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sábado, 12 de julio de 2008

UN POCO DE EXISTENCIALISMO

Daniel R. Scott*




Quería hablar un poco de alguna mujer que amé (o creí amar ) entre 1981 y 1983, pero de ese período el recuerdo, que a veces no es apacible sino indomable como potro salvaje, me trae al presente otras cosas muy distintas, como mi propio rostro con ojos de roedor ebrio reflejado con filosófica indiferencia en el ámbar helado de un tarro de cerveza. Me viene a la mente además mis lecturas. Quizá no me veías entre las toxicas neblinas de un cigarrillo encendido colgando de mis labios pero entre cerveza y cerveza me fumé al menos uno o dos libros de Camus, Cortázar y Sábato, entre otros. "El Perseguidor" de Cortázar me encantaba y obsesionaba a tal grado que a veces hasta me atemorizaba porque llegué a pensar que allá en algún estrato del subconsciente, todos nos parecíamos o deseábamos parecernos al talentoso, perdido y decadente protagonista del relato.
Pero confieso que no fui una lumbrera al estudiar los autores arriba citados, afirmarlo o crear tal impresión sería una pretensión de muy mal gusto que nadie se tragaría. Los leía y ya. Eso es todo. Y me identificaba parcialmente con lo que leía, eso no lo niego. Considero que no poseía el interés ni la amplitud mental para estudiar a fondo y de manera sistemática los postulados existencialistas de toda esa galería de literatos famosos, no a esa edad. Asumía mis lecturas con una clásica y cinematográfica pose a lo "Rebelde sin Causa" de Nicholas Ray. Solía escupir las máximas de lo que leía que dejaban a mis amigos atónitos y con el convencimiento de que yo estaba algo chiflado o desperdiciando mi vida con lecturas que nada tenían que ver con mi edad o con mi condición de clase media. Era un solitario porque todo aquel que lee y lee e intenta amoldar su vida a todo lo leído vive en una isla desierta donde ningún otro ser humano ha desembarcado nunca. El que toma un libro y decide convertirse en lector y actor de lo que lee estará condenado al ostracismo.
Pero con todo y mi indisciplina lectora, ¡cuantas veces me cercó el espíritu de Antoine Roquentin! Muchas situaciones, aficiones y personas se me antojaban desagradables, vacías, estúpidas, como aquella estatuilla khmer del relato aquel del existencialista francés. Frente a mis flamantes y recién adquiridas "Obras Maestras del Siglo XX" de mi biblioteca de mi casa de la "Salida Los Llanos No 128", pensaba "algo me ha sucedido, no puedo seguir dudándolo. Vino como una enfermedad, no como una certeza ordinaria, o una evidencia" (Jean Paul Sartre, en "La Náusea"); y entonces salía de la casa a las cuatro de la tarde para regresar doce horas más tarde totalmente ebrio, dando traspié; o dejaba de presentar un examen de Latín con el buen Carrero Mejías para leer una página de Pavese (¿El Diablo sobre las Colinas? ); o me iba de cacería con el rifle wínchester automático al hato de papá. Por culpa de esa actitud mis huesos fueron a parar un par de veces a la máquina centrípeta de un septiembre prolífico en reparaciones y todos en la casa se preguntaban "¿Qué le pasa?". Nadie lo sabía porque recuérdese: el que lee es un solitario...
Finalmente, un buen día, siguiendo de una manera apresurada los consejos del propio Sartre, jugué un poco con las ideas antes de hacer mía una de ellas y me decidí por la fe y la ética cristiana. De ellas me llamaban la atención no tanto su autenticidad como su funcionalidad: me daban resultado y eso me bastaba. Asumí una posición pragmática a lo William James: definir la verdad en los términos de lo que funciona. "Si esto funciona es la verdad que necesito" pensaba. Esto me acarreó no pocas dificultades con los eternos ortodoxos y literalistas que no podían aceptar mi tesis de que, en ultima instancia y al margen de toda polémica, Cristo podía ser también "un estado de conciencia, la actividad de lo divino en el hombre" (J. R. Guillent Pérez)
Pero esa es otra historia
1995
*Escritor y bibliotecario venezolano (San Juan de los Morros, estado Guárico)

PALABRAS PRONUNCIADAS POR EL DR. EDGARDO MALASPINA EN LA PLAZA BOLÍVAR DE SAN JUAN DE LOS MORROS EL 10 DE MARZO DE 2008 CON MOTIVO DEL DÍA DEL MÉDICO

Dr. Miguel Angel Ramos, Presidente del Colegio del Estado Guárico y demás miembros de la Junta Directiva. Estimados colegas Señores todos.

