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sábado, 8 de agosto de 2009

ESBOZO SOBRE LA EVOLUCIÓN HISTÓRICA Y SOCIO–CULTURAL DE APURE

Argenis Méndez Echenique



Quizás, nuestra modesta vocación intelectual siempre ha estado dirigida a reflexionar buscando una explicación de lo que es y significa Apure, como fenómeno cultural. Y de allí, nuestro propósito de intentar hacer un análisis de las relaciones humanas que se han dado en la región llanera venezolana conocida con ese nombre, desde los tiempos más remotos hasta la actualidad. Los especialistas recomiendan que estudios de esta naturaleza deben abarcar múltiples aspectos, siempre tratados con visión de globalidad, pero pensamos que éste puede centrarse, como cualquier otro, para obtener una concepción objetiva y amplia del tema, en las relaciones socioeconómicas, políticas e ideológico - culturales, sin perder de vista que todas están interrelacionadas entre si; de allí que consideremos que explicarnos Apure también implica saber sobre una región caracterizada por un desarrollo no armónico, a veces desarticulado, con avances y retrocesos en su evolución.

Utilizamos el concepto formación socioeconómica” atendiendo a lo expresado por Arturo Cardozo (1986: 40), cuando expone: “…es un constituyente dentro del cual el hombre [y la mujer] desarrolla su vida material y espiritual, una totalidad económico – social de carácter histórico, cuyos elementos derivan de la existencia misma del hombre [o la mujer]”.

Así mismo, en un trabajo previo de aproximación nuestro (“Esbozo sobre la evolución socioeconómica de Apure a través de su Historia…”, 1995), esbozamos un esquema que contemplaba cuatro etapas de la que denominamos Sociedad Llanera, pero en ella no se consideró necesario la mención de la etapa Indígena Prehispánica, por no estar presente todavía el llanero. Ahora, la mencionamos como antecedente obligado de esa sociedad, por lo que hablaremos seguidamente de cinco etapas, circunscritas a Apure, considerándolo una región histórica.

Comprendemos que el Llano, como entidad geográfica, ha existido desde hace mucho tiempo (“desde que el mundo es mundo”), mucho antes de la llegada de los europeos, y, además, estaba ya habitado por los indígenas; pero, como señala Víctor Rago (1999: 28-29), “el Llano, en el sentido de lo Llanero, y cualquiera que sea la interpretación que se haga de aquellas relaciones, no había aparecido aún, si se nos permite decirlo así. No podría afirmarse, pues, que los indígenas que poblaban el medio llanero para el momento de la presencia europea fueran llaneros. Dueños del territorio, claro está que lo eran –al menos en un sentido particular de filiación territorial.; pero llaneros no, puesto que el propio territorio no había recibido la denominación con la que posteriormente sería conocido, y esa denominación no consistía simplemente en una operación de rotulación práctica –suerte de bautismo instrumental, de provisión de significado”.

Angel Rosenblat (citado por Rago: Ibidem), con toda su sapiencia lingüística, señala que esa semantización no era hechura exclusiva de los europeos, puesto que la constitución de lo llanero” tuvo que ser obra del proceso de interacción, de mestizaje, entre los ocupantes originales de la región y los que a ella fueron llegando, y producto de “la imagen que proyectó una realidad americana en la retina europea”, que ya estaba conformada como tal a finales del siglo XVIII.

Sin embargo, Rago expresa que en el plano lingüístico esa singularización creciente, iniciada ya en la época colonial, en el plano documental sólo se da en los albores de la Independencia, cuando Humboldt lo recoge en su libro Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, “si bien debe haber estado en uso desde algún tiempo atrás”, pues allí alude a “la palma llanera”, a “los llaneros o habitantes de la llanura”, entre otras expresiones referidas al Llano y su gente.

Y más adelante, señala que “Incluso el término de “Llanos”, que aparece frecuentemente en las paginas que consagra a la región, es empleado con plena conciencia de que se trata de un vocablo, por así decirlo, especializado, que designa un ámbito geográfico y cultural con características ciertamente particulares”.

Además, el sabio alemán publicó inicialmente su obra en francés, hacia 1816, en trece tomos, que al ser traducidos al castellano por Lisandro Alvarado (1858 – 1927), Eduardo Röhl (1891 – 1959) y José Nucete Sardi (1897 – 1972) se convirtieron en cinco volúmenes, que vieron la luz en el bienio 1941 – 1942, con el auspicio del Ministerio de Educación y Cultura de Venezuela.

Es decir, el invalorable estudio realizado por Humboldt sobre la naturaleza americana no estuvo al alcance de la masa lectora venezolana hasta casi siglo y medio después; y es de destacar igualmente que cuando él lo publicó por primera vez el vocablo “llanero” ya era harto conocido en Venezuela. Bastaría para probarlo la existencia de las Ordenanzas de Llanos de 1772, 1773, 1793 y 1794, que son textos anteriores a la publicación del eminente naturalista.

El término Sociedad lo utilizamos en este trabajo para referirnos a las relaciones y valores socioculturales en general existentes, o que se dieron, en diferentes momentos de la evolución histórica de quienes habitaron y habitan Apure. Para ello nos sustentamos en el criterio del sociólogo Ely Chinoy, quien la define como “…toda clase y grado de relaciones en que entran los hombres [y las mujeres], sean ellas organizadas o desorganizadas, directas o indirectas, conscientes o inconscientes, de colaboración o de antagonismo” (1967: 45). Dejando sentado que tomar algunas características socioculturales para identificar un determinado tipo de Sociedad no significa adoptar una posición irreductible, ni tampoco un corte violento, tajante, con la sociedad pre-existente. Así, hablamos de:

I- Sociedad Indígena Prehispánica (desde la llegada del ser humano a

estas regiones, quizás hace unos 4 ó 5.000 años, hasta 1647).

II- Sociedad Colonial Llanera (1647 – 1823).

III- Sociedad Ganadera Tradicional (1823 – 1863).

IV- Sociedad Ganadero – Comercial (1863 – 1960)

V- Sociedad Ganadero – Consumista (1960 – 2000).

I- La que denominamos Sociedad Indígena Prehispánica correspondería a la etapa histórica inicial que abarca desde el mismo momento de la llegada del primer ser humano a esta región apureña, en tiempos inmemoriales, que podrían remontarse a unos 4.000 ó 5.000 años antes de nuestra era (se calcula que la presencia humana en Venezuela se remonta a unos 10 ó 12 mil años), cuando todavía sus habitantes no eran identificados como “llaneros”.

Considerando las difíciles condiciones ambientales de la región, de tierras aluvionales, bajo relieve, baja fertilidad de los suelos, insalubridad y soledad, que se extiende por 76.500 kilómetros cuadrados, desde el pie de monte andino colombo - tachirense, al oeste, hasta las márgenes del Orinoco, al este, son razones para que no se estableciesen grandes núcleos humanos permanentes.

Podría deducirse que Apure fue una zona de paso, o asiento temporal, para las constantes migraciones de los pueblos aborígenes (generalmente cazadores, pescadores y recolectores) que se produjeron hace siglos de norte a sur, o del sur hacia el norte, en el continente. Fray Buenaventura de Carrocera (citado por Montiel Acosta,1992: 25) señala que “solo permanecían en un sitio el tiempo en que en aquellos contornos habían raíces silvestres, peje y cacería, que es de lo que se mantienen, pues luego se mudan a veinte o más leguas de allí”.

Allí estaría la explicación de la poca densidad de población y el sempiterno nomadismo de sus habitantes.

La diversidad de los grupos caracteriza a esta época: los belicosos caribes, consumidores de yuca y usuarios del curare, nos dejaron su impronta en muchos hidrónimos y topónimos (Apure, Arauca, Capanaparo, Sinaruco, Biruaca, Guachara), lo que sugiere cierta permanencia en el territorio; así también los arawacos, cosechadores de maíz, cuyos máximos representantes fueron los Achaguas (Aycuverrenais, habitantes de la selva, y Univerrenais, hijos de los ríos), con extensas ramificaciones familiares. Los Otomacos, pescadores de tortugas, comedores de tierra y jugadores de pelota, en las costas del Orinoco Medio y Bajo Apure, son un capítulo aparte en nuestra historia, por sus características culturales ajenas al medio llanero, más identificadas con Mesoamérica; así como llegaron, desaparecieron.

