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jueves, 27 de septiembre de 2007

DE CÓMO UNA VEZ CONTRIBUÍ A CONSTRUIR EL COMUNISMO

Edgardo Malaspina*



Son tres días en tren desde Moscú hasta Kazajstán, el país de las estepas, y el Valle de las Piedras, donde las dunas cantan al soplo de los vientos y se encuentra el cosmódromo Baikonur, rampa de lanzamiento del primer hombre al espacio.
El viaje se hace ligero, la lectura hace olvidar las distancias. A veces conversas amenamente con los compañeros del vagón, juegas al ajedrez o te entretienes en la ventanilla observando los paisajes móviles: estaciones con gente apresurada, árboles grandes, rieles paralelos, trenes en sentido contrario que dejan un ruido sordo, pueblos con casas de madera, hombres trabajando en un huerto o arreando vacas. Sueñas con el traqueteo del tren. En la mañana tomas el té caliente, y eso cae muy bien en el estómago.
Atravesamos los Montes Urales con su vegetación impresionante; la estepa, el desierto, arena y piedra para entristecerse y reflexionar. Tal vez contemplando un paisaje similar de inhóspito, el poeta ucraniano Tarás Shevchenko escribió:
-El desierto no tiene verdor alguno, sólo arena y piedras. Uno se siente tan triste, que dan ganas de ahorcarse”. Bueno, no era para menos: estaba preso.
Luego el espíritu se reconforta: aparecen pinares y ajenjos, bosques de bayas y setas. Más tarde vemos las yurtas, las viviendas de los pastores, cónicas, de piel de oveja y cercas de madera.
En el 1218 Gengis Khan invadió Kazajstán, el cual pasó a formar parte del Imperio Mongol, conocido mejor como la Horda de Oro. Después de muchas guerras los kazajos decidieron unirse a la Rusia zarista en 1731. Con el triunfo de la revolución rusa en 1917 los marxistas organizaron al pueblo, y en 1919 los kazajos rojos derrotaron a los blancos. En 1920 Kazajstan se declaró socialista y empezó la cooperativización de la agricultura a través de los koljozes.
Vivíamos en el koljoz “18 años de Kazajstán”, cerca de Shortandí, en una casa de paredes muy anchas. De día el calor era agobiante, y de noche hacía mucho frío. Estuvimos en Tselinograd y en Alma – Ata, la capital. Almá – Ata es la ciudad de los manzanos, las calles rectas, los canales y las fuentes refrescantes. Visitamos el Teatro Académico Kazajo de Opera y Ballet “Abái”, contemplamos la montaña de Koktiubé. Precisamente estuvimos en esta ciudad en 1978, año cuando se celebró allí la famosa conferencia internacional de médicos y en cuya declaración se definió el concepto de atención primaria de salud. Pero para esa época yo era un estudiante que apenas se iniciaba en la carrera de medicina y empleaba mis vacaciones para trabajar en las brigadas estudiantiles o stroiatriad. Esta aventura la repetí en el siguiente año. Mi brigada se llamaba Los Ingenieros.
Las brigadas estudiantiles de trabajo voluntario permitían obtener un dinero extra, pero también era una actividad idealista: una parte de lo ganado era destinado a un fondo de solidaridad con los pueblos en lucha contra el imperialismo, el neocolonialismo, el fascismo y la reacción. Así nos lo transmitían. Así lo repetíamos con orgullo. En 1978 aportamos tres días de nuestro trabajo a esos fondos solidarios.
Nuestra labor se relacionaba con la construcción: hacíamos casas con paredes hasta de un metro de grosor y techos compuestos de varias capas de diferentes materiales, aserrín y cemento. Este tipo de viviendas tiene una ventaja: cuando hay nieve produce calor, y al contrario, durante la estación calurosa son frescas porque no las penetra la luz solar.
Nos levantábamos temprano, y luego del desayuno nos dirigíamos a la construcción. Usábamos muchas piedras, las cuales cargábamos en parihuelas; y ese era precisamente uno de mis ocupaciones. En la tarde descansábamos. Los sábados eran también laborales; pero el domingo era de fiesta. Varias veces, al aire libre, hicimos la típica parrilla rusa o shaslik. La cerveza la traían en barriles y nadie se preocupaba en enfriarla. Era una cerveza fuerte y de un amarillo oscuro. A veces la fiesta era en un salón con música en vivo y mucho vino. Recuerdo un vino tinto ácido llamado Aldán que vendían en botellas pequeñas.
Observé que en el campo la gente solía andar en sus caballos y que la estepa es muy similar a nuestro llano. En un momento de nostalgia empecé a escribir unos cuartetos dedicados a Páez:

Gama de soplos raudos tendida sobre el llano
un retazo de sol ruboriza el ocaso
flameando en lo infinito su palpitar de arcano
va bordeando laguna sobre la hierba el paso.

Alba de claroscuro, canto de ave perdido
el rancho entre palmeras, en celestial reposo
romance del coplero, armonía de un bramido
prisionero el lucero del remansado pozo.

