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miércoles, 18 de julio de 2012

Misoginia y racismo según dos afro-descendientes


Rafael Lara-Martínez
Tecnológico de Nuevo México
Desde Comala siempre…

A
Si “olvidar (lethe) es perder la ciencia que se tenía antes” (Fedón, Platón), la historia salvadoreña ya perdió toda índole científica al eludir su carácter de verdad (a-lethe).

0. De la exclusión de la mujer y de los afro-descendientes
I. De la mujer
II. De lo africano
III. De la mujer africana
IV. Hacia la diversidad

0. De la exclusión de la mujer y de los afro-descendientes

Cuando la historia la define un tipo de escritura, su lugar es el de la ficción. La historia es una literatura, una retórica letrada. En nombre de una nueva ortodoxia, construye un simulacro del pasado sin documentación primaria.

Al respecto léase: http://es.wikipedia.org/wiki/Levantamiento_campesino_en_El_Salvador_de_1932. Ignoro su autor, pero ni las “secuelas del levantamiento campesino” ni “el levantamiento campesino en la ficción” se justifica con fuentes primarias de la época. No se cita ni una sola revista cultural de los años treinta.

Basta disfrazarse de izquierda para tildar toda posible crítica de reaccionaria. La memoria y la historiografía serían retrógradas, ya que no proponen la quema inquisitorial de toda fuente primaria.

En la fogata que honra al nuevo estalinismo se excluyen la diferencia racial y la de género. Su discurso sería un racismo y una misoginia encubiertos por una retórica política que se reclama correcta y liberadora.

I. De la mujer

Hacia 1932, no habría cabida ni para la mujer ni para los afro-descendientes. Veamos cómo esta relación —mujer afro-descendiente— la establece la verdadera ficción, ahora vuelta historia, ya que la historia se vuelve ficción “en el jardín de los senderos” que se entrecruzan.

Ninguna de las dos novelas tempranas sobre los eventos de enero de 1932 aparece en el artículo: El oso ruso (1944) del sandinista Gustavo Alemán Bolaños y Ola roja (1948) de Francisco Machón Vilanova. Pese a su carácter reaccionario, ambas novelas presentan a una mujer indígena violada por un hacendado blanco como una de las líderes políticas, comunistas, de la revuelta. Se llaman Rosa María, violada por un hacendado, y María Gertrudis, al acecho sexual de los hacendados cafetaleros.

En ambos casos, la primera comunista de América es La Chingada. Al negársele todo derecho sexual, se inclina por una acción armada que la ficción denomina “la honra” en los Cuentos de barro (1933) de Salarrué. Si la revuelta fue comunista, en El Salvador existiría el comunismo de La Chingada. A falta de derechos de género, el comunismo es su paliativo.

Distante por una generación, en el artículo, la voz de Julia Ama no satisface el requisito de género, ya que ella restituye la memoria de un líder masculino de su propia familia. La voz de la mujer indígena —de la mujer como agente social— queda a la espera. ¿Acaso no serían quienes se le entregan chulonas a la mirada viril de José Mejía Vides, a la de todo citadino que la espía con morbo?

Se le pediría demasiado a cierta izquierda salvadoreña del siglo XXI que admita la existencia de la mujer. “La participación formidable de la mujer; la mujeraquí[dice Zapata] se pone al frente” (Alemán Bolaños). Esa misoginia la testimonia el borrar su liderazgo histórico en 1932 y escribir una historia que sólo menciona a los hombres.

Si hacer historia es cuestión de hombres, le corresponde a la ficción hablar de la mujer. Por correlaciones extrañas el hombre es a la mujer, como la historia radical del siglo XXI es a la novela reaccionaria de los treinta, el lugar que otorga una voz. 

 

 RETRATO DE MUJER NEGRA de MARIE-GUILLEMINE BENOIST (1800)

II. De lo africano

Pero la omisión de esas dos novelas no sólo atestigua la masculinidad de la propuesta. En el artículo de wikipedia, la historia es cuestión de hombres. La supresión de la mujer redunda en el tachón de la presencia africana en el país y de su participación directa en los eventos.

