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jueves, 11 de septiembre de 2008

LA LLANERIDAD VENEZOLANA EN EL SIGLO XXI ENTRE ETNOCIDIOS Y ETNOGÉNESIS

Ponencia leída en el: X SIMPOSIO INTERNACIONAL DE HISTORIA DE LOS LLANOS COLOMBO-VENEZOLANOS Y I ENCUENTRO NACIONAL DE LA CULTURA LLANERA JOSÉ LEÓN TAPIA “Una Visión del Llano Total” 10 al 13 de Julio del 2008



Adolfo Rodríguez*

“Fue la rebelión de la llanura, la obra del indómito viento, de la tierra ilimite contra la innovación civilizadora” (R. Gallegos, 1977 (1929): 139)



I. MOTIVACIÓN

Con una diferencia apenas de dos meses dos columnistas del diario El Nacional de Caracas asumen negativamente la cultura llanera, sin que se produzca la esperada respuesta de un país que años antes se enorgullecía de su llaneridad. Uno es Eduardo Mayobre, para quien pocas diferencias observa entre llaneros, gauchos y cowboys, en lo menos aleccionador de sus respectivas heteroimágenes. Mientras que Gerardo Zavarce en la edición del 19-06-2008, del mismo diario, comentando el video “Guajibeando” de Juan Carlos Rodríguez, asume que con él “se rompe con el estereotipo del llano y los llaneros” (1). Dejando claro, por nuestra parte, que se trata de artículos de prensa, en los que los temas no se abordan con la indispensable profundidad. El mismo Zavarce habla de poner en evidencia lo “invisible del paisaje del llano”. La etnografía francesa, a su vez ha pasado su lente por esos contornos resaltando también “ese fulgor de sangre” de que habla Zavarce en lugar de “los rumores” que hicieron variar a Santos Luzardo los lentes “civilizatorios” con que esperaba redescubrir la tierra de sus ancestros (2). Aludo aquí a Jaulin (1974) para quien el llanero es intercambiable con genoetnocidio y a Clamen Thibaud (2006) con su carga de dudas acerca de la condición libertaria de los nativos de las huestes procedentes del llano.
También de estos primeros meses del año, por lo menos hay otros tres testimonios, que de una u otra manera, colocan la cuestión llanera en el eje del huracán:
La ponencia “Los llanos del Orinoco: viejas identidades, nuevas dinámicas(el caso de Venezuela)” del doctor Horacio Biord Castillo (IVIC-UCAB, 2008) advirtiendo cómo se llaneriza a Venezuela, mientras el llano es desllanerizado. Un curioso fenómeno, de indudables aristas perversas, si observamos que, usualmente, lo ofertado a Venezuela son baratijas culturales, mientras el llano es despojado de su patrimonio a cambio de las “candilejas” de una modernidad ilusoria. Quedando patria grande y patria chica, mutuamente trasquilados, creyendo que nos las hemos comido.
La novela de Teófilo Oropeza Bye-bye, Doña Bárbara Caracas (¿): Editorial Libros Marcados, (2008), que, como observa Herrera Marcano, “en cuanto a lo de la parte de odio de su relación con el llano, es peceptible que no es propiamente tal. Es más bien un reproche por no ser como él cree que debería ser y podría ser”.
Y como si fuera poco el Premio Anagrama de Ensayo del presente año (2008), recae en el estudio de Gustavo Guerrero Historia de un encargo, alusivo al proceso que origina la novela La Catira de Camilo José Cela. Autores ambos, uno en 1954, otro en 2008, que, involuntariamente, ponen al llano y los llaneros en la órbita de un debate internacional sobre hispanidad. Aquella vez para servir de pegamento entre dos dictaduras y la segunda para advertir acerca de un puente que no fue satisfactoriamente demolido. Quizá ahora tampoco en que, con intenciones exorcistas, se reconstruye el deplorable affaire, acudiendo a simpar metódica, copiosa información y virtuosidad crítica y literaria. El trabajo desmitificatorio resulta exitoso, aunque discutible en lo que se refiere a “la secreta ecuación histórica a tres términos en la que se funden y se confunden venezolanidad, llaneridad y cesarismo, que a su entender hierve, “por encima o por debajo de la trama de La Catira como ficción nacional y alegoría política”.
Guerrero se manifiesta intrigado de que Venezuela siendo “un país con una geografía muy variada…. se representa a sí misma tradicionalmente como llanera”.
No repara Guerrero en sugerir la necesidad de una conceptualización de venezolanidad y llaneridad, como expresiones de alteridad sociocultural, quedando restringido al estereotipo belicista propuesto por Vallenilla Lanz en la época de Gómez y retomado bajo la dictadura de Pérez Jiménez (3).

