Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

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jueves, 4 de mayo de 2023

CRUZ DE MAYO

 César Gedler

Como símbolo arquetipal, la cruz representa al árbol de la vida, que hunde sus raíces en el subsuelo, y se eleva hasta el espacio celeste, mientras sus brazos se extienden como ramas horizontales que surgen del tronco. En esta simbología está contenida su naturaleza cíclica, a través de las hojas, flores y frutos, que se agotan y se renuevan constantemente, de acuerdo con el curso de las estaciones.

La comprensión esotérica vinculada a la astrología, relaciona la cruz con la materia, que implica el límite y la forma (Saturno), y con el espíritu encarnado, (Sol), que supone el esfuerzo, la trascendencia y la realización. Por su estructura, la cruz divide el espacio en cuatro cuadrantes. Una totalidad expresada en la dimensión vertical, que representa el tiempo, y en la horizontal, que nos remite al espacio. Cada una de las cúspides se relaciona respectivamente con los puntos cardinales (norte, sur, este, y oeste); con los elementos, (fuego, tierra, aire y agua); con las propiedades, (caliente, frío, seco y húmedo), y con los momentos estacionales, primavera, verano, otoño e invierno.

La liturgia sobre la cruz se celebra cuando aparecen los cuatro luceros que conforman en el cielo la Cruz del Sur. Es el momento de celebración de las festividades primaverales, en la que los campesinos ofrecían sus cantos, flores y frutos a sus deidades propiciatorias de la fecundidad de la tierra y la mujer. Por esta razón se convirtió en rito agrario y de los enlaces amorosos. Al decaer la economía agrícola como función individual, el campesino emigró a los centros urbanos para dedicarse a otras actividades, y de ese modo se va perdiendo el caudal folclórico, con todos los símbolos que poblaron la tradición, como ocurrió con la construcción de las antiguas ciudades, donde la intersección de los cuadrantes cruciforme indicaban el lugar en el que habría de levantarse el templo, por ser el punto en el que convergen los mundos, y por tanto el lugar de mayor energía, quedando en forma concéntrica la edificación de la plaza, los edificios principales y las casas.

Una de las variantes de los tantos significados que toma la cruz, está relacionada con la crucifixión, y más específicamente con la crucifixión de Jesús el Cristo, por el significado histórico y espiritual que adquiere ésta posteriormente, al lado del Sudario, El Santo Grial, la lanza que atravesó su costado y los clavos que sostuvieron su cuerpo. La muerte en la cruz era el castigo impuesto a los esclavos más viles, y era estigma de infamia. Por ser tan común entre los romanos, a las penas, las aflicciones, se les daba el nombre de cruces. Curiosamente, entre los primeros judíos no existía la práctica de la crucifixión, tan frecuente en muchos pueblos de la antigüedad.

La Cruz de mayo

La tradición destina el día 3 de mayo para las celebraciones rituales y piadosas en honor a la Cruz del Salvador. La iglesia cristiana naciente impone una transculturación sobre los ritos paganos en honor a la tierra fecundante, creando la versión según la cual, en esta fecha del año fue encontrada por Santa Elena (madre del emperador Constantino), en la basílica de Jerusalén, la verdadera cruz donde murió Jesús. Santa Elena, para destacar el gran hallazgo, mandó a encender en cada topo de los cerros, enormes fogatas que formaron una cadena desde Jerusalén a Bizancio, donde su hijo Constantino esperaba el resultado de aquella peregrinación.

En el siglo XVI los españoles introdujeron su ritual en América, donde se transforma y adquiere significación especial, de acuerdo a las regiones donde va llegando, pero siempre vinculado al fundamento cultural de la tierra, de la economía agrícola en formación.

Aunque en la actualidad muchos promeseros alumbran las viejas cruces milagrosas que se guardaron inmediatamente después del último velorio, la costumbre originaria era comenzar los preparativos el jueves Santo, con la escogencia del madero (olivo, limón, jobo), que debía ser cortado por una doncella en ayuno, antes de la salida del sol. El primero de mayo, la cruz destinada al altar se viste con flores y papel de color, y la que va al patio o al calvario, la llamada Cruz del Perdón, se viste con cogollos de palma.

En estos ritos propiciatorios de fertilidad, abundancia y bienestar, se pide por la entrada de las lluvias para la siembra, la curación de alguna enfermedad, o la resolución de conflictos que parecen insuperables.

En la devoción a la Cruz de mayo, aparte del público que acompaña la ceremonia, los participantes son los rezanderos, los músicos, los bailadores, los cantadores de galerones, tonadas, fulías y corridos.