Luego seguía una retahíla de las mismas estrofas cursis con expresiones que invocaban a la mitología, Páez-Aquiles-Marte, rayos serpenteados, éter escarpado, infierno de Dante por batalla feroz, galope fragmentado, fulgor de metales, tropel en arrojo, tolvaneras, hecatombe; y un montón de otras ridiculeces, probablemente inspiradas en Venezuela Heroica y en Zárate. Años después cayó en mis manos un libro voluminoso llamado Versos al General José Antonio Páez. Entonces comprendí que en el subconsciente colectivo venezolano es Páez el héroe de mayor atractivo a la hora de recrear con la literatura nuestra historia porque encarna la materialización de la gloria a partir de la nada .El propio mito, pues.
El presidente del koljoz, un señor entrado en años y que siempre llevaba un sombrero pequeño, solía venir a nuestro campamento. Decía que su empresa había cumplido con los planes del año con muchas ganancias y nos obsequiaba carne, leche y mantequilla, productos que normalmente no se veían en otros koljozes similares.
En agosto se celebraba el día del constructor. En esa fecha los dirigentes de la brigada eran derrocados simbólicamente y se decretaba una parranda general. Durante el golpe de estado se decían cosas muy duras, sólo permitidas para esa ocasión. Por ejemplo, los líderes del golpe criticaban a las autoridades estudiantiles. Estas acusaciones, para un buen entendedor, eran una crítica general a todo lo que estaba pasando en la Unión Soviética. La comida y el trago sobraban. Luego las autoridades entregaban reconocimientos a los obreros-estudiantes. Conservo con cariño uno de esos diplomas con una bandera roja, el rostro de Lénin , la hoz y el martillo y las palabras: “Honor y gloria a los vanguardista de la competencia”. El texto completo dice:
Carta de salutación al luchador de la Brigada Los Ingenieros, el camarada Edgardo Malaspina.
La Dirección del Koljoz, el Comité del partido, el sindicato y el Komsomol del koljoz 18 Años de Kazajtán de la región de Shortandí, provincia de Tselinograd, lo felicita en este día tradicional de los constructores.
Con sinceridad y de todo corazón le agradecemos su participación en la Brigada Estudiantil de toda la Unión Soviètica “60 años del Komsomol Leninista”
En los aniversarios, 60 del Komsomol y 20 del movimiento estudiantil para la construcción, Ud., hace un digno aporte para poner en práctica las recomendaciones del histórico XXV Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética y del Pleno de su Comité efectuado en julio de 1978 con respecto a la construcción de viviendas y otras estructuras para la producción en el campo.
Su trabajo constituye una luminosa página en los anales del movimiento estudiantil de brigadas constructoras.
Le deseamos, estimado camarada, una salud muy fuerte, felicidad personal, éxitos en los estudios, que tenga siempre mucho entusiasmo en todo lo que emprenda. Multiplique y fortalezca las tradiciones del movimiento estudiantil.
Recuerde, Ud, querido camarada, todo lo que Ud ha construído con sus propias manos se lo agradece con todo el alma el colectivo de este koljoz.
Siempre estaremos contentos de verlo, como un representante de la Universidad de los Pueblos, en nuestras Tierras Vírgenes. La Dirección del koljoz. El Comité del Partido. El sindicato. El Komsomol. Cumpliremos con el Quinquenio anticipadamente. 1978.
El presidente del koljoz me entregó el diploma, me estrecho la mano y solemnemente me dijo:
- Camarada Edgardo. Usted está contribuyendo a la construcción del comunismo .Ha aportado su granito de arena para esa gran causa mundial.
Un día nos invitaron a una yurta. Sentados sobre el dastarján – un mantel en el piso -, probamos el beshbarmak, un aderezo con carne de cordero, muy sabroso. Mientras bebíamos el kumís, se dijo que para los kazajos la cultura era no olvidar a las generaciones pasadas y venideras, hasta la séptima.
Uno de los pastores contó lo siguiente:
-Una vez nuestras montañas se reunieron para hablar de la felicidad. La Montaña de Oro dijo:
- La riqueza es el oro, hasta que no saquen el oro de mis entrañas los kazajaos no serán felices.
La Montaña de Plata replicó:
-La felicidad no está en el oro ni en la riqueza sino en la alegría. Con mi plata se hacen cuerdas de instrumentos musicales y campanillas que hacen sonar música para hacer la vida más alegre.
Entonces intervino la Montaña de Plomo:
-Riqueza, alegría...¿Y que haremos cuando ataquen nuestros enemigos?. Necesitamos balas para defendernos. Sin mi plomo no hay riqueza ni alegría.
La Montaña de Cobre explicó:
-Sin mi cobre no se puede vivir. Los calderos para cocer la carne son de cobre, los jarros para el kumis son de cobre, los samovares para el té son de cobre. Sin mi cobre las pasarán mal.
Por último expresó su punto de vista la Montaña de Hierro.
-Lo que más se necesita es el hierro. Los arados, los sables, las hachas y las agujas se hacen de hierro, y no de oro , plata o cobre. El destino del hombre está en el hierro.
-Todas las montañas nos han ayudado, por eso no nos hace falta nada, finalizó su relato el pastor.
Alguien empezó a tocar la dombra Las cuerdas, sonaron como lejanas. Era una música extraña, (al menos para mí) pero agradable.
*Médico, poeta e historiador venezolano.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Jorge Gustavo Portella: COMPENDIO DE HISTORIA NATURAL

Alberto Hernández*

I

Este libro de Jorge Gustavo Portella no estudia el origen de las tormentas, la biografía de las células o la evolución ósea de los elefantes. Se trata de un poemario que reúne una serie de textos en los que el hombre y los animales se mueven en la imaginación del autor, quien advierte la tensión entre la palabra y sus hallazgos.
La lectura nos conduce al poema “Como un insecto grande roto” , título para entrar de lleno en el mundo sonoro del Compendio de historia natural, obra que ganara el Premio Bienal de Poesía Francisco Lazo Martí del Ateneo de Calabozo 2005.
Este primer encuentro recorre como un choque eléctrico la confusión, la locura urbana de occidente. Texto que se pasea por la violencia y la cotidianidad citadinas, para desembocar en “apenas una voz: la de Babel”.
Pasado este trago, el autor nos enfrenta con una “Brevísima descripción de los animales del Nuevo Mundo”, suerte de bestiario que metaforiza a ciertos sujetos de la fauna más próximos al aliento humano: “La ternura del gato es algo débil/ es un poco giro salto y ronroneo/ algo de jugar con la muerte en las cornisas/ y en el veneno que deja cada día el vecino/ que teme tanto su silenciosa maldad”. La particularidad de esta visión radica en que el animal es el que mira al hombre, el que lo piensa, el que lo intuye, de modo que “el gato sabe cuando sufres/ o cuando es el placer que te desborda”.
Luego de dialogar con algunas conductas animales, nuestro autor se despoja de ellas y bucea en los orígenes humanos. Notas antropológicas contiene poemas como estos: “Sospecha que al entrar/ podrá ver sus sombras/ aún tocándose” (La caverna); “Y cuál sería entonces la primera palabra/ si luego de comer la boca es beso// pero antes de gruñir uno es amante” (Etimológica), y así hasta arribar al asombro urbano de Adán y Eva en Nueva York. Este episodio evolutivo nos enfrenta con el registro anterior, donde los animales son humanos o los humanos son las bestias del futuro.
II

