Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

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sábado, 21 de abril de 2018

DEL ANTIGUO DAHOMEY



A comienzos del siglo XVII, la etnia fon, funda el reino de Dahomey, siendo Abomey su capital. Después de estar sometido al vasallaje del reino de Benín, el territorio de la actual República de Benín forma parte del reino de Allada. Al desmembrarse este en 1625, surge en el norte el reino de Dahomey, una dinastía que se mantuvo hasta finales del siglo XIX. 
Reyes de Dahomey: Gangnihessou (1600-1620), Dakodonou (1620-1645), Aho Houegbadja (1645-1685), Houessou Akaba (1685-1708), Agadja (1708-1740), Tegbessou (1708-1774), Kpengla (1774-1789), Agonglo (1789-1797), Adandozan (1797-1818), Ghézo (1818-1858), Gleglé (1858-1889), Béhanzin (1889-1894), Agoli-Agbo (1894-1900). 
El máximo momento de esplendor de la monarquía corresponde al período más floreciente de la trata de esclavizados; se inaugura con Ghézo, quien detenta el poder durante cuarenta años (1818-1858).
Se debe destacar la importancia del arte en los distintos reinados del siglo XIX. Los artesanos trabajaban bajo control del reino y se agrupaban en zonas vecinas al palacio. Su misión era exaltar al soberano y sus hazañas guerreras. En los muros del palacio en cuyos muros de terracota habían bajorrelieves de naturaleza muy diversa, como batallas, escudos de armas o representan alegorías, y a veces seres míticos. Gleglé aparecía como un león. 
Al morir Ghézo sube al trono Gleglé, llamado también Glelé o Gelele. Gran estadista y guerrero; a través de la venta de esclavos mantuvo cierto nivel de prosperidad para su pueblo. Sus zonas costeras fueron centros de ventas de esclavos desde el siglo XVIII. Durante su mandato la economía, el arte y la cultura fon (la dominante), vivieron su mejor esplendor. Al eliminarse la trata, el monarca introduce cambios fundamentales en la maquinaria del estado y la economía. Su gobierno perjudica los intereses comerciales franco-ingleses, cada vez más interesados en el control directo de las exportaciones.
A partir de 1868 los europeos penetran por distintos medios el territorio de Dahomey, finalmente Francia logra que algunos ciudadanos de su país se establezcan en el puerto de Cotonu, mediante un acuerdo con Gleglé, con esta iniciativa el rey creía evitar las incursiones de los ingleses de Lagos (hoy República Federal de Nigeria). Esta relación no significaba que el reinado perdía su soberanía sobre esa importante ciudad; los comerciantes de Cotonu debían pagarle impuestos y reconocer la autoridad de los representantes del reino. 
Al poco tiempo los galos se niegan a pagar los tributos monetarios a los representantes del rey y piden la intervención del ejército francés para así obtener protección. Los grupos de presión coloniales terminaron imponiendo la conquista militar. 
Gleglé convivió con su pueblo, demostrando ser un hombre de convicciones, sabiduría y humildad. Siempre vestía con un taparrabos, pocas alhajas, uno o dos brazaletes de hierro y finalmente su cachimbo de fumar. Como decían los portugueses a los altos funcionarios: El era un cabesario más. A la muerte de Gleglé en 1889 le sucede su hijo Béhanzin, quien lucha contra el imperio francés hasta 1894, cuando es derrotado en una lucha desigual donde los franceses usaron armas experimentales. Este reino se distinguió por su mujeres soldados. Los occidentales les dijeron amazonas, en lengua fon es mino.
El antiguo Dahomey es independiente desde el 1 de agosto de 1960. Su primer presidente fue Hubert Maga. El 27 de octubre de 1972 el coronel Kérékou implanta un gobierno militar y en 1974 se proclama marxista-leninista. Y el 30 de noviembre de 1975, pasa a llamarse República de Benín. El nombre de Benín evoca un floreciente reino asentado en esa región desde tiempos lejanos. 
Tiene límites con Togo, Burkina Faso (antiguo Alto Volta), Níger y Nigeria. Su extensión es de 112.622 kilómetros cuadrados, de los cuales su fachada atlántica es de 125 km2. La capital es Porto Novo, otras ciudades son Cotonu, Abomey y Uidah (célebre por el culto a Dambalá, la serpiente sagrada). Los principales grupos étnicos son los fon, adja, baribá, yoruba, somba y fulbe.
Uno de los grandes aportes de los fon a la cultura americana es la religión Vudú, traída a tierras de Haití, con los miles de esclavizados provenientes de esa zona de África Occidental. También se disemino por la parte oriental de Cuba, algunas islas del Caribe, República Dominicana y en el estado de Louisiana en los Estados Unidos.
Fuentes consultadas:
AUBOURG, Michel. “Le Dahomey (1)”. En: Bulletin du Bureau d´ Ethnologie. Port-Au-Prince: N° 23-25, mars-septembre, 1960. Pp. 15-26.
INIESTA, Ferrán. “La penúltima resistencia del pueblo fon”. En: Marginados, fronterizos, rebeldes y oprimidos. Miquel Izard Compilador. Vol. II. Barcelona: Ediciones del Serbal, 1985. Pp. 142-153.
LAUDE, Jean. Las Artes del África Negra. Barcelona: Editorial Labor, S. A., 1968. 282 p. (Nueva Colección Labor, 70).
SURET-CANALES, Jean. Äfrica Negra. Geografía, civilización, historia. Prefacio Jean Dresch. Buenos Aires: Editorial Platina, 1959. 221 p.