 

Santísima Cruz de Mayo

Quién te puso en esa mesa

Son los dueños del altar

Que están pagando promesa

 

Era costumbre en algunos pueblos del llano que las parejas de enamorados esperasen el Velorio de Cruz para irses juidos, es decir, para escaparse sin el consentimiento de los padres, y regresar al cabo de unos días para obligar a la familia a aceptarlos como nueva pareja. Todos los asistentes son invitados a una comilona en la mañana del día siguiente después de la celebración, y en algunas zonas de raigambre netamente agraria, se extiende la festividad hasta final de mes.

A pesar de la violenta intervención de los modelos urbanos en los ritos y tradiciones rurales, la veneración de la Cruz de Mayo se mantiene en los barrios de las ciudades como último eslabón de una antigua manifestación religiosa y cosmogónica. Pero es en la costumbre de persignarse para conjurar el peligro, y corroborar la pertenencia a un credo, donde sigue imperando el significado e importancia de la cruz como signo sagrado, evidenciando su carácter de símbolo fundamental, o lo que es igual, como emblema mágico, para recrear el orden en un mundo amenazado constantemente por el caos.

www.cesargedler.com

Fotografía: Tibisay Vargas Rojas.

martes, 9 de abril de 2019

PAÍS PUYAO

Tibisay Vargas Rojas

5:30 a.m. Un olor me despierta, y no es a café… Desde que tengo uso de razón madrugo, pero en ello interviene no sólo mi ritmo circadiano, sino un aroma mundialmente reconocido como gratificante del espíritu: el de café recién colado. Y empleo este término porque si bien las mil y un formas de prepararlo permiten también la concordia aromática, desde las “expreso” de las panaderías, a las “moka” hogareñas, aquí en la provincia una manga de batista blanca tiene la insuperable condición de lograr un colado incomparable de la aromática bebida, permitiendo disfrutarla mucho antes de servirla en la taza, y es que las partículas en suspensión al caer desde la altura del “burrito” o soporte donde descansa la manga, tienen la condición de dispersarse generosamente llegando a distancias increíbles, como en esta madrugada de hoy, asaltando mi ventana del quinto piso junto al canto de los gallos.
En el garabateo inicial de esto que escribo, inicié con una negación: “no es a café”, se preguntarán entonces por qué toda la parrafada siguiente sobre la aromática bebida… y es que lo que algún vecino colaba para dar inicio a su jornada, tomándolo como café, no lo era. Me precio de buen olfato, y sé distinguir el brebaje del arbusto sabeo, de pócimas infames de cuanto grano tostado o quemado quieran sustituirle. Si bien ha sido práctica de tramposos comerciantes que rinden su mercancía adicionando maíz, cebada, o en el peor de los casos alguna leguminosa tostada al noble grano del café, en este “tiempo del cólera” que transitamos ha proliferado la inescrupulosidad, la falta de respeto, el engaño… ¿a quién se engaña?, ¿por qué?, y la respuesta me lleva a una consideración odiosa: el daño es general, el país se ha acostumbrado al daño, a dañar, y ser dañado.
Puedo parecer excesiva, dura, pero estoy apuntando a una realidad conocida y sufrida por todos. Quien me desmienta, miente. Volviendo al tema del café, yo misma he sido víctima del timo comprando en el tiempo de mayor escasez y carestía del producto, un “artesanal” que primorosamente empaquetado adquirí a unos vendedores que decían provenir de los andes, y que instalados en una camioneta lo expendían a quienes formábamos la larga fila que se perdía a vuelta de esquina, esperanzados en la nobleza del mismo y de los campechanos vendedores. Cierto es que faltaba el inconfundible aroma, pero lo adjudiqué a que el primer envoltorio, plástico, además del segundo, de corteza y cibaque de cambur, lo atenuaban. Caí por inocente. Al llegar a mi hogar y destaparlo para colocarlo en el pote destinado en mi cocina al café, la primera desagradable sorpresa al retirar la preciosa cubierta de corteza de cambur: ese color desvaído no auguraba nada bueno…, pero no se comparó a cuando desgarré el empaquetado plástico: allí estaba el olor inconfundible a frijol quemado, quizá picado de gorgojos, adicionado a borra de café, con un mínimo porcentaje de verdadero café tostado, y creo que ya concedo muchísimo al enumerar esto último. Me habían timado. Gasté una parte considerable del efectivo que tanto me costó lograr luego de medio día de tortura en el banco. Compré café “puyao”.
El término “puyao” se refiere por estas latitudes a la adulteración, es un regionalismo, una expresión criolla que se extiende a innumerables situaciones donde la trampa, el engaño, el “gato por liebre”, esté presente. No ha sido maña exclusiva de sectores menos privilegiados, no. En muchas ocasiones llegué a escuchar de reuniones sociales donde el whisky trajeado en la botella de un Johnnie mayor de edad, sólo tenía del caminante la etiqueta, porque no llegaba ni al gateo de un Charles… mejor no digo… Y así ha sido este mal del puyao que tiene en este momento condición de epidemia nacional. Todo está adulterado, es de dudosa procedencia, angustiosa falsificación que instala el espíritu en la más abyecta situación a que el humano se someta: la costumbre.
Las técnicas Tavistock han tenido en la población venezolana un caldo de cultivo muy provechoso. Repasando la gama de formas de lavado de cerebro masivo a que nos han sometido desde hace décadas, la de “acostumbrarnos a”, ha sido la más acertada para maquiavélicos fines. Nos hemos acostumbrado a cortes de energía eléctrica, a falta de agua, de alimentos, de medicinas, de educación, a “colas”, a maltrato, a represión… y no es por estoicismo, no, es por la acomodaticia y pérfida costumbre. Todos hemos sido testigos de las conversaciones en las colas: “En el cronograma de cortes eléctricos dicen que hoy será de nueve a doce de la noche… Qué bueno que no es en hora bancaria…” Y ahí está el “Qué bueno” haciendo su tarea. O: “Qué bueno que ya es último de mes, y llega la caja del CLAP…”, “No conseguimos azúcar en ninguna parte, pero qué bueno que así fue, nos enfermamos menos…” Será que nunca se va a expresar: “Qué malo que quitan la luz”, “qué malo que tenemos que someternos al CLAP”, “qué malo que no puedo comerme el dulce que me dé la gana…”, ¿Cuánto falta para que digamos: “qué bueno que nos someten, que nos maltratan, que nos matan”? Ya no es el café. Ya es el país entero, la conciencia, el espíritu, el puyao.

