericuetos de la neutralidad intelectual.
En el estudio de la historia venezolana el periodo independentista constituye una cantera propicia para forjar mitos de todos los gustos, mitos tanto exaltadores como encubridores. En muchos casos esto a las claras es intencional, consciente, responde a intereses, pero en otros se deja ver la existencia de una especie de inconsciente profesional que arropa el ejercicio de lo historiográfico. Un inconsciente en todo el sentido freudiano del término, claramente represor y censurador, que solo sabe expresarse a través de lo simbólico, con su férrea sintaxis y categorías de lo correcto.
Juan Germán Roscio
Todavía el discurso historiográfico venezolano, aun aquel que se proclama insurgente, sigue encabalgado sobre un modelo de permanente y sobreactuada reverencia ante los vencedores. A pesar de la penetración de corrientes de muy diverso cuño, el discurso historiográfico sobre el periodo mencionado no deja de ser modelado por el viejo ritornelo romántico. Se apuesta en el fondo a incrementar la sacralización del periodo, y hasta la novedosa visibilización de los excluidos a veces tiende a democratizar la idolatría romántica, a aumentar el número de residentes de nuestro Olimpo patriótico. Se ha escrito mucha historia para la divinización y muy poca para la humanización. La historia no es meramente un propósito de bronces y mármoles, sino también un asunto donde se debaten razones y vísceras. No es el cumplimiento de la felicidad o la fatalidad de un irreversible destino sino la más cruda y fascinante contingencia de lo humano. La certidumbre en estos tiempos parece requerir cierta dosis de irreverencia.
Un aspecto poco profundizado en lo que respecta al periodo antes mencionado es el que toca las relaciones internas de la política patriótica, ese mundillo de antagonismos personales y grupales que una veces roe y otra fortalece contingentemente la consecución de los propósitos generales. La parte viva donde la política de los actores del momento deja ver sus abstractas sublimidades entrelazadas con las carnales excrecencias de sus apasionamientos. La situación dentro de las filas patriotas no era el ejercicio ejemplar de un acuerdo permanente, sino que los desacuerdos eran un verdadero caldo de cultivo donde se escenifica una puja de intereses y poderes grupales y personales. Eran verdaderamente seres de carne y hueso, capaces de equivocaciones e injusticias. Este marasmo debe estudiarse y exponerse profunda, serena y ampliamente, sin los frenos de los compromisos ideológicos, ni los temores sobre lo políticamente correcto o incorrecto. Esta problemática situación en el bando patriota se ha trasladado al discurso de los historiadores, estos toman partido por uno u otro grupo, por uno u otro personaje. Son comunes los términos exaltatorios o los descalificadores, calificativos como fidelidad o traición son las expresiones que terminan por sintetizar superficialmente situaciones y personajes. El poder discursivo de los historiadores ha establecido dos irreconciliables panteones, el de los mentirosos y el de los sinceros, el de los héroes falsos y el de los verdaderos. Olvidándose que establecer lo absoluto en lo ético siempre está en una confrontación insoluble con lo contingente de la política.