Un breve descanso en la travesía: el conocimiento ancla en Biografía del explorador: “La palabra/ escrita en un papel blanco/ la palabra el papel la ruina/ de la mano que roza toca oprime”. El gruñido inicial se hace sonido articulado, voz inteligente, individuo afectivo: “Mi abuela era una casa grande/ cubil de armiños feroces y graciosos/ estallando confusos a la vista/ hermanos primos padres/ todo tipo seres”, conciente de que “somos al final tal fatalmente niños”.
¿Qué tiene que ver el método científico con esta declaración?: “Hay algo de horizonte en una espalda/ algo de tierra prometida/ donde brotan los niños con sus verdes/ y algún hombre desea abandonarse/ morir muy lentamente// en una espalda hay algo de horizonte/ algo de pertenencia// cuando uno deja caer los ojos/ la comulga”. Mucho, hasta descubrir que el paraíso está al final de la tarde. Poesía, naturaleza convertida en juego, en imaginación, en la cuclilla de quien alcanza a ver la curva de la tierra. Los ojos son capaces de advertir que el gato puede “jugar con la muerte en las cornisas”, pero no alcanzan la claridad del día.
Áspera la ciudad, el hombre que la habita derrota lo verde y se hace “la sombra que rueda cada tarde/ y se asienta en la noche/ detrás de los andamios”. Tan es así que convierte en rutina al “viejo motivo al que llaman amor”. Una escala en la esperanza remata la agonía del poema. La vida del explorador está llena de dudas.
III

El espíritu de la ciudad, el trajín íntimo y colectivo, la mirada, los cuerpos rozados, la mujer, todos en atención al espacio de “Ritos pasaje”. Por esa vereda verbal nos lleva Jorge Gustavo Portella.
“No pueden estos versos repetir las formas de la duda/ los códigos de ser ya tan volátiles/ para bailar unos instantes en torno a la demencia// toda violencia desmaya decae se doblega/ su admites colocar tu acento sobre el humo// qué origina el desconcierto/ las rutas de las causas los afectos/ quisieras más/ quisieras entender que eres aire y deriva// no ha sabido doblarte en otros cuerpos”.
Los cuerpos anónimos, aparejados, emparejados, solos en compañía, los que emergen de cubículos y esquinas. Una poesía en la que “sólo queda de ellos/ ese vapor deleble de sus cuerpos/ única huella/ que nadie dice/ que no repite sus nombres// e invisible se borra”.
Del intento inicial a “El extravío del astronauta”. De la inocencia animal al extravío cotidiano del ser, de ese que escribe, que ama y acaricia, que calla en la cocina mientras los objetos protagonizan mientras “te amo a lo lejos silenciosa/ guerrera y asesina/ que prepara la cena/ para este rey cobarde/ que disfruta/ saber que alguien se esfuerza/ por mantener el reino”.
Un largo aliento, un espacio para transitar las curvas, las elipsis de la palabra, de las variadas voces de este compendio que comienza “entre las manos desangrando”, encerrado “en el gabinete del alquimista” y remata en este extravío con esta irrupción: “agárrate muy fuerte/ es hora que me diga de nuevo convencido/ de la idea constante de ser ambos/ como un hombre camino al extravío” . La historia natural del espíritu, la constante del ser en las páginas de esta hermosa aventura.
*Escritor, poeta y periodista venezolano