domingo, 3 de julio de 2016

Plantas Medicinales: Aporte Bibliográfico

Arturo Álvarez D´ Armas

Las carencias sanitarias y educativas en nuestro medio han arraigado creencias medicinales que aún cuando puedan tener una base científica, lo mágico y religioso destacan en su práctica, así vemos como recetan y curan infinidades de dolencias con remedios caseros muy sencillos que solo un conocimiento profundo de la naturaleza justifica la necesidad de aplicarlos.
En el continente africano se viene trabajando desde hace muchos añosla llamada medicina popular cuya base son las plantas medicinales.
El presente trabajo bibliográfico se ha realizado con el fin de proporcionar una ayuda a los investigadores y estudiosos de las plantas medicinales.
ALBORNOZ M., Américo. Productos naturales: estudio de las sustancias y drogas extraídas de las plantas. Prólogo: Marcial Granier-Doyeux. Caracas: Publicaciones de la Universidad Central de Venezuela, 1980. 616 p.
ÁLVAREZ D´ ARMAS, Arturo. Medicina Tradicional y Plantas Medicinales: África y Afroamérica. Ocumare del Tuy: Ediciones Cumbe y Tambor, 1990. 16 p.
ARMAS ALFONZO, Alfredo. Yerbas. A manera de introducción: Francisco Tamayo. Caracas: Ediciones Corpoven, 1983. 133 p.
BATH, Keshava. Herbolario tropical. /Presentación/ Diego R. Silva. Cumaná: Industria Gráfica Oriental, 1981. 153 p.
BAUDI O., J. C. Plantas medicinales existentes en Venezuela y Latinoamérica. Caracas: Editorial América, 1987. 260 p.
CABRERA, Lydia. El Monte (Igbo-Finda; Ewe Orisha. Vititi Nfinda). (Nota sobre las religiones, la magia, las supersticiones y folklore de los negros criollos y el pueblo de Cuba). Cuarta edición. Miami: Ediciones Universal, 1975. 564 p.
CAMARGO, Maria Thereza Lemos de Arruda. Plantas medicinais e de rituais afro-brasileiros. I. Sao Paulo: ALMED, 1988. 97 p.
CHIRINOS, Diego Nicolás. El Anamú serrano: legítimo mapurite. Naguanagua, Estado Carabobo: Ediciones de “La Voz de San Luis”, 1983. 47 p.
CHIRINOS, Diego Nicolás. El milagro de los vegetales (200 casos curados de Cáncer y Leucemia). Segunda edición. Prólogo: Dr. Marino Colina. Preámbulo: Dr. Secundino Urbina. Presentación: Dr. Wilfredo Perfetti C. Valencia: Alfa Impresores, 1988. 107 p.
CHIOSSONE VILLAMIZAR, Carlos. Flora médica del Estado Lara. Trabajo presentado ante la Ilustre Universidad Central para optar al título de Bachiller en Filosofía y Letras. Caracas: Coop. de Artes Gráficas, 1938. 177 p.
DELASCIO CHITTY, Francisco. Aportes al conocimiento de la etnobotánica del Estado Cojedes (Venezuela). Presentación: Hermano Ginés. Caracas: Fundación La Salle de Ciencias Naturales, Estación de Investigaciones Agropecuarias Fundación La Salle – San Carlos – Estado Cojedes, 1978. 126 p. (Contribución, N° 1).
DÍAZ FABELO, Teodoro. Diccionario de yerbas y palos rituales, medicinales y alimenticios. La Habana: 1968. 390 h.
ERNST, Adolfo. Las familias más importantes del reino vegetal especialmente las que son de interés en la medicina, la agricultura e industria, o que están representadas en la flora de Venezuela. Caracas: Imprenta de Espinal e hijos, 1881. 80 p.
ERNST, Adolfo. Obras completas. (Compilación por Blas Bruni Celli). Vol. II. Botánica – 2. Caracas Fundación Venezolana para la Salud y la Educación, 1982. 695 p.
FATUMBI VERGER, Pierre. Ewé. O uso das plantas na sociedade Iorubá. Sao Paulo: Companhia Das Letras, 1995. 762 p.
GARCÍA BARRIGA, H. Flora medicinal de Colombia. Vol. I, II. Bogotá: Talleres Editoriales de la Imprenta Nacional, 1975.
GÓMEZ RODRÍGUEZ, Ángel Félix. Margarita: medicina popular. Presentación o prólogo: Carlos Rodríguez H. Caracas: Ediciones de la Federación Farmacéutica Venezolana, 1982. 146 p. (Serie 3. Vol. I).
GOSSWEILER, John. Nomes Indígenas de Plantas de Angola. Luanda: 1953.
GÜERERE AÑEZ, Tabare. Las plantas curativas de los santeros. Caracas: Editorial PANAPO, 1996. 128 p.
GUERRA MENDEZ, Rafael. Contribución al estudio de la geografía médica del Estado Carabobo y en especial de la ciudad de Valencia. Valencia: 1911.
HOYOS F., Jesús. Árboles cultivados de Venezuela. 1. Caracas: Sociedad de Ciencias Naturales La Salle, 1974. 213 p. (Monografía N° 20).
LÓPEZ-PALACIOS, Santiago. Escritos etnobotánicos. Mérida: Talleres Gráficos Universitarios, 1985. 322 p.
LÓPEZ-PALACIOS, Santiago. Usos médicos de plantas comunes. Mérida: Talleres Gráficos Universitarios, 1984. 241 p.
MANARA, Bruno. Antonio Ratia y su mundo. Caracas: Federación Nacional de la Cultura Popular / Ateneo de Calabozo, 1985. 114 p.
MÉROLA R., Giovanna. Plantas medicinales para la mujer. Valencia: Vadell Hermanos Editores, 1986. 291 p.
MOSTACERO, Rudy. Coordinador. La medicina popular en el caserío Las Tunas (vía Duaca), Estado Lara. Barquisimeto: Instituto Universitario Pedagógico Experimental, 1979. 117 h.
OCAÑA LÓPEZ, Jesús Arnaldo. Plantas medicinales del llano venezolano. Barinas: Reunellez, Editorial Universitaria, 1989. 471 p.
PITTIER, Henri. Manual de las plantas usuales de Venezuela y su suplemento. Tercera reimpresión. Presentación por el Dr. Eduardo Mendoza. Prólogo por el Profesor Francisco Tamayo. /Barcelona, España/: Fundación Eugenio Mendoza, 1978. 620 p.
POLLAK-ELTZ, Angelina. Folk-medicine in Venezuela. Viena: University of Viena, 1982.
POLLAK-ELTZ, Angelina. La medicina popular en Venezuela. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, 1987. 312 p. (Estudios, Monografías y Ensayos, 86).
POMPA, Gerónimo. Medicamentos indígenas. 44 edición. Miami - Panamá: Editorial América, 1977. 340 p.
RAMIA, Mauricio. Plantas de las sabanas llaneras. Caracas: Monte Ávila Editores, 1974. 287 p.
ROIG Y MESA, Juan Tomás. Plantas medicinales aromáticas o venenosas de Cuba. Habana: Ministerio de Agricultura, Servicio de Publicidad y Divulgación, 1945. 2 Tomos.
ROMERO, Telmo A. El bien general. Colección de secretos indígenas y otros que por medio de la práctica han sido descubiertos por Telmo A. Romero. Segunda edición. Caracas: Imprenta de la Nación, 1884. 226 p.
RONDÓN, Alí. et al. Investigación sobre plantas y medicamentos indígenas. San Juan de los Morros: Universidad Nacional Experimental de los Llanos Centrales “Rómulo Gallegos”, /1980/. 9 h.
SCHNEE, Ludwig. Plantas comunes de Venezuela. Tercera edición. Caracas: Universidad Central de Venezuela, Ediciones de la Biblioteca, 1984. 822 p.
SEOANE GALLO, José. El folclor médico de Cuba. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1987.
TAMAYO, Francisco. Léxico popular venezolano. Prólogo de Alexis Márquez Rodríguez. Caracas: Universidad Central de Venezuela, Dirección de Cultura, 1977. 329 p.
VÁSQUEZ M., Lisandro. Plantas y frutas medicinales de Colombia y América. Introducción: F. Ignacio Sanz Sola. Cali: Editorial Climent, 1982. 274 p..
VÉLEZ SALAS, Francisco. Plantas medicinales de Venezuela. Recopilado por el Dr. Fermín Vélez Boza. Segunda edición. Caracas: Instituto de Capacitación Agrícola, INAGRO, 1982. 444 p.
WAGNER, Alain. Aspects des Médicines Traditionnelles du Gabon. Ilustrations de Vivian Cël. Toulouse: Editions Universelles, 1986
WALLIS BUDGE, E. A. El origen divino de las plantas curativas. Barcelona: Ediciones Abraxas, 2004. 123 p.
WILBERT, Werner. Warao herbal medicine: A pnematic theory of illness and healing. Los Angeles: University of California, 1986. 2 vols.