lunes, 24 de abril de 2017

AL GUAIRE… ¿LO DEL GUAIRE?

Tibisay Vargas Rojas

¿Cómo llegan algunas palabras a nuestra lengua?, pues, por dinámica social, y, agrego, por elan. Sí, por ese continuo impulso de la vida que Bergson señaló como causa de la evolución y el desarrollo de la misma. Así ocurre con un río. Uno que especialmente voy a tocar en estas líneas, movida por el impulso de los avatares del país, y principalmente por la indignación que me causan expresiones peyorativas que me he topado en la red, a propósito de un incidente ocurrido durante una de las marchas pacíficas de ciudadanos que luchan por la dignidad de Venezuela. El suceso en sí, fue la represión de dicha manifestación, con un grado tal de ensañamiento por parte de los cuerpos represivos del Estado, que obligó a los participantes a arrojarse al cauce mezquinamente embaulado y contaminado de río Guaire.

Guaire, Guaire, no se ponen de acuerdo los estudiosos para dar origen al topónimo del otrora magnífico caudal de agua que atraviesa la congestionada, pero no menos hermosa ciudad de Caracas. Termina siendo Guaire, del guanche “guayre”, nombre con el que los aborígenes canarios denominaban a su jefe tribal, y cuyo significado fue propuesto por el filólogo tinerfeño Juan Álvarez Delgado (1900-1987), derivado del vocablo bereber “amgar”, que significa grande, jefe, notable. De igual modo, el historiador y filólogo Ignacio Reyes, también tinerfeño, traduce el vocablo desde la primitiva forma “ggwair” que se traduce como superior, notable. Deduciríamos entonces que nuestro Guaire tiene raíces filológicas canarias, y no es descabellado, pues la afluencia de canarios a nuestro país durante el siglo XVII fue considerada masiva, estableciéndose una importante colonia. No faltan, sin embargo, estudiosos como el escritor e historiador Arístides Rojas, que consideraran el vocablo americano, y aunque sin base para exponerlo, derivaran Guaire del quechua “Huaira”, que significa “viento”. El Guaire, es un río afluente del Tuy, que recorre 72 km. Desde la confluencia de los ríos San Pedro y Macarao en Las Adjuntas, atravesando la ciudad en dirección sudeste.