Hablar del Día del Médico en Venezuela es hablar del Dr. José María Vargas; y hablar de Vargas en la Plaza Bolívar tiene un valor extraordinariamente simbólico.
La vigencia de legado de Vargas tiene connotaciones especiales en los actuales momentos signados por la incertidumbre política.
El Libertador en su lecho de muerte al hacer su testamento incluye a Vargas entre los hombres que deben hacer cumplir su última voluntad por considerarlo uno de los venezolanos más puros y honrados del país.
Vargas es uno de los pocos que defiende a Bolívar en el momento de ser execrado, tanto en Venezuela como en Colombia , y cumple unos de los mandatos de sus póstumos que consiste en trasladar sus restos desde Santa Marta hasta Caracas.
Antes de trasladar los restos de Bolívar, Vargas los revisa minuciosamente junto a Alejandro Próspero Reverand, quien constata su autenticidad, y deja una descripción detallada de los mismos. Por lo tanto en el día de hoy, cuando se ha creado una comisión para exhumar e investigar los restos del Padre de la Patria, la palabra de vargas será tomada en cuenta una vez más.
Hay dos ejemplos de Vargas para iluminarnos y así salir de la crisis que nos embarga: el primero tiene que ver con su total desprendimiento del poder. Es elegido en 1835 presidente de al República porque todos los venezolanos reconocer sus virtudes, pero no le quita el sueño el poder; y este es un ejemplo orientador en materia política para entender nuestra realidad. Necesitamos hombres como Vargas para ejercer el poder de manera mesurada, sin amor desaforado por el mismo, pero con fervor para beneficiar al pueblo.
El segundo ejemplo corresponde a la materia medico-científica: en su testamento enfrenta la muerte con sosiego socrático. Es muy cristiano pero nada le impide recomendar a su colega Eliseo Acosta que haga la autopsia de su cadáver “para lustrar las causas de una enfermedad rara en beneficio de la humanidad”, dice textualmente.
Es decir al borde de la muerte pensaba en cómo hacer medicina.
Por otro lado hay una relación de Vargas con nuestra región: La epidemia de “peste boba” o derrengadera en el ganado caballar en los llanos del país fue investigada por varios médicos, entre ellos José María Vargas.
Vargas, en 1833, decía que si la enfermedad no era cortada se convertiría en una amenaza para los ganados y la agricultura. A Vargas le llevan una mula proveniente de los llanos de Calabozo con “desrengadera”. La examina , la trata con puntos de fuego o moxibustión y exitosamente el animal se cura.
Aquí tenemos al Vargas veterinario, además de médico, químico y botánico.
La otra relación con el Guárico es a través del Dr. Julio De Armas, quien descubrió la silla rectoral de Vargas En 1950. De Armas escribe:

“Con coraje y curiosidad de verificar entre la leyenda y la realidad, nos aventuramos a darle luz a la verdad y al cuarto misterioso. En los primeros pasos interiores, tropezamos entre tupidas telarañas y capas de polvo enmarañadas y dispersas en aquel oscuro escenario: muebles y más muebles de diversos usos, unos casi inservibles, otros destruidos… Cual sería nuestra sorpresa frente a una silla, más bien un sillón académico, tallado Luis XV, con incrustaciones de dibujos arabescos, otros a fuego, muchos a dorado. Letras testimoniales: UNIVERSIDAD CENTRAL, grabados con diseño del siglo XIX. ¿La silla del Dr. Vargas? Exclamamos. Faltaba la experticia del especialista para confirmarlo. Solicité y obtuve de seguidas, el informe del experto en decoración y mobiliario colonial del señor Muller, quien por su especialidad y experiencia había amoblado la Casa Anauco, de esta capital, antigua residencia de campo del Marqués del Toro, habitada y visitada por El Libertador tantas veces...Fue afirmativa nuestra sospecha...”

Termino con una estrofa de un soneto de José Manuel Acosta dedicado a Vargas , muy elocuente:
Él, de la augusta ciencia de Hipócrates, el oro
con ademán de apóstol fundó a la humanidad,
y su alma fue sagrario donde brilló un tesoro
de virtud y entereza, de nobleza y bondad.