martes, 18 de septiembre de 2007

MISTER CAPÓ

Daniel R. Scott*


Asi le llamaban pero su nombre verdadero era Andrés Richier, y no nació en el Norte para que le dijeran "mister", sino el Lyon, capital del departamento del Ródano, el 10 de mayo de 1897. Quien sabe si en sus correrías infantiles no se habrá tropezado con los hermanos Lumiere, creadores del cinematógrafo, o con Saint Exupery, autor de "El principito". Pero claro, son tan solo suposiciones literarias mías: de su infancia es poco lo que se sabe, mucho más lo que devoró esa bestia insaciable que es la indolencia y el olvido. "De mi vida se puede escribir una novela policíaca" solía decir frente a su inseparable e ineludible tarro de cerveza, pero cualquiera que haya sido su historia no hubo nadie que se ocupara de escribirla y bajó con él a la tumba un junio de 1955. El recuerdo material más antiguo que de él se conserva data de 1914: desde el viejo blanco y negro de una foto que ya desgasta el tiempo un joven soldado del ejército francés lanza al lente de la cámara la mirada altiva y orgullosa de aquel que se sabe hombre porque ya es apto para participar en una guerra. No llegaba a los dieciocho de edad. A semejanza de muchos europeos de la época, Andrés creyó que el conflicto que se inició con el asesinato del archiduque Francisco Fernando no duraría mucho tiempo y se desarrollaría según las tácticas militares del siglo XIX. Incluso hasta sería pintoresca y colorida, como las napoleónicas. Pero la "Gran Guerra" o "Primera Guerra Mundial" resultó ser otra cosa muy distinta y más terrible de lo que hasta ese entonces se había visto. Apostado en el "frente belga," Andrés combatió en una conflagración que duró cuatro años, involucró a 32 países y le costó la vida a diez millones de personas. Los descubrimientos tecnológicos y científicos de la "Belle Époque", puestos al servicio de la maquinaria de guerra, hizo más terrible aún el conflicto armado. "Fue una auténtica tortura para los combatientes. Sobrevivirían durante meses en el fango, entre muertos y ratas, recibiendo oleadas de bombas y sabiendo que iban a una muerte segura cuando recibían la orden de salir de las trincheras y atacar a cuerpo descubierto las del enemigo" (Manuel Florentín) Andrés se las ingenió para sobrevivirle a los obuses, a la ametralladora y al gas mostaza, ganarse una condecoración en reconocimiento al valor (¿la Cruz de Malta de la Cruz de Guerra?) para finalmente, por un artero golpe de la fatalidad, pisar contra su voluntad costa venezolana y venir a parar sabe Dios cómo al pueblo de Barbacoas. Allí tropicalizó su tez europea con el candente sol del llano y se casó con una jovencita llamada Mirtala Sánchez, mi abuela (porque este Andrés Richier o "Mister Capó" no es otro que mi abuelo materno, a quien nunca conocí)
¿Quién era este Andrés Richier o Mister Capó? Mamá, con una lágrima quebrándole la voz, a veces intenta responder esa pregunta: "Fue un hombre sensible, humanitario, desprendido. Nunca se preocupó en atesorar nada. Y sin nada murió un día en mi casa, tras cuatro meses de agonía". Las escasas historias y anécdotas que se escaparon a duras penas de las fauces del olvido parecen avalar las palabras de su hija. Barbacoas era un pueblo pequeño con una calle principal que terminaba a orillas del río. Cuando los lugareños veían a mi abuelo salir rumbo al sus aguas con sus anzuelos y carnadas se reían detrás de las puertas o atisbando por las ventanas. "Mister Capó va a pescar", se decían unos a otros. "Hoy comemos pescado". Y en efecto así era: Capó entraba al pueblo con su pesca milagrosa reventándole las redes y llegaba a casa con apenas dos o tres pescado, lo necesario para comer ese día. El resto terminaba crepitando en el sartén del vecino, del compadre, del pobre o de cualquiera que lo necesitara. Lo mismo sucedía si se montaba la escopeta al hombro y salía de cacería: regresaba con su burro cargado con dos o tres venados que tiraba a los pies del menos afortunado o echaba en el umbral de algún hogar humilde. "Toma esto y prepáralo", decía con un castellano estropeado por el acento francés. "Me llevas luego una pierna trasera o un pedazo tasajeado". En el pueblo se acostumbraba sacrificar una res para la venta y consumo de sus habitantes. Los más ricos y pudientes se llevaban las mejores partes o cortes mientras que los pobres se conformaban con lo de menor calidad o simplemente con lo que sobraba. Un día llegó Mister Capó, compró la res con su propio dinero y ordenó a los empleados del matadero que repartieran el animal entre los pobres. "Hoy los ricos no comen carne" dijo muy satisfecho y orondo. Otro día murió el indigente del pueblo. No tenía parientes ni nadie que se ocupara de él. Era tan solo un cadáver sin el lustre que da el dinero, destinado a podrirse bajo las inclemencias del sol llanero. Fue entonces cuando Mister Capó y algunos de sus inseparables amigos de copa decidieron hacerse cargo del difunto, de los gastos funerarios y del entierro. Metieron al desventurado dentro de un ataúd de madera vieja y latón oxidado que ellos mismos fabricaron y lo velaron con todas las de la ley, entre historias y tragos. Al día siguiente, cuando sacaron con solemnidad los restos mortales de la iglesia para darles cristiana sepultura, resultó que el cortejo fúnebre estaba totalmente ebrio y de muy buen talante. Se montaron el ataúd sobre los hombros y se dirigieron al camposanto, no sin antes detenerse ante todos los expendios de licores que encontraban a lo largo de la vía sacra. Dejaban los restos mortales en las aceras y entraban a brindar por la salud del muerto. El pueblo no sabía si escandalizarse o reírse ante lo que parecía otra extravagancia más de Mister Capó. De uno de esos expendios de licores salió Capó, abrió la tapa del ataúd y vaciándole el contenido de una cerveza en la cara al difunto exclamó: "¡Échate un palo compadre!".
Andrés Richier siempre quiso volver a su patria, pero no pudo. Esa fatalidad que lo obligó a buscar estas tierras dándole como única guía el mapa de los cielos y de las estrellas jamás le permitió volver. Fatalidad sin entrañas que le hundió en el alcohol, la ira y la tristeza. Cuando su esposa le instaba a escribirle a sus parientes del otro lado del océano, él respondía como niño que recita una lección memorizada cientos de veces: "Yo no quiero escribirles, deseo verles". Y no les escribió más. Y tampoco volvió a verlos. Murió en San Juan de los Morros, donde vivió los últimos cinco años de su vida. Tenía 58 años. Sus únicas posesiones (algunas mudas de ropa, un par de zapatos, un vaso de cristal, Algunos libros en su lengua materna y la condecoración ganada en la guerra) terminaron en el patio de la casa, escarbadas por las gallinas, y finalmente desintegradas por los elementos de la naturaleza. "No se pueden guardar las posesiones de un muerto" dijo mi abuela.
Andrés Richier: naciste en la muy europea Lyon pero quiso el destino depositar tus cenizas a los pies de Paurario.
*Bibliotecario y escritor venezolano.

ORTIZ, CAPITAL DEL GUÁRICO Y LAS ARBITRARIEDADES CAUDILLESCAS


(Ponencia presentada en el Encuentro de Historiadores y Cronistas de
Ortiz, Estado Guárico, Venezuela, Agosto 2007)


Ubaldo Ruiz*


Ortiz y Calabozo, hoy dos importantes ciudades del Estado Guárico, constituyeron, desde los orígenes de nuestra entidad federal, sendas cabeceras de dos de los cuatro cantones en que se dividió la primigenia Provincia del Guárico en 1848, junto con Chaguaramas y Orituco; desde un principio Calabozo fue su capital; pero, escribe Adolfo Rodríguez (2004) que “El 15 de octubre de 1874, pretextando una peste en Calabozo, el gobernador Crespo decreta el traslado de la capital del Estado hacia Ortiz.” La capital del Guárico no permaneció durante mucho tiempo en Ortiz, cuatro años, desde 1874, hasta 1878 en una primera fase, y desde 1879 hasta 1881, en una segunda etapa; es decir, en total seis años; pero hablar de Ortiz como capital del Guárico, es hablar del liderazgo de Joaquín Crespo, así como hablar de la capitalidad de Calabozo, es referirse al caudillaje Monaguero, lo mismo que al aludir a San Juan de los Morros como centro político guariqueño, es obligatoria la mención de Juan Vicente Gómez y del absoluto dominio que ejerció en la Nación Venezolana.

