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domingo, 27 de abril de 2008

DIARIO DE MOSCU 2006. SEGUNDA PARTE



Edgardo MALASPINA*



DOMINGO, 20 DE AGOSTO.

Converso con Katia, la hija mayor de Serguei, y le pregunto si recuerda algo del socialismo. Responde afirmativamente de manera rápida: “Para mí el socialismo es sinónimo de colas para hacer cualquier cosa. Nunca se me olvida, por ejemplo, como una vez estuve con mi mamá en una inmensa cola muriéndonos de frío, para comprar salchichas”. Dice esto ingenuamente y se ríe.

En Moscú las ventanas no tiene rejas, pero las puertas de los bloques habitacionales tienen claves para poder entrar. Serguei me dice que ese sistema se implantó después de los actos terroristas que terminaron con la destrucción de varios edificios. Son las 9 de la mañana, hace frío y todo está en silencio. Con Lida, esposa de Serguei, vamos al centro comercial Mega, parecido a un Sambil. Comemos en un local portugués y luego vamos hasta el Metro a pie. En la tarde paseamos por el bosque que rodea el apartamento de Serguei. La temperatura no pasa de + 22 grados. En la noche bebemos cerveza y hacemos pasapalos con caviar. María y Valia se fueron a la dacha de los padres de Alexei “a comer manzanas directamente de las matas”. Me dan de probar una bebida llamada Tan, preparada con leche, agua, hongos y sal. Se aprecia el sabor de la fermentación parecido al suero llanero. Casi a las once acompaño a Serguei a un kiosco ubicado en el bosque para comprar más cervezas, las cuales vienen en botellones de dos o más litros. Serguei comenta que ahora los rusos pueden ir libremente al extranjero, aunque no pasan del 2 % los viajeros, pero es síntoma de libertad, y luego agrega mientras coloca en una bolsa unas latas de conserva y unos quesos: “Antes estos productos no se conseguían en las tiendas para el pueblo, pero si en los comercios de la nomenclatura comunista”.

LUNES, 21 DE AGOSTO.

La temperatura es de +17 grados. Vamos a visitar la región donde vivíamos Natalia y yo que ahora cambió de nombre. Antes era la Plaza de Noguín, en honor a un revolucionario, pero ahora adquirió su antigua denominación: Kitai Gorod. Cerca está el Hotel Rossía, el cual están derribando, y un poco más allá está la Plaza Roja. El viejo edificio donde estaba nuestro apartamento está restaurado y transformado en un hermoso centro comercial con muchos locales y oficinas. Caminamos hasta el Museo Politécnico, conocido por sus objetos antiguos relacionados con la ciencia y sus conferencias semanales sobre diferentes temas .Allí cerca está otro museo curioso: es de los empaques .En el café Russki Vkus , (El Sabor Ruso), en Plena Plaza Roja, comemos pielmeni (raviolis rusos) y tomamos café. El mesonero espera la propina y yo recuerdo con sorna la lectura de un libro sobre etiqueta y moral donde se afirmaba que las propinas eran llagas características del capitalismo. El autor, soviético por supuesto, finalizaba su obra afirmando que si un ruso quería saber lo que era una propina debía viajar a los países corruptos por el capitalismo. La propina era una realidad en Rusia igual que en cualquier parte del mundo, pero solapadamente.

Llegamos hasta la Catedral de San Basilio, la recorremos y luego nos dirigimos al Jardín de Alexander para contemplar el fuego eterno dedicado al soldado desconocido. La gente se tira sobre la grama para descansar, y eso antes no era permitido. Todo es nuevo para mí, veo cosas que eran inimaginables durantes el socialismo: muchos kioskos con todo tipo de comidas, muchos buhoneros con una gran variedad de souvenires y bagatelas, muchos carritos de perros calientes con pepsicola y otras bebidas imperialistas.

Caminamos hacia la Casa de la Amistad (antes Casa de la Amistad de la URSS con los pueblos del mundo), que una vez perteneció al rico comerciante Morozov , quien fue unos de los pocos burgueses identificados con los bolcheviques, y cerca de allí veo en una vidriera una marca de cigarrillos, de las más baratas y baja calidad en tiempos del socialismo, llamada Prima. Pero es una cajetilla especial, con un nombre especial y un diseño especial: Prima Nostalgia , toda de color rojo con una imagen de Lenin en el centro…

Las calles tienen otros nombres, los establecimientos también. Todo en correspondencia con los nuevos tiempos que se viven. Llegamos a Arbat, el boulevar más famoso de Moscú por sus artistas, pintores, poetas, escritores y ventas de libros y objetos de artes. También allí están los cafetines y los comercios de souvenires. Compro un libro de Turguenev que quería leer desde hace tiempo: Notas de un cazador. Un poeta recita sus versos, un hombre habla de su nuevo libro, un pintor propone hacerte un retrato, un fotógrafo carga un maniquí de Putin para que aparezca en un cuadro junto al presidente.

En la época soviética fue creado un muñeco, para comiquitas y dibujos animados, que era el más querido de los niños: Chiburashka. Es una especie de animal parecido a un oso, pero no es un oso, tiene la cara redonda, los ojos grandes y las orejas enormes. Él es prototipo de la inocencia para los pequeños, pero un adulto puede ser llamado Chiburashka de manera despectiva para significar que es un tonto o una persona sin importancia. ¿Por qué hablo de esto?, bueno, porque veo una venta de franelas y gorras con el rostro del Ché Guevara y la inscripción: Ché-burashka.