Están los Guamonteyes, que algunos estudiosos asimilan a los Guaiqueríes de la costa Caribe por sus transacciones comerciales en todos los afluentes llaneros, los Chiricoas, los Sálibas y los Betoyes tan trashumantes como los Guahibos; los yaruros (Pumé), con un inmenso mundo mitológico, hacen presencia en la región apureña desde el siglo XVIII, probablemente replegados por la presión europea en el norte del país. Los cuivas (Jiwi) comenzaron a llegar desde finales del siglo XIX y durante todo el siglo XX, desplazados por la violencia latifundista desde los llanos colombianos.

Ninguno de estos grupos indígenas tenía noción de la propiedad privada; por el contrario, practicaban una forma de convivencia humana caracterizada por el trabajo comunitario, la solidaridad interfamiliar, donde las decisiones eran tomadas por consenso, existía armonía social y un alto índice de respeto por la naturaleza y su ecosistema, entre otras características que hablan de mancomunidad.

II- La segunda etapa de nuestro estudio corresponde a la sociedad que fue surgiendo del paulatino contacto del aborigen americano con el invasor europeo, al que posteriormente se agregó el africano (esclavo o escapado), que asimiló como suyos al caballo y el ganado vacuno trasplantados: “Los indígenas no solo se llegaron a convertir en extraordinarios jinetes sino que además se convirtieron en apasionados por los caballos que consideraban una posesión muy preciada porque ampliaba su movilidad para escapar de los dominios de civilizadores y evangelizadores” (Montiel Acosta, Ob. Cit.: 30).

Esta etapa la hemos denominado Sociedad Colonial Llanera, cuyo arranque ubicamos en 1647, como hito referencial, con el viaje exploratorio que hace el capitán barinés Miguel de Ochogavia por el río Apure, con la intención de fundar algunos pueblos de españoles e interconectar la región barinesa con Guayana y las Antillas, aún cuando existen referencias documentales sobre presencia española o alemana (welseres) desde el siglo XVI, y llevamos esta etapa hasta 1823, fecha en que se creó la Provincia de Apure, desmembrada de la de Barinas, ya finalizada la Guerra de Independencia.

Como ya se mencionó, es en este lapso cuando se comenzaría a conformar étnica y culturalmente un nuevo ente humano, por el cruce de blancos, indígenas y africanos, acompañado del caballo y las vacas. El resultado fue el llanero, “hombre a caballo y de sabana abierta”.

Uno de los historiadores venezolanos que ha estudiado el tema llanero a profundidad señala: “Desde el siglo XVI, muchos llaneros mestizos o indios basaron su subsistencia en la cacería o pastoreo de estos semovientes con el fin de utilizar su carne y sus cueros para comercializarlos bien con los blancos (peninsulares o criollos) iberoamericanos o con los contrabandistas ingleses, franceses y holandeses, principalmente” (García Müller, 1996: 81).

El historiador catalán Miguel Izard (Todos Adentro. Nº 276. Caracas, Febrero 2009), al estudiar los orígenes de la comunidad llanera apureña, señala: “En estos territorios había numerosas naciones indígenas, cada una de ellas de pocos habitantes, y durante el período colonial huyeron al Llano una cantidad de personas para refugiarse, porque no toleraban su situación en el norte, el grupo más evidente fue el de los esclavos traídos del África que querían dejar de ser siervos y recuperar su libertad, trabajaban y eran considerados como bestias. El acoso laboral era muy fuerte, otros escapaban de la Inquisición. En esa época era mucho más sensato tratar de fugarse hacia el sur que rebelarse. Había un aparato represivo muy eficaz. No solamente huyeron africanos, sino también indios, mestizos, mulatos y blancos […].

Este autor, Izard, precisa muy bien las características de la sociedad llanera de estos tiempos: “Los cimarrones llaneros formaron una sociedad muy libre que tenía una forma de organización que a nosotros nos parece inexistente, pero ahora sabemos que estaban organizados. Cada persona es muy autónoma, cada quien vivía a su manera en una especie de hedonismo, constituyeron un tejido social que a nuestra vista para invisible. Tenían una forma de relacionarse sutil, en momentos de necesidad se organizaban de una forma extraordinaria, para cada actividad escogían un responsable, al más capaz, que solo dirigía ese evento concreto. Si querían cazar caballos se agrupaban y escogían al más hábil para coordinar la faena; si eran atacados desde el norte, cosa que ocurría a veces porque venían a cazar esclavos, ellos se organizaban para enfrentar al enemigo […]. Creo que es un hecho fundamental, me gusta utilizar la misma expresión de los conquistadores castellanos cuando se encontraron con ellos: “Son gente sin ley, sin dios”.

Como se observa, la sociedad llanera estaba en estos momentos al margen de la sociedad colonial española y, por supuesto, era contraria a sus intereses políticos, sociales y económicos. Los terratenientes y ganaderos catalogaban a los llaneros de “vagos, ladrones, cuatreros y malentrenidos”. La vinculación entre una y otra sociedad realmente se va dar con la irrupción violenta del llanero en la historia de nuestro país, durante el siglo XIX, primero con Boves y luego con Páez.

Apure durante mucho tiempo se mantuvo aislado del resto del país; a ello contribuyó mucho la existencia de una disposición real del 15 de Marzo de 1686 que prohibía la navegación por el río Apure para combatir el contrabando de mercancías; y, también, en la Real Cédula aprobada el 17 de Enero de 1771 por Carlos III, donde se prohibía el asentamiento de gente de origen europeo en esta región (comprendida entre los ríos Apure y Meta), otorgada “a perpetuidad” a los indígenas, por gestiones del misionero capuchino Fray Jerónimo de Gibraltar , según consta en el Archivo General de Indias, en Sevilla (Caracas, leg. 399), citado por Rodríguez Mirabal (1995:167).

Pero es evidente que tal medida fue violentada infinidad de veces, puesto que, cuando se fue a fundar la ciudad de San Fernando de Apure, Don Fernando Miyares no trajo a nadie de otra parte del país; y, sin embargo, reunió a más de doscientas personas de origen europeo como vecinos de la nueva comunidad urbana, además de existir ya en la región varios hateros (propietarios de hatos ganaderos), alrededor de 28, entre los cuales se contaba Sebatián Mier y Terán, uno de los famosos “rubios”, y Fernando Rodríguez de Rojas, quienes se opusieron tenazmente a la mencionada fundación porque, supuestamente, se estaba realizando en tierras de su propiedad (el pleito judicial lo resolvió favorablemente para San Fernando su pronunciamiento por la Independencia en 1811).

Sin embargo, este tipo de comportamiento no era compartido por todos los terratenientes y ganaderos coloniales, pues la mayor parte de los estudiosos del tema aseguran que “el Hato fue una unidad económica propiciadora para que se crearan los pueblos en torno a la actividad pecuaria” (García Müller, 1996: 66).

La colonización española en Apure, si puede llamarse así, se inició a principios del siglo XVIII, de manera firme y duradera, con las fundaciones ganaderas del caballero barinés Don José Ignacio del Pumar (Marqés del Pumar y Visconde de las Riberas de Boconó), en el Alto Apure, que culminaron en la fundación de Guasdualito. En el Bajo Apure esta tarea la cumplieron los misioneros religiosos jesuitas, primero, y luego los capuchinos andaluces, dando como resultado el establecimiento de Cunaviche, San Juan de Payara y San Rafael de Atamaica. Siempre con miras a una economía de exportación.

Como se ha visto, los dueños de hato (“hateros”) se establecieron en Apure buscando un desahogo para sus congestionadas sabanas norteñas: calaboceños, sancarleños, guanareños, bauleños, barineses y hasta caraqueños y valencianos vieron en Apure la tierra prometida, porque los pastos de este lado del río eran ideales para el engorde de sus ganados en el verano.

Los religiosos misioneros inician también sus viajes por el Apure y, muchas veces, chocando con los intereses de los terratenientes latifundistas, comienzan la evangelización de los indígenas. Los jesuitas vienen por el sur, desde Nueva Granada, y establecen pueblos en las costas de los ríos Orinoco, Meta, Capanaparo y Sinaruco, hasta que son expulsados de todos los dominios españoles en 1767; los agustinos, dominicos y capuchinos, vienen del norte, sembrando pueblos en los cajones del Apure y del Arauca. Agustinos y dominicos, enredados en litigios jurisdiccionales con los capuchinos, son expulsados de Apure y sus fundaciones corren la misma suerte de las jesuitas: el abandono y desolación de los pueblos. Los capuchinos quedan dueños del territorio, fundando hatos, donde explotan la mano de obra indígena.

