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martes, 18 de septiembre de 2007

MISTER CAPÓ

Daniel R. Scott*


Asi le llamaban pero su nombre verdadero era Andrés Richier, y no nació en el Norte para que le dijeran "mister", sino el Lyon, capital del departamento del Ródano, el 10 de mayo de 1897. Quien sabe si en sus correrías infantiles no se habrá tropezado con los hermanos Lumiere, creadores del cinematógrafo, o con Saint Exupery, autor de "El principito". Pero claro, son tan solo suposiciones literarias mías: de su infancia es poco lo que se sabe, mucho más lo que devoró esa bestia insaciable que es la indolencia y el olvido. "De mi vida se puede escribir una novela policíaca" solía decir frente a su inseparable e ineludible tarro de cerveza, pero cualquiera que haya sido su historia no hubo nadie que se ocupara de escribirla y bajó con él a la tumba un junio de 1955. El recuerdo material más antiguo que de él se conserva data de 1914: desde el viejo blanco y negro de una foto que ya desgasta el tiempo un joven soldado del ejército francés lanza al lente de la cámara la mirada altiva y orgullosa de aquel que se sabe hombre porque ya es apto para participar en una guerra. No llegaba a los dieciocho de edad. A semejanza de muchos europeos de la época, Andrés creyó que el conflicto que se inició con el asesinato del archiduque Francisco Fernando no duraría mucho tiempo y se desarrollaría según las tácticas militares del siglo XIX. Incluso hasta sería pintoresca y colorida, como las napoleónicas. Pero la "Gran Guerra" o "Primera Guerra Mundial" resultó ser otra cosa muy distinta y más terrible de lo que hasta ese entonces se había visto. Apostado en el "frente belga," Andrés combatió en una conflagración que duró cuatro años, involucró a 32 países y le costó la vida a diez millones de personas. Los descubrimientos tecnológicos y científicos de la "Belle Époque", puestos al servicio de la maquinaria de guerra, hizo más terrible aún el conflicto armado. "Fue una auténtica tortura para los combatientes. Sobrevivirían durante meses en el fango, entre muertos y ratas, recibiendo oleadas de bombas y sabiendo que iban a una muerte segura cuando recibían la orden de salir de las trincheras y atacar a cuerpo descubierto las del enemigo" (Manuel Florentín) Andrés se las ingenió para sobrevivirle a los obuses, a la ametralladora y al gas mostaza, ganarse una condecoración en reconocimiento al valor (¿la Cruz de Malta de la Cruz de Guerra?) para finalmente, por un artero golpe de la fatalidad, pisar contra su voluntad costa venezolana y venir a parar sabe Dios cómo al pueblo de Barbacoas. Allí tropicalizó su tez europea con el candente sol del llano y se casó con una jovencita llamada Mirtala Sánchez, mi abuela (porque este Andrés Richier o "Mister Capó" no es otro que mi abuelo materno, a quien nunca conocí)
¿Quién era este Andrés Richier o Mister Capó? Mamá, con una lágrima quebrándole la voz, a veces intenta responder esa pregunta: "Fue un hombre sensible, humanitario, desprendido. Nunca se preocupó en atesorar nada. Y sin nada murió un día en mi casa, tras cuatro meses de agonía". Las escasas historias y anécdotas que se escaparon a duras penas de las fauces del olvido parecen avalar las palabras de su hija. Barbacoas era un pueblo pequeño con una calle principal que terminaba a orillas del río. Cuando los lugareños veían a mi abuelo salir rumbo al sus aguas con sus anzuelos y carnadas se reían detrás de las puertas o atisbando por las ventanas. "Mister Capó va a pescar", se decían unos a otros. "Hoy comemos pescado". Y en efecto así era: Capó entraba al pueblo con su pesca milagrosa reventándole las redes y llegaba a casa con apenas dos o tres pescado, lo necesario para comer ese día. El resto terminaba crepitando en el sartén del vecino, del compadre, del pobre o de cualquiera que lo necesitara. Lo mismo sucedía si se montaba la escopeta al hombro y salía de cacería: regresaba con su burro cargado con dos o tres venados que tiraba a los pies del menos afortunado o echaba en el umbral de algún hogar humilde. "Toma esto y prepáralo", decía con un castellano estropeado por el acento francés. "Me llevas luego una pierna trasera o un pedazo tasajeado". En el pueblo se acostumbraba sacrificar una res para la venta y consumo de sus habitantes. Los más ricos y pudientes se llevaban las mejores partes o cortes mientras que los pobres se conformaban con lo de menor calidad o simplemente con lo que sobraba. Un día llegó Mister Capó, compró la res con su propio dinero y ordenó a los empleados del matadero que repartieran el animal entre los pobres. "Hoy los ricos no comen carne" dijo muy satisfecho y orondo. Otro día murió el indigente del pueblo. No tenía parientes ni nadie que se ocupara de él. Era tan solo un cadáver sin el lustre que da el dinero, destinado a podrirse bajo las inclemencias del sol llanero. Fue entonces cuando Mister Capó y algunos de sus inseparables amigos de copa decidieron hacerse cargo del difunto, de los gastos funerarios y del entierro. Metieron al desventurado dentro de un ataúd de madera vieja y latón oxidado que ellos mismos fabricaron y lo velaron con todas las de la ley, entre historias y tragos. Al día siguiente, cuando sacaron con solemnidad los restos mortales de la iglesia para darles cristiana sepultura, resultó que el cortejo fúnebre estaba totalmente ebrio y de muy buen talante. Se montaron el ataúd sobre los hombros y se dirigieron al camposanto, no sin antes detenerse ante todos los expendios de licores que encontraban a lo largo de la vía sacra. Dejaban los restos mortales en las aceras y entraban a brindar por la salud del muerto. El pueblo no sabía si escandalizarse o reírse ante lo que parecía otra extravagancia más de Mister Capó. De uno de esos expendios de licores salió Capó, abrió la tapa del ataúd y vaciándole el contenido de una cerveza en la cara al difunto exclamó: "¡Échate un palo compadre!".
Andrés Richier siempre quiso volver a su patria, pero no pudo. Esa fatalidad que lo obligó a buscar estas tierras dándole como única guía el mapa de los cielos y de las estrellas jamás le permitió volver. Fatalidad sin entrañas que le hundió en el alcohol, la ira y la tristeza. Cuando su esposa le instaba a escribirle a sus parientes del otro lado del océano, él respondía como niño que recita una lección memorizada cientos de veces: "Yo no quiero escribirles, deseo verles". Y no les escribió más. Y tampoco volvió a verlos. Murió en San Juan de los Morros, donde vivió los últimos cinco años de su vida. Tenía 58 años. Sus únicas posesiones (algunas mudas de ropa, un par de zapatos, un vaso de cristal, Algunos libros en su lengua materna y la condecoración ganada en la guerra) terminaron en el patio de la casa, escarbadas por las gallinas, y finalmente desintegradas por los elementos de la naturaleza. "No se pueden guardar las posesiones de un muerto" dijo mi abuela.
Andrés Richier: naciste en la muy europea Lyon pero quiso el destino depositar tus cenizas a los pies de Paurario.
*Bibliotecario y escritor venezolano.