Estoy aturdido, por lo que debo hacer un alto. ¿Qué es lo que queda del Poder Soviético? Queda la palabra revolución, empleada como sinónimo de oferta. Por ejemplo, en una tienda es común observar un cartel sugiriendo la compra de tres artículos por el precio de dos. Antes de la propuesta se coloca la palabra REVOLUCIÓN. Queda Lenin para hacerle propaganda a un cigarrillo sin filtro de baja estofa; y queda el champaña que todavía se llama Soviético, muy buena por cierto. Vaya, vaya, el viejo Marx tenía razón: nada es estático, todo es cambiante, todo es, pues, dialéctico, muy dialéctico. No debo asombrarme, la teoría se corresponde con la práctica.

Caminamos hacia el Metro. Muchos jóvenes tienen cervezas en sus manos y beben. Esto era una inmoralidad durante el socialismo. Observo que se construyen muchas iglesias. Stalin destruyó mil templos. Los rusos tienen un sentimiento de culpa y actúan como si quisieran saldar una deuda con la historia , con las generaciones pasadas. Recuerdo al filósofo Juan Nuño cuando una vez afirmó que en Rusia las convicciones religiosas eran más firmes debido a las persecuciones. Converso con la gente y concluyo que los rusos ya no aceptan la tesis de que su historia comenzó en 1917 con el triunfo de los bolcheviques. Creen que le deben tanto al zarismo como a la revolución.

Cruzamos cerca de Diestki Mir (El Mundo Infantil) , la tienda de juguetes más grande de Moscú Desde allí se observa la redoma frente a la antigua KGB, pero sin la estatua de Felix Dzinski, el fundador de la policía secreta. Una vez sentí admiración por la dureza de ese hombre y me conmoví cuando leí una de sus biografías titulada Felix significa feliz.

A las 11 de la noche regresamos al apartamento. Allí viven también dos mascotas: el perro Elf, negro, lanudo y muy obediente; y la gata Murzia, que maulla tristemente cuando no están sus amos.

Leo Relatos de un Cazador. En alguna parte Turguenev habla de las tabernas de aldeas, donde se reúnen los amantes de la caza; del reproche que alguien hace contra los que matan los pájaros del cielo y los animales del bosque; y sobre los curanderos, quienes usan las hierbas junto a la oración, porque nadie fuera de Dios tiene poder para curar…

MARTES, 22 DE AGOSTO

A las 7 y media salgo a pasear con Elf. Siento frío. La gente camina apresurada hacia el Metro, pero muchos otros pasean a sus perros por las aceras amplias o las muchas veredas de la zona boscosa. Brigadas de jardineros podan los árboles y arreglan las flores, variadas, bellas y coloridas.

Elf me da una lección: ataca a los perros de su tamaño o a los más pequeños. Cuando es abordado por un animal más grande se queda quieto, no respira. Sin duda sabe elegir a sus enemigos. Una anciana lleva con una cadena un perro que parece un zorro blanco. El perro-zorro se abalanza sobre mí y la viejita me calma: “No se preocupe no pasará nada, lo olerá nada más”. Y en efecto así es.

En un puesto de periódicos compro el Pravda, Izvestia y Konsomolka, diarios que conocía desde mis tiempos de estudiante. Ignoro sus nuevas orientaciones editoriales. Hoy es día de la bandera rusa impuesta por Pedro El Grande con sus colores blanco, azul y rojo. Las dos últimas franjas han servido para tejer todo tipo de suposiciones con respecto a Miranda y la bandera nuestra.

Visitamos una clínica privada (se llama Oris) que tiene todos los consultorios de especialistas. La práctica médica privada era inconcebible durante el socialismo. A la salida comemos chebureki, empanadas de Georgia , hechas de trigo y con carne de oveja , grandes y grasosas, pero muy sabrosas. Pruebo el Kvas en lata, y es tan sabroso como el producto endógeno en vasos. Tal vez en lata es más higiénico.

Las Estaciones del Metro ahora están escritas, además de ruso, en letras latinas. No más falsos nacionalismo, por lo visto, y las ventanas se abren al mundo. La estación Montañas de Lenin, que es abierta para ver las colinas, se llama ahora Borobiski.

En el Libro Médico adquiero un ejemplar de filosofía para médicos, una historia de la medicina de mi profesora Tatiana Sorokina y un manual de fisiopatología de mi profesor Victor Frolov. Me agrada que estos textos de mis maestros sean los oficiales, recomendados por el Ministerio de Educación ruso para las facultades de medicina.

Almorzamos en restaurant Drova (La Leña) con pelmeni, torta de manzana y kvas.

Las propagandas comerciales de TV son interesantes; por ejemplo, para demostrar la eficacia de un detergente lavan una franela que dice URSS y tiene la hoz y el martillo. En otro corte comercial unas mujeres en minifaldas y pantalones calientes recomiendan viagra. Los comunistas hubiesen hablado de traición a la patria en el primer caso, y de degradación femenina en el segundo.

*Médico, docente, poeta e historiador venezolano.

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