Alrededor de los hatos y pueblos misionales se fueron conformando núcleos humanos de diversa índole, encontrándose entre ellos individuos de dudosa procedencia y que no respetaban ni a Dios ni a la autoridad real, como señalan algunos investigadores del tema. Estas personas servían ocasionalmente en los hatos como peones asalariados (podían ser blancos, indios, pardos o negros), que por su supuesta condición de hombres libres y estar avezados a los rudos trabajos del Llano eran aceptados por los hateros, quienes en muchas ocasiones, en gesto de confianza y reconocimiento a sus servicios, permitían que se asentasen en sus tierras, con un pequeño número de animales domésticos y que hicieran sus pequeños sembradíos (“conucos”, reminiscencia indígena).Los pocos esclavos negros, por lo general, eran destinados a hacer labores domésticas en los hatos (se les conocía con el nombre de “Chofoteros”); pero también algunos fungían de mayordomos, logrando acumular dinero y ganados para comprar su libertad. Ejemplo conocidísimo de mayordomos negros es el caso de “Manuelote”, quien, en el Hato “La Calzada”, mandaba al “Catire” Páez que le lavase los pies.

Esta sociedad llanera era más abierta, libre de prejuicios y espontánea que la de otras regiones de Venezuela. La relación del dueño de hato, que aún cuando podía estar emparentado con los grandes cacaos de los valles de Caracas, Aragua o del Tuy, era, muchas veces, de camaradería; probablemente como consecuencia del hecho de compartir los peligros y vicisitudes en los trabajos sabaneros. Más bien, debemos hablar de una sociedad con características patriarcales, donde la voz experimentada de los llaneros viejos era ley. La unión espiritual hatero – peón se establecía con el nexo sagrado del Compadrazgo.

La economía estaba basada en la explotación pecuaria extensiva y rudimentaria y en la agricultura de subsistencia (los ya mencionados “conucos”). El intercambio comercial con las regiones vecinas era a base de trueque: cueros de res, sebo, carne seca y queso, por útiles de labranza, armas, sal, aguardiente, sombreros, telas, aperos de montar, chimó, tabaco, etc.

El choque del habitante de la llanura con las autoridades constituidas y los terratenientes se produce por el maltrato, los vejámenes y atropellos recibidos por ese personaje en las regiones centrales del norte venezolano, controladas por el mantuanaje criollo, de donde había escapado.

Las autoridades españolas establecieron leyes (las famosas Ordenanzas de Llanos, antecedentes de los actuales instrumentos jurídicos que rigen la actividad ganadera y que en su momento perseguían reducir a los centros urbanos a quienes deambulaban por los campos, por considerarlos “vagos y malentretenidos”, que atentaban contra la tranquilidad ciudadana y sus intereses pecuniarios. En otras palabras, es un enfrentamiento entre el rico, todopoderoso y cómodo sedentarismo citadino y la libre, azarosa y ruda existencia del hombre de la sabana, “libre como el viento.”

La exaltación del llanero como héroe durante el proceso emancipador, según Rago (Ob. Cit.: 36), atendió a “la intención de promover un estereotipo –del mundo natural y del hombre que lo puebla- con miras a alimentar un proyecto ideológico de consolidación del Estado nacional hegemonizado por las fuerzas sociales, económicas, políticas y militares que resultaron victoriosas en la guerra de independencia, fuerzas a las que el llanero, en cuanto tal, no pertenecía más que en condición de subalternabilidad, pero en cuyo nombre se tejió la rimbombante retórica de la historia oficial”. El llanero simplemente fue utilizado como mascarón de proa por la oligarquía venezolana para lograr sus propósitos, como señalaría uno de nuestros más brillantes intelectuales llaneros.

III- Sociedad Ganadera Tradicional (1823 – 1850). Para delimitar esta etapa hemos tomado como referencia la creación de la Provincia de Apure (17 de Julio de 1823), desmembrada de la de Barinas.

La sociedad de este tiempo conserva todavía muchos rasgos característicos de la época colonial, con las mismas costumbres y tradiciones de antaño y el peón seguirá siendo “pata en el suelo”, sirviendo de mano de obra barata en el hato de su compadre, como carne de cañón en las montoneras acaudilladas por “el hatero” ahora metido a “general”, y ofreciéndole sus hijas para que sacie en ellas su enfermiza lascivia, originando así una nueva vinculación psicológica con los hijos nacidos de este tipo de relación; sin embargo, es significativo que a los antiguos propietarios se agreguen los grandes próceres beneficiarios de los Haberes Militares decretados en 1817 y 1822 por El Libertador Simón Bolívar para los soldados que habían luchado por la Independencia Nacional (Páez, Monagas, Muñoz, Silva, Jiménez, Bravo, Elorza, entre otros). A este nuevo grupo social lo denominamos como “Aristocracia de la Lanza”. Su abolengo lo asientan en sus proezas guerreras y no su procedencia social o étnica.

Un estudioso del tema llanero expone razones que consideramos bastante valederas: “Los sectores dominados pelearon por sus reivindicaciones del lado de los realistas o de los republicanos y al finalizar la contienda vieron frustradas sus legítimas aspiraciones, pues los sectores dominadores no cedieron sus privilegios ni sus posesiones y mantienen el control de tierras, ganados y demás medios productivos. Los jefes militares Boves y Páez fueron seguidos por sus ofrecimientos y por el cariz social que le imprimieron a la contienda en los llanos” /(García Müller, 1998: 62).

La economía nacional sufre las consecuencias de la crisis generada por la guerra, por lo que no se producen excedentes. Según el Censo elaborado en 1831 por el general José Cornelio Muñoz, primer gobernador de la Provincia, refleja la existencia en Apure de apenas 150.000 reses y 5.800 caballos. Y se deduce que si la situación es precaria para los ricos terratenientes, la del peón debe ser de pobreza extrema. El peón – héroe, esquilmado por sus jefes, sigue viviendo de esperanzas, porque sus proezas solo sirvieron para encumbrar caudillos, que a sus expensas han conformado grandes latifundios. El maestro Brito Figueroa (1973: I, 220) decía al respecto: “El latifundio permaneció intacto como institución, y hubo, si, transformaciones de propiedad latifundista, de manos de un sector de la nobleza colonial a manos de jefes militares de origen popular”.

Para este momento histórico aparecen los empleados públicos, que en poco número pero constante comienzan a brotarle al gran árbol de la burocracia republicana (muchas veces son ganaderos “venidos a menos” en sus propiedades como consecuencia de las plagas y enfermedades que han azotado inclementemente a Apure), pero este un ente urbano, y letrado: es, en muchos casos, el “patiquín” sabihondo y retrechero que cree estar por encima de todos, y que los llaneros de las sabanas consideran como un ser blandengue y despreciable por que no está a la altura de sus proezas pastoriles.

Aún cuando la mayor parte de la población sigue siendo rural (más del 80%) poco a poco ha comenzado la urbanización de Apure, y al lado de los empleados públicos hacen su aparición los empleados de comercio, que al igual que el grupo anterior y probablemente con menos recursos económicos y académicos, busca también su oportunidad para igualarse con los que están arriba en la escala social.

De estos dos grupos de desplazados y resentidos van a surgir los líderes que van a motorizar los alzamientos y guerras civiles que matizaron el siglo XIX venezolano, capitalizando a su favor el descontento y esperanzas del pueblo llanero: recuérdese que tanto Páez como Boves, y después Zamora, fueron inicialmente comerciantes en ganados, lo que les facilitó conocer la idiosincrasia llanera a la perfección e identificarse con ella.

IV- Sociedad Ganadero – Comercial (1850 – 1960). Las condiciones económicas han mejorado notoriamente en comparación con la etapa anterior; y se observa con mayor claridad la economía de exportación que marca a la sociedad apureña y San Fernando muestra su vocación de enclave portuario, apoyada en una intensa actividad fluvial, hacia el Orinoco, las Antillas y Europa, y abre otro campo de trabajo a la gente de bajos recursos económicos: marineros, carpinteros, calafateros, caleteros y leñadores (cuando se inicia la navegación a vapor), que hacen posible tal actividad.