NOTAS

(1) Sobre un tratamiento del tema de las guajibeadas, sin poner en tela de juicio la identidad llanera, véase La Rubiera de Eduardo Mantilla Trejo, ediciones El Guarracuco Blanco, Bogotá, 1984 y Las Guajibiadas De Silvia Aponte, 1983.
(2) R.T. Caldera (1980) en un denso ensayo centrado en la cuestión de la identidad, advierte "La Respuesta de Gallegos" (titulo de dicho estudio) como "una transición de la irrealidad a la realidad a través de su paso del soñar al hacer y de la proyección de un yo ficticio al conocimiento propio fundado en la experiencia". Gallegos se sirve, en dicho cuento, de la metáfora relativa al silencio nocturno en que la realidad emerge a través de "los rumores de la noche". Y que retoma en Doña Bárbara cuando el protagonista civilizador decide quedarse en el Llano y échase a dormir "sereno el espíritu, lleno de confianza en si mismo”, "la emoción apaciguante del paisaje natal... los nombres familiares" (p. 37).
"Y entretanto, afuera los rumores de la llanura arrullándole el sueño, como en los claros días de la infancia: el rasgueo del cuatro en el caney de los peones, los rebuznos de los burros, que venían buscando el calor de las humaredas, los mugidos del ganado en los corrales, el croar de los sapos en las charcas de los contornos, la sinfonía persistente de los grillos sabaneros, y aquel silencio hondo, de soledades infinitas, de llano dormido bajo la luna, que era también cosa que se oía mas allá de todos aquellos rumores".
El resto del relato puede interpretarse como una progresiva comunión con estos rumores tal como ocurre a uno de sus personajes de la novela "Sobre la misma tierra" al encontrarse ä sí misma en uno de los sentimientos fundamentales de su raza: la compenetración con la Naturaleza”. Que en "Doña Bárbara" se pone de manifiesto en ese capítulo de intención ambivalente -"La Rebelión de la Sabana"- suficiente para el sometimiento a aquella resignificación que resume uno de los personajes al proclamar que al Llano como "la tierra de Dios". La identidad como un descubrimiento de la índole sagrado del lugar de origen, que legitima, a su vez el retorno de las cosas "al lugar de donde salieron" (p. 172)
3) Véase el estudio “Doña Bárbara y La Catira”: caminos paralelos, horizontes opuestos” de Adolfo Rodríguez (2008)

II. DESLINDE POR EL LENGUAJE

Para dilucidar un poco este enredijo en el que voy andando, acerca de lo condenable y rescatable llanero, acudo al lenguaje: no es lo mismo llaneridad (1) que llanerocentrismo. Aquel como mitopoiesis o ethos de un pueblo, mientras el otro como petrificación para fines dominadores, ya sea por vergüenza o arrogancia.
Considero la llaneridad como un legítimo metabolismo exosomático, emergiendo no sólo desde la tierra (“mi verso viene del llano” clama Sánchez Olivo) sino de los más ancestrales fondos culturales que fueron una vez uno con ella (“piel de monte” dice Silvia Aponte para decir de la suya). Llaneridad es continuidad, no ruptura, reelaboración, no implantación, neoetnicidad, no trasplante. Esa humanidad nueva que aquí se forja sobre el caballo aclimatado ya en la llanura, o es indio o es hispano marginal o es afrodescendiente. Un mestizaje que se forja desde una praxis y no desde el hecho racial, desde la tierra y las culturas que metaboliza, encapsulando los cuerpos extraños, para reabsorberlos y preservar una índole territorial, en la razón primera y última de su fisonomía: la libertad. De allí la sabana abierta, donde el tránsito del hombre se hace por caminos que andan como dice Arvelo, sea por agua o por tierra. Y el caballo, la res, el arpa, la bandola, el canto, la copla, el bahareque, la silla de montar, tuvieron que reconocerse allí. No dominarán, si no que convivirán con la casa en piernas, el conuco, la curiara, el casabe, el maizal, la chicha, el tasajo, las ribazones, el chigüire, He allí por qué las cuadrillas del orden colonial se sorprenden que en rochelas, cumbes o patucos, estén indios misionados o no, junto a esclavos mansos o cimarrones con peones blancos o mestizos. Siendo que muchas veces el hato, sustraído del terror del amo, fue un ámbito para una mediación similar, a la que no pocas veces se adscribieron mayordomos y hasta “dueños”. Una cultura cimarrona que dio lugar a la palabra “recio” con toda la carga certificadora o no de calidad, que nunca excluye, si no que ofrece las condiciones requeridas para la propia reproducción y la de quien quisiese establecerse allí. Inter-ettnicidad, no etnocentrismo.
Una cultura del anti-poder, en cuanto que empeño fijador, excedentario como apunta Izard, sin más patria que los cascos de sus caballos, como observó este mismo autor, irreductible a nada que no fuese el cielo o su sombrero por encima de su testa.
Serán luego otras circunstancias las que desaten los enfrentamientos, las exterminadoras “entradas”, la reducción a poblado, ordenanzas de llano, etc.
Cuando aparezca el etnónimo en la escritura no será para denominar al dueño ni a sus intermediarios (los mayordomos) si no para referirse a quien desempeña el trabajo en el hato o en los arreos. Un ejercicio aprendido en aquellas llanuras, sobre aquellos caballos indómitos, ante aquellas manadas cerriles. Y es por eso que sugiero tener mucho cuidado cuando se trate de hablar de trabajo de llano y trabajo de hato, no porque hubiera conciencia en tal diferencia (a menos que sí la hubiera) sino porque probablemente permite distinguir entre llaneros propiamente dichos, así como entre peones llaneros y criadores llaneros. Cuando arrecian los conflictos inter-clasistas, aquellos harán uso de su irresistible llaneridad (Toros libres, potros sueltos /que corréis a vuestro antojo; / me enseñasteis lo que es la vida / libre, ancha, sin enojo) mientras que otros se harán instrumento del poder para oprimir y explotar, a veces en nombre de ese etnónimo, prestigiado ya. Fue así como fraguaron los modelos de liderazgo. Unos para la libertad como el de cabezuela que ostenta Antonio Sánchez por proteger indios, frente a otros modelos como el de jefe de cuadrillas, caporal o capataz, para fines personalistas o de dominio.

NOTAS

(1) Llaneridad para Reyes, S. (2006) es intercambiable con lo que Clifford Geertz llama “ethos”: “la actitud subyacente que un pueblo tiene ante sí mismo y ante el mundo que la vida refleja”. Mientras que para Crespo, L. A. (2004), es “la compostura, el habla y la imaginación, el apero y la encordadura (que) se niegan a que los estrechen los nacionalismos, son la llanura en sí, la emparejada llaneridad”, a modo de clamor ante las fronteras (pp. 159-160) (3).