sábado, 27 de febrero de 2016

De clases sociales Fantasía y violencia racial


Rafael Lara-Martínez*
Tecnológico de Nuevo México
Desde Comala siempre…





















A los marxistas que rechazan el estudio de las clases sociales. 

Si “la verdad está en lo increíble —ximántara diama xitrán—“ (Euralas), es porque la fantasía duplica lo Real.  Lo calca en espejeo y lo desdobla en realidad y realeza

Abstract: “On Social Classes.  Fantasy an Racial Violence” studies two recognized works from the Salvadoran literary canon: O-Yarkandal (1929) by Salarrué and La princesa está triste… (The Princess is sad…, 1925) by Raúl Contreras.  Both narratives classify as fantastic literature influenced by orientalism, displaying an imagined monarchical empire ruled by a specific ethnic group.  A white royal population reigns over black slave residents, submitting them to torture, and hard labor.  In a epoch of increasing violence, fantasy should not only be analyzed by its fascinating mythical material, but also by the means it disguises historical inequalities, i. e. white supremacy administrates afro-descendant slavery. 
***
Si lo fantástico implica que el lector considere “el mundo de los personajes como un mundo de personas vivientes” (T. Todorov, Introducción, 37), aún su carácter etéreo extremo presupone la materia.  Lo concreto obliga al espíritu más sutil a manifestarse en lo tangible.  De lo contrario, permanecería oculto para un habitante terrestre y mundano.  Sea la lengua sonido y escrito, pedestal del sentido, sin esa huella dual no hay comunicación.  No hay idioma sin un  espectro físico e inscripción.  Sea el cuerpo biológico, cimiento de la psique, sin su rondar, no hay figura literaria, aun si se llame alma en pena.  Esta doble presencia palpable —lengua y cuerpo de un “simio gramático”— hace que la fantasía se arraigue en el reino físico de este mundo.  La fantasía se imagina como un universo posible, paralelo a la sociedad humana.

En El Salvador, dos ejemplos clásicos se intitulan O-Yarkandal (1929/1969/1971/1996) de Salarué y, menos renombrado, La princesa está triste… (1925/1996) de Raúl Contreras.  Ambas obras no sólo comparten una misma afición generacional — el orientalismo— (véase la foto de ambos junto a Alberto Guerra Trigueros, en Contreras, Obra, 1996: entre 111-113).  También describen un mismo modo esclavista de producción.  Por afición esotérica e imaginaria, a los blancos les corresponde la posición dominante, mientras a los negros se les asigna el quehacer de esclavos sometidos.  La dialéctica del amo-esclavo calca el tinte de la piel, según una literatura fantástica en reflejo de lo social sin presencia indo-americana.  
***
Léanse las siguientes citas que describen un modo esclavista y racista del trabajo en O-Yarkandal (1969):
Krosiska […] marcaba a sus esclavos con hierros candentes […] llamó a su esclava Bethez que era negra y le dijo:
            — ¡Oh tú, márfil negro […] (165-166).
 A Sirsica [mujer de alcurnia] una negra enjoyada y casi desnuda la asiste […] está como arrodillada entre sedas blancas y es bella como una sombra, como la propia sombra de Sirsica.  Al timón hay un negro robusto y en la proa, en silencio, dos esclavos y dos esclavas.  En la popa hay un mozo pálido (200).
Ulusú-Nasar vivía en un palacete […] los esclavos que atendían, se ataviaban tan sólo con entreperneras cuajadas de rubíes y llevaban el cuerpo untado de óleo, que les hacía resplandecer como si hubieran sido de ébano vivo […] Ulusú-Nazar poseía un suave matiz rosado (214).