Ya en el año 1800 Humboldt (1985: III, 274 – 275) lo señalaba: “La posición de San Fernando sobre un gran río navegable, cerca de la boca de otro que atraviesa la provincia entera de Barinas, es harto ventajosa para el comercio. Todos los productos de esa provincia, cueros, cacao, algodón y añil del Mijagual que es de primera calidad, refluyen por esta ciudad hacia las bocas del Orinoco. En la estación de las lluvias remontan grandes navíos desde Angostura hasta San Fernando de Apure, y por el río Santo Domingo hasta Torunos, puerto de la ciudad de Barinas. En esa misma época, las inundaciones de los ríos, que forman un dédalo de brazos entre el Apure, el Arauca, el Capanaparo y el Sinaruco cubren una región de cerca de 700 leguas cuadradas”.

Este comercio es aupado desde las grandes metrópolis del capitalismo internacional, que se nutre con las materias primas de países con economías depauperadas como el nuestro, que cada día se hacen más dependientes. En San Fernando se instalan casas comerciales exportadoras e importadoras de mercancías que tienen sus casas matrices en Londres, París, Roma, Frankfurt o Nueva York; así sucede con Fernández, Barbarito, Ligerón, Rodríguez, Pulido, Dalla Costa, Lleras Codazzi, Perruolo, Papaterra, Bezara, entre otros establecimientos.

En los primeros tiempos la demanda se centra en los cueros de res (son los tiempos de la Guerra de Secesión Norteamericana, la Guerra Franco – Prusiana y la Guerra de Crimea, demandantes de gran cantidad de pieles), que trae como consecuencia la aparición en nuestros llanos de una plaga tan temida por los ganaderos: los desolladores de reses (“corambreros”, los llaman en otras latitudes), que se introducen por ríos y caños apureños para desjarretar y descuerar clandestinamente el ganado, dejando la carne a los zamuros y otras alimañas del campo.

Las autoridades tratan de ponerle coto al desbarajuste legislando y creando “cuerpos volantes”, pero los remedios son insuficientes y el abismo entre llaneros de la sabana, tachados de abigeos, y los hateros , avecindados en la ciudad (ya con otros intereses, además del pecuario) se va abriendo cada vez más. Por eso, cuando estalla la Guerra Federal, encontramos a ambos grupos en bandos diferentes (el campo contra la ciudad, “la barbarie contra la civilización”, según los postulados positivistas); mientras los sanfernandinos están con el gobierno central, el resto de la población apureña está con los federales, incluso los grandes propietarios rurales, como los Segovia, los Muñoz, los Márquez y los Fonseca, quienes, llevados por su credo político liberal, cuyo foco ideológico principal estaba en la institución conocida como Sociedad “Joven Achaguas”, se incorporan a la guerra para conquistar reivindicaciones ciudadanas. Estos ganaderos se sienten hermanados en sentimientos y frustraciones con los desheredados peones, porque ellos tienen la misma procedencia sabanera. Triunfa la Federación, pero no el pueblo, que sigue clamando justicia y alimentándose de esperanzas.

El progreso también se hace presente en Apure y trae la imprenta y con ella las encendidas polémicas a través de la prensa local (los agitadores de la década del cuarenta, siglo XIX, como Manuel María Betancourt, Rafael Agostini y Juan Esté, que enviaban sus escritos a Caracas, Valencia, Ciudad Bolívar y Cumaná, ahora son acompañados y reemplazados en el propio terruño por personalidades como Manuel María Mendible, Diego Eugenio Chacón Arévalo, Víctor Segovia Peña, Juan Félix Carstens, Pablo María Echenique, Cástor C. Rodríguez, Agustín Lleras Codazzi, y otros que aparecen y desaparecen sin dejar huella perenne.

El primer periódico aparece en 1856, “El Apureño”, pero los que van a perpetuar su nombre van ser “El Araucano” (1880-1890) y “Letras”(1913 – 1936). Es el tiempo de las veladas literarias y artísticas, con representaciones teatrales, juegos florales, zarzuelas, que le daban lustre a la vida cultural de San Fernando: No era extraño encontrar allí a Andrés Eloy Blanco, Abelardo Gorrochotegui, Leonte Olivo, Diego Córdova, Diego Eugenio Chacón, Juan Vicente Torres del Valle, José Lorenzo Muñoz, José de la Paz Suárez, Miguel Angel Granados, Luis Lleras Codazzi.

Luego vino el auge y caída de la explotación y comercialización de la pluma de garza, que se reflejó directamente en la economía regional apureña. Adelina Rodríguez Mirabal (1994) analiza los últimos tiempos del fenómeno:

“La actividad que había comenzado con el impacto de la moda en los salones europeos comienza su declive, fundamentalmente, por la austeridad característica del período de post-guerra. Al reducir el uso de plumas de adorno la cotización bajó considerablemente y la pluma como rubro significativo de importación progresivamente fue declinando con la misma efervescencia que caracterizó sus orígenes. El capricho de la moda europea, que había engendrado “el gran auge de las plumas en la década de 1890 fue también responsable de su desplome […] cuando al estallar la Primera Guerra Mundial, el traje femenino adoptó una nota de sobriedad: los materiales son más sencillos, las faldas más cortas y se descartan los grandes sombreros, reduciendo el uso de plumas a una sola”. En consecuencia, la caída de los precios de la pluma y la acción de las sociedades protectoras de animales favorecieron el cierre de un significativo ciclo de la historia comercial de Venezuela: “El Ciclo de las Plumas de Garzas”.

Esta situación tan crítica la retrata también otro historiador regional, planteando que “…el número de establecimientos comerciales disminuyeron en forma considerable como efecto de ella, puesto que fueron muchos los negocios que se vieron en necesidad de cerrar sus puertas en virtud de la crítica situación en que se encontraban, sobre todo los que giraban con poco capital y mantenían créditos con sus clientes” (Paredes, 1988: 142).

En un estudio que presentamos en 1997, ante el Primer Congreso de Ciencia y Tecnología del Estado Apure, dijimos que esta etapa se caracterizó por:

1º- Una economía agropecuaria, latifundista y desarticulada.

2º- Los productos básicos eran derivados de la explotación pecuaria: cueros, queso, sebo, tasajo y la llamada “carne de monte” (cacería de animales silvestres).

3º- La tenencia de la tierra bajo el sistema latifundista le daba una gran rigidez a la estructura socioeconómica regional: había escasa movilidad social.

4º- El aumento de los ingresos no está inducido por una modernización del sistema productivo, sino por una mayor demanda del mercado mundial que tiene carácter coyuntural: la moda parisina que demanda la utilización de la pluma de garza en los atuendos femeninos y militares.

5º- La economía regional estaba sometida a los vaivenes de la demanda internacional (Francia, Inglaterra y los Estados Unidos, principalmente).

6º- Penuria fiscal crónica: deficitarios ingresos, deudas agobiantes, etc.

7º- Burocracia ineficaz y corrompida (causada por el crónico atraso de los sueldos, entre otras razones).

8º- La política de obras públicas, adelantada durante la administración de Raimundo Fonseca (período guzmancista) no respondía a una motivación de índole económico ya que estuvo dirigida al saneamiento y embellecimiento de la ciudad: el Palacio de Gobierno, la Iglesia, el Templo Masónico, la Plaza Libertad, el Cementerio, el Hospital.

9º- En cuanto a la acción del sector privado: las obras, aún cuando figuraban en la prensa como construidas exclusivamente por el gobierno, se llevaron a cabo con fuertes aportes económicos de particulares: el Ejecutivo del Estado elaboraba una lista de contribuyentes y se le fijaba a cada uno la cantidad que debía donar. Ninguno se negaba por temor a ser encarcelado, cuando menos, pues hasta se exponía a perder la vida. Este sistema de contribución fue heredado luego por los representantes del gomecismo.