Antes del siglo XX, no estaba contaminado, y como principal vía fluvial del Valle de Caracas, era navegable. Fue durante el gobierno de Guzmán Blanco a finales del siglo XIX, que se dotó la ciudad de cloacas y alcantarillas, ordenando que se usara el Guaire como vía principal de desagüe de las aguas residuales, encontrándose en la actualidad en una situación ecológicamente preocupante, sin que mueva la conciencia del ciudadano, o peor aún, por la directa responsabilidad en apersonarse, de los gobernantes de turno, quienes se atreven por ignorancia e insensibilidad, a motejar al noble río, de cloaca, y a los ciudadanos que bajo persecución se arrojaran a su deprimido cauce, de excrementos. Así leo, pues, como triste lema de recientes concursos literarios “Al Guaire, lo del Guaire”, repitiendo el infeliz tweet oficialista “A Dios lo que es de Dios. Al César lo que es del César, al Guaire lo que es del Guaire”, que en un afán de burla y desprecio se atrevieron a manipular las palabras del Maestro. Y la cuestión, es que les resulta un escupitajo al cielo, porque la nobleza del río, acunó la nobleza de los deprimidos manifestantes salvaguardándolos de la saña.

Ese Guaire deprimido, maltratado, reducido a miseria por las infames administraciones de Estado, resultó salvaguarda de vida y alivio a no menos maltratados y deprimidos ciudadanos que no dudaron en refugiarse a su amparo. La historia de Caracas ha estado estrechamente vinculada al Guaire y su cuenca. Son muchas las citas que desde la colonia se hacen a propósito de actividades que lo relacionan, así como a las quebradas Catuche, Anauco, y Caroata, que en amorosa red fluvial surcan la ciudad antes de desembocar en el Guaire, entregándole la esencia de la ciudad recogida desde el Ávila, San Bernardino, El Silencio y casco central, tomando en cuenta respectivamente el origen o recorrido de dichos afluentes. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, llegan al país, naturalistas con el propósito de realizar colectas botánicas y zoológicas, así como estudios de historia natural, y se realizan las primeras descripciones técnicas y científicas sobre el río Guaire y su cuenca. Entre estos pioneros destaca el ilustre naturalista alemán Alejandro de Humboldt, quien plasma notas y observaciones al respecto en su magna obra “Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Mundo”, como de igual modo hicieran el fotógrafo húngaro Pal Rosti, el pintor y zoólogo alemán Anton Goering, el escritor y expedicionario ingles James Mudie Spence, entre otros a quienes no pasó desapercibida la magnificencia e importancia del Guaire, abrevador de la sed de los caraqueños, que del servicio del aguador o aguatero colonial sostenían su vida. Fue en el noble oficio heredado de Castilla, de estos personajes, donde debiera recalcarse la hechura de ciudad. En la maravillosa obra en prosa “El Lazarillo de Tormes”, anónimo español del siglo XVI, una cita pone de relieve la importancia del aguador:
"Siendo ya en este tiempo buen mozuelo, entrando un día en la iglesia mayor, un capellán de ella me recibió por suyo, y púsome en poder un asno y cuatro cántaros y un azote, y comencé a echar agua por la ciudad. Éste fue el primer escalón que yo subí para venir a alcanzar buena vida, porque mi boca era medida. Daba cada día a mi amo treinta maravedís ganados, y los sábados ganaba para mí, y todo lo demás, entre semana, de treinta maravedís y me quedaba con todo lo que pasase de treinta maravedís diarios."
Imaginamos la visita diaria del aguador en casa de la familia Bolívar, y en la de todos los caraqueños, llevando el cántaro diario repleto de la dádiva del Guaire, así como futuramente se construyeran con igual propósito sobre los afluentes del Guaire, los embalses “La Mariposa”, y “Macarao”.

Pero no solamente la sed se ha abrevado con el río, también ha sido el Guaire fuente de luz, pilar de cualquier ciudad. En 1897, la Compañía Anónima Electricidad de Caracas, fundada en 1985 por el ingeniero Ricardo Zuloaga Tovar, instala la primera estación hidroeléctrica conocida como “El Encantado” en el llamado cañón del río Guaire, iniciando así la etapa de iluminación eléctrica de la ciudad de Caracas, pasando ésta a ser una de las pocas ciudades del mundo, y la primera de Latinoamérica, que para entonces contaba con fluido eléctrico continuo, gracias al aprovechamiento de corriente de agua, creándose luego, por la expansión demográfica, las estaciones “Los Naranjos” y “La Lira”. Guaire, Guaire, el notable, el superior, hoy reducido, convertido en el gran vertedero de la ciudad.

