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sábado, 16 de mayo de 2009

La Maracay de Lucas Guillermo Castillo Lara

PAISAJE CON LAGO Y AÑIL


Alberto Hernández
(Poeta y periodista venezolano)


I
Maracay comenzó en un reflejo. Fue suficiente el paisaje para entender que hacía falta una ciudad en el corazón del Valle. Un lago, reprimido por el silencio del follaje. El clima, la flora y la fauna, fundamentos para enclavar en la mirada de los primeros habitantes la idea de un conglomerado humano que tuviera en el espejo líquido de los Tacarigua, la esperanza de vivir para crecer. De aquella primera estirpe, la toponimia que aún palpita en la boca de los nuevos pisatarios donde el tigre y la lechuza se hicieron fábula y nombre pretérito de lo que después Humboldt bautizó como Ciudad Jardín.
Pero hicieron falta muchas aventuras para arribar a la imagen que el barón alemán inventó para gracia de los que aún respiramos en esta tierra.
El génesis se reveló en la prosa elegante de Lucas Guillermo Castillo Lara: “Primero fue la tierra y el agua azul a su costado. Los árboles tenían desde ya, una función gozosa de limpia clorofila. El cobre de los soles tostando la piel del aire y el cobre de los hombres dialogando entre el cielo y nubes. Después el alucinante trajinar de los metales en las voces blancas”.
En esta síntesis, sólo posible con la poesía, el autor de Maracay colonial, tierra y hombres en función de una esperanza (Publicaciones de la Gobernación de Aragua, Maracay, marzo de 2001), comenzamos a avizorar lo que sería después la comarca, el pueblo de agricultores y arrieros que se estableció en Tapatapa y Tocopío y se dio a la tarea de avanzar hacia lo que después fue la ciudad. De ese caserío inesperado, el paisaje se trae el lago en las palabras y, más adelante, la riqueza terrena en el añil, como lo fue el cacao, el tabaco, la caña y el algodón. Entonces el verde de las hojas, la clorofila del texto de Castillo Lara, y el rojo teñidor del añil para fundar un pabellón vegetal alrededor del espejo que se agita –agónico- al costado de la ciudad.
La Ciudad Vegetal que el cronista relata sigue victoriosa en su decir castellano: “Aparecieron las casas cercadas de mastranto y el verde tierno perfilando espigas. El oscuro verdor del tabaco y el cenizo dormir de los añiles. Cada casa fue una isla perdida entre árbol y verde, sabana y montaña espaldera. La codicia alumbraba colores en las dolidas espaldas esclavas. El agua cantaba sobre los terronales y se hacía espejo en la laguna”. Con ese tono, plácido y a la vez reverberante, Castillo Lara recorre la historia de esta ciudad en la que todavía está un lago, pero el añil es un recuerdo de aquella riqueza sólo posible en las manos de los hombres de aquella época.
Y entonces nos habla de Juan de Villegas, descubridor de la laguna de Tacarigua. Y con él, los aborígenes que moraban en los costillares de la cuenca, repleta de sorpresas, islas y ríos que vienen de distintos puntos cardinales de la tierra. El ojo de los pioneros sintió la presencia futura de un pueblo de distintos pigmentos. Háblase –y lo dice muy bien el cronista- de los indios de Maracay, los forjadores de un paisaje humano del cual poco se dice: “La existencia allí de parcialidades indígenas se encuentra señalada en diversas fuentes. Así el poeta historiador Don Juan de Castellanos, en sus “Elegías a Varones Ilustres de Indias”, trae en sus versos la descripción de la laguna de Tacarigua y la tierra circunvecina, y en ella hace referencia a los naturales que la habitaban: “Por la costa de quien memoria hago,/ Atravesando culmen y eminencia,/ en la sierra que tienen nada vago,/ Porque poblada es por excelencia,/ Damos en Tacarigua, que es un lago/ De siete leguas de circunferencia,/ Con islas dentro, do los infieles/ Tienen jardines, huertas y vergeles./ Si quereis que sus nombres os declare,/ Pues la memoria dellas no se escapa,/ Son Patanemo y Aniquipotare,/ Ariquibano, Guayos, Tapatapa:/ Con otras, que si alguno las hollare,/ Podría mejorar su pobre capa/ Con el oro que tienen naturales/ En joyas y preseas principales”.
Más adelante, para darle precisión histórica, Castillo Lara destaca nombres y funciones colonizadores: “Se puede también atisbar su presencia en algunas huellas documentales. Así por ejemplo, en un Acta de Cabildo de Valencia declaraba en 1654 el testigo Francisco Pérez Sejas, que hacía cincuenta años que había visto poblado junto al río donde llaman Maracayao, al Cacique Don Francisco Guarate. En otro documento se dice: que en tiempos del Gobernador Osorio, en 1594, las tierras entre la punta de Guarecorocay y la de Pacua en que cae el rincón de Maracay, “estuvieron pobladas de naturales, como fue el principal Don Diego Tunarmey y Doña Germana Parica, principales, con algunos de sus sujetos, que hoy están agregados al pueblo de Turmero”.
Nos confiesa Castillo Lara de la ausencia de encomiendas en el sito de Maracay y sus cercanías. Sólo aparecen referencias a Martín Alfonzo o Alonso y su hijo Francisco de Vera en el Hato de Tapatapa. Pero se pone en duda que haya habido encomiendas, dada la confusión con las habidas en Charallave. El comentario da pie para creer que los Alonso-Vera vivían en estos sitios, pero no contaban con encomiendas de indígenas.

