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martes, 24 de febrero de 2009

APAGARTE

Rosana Hernández Pasquier*


Te confieso que no quería llegar hasta este punto. Pero, francamente, no me dejas otra salida. Y, es que no aguanto un escándalo más. Otra vulgaridad y acabas con mi hígado. Eso que en mi pueblo llamamos chabacanería, se ha vuelto en ti moneda de tráfico diario. Amén del churre, como gustan decir los cubanos, que es esa pátina maloliente adherida a todo el afuera que nos rodea. Y, cariño, decidí que no aguanto un maltrato más, no.

Por eso nunca más pronunciaré tu nombre ni hablaré de ti. Algo así como la actitud de la esposa del senador en La casa de los espíritus.

Sé que la gente que me quiere y la que no me quiere intentará, como en viejos tiempos, hablarme de tus hazañas, de tus gestas, de las amenazas, de tu marcha por la ruta de los Andes, del estropicio continuo de tu paso por estos lares del Señor. Yo, como cuando estaba en la escuela, citaré las palabras de aquel sabio anónimo: “A palabras eléctricas, oídos desenchufados”. Y seguiré oyendo sin escuchar nada, absolutamente nada, mientras veo, como en el cine mudo, el desespero tuyo por entrar en mi espacio a como de lugar. Agitarás los brazos como aspas de molinos, y nada; gritarás, te dará la pataleta y no lo sabré siquiera. ¡Qué lastima!

Te advierto, no insistas, para ti cada día será peor. He activado todos los seguros, el cortacorriente, las multilock, la cerca electrificada, el ojo mágico, la infalible tranca tras la puerta con la poderosa oración de San Alejo. Además, con un amigo de apellido Acosta, especialista en todos los cuentos de Las mil y una Noches, hicimos un trabajo de reversión de las claves que están cifradas en esas historias: la del ábrete sésamo, el abracadabra, el puerta quédate abierta, pata de león que se abra este portón y otras más. Así que, amigo, no intentes poner en práctica alguna de tus mañas porque todas, absolutamente todas, te fallarán.

No digas que no te lo avisé. Te dije muchas veces que me dejes vivir en paz, que no despiertes ese monstruo de la indiferencia que me habita, que no me asfixies con tu eterna habladera, como si fuera una mujer en la más alta fase del climaterio. Pero tú seguiste dándole a esa lengua sin descanso ni compasión. Bueno, aquí está el resultado: Me harté. A partir de hoy, no estoy pa’ ti.

No atenderé el teléfono, no contestaré los correos. Es más no los revisaré. No tomaré ni escucharé mensajes de terceros, sean éstos familiares o amigos. No sintonizaré ningún programa de televisión o radio que te recuerde. No habrá boleros ni rancheras que me despechen. No aceptaré flores ni regalos de ningún tipo. ¿Celestinas?, olvídalo, por favor, estás muy crecidito para que te apoyes en esos recursos tan baratos.

Es decir, mi pequeño, que a partir de hoy te declaro la paz, la eterna paz.

Por eso, sin rencor ahora te digo que lo nuestro ha terminado y en adelante todos los tonos bajarán progresivamente entre tú y yo. Será como un eclipse que viajará de los matices al oscuro total. O, como hace el astro rey todos los días en su ejercicio por ocultar su inmensa luz para que resplandezcan y fulguren luna y estrellas, para que la noche se complazca en traernos el sueño y la tranquilidad. Sólo que tu nombre no se escuchará al amanecer, porque caerá en las terribles fauces del olvido.

Entonces, podré afirmar con una enorme tranquilidad que he logrado apagarte para siempre. Apagarte.

Comenzó la cuenta regresiva, my baby.

*Poeta, escritora, editora y publicista venezolana. (Villa de Cura, estado Aragua)

Texto y fotografía tomados de http://lalunaazul.wordpress.com/el-rincon-de-minerva/

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