Casi todas las referencias a los esclavos los identifican como “negros”, mientras que los amos, en cambio, son blancos.  La esclava de Sirsica, aunque bella, es la “sombra” de su patrona y el “matiz rosado” de Ulusú-Nasar contrasta con el color ébano de sus sirvientes.  El tono de la tez parece dictar la riqueza, el poder y la posición social de los personajes.  Además, el papel protagónico le corresponde a los amos.  Los esclavos aparecen exclusivamente en el trasfondo, jugando una función secundaria de ayudantes. 

Hay una marcada diferencia étnica y racial entre la servidumbre y sus amos.  La división de clases se corresponde con una distinción racial.  Aunque no exista instancia alguna de discriminación directa contra una población de origen africano, su posición dentro de la jerarquía social del imperio demarca un claro racismo.  A ninguno de los gobernantes, ni a los protagonistas pudientes, les preocupa en lo más mínimo esa equivalencia entre el color negro de la piel y la esclavitud. 

Además, al percibir la realeza como “misión sagrada” (Salarrué, 1969: 185), se presupone que una visión teocrática del poder la sustenta una ideología racista apenas insinuada en el texto.  De ahí que el modo de producción del fabuloso imperio de Dathtalía se caracterice como fundado en la esclavitud y en el racismo.  Las prerrogativas reales (real and royal) son atributo de una población marcada por una “blancura” casi “transparente” (175), una “blancura radiante” (202).  Una de sus verdaderas maravillas “vuelve rubias las cabelleras más negras” (Salarrué, 1969: 183). 

Se clasifique bajo el rubro de literatura astral, teosófica o fantástica no hace variar el hecho social en sí: la clasificación de los grupos humanos por su tinte de piel, premisa de una época anterior al ADN y al genoma.  A lo sumo, ese código legitima el hecho para sí de una sociedad dividida en clases sociales, a saber: la esclavitud de los afro-descendientes y el tributo de reinos subalternos.  La distribución espacial calca la pátina de la dermis, como si la naturaleza dictase lo social, cuanto que nada más arbitrario que clasificar los humanos o las frutas (fresa y tomate) por su apariencia.  Por un juicio crítico original, “la realeza representa la jerarquía máxima y”, por tanto, simboliza “la expresión de las jerarquías espirituales” (H. Lindo, en Salarrué, 1969: LXIV).  Acaso no habría “condición mística o iniciática” (ídem) sin esa tajante servidumbre regulada por el color.  El cuadro siguiente resume la distribución espacio-racial de los “reinos tributarios” (Salarrué, 1969: 163-164). 

Norte: Ki-Su – hombres amarillos

Noroeste: Askankán –                                        Nordeste: Edimaputa – 
hombres rojos                                  |                     hombres blancos
                                   \                                 /

Oeste: Xibalbay/      —      Samiramina  —        Este: Zunzunte –
Xibaibailá: hombres                       Capital                     hombres negros
de barro

                                    /                                 \
                                                           |                     Sureste: Bagalgaya – hombres                                                     color uva

                                               Sur: Kadputra – hombres grises

***
Como episteme de la época, la equivalencia de la raza con la jerarquía social la reitera Raúl Contreras en su obra La princesa está triste… (1925/1996).  Si los “esclavos” son “negros” (31), la belleza de la princesa destaca por su piel blanca, ojos verdes, rizos rubios (41-42).  En su enlace intermedio, se hallan los trabajos que se le asignan a quienes divierten a la realeza.  Las “bailarinas” son de “Siria” (46) y los juglares, de “Bagdad” (50).  En calco fiel, el ideal de raza caucásica lo replican los poemarios Versos del ayer (1920-1945/1996) y Niebla (1956/1996).  Mientras la primera antología implora el “cariño” de una “mujer” en el “armiño de sus manos” (155), el segundo libro, su “mirada casi verde” (268).  En preludio a Niebla, Claudia Lars anticipa que la “niña de palabras de agua pura” posee “color de nieve” y “blancura” (“A Lydia Nogales”, 257).  La fantasía jamás imagina un mundo justo, trastocado por los Derechos Humanos más elementales (artículo 1), esto es, una sociedad pos-esclavista y democrática en la cual las diversas razas y etnias posean una voz política y un voto similar. 
***
Mientras en O-Yarkandal la mezcla racial resulta un enigma acallado, en La princesa está triste… la misceginación la castiga el asesinato del juglar que osa transgredir los códigos de la jerarquía social.  Al enamorarse de un subalterno, la princesa no sólo reduciría su estatuto financiero: “es humilde su cuna”; “hablar con un artista sería rebajarte” (96), le advierte el Hada.  A la vez, enturbiaría el ideal poético del albor inmaculado que encarna su cuerpo: “es linda y graciosa/rubia como el trigo,/blanca como aljófar;/sus pupilas verdes”, idealiza el poeta (93). 

Tal es el misterio de la fantasía —sea esotérica o poética.  No se permite un mestizaje racial entre los amos blancos y los esclavos negros, ni tampoco entre el estamento superior y los intermedios sirios o iraquíes.  La estratificación étnica es rígida y castiga cualquier transgresión al deseo de traspasar esas fronteras.  La justicia socio-racial protege a la princesa blanca,  al decretar la “horca” del poeta  iraquí que se “balancea” cual péndulo humano (152). 