Andrés Bello
El caso de las diferencias o antagonismos entre Juan Germán Roscio y Francisco de Miranda es paradigmático, ha inclinado, en muchos trabajos, la balanza historiográfica a favor del Generalísimo en detrimento del jurista Roscio. Por ejemplo dos emblemáticos historiadores como Augusto Mijares y Mariano Picón Salas, tildan de imprudente, cruel y envidioso a Roscio por sus apreciaciones sobre Miranda. El historiador Reinaldo José Bolívar (2010) frente a esta situación expresa acertadamente que: “Contraponer la figura de Juan Germán Roscio con la de Francisco de Miranda ha sido uno de los elementos que más daño ha hecho a la objetividad histórica con la cual debe estudiarse al héroe guariqueño” (pág. 100) Constituyendo esto una puntada más sobre el velo de olvido con que se ha cubierto la figura de este importante venezolano en la celebración bicentenaria de la independencia. El autor llega a preguntarse el porqué de tanta omisión sobre esta figura, hace de su texto, Los olvidados del Bicentenario, todo un intento de establecer contrargumentos ante lo que pueda mancillar la imagen patriótica de Roscio. Lo hace con la intención de cerrar este capítulo de equivocaciones e injusticias historiográficas, tal es su empeño que en el subtítulo de su libro comienza con la expresión juicio final. Por cierto, solo en el ámbito sagrado de la Biblia es donde se concibe el juicio final, entre los contingentes y mudables seres humanos el juicio final histórico es un imposible, creo que la imagen de Roscio estará permanente haciendo historia, siendo sometida irremediablemente a las distintas figuraciones que les dieran en gana establecer a los futuros venezolanos. Ahora bien, en el contexto temporal que vivimos la respuesta es simple, está exclusión solo responde a ese mecanismos que arriba llamo lo inconsciente en los profesionales venezolanos de la historia, expresado en una obsesiva exaltación de lo militar sobre lo civil, al parecer el ejercicio sangriento de las armas resulta más cónsono con la vieja idea Olímpica del proceso independentista que el árido confrontar de razones de los intelectuales de aquel momento. La misma figura de Miranda padece ese mismo tratamiento, un elemento fascinante, como es la aventura intelectual que revelan sus escritos, a través de diarios y proyectos políticos, es opacada por su accidentado trajinar del militarista en los distintos frentes europeos. Sin embargo, vemos, como ejemplo de una nueva tendencia, que dos historiadores entre otros, Carlos Pernalete e Inés Quintero, en las biografías que ambos escriben de Roscio y Miranda, la situación conflictiva es tratada abiertamente, con más mesura, sin tomar partido por uno u otro, sino mas bien desnudando las causas en que se apoyaron para realizarlas. El propósito ahora es intentar aproximarnos a este episodio de la historia venezolana e intentar hurgar un poco más en las motivaciones que animaron a tan importantes protagonistas. Parafraseando a Unamuno cuando estudia a Kant, podemos decir que nuestro interés está colocado más en los hombres Roscio y Miranda, hombres de corazón y cabeza, que en los abstractos roles del tribuno y del Generalísimo. Interesan más los seres de carne hueso que los ya inmortales que se debaten por su precaria eternidad.
Francisco de Miranda
Cuando Juan Germán Roscio ejerce la Secretaría de Relaciones Exteriores en Caracas escribe seis cartas a Andrés Bello, mientras este último realiza gestiones diplomáticas a nombre de la Junta Suprema de Caracas en Londres. De esta correspondencia nos atraen especialmente dos, la del 9 de junio y la del 31 de julio del año 1811. Esta corta pero intensa relación epistolar primeramente deja ver una profunda confianza entre estos dos prohombres. Roscio inicia su primera carta del día 29 de junio de 1810 con la expresión: Amigo y compañero Bello. Se nota en ella un tono de confianza propio de la camaradería política, donde le informa sus