II
La insistencia es necesaria: Maracay no tiene carta de fundación. Maracay fue el pujo de un grupo de familias que necesitaba congregarse en una iglesia, por lo que escriben para que les sea provista casa de oración. Así, entre recados y recaderos, finalmente el deseo se convierte en realidad. De esta manera lo cuenta la solicitud al Obispo Baños y Sotomayor: “Los vecinos del Valle de Tapatapa y Maracay que aquí firmamos y los más que aquí irán contenidos en esta obligación, y no saben firmar decimos que habiéndonos agregado suplicándose al Ilmo. Señor Don Diego de Baños y Sotomayor, Obispo de esta Diócesis, se sirviese de erigir feligresía a estos dichos Valles, poniéndonos un sacerdote para el consuelo de nuestras almas y por las más razones que tenemos manifestadas, ofreciendo como ofrecemos el acudir con el estipendio para el Capellán y porque su Sría. Ilma. con su gran piedad permitió iglesia en que se celebrase el santísimo sacrificio de la misa, y ahora ido a los pies de Su Sría. Ilma. dos vecinos para pedir se acabe de erigir dicha feligresía y Capellán, y no hallándose la obligación que teníamos hecha, ha sido preciso el que se haga de nuevo, y por haber hoy otros más vecinos, por tanto para que nuestros cristianos y buenos deseos se consigan y ser tan el servicio de Dios nos obligamos a que en cada año daremos de estipendio al Cura Capellán que su Sría. Ilma. pusiere doscientos pesos de a ocho reales...” El documento menciona los nombres de los contribuyentes y la cantidad que cada uno da en beneficio de la iglesia que habrá de erigirse.
Y llegó el día: el 5 de marzo de 1701 nació la parroquia, la feligresía, y con ella el espíritu de la comarca que hoy lleva por nombre Maracay. De modo que no hubo espada, botalón y bandera que sentara señorío para fundación de pueblo de cristianos. Fue la petición de cincuenta familias la que posibilitó la existencia de esta villa, cerca de un lago y revelada en una geografía de árboles, sabana y montañas, las que tapan el mar.