En su defecto, se elude toda referencia a la misceginación como si existiera un tabú de insinuarla.  Habría quizás una endogamia estricta que hace posible la separación absoluta del “matiz rosado” y del “marfil negro”. No sólo se separan en el color sino en el vestido, en la filiación étnica y en su rango social, acaso vivido como “misión sagrada” desde los orígenes.  Uno de los límites de la fantasía la ofrece la constitución de familias racial y culturalmente diversas.  Ninguna obra fantástica poetiza la existencia de unidades domésticas mixtas en raza y cultura. 




Si “habéis notado que doy preferencia a los cuentos que hablan de princesas y de reyes” (182), olvidáis su tez blanca cual la certifica “la realidad de mi realeza” (Salarrué, 1969: 230).  Por un juego de palabras —intraducible a otro idioma— lo Real remite a la monarquía y a la verdad objetiva.  Si el mundo imperial lo rige la política, lo regio administra lo Real.  Por la realeza, lo Real se vuelve realidad.

***
Al presente que combate la impunidad, reclama la justicia y anhela aplicar los derechos humanos, no le correspondería mitificar fantasías orientalistas.  En cambio, su entereza política exige investigar la manera en que se inventan diferencias sociales por el simple tinte de la piel.  Si esa disgregación social —amos blancos, artistas árabes y esclavos negros— presupone una violencia fundadora, su verdadera naturaleza se llama imaginación humana.  Un imaginario cultural —la fantasía— concibe que el color legitima la realeza y la realidad social.  Se anota de nuevo la ausencia de toda población indo-americana, aún encubierta por las premisas del silogismo maravilloso. 

La ecuación ficticia resulta más exacta que toda fórmula matemática.  La pureza de la raza blanca debe mantenerla una justicia despiadada.  Su crueldad legitima la jerarquía social por una blancura sinónima del albor y de la decencia.  El “alma negra” (165) significa el pecado, como la “blancura” de nube, lo etéreo (Salarrué, 1969: 219).  Al denunciar la violencia sinfín, la actualidad observaría en la crueldad imaginaria de la fantasía un anuncio certero de su larga dimensión en el pasado.  No hay nada nuevo bajo el sol del “crimen” organizado e institucional (Contreras, 152). 

Previo a todo “plata o plomo” a la moda, se vaticina que el quinto mandamiento jamás reza “no matarás”.  Por lo contrario, borgeanamente prescribe “si matas en nombre de lo que crees justo, no eres culpable”.  Tales asesinatos legales producen “deleites para el ojo y el oído” —según la lectura original e irrefutable del texto salarrueriano (A. Masferrer (1925), en Salarrué, 1969: 159).  Igualmente, suscitan una emoción superior, “tan poética y elegante” que sugieren el indulto (J. Cejador (1925), en Contreras, 8). 

En síntesis, al hacer del “asesinato una de las bellas artes” (T. Quincey, 1827 y 1839), la crítica literaria clásica endulza el crimen disfrazándolo de esoteria y de poesía.  Por un cambio de sensibilidad, la elegancia formal del homicidio ya no se evalúa por lo “refinado” de su estilo (Masferrer, ídem).  Ahora rinde cuenta por el acto mismo de violencia institucional solapada.  Tan “bellas son en verdad las historias que nos cuentas” (Salarrué, 1969: 242), como horrenda la división racial que ocultan.  La tortura que justifican…

Bibliografía

Contreras, Raúl.  Obra poética.  San Salvador: Dirección de Publicaciones e Impresos, 1996.  David Escobar Galindo (compilador). 

Salarrué.  O-Yarkandal.  Historias-cuentos-y leyendas de un remoto imperio.     Cuscatlán: Tipografía Patria, 1929. 
---.       Obras escogidas.  San Salvador: Editorial Universitaria de El Salvador, 1969.  Selección, Prólogo y Notas de Hugo Lindo  (vii-cxviii).
---.       O-Yarkandal.  Historia-cuentos-leyendas de un remoto imperio.  San         Salvador: Dirección de Publicaciones del Ministerio de Cultura, 1971. 
---.       O-Yarkandal.  San Salvador: Concultura, Biblioteca Básica de Literatura Salvadoreña, No. 5, 1996.

Todorov, Tzvetan.  Introduction à la littérature fantastique.  Paris: Editions du          Seuil, 1970.


*Rafael Lara-Martínez es profesor de estudios hispanos en el Tecnológico de Nuevo México/New Mexico Tech, Socorro, NM, EEUU.  Escribe bajo supervisión de La Llorona/Cihuanahual.     

sábado, 20 de julio de 2013

NEGRITUD Y GÉNERO. Emblema salvadoreño en Ramón González Montalvo

Rafael Lara-Martínez
Tecnológico de Nuevo México
Desde Comala siempre…

El olvido quería abarcar el pasado [pues] es tan amargo el recuerdo [que] ciertas cosas pertenecen al pasado. Y entonces, ¿a qué recordarlas? Ramón González Montalvo

Resumen: Notables historiadores certifican que en El Salvador no hay población afro-descendiente. Por tal razón científica, sólo en la ficción se escucha su voz. “Negritud y género” restituye la poética como manera peculiar de escribir la historia y de concederle un protagonismo a un segmento representativo de los habitantes salvadoreños. Si el mito vasconceliano de un mestizaje perfecto censura toda reflexión sobre “raza e historia”, una visión puritana suprime toda “historia de la sexualidad” en un país con una alta tasa de feminicidio. He ahí el dilema actual: acallar la evidencia en nombre de lo político correcto.

Abstract: The most classical historians certify that in El Salvador there is no population from an African-ancestry. For such scientific reasoning, only fiction represents their voice. “Negritude and Gender” restitutes poetics as a peculiar manner of writing history and conferring a depiction to an important segment of the Salvadoran people. If the Vascocelian myth of a perfect mestizaje/melting pot censures all reflection on “race and history”, a puritanical foresight suppresses any “history of sexuality” in a county with a high rate of feminicide. Such is the current challenge that silences evidence in name of the political correct.