preocupaciones ante lo que ocurre en España y sobre la actitud y acontecimientos en las provincias disidentes a la causa separatista. En el resto de las cartas Roscio cambia su expresión inicial por una más afectuosa: Mi amado Bello. A excepción de la del 31 de julio donde añade a la anterior expresión las palabras: compatriota y amigo. Vemos como los lazos de amorosa intimidad fraterna son reforzados con el sentir patriota. Roscio parece apelar a este sentimiento político ante el carácter de las severas expresiones que va emitir a continuación. Esta carta es la más extensa y la que deja al descubierto de modo crudo y sincero las duras opiniones de Roscio ante las actividades de Miranda. Son diversos los hechos que en esta carta Roscio evalúa del proceder político del Generalísimo. Aquí, por asunto de espacio, vamos a tratar solo dos aspectos de esta correspondencia. Es innegable la fuerte decepción que atraviesa todas las líneas que se refieren a Miranda. En el segundo párrafo Roscio relata la actitud desagradecida de Miranda ante los beneficios conferidos:
Pero en ninguno de nuestros periódicos habrá V. leído, ni leerá siquiera una acción de gracias por estos beneficios, porque el beneficiado no ha producido ningún rasgo de gratitud que inspira el derecho natural. Él había protestado en su primera instancia que dirigió desde esa corte, y en la segunda que hizo en La Guaira, solicitando permiso para venir a esta ciudad, que su ánimo era el de colocarse en la clase de simple ciudadano, y pasar entre los suyos el último resto de su vida. Pero cuando recibió el grado y sueldos referidos, no estaba todavía contento, porque aspiraba al de General de primera clase y al sueldo que los Tenientes Generales debían tener en América con arreglo a las ordenanzas de España. (Bello, Andrés (1984) Pág. 28, tomo XXV)
Pienso que hasta cierto punto es una ingenuidad por parte de Roscio creer que un hombre de fuertes inquietudes políticas como Francisco de Miranda llegue al país a conformarse con ser un simple ciudadano. Es explicable las falsas promesas de este, para nadie es un secreto que Miranda desde su estancia en Europa inspiraba recelo dentro de los cenáculos independentistas caraqueños. Quintero (2001) dice:
Respecto a Miranda, las recomendaciones verbales habían sido que se defendiesen de él o aprovechasen su concurso ‘…solo de algún modo que fuese decente a su comisión’, según se lo manifestó Andrés Bello muchos años después a su biógrafo Miguel Luis de Amunátegui. (Pág. 77)
Es obvio que Bello y Roscio comparten entonces la misma desconfianza política sobre Miranda. Es también evidente las razones de este recelo, Miranda se movía por el mundo solicitando a distintas naciones ayudas para un proyecto independentista americano, proyecto noble pero de fuerte acento personalista. Tampoco es desconocido el fuerte empeño de este para imponer sus ideas. No es para nosotros hoy una consternación ni desmerita su figura reconocer la particular pedantería de Miranda. Aquella serie de gestos prepotentes, distintos a la cortesía criolla, debieron parecerle un horror de mala educación a Roscio. Ahora bien las iniciativas políticas del Miranda por el mundo estaban plagadas de zigzags, impuestos por las maniobras propias de la política internacional, aparte que implicaban de fondo la peligrosa tutela de las potencias europeas. Todo esto generaba mucha suspicacia, y daba soterrados argumento a sus opositores dentro del bando independentista. Ahora el uso del ardid de decir algo para ganar tiempo y hacer posteriormente lo contrario es la norma usual que ha dictado la conveniencia entre los políticos, digamos que esa misma estratagema es la que usan hábilmente los patriotas frente a España, simulan en un primer momento defender los derechos de Fernando VII, y posteriormente de acuerdo a como evolucionan los acontecimientos en la península las cosas en Caracas van derivando ha desatar paulatinamente el nudo colonial.