III
A mitad del siglo XVIII era el cacao fuente de riqueza, pese a que Maracay fue poco dada a este cultivo, el cual sí despuntaba en otras zonas de la región, por su trabajo “exigente y dispendioso”. La tierra era buena para la caña, aunque más para el tabaco, el cual se daba en abundancia por los lados de Guaruto, “pero estaba estancado”. También el algodón, las verduras, el maíz y los granos.
El añil, de excelente factura para la tinta, “aparece, se desarrolla, cultiva y declina” a mediado del siglo XVIII, de modo que tanto el cacao como el mencionado añil ven fenecer su producción en los Valles de Aragua casi al mismo tiempo.
Dice el cronista que el añil “era una planta conocida aquí desde antiguo por los indígenas, que la usaban en sus tintes. Ya lo señalaba Don pedro José de Olavarriaga en su célebre “Instrucción General y Particular del Estado presente de la Provincia de Venezuela en los años de 1720 y 1724”.
Así, este cultivo logró cambios importantes en la población. La pobreza se alejó y la transformación económica ofreció nuevos rumbos a la pequeña población. De la pacífica aldea, alinderada al lago, pasó a ser un indevoto pueblo, como lo escribió el Obispo Mariano Martí en su Visita Pastoral a Maracay en 1782. El sacerdote dice las peores cosas de los habitantes de la comarca, quienes gracias a la influencia de la riqueza producida por el añil los llevó a “jugar juegos prohibidos, beber y embriagarse, pasar el tiempo en liviandades, estar y vivir muchos en una gran desidia sin trabajar ni venir a misa los días de fiesta ni asistir a la Doctrina”.
De modo que la ciudad también tuvo su paraíso terrenal, devenido luego en Sodoma y Gomorra, por la poca eficacia –según Martí-, poco cuidado y poco talento” de un Teniente de Gobernador que abandonó a la gente en s deberes.
La ciudad vegetal, tan dicha y mentada por historiadores y cronistas, así como la jardín pronunciada por Humboldt, habría de cruzar por la niebla del tiempo para separar las aguas del atraso y llegar a este hoy donde es singular advertir lo dicho por Martí en cuanto al comportamiento de mucha de su gente. No obstante, queda un hálito de aquélla que nació a la orilla de un espejo y creció en medio del tupido encanto de la flora.
Un paisaje con lago y añil que se nos descubre todavía virgen en su historia, en sus andanzas, en el verbo escondido de los hombres de antes, fabricados con el barro y los aires de este territorio bañado por la memoria de los días.

Imagenes tomadas de
http://www.skyscrapercity.com/showthread.php?t=836740

CALENDARIO LLANERO

Adolfo Rodríguez

(Historiador y poeta venezolano)









MAYO

El primero se adorna la cruz con papel engrifado

De Armas Chity (1940) dice que “mayo huele a lluvia y a retoño”.

Próximo el tiempo invernal, emigran las aves viajeras, los ríos cogen agua, los esteros se llenan, guabinas metiéndose por lo mojado, algunas por entre los caminos del ganado; los gallitos azules van llegando en la noche y el saucé canta en el bosque.



Se inicia la creciente del Orinoco.

Para Jorge Plaz vienen las primeras lluvias, maduran mangos y merecures, retozan los venados, revive el mastrantal, las muchachas se adornan con flores los cabellos y con trajes antiguos como en carnaval.

Retorna la animación de los llaneros “a emprender de nuevo vaquerías, / lucen cobijas nuevas y caballos/, que ostentan con grandes gallardías”

Refiere Tamayo que “a medida que se acentúa la proximidad de las lluvias el tiempo se hace más calmoso y cuando éstas llegan el viento amaina por completo y un techo de espesas nubes cubre total o parcialmente el cielo; entonces los días son grises y la atmósfera se siente pesada”.
Especies de Acacias como la Cañafístola y la Lluvia de Oro, están en flor. Apetitosas a las aves, las cerecitas rojas del Semeruco, se abren maduras.
Florecen en masa el Lirio Sabanero y, por Camaguán, los josefinos, apamates y araguaneyes, en tanto se multiplican los loros reales.