Al revisar la Historia de Venezuela, es posible notar, como característica sobresaliente e inquietante, una tendencia de los caudillos, principalmente decimonónicos (entre los cuales se debe incluir a Juan Vicente Gómez puesto que califica como caudillo del XIX, a pesar de que su dictadura se verificó en la siguiente centuria), a intervenir arbitrariamente en la conformación político- territorial del país, en la mayoría de los casos respondiendo sólo a caprichos personales del amo político de turno. En los momentos cuando se intentó organizar el país mediante el consenso de los diferentes sectores que han conformado la sociedad venezolana, no hubo planteamientos radicales que tendieran a una transformación del ordenamiento del territorio nacional.

En 1830, cuando la “Reconstitución de la República”, como la llama Gil Fortoul (1978), no se creó ninguna Provincia, sino que continuaron existiendo las once heredadas de la Colonia y la Gran Colombia; y durante el período conocido por algunos historiadores como la “Oligarquía Conservadora” (1830-1848), sólo se crearon dos Provincias por parte del Congreso, la de Trujillo, en 1831 y la de Barquisimeto un año después.

En 1848, después de los sucesos del 24 de enero ocurridos en la sede del Parlamento nacional, y que el General Páez calificó como de “Fusilamiento del Congreso”, comenzó un régimen de 10 años, que Héctor Malavé Mata (1980) ha denominado “La Patria de Los Monagas”, y que el mayor de la dinastía, José Tadeo, pretendió extender, a través de la reforma de la Constitución de 1830, que el Congreso de la época, completamente sumiso al Poder Ejecutivo, se apresuró a sancionar, lo que precipitó la caída del clan Monagas. Al respecto comenta Manuel Pérez Vila (1985): “…en los primeros meses del año siguiente José Tadeo Monagas logra arrancar a un Congreso complaciente la reforma de la Constitución de 1830. Con útiles pretextos, como el de restablecer la Unión Colombiana (Gran Colombia), Monagas obtiene que el período presidencial sea ampliado a seis años y se hace reelegir Presidente por el Congreso para tal período, a la vez que impone como vicepresidente de la República a su yerno, el coronel Oriach. Esto causa una viva indignación en el país, que se refleja en una caricatura clandestina de la época donde se ve al Presidente Monagas sentado, con un látigo en la mano y rodeado por los diputados vestidos de civil y arrodillados a su alrededor, preguntando ‘¿Qué manda el amo?’ De la boca de Monagas salen las siguientes palabras: ‘Sólo yo y mi familia, Venezuela es nuestro patrimonio.’ Esta caricatura lleva por título: ‘Yo y mi Congreso’.”

Este “Nepotismo de los Monagas”, como también se conoce el período en cuestión, como buen régimen caudillesco, fue muy prolífico en la creación de Provincias: las de Guárico y Aragua en 1848; la de Portuguesa en 1851; las de Yaracuy y Cojedes en 1855; la de Táchira en 1856; y las de Maturín y Amazonas en 1856, un total de ocho Provincias, con las cuales “La ley de división territorial enumera 21 provincias, que con alguna ligera diferencia corresponderán a los que pronto serán estados de la federación venezolana” Pérez Vila (1985).

La Convención de Valencia, convocada y reunida en 1858, después del derrocamiento de la dinastía Monagas, ni después, durante el gobierno que resultó de la Guerra Federal, presidido por el Mariscal Juan Crisóstomo Falcón, no realizaron mayores alteraciones a la división político- territorial, salvo el cambio de nombre de las Provincias, que según la Constitución de 1864, pasarán a denominarse “Estados”, por lo de las autonomías propias de un régimen “federal”.

El heredero legítimo de Falcón, Antonio Guzmán Blanco (que inventará un “Congreso de Plenipotenciarios”, mejor conocido como Consejo Federal, para decidir a través de él, la elección de presidentes manejables) inaugurará en 1870 uno de los regímenes más personalistas de la Historia Nacional; Guzmán Blanco se creerá, como todos los autócratas que ha padecido Venezuela, el único capacitado para administrar el país: Él le dirá a Rojas Paúl, entre otras perlas, lo siguiente: “El progreso material se ha llevado con gran facilidad hasta este momento, que es el momento de los ferrocarriles y de la inmigración, para que todo lo realizado reconvierta en verdaderamente fecundo. Esto último es lo que estoy haciendo y lo que sólo yo podría realizar…” Citado por Ramón J. Velásquez (2005).

Entre los principales desvelos del Ilustre Americano estará la alteración de la organización del territorio nacional; y así, como dice Pérez Vila (1985): “A proposición de Guzmán Blanco, el mencionado Congreso reduce los 20 estados hasta entonces existentes a 7, algunos de los cuales engloban a varios de los anteriores.” Mediante esta medida el Estado Guárico dejará de existir, y pasará a formar una macro entidad, que abarcará hasta la lejana Nueva Esparta. Nuestra entidad tendrá su origen en 1848, como Provincia, mediante decreto del Congreso dócil a José Tadeo Monagas, y en 1864 se denominará “Estado”; pero el “Autócrata Civilizador”, lo agregará como Sección Guárico al Gran Estado Guzmán Blanco, que luego se denominará Estado Miranda; no es sino hasta el advenimiento de otra autocracia, la de Cipriano Castro, cuando el Guárico vuelva a su antigua autonomía, pero con acentuados cambios en su conformación territorial, los cuales hoy nos parecerían muy extraños, y que también reflejan las caprichosas arbitrariedades de los caudillos de turno.

Armas Chitty, en su Historia del Estado Guárico, (1982), sostiene que “Entre los años 1901 y 1909, que es cuando el Estado Guárico vuelve a adquirir su antigua fisonomía, ocurren cambios en sus Distritos…Ahora absorbe al Estado Apure, llega hasta Achaguas, mas pierde a Altagracia de Orituco que entra a pertenecer al Estado Miranda y a Zaraza al Estado Bermúdez. El Distrito Roscio, con Ortiz, y El Sombrero, Distrito Bruzual, pertenecieron al Estado Aragua…”. Todos estos cambios en la conformación del Estado Guárico obedecieron a esos caprichos de los caudillos de turno; lo mismo se podría decir respecto de la trashumancia de la capitalidad guariqueña.