0. Historia y ficción

No hay nada nuevo en la frontera que divide la historia de la ficción. En la época clásica, el reparto lo establece la oposición de lo “particular” y lo “general”. Se llama historia el decir “el mango está delicioso (“qué hizo o le sucedió a Alcíbiades”)”; ficción, “el mango es delicioso ( “a qué tipo de hombres les ocurre decir o hacer tales o cuáles cosas”)” (Aristóteles, Poética).

La primera disciplina establece un hecho singular y único; la segunda, un enunciado universal. En Aristóteles, la ley dual de la poética regula el pensamiento. Lo regula de manera tan implacable que la actualidad la recita sin citarla.

En el siglo XXI, la distinción fronteriza la mantiene una policía de aduana en términos dispares a los antiguos. En efecto, la discrepancia cobra un sesgo diverso e inédito, pero conserva el antagonismo dual.

Se llama historia a la verdad en pintura; ficción, a su subversión pese a que el escritor sea conservador. Las temáticas que la historia censura, la ficción las recobra como asuntos propios. Uno de sus propósitos consiste en expresar el retorno de lo reprimido. La ficción reinscribe la huella que los hechos históricos borran adrede.

Un ejemplo típico lo ofrece Pacunes. Estampas campestres de Cuscatlán (1973; ilustraciones anónimas) de Ramón González Montalvo (1908-2007). El libro consta de una breve introducción —ishco, acaso del náhuat-pipil ix “ojo, semilla, brote”— y de dieciocho cuentos, dieciséis nacionales y dos chapines.


Dos temáticas que ignora la historia social destacan en los relatos, a saber: el amor y la sexualidad, así como la cuestión racial. Si la raza la oculta el mito vasconceliano de un mestizaje perfecto, el deseo amoroso lo esconde el disimulo beato. En El Salvador no existe “raza e historia”; tampoco existe una “historia de la sexualidad”.

Ambos tópicos son ficciones para un determinismo sociológico que niega el cuerpo humano sexuado. Si la raza aflora al revelar el emblema mismo de Cuzcatlán, el amor lo hace en la relación naturaleza-cultura y en la vida diaria. Surge en el quehacer agrícola del hombre en una tierra feminizada que perfora al sembrar. Aparece cada madrugada con la Nixtamalera, Venus en su versión de estrella matutina.

A la noción de un cuerpo humano sexuado —“más filosófica que la historia” (Aristóteles)— la ficción agrega la del mundo. No hay ficción sin una mundanidad —corporal y terrestre— que siempre enmarca el hecho histórico.

A continuación, se desglosan la negritud como emblema de lo salvadoreño y la violencia sexual como premisa silenciosa de lo social. Según el epígrafe inicial, la historia en boga aboga porque su memoria olvide “ciertas cosas” que “pertenecen al pasado” (Barón Castro (La población de El Salvador, 1942/1978), “la aportación negra no fue muy abundante”). Así se lo impone una práctica científica selectiva de las fuentes primarias y de las temáticas a investigar.

I. Negritud

Para tres grandes escritores clásicos, la negritud se halla a flor de tierra en El Salvador. Los documentos primarios excluidos de la historia social son tan obvios como el silencio que los esconde. Se trata de Salarrué, Julio Enrique Ávila y el propio González Montalvo.

No importa que el primero ingrese a la memoria histórica mundial, que el segundo invente el nombre poético del país, el Pulgarcito de América, ni que el tercero escriba la “novela campestre mejor dispuesta técnicamente” (Juan Felipe Toruño, Desarrollo literario de El Salvador (1958)).

Importa que el olvido de la negritud corone la memoria para que haya un hecho histórico total. La triple referencia a lo africano la refrendan el sandinismo de Gustavo Alemán Bolaños en El oso ruso (1944) y el sindicalismo estalinista de Miguel A. Ibarra en Cafetos en flor (1947). Ambas novelas sobre la Matanza o etnocidio de 1932 jamás las citan los más célebres libros de historia.

I. I. Salarrué

En primer lugar, se halla el Salarrué de 1932 cuya única novela la tacha la historia al referir los eventos ocurridos ese mismo año: Remotando el Uluán. Si la lectura habitual invoca una “alegoría esotérica o teosófica”, es porque niega la presencia de una mujer afro-descendiente en la mística del autor.

La espiritualidad del hombre blanco la cimienta el cuerpo sexuado de la mujer “negra”. He aquí la represión que la ciencia de la historia le encomienda a la ficción.

Abriendo aguas vírgenes […] tras algunas caricias y mimos irresistibles [en el] fumbultaje musical con Gnarda, perfectamente negra y perfectamente bella [quien] iba desnuda como toda mujer”, la coloqué acostada ”en la glorieta del deseo”. Salarrué remota “el Uluán”; “encantador el viaje” de ingreso “a las nebrunas sensuales y a las alectaras sensitivas” de “la minería” femenina. “Se unieron nuestros labios y nos besamos […] desde aquel día fue para mí doblemente encantador el viaje […] habiendo llegado una mañana a […] una abertura circular [¿la vulva?] que tenía el aspecto de laguna”.

La fantasía consigna que el viaje astral del hombre lo impulsa el sexo de la mujer. El espíritu viril lo promueve el cuerpo “débil”. Lo blanco asciende en la medida en que lo negro lo sustenta, en una obvia oposición complementaria: hombre-blanco-vestido-espíritu vs. mujer-negra-desnuda-cuerpo.

La etnia, afro-descendiente, y el género, femenino, son dos ficciones que completan la historia de 1932. Existe la mujer; existe la afro-descendiente pese a todo tachón que la memoria histórica efectúa de los archivos nacionales.

I. II. Ávila

En segundo lugar, se halla el nombre literario del país que la historia-ficción le atribuye a la poeta chilena Gabriela Mistral sin base documental. Por una clara razón de prestigio literario, se le niega la autoría a Julio Enrique Ávila, poeta de la primera vanguardia literaria salvadoreña (Toruño, 1958, Gallegos Valdés, Panorama de la literatura salvadoreña (1981)).