La Garza blanca real se concentra en grupos de hasta quince individuos. Con llamadas guturales y alargando el cuello, en dirección vertical, se dispone al acto reproductivo. El llanero anticipa hacia donde irá en su vuelo.
Se aparea el Paují de Copete. Las bandadas de verano se separan en pequeños grupos familiares de un macho con varias hembras. Su canto es tempranero y al atardecer.
El Pato Real corteja a su pareja. Uno y otro moviendo rítmicamente la cabeza hacia adelante y hacia atrás, al tiempo que erizan sus crestas, extendiendo el cuello, elevando las alas y haciendo vibrar sus colas.
Las Guacharacas se aparean. Mientras el Nictibio Gigante tiene ya uno o dos pichones en nidales que apenas son leves concavidades en la curva de las ramas.
Los Osos Hormigueros o Meleros paren sus crías, que se guarecen aguardando a la madre, para salir sobre la espalda de ésta, por alimento.
Las tortugas nacen con el primer trueno de mayo dice Justo León.
Paren los Zorros Comunes, los Lavamanos y el Morrocoy.
Se incrementan crías de Monos.
Es la iniciación del lapso reproductivo del Corocoro Negro, un ibis de hábitos solitarios que hace nidos en los bosques de galería.
Mientras el Corocoro Colorado migra de los Llanos a la costa, donde críará sus pichones. Viaja en bandadas dibujando una “v” en su vuelo.
Se dispersan las de Patos Silbadores congregadas en verano, construyen nido sobre el suelo y anidan al amainar la estación. El tautaco deposita también sus huevos en el suelo.
Hacia el sur la anunciadora Cruz de Mayo: el Crucero como le dicen. Y se ocultan las cabrillas porque le deben un mes a mayo, dice don Félix León.
El coporo migra en grandes cardúmenes río arriba para las actividades reproductivas de mayo y junio


Ramo y Ayarzaguena (1983) registran cómo “los esteros se colman poco a poco” en mayo y junio, transformando la apariencia “cementada y estéril” de los bajíos, por las noches el coro de los anfibios “buscando a las hembras para realizar la puesta”, los insectos “interrumpen su estivación o reposo de verano” y se activan junto a crustáceos y pequeños peces que hacen del bajío una importante fuente de alimentos”, aprovechado también por zancudas como ibises y becacinas; y los tapones de barro que ocultaban las nidadas de galápagos se reblandecen y salen las crías. Tiempo de nacer iguanas y hallar presas fáciles los jóvenes gavilanes. Mientras pequeños pájaros aprovechan la proliferación de insectos. Los gallitos azules regresan en bandadas y se reproducen en los juncales, mientras en las masas vegetales se instalan los gallitos rojos flotando en el agua.

Franco, M. (2001) dice que mayo “es el mes de los fantasmas en el llano”: el del maute embrujao, “como un celaje, cerca de la laguna”, “mes de los pasos invisibles, la Cruz de Mayo relumbra en el cielo… El Silbón deja oir en Portuguesa su llamado, confundido con el canto de la “pavita”. Y cerca del Arauca, el Fin-Fin lanza en la brisa sus golpes invisibles”. En Cojedes el Jinete Sin cabeza, Ezequiel Zamora; en Guárico un becerro espectral persigue a los trasnochadores, y en oriente el oscuro caballo de Piar, la luna de mayo alborota gente, animales y fantasmas” (p. 77-78).

En la simbología de Florentino y El Diablo parece indicarse que hay menos soledad en el invierno, pero no menores riesgos: el de la inundación, el de las sombras densas de la noche cerrada y con lluvia. El colectivo llanero se siente tan expuesto bajo tales condiciones como cuando se cruza solitario la sabana seca e interminable. Pero también aquí el exorcismo es el canto:

“Noche de fiero chubasco / por la enlutada llanura / y de encendidas chipolas / que el rancho del peón alumbran”.

El luto, alusivo a lo fatal, lo riesgoso o demoníaco, representa en la primera parte, el quemado veraniego y, ahora, las noche cerradas del tiempo de invernal.