El otro elemento a destacar son las aseveraciones que Roscio emite sobre la Sociedad Patriótica y las actuaciones de Miranda en esta. De este organismo dice:
Tolerada por el gobierno la tertulia patriótica con el deseo de que trabajase algunos planes de Constitución, de Confederación, o de otro objeto importante a caracas y Venezuela, tomó algún cuerpo, y degeneró en un mimo de gobierno, o censor de sus operaciones. Pero este exceso nació de algunos miembros del Congreso, que lo eran también de la tertulia, y que resentidos de no haber prevalecido su opinión en el Cuerpo Legislativo, la reproducían en aquella sociedad, hallaban apoyadores, y censuraban las resoluciones de la Diputación General de Venezuela. Algo se ha moderado este exceso. Su número pasa de 200 y nada ha hecho en utilidad de Venezuela ni de ninguna de sus provincias. (Bello, Andrés (1984) Pág. 32, tomo XXV)
Roscio rechaza de plano las actuaciones de la Sociedad Patriótica, la considera un organismo de extremistas que pretenden acelerar imprudentemente el proceso de transformación social y político. Una especie de cofradía de jacobinos criollos alborotadores. Roscio más adelante, en la misma carta, informa con cierto sarcasmo que el mismo Miranda habiendo sido propuesto como presidente de la Sociedad Patriótica no llegó ni alcanzar los votos para vicepresidente. Que solo a través de maniobras de prensa, la ayuda de los Ribas y haber ganado la opinión de los pardos puedo obtener finalmente la presidencia de la misma, Roscio remata llamándola velorio patriótico. Califica a sus miembros de “…jugadores de gobierno, semejante a muchachos que remedan las Juras, los avances, los ensayos militares, las maromas y volantines, los diablitos y gigantes, las tarascas y otras funciones religiosas, y profanas.” (Bello, Andrés (1984) Pág. 33, tomo XXV) Realmente estos calificativos que achacan infantilidad política a los miembros de este nutrido club responden en Roscio a una concepción particular del ejercicio de la política donde la mesura y el cálculo marcan el ritmo de sus acciones. En cambio Miranda se mueve como pez en el agua dentro del mundo contradictorio del club patriótico. Hombre formado bajo fragor idealista de la ilustración, ama la polémica y el debate de las ideas. El pensamiento político de Roscio se alza sobre un piso teológico de revolucionaria amplitud pero que mantiene el carácter sobrio de la religión católica dominante. Miranda es el sospechoso de masonería, tiene la calificación de ateo, es llamado irreligioso por Roscio, sin embargo, hay que decirlo, es un convencido creyente de la libertad en las prácticas religiosas. Es un diletante político, un entusiasta que sabe que hacer política es un constante tejemaneje, una interminable maraña haceres. La desmesura del verbo mirandino toma su mejor prueba en los debates del Congreso donde llega hasta sufrir la agresión de una bofetada por parte del presbítero y diputado Ramón Ignacio Méndez, y todo por su encendida e impaciente propuesta de asumir sin más dilaciones la independencia. Es interesante apreciar a través de esta carta que a pesar de estar unidos en el negocio público de la independencia hay una especie de distanciamiento moral entre las familias mantuanas caraqueñas, se señala de un lado a los escandalizadores y del otro a los decentes: Roscio al final de la carta, después de una disgregación en otros temas, dice: “Vuelvo a Miranda para decir a V. que su actual conducta trae la desconfianza de la mayor y mas sana parte del vecindario. Sus amigos más notables son los Toros, los Ribas Herrera y los Bolívares. Diseminador de la discordia y chisme, no da un paso de conciliación.” (Bello, Andrés (1984) pág. 38, tomo XXV) Vaya patota de amigos que tenía Miranda, esta camada alborotadora son los muchachos que comandaran los destinos inmediatos del país. Esta cita deja traslucir lo tan humano que eran estos hombres que toman la iniciativa de fraguar las bases políticas de Venezuela, personalmente los percibos más próximos, me identifico más con ellos, porque los siento mis iguales morales al momento de confrontar nuestras virtudes y miserias históricas.