II. RELICTUS ÉTNICO

“...la barbarie tiene sus encantos, es algo hermoso que vale la pena vivirlo, es la plenitud del hombre rebelde a toda limitación” (Rómulo Gallegos, 1977 (1929):164)
La asunción de la etnicidad como programa, ideología o doctrina frente al proyecto de “los otros”, es decir; como conjunto teórico consciente y orgánico, presumo que arranca con el poema “La Silva Criolla” de Francisco Lazo Martí publicada por primera vez en 1901 en “El Cojo Ilustrado”. La mencionada obra está elaborada a la manera de un vasto mural en el que al mismo tiempo que se visualiza la especificidad ecosistémica y cultural, se formulan votos a favor del hecho étnico regional y se denuncian las amenazas contra la estabilidad intrínseca a la dinámica sociocultural.
Inicia con una convocatoria (“Invitación”) para que el convocado abandone la zona montañosa o, mejor dicho, la gran ciudad: “Ven de nuevo a tus pampas / abandona / el brumoso horizonte / que de apiñadas cumbres se corona...”
Y como explicando la llamada: “Ah de las cumbres, baja la nieve a entumecer las almas: / las almas que han soñado en el desierto / a la rebelde sombra de las palmas / y bajo el cielo azul, claro y abierto”.
Lo que hay que abandonar forma parte de los valores específicos de la dominación: “los festines”, no la fiestas; “los afanes de la corte” que conducen a la humillación, “la falaz visión de pórticos y plintos” atrae / y deslumbra la virtud sucumbe (Lazo Martí. F., 1989: 159-163).
Seguidamente, en 1903 aparece la primera recopilación de coplas del Llano: Cantas llaneras de González Bona, y dos años después, la primera obra orgánica acerca del llano: El Llanero de Víctor M. Ovalles.
Ante la campante extinción, la etnia, a nuestro parecer, genera respuestas alternativas para sobrevivir y auto-reproducirse. Dalton (1966) percibe hacia 1912, rastros de lo que fue ese antiguo modo de vida: “Los peones pasan gran parte del tiempo holgazaneando, charlando, fumando y tocando guitarra o maracas. De cuando en cuando, sin embargo, se ve mucho ajetreo y actividad… En muchos casos prevalece la más absoluta inactividad y negligencia; el ganado se desplaza como mejor le parece, y los seres humanos se contentan con llevar una vida miserable antes que afanarse por mejorarla” (p., 204).
Un año después, Manuel Díaz Rodríguez (1968) registra el predominio de la nota llanera en la poesía que se está publicando, acrecentada en 1914 con el estreno de la zarzuela venezolana Alma llanera.
“Las incursiones de EAC (Arévalo) y de MA (Azuaje) habían puesto en evidencia que los llaneros seguían siendo invencibles en su territorio…” observa Izard (1986:62). Refiriendo Sánchez Olivo, con respecto al combate del 20 de mayo de 1922 en Guasdualito, que ningún campesino delató la revolución “según era de revolucionario el pueblo de Apure” (Olivares, 1987:25).
En 1926 es el concurso sobre “El gaucho y el llanero”, que gana Alfredo Arvelo en Poesía y destina el monto para un monumento a Lazo Martí, en un gesto pro-étnico, que promueve, a su vez, la solidaridad de varios intelectuales residenciados en Caracas: “todos ustedes son llaneros, en mayor o en menos grado”, les comunica.
Añadiendo que, por nacimiento o modo de ser, “Pedro Emilio Coll es algo más que llanero: es llano, mismamente llano, con su amplia y luminosa cabeza por donde corren como libres potros, los ágiles pensamientos, mientras revuelan con limpio velo de garza, las donosas y sutiles imágenes” (Angulo Arvelo, 1985:287).
Carta en que Arvelo discute la presunta afirmación de Rafael Cabrera Malo de que “el llanero no existe porque lo mató el alambre de púas, como si en las sabanas circundadas de púas de alambres se enlazara novillas en automóvil, y la doma de potros cerriles hiciese por medio de ondas hertzianas, y la castra de los toros la practicaran colegas, émulos quirúrgicos de Córdoba y Fermín Díaz…” (Ibídem: 285).
El renglón el prosa lo gana L. M. Urbaneja Achelpohl, para quien “el alma llanera….se revela en toda su integridad, en un afán de conquista, en una ansia de espacio y de vida” (1973:317).
En 1929. cuando José Rafael Rodríguez Viso, demanda preservar valores a modo de ejes reguladores o centros de gravedad de la cultura regional, aparece Doña Bárbara que con Cantaclaro” (1934), configuran las dos grandes sagas del Llano, aunque su autor Rómulo Gallegos – excelente escritor caraqueño, no dominaba a saciedad todo el universo que estaba epopeyizando.
Y como contemporáneo, quizá, a dichas novelas la larga crónica El Diario de un Llanero de Antonio José Torrealba, el principal informante que Gallegos entrevista en su viaje al Cajón del Arauca en 1927. Su objeto es algo así como historiar el proceso vivido por la etnia desde el instante en que la declinación parece inevitable desde 1898 aproximadamente hasta los años cuarenta del presente siglo. No es posible determinar cuando fue iniciada es escritura, pero tiene sabor de vasto mural de vida llanera, así como de registro amoroso, resistencia y persistencia.
La obra de A. J. Torrealba (1986) parece proponerse la formulación de una cartilla regional reveladora de lo que podríamos denominar una auténtica ética llanera. Allí condena ciertos vicios como el alcoholismo (T. III, 163; I, 407), pero también hacia un imperativo expresado en una orientación hacia la vergüenza propia, que es el orgullo del ser regional, a manera de coraza contra toda dependencia y humillación (Torrealba, II, 68; Pocaterra, 1961:272).
Reproduce Torrealba las palabras que un personaje de la ciudad emite acerca de los llaneros: “esta gente, la moral la tienen desde que nacen, tienen más educación moral que lo pobladores de las grandes ciudades…” (T. V, 264).
Y paralelo, también, el más importante reportaje escrito en Venezuela sobre el trabajo de hato y la suerte de la ganadería apureña aproximadamente en el mismo lapso antes mencionado: la obra Por los Llanos de Apure de Fernando Calzadilla Valdés publicada por primea vez en 1942, y expresiva de una necesidad étnica-regional de mostrar sus virtudes en una época de crisis.