Dentro de la casa el contraste es entre el aguacero y los arpegios del arpa y las maracas:
“Adentro suena el capacho, / afuera bate la lluvia / vena en corazón de cedro / el bordón sangra ternura”.

Cerca el presagioso río:
“No lejos asoma el río, / pecho de sabana sucia, / inmóviles carameras/ pávidos brazos desnudan, / Escombros de minas lóbregas / el trueno arrastra y derrumba / Más allá coros errantes, / ventarrón de negra furia”.

Paz interior que afuera se exponer contrapunteo entre el agua y el árbol, aquella oscura, éste casi humano; o entre el árbol y las furias celestiales diamantes de la oscuridad:
“Y mientras se duerme el són / en las cuerdas vagabundas / el rayo a la palma sola / le tira señeras puntas.

El canto unge lo humano y luminoso:
“Canta una voz sabanera/ por el pensamiento pura,/ por la ilusión cristalina,/ por el aguardiente turbia”:

Un cantador que como buen llanero, ha afrentado los máximos desafíos del trabajo de llano y alcanzado lo imposible:
“Pique con la media noche/ cimarroneras en fuga:/ le eché soga a un orejano/ y enlacé la media luna”.

Es Florentino que recuerda la ilusión del agua en el desierto, propìciada, a mi entender, no por el Diablo convencional, si no por un daimon telúrico.
“Después cruzando sediento/ sobre la arena desnuda/ vide la tierra estrellada/ con lirios de primer lluvia”.

Situación engañosa que asemeja con un desaire de amor, sirviéndose, una vez más, de imágenes del trabajo de llano.
“y con si todo fuera/ por capricho de fortuna,/ le abrí mi lazo al amor sólo enlacé la amargura”.

Por lo que desde entonces “en mi libro/ hay no más que dos pinturas”, ambas contrastantes, indicativas del ciclo estacional de la región¨ :
“El chaparro en la candela/ y el pimpollo en la garúa”.

Pasado mayo “ya no brilla inclinada hacia el oriente / la hermosa Cruz del Sur. Barre las hojas / la ráfaga bravía, / y signando la negra lejanía / serpean ligeras llamaradas rojas” (Lazo Martí, Silva Criolla, estancia IX).


FUENTES CONSULTADAS
ARVELO TORREALBA, A (1995). Florentino y El Diablo (contiene las tres versiona principales del poema). Barinas: 90 años del Poeta Alberto Arvelo Torrealba.
De Armas Chitty, J. A. “Guárico”, en Conferencias Venezolanistas del Ateneo de Caracas (Aspecto histórico, cultural, geográfico y económico). Caracas: Editorial impresores Unidos, 1940. Pp. 39-56.:
FRANCO, Mercedes. Diccionario de Fantasmas, Misterios y Leyendas de Venezuela. Caracas: Los Libros de El Nacional, 2001.
Guía Ecoturística de Miro Popic Net, revisado en
http://www.miropopic.com/ecoturistica/
LAZO MARTI, Francisco. Poesías Caracas; Academia Venezolana de la Lengua, MCMLXXXVIII.
PLAZ, Jorge, Almanaque Llanero, en Torrealba, A. J., 1987, IV, 219.
Ramo, Cristina y Ayarzaguena, José. Fauna Llanera: Apuntes sobre su morfología y ecología. Caracas: Cuaderno Lagoven, 1983.
SÁNCHEZ OLIVO, Julio César. Bongos y canoas. San Juan de los Morros: Editorial Los Llanos, 1984.
SÁNCHEZ OLIVO, Julio César. Vaqueros y vaquerías en los Llanos de Apure. San Juan de los Morros: Editorial Los Llanos, 1984.
TAMAYO, Francisco. Los Llanos de Venezuela. Caracas: Instituto Pedagógico, 1961.
TORREALBA, Antonio José. El Diario de un Llanero, Caracas: UCV 1987.
INFORMANTES: Teodoro Sánchez Olivo, Félix León y Justo León.







Las 3 últimas fueron tomadas por Arturo Alvarez D'Armas.