La primera capital guariqueña fue Calabozo, desde 1848, cuando fue creada la Provincia, hasta 1874, año en que se trasladó a Ortiz. Hay que tomar en cuenta que para este año Venezuela padecía el período guzmancista conocido como el septenio, este se caracterizó, en parte por una especie de pacto entre el caudillo nacional, Guzmán Blanco, y los diferentes caudillos regionales. En los Llanos de Guárico, para esa época ya se había perfilado como caudillo principal el General Joaquín Crespo, natural de un lugar entre San Francisco de Cara y Parapara; durante los 18 años que ejerció su hegemonía en Venezuela, Guzmán Blanco contó con el apoyo casi incondicional de este careño, que no sólo fungía como líder indiscutido de las pampas guariqueñas, sino que había adquirido, merced a su éxito militar y político, la jerarquía de gran terrateniente de la zona, principalmente cercana a la ciudad de Ortiz, por lo que se puede considerar a ese ámbito, su querencia.

Por eso, cuando el “Ilustre Americano” convirtió a Crespo en Presidente del Estado Guárico, éste consideró que administrar esta entidad desde la ciudad del Paya, se adaptaba mucho mejor a sus intereses, que hacerlo desde la relativamente lejana Calabozo; y entonces se impuso ese criterio, del aprendiz de autócrata que era el Crespo de 1874, por sobre la tradición de Calabozo, que constituía para la época, “el núcleo humano más cargado de historia política” del Guárico, según la opinión de Armas Chitty(1979). También afirma este autor: “El 78, cuando Alcántara reacciona contra Guzmán Blanco y de hecho contra Crespo, la capital retorna a Calabozo, mas al triunfar la Reivindicadora que abre la puerta al Quinquenio, y cuyo éxito se debe a Crespo, al asaltar con Ramón Guerra a Gregorio Valera en La Victoria, el 79, la capital vuelve a Ortiz hasta el 81.”

A partir de este año desaparece el Guárico como entidad federal, como ya se indicó, porque era decisión del caudillo mayor, y Crespo, para entonces un subalterno de Guzmán Blanco, tuvo que conformarse con la medida que perjudicó por igual a Ortiz y a Calabozo, en beneficio de las localidades aragüeñas de Villa de Cura y La Victoria. Con la desaparición física de Joaquín Crespo, la llegada de los Andinos al Poder Político Nacional, y de la peste a Ortiz, esta tuvo que olvidarse de sus aspiraciones capitalinas, que fueron directamente proporcionales al liderazgo del caudillo que la consideraba su patria chica.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

De Armas Chitty, J. A. (1979) Historia del Guárico. San Juan de los Morros: Ediciones de la Universidad Rómulo Gallegos.

De Armas Chitty, J. A. (1982) Historia del Estado Guárico. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República.

Gil Fortoul, J. (1978) Historia Constitucional de Venezuela. México, D. F. : Editorial Cumbre. Biblioteca Simón Bolívar. Tomo X.

Malavé Mata, H. (1980) Formación Histórica del Antidesarrollo de Venezuela. Bogotá: Editorial La Oveja Negra.

Pérez Vila, M. (1985) Independencia y Caudillismo. El Siglo XIX Venezolano. Caracas: Enciclopedia Conocer Venezuela 4. Salvat Editores Venezolana, S. A.

Rodríguez, A. (2004) Calabozo Siglo XIX. San Juan de los Morros: Publicaciones del Rectorado de la Universidad Rómulo Gallegos.

Velásquez, R. J. (2005) Joaquín Crespo. Caracas: C. A. Editora El Nacional. Biblioteca Biográfica Venezolana.¨

*Profesor universitario e historiador venezolano.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

LA PERIODIFICACIÓN HISTORIOGRÁFICA EN GERMÁN CARRERA DAMAS

Jeroh Juan Montilla



CONTENIDO
El fluir de la conciencia historiográfica
La historiografía venezolana y su periodificación
La periodificación sujeta a la noción de continuidad
Bibliografía