Calzadilla Valdés (1948) cuya preocupación por los asuntos del llano es anterior a 1898 (Cabrera Malo lo refiere en su novela Mimi), y es de los que se entusiasma con la llegada de los ingleses al Llano y la venta de hatos a éstos, revelaba en 1941, o antes, su desencanto al respecto, porque “manejar hatos no es asunto de compañías anónimas, ni de inteligencias, ni de expertos contabilistas”. Recusación para afirmar conterráneos versados en la brega, sin flojera, superiores a los peones en inteligencia y disposición igualándolos cuando menos en “destreza y resistencia…” (p., 160).
En los años treinta se estrena en Caracas la obra El Puntal, título alusivo al joven que por sus dotes para el trabajo de llano, es comparado con el eje de una casa. En l texto se alude el interés capitalino por lo regional llanero, hecho que pudimos evidenciar con un ligero examen de la prensa de la época: “ahora todo el mundo en Caracas habla del Llano”...
Década en que Ovalles publica sus opúsculos Llaneros auténticos (1933). Un Andaluz del Llano-Alto (1937), y La Jira de un farmacéutico (1942).
El período democratizador iniciado en 1936 con Emilio Arévalo Cedeño en la gobernación del Guárico y Gallegos en el Ministerio de Instrucción Pública, señala una fase para el Llano que no es de recuperación, si no de mayores riesgos para la estabilidad étnica, porque quienes habían sido sus defensores bajo la dictadura, y proseguían proclamando cierta identidad con la etnia, ponen en práctica políticas y estrategias que contradicen tales pronunciamiento, porque promueven la escolaridad, el uso de camiones para trasladar ganado y molinos para el agua, en tanto que Gallegos propugna la tesis civilizadora de Santos Luzardo, asumida por todos los partidos políticos llamados modernos, uno de los cuales – Acción Democrática – proclamará las banderas de la tradición, sin arrear las de la modernización, inscribiéndose en los planteamientos inspirados en la concepción evolucionista decimonónica.
José Rafael Pocaterra en conferencia de 1939 en San Juan de los Morros, convoca a la recuperación del ethos regional (Revista Pecuaria, Caracas, 8 y 9 de mayo y junio de 1939, pp., 29-32).
Expertos hubo que también se alarmaron ante los cambios que se estaban introduciendo y señalaron remedios, como el médico veterinario Paulo Emilio Llamozas, de formación uruguaya:
Llama la atención en 1939 a fin de que las soluciones para “Nuestro Llano y su Problema Pecuario” surgiesen “de la cuidadosa observación de nuestro sistema de crianza y explotaciones pecuarias”, procurando desechar cuanto “sea inadecuado a nuestro sistema pastoril o que demande enormes erogaciones”. Así que estima desconocimiento del Llano y su llanero, la amenaza de aplicarle “la fórmula del alambre, agua, tractores, pastos artificiales de una sola vez para todo el campo”. Y recomienda el mantenimiento de los potreros como se estaban usando en los hatos, pero casi el resto de propuestas son innovaciones que pronto se impondrán.
De 1941 es la primera versión de Florentino y El Diablo de Arvelo Torrealba, un texto que, con el resto de la obra poética de este autor barinés, no cesa de generar entusiasmo a músicos, ensayistas, cineastas. intérpretes vocales y hasta políticos.
El llano parece desatado, en numerosas manifestaciones literarias: ensayos, poesías, cuentos, novelas, traducciones, estudios folklóricos y relatos históricos, cada vez más creciente, que cuenta entre otros valiosos autores, los nombres de la talla nacional de José Rafael Pocaterra. L .M. Urbaneja Achelpohl, Diego Córdoba, Andrés Eloy Blanco, M. Figuera Montes de Oca, Leonte Olivo, Francisco Izquierdo, Juan Iturbe, Antonio Arraíz, Miguel Lorenzo Ron Pedrique, José Machado, Sergio Medina, Trino Celis Ríos, José Salazar Domínguez, Carlos M. Laya, Cunninghame Graham, Juan Penzini Hernández, Rafael Carreño Rodríguez, Manuel Mirabal Ponce, Aquiles Nazoa, Pedro Sotillo, Rodolfo Moleiro, José Tadeo Arreaza Calatrava, Téofilo Trujillo, Miguel Lorenzo Muñoz, Manuel E. Beroes, Ernesto Luís Rodríguez, Luis Barrios Cruz y muchos más, algunos nativos de la región, otros residenciados por propia voluntad en San Fernando de Apure, aproximadamente desde 1918, al parecer ansiosos de cierto sentido de patria que creían avistar en aquellos paisajes y hombres.
Texto sagrado de los llaneros, pronunciamiento ante al avasallamiento etnocida, puede catalogarse los poemas de Sánchez Olivo, recogidos en el poemario Por los rumbos del recuerdo (1978, 1975), con versos mayoritariamente escritos en la década del cincuenta, a manera de respuesta a la descomposición cultural como reforzadora de la política de “cemento armado”, Sánchez Olivo habló en nombre del llano y de los llaneros y como lo falsificado era, sobretodo, la autenticidad expresiva de la región. Expone así su “ars poética”:
“Mi verso viene del llano / y vuelve al llano: / de allá viene, hacia allá va, / por el rumbo del recuerdo. / Como me lo dio la tierra asimismo lo devuelvo / rudo, orgulloso, sencillo sin adornos forasteros” (p.37).
Prosiguiendo con el rechazo a “los moldes que han fabricado los técnicos”, “lo que es gramática,” qué cosa llaman metro”, (p., 37). Arremetiendo asimismo contra la música “disfrazá”, es decir “la otra falsificá” que “se los juro, por Dios santo, del llano no tienen ná” (pp., 105-106).
Territorialidad y correspondiente cultura: “Llanura de mi cariño / dentro del pecho te cargo; / tu me enseñaste a ser hombre / y me diste lo que valgo” (Ibídem: 113). Agregando líneas luego: “porque no soy letrado, / doy lo que me dio la tierra” (pp., 117).
Un modo de ser leal, agradecido, recíprocante, que caracteriza al llanero, como se desprende del único relato del libro (“La leyenda del carrao” (pp., 129-131). “para mi lo que vale / es ser del llano un buen hijo” (p., 43). La autenticidad que es aliada de la lealtad, y que en el caso de las etnias es expresión de una continuidad, cuya alteración puede ser fatal: “mi calidad no la cambio / ni por el oro más fino” (p., 43). Fatal para la etnia, cuya perennidad reside en la persistencia de la especificidad de su cultura y su espacio: “Ese Juan Bruno Espinosa, / José Natalio no ha muerto, / como no morirá tú / ni tampoco moriremos / los que llevamos metido / muy hondo a Apure por dentro / pues nuestra alma forma parte del llano inmenso (pp., 63-64). Añadiendo que “cuando se acaben los rumbos / y el horizonte… allá lejos…/ entonces José Natalio, / si es verdad que estamos muertos / aunque andemos caminando / muy vivos de carne y huesos (p., 65).