Toda la actividad económica apureña de que hemos venido hablando hasta aquí se había desarrollado principalmente en las franjas territoriales comprendidas entre los cajones de los ríos Apure y Arauca. Es a partir de la cuarta década del siglo XX cuando se observa un cambio en la actividad regional, consecuencia del derrumbe financiero de la bolsa de Nueva York en 1929 y que afectó de inmediato a todos los mercados internacionales, pero que en Apure se reflejó tardíamente: el ganado, principal fuente de ingresos, baja violentamente de precio, las grandes casas comerciales comienzas a cerrar sus puertas, desaparecen las pequeñas industrias por falta de insumos, dejan de venir con regularidad los vapores desde Ciudad Bolívar y las Antillas. Todo es desolación. La economía se contriñe de tal manera que se vuelve casi de subsistencia. Y se produce el aislamiento cultural de Apure con respecto al quehacer nacional.

Sin embargo, el llanero no desmaya en sus actividades de sobrevivencia, e incluso, inicia la ocupación de las zonas ubicadas al sur del séptimo paraleo: el Capanaparo, el Sinaruco y el Meta, son colonizados, aún pasando, muchas veces, por encima de las cenizas de las chozas y cadáveres de sus ancestrales habitantes; lo que viene a agregar un elemento bastante negativo en el desarrollo de nuestra sociedad apureña: los cazadores de indios. Todavía, en pleno siglo XXI, se oyen las historias sobre las excursiones a “guajibiar”, practicadas por ganaderos invasores de esas apartadas regiones del Estado.

Al iniciarse la quinta década del siglo pasado se produce un movimiento positivo para la deprimida economía pecuaria de Apure, cuando el Banco Agrícola y Pecuario, a través de una empresa ganadera (la GANACO), establece un acuerdo con algunos hateros apureños para comprarles, en sus propios predios, la carne de sus reses y distribuirla en los mercados caraqueños. Así se construyeron catorce (14) salas de matanzas en varios hatos de Apure, con sus respectivas pistas de aterrizaje, porque la carne era transportada diariamente por vía aérea, hasta el Aeropuerto de La Carlota, inicialmente, y luego, por congestionamiento de este terminal, se estableció como punto de llegada el Aeropuerto de Maiquetía:

1º- Matadero de El Fuentero, propiedad de los hermanos Fuentes Gilly, en

Elorza.

2º- Matadero de La Arenosa, cercano a La Estacada, de los Hermanos

Hernández Vásquez.

3º- Matadero de La Victoria, en jurisdicción de Mantecal, propiedad de los

Hernández Vásquez.

4º- Matadero de El Progreso (antiguo Hato “Jumito”), de un señor de

apellido González Ortiz, en jurisdicción de Guachara.

5º- Matadero de Coco de Mono, de José “Pepe” Rodríguez, en Guachara.

6º- Matadero de San Leonardo, de Diego Heredia, en jurisdicción de

Guachara.

7º- Matadero de Buenos Aires, de José Angel Hurtado, Guachara.

8º- Matadero de la Fundación Layera, de los Hernández Vásquez, en

Guachara.

9º- Matadero de La Gloria, en El Yagual, de José Garbi Sánchez.

10º- Matadero de El Piñal, de Carlos Chávez, en El Yagual.

11º- Matadero de Santa Rita, de los hermanos Bezara, Achaguas.

12º- Matadero de Santa Elena, de Gilmer Urdaneta, en Cunaviche.

13º- Matadero de Santa Rita de Cunaviche, de Esteban Vivas, en

Cunaviche.

14º- Matadero de Los Cañitos, en el Hato La Candelaria, Cunaviche.

Los aviones utilizados para transportar la carne, en canal, eran DC-3, de los utilizados en la Segunda Guerra Mundial por los norteamericanos, pertenecientes a las líneas Aeropostal, Avensa o Ransa, según contratos específicos.

V- Sociedad Ganadero – Consumista (1960 – 2000). Para fijar un punto de referencia hemos tomado el momento en que se inició en Apure la construcción de las carreteras pavimentadas, los puentes y avenidas, que facilitan el transporte rápido y seguro de pasajeros y mercancías, nuevas técnicas de explotación económica y nuevas tendencias socio-culturales.

En esta etapa prevalece fundamentalmente la actividad capitalista y los medios de comunicación de masas son utilizados como mecanismos de alienación, creando necesidades ficticias a la población, con propósitos consumistas, mediante subliminales mensajes, trayendo como consecuencia la pérdida de los valores tradicionales de la sociedad llanera apureña. La música, la danza, los cantos, que se ejecutan son vulgares parodias de producciones extranjeras que no le dicen nada a nuestra idiosincrasia y vamos quedando vacíos, porque nada nos pertenece. Todo es oropel. Todo es falsa ilusión.

Aún cuando se ha buscado diversificar la economía regional, con excelentes y viables proyectos de desarrollo, como los Módulos de Mantecal, el Central Azucarero y el Matadero Industrial de Achaguas, el Centro de Piscicultura de Merecure, no se ha visto un arranque efectivo hacia el progreso y redención social que merece la gente de Apure.

Es verdad que el apureño ha recibido algunas mejoras en sus condiciones de vida (servicios públicos básicos, masificación de la educación, atención médico-sanitaria, mejores medios y vías de comunicación, etc), pero sigue en “el tremedal”, o se ve obligado a emigrar hacia otros rumbos, a engrosar los cinturones de miseria de las grandes ciudades (Maracay, Caracas, Valencia, Barquisimeto, San Cristóbal), y el campo ha ido quedando solo, en manos de los latifundistas, porque no existe industrialización ni diversificación de la economía (el único empleador es el Estado y solo crece el sector terciario, los servicios).

Esta situación origina mayor dependencia de los apureños en cuanto al consumo de productos foráneos, prefiriendo comprar mercancías ya elaboradas: leche pasteurizada, harina precocida, aceite vegetal, mantequilla, hilos de nylon, agua filtrada, bicicletas, motos y vehículos rústicos para pastorear el ganado (el caballo, el burro, el buey, van quedando como cosas del pasado).

Es interesante conocer el Informe que en 1978 dio a conocer la Corporación de Los Andes sobre un estudio realizado por especialistas suyos y que consideramos bastante aproximado a la realidad apureña de la época que tratamos en este apartado. El trabajo se titula Situación Actual y Líneas de Acciones Básicas para el Desarrollo del Estado Apure. Allí, en las primeras páginas, se expresa: “La situación socio–económica del estado Apure se caracteriza por una grave condición de marginalidad, producto de la formación social capitalista dependiente en que vive el país y por las condiciones naturales severas propias del Estado”.

El modelo de desarrollo seguido por Venezuela desde el mismo momento del “descubrimiento” de América, determinó la concentración de actividades, población, inversiones y poder en la franja centro–norte–costera, dejando el resto del país en una situación periférica. El Estado Apure, por sus características de accesibilidad y por la disponibilidad de recursos naturales basada en la explotación de la ganadería extensiva, se mantiene desde esa época en una situación de mayor marginalidad relativa. La difícil accesibilidad del Estado Apure ha determinado su aislamiento del país, particularmente en los últimos años cuando el transporte automotor ha cobrado importancia. La innumerable cantidad de ríos y caños, la inundación en la época de invierno y la gran extensión del territorio conspiran contra la posibilidad de integración y la introducción de la economía moderna en las áreas de producción.

Por otra parte, el principal recurso natural –el suelo- de gran vocación agropecuaria presenta limitaciones severas de drenaje, lo que unido a la alternativa de una época excesivamente lluviosa con otra excesivamente seca, hace difícil o costoso su aprovechamiento. La consecuencia es una baja capacidad de soporte de las sabanas para la actividad ganadera, lo que determina que, a pesar de la baja carga animal por hectárea (0.2 u.a/ha.) la explotación pecuaria se encuentra al borde de saturación si no se adelantan programas de mejoramiento de las pasturas.

Esto ha provocado un estancamiento relativo de la principal actividad económica del Estado, que genera el 80% del valor bruto de la producción. Desde 1961 la ganadería no ha experimentado incrementos significativos, sino por el contrario ha venido decreciendo, con el agravante de que no se tienen programaciones en otras actividades sustitutivas, por lo que se produce un proceso grave de descapitalización que es necesario detener. Esas características de la actividad económica primaria se agravan al verificarse que no exista una integración vertical de la economía; de Apure salen hacia el centro del país grandes cantidades de carne en pie, perdiéndose de esa manera los numerosos efectos multiplicadores que la industria puede significar. Similar situación se repite en el sector agrícola.