EL FLUIR DE LA CONCIENCIA HISTORIOGRAFÍA
La historia es el fluir de la conciencia de quienes la escriben, la escritura histórica es el espejo verbal de la mente disciplinar que la concibe. Una cosa es la historia y su caos fáctico y otra la conciencia que le da orden a ese amasijo de acontecimientos humanos. La razón humana es intrínsecamente sucesiva, por lo tanto, la historia vaciada en los libros fluye también en la horma de lo continuo, en ese incesante río donde según Heráclito, no podemos bañarnos por segunda vez en las mismas aguas. Ese río por un ardid de la misma conciencia pasa a convertirse en una representación del tiempo, la tríada del pasado, el presente y el futuro. Viéndolo de este modo el hacer historiográfico vendría a ser un acto de rescate en lo temporal, de recuperar lo que se le escapa al hombre en el indetenible cauce del tiempo. Es un acto desesperado por ejercer un dominio humano sobre lo irrecuperable.
La conciencia historiográfica se ha desarrollado en la acción de armar todo un tinglado esquemático para domar las corrientes del río de la historia, para atenuar su paso y recuperar, por descarte, los hechos significativos y con ello la esencia de los mismos. Por eso al fluir histórico se le ha canalizado generalmente dentro del discurso historiográfico en la espiral modélica de los ciclos y los períodos.
El presente ensayo toma como punto de apoyo, para desplegar sus apreciaciones sobre el uso de lo cíclico y la periodificación en la historiografía venezolana, el artículo titulado Historiografía, inserto en el "Diccionario de Historia de Venezuela" de la Fundación Polar (1997), escrito por el historiador venezolano Germán Carrera Damas. Trabajo por demás de significativa relevancia para entender lo que es y ha sido la conciencia del hacer historiográfico en Venezuela.
LA HISTORIOGRAFÍA VENEZOLANA Y SU PERIODIFICACIÓN
De entrada el autor dice, citándose a si mismo, que sus esquemas de análisis se basan en ‘la teoría de los ciclos historiográficos de Venezuela’, período colonial, expuesta en Historiografía colonial de Venezuela" (Pág. 701) En este último texto se divide al hacer historiográfico en 5 ciclos, que van desde 1498 hasta 1806. Estos ciclos
se desarrollan dentro de lo que se conoce tradicionalmente como el periodo colonial. Carrera Damas manifiesta que para elaborar esta división siguió las propuestas del historiador belga León-Ernest Halkin. Afirma que a pesar de las críticas la periodología es "una categoría necesaria para el conocimiento histórico"
Estos ciclos fueron elaborados a partir del análisis de los siguientes aspectos: las escuelas del pensamiento histórico, los fenómenos específicos, el contexto americano y europeo dentro de la historia universal, la fundación de las misiones en Venezuela y el criterio geográfico combinado con el cronológico. Estos ciclos fueron catalogados de la manera siguiente: ciclo general o primario: que involucra a los historiadores generales de Indias, va desde el siglo XV hasta el XVIII. Y según el itinerario de los cronistas: ciclo de occidente, ciclo de oriente, ciclo del Orinoco, ciclo de naturalistas y viajeros, estos ciclos se cruzan con el ciclo primario desarrollándose simultáneamente todos entre los siglos XVI y XVIII.
Los del primer ciclo tienen como características generales: lo etnográfico, el fin religioso y de Estado, levantar informes de las actividades y datos de los descubridores y conquistadores, justificación de los actos de estos últimos, tendenciosidad religiosa y etnohistórica, textos excesivamente generales y repetitivos hasta copiarse unos de otros. Los ciclos siguiente se caracterizan por describir regiones específicas, grupos indígenas con sus costumbres, el evidenciar que un 90% de los cronistas son misioneros, tocan los mismos temas, exhiben rasgos de la corrientes historiográficas del iluminismo y el romanticismo, son también un estudio de lo distinto a la cultura colonial de origen europeo, manifiestan interés por la economía, la ciencia y la política, hacen mención al tema de la esclavitud y mantiene el abusivo plagio de textos.
Ahora bien Carrera Damas cambia la calificación de ciclo al término etapa cuando pasa a estudiar la historiografía venezolana que se desarrolla entre los siglos XIX y XX. Aquí plantea una historiografía venezolana a partir del hecho de asumir la conciencia de venezolanidad, como criterio de diferenciación y ruptura con el pasado colonial. Establece a sí dos grandes etapas: la presistemática y la sistemática.
La etapa presistemática "se caracteriza por la elaboración de paisajes historiográficos, cuya generalización no se basa en el estudio metódico de toda la obra, o de la parte más significativa de ella, determinada según criterios expresos, de los autores" (Pag. 707) Se ve, por la cita, que el hacer historiográfico de esta etapa es básicamente descriptivo y de matices personalistas. Según Carrera Damas las conclusiones que estos autores dan a sus propios trabajos oscilan de extremo a extremo, del optimismo al pesimismo. Mucho de lo escrito en esta etapa está bajo la protección del poder público, respondiendo a los objetivos y planes políticos de los grupos enquistados en el gobierno. Una característica general es el desmedido e interesado uso de las figuras de la independencia, especialmente la de Simón Bolívar. Esta etapa muy bien puede ubicarse desde 1830 hasta mediados de 1947 cuando, con la fundación de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central se da inicio a la etapa sistemática.
Esta última etapa de la historia de la historiografía venezolana implica el surgimiento otros campos y corrientes de estudio e investigación no sujetos al discurso histórico oficial. Es la etapa de una historiografía con sentido académico, la cual se inicia primeramente con objetivos de crítica historiográfica a todo lo realizado en este campo hasta ese momento. Uno de los resultados más significativos de estas actividades críticas, según el autor, es la periodificación del hacer historiográfico nacional. Se destacan en este ejercicio los historiadores Eloy Guillermo González, Mario Briceño Iragorry, Ramón Díaz Sánchez y el mismo autor, Germán Carrera Damas. Después de una breve revisión crítica a las propuestas de periodificación anteriores al autor, este concluye su artículo anteponiendo y detallando su propia propuesta de 5 fases historiografías: la de la independencia, la romántica, la positivista, la marxista y la sincrética o ecléctica. Cierra este artículo de Carrera Damas sobre la historiografía venezolana un texto Manuel Pérez Vila titulado “Desarrollo historiográfico recientes" en la cual abunda y complementa datos con referencia a la actividad historiográfica en la contemporaneidad venezolana.
LA PERIODIFICACIÓN SUJETA A LA NOCIÓN DE CONTINUIDAD
Hablar de ciclos y períodos para esquematizar la historiografía es tomar términos que ya se han manejado con bastante largueza entre las Ciencias Naturales, sobre todo en el ámbito de la química, la física y la biología. En estas se entiende por ciclo la serie de transformaciones que sufre un cuerpo partiendo de un estado inicial y volviendo después de un recorrido o transición al mismo, como ejemplo sencillo puede mencionarse el ciclo hidrológico. Si se consulta el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española las palabras ciclo y período tienen significados semejantes. El primero es una "'Serie de fases por las que pasa un fenómeno periódico hasta que se reproduce una fase anterior" (Pág. 470) En relación al segundo: "Tiempo que una cosa tarda en volver al estado o posición que tiene al principio" (Pág. 1577) La diferencia está en el uso que se le ha dado a estas dos nociones. Los períodos están incluidos en los ciclos, donde estos últimos implican la generalidad y los períodos la especificidad o las partes. En fin ambas nociones implican una recurrencia fenoménica. Es evidente que lo que subyace en el sustrato de estas dos nociones es otra noción muy importante para hacer social del hombre, la idea de la continuidad. Ahora bien, el uso de esta terminología en la historia es bastante antiguo, se dice que Zenódoto de Efeso, en siglo III a. C. usó por primera vez la palabra ciclo para dividir la historia griega, a partir de la literatura, en los grandes ciclos troyano y tebano.
Para Carrera Damas ordenar la historiografía bajo los criterios de periodificación trae diversas dificultades. Es significativo que en su articulo, Períodos de la historia de Venezuela para Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Polar, Germán Carrera Damas hable de que caracterizar y delimitar los periodos en la historia de Venezuela "...suscita algunos problemas específicos, además de los propios de todo intento de periodificación" (Pag. 593) Estos problemas son la simultaneidad de los procesos históricos, como son el descubrimiento, la conquista, y la colonización, también el lapso histórico de estos, la ubicación de la independencia y de la Gran Colombia. Para este historiador el problema se explica en una mala fundamentación de los esquemas. Entiende que la simultaneidad de los procesos es lo esencial en el proceso global, no resolver a esta dentro del esquema de periodificación es metodológicamente fatal para la calidad de los resultados.
Ahora bien el problema puede que no esté en la complejidad del río sino en la insuficiencia de las canalizaciones que pretenden conducirlo. Las renuentes aguas de lo histórico siempre desbordan los muros de la periodificación, esta en si misma adolece de significativas limitaciones metodológicas. ¿Plantea esto un agotamiento o una escasez epistemológica de dicho esquema? Esta misma situación puede verse claramente cuando el autor aborda lo historiográfico. El quid de todo este asunto está en la noción histórica de continuidad. Carrera Damas manifiesta que: ''El proceso histórico no debe aceptar cortes tajantes. Hay una continuidad que sin duda debe ser objeto de análisis permanente por parte de los estudiosos de las ciencias sociales" (Pag. 701) El autor presupone una continuidad que establece el hilo comunicante de los diversos ciclos, periodos y fases de la historiografía venezolana. Todo el discurso sobre la historiografía se desarrolla sobre los tropiezos por mantener este hilo comunicante. Carrera Damas es amplio al describir las dificultades e insuficiencias en la periodificación histórica. Para él dicha problemática tiene que ver con la complejidad específica del terreno histórico estudiado, Venezuela. La impericia en aplicarle los criterios de periodificación. Lo cual exige una claridad metodológica a toda prueba. Ante estas afirmaciones es preciso traer a colación las siguientes palabras de Michel Foucault:
"Para la historia, en su forma clásica, lo discontinuo era a la vez lo dado y lo impensable: lo que se ofrecía bajo la forma de acontecimientos, instituciones, ideas o prácticas dispersas; aquello que el discurso del historiador debía contornear, reducir, borrar para que apareciera la continuidad de los encadenamientos. La discontinuidad era ese estigma del desperdigamiento temporal que el historiador estaba encargado de suprimir de la historia. (Pag. 223)
Allí se explica las dificultades aludidas, la historia es fundamentalmente discontinuidad, la noción de continuidad es solo un recurso del discurso histórico clásico para atrapar lo que se escapa, lo que se escurre del cauce. Para Foucault la discontinuidad no es un enemigo a reducir, sino que ahora es un elemento fundamental del análisis histórico. Entonces la problemática no está en el terreno estudiado, como cree Carrera Damas sino en la sujeción a la noción de continuidad. Mantenerla a estas alturas, donde se ha incorporado al estudio de las ciencias la categoría de la incertidumbre junto a la desaparición del sujeto como elemento fundante de la ciencia, es tratar de armar un juego donde las piezas no calzan por que son irreductiblemente cambiantes desde una perspectiva historiográfica. Hay que aceptar que los esquemas solo son una excusa para iniciar el juego historiográfico. La idea de totalidad es apenas metafórica. Es notable que el despertar de la conciencia historiográfica venezolana, desde Mario Briceño Iragorry hasta la obra de Carrera Damas, parece ser la búsqueda incesante e infructuosa de una continuidad perdida.
BIBLIOGRAFÍA
Carrera Damas, Germán (1964) Cuestiones de historiografía venezolana. Caracas: Monte Ávila Editores
————— (1972) Metodología y estudio de la historia. Caracas: Monte Ávila Editores.
————— (1997) Historiografía. En: Diccionario de Historia de Venezuela, (pp. 701-714) Caracas: Fundación Polar.
————— (1997) Períodos de la historia de Venezuela. En: Diccionario de Historia de Venezuela, (pp. 593-599) Caracas: Fundación Polar.
Foucault Michel (1970) Respuesta al Círculo de Epistemología. En: Análisis de Michel Foucault. (pp. 221-270) Buenos Aires: Editorial Tiempo Contemporáneo.

