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jueves, 9 de octubre de 2008

DIARIO DE MOSCÚ, 2006. PARTE 6.

Edgardo Malaspina*


SÁBADO, 2 DE SEPTIEMBRE

Hoy se cumplen 859 años de la fundación de Moscú. Por todos lados hay fiestas, conciertos musicales y competencias deportivas. Las amenazas de lluvias fueron conjuradas: aviones cruzaron el cielo moscovita y bombardearon las nubes. Fuimos hasta la Plaza Roja, pero estaba cerrada. Las calles tienen pocos automóviles. Nos dirigimos a la Galería de Tretiakov fundada en 1856. En mis tiempos de estudiante la visité varias veces. Además de los retratos de Pushkin, Tolstóy, Dostoyeski y Chéjov me llaman la atención tres cuadros: La Trinidad de Andrei Rubliov, considerada la obra más perfecta del arte antiguo ruso; Los bogatires de Victor Vasnetsov que muestra a tres héroes de la épica rusa y , según los entendidos, refleja los orígenes, peculiaridades y fuerza del carácter nacional del pueblo ruso; y el más famoso de Iliá Repin: Iván el Terrible y su hijo Iván. El zar mata a su hijo, heredero de la corona en un ataque de ira. Por cierto, la primera vez que miré ese cuadro me impresionó tanto que me hice la pregunta de por qué lo mató. El guía sabía que los visitantes suelen hacer esa interrogante y se adelantó a mis pensamientos para expresar: “Gente mediocre quiere indagar por qué lo mató. En realidad ese aspecto no es el que quiso transmitir el pintor porque es secundario. Lo importante es la tragedia reflejada en el rostro de Iván el Terrible. La tragedia del padre que hiere mortalmente a su hijo e instantáneamente se arrepiente.”

Bueno, eso es cierto, pero la pintura tiene tantas interpretaciones como observadores y ahora entiendo que la tragedia está en un cúmulo de razones: el zar mata a su hijo por considerar los trajes de su esposa (la del hijo) poco decentes. Por otro lado, Iván el Terrible tenía un humor que los sicólogos ilustran a través de un hombre con una Biblia en una mano, y en la otra una piedra. Por eso se arrepintió en pleno acto. La tragedia va más allá para ubicarse en el ámbito de las enfermedades mentales. Tal vez neurosífilis. Mi profesor de Medicina Forense, Alicievich, participó en la exhumación de los restos de Ivan El Terrible en el Kremlin y solía contarnos que en los huesos del zar encontraron mercurio, usado en la época para tratar la enfermedad venérea, sobre la cual Frolov solía bromear recordando las palabras de Virchof: “Todas las enfermedades provienen de los nervios, de los malos momentos de la vida , excepto la sífilis que es consecuencia de un rato agradable…”

La prensa recuerda al actor Eugenio Leonov, muy conocido por el público ruso y quien hoy cumpliría 80 años. Murió en 1994. En una entrevista dijo : “Lo que más aprecio en una persona es su bondad. La bondad activa, es decir, su disposición a ayudar al otro”. “Todo es perdonable, excepto la traición”. “Dios está en el corazón de la persona, y eso no le permite , por ejemplo, pegarle a un perro o maltratar a los padres”.”La felicidad consiste en vivir sin miedo”. “La familia es la única cosa por la que vivo”.

Vi algunas de sus películas, pero el especial recuerdo Estación de Bielorrusia, sobre los veteranos soviéticos de la segunda guerra mundial.

En el periódico Sovietskaia Rosía (Rusia Soviética) Zioganov, secretario general del partido comunista de Rusia, en un discurso, insta al Kremlin a cambiar el curso del país para volver a los tiempos del socialismo. También escribe un artículo, que me gustó bastante, sobre el Día del Conocimiento celebrado ayer. Se titula “Escuela, una gran palabra”. Lo inicia así: “Del Mundo Antiguo nos viene la palabra escuela. No existían universidades, no había institutos, pero existían escuelas. Escuela de filósofos, de matemáticos, de médicos. A través de los siglos cruzaron las escuelas de Platón, Pitágoras e Hipócrates. El valor de sus ideas soportaron la prueba del tiempo” Luego habla de la escuela de la vida, de la escuela soviética que hizo posible preparar soldados para ganar la segunda guerra mundial, pero también para ganar otras batallas como la conquista del espacio, etc…

En la noche vamos al bosque, donde los muchachos hacen una parrilla.