Tal como lo declara el novelista nicaragüense, uno de los primeros poetas comprometidos con la izquierda marxista era afro-descendiente.“Chinto representaba el tipo negroide, de labios gruesos y pelo ensortijado”. El exalta al pueblo de Juayúa a la rebelión en un acto teatral de “poesía francamente bolchevique” (Gustavo Alemán Bolaños, El oso ruso, 1944). Su presencia también hay que borrarla.

El recuadro siguiente transcribe un largo fragmento tachado de la historia de la negritud en El Salvador. Lo africano se caracteriza por su ambigüedad y oportunismo que—en su esquizofrenia o escisión del yo— oscila del “bolchevismo” al “fascismo” (observación que debo a Arturo Alvárez D’Armas). En flagrante paradoja, Chinto acaba siendo miembro de un régimen tildado de racista. Parecería que sólo el liderazgo blanco —Farabundo Martí “era blanco y bien parecido”— le asegura una lealtad al marxismo salvadoreño.

XXXIII
La agitación llegó a Juayúa en forma de un recitador de la lengua llamado Chinto, cuyo éxito consistía en declamar teatralmente poesías de otros, desde un escenario cualquiera. Le acompañaba un propagandista y al propio tiempo cobrador de entradas en la taquilla. El teatrito de la localidad se vio cubierto de afiches en que Chinto, en actitud dramática, aparecía como un predicador de reformas sociales. Algo de ello daba a entender el programa que anduvo regando en el pueblo el propagandista de Chinto, un individuo llamado Quino. En éste, por su nombre reconoció Rosa María [la indígena violada, La Chingada, sujeto político femenino denegado por la historia actual] al preceptor de conscriptos en el Cuartel de Artillería, de San Salvador, a que se refería su conocido, el soldado. Luna y Zapata confirmaron que efectivamente Quino era profesor de reclutas en aquel cuartel, haciendo que se trataba de un individuo dual, por consiguiente peligroso.

Dos noches después tenía lugar el acto, con concurrencia numerosa. Chinto comenzó recitando versos románticos, con buena entonación. Siguió con poesías pesimistas, como el Nocturno de José Asunción Silva, y, como remate del programa, había versos de rebelión. El público se dio a aplaudir a Chinto a cada final. Se inspiraba a su vez, Chinto. Reservaba para lo último el toque maestro de su recital. Era una poesía francamente bolchevique, que pintaba al campesino proletario rebelándose al patrón, hasta el extremo de darle muerte cruenta, y de mostrar en una mano el machete vengador, y en la otra, “la cabeza del patrón”…

Allí fue el clímax del entusiasmo, en parte de los obreros y campesinos que había en la sala, como si él mismo fuera el ejecutor de una venganza colectiva, que muchos en Juayúa deseaban [el término de “degollar” lo emplea Salarrué para caracterizar a “el comunista”].

XXXIV
[…] Chinto representaba el tipo negroide, de labios gruesos y de pelo ensortijado. Su secretario y propagandista era aborigen, de pelo lacio caído hacia atrás. Se las daba de poeta, pero había solicitado una plaza de cabo preceptor del Cuartel de Artillería. Luna y Zapata previnieron a Apolinar [el padre de Rosa María] y sus hijos, acerca de esas mala fichas [nótese la división racial interna entre los presuntos líderes de la revuelta, los citadinos y “blancos”, Luna y Zapata, contra el “logrero […] negroide”, Chinto de carácter “dual” a revelar].

Un día domingo, 24 de enero, supieron unos pocos en San Salvador que el siguiente día iban a ser ejecutados Martí y los estudiantes Luna y Zapata […] Chinto a la sazón Secretario Privado del Presidente Hernández Martínez, asistiese a su ejecución. Había sido una vez su camarada y luego pasó a servir a los intereses de un poder adversario al comunismo. Ahora quería reprocharle su doblez, en esa tremenda forma.