Su alocución poética la declama en la Radio Nacional el 15 de septiembre de 1937 en honor al “Benefactor de la Patria”: el general Maximiliano Hernández Martínez. Se publica en La República. Suplemento del Diario Oficial.

El texto lo reproduce la revista Cypactly. Tribuna del Pensamiento Libre de América (1939), que defiende la matanza de 1932 en nombre del verdadero comunismo, el teosófico, y de la soberanía nacional asediada por “el oso ruso” (véase ilustración y Alemán Bolaños (1944)).

También lo reedita Saúl Flores (Ed.) en sus Lecturas nacionales (1938, más de quince ediciones), dedicadas originalmente al general José Tomás Calderón (véase: Toruño, Poesía negra, ensayo y antología (1953), cuyo apoyo intelectual al general Martínez denuncia Ibarra (1947) para refrendar el enlace paradójico entre martinismo y negritud literaria). 


 

No sólo el texto de Ávila reclama el símbolo del bálsamo —“el negro elíxir”— como emblemático del país. Aún más, la edición de Cypactly se acompaña de una ilustración de Ricardo Contreras. Una mujer de origen africano —por su color de piel y sus labios abultados— personifica la patria salvadoreña.

Si la resina del bálsamo a penas insinúa el matiz característico del país, la figura plástica femenina lo vuelve patente. El Salvador no existe sin una negritud silenciosa que lo exprese. He ahí una nueva represión de la historia social que aflora en la ficción.

De una “negra bella y desnuda” —quien le ofrece su “abertura circular” al hombre blanco vestido— a un rostro ennegrecido y pelo “murucho” trenzado, el motivo no varía. La mujer afro-descendiente concurre como figura clave de lo salvadoreño en la ficción.

I. III. González Montalvo

De los indicios naturales de lo negro, la descripción transita haca la huella patente de la negritud en el cuerpo humano según la narrativa del autor.

I. III. I. De los indicios naturales…

En tercer lugar, este mismo atributo africano inaugura la narrativa de Pacunes (¿sapindus saponaria?, semilla tóxica) Como semilla y ojo a la vez, de su color “negro” y “áspero” brotan todas las “estampas campestres de Cuscatlán”. La negritud es el humus subterráneo que abona una identidad campesina. Es la mirada furtiva.

La negritud no sólo instituye el prisma ocular (ix) que visualiza el campo salvadoreño: “el cristal con que se mira”. No sólo fija la simiente (ix) de su fertilidad. También describe a múltiples personajes que afónicos circulan en ese territorio.

Desde el principio se aluden indicios a manera de síntomas somnolientos. Hay un toro cobrizo que desafía el límite de lo humano. Hay otro toro que afirma la libertad animal ante la tortura que le impone la civilización.

El “yugo y la puya” le destinan la muerte en nombre del progreso y de su rentabilidad. Hay cercos de piedras negras como las semillas de pacunes.

Hay caballos retintos oscuros quienes relinchan su protesta. Hay “espíritus errantes de la noche” en “augurio escalofriante” del retorno espectral de los antepasados muertos.

Existe una noche lúgubre, tan oscura que jamás la ilumina la luz de la razón histórica. Existe la noche y el sueño espeluznante, luego de la fatiga bajo el sol abrasador en “la cochina carreta de la vida”.

I. III. II. … Al cuerpo humano

Los indicios originarios de una “vida negra” los completan los personajes afro-descendientes, en su mayoría femeninos. La mujer de Toribio es “prieta”, “negra” como azabache. No se trata de un uso metafórico de la palabra.

Así lo confirma “la negra que sacude a su hombre”. Es “morocha y enfadada” y su “cuerpo sandunguero” se mueve a un ritmo musical muy distinto a la cadencia de la esposa “blanca” del patrón.

Al son melódico de “la negra” no se contrapone la utopía de una sociedad sin raza. En “la negra”, la identidad biológica no declara una cláusula invisible de los derechos humanos ni de su libertad. Tal dispositivo bio-político proviene de una ciudad letrada urbana que confunde la biología con la sociología.

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Algo le sucede al materialismo histórico al idealizar la fusión étnico-racial —el mestizaje— como antesala de la liberación social (Roque Dalton (El Salvador (monografía), 1963/1965), “no existe pues en El Salvador un problema indígena” ni afro-descendiente), A. D. Marroquín (Apreciación de la independencia salvadoreña, 1974), “El Salvador […] sin pigmentación de piel” ni “pardos’ a la hora de la “emancipación” y J. Arias Gómez (Farabundo Martí, 1996), “comunidad de sangre o raza cultural”, etc.). Algo le sucede al diluir toda problemática étnica y de género en una cuestión de clase.

Un movimiento telúrico resquebraja los principios del marxismo salvadoreño clásico al entremezclar lo orgánico con lo social (“marxismo primitivo” lo llama A. García Linera (“El desencuentro de dos razones revolucionarias: indianismo y marxismo”, 2007)). “La doctrina racista a la inversa” presupone que “la tara de la degeneración […] vincula[da] al mestizaje” se revierta hacia una “una humanidad sin distinción de raza” (C. Lévi-Strauss (Raza e historia, 1952)).

La extinción de las razas y etnias se identifica a la extinción de las clases. Pero rara vez, la “relación de causa-efecto” se aplica según el “plano biológico” que haría de toda nación una “monotonía uniforme” sin “optimum de diversidad” (Lévi-Strauss).

Los argumentos liberales de la igualdad racial —¿el mestizaje absoluto/melting pot?— no contagia el ritmo de “la negra”. La negación de la diferencia étnica tampoco se vuelve un ideal de libertad para los afro-descendientes. La bio-política de la homogeneidad racial le resulta ajena a su concepto de justicia social. A una nación (de nacer), casi nunca le corresponde una cultura, una lengua, una religión, una raza, etc.