IV. ETNOGÉNESIS LLANERA EN LOS ÚLTIMOS SESENTA AÑOS

V. Rago refiere que durante la década de los 50”, la música “llanera”, cuya difusión nacional tenía cada vez más un creciente interés, tuvo como “único exponente” a Juan Vicente Torrealba:
“El rasgo definitorio de la música torrealbera-ofrecida como la “más pura bella de Venezuela” –era su simplicidad (sic) y su retocamiento...., con el fin de despojar las formas populares de las asperezas y de la rusticidad que la hacían difícilmente aceptable al gusto del público urbano, especialmente el de los estratos medios, mercado natural e inmediato del producto”. (1988: 26-27).
Un sesgo con equivalentes en lo que refiere también al baile, al vestuario y el código lingüístico, para descargar a los miembros reales o potenciales de la etnia de tales “energías” con que se preserva o recupera la etnicidad.
Que bajo circunstancia dictatoriales (1948-1958), representa un aporte al cuerpo doctrinal requerido por la abrupta modernización impuesta en el campo de la construcción y del transporte automotriz.
La respuesta no se hizo esperar, y refiere Rago que “aproximadamente a partir del decenio de los 60, el llano comienza a mostrar un rostro distinto, a través de músicos y poetas populares que en número creciente son acogidos por las casas grabadoras, las viejas figuras llaneras postergadas…. resurgente ahora al lado de nuevos representantes, correlativamente la música “llanera” oficial abandona el escenario y termina por refugiarse en el dudoso asilo que le ofrecen los valores y fórmulas al uso, susceptibles de brindar un aura de cultismo y distinción.” (IBIDEM: 27).
Sin que olvidemos que la reacción llanera anti-perezjimenista comienza bajo la égida del mismo Torrealba, en sus grabaciones con Ángel Custodio Loyola, que capitaliza el fervor regional de manera aglutinante, hasta el punto de que en torno a sus interpretaciones (“San Rafael”, “María Laya”, Tierra Negra”, La Catira”, etc.) se irá tejiendo toda una confabulación de adhesiones y simpatías, que desembocan en la misma Universidad y en todos y cada uno de los sitios donde se ejerce una clandestinidad esperanzadora.
Días, en que por Colombia, Ramírez Argüelles (2002) analizando el Llano, sugiere “vigorizar las artes de la llanería, el código ético y económico vernáculos. Para que el nuevo desarrollo, no sea un monstruoso engendro de superposiciones técnicas” [1]
Sumándose, a tal empeño vigorizador, la producción literaria de José Antonio De Armas Chitty que publica en 1949 Zaraza; biografía de un pueblo” y en 1961 Tucupido, que representan los más antiguos esfuerzos por levantar un hábeas completo acerca de los modos de la vida de comunidades llaneras. Sin descuidar la especificidad regional. Su afán, empañado ligeramente por su identificación con los ganaderos y cierto evolucionismo progresista, no deja de aproximarse a la necesidad de que la asimilación de lo extraño o “nuevos” se realice “afianzado en las raíces” (1979b: 21). JADCH es autor de una veintena de obras casi todas vinculadas con el Llano.
La prolongada popularización del empeño modernizador cristaliza en la intelectualidad venezolana, como un hecho natural, suficiente como para que muchos de los escritores identificados con la etnia llanera, desplieguen banderas contradictorias, paralelas o híbridas al respecto, pudiendo decirse, entre otros, del mismo Gallegos, de Andrés Blanco y hasta del apureño J.C. Sánchez Olivo, no obstante la gestión de éste, desde los años cincuenta hasta 1988, en que fallece, como abanderado de una inquietud nacional por el derecho de los llaneros a la supervivencia y la diferencialidad.
El escamoteo de las identidades étnicas que en el continente americano tiene sus más remoto antecedentes en el proceso del llamado “descubrimiento”, en lo que se refiere a la neoetnia llanera ofrece, en los años cincuenta del siglo XX, una nueva fase desidentificadora expresada en la creciente falsificación de las “energías étnicas”, que en 1929 convocaba J. R. Viso Rodríguez a fin de que hiciese “bullir en las venas la sangre con la potencialidad de la savia en el renuevo” (“El Joropo se va”, en Letras, San Fernando de Apure, XVII (720), 10-VIII-1929).
Caso elocuente lo representa la obra de José León Tapia, médico barinés, historiador por afición, que sirviéndose del testimonio oral genera una vasta producción “épica” acerca de acontecimientos que alcanzan aproximadamente los últimos cien años del Llano, con un afán tesonero de concebir “canciones de gesta” parcialmente ciertas, parcialmente ideadas en el marco de una voluntad poetizadora que imprime una fuerza mítica indispensable al mantenimiento de la etnicidad, y su reabsorción por los “autores” anónimos de dichas obras y su vasta audiencia. Demás está decir que en tales “cantos” se percibe toda la carga contestataria dimanada de unos actores que han venido siendo objeto del despojo de todo el sistema de signos fundamentadores de su ser: tierras, relaciones, códigos; “novelas historiadas” que constituyen en sí mismas actos de recuperación, a través de la codificación lingüística local, los referentes históricos, geográficos y patronímicos, los saberes y las capacidades, la especificidad ecosistémica, coherentemente entrelazada como muro de contención al empeño desetnizador.
Se trata, la obra de Tapia, de toda una cosmogonía de la etnicidad regional.