Vemos entonces, para finalizar, dos concepciones distintas de lo político, cruzadas de la acritud lógica de las diferencias, pero que es un asunto circunstancial, porque como siempre los criterios políticos están atrapados bajo el imperio de las circunstancias. Puede que para junio de 1811 la desconfianza y la pugnacidad marcara los pareceres, pero por esa magia que dan los acontecimientos ya para el 31 de julio Roscio tiene una opinión distinta de Francisco de Miranda, dice en la carta de esa fecha: “Después de mi prolija carta entró Miranda en el Congreso como diputado de uno de los territorios capitulares de Barcelona, y su conducta en este encargo le granjeó mejor concepto. Se portaba bien y discurría sabiamente…” (Bello, Andrés (1984) Pág. 40, tomo XXV) Párrafos más adelante Roscio habla de las opiniones divididas ante la acción militar de Francisco de Miranda en la toma de la alzada Valencia, como siempre los pasos del Generalísimo van tener exaltadores y vituperadores al mismo tiempo. Esta expresión de que Miranda ahora se portaba bien tiene su explicación lógica, ya Miranda para el momento está en una situación distinta, ya está más dentro del aparato gubernamental y ejerce funciones hasta militares, forma parte de la porción más comprometida del gobierno. Al año siguiente los dos forman parte del triunvirato y tienen que decir juntos el espinoso asunto de la capitulación ante Monteverde. Dos caracteres distintos marcados por la exclusión racial de la sociedad mantuana, pero que desde el principio al fin las circunstancias los reúne para trazar un párrafo importante de la historia venezolana.
BIBLIOGRAFIA
Bello, Andrés (1984) Obras completas. Caracas: Fundación La Casa de Bello.
Bolívar, Reinaldo José (2010) Los olvidados del Bicentenario. Juicio final al mestizo Juan Germán Roscio Nieves. Caracas: Fundación Editorial El perro y la rana.
Cardozo, Manuel (1991) Juan Germán Roscio, prócer de la moral y el civismo. Caracas: Ediciones Trípode.
Flores, Jonás (2007) Postura de la iglesia católica en el proceso de emancipación de Venezuela. Caracas: Fundación Editorial El perro y la rana.
Pernalete, Carlos (2008) Juan Germán Roscio. Caracas: El Nacional.
Picón Salas, Mariano (S.f.) Francisco de Miranda. S.c.: Cuarto Festival del libro venezolano.
Quintero, Inés (2006) Francisco de Miranda. Caracas: El Nacional.
Rodríguez, Adolfo (2007) Juan Germán Roscio, el máximo constituyente venezolano. San Juan de los Morros: Alcaldía Bolivariana de Roscio.
Roscio, Juan Germán (1983) El triunfo de la libertad sobre el despotismo. Caracas: Monte Ávila.
Ugalde, Luis (1992) El pensamiento teológico político de Juan Germán Roscio. Caracas: La Casa de Bello.

domingo, 6 de mayo de 2007

EL NOMBRE DE FRANCISCO DE MIRANDA

(Ponencia presentada en el XI Encuentro de Historiadores y Cronistas del Estado Guárico, Valle de La Pascua, 29,30 y 31 de marzo de 2007)

Eduardo López Sandoval*



INTROITO: MIRANDA ES HOY
En la edición del periódico Ultimas Noticias correspondiente al día 09 de marzo del presente año, en la página 16, aparece una información titulada: “12 solicitudes de revocatorio proceden. CNE: COMISIÓN DE PARTICIPACION POLITICA Y FINANCIAMIENTO ESTUDIA 91 CASOS”. En ésta se recoge la declaración de: “La presidenta del ente comicial, Tibisay Lucena”. Pero no nos interesa hoy la noticia aunque resalte lo actual del tema de política que trata. En el cuerpo de la información se nos dice: “La rectora ofreció esta información luego de dictar una conferencia a los cadetes de la Escuela Naval de Venezuela, Almirante Sebastián Francisco de Miranda, ubicada en la localidad de Mamo, Vargas.”. Y es esto lo que nos interesa, el nombre Sebastián Francisco de Miranda, que es el nombre del prócer de la independencia de Hispanoamérica, quien se hizo conocer con el nombre de Francisco de Miranda.
La noticia es reciente, tan reciente que podemos decir que es actual, es presente. Esta situación claramente justifica el decir de los estudiosos de la filosofía de la historia, que nos indican que no hay periodos en la historia, que toda historia es contemporánea, que la historia es de hoy en cuanto hoy la estamos estudiando. Justifica también, -la actualidad de la noticia-, el título del presente introito: Miranda es hoy. Porque el maltrato que se le hace, (hoy), al prócer de la independencia de Hispanoamérica, con el pretender cambiarle el nombre es generalizado, es una enfermedad nacional; ya hemos visto que a una importante dependencia de nuestra Fuerza Armada se le denomina Sebastián Francisco de Miranda.