Guaire, Guaire, siento en su nombre los ecos de la dinámica fluvial que trazó los planos de la ciudad con generosidad paterna, desde los primitivos asentamientos en sus márgenes de los bravos aborígenes Caracas, la instalación colonial, hasta el perfil urbanístico que no cesa de crecer. Guaire, Guaire, el Sena y Támesis caraqueño que no goza del prestigio y orgullo que conceden franceses e ingleses a sus emblemáticos ríos, no menos contaminados, pero jamás maltratados de palabra, olvido e ignorancia. Guaire, Guaire, convertido por ignominia en el gran vertedero de la ciudad, que quizá sólo se sostiene por las vivres (wyvern), como el folclore druídico llamaba a la energía de la tierra, la gran serpiente promotora de la vida y fecundidad. Me atrevo a sostener que sólo por ello permanece el Guaire, por esa fuerza cósmica que seguro pulsa en los moradores de la gran ciudad que ha sostenido, y que ha hecho eco en las notas patrias “Seguid el ejemplo que Caracas dio”. No saben los opresores el enaltecimiento que han procurado al maltratado río, al compararlo en afán peyorativo con los ciudadanos que buscaron refugio en sus deprimidas aguas. El Guaire es Caracas, viva a pesar del daño, nunca reducida, a pesar del abuso. Caracas es el Guaire, grande, notable. ¿Al Guaire, lo del Guaire?, ¡sí!, ¡y a mucha honra!

(Imagen: Río Guaire.- Óleo de Manuel Cabré.-1915)

viernes, 3 de junio de 2011

RUTAS DE FE

UNA IMAGEN, UNA PUERTA, UN CAMINO…
 
TIBISAY VARGAS ROJAS
 
Los caminos de Dios son insondables, el hombre, los surca…
Para quienes vivimos en estos predios que los estados Guárico y Aragua ven reverdecer fulgurosamente cuando el invierno abre sus venas de agua, el nombre de Nuestra Señora de La Misericordia y Caridad, es, más que familiar, íntimo.
La fe del creyente local tiene en su corazón espacio y en sus labios invocación para la llama mariana de esta advocación, que según crónicas nació a principios del siglo XVII en suelo venezolano, en la casa familiar del entonces Alcalde de la Santa Hermandad Don Luís Ximénez de Rojas, de origen español, quien veneraba en altar familiar una pequeña imagen al óleo sobre madera de la Virgen de La Caridad, seguramente traída de España, y quizá herencia de familia.
La vivienda de Ximénez de Rojas se ubicaba en la sabana de El Chaparral de Suata (hoy San Juan de los Morros), espacio abarcado en jurisdicción por la ciudad madre o cantón del centro del país para entonces, San Sebastián de Los Reyes, fundada el 6 de enero de 1585 por el Capitán Sebastián Díaz de Alfaro, conquistador español natural de Sanlúcar de Barrameda, que atravesando vicisitudes y seis mudanzas, logró su asiento definitivo en las márgenes del río Caramacate. El 6 de enero del presente esta ciudad aragueña cumplió 409 años de fundada, y sus límites originales, imprecisos por cambios de asiento, a decir de historiadores y cronistas, abarcaban jurisdiccionalmente parte de los hoy estados Aragua, Guárico, Miranda, Carabobo, Cojedes, Portuguesa, y Apure.
Un incendio destruye la casa de Ximénez de Rojas, y el portento de quedar incólume entre las cenizas la imagen devocional, convierte a la zona de El Chaparral en lugar de culto y peregrinaje, hasta que la fama del prodigio, y testimonio de fe de quienes solicitaron en su necesidad a La Virgen de La Caridad el auxilio divino, hace que el 22 de enero de 1692, la imagen fuera trasladada a la ciudad de San Sebastián por disposición del 1lmo. Sr. Obispo de la Diócesis de Caracas y Venezuela para entonces, Don Diego Baños y Sotomayor, para su mayor protección en la iglesia parroquial, y con miras a la construcción en la ciudad de un templo para su exclusivo culto, que quedó concluido a finales de 1731.
Allí se entronizó entonces la imagen de la Virgen de La Caridad, para quedar como Patrona de la ciudad, que ya tenía a San Sebastián Mártir como Patrono desde su fundación, y posteriormente, para efectos de asegurar el mantenimiento del culto a la venerada imagen que desbordaba el afecto de feligreses y peregrinos desde su entronización, se fundó una hermandad que administrara bienes, e imprimiera responsabilidades, y que lleva por nombre desde el 4 de junio de 1792, de Cofradía de Nuestra Señora de La Caridad.
Todo este periplo acontecido a la imagen, ha marcado profunda huella en los devotos sansebastianeros, pero no menor aun, en los originales…
En reciente paseo por los predios de El Chino, caserío aledaño a San Juan de los Morros, y al cual se accede desde esta población a la altura de la zona de La Puerta, del lado derecho de la carretera nacional hacia Villa de Cura, las demostraciones de fe a Nuestra Señora de La Caridad, me conmovieron profundamente, y sé que de igual modo a mi esposo Jeroh, nuestra hija Valeria, mi amiga sansebastianera Belén Cristina, su esposo Alejandro, y a sus tres pequeños hijos, con quienes compartíamos el paseo de un soleado día de aventuras entre petroglifos y puntos de referencia histórica, como la antigua casa del Presidente del Estado Aragua para los años cuarenta Aníbal Paradisi, hoy abandonada, aunque en buen estado de conservación, y sobre la que pesan leyendas locales.
Nuestra sorpresa al descubrir a cuatro horas de transitar por carretera de tierra y difícil acceso, que el amigo Alejandro sorteó felizmente, la presencia de pequeñas oquedades talladas en la dura roca que flanquea el camino, y que resguardaban en su seno imágenes de la Virgen de La Caridad, con pequeños exvotos, flores y cirios, sobrepasó nuestro asombro. Y es que entonces caí en cuenta de la vecindad del primitivo enclave del culto: cerca, muy cerca, están los predios de El Chaparral.
Vecinos del lugar, gente de campo, que entrega a la tierra su esfuerzo diario, dan fe de que en el corral de ganado de una propiedad privada de la zona, están aún los vestigios de asiento de la que fuera otrora casa de Luís Ximénez de Rojas, propietario de la imagen, y por tanto, lugar de nacimiento del culto a Nuestra Señora de La Caridad, manifiestan además, que una pequeña capilla marca el sitio del portento.
No pudimos llegar hasta allí pues lo avanzado de la hora, y una avería del vehículo, nos hicieron poner marcha de regreso a San Juan. Sin embargo, es ya promesa en mi interior retornar cuando sea posible, para ver con mis propios ojos lo referido, y placerme en la memoria de un colectivo marcado por una fe popular que los siglos no han mermado, y que por el contrario, como relicario de amor profundo se mantiene en el recuerdo, y se cultiva hacia una imagen, más allá de una puerta, un camino…