A las seis de la mañana, el carro fatal —una ambulancia cerrada— llevaba de la Penitenciaría al Cementerio General a los tres [Martí, Luna y Zapata], conducidos por un pelotón. Allí iba Chinto, forzado a asistir …] estaba demudado.

[Queda sin anotar que “Iván, el oso ruso tomó el tren que conduce de San Salvador al puerto de La Unión”. Se escapa del “riñón salvadoreño [que] sangraba” sin asumir ninguna responsabilidad por los sucesos (XLV)].

Gustavo Alemán Bolaños, El oso ruso (1944)

Pero, la cuestión no se detiene en este nuevo tachón que, en nombre de un discurso disfrazado de izquierda, elimina a la población negra de El Salvador. No se detiene en ese borrón tan evidente, porque otra afro-descendiente reclama su presencia desde 1932.

Se llama Gnarda y, a lo mejor, se trata de una pariente de Chinto quien desea que “la honra” le haga justicia a su causa. A su causa sexual denegada por el poder sexual de los blancos bajo el derecho de pernada. Previsible por el tabú racial centroamericanista, el divertimiento astral con una “negra” pasa desapercibido mientras se le erige un altar a la relación de Salarrué con una amante blanca: Blwny (J. Gold, Sagatara mío, 2005).

Su figura “desnuda como toda mujer”, apetecible para la mirada masculina, aparece en la única novela que publica Salarrué en 1932: Remotando el Uluán. De nuevo, el artículo menciona una novela tardía del autor, Catleya luna (1974), cuyo título hasta mediados de los sesenta es La Selva Roja (Javier Peñalosa. “5 noticias literarias importantes del mes en México. I. Salarrué”. Guión Literario, No 107, Noviembre de 1964: 4).

Se trata de otro borrón para crear un simulacro de historia sin fuentes primarias. Se trata de un 32 sin 1932. Hacia 1935, el escrito central que, tardíamente, denuncia la matanza —“Balsamera”— ni se preocupa por tales sutilezas sociales de un etnocidio. En cambio, le interesa la muerte del líder pacifista, Hoisil, que precipita a los Izalco a una “locura llamada política comunista” encaminada a “degollar” (Salarrué, “Mi respuesta a los patriotas”, 1932).

En las propias palabras del autor, su intencionalidad original es el siguiente. “Estoy preparando “La Selva Roja”, una novela sobre una mujer, sobre una familia, sobre la humanidad”. “Entonces es una selva genealógica”. “Exacto; es una selva genealógica en donde la unidad es el “árbol de sangre” (Rafael Heliodoro Valle (Entrevista), “Diálogo con Salarrué”. Ars. Revista de la Dirección General de Bellas Artes, enero-marzo de 1952: 17-20).

El hecho crucial no lo declara que se suprima el nombre y la intención originales del autor, para que el historiador omnisciente del siglo XXI afirme su superioridad racial y sexual, su arrogancia intelectual. Lo concluyente de la historia como tachón es que elimina el único documento novelístico de Salarrué publicado en la fecha clave de 1932.

III. De la mujer africana

Precisamente en ese documento, Salarrué declara su placer sexual con una afro-descendiente. Que la lectura habitual sea la de un viaje astral cuyo sentido profundo se le revela “sólo a los iniciados” —“regiones de contenido mágico”; “alegoría esotérica”— no significa que no existan otras lecturas posibles.

Si estas interpretaciones no existen es porque vivimos bajo un sistema de terror y de falta de democracia que anula toda libertad de lectura. No hay conflicto de interpretaciones bajo la dictadura de un nuevo estalinismo. Al menos el artículo no le da cabida a otras visiones posibles de lo real.

Por fortuna, el exilio y la cercanía de la Muerte me limpian de todo miedo a declarar que existe una mujer “negra” en 1932 que cierta izquierda salvadoreña del siglo XXI tacha en su doble acto de misoginia y racismo. Leamos la experiencia “esotérica” de Salarrué en 1932.