ORTIZ, CAPITAL DEL GUÁRICO Y LAS ARBITRARIEDADES CAUDILLESCAS


(Ponencia presentada en el Encuentro de Historiadores y Cronistas de
Ortiz, Estado Guárico, Venezuela, Agosto 2007)


Ubaldo Ruiz*


Ortiz y Calabozo, hoy dos importantes ciudades del Estado Guárico, constituyeron, desde los orígenes de nuestra entidad federal, sendas cabeceras de dos de los cuatro cantones en que se dividió la primigenia Provincia del Guárico en 1848, junto con Chaguaramas y Orituco; desde un principio Calabozo fue su capital; pero, escribe Adolfo Rodríguez (2004) que “El 15 de octubre de 1874, pretextando una peste en Calabozo, el gobernador Crespo decreta el traslado de la capital del Estado hacia Ortiz.” La capital del Guárico no permaneció durante mucho tiempo en Ortiz, cuatro años, desde 1874, hasta 1878 en una primera fase, y desde 1879 hasta 1881, en una segunda etapa; es decir, en total seis años; pero hablar de Ortiz como capital del Guárico, es hablar del liderazgo de Joaquín Crespo, así como hablar de la capitalidad de Calabozo, es referirse al caudillaje Monaguero, lo mismo que al aludir a San Juan de los Morros como centro político guariqueño, es obligatoria la mención de Juan Vicente Gómez y del absoluto dominio que ejerció en la Nación Venezolana.

Al revisar la Historia de Venezuela, es posible notar, como característica sobresaliente e inquietante, una tendencia de los caudillos, principalmente decimonónicos (entre los cuales se debe incluir a Juan Vicente Gómez puesto que califica como caudillo del XIX, a pesar de que su dictadura se verificó en la siguiente centuria), a intervenir arbitrariamente en la conformación político- territorial del país, en la mayoría de los casos respondiendo sólo a caprichos personales del amo político de turno. En los momentos cuando se intentó organizar el país mediante el consenso de los diferentes sectores que han conformado la sociedad venezolana, no hubo planteamientos radicales que tendieran a una transformación del ordenamiento del territorio nacional.