También a nuestro Municipio Francisco de Miranda, que tiene como capital a la ciudad de Calabozo, con un hecho, -un decreto firmado por el Alcalde-, con pretensiones de acto jurídico firme, se ha atropellado nuestro Estado de Derecho. Con ese mismo hecho, se ha atropellado la historia y la memoria de un hombre que le dio su vida a la libertad de un continente …
EL CAMBIO DE NOMBRE DEL MUNICIPIO FRANCISCO DE MIRANDA:
Un día del año 2004, cuando recién había tomado posesión el actual alcalde del Municipio Miranda, el 15 de diciembre, este funcionario público, que circunstancialmente ocupa ese cargo de elección popular, procedió a dictar un decreto donde le cambió el nombre a nuestro municipio. El municipio por simple decisión del funcionario pasó a llamarse Sebastián Francisco de Miranda, mediante decreto írrito, porque el Alcalde no tiene en ninguna forma competencia para realizar tal modificación.
Se violó, entonces, el Principio de la Legalidad, que rige para todo ciudadano en funciones públicas, y que indica que al funcionario público sólo le está permitido hacer lo que está establecido por la Ley
El Alcalde argumenta en el decreto de marras, que el nombre completo del prócer de la independencia, quien honra con su identidad a nuestro municipio, era Sebastián Francisco, cosa que en ninguna forma discutimos en el presente aparte. Lo que sí se discute en esta sección es el nombre de nuestro municipio, y la forma como fue cambiado violando todas las normas que rigen al respecto.
De seguidas se realizará una no detallada relación de las normas violadas por el desafuero denunciado:
Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, Artículo 7.: “La Constitución es la norma suprema y el fundamento del ordenamiento jurídico. Todas las personas y los órganos que ejercen el Poder Público están sujetos a esta Constitución.”.
Constitución del Estado Guárico, Artículo 1º.: “El Estado Guárico es una de las entidades políticas, autónomas e iguales que integran la República como Estado Federal, a los efectos del Gobierno y Administración territorial y de la descentralización política y administrativa, en los términos señalados por la Constitución y Leyes Nacionales.
“(…).
“Artículo 8º. “El Territorio del Estado Guárico, a los efectos de organización, descentralización y desconcentración político-administrativo, se divide en Municipios. El número, extensión territorial, denominación y capital de los Municipios, serán establecidos por la Asamblea Legislativa mediante la Ley de División Política Territorial del Estado o por Leyes especiales.”. (Subrayado nuestro).
La LEY DE DIVISIÓN POLÍTICA TERRITORIAL, a la que expresamente se refiere la Constitución del Estado Guárico, establece en su Artículo 4: “El Estado Guárico está dividido en quince (15) Municipios que son: Juan Germán Roscio, Francisco de Miranda, (…). Y el Artículo 5, dice: “Los Municipios que integran el Estado Guárico, conforme al Artículo anterior, están constituidos de la siguiente manera: (…) b) “MUNICIPIO FRANCISCO DE MIRANDA: Su capital es la Parroquia de Calabozo …”
La Ley Orgánica de Régimen Municipal, vigente para el momento en el que se dictó el Decreto que hoy se impugna, no establecía al respecto competencia de algún órgano municipal.
La Ley Orgánica del Poder Público Municipal, vigente hoy, desde el día diecisiete de mayo de 2005, establece en su Artículo 5.: “Los municipios y las demás entidades locales se regirán por las normas constitucionales, las disposiciones de la presente Ley, la legislación aplicable, las leyes estadales y lo establecido en las ordenanzas y demás instrumentos jurídicos municipales.”, y en el Artículo 95, numeral 7 dispone que: “Son deberes y atribuciones del Concejo Municipal (…) Aprobar el cambio de nombre del Municipio, previa consulta con la población del mismo y de conformidad con las leyes aplicables.”