El “fumbultaje musical” místico “con Gnarda [perfectamente negra y perfectamente bella [que] iba desnuda como toda mujer] abr[e las] aguas vírgenes” de la verdadera experiencia poética de Salarrué, “tras [las] caricias y mimos” teosóficos de “una abertura circular [¿femenina?] que tenía el aspecto de laguna” (¿la vulva?). En la “glorieta del deseo” —pleno de “emociones sensuales”— “se unieron nuestros labios y nos besamos”. “Mostraba […] sus bellos senos de mármol”. Entre “las nebrunas sensuales y las alectaras sensitivas”, el autor se hunde en un “enorme lirio de embriagador perfume” y de “deleite indescriptible”. Al concluir el contacto libidinoso, “nuestros cuerpos se sentían exhaustos, flácidos como si su energía emotiva hubiese sido agotada (¿luego del orgasmo y de la eyaculación?)” (Remotandoel Uluán, 1932).
 

Sin título (S./fecha), Salarrué (Salarrué, el último señor de los mares (2006))

Gnarda suspiró, por fin profundamente y murmuró un nombre: mi nombre. Dí algunos pasos hacia ella y tendiéndole los brazos la llamé: “¡Gnarda!...”. Nos estrechamos fuertemente. Cuando su sorpresa hubo menguado, se unieron nuestros labios y nos besamos. El chasquido de aquel beso hizo estremecerse los árboles…

No hay que callar que una neta diferencia de color distingue al autor —hombre blanco— de su amante “negra”, además de la indumentaria, rasgo cultural, que caracteriza a la figura masculina. “Hombre-blanco-vestido” versus “Mujer-negra-desnuda” señala una neta dicotomía de jerarquía social, cultural y étnica.

¿Por qué un hombre blanco se deleita con una “mujer negra” y la reversión de la raza y del género resulta imposible? Chinto con una mujer blanca desnuda, con Zelie Lardé de Salarrué, por ejemplo; o bien Gnarda con un hombre desnudo… ¿O la igualdad de derechos sexuales es inimaginable?

Prosiguiendo la ficción, “iniciado” por la Muerte, me preguntaría si Chinto no tendría razón de reclamar “la honra” de Gnarda. La respuesta resulta obvia. Ni cierta izquierdadel siglo XXI le otorgaría ese derecho. En El Salvador, para la imaginación histórica radical del 32, no hay ni mujeres ni afro-descendientes.

IV. Hacia la diversidad

Por tal razón, me complace vivir muerto en Comala y en el exilio. Desde este “lugar de los vientos” —del silencio y del abandono— doy constancia que me acompañan Chinto, la esquizofrenia de lo salvadoreño, yGnarda. Se trata de dos amigos entrañables —más muertos que yo—sin derecho a la palabra.

Ellos me piden que transcriba su testimonio tachado adrede por los nuevos racismos y misoginias encubiertos de ideas liberadoras. Por una imaginación histórica que, disfrazada de ciencia y de libertad virtual, le niega la palabra a los afro-descendientes y a la mujer. Le niega la palabra a la mujer afro-descendiente. Gnarde existe.

Afirmo la existencia de la mujer —de Rosa María y de María Gertrudis, líderes del 32— y de los afro-descendientes. En su nombre reclamo legalmente el reconocimiento de su actuación histórica. A los autores del artículo de enmendarlo si acaso en el siglo XXI existe aún honestidad intelectual y existe el derecho de respuesta, es decir, una diversidad de enfoques sobre lo real.

Con Chinto y Gnarda siempre… Con Rosa María y María Gertrudis siempre…

Por “lonra e la Juana” y de Gnarda, “por lonra” de Rosa María y de María Gertrudis, pongo en la mano del tata”, del historiador autoritario, “un fino puñal” hendido de palabras “con mango de concha”, en sus fuentes primarias. Tachadas adrede por una historia sin memoria…

V. Cuadro conclusivo