Aún con todo lo negativo de la situación, según datos aportados por FONDEA, para el 2005 Apure tenía 2.981.168 reses.

A la actividad agrícola vegetal no se le ha dado gran importancia en Apure, a pesar de que pueden presentarse algunas oportunidades en las islas, al occidente de Estado, en el área de Biruaca-Achaguas, en las riberas del Arauca, especialmente en cultivos como la caña de azúcar, plátano, arroz, algodón, yuca, maíz y cacao.

En este sector se habla de cinco Ejes ó Áreas Funcionales Internas (2.321.438 hectáreas), que, por la fertilidad de sus suelos, ofrecen posibilidades de desarrollar la actividad agrícola en gran escala:

1- El Eje Biruaca – Achaguas – Apurito (258.900 hectáreas);

2- El Eje El Amparo – Guasdualito – Guacas de Rivera (549.325 hectáreas);

3- Módulos de Mantecal (247.000 hectáreas);

4- El Yagual – Arichuna (626.269 hectáreas), y

5- Sinaruco – Meta (679.944 hectáreas).

El mencionado informe de Corpoandes (1978) es bastante explicativo y allí pueden obtenerse valiosos datos para intentar entender la realidad apureña de esa época no tan lejana de nuestra actualidad:

La actividad pesquera también es relativamente importante, principalmente en San Fernando. Arichuna, El Samán, Bruzual, San Vicente, y Guasdualito, en el Apure; en el Arauca y sus diferentes brazos se señalan a San Rafael de Atamaica, El Yagual, Elorza, Puerto Infante y El Amparo. Sin embargo la ausencia de estudios sobre los recursos ictiológicos, normas para su explotación, equipamiento y comercialización han determinado el estancamiento de esta actividad.

La actividad industrial es prácticamente inexistente en Apure, a pesar de las posibilidades que se presentan. Esto se debe a la irracionalidad de la comercialización, que determina la salida de la producción sin procesar para transformarla en el centro del país u otras áreas.

Así mismo, tanto en las actividades de comercialización como las financieras se comportan como importantes mecanismos de traslado de los beneficios y excedentes producidos en Apure, a enriquecer las áreas prósperas del resto del país. Un claro indicador de este hecho es la comparación entre depósitos y colocaciones de la banca comercial. En 1974 los depósitos en las seis (6) oficinas bancarias del Estado Apure (sucursales de bancos de Caracas) fueron de 75.000.000 de bolívares, mientras que las colocaciones a inversiones fueron de 24.000.000 de bolívares, apenas el 32%.

La Tenencia de la Tierra en Apure.

La tenencia de la tierra es sumamente injusta, pues de 4.222.319 hectáreas en explotación, el 80% son de propiedad privada. Las fincas cuya superficie es menor a 200 hectáreas representan el 74%, pero abarcan apenas el 0.89% de la tierra, el 96% de la tierra está en manos del 6% de los propietarios (fincas superiores a 500 hectáreas), lo que significa la existencia de grandes latifundios, en manos de empresas como INVEGA, Agropecuaria Flora (nuevo nombre de la Compañía Inglesa “Lancashire…”), entre otras.

Las características de atraso de la actividad económica se reflejan en un medio social deprimido. Las condiciones de salubridad, educación y vivienda son muy deficientes, las oportunidades de trabajo escasas por lo que la población prefiere emigrar. Casi toda la economía depende de la administración pública (burocracia del Estado).

En 1992, la Oficina Central de Estadística e Informática (OCEI), basándose en los Resultados del XII Censo de Población y Vivienda (1990), publicó el MAPA DE LA POBREZA EN VENEZUELA y señaló para Apure que esta entidad se ubica en la deplorable posición de Primer Lugar en cuanto al Índice de Pobreza del país:

1- En el Estado Apure se observaron 32.908 hogares en situación de pobreza, lo que representa el 62.7% del total de hogares familiares. De esos, 19.465 hogares están en Pobreza Extrema, representando el 37.09% del total de hogares familiares.

2- Los hogares en situación de pobreza albergan 191.175 personas, representando el 68.01%. De esas personas, 118.645 pertenecen a hogares de pobreza extrema (42.21%).

3- El Estado Apure tiene siete municipios, de los cuales dos tienen índices de pobreza inferiores a a la del Estado (San Fernando y Biruaca) y los cinco restantes índices superiores (Páez, Achaguas, Muñoz, Pedro Camejo y Rómulo Gallegos)

4- Los siete municipios de este Estado se agrupan en siete rangos, de acuerdo a porcentajes de pobreza. El Municipio San Fernando ocupa el primer rango de “más de 45 a 50%” (de menor incidencia) y el Municipio Pedro Camejo ocupa el último rango de “más de 75 a 80%” (de mayor incidencia)..

5- Más de 70% de los municipios del Estado Apure presentan Indices de Pobreza entre 65 y 80%”.

Los resultados que da este Mapa, señalando los rangos de pobreza en Apure, son complementados con comentarios como los siguientes: “Además de toda esta situación, otros problemas particulares complican el panorama: el problema fronterizo, el indigenista, el abigeato y un espacio escasamente integrado”.

Recursos Económicos: De manera somera, se señalan algunas características de aspectos como Agricultura, Ganadería, Recursos Forestales, Recursos Mineros, que son los principales renglones de la economía apureña.

a) Agricultura: es pobre en producción y está poco tecnificada. Los renglones agrícolas más cultivados son: algodón, maíz, frijol, topocho, plátano, tomate, melón, patilla, sorgo, caña de azúcar, yuca, ocumo, auyama, ajonjolí, cacao, naranja, etc.

b) Ganadería: Apure es uno de los principales productores de carnes rojas que tiene Venezuela. El principal renglón es el GANADO VACUNO, con un número aproximado de 1.600.000 reses. También se crían caballos, asnos, chivos, búfalos asiáticos y australianos (en forma experimental).

c) Recursos Forestales; existe una gran variedad de especies maderables, tales como el cedro, el samán, el caobo, el laurel, el mijao, el bucare, el apamate, el araguaney (o Flor Amarillo), el ceibo, el congrio, el caro y otros más.

d) Recursos Mineros: Apure es pobre en cuanto a recursos mineros, pero sin embargo, pueden señalarse algunos renglones: SAL, existen yacimientos de este mineral en jurisdicción de las parroquias Guachara y Cunaviche, entre el Capanaparo y el Sinaruco, en la zona de Santa María, no estando en explotación; AZABACHE, que se encuentra en abundancia en forma natural en las zonas cercanas al río Capanaparo.

En cuanto a PETROLEO, Apure forma parte de la Cuenca Petrolífera Apure-Barinas, que prolonga hasta Caño Limón, en el Arauca colombiano; en los yacimientos detectados, desde 1983, se iniciaron los trabajos de explotación en las zonas aledañas a la Parroquia Urdaneta (La Victoria), en el Municipio Páez, con óptimos resultados en los pozos de Guafita; para 2005 se calculó la producción en 113.119 barriles diarios de petróleo liviano.

HIERRO, existen yacimientos a flor de tierra en las Galeras de Cinaruco, como prolongación del Cinturón Ferrífero de la Formación Imataca, del Estado Bolívar. Por Decreto Presidencial estos yacimientos forman parte de las Reservas Nacionales (Decreto N° 97, del 6 de julio de 1959); CAOLIN, en las riberas del Apure, Arauca, Capanaparo y Sinaruco existen materiales caolínicos, que son utilizados en la elaboración de alfarería rústica por los indígenas.

También se ha hablado de la posibilidad de la existencia de minerales radioactivos (Uranio) en la zona del Sinaruco, pero hasta el presente no ha pasado de simple especulación.

VÍAS DE COMUNICACIÓN.

a) Terrestres. Históricamente este tipo de vía comunicacional puede ser considerada como de los primeros, puesto que el trashumante indígena apureño y el español conquistador en su constante deambular por montes y sabanas fue trazando senderos y caminos, que luego confirmará el hatero colonizador al transportar ganado vacuno a pie, dando origen a las trochas o caminos ganaderos (desde fines del siglo XVIII hasta aproximadamente la sexta década del siglo XX, cuando se comenzaron a construir las principales carreteras de Apure).