En 1830, cuando la “Reconstitución de la República”, como la llama Gil Fortoul (1978), no se creó ninguna Provincia, sino que continuaron existiendo las once heredadas de la Colonia y la Gran Colombia; y durante el período conocido por algunos historiadores como la “Oligarquía Conservadora” (1830-1848), sólo se crearon dos Provincias por parte del Congreso, la de Trujillo, en 1831 y la de Barquisimeto un año después.

En 1848, después de los sucesos del 24 de enero ocurridos en la sede del Parlamento nacional, y que el General Páez calificó como de “Fusilamiento del Congreso”, comenzó un régimen de 10 años, que Héctor Malavé Mata (1980) ha denominado “La Patria de Los Monagas”, y que el mayor de la dinastía, José Tadeo, pretendió extender, a través de la reforma de la Constitución de 1830, que el Congreso de la época, completamente sumiso al Poder Ejecutivo, se apresuró a sancionar, lo que precipitó la caída del clan Monagas. Al respecto comenta Manuel Pérez Vila (1985): “…en los primeros meses del año siguiente José Tadeo Monagas logra arrancar a un Congreso complaciente la reforma de la Constitución de 1830. Con útiles pretextos, como el de restablecer la Unión Colombiana (Gran Colombia), Monagas obtiene que el período presidencial sea ampliado a seis años y se hace reelegir Presidente por el Congreso para tal período, a la vez que impone como vicepresidente de la República a su yerno, el coronel Oriach. Esto causa una viva indignación en el país, que se refleja en una caricatura clandestina de la época donde se ve al Presidente Monagas sentado, con un látigo en la mano y rodeado por los diputados vestidos de civil y arrodillados a su alrededor, preguntando ‘¿Qué manda el amo?’ De la boca de Monagas salen las siguientes palabras: ‘Sólo yo y mi familia, Venezuela es nuestro patrimonio.’ Esta caricatura lleva por título: ‘Yo y mi Congreso’.”

Este “Nepotismo de los Monagas”, como también se conoce el período en cuestión, como buen régimen caudillesco, fue muy prolífico en la creación de Provincias: las de Guárico y Aragua en 1848; la de Portuguesa en 1851; las de Yaracuy y Cojedes en 1855; la de Táchira en 1856; y las de Maturín y Amazonas en 1856, un total de ocho Provincias, con las cuales “La ley de división territorial enumera 21 provincias, que con alguna ligera diferencia corresponderán a los que pronto serán estados de la federación venezolana” Pérez Vila (1985).

La Convención de Valencia, convocada y reunida en 1858, después del derrocamiento de la dinastía Monagas, ni después, durante el gobierno que resultó de la Guerra Federal, presidido por el Mariscal Juan Crisóstomo Falcón, no realizaron mayores alteraciones a la división político- territorial, salvo el cambio de nombre de las Provincias, que según la Constitución de 1864, pasarán a denominarse “Estados”, por lo de las autonomías propias de un régimen “federal”.

El heredero legítimo de Falcón, Antonio Guzmán Blanco (que inventará un “Congreso de Plenipotenciarios”, mejor conocido como Consejo Federal, para decidir a través de él, la elección de presidentes manejables) inaugurará en 1870 uno de los regímenes más personalistas de la Historia Nacional; Guzmán Blanco se creerá, como todos los autócratas que ha padecido Venezuela, el único capacitado para administrar el país: Él le dirá a Rojas Paúl, entre otras perlas, lo siguiente: “El progreso material se ha llevado con gran facilidad hasta este momento, que es el momento de los ferrocarriles y de la inmigración, para que todo lo realizado reconvierta en verdaderamente fecundo. Esto último es lo que estoy haciendo y lo que sólo yo podría realizar…” Citado por Ramón J. Velásquez (2005).

Entre los principales desvelos del Ilustre Americano estará la alteración de la organización del territorio nacional; y así, como dice Pérez Vila (1985): “A proposición de Guzmán Blanco, el mencionado Congreso reduce los 20 estados hasta entonces existentes a 7, algunos de los cuales engloban a varios de los anteriores.” Mediante esta medida el Estado Guárico dejará de existir, y pasará a formar una macro entidad, que abarcará hasta la lejana Nueva Esparta. Nuestra entidad tendrá su origen en 1848, como Provincia, mediante decreto del Congreso dócil a José Tadeo Monagas, y en 1864 se denominará “Estado”; pero el “Autócrata Civilizador”, lo agregará como Sección Guárico al Gran Estado Guzmán Blanco, que luego se denominará Estado Miranda; no es sino hasta el advenimiento de otra autocracia, la de Cipriano Castro, cuando el Guárico vuelva a su antigua autonomía, pero con acentuados cambios en su conformación territorial, los cuales hoy nos parecerían muy extraños, y que también reflejan las caprichosas arbitrariedades de los caudillos de turno.