sábado, 10 de julio de 2010

La literatura infantil, y el sentido ético del mágico imaginario de la infancia

Tibisay Vargas Rojas


La infancia es el rico instante en que para el ser humano todo es posible, porque todo cabe en la imaginación, y la literatura dirigida a los niños, es el mágico derrotero de las acciones, y el referente escrito de las decisiones.

El niño aborda el texto literario revalorizando, cuestionando, e imitando. Todo lector infantil o juvenil posee un cúmulo de intereses según su edad, y los especialistas de una u otra forma han tratado de clasificar etáreamente a los niños o jóvenes de acuerdo a sus intereses, tal el caso de Katherine Dunlap, investigadora de literatura infantil, quien señala una Edad Rítmica, una Imaginativa, una Heroica, y una Romántica.

Entre los tres y seis años el niño comienza su relación con la literatura, como oyente o como lector. Es la Edad Rítmica. Vive un universo sencillo donde la inmediatez, y la realidad que le rodea, acrecientan su imaginario a través de lo que la literatura le presente. Es la edad de la fascinación y el descubrimiento, la edad de repetir y sonar pues muy cercanas están las canciones de cuna. Los sonidos onomatopéyicos de los personajes, bien humanos, animales, y cosas, fascinan sus oídos y la imitación es casi instantánea, pues su sentido del ritmo es altamente agudo, y su atención al desarrollo de las acciones, bordea la emoción pura por la identificación con esos seres cotidianos que le brindan sus experiencias y le estimulan sentimientos, el niño no cuestiona, imita por placer.

La Edad Imaginativa arriba entonces entre los seis y ocho años, y su distancia con la realidad se manifiesta en su gusto por imaginar. Sueña, y a la par, la complejidad del mundo comienza a revelársele. Cuestiona, es el momento de las preguntas insólitas, el temor a lo desconocido. Se inicia en el entrenamiento de la razón llevando asida de la mano a la fantasía como el apreciado comodín de sus pensamientos y acciones. Los cuentos de hadas se enarbolan en su imaginario, como una posibilidad vivencial, anhelada y enriquecida.

Estas narraciones se originan en lo folklórico, en los relatos primitivos cuando el ser humano, al igual que un niño, temía e imaginaba que los fenómenos naturales tenían un origen mágico, y, como dice el francés reportero y crítico de arte René-Lucien Rousseau, “cuado las hadas ya no tuvieron lugar alguno en las creencias de la burguesía en ascenso, quedaron confinadas al dominio de los relatos para niños”. Este niño, al igual que aquel hombre primitivo, difumina en su mente la delgada línea que separa la realidad de la fantasía. Todos hemos nutrido esta etapa de nuestra vida con los cuentos de los Hermanos Grimm o de Charles Perrault, hemos hecho de alguna manera reconsideraciones de las situaciones de vida de “La Cenicienta”, de “Blanca Nieves”, o de “La Caperucita Roja”, hemos odiado y amado personajes, nos hemos identificado, y hasta deseado participar de sus experiencias, todo llevando el control de un imaginario que portentosamente nos hace salir airosos de un mal trance, gracias a una poción o a una varita mágica.