Ejemplo de ello es el Camino Ganadero de San Camilo, que atravesaba la Selva que lleva ese nombre, y era un camino económico, puesto que era vía por donde se llevaba el ganado alto apureño a la Depresión del Táchira. Su recorrido, según referencia de Marco-Aurelio Vila en Conceptos de Geografía Histórica de Venezuela (pp. 203-204), era de 130 kilómetros; y se realizaba, arreando ganado, en seis u ocho días de viaje. La carretera pavimentada que se construyó más tarde, y une a Guasdualito con el Táchira, sigue casi el mismo trazado del antiguo camino ganadero. Algo parecido a lo narrado sucedió en el Camino Ganadero de Villa de Cura, de aproximadamente 300 kilómetros desde Apure, que era una de las vías para trasladar el ganado del Bajo Apure.

En el llano apureño, por las características del suelo aluvional, sin piedras, se emplearon poco la carreta y el coche tirados por caballos, mulas, bueyes o asnos; tanto es así que todavía para la década del 60 del pasado siglo, para transportar un enfermo o un herido se realizaba el traslado en un chinchorro o hamaca, colgado de una vara larga, a cargo de peones que se alternaban en su cometido (todavía se observa esta práctica en casos aislados).

La introducción de vehículos automotores se inicia en Apure en la segunda década del siglo XX, coincidiendo con la explotación petrolera en el país: el primer automóvil (un Ford de tablitas) lo trajo a San Fernando de Apure el general Waldino Arriaga Perdomo en el verano de 1913, siguiendo las trochas ganaderas del Guárico.

La red actual de carreteras pavimentadas se inicia, muy lentamente, con altibajos en su mantenimiento. En 1958 es cuando se construye el tramo comprendido entre San Fernando y Biruaca, de apenas 7 kilómetros (era Gobernador del Estado Apure el Dr. Humberto Barrios Araujo). El plan carretero de Apure fue planteado inicialmente en 1959 ante el Congreso Nacional por el senador Julio César Sánchez Olivo, apureño raizal.

Hoy existen innumerables vías de penetración agrícolas que han sido pavimentadas; pero todavía los caminos sabaneros, que son numerosos, son transitables solamente en la época seca.

Apure se comunica con el centro del país a través de la carretera nacional que parte hacia el sur desde la encrucijada de Turmero (Estado Aragua), siguiendo la vía de Villa de Cura – San Juan de los Morros – Calabozo – San Fernando de Apure. Con la región centro-occidental del país se comunica por una carretera que parte desde Barrancas (en el Estado Barinas) hasta Bruzual en el Municipio Muñoz de Apure. Y con la parte más occidental de Venezuela existe comunicación, a través de una carretera que va al Táchira partiendo desde Guasdualito, pasa por El Nula, en el Municipio Páez.

En el interior del Estado existe una carretera principal (Troncal 19) que parte de San Fernando y llega hasta Bruzual (pasando por Biruaca – Achaguas – Apurito – El Samán – Mantecal). Las carreteras hacia otras poblaciones ( San Rafael de Atamaica, Arichuna, Guasimal, El Yagual, El Amparo, La Victoria, San Vicente, Palmarito) son ramales secundarios. Las carreteras a Elorza, La Trinidad de Orichuna, Guasdualito, Quintero, Rincón Hondo, Guachara, Cunaviche y Puerto Páez fueron concluidas recientemente y se les ha brindado mantenimiento aceptable. Falta construir, atendiendo a necesidades geoestratégicas, la carretera de circunvalación fronteriza, bordeando el río Meta, que iría de Puerto Páez a Elorza, pasando por Cararabo.

b) Fluviales. Los caudalosos ríos del Estado Apure ofrecen la posibilidad de realizar una activa relación entre sus poblaciones y las de los territorios aledaños. Históricamente encontramos que esta vía comunicacional es de las más importantes y se inicia con el mismo “descubrimiento” y recorrido del río Apure en 1647, con el Capitán Miguel de Ochogavía. Pero no es hasta mediados del siglo pasado que se organizan empresas con el fin de explorar tal renglón comercial, utilizando para ello embarcaciones de vapor (barcos de chapaletas).

Adolfo Rodríguez, (Boletín Americanista. Barcelona, España, 1981. N°. 31. “Trama y ámbito del comercio de cueros en Venezuela (un aporte al reconocimiento de la ganadería llanera)”; pp. 196-199), da un poco de luz sobre el asunto: “El norteamericano Vespasiano Ellis, quien había sido Encargado de Negocios de los Estados Unidos de Norteamérica en Venezuela, de septiembre de 1844 a mediados de 1845, en que fue destituido, es a quien el Ejecutivo Nacional concede en 1848 un privilegio por 22 años para la navegación del Orinoco y sus afluentes por buques de vapor. Su representante el señor Federico Beeclem, Cónsul de EE.UU. allí. Hasta mayo de 1848 en que el vapor “Venezuela”, capitaneado por Eduardo A. Turpin, realiza un viaje de exploración hasta el río Apure, la navegación se efectuaba en canoas, bongos y lanchas, fundamentalmente estas últimas, unos “barcos grandes, anchos y llanos, de bajo calado”, que disputarían largo tiempo, con dicha privilegiada empresa, el comercio de la región.

Las embarcaciones hasta entonces alcanzaban a un número de 27, casi todas de construcción local, tal vez de las que en 1843 ofrecía la Casa de los señores Manuel y Tomas Grillet y C.a., de un calado de 30 y 40 toneladas y propias para el comercio de cabotaje, así como embarcaciones hasta por el porte de 80 toneladas sobre cualquier modelo y calidad que exija, a los efectos de su construcción. El gobernador (de Guayana) José Tomás Machado, en 1843, estimaba conveniente que fuese construido un astillero y fundada una Escuela de Náutica en la ciudad (Angostura).

En 1851 – según Adolfo Rodríguez- hubo una agria disputa entre el gobernador José Tomás Machado y el representante de la Empresa de Navegación señor Turpin por el incumplimiento del artículo 2 del decreto de exclusividad, por el cual dicha Compañía debía realizar a San Fernando y Nutrias por lo menos un viaje una vez al mes. Informó Turpin que tenia un vapor de 400 y otro de 300 toneladas –El Venezuela y El Apure -, que se habían efectuado considerables desembolsos y dichas excursiones hasta San Fernando y Nutrias podía hacerse sólo cuando “fuese practicable” como también decía dicho artículo: lamentándose también de la competencia a que estaban sometidos con las lanchas que practicaban la misma ruta.

“En 1852 fue armado en Guayana y por primera vez en Venezuela, un vapor, El Barinas, traído en piezas desde Nueva York, y realizado dicho ensamblaje por el arquitecto americano Carlos Thomes, 1854 el mismo Thomes construiría, por encargo de la Empresa, un carenero o rail way para la reparación de buques. El Barinas, con una velocidad de diez millas por hora, forma chata y sin palos, la bodega a seis pies de altura, con capacidad para 250 toneladas, tres pies de calado, es diferente a El Apure nada más en el casco de hierro. En agosto de ese mismo 1852 hizo su primera salida hacia Nutrias . . . “.

“Al año siguiente (1856), en junio –sigue exponiendo Adolfo Rodríguez, llegó a la ciudad (Ciudad Bolívar) el señor Fremdon Rowdon, Director Principal de la Compañía de Vapores en el Orinoco, con el propósito de “inspeccionar las operaciones de la Compañía y explorar los ríos tributarios del Orinoco y el Apure, para establecer en ellos vapores pequeños y de poco calado”, para lo cual ha partido desde el 23 de mayo de Nueva York el vapor Meta que hará la navegación por este río. El editor de El Diario de Avisos, señor Mariano de Briceño, celebra el acontecimiento exaltando ese “brazo hercúleo del Océano” o “maravillosa faja”, sobre la cual están apoyadas las provincias de Cumaná, Barcelona, el Guarico y los llanos de Apure”.

“En 1860 el vapor Guayana fue presa, primero de los federales, y luego de los constitucionales, que dispusieron de sus frutos en San Fernando de Apure. Cónsules de Dinamarca, Suecia y Noruega, Hannover, Cerdeña, los Países Bajos, Gran Bretaña. Lübech, Hamburgo y Bremen, Prusia, Oldemburgo y Francia, protestaron dicha apropiación. Un año antes, el Ejército Constitucional celebraba alborozando, la participación del vapor Guayana y su tripulación extranjera en la recaptura de Puerto Nutrias, ocupada por los revolucionarios.

