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lunes, 1 de junio de 2009

¿La Teoría de la Involución?

Daniel R Scott
(Bliotecario y escritor venezolano)

No es una novedad decir que la atmósfera intelectual primordial que se respira en cualquiera de los círculos académicos de todo el mundo es el de la teoría de la evolución. ¿Quién no se ha tropezado con ella? Aún sin prestársele atención, algo sabemos de ella. Por algún lado nos llegó, como el humo de un cigarrillo o de un tubo de escape. Que vegetales y animales sufren mutaciones que los lleva a convertirse de una especie a otra se enseña como dogma de confesión religiosa en la escuela y la universidad. Y se le acepta así no más, sin profundizar acuciosamente el tema.

Todo comenzó en 1859, cuando el naturalista británico Carlos Darwin publicó su polémico libro "El origen de las especies." Lo curioso es que, a más de un siglo de su publicación, las teorías evolucionistas expuestas en el libro siguen siendo eso: teorías. Curiosamente un partidario de las ideas de Darwin escribió en el "Times" de Londres: " Tenemos aquí la suprema ironía de que un libro que se ha hecho famoso por explicar el origen de las especies no hace en realidad nada de eso." Y Samuel Vilas, erudito español del siglo XX escribió: "Las bases sobre las cuales se fundamenta la teoría de la evolución consiste en que una especie evolucione hasta convertirse en otra, y eso no se ha probado científicamente." Pero quizá lo mas grave del darwinismo es su impacto en el ámbito ético moral, que es el punto que en realidad me ocupa hoy.

El Darwinismo o teoría de la evolución fue hábilmente manipulada por un grupo de intelectuales con la finalidad de sustentar sus propios puntos de vista que chocaban con el espíritu de su época. Thomás Huxley, por ejemplo, en una conferencia dada en 1893 dijo a su auditorio: "Evolución y Ética son incompatible." Y luego añadió: "La práctica de lo que es éticamente mejor, lo que nosotros llamamos bondad o virtud, implica una forma de conducta que, en todo sentido, se opone a lo que lleva al éxito en la lucha cósmica por la existencia." Huxley echo mano de Darwin para atacar a la Inglaterra victoriana, profundamente judeocristiana. Carlos Marx, otro teórico de la época se refirió al origen de las especies como "el libro que contiene las bases en historia natural para nuestra consideración." Herbert Spencer, filósofo del Darwinismo Social fue mucho más allá al afirmar que "si la naturaleza misma ha determinado que el fuerte sobreviva y que el débil perezca, esta regla debería también gobernar a la sociedad. Las distinciones raciales y de clases reflejan simplemente las distinciones naturales. No hay , por lo tanto, razones morales trascendentes para simpatizar con la lucha de las clases en desventaja" El Darwinismo de Errnst Haeckel fue más pornográfico al creer que las razas africanas eran incapaces de alcanzar un desarrollo cultural o mental. Vemos pues como en el siglo XIX se sembraron con sutil intelectualidad las semillas que darían en el siglo XX su fruto amargo, como la supuesta superioridad de la raza germana, una Segunda Guerra Mundial y el Holocausto del pueblo judío, por citar unos pocos ejemplos.

¿Qué intento decir entonces? ¿Hay que retomar de nuevo el Creacionismo o al menos una Evolución teísta a lo Ignace Lepp o a lo Juan Pablo II? Pienso (y todo hombre libre piensa así sea tras las rejas ) que debemos recuperar y meditar en el concepto del Dios creador que moldeó con sus manos al hombre, asignándoles el rango de igualdad horizontal, sean blancos o negros fuertes o débiles; ese Dios que siendo suma y sustancia de toda virtud, puso en el corazón del hombre las orientaciones éticas suficientes para construir una sociedad donde se respete toda raza, idea o condición social. Ser creados a "imagen de Dios" pudiera sonar a mito en este siglo XXI, pero tiene la virtud de devolverle al hombre su valor intrínseco y su dignidad como corona de la creación. Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, ademas de no pasar de moda, sigue siendo una buena idea.

24 Mayo 2009