Cuestionar las acciones de los personajes de los cuentos de hadas, son nuestros primeros juicios críticos en una incipiente ética que aun no distingue lo real de lo imaginario, pero que se solidariza con el débil y el maltratado, que al final de relato se ve premiado, mientras que la crueldad del opresor, termina castigada y goza del más genuino rechazo.

A la pregunta de si todo esto que sucede en los cuentos de hadas es cierto, o no, debemos ser honestos sin desacreditarlos. La susceptibilidad de un niño en esta etapa, le marca de por vida. Se debe estimular su interés por la historia antigua, por los mitos y leyendas, por la búsqueda interior y la reflexión. La selección de dichos relatos debe ser minuciosa y delicada, rechazar la crudeza y crueldad extremas, entregar a sus voraces lecturas textos seleccionados, versiones que no lesionen y vulneren sino que sirvan al placer estético y al agudizamiento de la sensibilidad.

Entre los ocho y los doce años un cambio determina su gusto lector: arriba a la Edad Heroica. La imaginación sufre un detenimiento, y una etapa realista se enseñorea de su espacio mental y anímico. Los héroes tanto míticos como históricos, inspiran su imaginario. El niño se identifica y se proyecta a través del héroe, es una etapa interesantísima para darles a conocer epopeyas nacionales, personajes heroicos de la historia y mitologías universales. El niño critica y revaloriza las acciones de sus héroes, se parcializa y especula en los aconteceres, siente que esta ética del héroe le da sentido a la vida, fundamenta sus valores propios.

Al llegar a los doce años o trece años, edad en que al afinar su sentido crítico se inicia una reafirmación de su personalidad, ha arribado a la Edad Romántica. Las rebeldías propias de la adolescencia, son la clara señal de su inconformidad ante las imposiciones o ante todo aquello que no se ajusta a su sentido. Sus juicios de valor obedecen a una bien alimentada personalidad cuyos rasgos perfilan al futuro adulto que desea escudriñar al mundo a profundidad, invertido en un carácter romántico y caballeresco. La épica, y los libros de aventuras nutren su ya ambicioso gusto lector. Las vidas ejemplares los colocan ante una reflexión humanística y sensible, amén de un disfrute más exquisito en la contemplación de la vida.

Todo este periplo en la infancia y juventud lectoras, se cumple con sus variantes en función de las condiciones humanas tanto genéticas, como sociales y demás, es asunto del lector adulto, cercano a este lector en formación, ser el solícito y atento asistente del proceso a fin de garantizar el felíz desarrollo de un individuo.

En las manos y las páginas de padres, maestros, y autores, yace sensiblemente la responsabilidad del fundamento ético que detrás de todo imaginario labra conciencias, y define personalidades. Leamos para nuestros niños, entreguemos lecturas a nuestros niños, y más, leamos para el niño que nos definió, y aun vive.

martes, 11 de septiembre de 2007

EL MUSEO ARQUEOLÓGICO PANARIGUA



En el pasado mes de agosto saliendo de la Colonia Tovar, cerro El Limón, y en la vía, ya cercanos a Puerto Cruz, en un viaje de turistas, Tibisay Vargas Rojas, mi esposa; Valeria Montilla, mi hija; Emilio Vargas, mi suegro y este servidor, Jeroh Juan Montilla, encontramos en el Plan de La Ansermera el Museo Arqueológico Panarigua. Este fue fundado por el arqueólogo Luís Laffer en 1978. En ese momento estaba cerrado, según nos dijo un vecino al lugar, la encargada había salido al poblado más cercano a diligencias. Sin embargo pudimos fotografiar los petroglifos que estaban a los alrededores del pequeño galpón que funge como Museo.
Hurgando las poquísimas referencias que se encuentran de este Museo en Internet se dice que tiene “… la finalidad de resguardar para las generaciones futuras los petroglifos hallados en diversos sectores de El Limón y algunas colecciones arqueológicas provenientes de Margarita, Valencia y Falcón.” Frente a este Plan se encuentra una región montañosa que, según palabra de Eugenio (El Compa), el taxista que nos llevaba, se llama “La Fila de los Indios”, en ella también se encuentran yacimientos petroglificos.
Esperamos desde este blog contribuir al conocimiento de la riqueza arqueológica venezolana. Es de destacar que las excelentes fotos que aquí publicamos fueron tomadas por Tibisay Vargas Rojas con la cámara de su teléfono celular.
Don Emilio Vargas, Valeria Montilla y Jeroh Montilla