Fue un hermano de Juan Bautista Dalla-Costa, hijo, quien siendo gobernador de Guayana, rescindió el contrato a la Empresa de Navegación en 1866 y decretó la libre navegación del Orinoco para los buques nacionales y de Colombia”.

Al consultar el libro Los días de Cipriano Castro, de Mariano Picón Salas (1958: 197), se encuentra una referencia sobre las empresas navieras y que hace suponer que el monopolio que existió a mitad del siglo XIX fue impuesto nuevamente a fines del mismo y principios del siglo XX. Don Mariano dice que en 1905 “se le quitó a la vieja empresa extranjera, la “Orinoco Shiping Company”, so pretexto de complicidad con Matos, el derecho de navegación por el gran río; con capital de (Manuel) Corao y de la Casa Dalton de Ciudad Bolívar se ha formado otra asociación naviera, la Compañía del Orinoco”, que ya “dispone de nueve buques hábiles”.

Pero a partir de 1913, hasta los años cincuenta del siglo XX, el servicio regular de vapores entre San Fernando de Apure (y también Puerto de Nutrias) y Ciudad Bolívar era prestado por la Compañía Venezolana de Navegación, con barcos como El Masparro, El Apure, El Delta, El Arauca, El Amparo y otros que atracaban en los malecones sanfernandinos de Ligeron, Barbarito, el Coronel Mora, etc. También una familia Rodríguez, apureña, era propietaria en 1921 de varias balandras que prestaban el servicio de transporte de fletes y pasajeros entre San Fernando y Ciudad Bolívar, o subían por el río Portuguesa hasta la población cojedeña de El Baúl. A Calabozo se viajaba por el río Guárico.

“Los caminos que andan” estuvieron vigentes en Apure hasta el momento en que se inicia la construcción de las carreteras asfaltadas, que han tapado el libre correr de las aguas de muchos ríos llaneros, y que han hecho que el habitante de Apure se vuelva de espaldas a sus ríos y adopte como medio de transporte los vehículos automotores. Los barcos a vapor, las balandras, los veleros, son desconocidos hoy día, y apenas su recuerdo se conserva en la memoria de las gentes mayores.

Los principales puertos sobre el río Apure eran: Arichuna, San Fernando, Apurito, Puerto Nutrias y Palmarito; sobre la confluencia del Apure con el Sarare, estaba Periquera, que luego fue absorbido por Guasdualito. Sobre el Arauca, los puertos principales eran El Paso Arauca, puerto de San Juan de Payara, El Yagual, Elorza, El Amparo y La Victoria; sobre el Meta, sólo Puerto Páez, y algunas pequeñas comunidades, tales como San Carlos del Meta, Mata de Guanábano, Buena Vista y Cararabo. Todavía el apureño sueña con la activación del eje fluvial Apure – Orinoco, como en tiempos pasados lo hizo con el “Ferrocarril de los Llanos”.

c) Aéreas. La navegación aérea se inicia en Venezuela en 1912, cuando se efectúa el primer vuelo en Caracas en presencia del general Juan Vicente Gómez, el 29 de septiembre*. Al poco tiempo viene al Apure el primer avión, puesto que para 1920 (noviembre 13) el Concejo Municipal del Distrito San Fernando, presidido por el señor Rafael Pérez Flores, acuerda ceder un lote de terrenos de sus ejidos para la construcción de un Aeródromo Militar (ubicado donde hoy está asentado el Barrio San Luis, al suroeste de la ciudad).

La aviación comercial se inicia en 1932, cuando la Compañía Francesa Aeropostal, con un avión “Laté 28”, establece un vuelo semanal entre Maracay y San Fernando de Apure.

Vale la pena recordar en la historia de la aeronáutica apureña la actividad desarrollada por la empresa RANSA. (Rutas Aéreas Nacionales S.A.), propiedad del Capitán Carlos Chávez, coriano enraizado en Apure (dueño del Hato “El Piñal”, en jurisdicción de la parroquia El Yagual, Municipio Achaguas), que actúo durante toda la década del 50 y los primeros del año 60 cubriendo rutas nacionales e internacionales (Panamá, México, Cuba y Santo Domingo); esta empresa sirvió de escuela a muchos pilotos apureños.

En 1985 la Línea Aeropostal Venezolana inició un vuelo diario a San Fernando utilizando para ello aviones DC-9; en 1988 la línea Avensa siguió el ejemplo de la empresa oficial, llegándose con dos vuelos diarios Maiquetía - San Fernando – Maiquetía. Hoy ninguna de estas líneas aéreas viene a San Fernando.

En 1986 y 1987 actúo la Línea Aeroejecutivos del Centro, cubriendo la ruta Charallave – San Fernando – Charallave, con aviones DC-3, pero la ruta no era muy rentable, por lo que suspendieron los vuelos. En el año 2000 comenzó sus vuelos a San Fernando la línea AVIOR, pero a raíz del paro petrolero sufrido por Venezuela entre Noviembre 2002 y Febrero 2003 suspendió sus servicios para esta región. Desde 1999, hasta el 2005, aproximadamente, las Fuerzas Armadas Nacionales prestan un servicio social con unidades que volaban desde Maracay a San Fernando y Puerto Ayacucho; además, este servicio tenia una ruta que partía de San Fernando hacia Caicara del Orinoco y Ciudad Bolívar, y otra que iba a Elorza, Guasdualito y Barinas.

Entre los años 50 y 70 del pasado siglo XX, los servicios de aerotaxis eran prestados por pequeñas avionetas Cessna pertenecientes a las líneas Acasa y Acerca, principalmente, con un numeroso contingente de experimentados pilotos, como Tex Palmer, veterano de la Segunda Guerra Mundial, Ramón “Monche” Pérez, Santiago Silva, Pedro de los Ríos, el médico Valeriano Moreno Ojeda, “Miruco” Pinto Salcedo, Márquez, Flores, Aguirre, Luis Garzón, los sacerdotes dominicos Lorenzo Galerón y Ovidio Rodríguez, Tomate” Urbano Acosta, Manuelito Mendible, Gustavo Fernández Feo, quienes realizaban vuelos, desde el Aeropuerto “Las Flecheras”, de San Fernando, a los distintos pueblos y hatos de la región, que contaban con pistas de aterrizaje rudimentarias en su mayoría. En San Fernando llegó funcionar un club aeronáutico (escuela de aviación), filial de otro que funcionaba en La Carlota, Caracas.

Estos vuelos, casi en su totalidad, han sido suspendidos, por los altos costos de mantenimiento de las naves y la alta competencia de las unidades de transporte terrestre; ya son muy contadas las unidades aéreas de este tipo que surcan los cielos apureños. Durante muchos años, el buen funcionamiento de las máquinas era asegurado por el famoso “Maestro” Fernández, mecánico de origen boliviano.

La primera mujer apureña en pilotear un avión fue la señora Carmen Decanio Umanés de Vivas, nacida en San Fernando de Apure, el día 29 de Julio de 1934, viuda del ganadero y piloto Esteban Vivas, quien pereció en un accidente aéreo (haciendo acrobacias) en la población de Cunaviche, el 23 de Mayo de 1961.

Para finalizar: la etapa correspondiente a la Revolución Bolivariana y Socialista del Siglo XXI está en pleno desarrollo, como diría un comentarista de televisión, y hay que dedicarle un capítulo especial, por los innumerables aspectos de transformación sociocultural que implica su aplicación efectiva. Entonces hablaremos de una Sociedad Llanera Bolivariana y Socialista.


---------* PAREDES, Luis H. , en su Historia de la Aviación Militar Venezolana, informa: “El Hipódromo de “El Paraíso” de Caracas fue escenario, en el año de 1912, de un acto trascendental que conmovió a la población capitalina. Desde ahí despegó el primer avión que surcó los cielos de la patria; un biplano de tela y madera, con motor de 60 caballos, y un peso de 300 kilos, traído a Venezuela por el constructor norteamericano Frank Boland . . . ” (1969: 123).

FUENTES CONSULTADAS:

BRICEÑO, Tarcila (1985). La Ganadería en los Llanos Centro – Occidentales Venezolanos, 1910 – 1935. Caracas, Academia Nacional de la Historia (Estudios, Monografías y Ensayos, 69).

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