DOMINGO, 3 DE SEPTIEMBRE

Paseo treinta minutos con el perro. Hace buen sol pero también frío, aunque pasable. En el interior del Metro no noto el cambio de sistema político: es el mismo Metro con sus estaciones hermosas, sus mármoles y piezas museísticas.

Vamos al museo de León Tolstoy en la calle Prechistenhka. Es uno de los más viejos de Rusia y fue inaugurado en 1911; pero funciona desde 1920 en su sede actual, una casona construida entre 1817 y 1823. Aquí están casi todos los originales de las obras de Tolstoy, incluyendo un pequeño detalle que nos da idea acerca de su tenacidad con la pluma : más de cien cuadernos de sus diarios, que llevó desde 1847 hasta cuatro días antes de su muerte en 1910. También reposan para impresión de nuestro espíritu diez mil cartas que escribió a diferentes personalidades y cincuenta mil que recibió…Hay fotos originales del escritor como un daguerrotipo de 1849, y muchas otras desde ese año hasta el de su muerte. En una vitrina está el anillo que Tolstoy le regaló a su esposa por haberle pasado en limpio Ana Karenina.

Cerca del museo de Tolstoy está el de Pushkin, el fundador de la literatura moderna rusa y el más grande poeta de esa lengua. Tiene varias salas con los ambientes de la época del bardo. En una recuerdan a los decembristas: El 14 de diciembre de 1825, en San Petersburgo, coronaban al Zar Nicolás I. La coronación, bajo las tinieblas del inclemente invierno, terminó en una sublevación; los más progresistas militares rusos intentaron derrocar al régimen autocrático para tratar de implantar un sistema democrático. Ellos pasaron a la historia como los decembristas. La rebelión fue sofocada sangrientamente y sus líderes ahorcados o enviados a Siberia. Se sabe con certeza que los decembristas tuvieron en Bolívar una de sus fuentes de inspiración y que además los sucesos de 1825 suscitaron en el Libertador un gran interés: se tambaleó uno de los bastiones de la Santa Alianza, enemiga de la libertad de América. Los historiadores rusos afirman que la afinidad de ideas entre Bolívar y el decembrista Pavel Pastel significa más que una simple coincidencia. Unos meses después del frustrado golpe de San Petersburgo a las mazmorras siberianas llegaba una carta dirigida a los decembristas: “llegará el tiempo deseado, caerán vuestras pesadas cadenas...” El autor de la carta era Alexander Pushkin, y el prolegómeno de la misma constituía su inmortal poema A Siberia; dedicado a los decembristas. Pushkin, antizarista y de ideas libérrimas para su tiempo, era gran admirador de Bolívar, esto se puede constatar al leer su exquisita novela – poema Eugueni Oneguin: se refiere al personaje principal que solía usar elegantemente “el sombrero a la Bolívar”. Por cierto, en el museo esta un libro de la primera edición de ese poema. Otra sala esta dedicada exclusivamente a la novela La Dama de Picas, considerada por J.L Borges como la mejor de la literatura rusa. Algunas vitrinas muestran documentos originales con la firma de Pushkin. Llama poderosamente la atención la mascarilla del poeta, tomada inmediatamente luego de morir en el desigual duelo; junto a ella la última pluma que usó y un mechón de pelos.

Los rusos admiran y aman a Pushkin; su monumento en Moscú es sitio permanente de visitas. Los enamorados y recién casados le llevan flores como muestra y compromiso de amor. Sus versos son recitados constantemente. Uno de los más conocidos, sin nombre especial, habla de una frustración amorosa. Le hice la siguiente traducción:


A usted la amé; y puedo amarla aún como ninguno

la llama del amor no se extinguió en mi alma

mas no quisiera ser inoportuno

sea feliz en las mieles de la calma.


La amé sin esperanza y con locura

los celos me arrastraron a un tormento

la amé sinceramente y con ternura

como ojalá la quieran un momento.


Salimos. Las calles están solitarias. En una pared una placa recuerda a los hebreos comunistas fusilados por Stalin. Así les pago el sátrapa la defensa que hicieron de la Unión Soviética durante la segunda guerra mundial. Más allá está la estatua de Engels, el amigo que más de una vez le mató el hambre a Marx.. Descansamos cerca del monumento de Kropotkin, el príncipe anarquista , quien mantuvo sus ideas hasta las últimas consecuencias: cuando Kerenski, el presidente provisional luego del derrocamiento del zar Nicolás II en 1917, le ofreció un ministerio, no lo aceptó y le respondió cual Diógenes : “Considero el oficio de limpiabotas más honrado y útil”.

*Poeta, médico, docente universitario e historiador venezolano (San Juan de los Morros, estado Guárico)