martes, 11 de septiembre de 2007

EL MUSEO ARQUEOLÓGICO PANARIGUA



En el pasado mes de agosto saliendo de la Colonia Tovar, cerro El Limón, y en la vía, ya cercanos a Puerto Cruz, en un viaje de turistas, Tibisay Vargas Rojas, mi esposa; Valeria Montilla, mi hija; Emilio Vargas, mi suegro y este servidor, Jeroh Juan Montilla, encontramos en el Plan de La Ansermera el Museo Arqueológico Panarigua. Este fue fundado por el arqueólogo Luís Laffer en 1978. En ese momento estaba cerrado, según nos dijo un vecino al lugar, la encargada había salido al poblado más cercano a diligencias. Sin embargo pudimos fotografiar los petroglifos que estaban a los alrededores del pequeño galpón que funge como Museo.
Hurgando las poquísimas referencias que se encuentran de este Museo en Internet se dice que tiene “… la finalidad de resguardar para las generaciones futuras los petroglifos hallados en diversos sectores de El Limón y algunas colecciones arqueológicas provenientes de Margarita, Valencia y Falcón.” Frente a este Plan se encuentra una región montañosa que, según palabra de Eugenio (El Compa), el taxista que nos llevaba, se llama “La Fila de los Indios”, en ella también se encuentran yacimientos petroglificos.
Esperamos desde este blog contribuir al conocimiento de la riqueza arqueológica venezolana. Es de destacar que las excelentes fotos que aquí publicamos fueron tomadas por Tibisay Vargas Rojas con la cámara de su teléfono celular.
Don Emilio Vargas, Valeria Montilla y Jeroh Montilla


Valeria Montilla ante la fachada del Museo Arquológico Panarigua