Valeria Montilla ante la fachada del Museo Arquológico Panarigua








martes, 28 de agosto de 2007

CHACAO, FILÓN DEL GUÁRICO


Tibisay Vargas Rojas*


Foto> Tibisay Vargas Rojas

La copa de un centenario árbol de mamón refulge a retazos por el aleteo de un gonzalito, y entre el siglo XVI y el XXI solo media un atardecer en Chacao.
Chacao, que en lengua aborigen significa “arenal”, fue el nombre de un hercúleo cacique morador del cerro El Ávila en la época de la conquista. Hoy por hoy denomina un municipio de la Zona Metropolitana del estado Miranda, y, extendido más allá, a un vasto imperio de chaparrales y pastizales en un lugar final del Guárico.
Tres horas a pie o veinte minutos en vehículo nos llevan desde la entrada al monumento Arístides Rojas, mejor conocido como Morros de San Juan, ubicados en la capital del estado Guárico, hasta el fundo Quebrada Seca, en la Comunidad Chacao, donde bajo la canícula de marzo, la sombra del vetusto mamón nos permite evocar el pasado colgados de la palabra de don Obdulio Pérez, puntal del fundo, quien nos acerca doscientos años de historia viva desde su bisabuela Ignacia Pérez, hasta su persona, entregados en cuerpo y alma a la faena ganadera.
Estos predios estaban amansados desde el siglo XVI para la crianza de ganado, ya que no para la explotación de oro, lo cual fue el señuelo inicial que atrapó la mirada del conquistador Garci González de Silva hacia este muro de calizas que sirve de parabán a las llanuras centrales. Tal vez fue la misma accidentada geografía la que terminó con el sueño de “El Dorado Guariqueño”, pero fue el inicio de la población de San Juan de los Morros, y del quehacer ganadero de la zona, oro de sangre caliente, estampa arrobadora del paisaje.
Refiere don Obdulio, que en los años veinte Chacao pertenecía a don Juan Febres Barrios, quien por la suma de setentaicinco mil bolívares lo vendió a El Benemérito Juan Vicente Gómez. Para entonces, su padre don Indalecio Pérez, estaba al frente del fundo velando porque la tradición familiar ganadera diese todo el provecho posible en días aciagos para el hombre del campo. Cuenta emocionado que a los trece años solicitó el cuidado de unas reses que destinaría para el ordeño, pues pretendía la confección de queso de mano. Este “utópico” proyecto del muchacho no tuvo obstáculos, mucho menos cuando la primera tentativa de venta del producto dejó en sus manos dinero para proveer de bastimento con holgura a la familia.
En este quehacer de alquimista transcurren sus días al lado de su esposa doña Ambrosia, de sus hijos, yernos y nietos, quienes participan de la recia faena ganadera, y de la mágica empresa de transformar la leche en el exquisito manjar que ofrece al comprador como Queso Chacao, nombre sonoro que muchos impostan, conocedores ya de la fama del original.
Y no descansa don Obdulio, sus manos dan para la confección de los blandos discos que dispone con esmero en recipientes para su forma final, así como para el retorcido de una soga de cuero crudo destinada a la labor de arreo y otros menesteres del fundo.
Una brisa tibia peina el pastizal, y en el patio aledaño a la casa las gallinas trepan adelantando la noche a las ramas del mamón donde otrora, el ave que tomó el nombre del conquistador Garci González, pues ornaba éste con su plumaje dorado su fiero casco, nos ha dejado un celaje de nostalgia.
Los niños de la casa corretean entre las patas del ganado que entra a pernoctar al corral arreado por los pequeños vaqueros, y el sol, que ya es una pepita de oro bordeando el horizonte, azafrana el lomo de los hermosos animales que el amor de una familia y la prodigalidad de los pastizales han convertido en un filón de este generoso Chacao.

*Escritora y poeta venezolana.(Este artículo fue publicado originalmente en la revista PUNTAL de la Fundación Polar , Caracas, num. 18 , año 2.005, pags 40-41.)

domingo, 11 de febrero de 2007

CAMELOT ESTÁ AQUÍ

Camelot está aquí
en San Juan de los Morros
el oscuro castillo que me invita
a franquear sus puertas
y borrarme
en este momento
la luna muerde la cúspide
del faro
es otra luz
destrozando la noche
otra mano
la que esto escribe.


Tibisay Vargas Rojas
(Poeta, docente)