Feliciano Acevedo, médico guayanés, es autor de Cincorreales, una novela sobre lo llanero, que para el autor “vive todavía puro en muchas partes de nuestro gran llano, y ojalá no le perdamos como hombre, con conciencia, con leyenda” (1985: 20).
Igor Barreto que en 1989, se sustrae de su condición de poeta urbano para escribir y publicar Crónicas llanas, asume como claves el “paisaje-agua y el viaje del ser hacia esa geografía del origen. Viaje que es destino eterno del llanero”. Otros dos escritores apureños: Manuel Bermúdez y Edgar Colmenares, con significativa producción en el estudio del país nacional a través de investigaciones en los campos de la semiología y la lexicografía, han orientado también sus inquietudes hacia la comprensión del hecho regional llanero. El poeta Enrique Mújica en su primera novela Acento de Cabalgadura (1989) ofrece un mosaico de historias acerca de una porción del llano, desde uno de sus habitantes, bajo el tiempo crucial diagnosticado como cierre de esa querencia cultural.
El País Ausente (2005) de Luis Alberto Crespo, recoge sus artículos en el diario El Nacional, casi todos volcados a una irremediable identificación con el llano, que ocupa casi cien páginas de las 565 dedicadas a tomar el pulso a Venezuela. Subtitula “esa región como nosotros” la sección llanera, con la que ha deambulado ya a través de reportajes y poemas: Si el verano es dilatado, Novenario, Rayas de lagartija, Costumbre de sequía, Resolana, Entreabierto, señores de la distancia, Medicina o nunca, Sentimentales, Como una orilla, Más Afuera, Duro, Solamente, La íntima Desmesura.
Cinco jóvenes poetas llaneros y un promotor cultural son los ejecutores de la gestión más productiva, desde el Guárico, a favor de la difusión de la historia, la poesía y la narrativa regional
Arturo Álvarez D´Ármas, autor del poemario “Plantado en Tierra Llana” y bibliógrafo de la llaneridad desde 1980, aproximadamente, ha izado dos banderas exitosas y campantes: el programa de publicaciones Viento del Sur Editores y los Encuentros de Poesía.
Jeroh Montilla, autor con Tibisay Vargas de una preciosa antología titulada Pasollano, administra los bloggs Historiografías y Tierra Llana, cartelera que ha dado a conocer la obra de Mujica, Adhely Rivero, Alí Pérez, Alberto Pérez, Eugenio Montejo, Ángel Eduardo Acevedo, Tibisay Vargas y otros.
Edgardo Malaspina, poeta, ensayista y cronista, lleva casi cuarenta títulos de su fecunda A. C. Editorial Guárico.
Argenis Ranuárez es artífice de hojas semanales que dan cuenta de la inagotable cantera de creadores regionales.
Rubén Páez, desde la fortaleza en que ha devenido el Ateneo de Calabozo, con sus acercamientos, presencias y difusiones de los ganadores de los concursos de poesía y ensayo, que llevan los nombres de Lazo Martí y Daniel Mendoza, las dos columnas de Hércules de la llaneridad regional.
Salvador Lara, poeta y cuentista de los campos, quien, con pasión carbonera coordina los programas oficiales sobre literatura regional.
Del 2007 son dos de las entregas de la Fundación Editorial El Perro y La Rana del Ministerio Popular para la Cultura: La poesía popular de los llanos de Germán Pinto Saavedra y Leer Llano de Leonardo Ruiz
Ave solitaria, trotacalles e incesante, es la del poeta y pintor de la llanura Felipe Rodríguez.
Mientras que en Aragua, el suplemento Contenido Literario del poeta Alberto Hernández, semanalmente agasaja con densos y deslumbrantes ensayos de este y otros colaboradores, a quienes más atención les merece ese sur plano que e plácido valle que habitan.
En el área de la ciencia, con su centro de operaciones en las universidades, también se localizan importantes estudios referidos, más o menos, a la cultura llanera. A saber.
1) Por cincuenta años Francisco Tamayo, lo recorre y reporta en estupendos estudios. Tanto como Mauricio Ramia y otros. Los enfoques “marxistas” aportan indudables luces en lo que se refiere al conflicto que sufren dichos modelos societarios sometidos a situación de acorralamiento económico y social. Entre éstos: El Hato venezolano de Gastón Carballo (1985) y Formación del latifundio ganadero en los llanos de Apure de Adelina Rodríguez Mirabal (1986). Otra es la orientación, más bien rastreadora y tesonera que cumple Virgilio Tosta, para dar cuenta de lo que significa Barinas como vastedad imperial. Pudiendo ubicarse dentro de un espectro de pasión geográfica los estudios que adelanta Pedro Cunill Grau.
2) Los estudios etnolingüísticos, inscritos en cierto modo en el diferencialismo cultural: Nydia Ruiz y Víctor Rago, iniciadores de lo que podríamos considerar un esfuerzo investigativo permanente de la etnia, por cuanto su interés es extensivo a la totalidad regional, orientados por la semántica analítica aportada por una línea de trabajo propuesta por el tutor de la tesis, profesor B. Pottier. En su trabajo referido a “Cuestiones de métrica en la poesía popular llanera venezolana : la medida versal” (1988), Rago observa lo que es un convencimiento que lo guía, de manera “irremediable”, en la tarea de profundizar científicamente lo llanero: “más allá de las vibraciones debida a la fuerza de su propio dinamismo, la configuración etnocultural llanera se sobrevive a si misma, esforzándose por alcanzar un sentido de continuidad que, dentro de la necesidad del cambio, preserva como trama flexible un juego de referencias válida para la sucesión de las generaciones”. Renglón en el que caben, las investigaciones etnolingüísticas de Edgar Colmenares Del Valle.