La Ley Orgánica de Procedimientos Administrativos en su Artículo 19 establece: “Los Actos de la administración serán absolutamente nulos en los siguientes casos: (…) 4.- Cuando hubieren sido dictados por autoridades manifiestamente incompetentes, o con prescindencia total y absoluta del procedimiento legalmente establecido.”. Comentamos: ... dictados por autoridades manifiestamente incompetentes, como es este el caso.
EL CAMBIO DE NOMBRE DE FRANCISCO DE MIRANDA:
Nos referimos en el aparte anterior al cambio de nombre de nuestro Municipio Miranda, que tiene como capital a Calabozo. Nos referimos de seguidas a un problema mucho más grave aún, trataremos del cambio del nombre del caraqueño Francisco de Miranda.
La solución al primer problema, -el referido al cambio de nombre del municipio-, la estamos buscando en el Tribunal Contencioso Administrativo con sede en Maracay, que es el órgano jurisdiccional competente. Y la solución al segundo problema, el referido al cambio de nombre del prócer de la independencia, es un problema histórico y no tengo la solución, pero la busco entre historiadores, en este XI Encuentro de Historiadores y Cronistas del Estado Guárico.
ANTECEDENTES HISTÓRICOS
En el marco de la celebración de los 282 años de la Fundación de la Ciudad de Calabozo, se realizó, el 11 de marzo de 2006, un encuentro de historiadores en esta ciudad, teniendo como tema: “Calabozo en la Historia”. Una de las ponencias se denominó, “¿POR QUÉ EL EPÓNIMO MUNICIPAL SE CAMBIÓ DE NOMBRE?”, presentada por el Historiador, Coronel (Ej.), Alexis García Muñoz, en ésta se plantea textualmente: La Gaceta oficial del Estado Guárico, fechada en San Juan de los Morros el 23 de septiembre de 1993, contiene en su sumario (...) que el Municipio Francisco de Miranda tendrá como capital a la Parroquia (…). Legalmente el nombre del antiguo Distrito Miranda es Municipio Francisco de Miranda y no Municipio Sebastián Francisco de Miranda. El Epónimo fue quien por su propia voluntad se cambió de nombre y su voluntad debe ser respetada. Permítame sintetizar este hecho. (…).
El Prócer de nuestra Independencia es hijo de un canario llamado Sebastián Francisco de Miranda, procreado en su esposa Francisca Antonia Rodríguez. Continúa el documento histórico: “El matrimonio Miranda-Rodríguez tuvo 10 hijos, a saber: 1- Sebastián Francisco de Miranda. Nació el 28 de marzo de 1750 (…).”
Ciertamente, el Prócer originalmente se llamaba Sebastián Francisco, pero, continúa el Historiador en su ponencia: “Por muchas razones, que no viene al caso analizar, Sebastián Francisco de Miranda Rodríguez, a quien desde muy niño su madre lo llamaba “Paquito”, viajó a España con la intención de seguir la carrera militar en la Metrópolis, por lo cual realizó las diligencias pertinentes. De esto nos señala el citado Willians Spencer Robertson en su obra “La Vida de Miranda”, lo siguiente: “En Madrid, el 9 de Noviembre de 1772, un escribano llamado Manuel Toledo, el cual afirmaba ser secretario del Rey, puso su firma en un papel atestiguando que ante él había comparecido Francisco Sebastián de Miranda, residente en Madrid, nativo de Caracas.” (…) Este instructivo certificado, que fue preparado visiblemente para apoyar el pedido, por Miranda, de un cargo en el ejército español, prueba que en Noviembre de 1772, acaso porque su hermano Francisco Antonio Gabriel había fallecido, el venezolano invirtió el orden de su nombre. Lo que resulta más extraño es que ningún documento conocido, de fecha posterior volvió a usar el nombre de su padre, ni siquiera en segundo término. De allí en adelante, Francisco Sebastián de Miranda omitió el Sebastián de su firma: invariablemente se dio el nombre de Francisco de Miranda.”.
