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jueves, 24 de julio de 2008

EL DOCENTE QUE TENEMOS Y EL DOCENTE QUE QUEREMOS, REFLEXIONES EN TORNO A UNA DISYUNTIVA ÉTICA

Tibisay Vargas Rojas*






Cuando accedemos al máximo documento legal que rige las acciones del Estado, la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, y leemos el Capitulo VI, de los Derechos Culturales y Educativos, el artículo 104, encontramos el siguiente texto: “La educación estará a cargo de personas de reconocida moralidad y de comprobada idoneidad académica”. Quedan más que explícitas las condiciones requeridas para ejercer el papel básico en la guía de los destinos que regirán el país y que se responsabilizarán de su desarrollo: el papel del maestro.
Este título, “maestro”, del latín magister, “principal” o “perfecto”, ha sido a través de los siglos, el término que se acuña a quien ejerce la función de docente, término este último también derivado del latín docens, entis, “que enseña”, y por supuesto quien enseña tiene el deber de ser perfecto.
No es irse al extremo del concepto que encierra el término “perfecto”, puesto que el mismo seria inaplicable a una naturaleza en particular, sobre todo a la humana en términos relativos y discutir sobre lo mismo llenará eternamente páginas filosóficas, sino situarse sobre la altísima responsabilidad que debe asumir quien tiene a su cargo la dúctil naturaleza de niños y jóvenes que merecen el mejor y mas justo de los tratos tanto físicos, intelectuales, morales, mentales, y por qué no estéticos, para construir, definir, y desarrollar sus naturalezas y potencialidades.
El actual paradigma educativo venezolano, sienta sus bases en el modelo constructivista, que asegura cumplir la premisa de satisfacción integral del individuo, promoviendo la construcción de su conocimiento a partir de si mismo, teniendo como guía responsable de ello al docente a su cargo, quien responderá a las pautas de la política educativa del estado, que en el caso de Venezuela, y yendo de nuevo a La Constitución; Capítulo III, art. 103 , expone que: “Toda persona tiene derecho a una educación integral, de calidad, permanente, en igualdad de condiciones y oportunidades, sin más limitaciones que las derivadas de sus aptitudes, vocación, y aspiraciones”, en otras palabras, que cada quien manifiesta y entrega según su naturaleza y potencial, hablando del estudiante, y alguien ayuda y guía en el proceso, hablando del docente.
La tradición educativa venezolana ha sido muy clara en la exposición de estos motivos. Si se hace retrospectiva a las primeras décadas del siglo XIX, se encuentra a El Libertador Simón Bolívar, cuando ya la Gran Colombia era un hecho y con motivo del regreso a América de su maestro Don Simón Rodríguez, dirigiéndole en una carta fechada 19 de Enero de 1.824 las siguientes palabras: “¡Oh mi maestro! ¡Oh mi amigo! ¡Oh mi Robinson! Usted en Colombia, usted en Bogotá y nada me ha dicho, nada me ha escrito. Sin duda es Ud. El hombre más extraordinario del mundo… Con que avidez habrá seguidos mis pasos dirigidos por Ud. Mismo. Usted formo mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que Ud. Me señaló.”
Son líneas más que explicitas de una concepción que se ha mantenido a través ya de dos siglos, y que hoy más que nunca urge de aplicarse: el docente ético e idóneo.
Repasando el devenir social y político del estado venezolano, y enfocando particularmente el caso de la educación sistematizada, destaca el hecho de que siempre se ha puesto énfasis en las exigencias que se hacen a quien aspira el desempeño docente, más la respuesta en el “deber ser”, que se traduce necesariamente en el desarrollo integral de país, ha dejado mucho que desear. ¿Es que acaso la realidad de la educación venezolana se manifiesta en la dualidad: el docente que se tiene y el docente que se quiere?, y, ¿a quién compete la responsabilidad de ello?. Evidentemente al mismo estado, pues yendo al citado art. 104, también se lee: “El ingreso, promoción y permanencia en el sistema educativo, serán establecidos por la ley y responderá a criterios de evaluación de méritos, sin injerencia partidista o de otra naturaleza no académica”. Nuevamente la ley es más que clara y puntual, sólo que tal vez no se cumple puesto que los resultados, evidenciados en la calidad del producto que es el estudiante, no es la esperada, y esto se evidencia año tras año, bástese tomar la muestra de cualquier proceso evaluativo final, en cualquier periodo, de cualquier institución educativa, en cualquier nivel.
Claras están las pautas, y siempre ha sido así, que se espera un docente probo, idóneo, ético, competente y actualizado, sin temor al cambio, que es la tónica de los tiempos, hoy más que nunca que la dinámica tecnológica, la superpoblación y la condición cada vez menos rural del país se patentan. Sin embargo ese docente no se manifiesta.
Tiempo atrás se achacaba esta deficiencia a la actitud que muchos maestros tomaban en su desempeño: el distanciamiento, la suficiencia basada en el desprecio de un criterio que difiriera del suyo, los métodos de evaluación netamente cuantitativos, el espacio inadecuado para el desarrollo del proceso enseñanza- aprendizaje (cuatro paredes en un aula), la falta de recursos, entre otros. Hoy día es inexcusable dicha actitud tomando e cuenta el énfasis puesto en el desarrollo del paradigma constructivista en la educación que requiere un docente cuyo perfil comprenda ser creativo, innovador, estimulante, motivador, comprensivo, tolerante y crítico, y sería verdaderamente “mala fe” obviarlo. Cursos y más cursos de capacitación, amén de la formación académica para la docencia, los medios de comunicación, y hasta el discurso cotidiano en las relaciones humanas, enuncian a vox populi la propuesta.
Es pobrísimo entonces asegurar que ello se debe a la falta de formación e información, puesto que de ser así se pondrían en entredicho las propuestas de las entidades formadoras de docentes: universidades y pedagógicos, que dependen del Ministerio de Educación como ente rector, y quien se guía a su vez del prospecto legal subrayado en la Ley Orgánica de Educación y su Reglamento. Y si no es la formación y el esfuerzo puesto en ello quien falla, no queda otra que volver los ojos al individuo, a su realidad , a su satisfacción. ¿Está satisfecho el docente?. Para nadie es desconocido que ha sido subpagado y desconsiderado, tomando en cuenta que la compensación socio-económica proporcional a su esfuerzo y desempeño ha dejado mucho que desear, y no es menos cierto que en los últimos tiempos se ha tratado de paliar la situación con políticas que se proponen mejorar su economía (aumentos y bonos.). Pero, ¿son totalmente satisfactorios?, ¿llenan sus expectativas y/o necesidades?, ¿están a la par de las exigencias de la economía nacional?, ¿el costo de la vida y el poder adquisitivo del docente están en justo equilibrio?. La corriente humanista manifiesta que la satisfacción de las necesidades, optimiza las acciones del individuo. Tal vez dentro de estas reflexiones repose la respuesta al por qué se tiene al docente que “se tiene”, y no al docente que “se quiere”, que debe ser el que “se debe”.
Las fotografías corresponden a la película "La lengua de las mariposas" (1.999) del director español José Luis Cuerda.
*Poeta, docente universitaria y estudiante de la Especialización en Docencia Universitaria de la UNERG. (San Juan de los Morros, estado Guárico)