3) Un tercer lugar lo representan los estudios etnohistóricos, que tienen en el profesor Miguel Izard, del Departamento de Geografía e Historia de la Universidad de Barcelona, España, un conspicuo intelectual de la etnia, porque de manera sistemática desde 1981 genera trabajos de investigación documental, fundamentalmente en archivos, a objeto de demostrar la invasión de los Llanos por los ganaderos, con su secuela terrible de legislación y praxis represiva, y correspondientes respuestas, en un lapso de tiempo que se perpetúa hasta el presente.
Mientras que el ensayo de Luis Britto García El Llano constituye uno de esos hermosos frescos sobre la región, literarios más que históricos. Transcribimos este final esperanzador:
“ Un día, el llanero dejará la soga por el alicate, y el caballo por el vehículo de motor, y la sabana por la refinería de hidrocarburos, mudanza que constituiría mejora de no ser porque los primeros son eternos, y los segundo transitorios.
“Al andar por los llanos, no sabemos cuando saludamos por vez última cada gesto y cada escena. A menos que la infinita adaptabilidad y la paciente sabiduría del hombre de la sabana encuentren también cómo sobreponerse a esta nueva prueba, la vida del llanero, tal como la hemos visto aquí, se confundiría cada vez más con el recuerdo” (1986 : 76).
4) Caso especial el de Mariano Herrera con su tesis sobre el modelo educativo que debe regir para la perpetuación y la reproducción de la etnia, de acuerdo con sus expectativas de continuidad. Actualmente (2008) Herrrera dirige ensayos de formación en hatos de Apure.
Brito García (1986) habla acerca de “la infinita adaptabilidad y la paciente sabiduría del hombre de la sabana” que habrán de permitirle que se sobreponga a esta “nueva prueba” para que “no se confunda cada vez más con el recuerdo” (p. 76). Coincidiendo con planteamientos de Lanz (1981), Izard (1981), Herrera (1984), postula que “el modo de vida llanero constituye algo más que una manera de surtir carne y leche a las urbes cada vez más desproporcionadas: su tesón, su indomable orgullo, su invulnerabilidad a una naturaleza hostil y su respetuosa convivencia con ella, constituyen las bases de una forma de existir a la que el país deberá regresar alguna vez. Los desgastes que la transculturación creciente opera en esta vida; la atracción del circulante de las ciudades le arrancan al llano, con cada hombre, no un par de brazos, si no siglos y acaso milenios de decantada cultura que el hacinamiento y el transistor disiparán irremediablemente”
Tanto Brito como Herrera manifiestan el cuidado que cumple observar cuando se reemplaza un saber y un hacer forjado con paciencia y originalidad: “La formación de un tipo humano como el llanero no puede ser suplida con cursos de capacitación o sustituida con tecnologías dependientes: es el resultado de un intenso y centenario proceso de tradición y de transmisión oral de valores, actitudes y aptitudes”. Clamando a su vez por procesos de extracción minera que pueden “acelerar o llevar a niveles críticos el proceso de erosión que la cultura del petróleo ha emprendido en otros ámbitos rurales”.
Inquietud que, aproximadamente, desde comienzos de la década de los años ochenta, ha estado ofreciendo una sólida demostración de continuidad y organización a través de jornadas de llaneridad, seminarios sobre el Llano y el Llanero, encuentros de cronistas y escritores, simposios de historia y centros de estudio auspiciados, entre otras instituciones por las universidades llaneras de Venezuela (Unellez y Unerg) y Colombia (Unillanos). Hasta el 2008 son casi una veintena los encuentros de cronistas e historiadores guariqueños y más de diez los simposios internacionales de historia de los llanos colombo-venezolanos. Destacan allí, entre otros los trabajos de Eduardo Mantilla Trejo, Alberto Baquero Nariño, Nelson Montiel, Yarisma Unda, Héctor Publio Pérez, Argenis Méndez. Una indetenible producción de estudios, poemas, ensayos, narraciones, referidos a la región. Sin mencionar las áreas ambientales de administración especial ubicadas en el Llano, estaciones biológicas y experimentales, el boom del ecoturismo local, la proliferación de espacios para la celebración del coleo y el canto llanero, la discografía, etc.
“Un fenómeno de creciente proporciones, aunque de poca visibilidad social”, que para Biord (2008), “en una época signada por la globalización… constituyen evidencia insoslayable de la emergencia o re-emergencia de la identidad llanera como expresión de la tendencia estructuralmente opuesta: la particularización”. Estimando “demasiado temprano para calificar estos fenómenos como procesos de etnogénesis” (2).
Otros como Chacón Pérez, R. (2004) hablan de “una revancha del antiguo llano animista”, refiriéndose a un “inesperado insight” que experimenta y le hace recuperar recuerdos de su infancia.
Fui testigo excepcional y adolorido de uno de los más intensos instantes de esta hora de creciente descivilización del llano, cuando José León Tapia, desde su tribuna en la ciudad de Arauca, en lo que parece haber sido su testamento étnico, manifestaba estar como oteando unos derroteros perdidos y, horas más tarde, pude presenciar como se alborozaba entre una audiencia entusiasta, que lo oía referir historias tras historias, entre el mágico contento, que aquellos mundos le deparaban.
“Las credenciales irreversibles de origen” invocadas por A. E. Acevedo (2004).