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En González Montalvo, “la negra” mantiene su cadencia y su sueño campesino en “junio”, “como en enero” agregaría el poeta. Ella no anhela tinte blanco alguno que le destiña la piel. Tampoco desea alisarse el pelo crespo ni acentuar su color claro.

Tales atributos corporales los exhibe la “esposa del patrón”. “Rubia. Blanca. Primorosa. Toda ella delicada, frágil, como esas flores traídas de países extraños”, a los ojos de los campesinos que se remuerden al observar su cuerpo “lujuriante”. Pero a “la negra” ese semblante físico la tiene sin cuidado.

El verdadero sueño campesino imagina el derecho a una parcela. “La potranca, la novilla que se hará vaca y más tarde, el de la yunta de toretes para labrar la tierra”. La cuestión esencial la determina el derecho inalienable a la tierra y a su cultivo.

De la presencia acallada en el 32 —de cuyo liderazgo sindical-estalinista testimonia Ibarra— a la insignia plástica del Pulgarcito de América, la negritud culmina en lo cotidiano. La vida diaria campesina transcurre por el cauce de una simiente afro-descendiente imperceptible para la historia. Sólo la ficción se atreve a reportarla. La escritura poética transcribe su afonía rítmica y sus voces silenciadas (de González Montalvo, véase: Las tinajas (1935/1956/1977/1994), novela que de paso describe a campistos “mulato”, “negrito” y “negro”).


II. Violencia sexual

¿Y dónde habís aprendido que una mujer no quiere fuerza? Aunque sea de mentira le gusta sentirse dominada… la sumisión completa de la hembra frente al macho que la desea y la disputa [define nuestra identidad nacional]. Ramón González Montalvo, Barbasco (1960).

El ideal del amor lo expresaría “la negra que sacude a su hombre” guiada por la utopía suprema de arraigarse en una parcela de tierra cultivada. Empero, este modelo no siempre se realiza en los relatos. La relación amorosa implica a veces que el olvido intervenga como mediador de la pareja.

El epígrafe inicial —la amnesia histórica— guía la reconciliación del hombre con su esposa al efectuar una tabula rasa de su pasado bochornoso. Sin esta tachadura, la pareja no cumple su cometido en el presente ni se proyecta hacia el futuro. El recuerdo es el primer escollo del amor; el olvido, su triunfo.

Si esa violencia contra el pasado resulta peligrosa —pero necesaria— la pasión se agrava al exigir que el hombre se jacte de su masculinidad. “Los hombres nus curan”, declara una mujer “prieta” y “negra” quien desafía a su marido a cambiar de vestido ante su cobardía. “Te vua pasar las naguas y me das los calzones”.

El travestismo refiere a un hombre débil quien no desempeña su quehacer de “luchar a brazo partido” por una mujer. La razón femenina reclama que el hombre pelee por poseerla y guardarla a su lado.

Corvo en mano”, Toribio defiende su bien más preciado: la mujer. Exacerbada por la opresión social, la violencia viril entre iguales acrecienta el desamparo campesino. “Necesito tu sangre”, le grita a su contrincante, mientras su esposa confirma que “ése era su hombre”: “macho cimarrón, vengativo y potente”.

La masculinidad campesina sella la violencia entre iguales, así como su entrañable amistad. A la lucha frontal por “acaparar las chicas del valle” y sus “cuerpos morenos —“la crueldad con que la vida nos ata” al machete vengador— le prosigue la camaradería al percatarse del engaño seductor femenino.

El desquite que trama Felipe contra El Cuico concluye en un cariño entrañable entre los antiguos enemigos. Los reúne el desengaño amoroso ante una mujer que “coqueteaba con todo el que le hacía el velorio”.

Otro caso sintomático de amistad masculina —metafórico quizás— liga a dos trabajadores en un vínculo de “padre e hijo” al “hacer temblar la montaña”. “Pencón” y cachimbón”, el hijo adoptivo aprende el oficio viril de talar la selva, de igual manera que se conquistan mujeres.

No en vano, “dar fuego a estos” terrenos designa a la letra el sistema tradicional de roza que quema la vegetación antes de la siembra. En sentido figurado, nombra el “enamorar mujeres”. “Naguas que me encabritaban nuestaba a gusto hasta que las levantaba”, el campesino hace alarde de su virilidad juvenil hoy en el recuerdo. Presume de la violación sexual y del rapto.

Hay que jactarse de las “heridas” y de las “cicatrices” impresas en el cuerpo varonil para obtener un reconocimiento social entre los hombres. No se es hombre por predestinación biológica. La cultura imprime su huella indeleble en el pergamino de la piel.

En el cuerpo vivo de cada habitante se descifra un libro de historia que la historia llama ficción. “Burrunches de heridas, cada una me arrecuerda un amor distinto”. En un país con un alto grado de feminicidio, el abuso sexual constituye un rubro esencial de la masculinidad.

A la mujer seductora le corresponde la muerte; al hombre violador, “los tostones del patrón”. Como lo remata el último cuento, en el mundo trágico de Centro América, Eros y Tánatos se sueldan en unidad indisoluble. En un mundo dual, el día y la noche, el goce y el martirio, el amor y la muerte, etc. se reúnen en una conjunción de los opuestos que estipula su choque violento y su transformación.

La historia del amor —escrita en el cuerpo— la historia la olvida. La vida es un cuento; su representación científica, la única verdad. Una historia del cuerpo humano sin tapujos parece ser un quehacer de la ficción…

III. Coda

Hay un olvido múltiple; un olvido objetivo. Lo peor, hay que olvidar que se olvida para que el simulacro de las ciencias sociales sea infalible. Olvido del mundo. Olvido del cuerpo humano. Olvido de la diversidad racial y étnica, ni indianismo ni negritud, etc. Olvido de todo deseo. Olvido del amor. Olvido de la mujer. Olvido en la denegación que olvida. Tales sin varios preceptos que la historia le lega a la ficción.