La lectura que hemos realizado hasta ahora, y entiendo que hasta donde han llegado las investigaciones históricas acerca del personaje, no han permitido determinar la razón por la cual Sebastián Francisco de Miranda, por lo menos desde el momento en que tenía 22 años con 8 meses, dejo de usar el nombre de su padre.
A la interpretación libre que hace el historiador Willians Spencer Robertson en su obraLa Vida de Miranda”, que indica que la posible razón del cambio de nombre del generalísimo fue como un homenaje a la muerte de su menor hermano, quien respondía al nombre de Francisco Antonio Gabriel, le agregamos otra posible hipótesis de la razón por la cual Miranda se hizo llamar Francisco desechando el Sebastián.
Los biógrafos de Miranda son contestes en escribir que la principal razón por la cual Miranda se embarca para España en 1771, es la incomoda situación de discriminación que en ese momento sufría su familia en la persona de su padre, quien era discriminado por la poderosa clase social caraqueña compuesta por los blancos criollos y que se denominada mantuanos.
(Reiteramos en este paréntesis que el nombre del padre del prócer de la independencia era también Sebastián Francisco de Miranda).
El 16 de abril de 1769 se desencadenan estos hechos que la historiadora Inés Quintero, en su obra Francisco de Miranda, cuenta con las siguientes palabras: “el gobernador y Capitán General José Solano y Bote había convocado a una ceremonia a fin de instalar las compañías de milicias de la ciudad, organizar sus respectivos batallones y designar a sus oficiales.
“Al día siguiente, en casa de Juan Nicolás Ponte, nombrado comandante del batallón de blancos en la ceremonia del 16, se reunieron la mayoría de los oficiales que habían recibido nombramientos aquel día y acordaron dirigir un memorial al Capitán General para expresarle que si bien no tenían la intención de excusarse de cumplir con el Real Servicio, no estaban dispuestos a aceptar los empleos otorgados si no se excluía a Sebastián Miranda como oficial del batallón de blancos. La negativa obedecía a que todos ellos pertenecían a las primeras esferas de la ciudad y eran descendientes de sus más ilustres pobladores, en consecuencia de lo cual no podían alternar con un individuo de inferior calidad, que notoriamente ejercía el oficio de mercader y que, como tal, estaba casado con una panadera. Desatenderían así las circunstancias y meritos de sujetos de su clase y constituiría un agravio evidente a la calidad de sus familias si convenían en admitir un sujeto de baja esfera, y de quien se decía era mulato, para que compartiese junto a ellos la distinción de oficial en el batallón de blancos de la ciudad.”.
Toda esta situación dio nacimiento a un litigio judicial que en su procedimiento último, en última instancia, fue conocido por la Corte en Madrid; ésta falló a favor del padre de Miranda, pero dejo al hijo mayor de esta honorable familia en la disyuntiva de seguir viviendo en Caracas, y seguir siendo discriminado como el hijo de la panadera y el isleño, o irse para Madrid, y probar suerte sirviendo a la milicia del rey. El joven Miranda optó por embarcarse para España.
Razones por las cuales el prócer dejo de llamarse Sebastián, como se llamaba su padre, acaso para desvincularse de los problemas que cargaba su familia en Caracas, que ponían en entredicho su origen, y para la época ponían en duda su carrera militar que recién pensaba iniciar en la península. Y empezó a hacerse llamar Francisco, como se llamaba su hermano premuerto y también su madre. Cuestión que asomamos como hipótesis que ojalá pueda ser comprobada por la investigación histórica en los alcanzables tiempos por venir en el horizonte de nuestras vidas.

*Historiador, poeta y abogado venezolano