Notas

[1] Ramírez Argüelles. “El Llano y su presente: Descripción y Análisis del Llano en 1954, en Caribare 12 de octubre, noviembre de2002, pp., 217-227
(2) Hidalgo V., A. (2004), a partir de los postulados de la antropología relacionista, define lo étnico como alteridad: “capacidad…de conceptuarse a sí mismos y de ser conceptuados desde el exterior como heterogéneos culturalmente” Agregando: “sentirse diferentes y de ser reconocidos como grupos diferentes por la sociedad mayor”. Explicando la etnogénesuis como “emergencia o reemergencia de procesos de reetnificación”

V. REPUNTES DE ETNOCIDIO EN EL SIGLO XXI

En 2002 Fudena, enumera entre las principales amenazas ambientales que pesan sobre el llano: la tala indiscriminada de bosques para abrir paso a un estilo de desarrollo agrícola y/o ganadero inadecuado, al contaminar los ríos con fertilizantes, pesticidas y otros agroquímicos. Así como la actividad petrolera ambientalmente irresponsable, las aguas residuales procedentes de las ciudades y de los pueblos, el represamiento inadecuado de los ríos, la pesca descontrolada y la caza ilegal, que ha puesto en peligro muchas de las especies presentes en la ecorregión, entre otras la tortuga arrau, el cardenalito, el cuspón, el caimán del Orinoco, el perro de agua y el manatí. Para lo cual han sido decretadas desde 1950 once áreas bajo régimen de administración especial en los Llanos (Fudena protege la biodiversidad de los Llanos, en El Nacional 25.de mayo de 2002)
El profesor Horacio Biord Castillo, en conferencia dictada en abril del 2008, en el IVIC, comenta lo que considera “la llanerización de Venezuela y la desllanerización del llano”, como las dos caras de una misma moneda, con circulación de tal manera compulsiva, que sólo cuenta con la resistencia de lo que ese mismo catedrático denomina “etnogénesis”, como aquella actuación de los sectores empeñados en mantener la mencionada especificidad.
“La llanerización de la cultura venezolana causó también la des-llanerización del llanero. Al generalizarse lo llanero como atributo esencial y constituyente fundamental de lo venezolano, lo llanero real fue vaciándose de contenidos. Si todos los venezolanos eran, de cierta manera, llaneros la medida de la especificidad llanera, sus indicadores principales, tenían que ser también muy amplios para que pudieran calzar con “tipos” y “grupos regionales” muy diversos”. Agregando que “El llanero imaginado (es decir el llanero como construcción, como mitema, como elemento ideológico) arropó al llanero real, le restó visibilidad, y lo fue sustituyendo progresivamente en la conciencia social venezolana”.
Una dialéctica perversa, que cumple a nivel de todo el país una función desetnizadora. En su interesante disertación, Biord hace referencia a hechos que han influido en la dinámica etnocida a nivel regional como nuevas actividades económicas (explotación petrolera, capitalismo del campo, etc.), inseguridad. Procede un levantamiento de los numerosos hechos que inciden en esa pérdida patrimonial y las alternativas para acciones de continuidad, recuperación o reordenamiento cultural. .

BIBLIOGRAFÍA Y HEMEROGRAFÍA BÁSICA CONSULTADA

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BIORD, Horacio. Los Llanos del Orinoco: viejas identidades, nuevas dinámicas (el caso de Venezuela). Caracas: Centro de Antropología “José María Cruxent” del IVIC- UCAB, 2008 (versión mimeografiada).
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*Historiador, poeta y docente venezolano (San Juan de los Morros, estado Guárico)
Fotografía de Arturo Alvarez D'Armas (Sabana apureña cerca del río Arauca, 24 de julio 2007)

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