Armas Chitty, en su Historia del Estado Guárico, (1982), sostiene que “Entre los años 1901 y 1909, que es cuando el Estado Guárico vuelve a adquirir su antigua fisonomía, ocurren cambios en sus Distritos…Ahora absorbe al Estado Apure, llega hasta Achaguas, mas pierde a Altagracia de Orituco que entra a pertenecer al Estado Miranda y a Zaraza al Estado Bermúdez. El Distrito Roscio, con Ortiz, y El Sombrero, Distrito Bruzual, pertenecieron al Estado Aragua…”. Todos estos cambios en la conformación del Estado Guárico obedecieron a esos caprichos de los caudillos de turno; lo mismo se podría decir respecto de la trashumancia de la capitalidad guariqueña.

La primera capital guariqueña fue Calabozo, desde 1848, cuando fue creada la Provincia, hasta 1874, año en que se trasladó a Ortiz. Hay que tomar en cuenta que para este año Venezuela padecía el período guzmancista conocido como el septenio, este se caracterizó, en parte por una especie de pacto entre el caudillo nacional, Guzmán Blanco, y los diferentes caudillos regionales. En los Llanos de Guárico, para esa época ya se había perfilado como caudillo principal el General Joaquín Crespo, natural de un lugar entre San Francisco de Cara y Parapara; durante los 18 años que ejerció su hegemonía en Venezuela, Guzmán Blanco contó con el apoyo casi incondicional de este careño, que no sólo fungía como líder indiscutido de las pampas guariqueñas, sino que había adquirido, merced a su éxito militar y político, la jerarquía de gran terrateniente de la zona, principalmente cercana a la ciudad de Ortiz, por lo que se puede considerar a ese ámbito, su querencia.

Por eso, cuando el “Ilustre Americano” convirtió a Crespo en Presidente del Estado Guárico, éste consideró que administrar esta entidad desde la ciudad del Paya, se adaptaba mucho mejor a sus intereses, que hacerlo desde la relativamente lejana Calabozo; y entonces se impuso ese criterio, del aprendiz de autócrata que era el Crespo de 1874, por sobre la tradición de Calabozo, que constituía para la época, “el núcleo humano más cargado de historia política” del Guárico, según la opinión de Armas Chitty(1979). También afirma este autor: “El 78, cuando Alcántara reacciona contra Guzmán Blanco y de hecho contra Crespo, la capital retorna a Calabozo, mas al triunfar la Reivindicadora que abre la puerta al Quinquenio, y cuyo éxito se debe a Crespo, al asaltar con Ramón Guerra a Gregorio Valera en La Victoria, el 79, la capital vuelve a Ortiz hasta el 81.”

A partir de este año desaparece el Guárico como entidad federal, como ya se indicó, porque era decisión del caudillo mayor, y Crespo, para entonces un subalterno de Guzmán Blanco, tuvo que conformarse con la medida que perjudicó por igual a Ortiz y a Calabozo, en beneficio de las localidades aragüeñas de Villa de Cura y La Victoria. Con la desaparición física de Joaquín Crespo, la llegada de los Andinos al Poder Político Nacional, y de la peste a Ortiz, esta tuvo que olvidarse de sus aspiraciones capitalinas, que fueron directamente proporcionales al liderazgo del caudillo que la consideraba su patria chica.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

De Armas Chitty, J. A. (1979) Historia del Guárico. San Juan de los Morros: Ediciones de la Universidad Rómulo Gallegos.

De Armas Chitty, J. A. (1982) Historia del Estado Guárico. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República.

Gil Fortoul, J. (1978) Historia Constitucional de Venezuela. México, D. F. : Editorial Cumbre. Biblioteca Simón Bolívar. Tomo X.

Malavé Mata, H. (1980) Formación Histórica del Antidesarrollo de Venezuela. Bogotá: Editorial La Oveja Negra.

Pérez Vila, M. (1985) Independencia y Caudillismo. El Siglo XIX Venezolano. Caracas: Enciclopedia Conocer Venezuela 4. Salvat Editores Venezolana, S. A.

Rodríguez, A. (2004) Calabozo Siglo XIX. San Juan de los Morros: Publicaciones del Rectorado de la Universidad Rómulo Gallegos.

Velásquez, R. J. (2005) Joaquín Crespo. Caracas: C. A. Editora El Nacional. Biblioteca Biográfica Venezolana.¨

*Profesor universitario e historiador venezolano.