VIDEOS DE INTERES

sábado, 18 de agosto de 2012

LOS HIJOS DE BOLÍVAR / ALGO QUE NUNCA SE DIJO EN LA HISTORIA QUE ESTUDIAMOS ¿ERAN REALMENTE HIJOS DE SIMÓN BOLÍVAR?

Germán Fleitas Núñez
Cronista de La Victoria

La muestra de ADN del Padre de la Patria, obtenida durante la exhumación de sus restos, nos permitirá comprobar si realmente era el padre de los hijos que se le atribuyen. Existe numerosa descendencia de sus presuntos hijos y ya la ciencia está en capacidad de ayudarnos a despejar dudas genéticas y genealógicas.

A nuestro Libertador se le atribuyó la paternidad de cinco hijos, dos hembras y tres varones; dos europeos y tres americanos; que fueron: 1) La Niña de Achaguas, 2) Doña Flora Tristán, 3) Simoncito Biffard 4) Don Miguel Camacho y 5) Don José Costas.

Sobre estos "presuntos hijos" -como dicen los periodistas- existe abundante documentación y noticias en la prensa del siglo XIX, XX y en libros; pero muy poco interés le han prestado los historiadores, con el socorrido argumento de que "los grandes hombre no han dejado descendencia", lo cual es una verdad que tiene demasiadas pruebas en contrario. El viento parece haberse llevado  las palabras del gran hombre cuando el 18 de mayo de 1828 dijera que:  su esposa"...murió muy temprano y no ha vuelto a casarse, pero que no se crea que es estéril o infecundo porque tiene prueba de lo contrario".

Dentro de los estrechos límites de una crónica, ofrecemos información ligera sobre estos cinco "presuntos" hijos del héroe, en espera de que algún día el ADN diga la última palabra.
1) La referencia a la primera niña, la trae en sus Memorias, publicadas en 1847, el pintor Carmelo Fernández Páez, sobrino del general Páez, quien desde muy niño anduvo con Bolívar y lo acompañó hasta el fin de su vida. Autor de la efigie del Libertador que está en nuestras monedas, y de las efigies de casi todos los próceres, a quienes conoció personalmente, don Carmelo dice que en la huida hacia el oriente, durante el año 1814, muchas de las familias de Caracas se radicaron en Cumaná; otras siguieron a Angostura (hoy Ciudad Bolívar), y cuatro de ellas  llegaron hasta Achaguas;"...en una de estas familias tuvo una hija El Libertador". Viniendo de un compañero fiel, que anduvo con él todo el tiempo hasta que murió, el dato es digno de crédito y de respeto. Algunos genealogistas creen que se trata de una niña de la familia Toro, de nombre Clorinda, cuya madre casó luego con el victoriano Manuel García de Sena. La niña CLORINDA GARCÍA DE SENA Y TORO, casó con Don Manuel Antonio Carreño, gran músico, autor de la "Urbanidad de Carreño" y es la madre de la gran pianista Teresa Carreño García de Sena, quien sería nieta del héroe (sus restos también reposan en el (Panteón Nacional y será muy fácil obtener muestras de su ADN).

2) La segunda, doña FLORA TRISTÁN, cuyo retrato revela un gran parecido físico con el genio, era hija de doña Teresa Laisney de Tristán, esposa del coronel peruano don Mariano de Tristán, de la alta aristocracia del Perú. Bolívar la conoció en su segundo viaje a Europa que comenzó en 1803 y dura hasta su regreso en 1806, vía Estados Unidos. Lleva la tristeza de su prematura viudez y tiene apenas veinte años. Con Teresa hace un largo viaje hasta Bilbao, ella queda embarazada y al poco tiempo, en Paris,  nace Flora. Vivió de 1804 a 1844; casó y tuvo dos hijos: un varón cuyo nombre desconocemos y una hembra llamada Aline, que es la madre del pintor Gauguin, quien sería bisnieto del Libertador.
Flora fue una destacada dirigente política, fundadora del Partido Socialista Francés, luchó por el proletariado, por los derechos de la mujer y por el establecimiento del divorcio. Fue muy infeliz en su matrimonio, publicó libros, entre ellos "Peregrinaciones de una Paria" en 1838; viajó a Arequipa en busca de su tío Pío Tristán. Publicó las cartas cruzadas entre su madre y Bolívar, y murió en 1844. Los obreros agradecidos le hicieron  un monumento en el cementerio de Burdeos donde reposan sus restos.

3) Del tercero apenas conocemos, por habérselo oído decir a don Juan Uslar Pietri -hermano menor de don Arturo- que en 1805 nació en París un niño al cual apadrinó el futuro guerrero y le puso su propio nombre. La madre del niño había sido su amiga íntima. En una carta que le envía en 1823 Fanny Tobrian y Aristeguieta Du Villars, su prima, amante y confidente, al Libertador, le dice:"Vuestro ahijado Simoncito Briffard (espero que sea el solo que usted tenga en Europa) es digno de sus bondades y tiene el vivo deseo de ir a encontrarlo". No sabemos nada más de SIMONCITO BRIFFARD. Es a esta Fanny a quien le escribe en 1830 la carta que dice: "Me tocó la misión del relámpago; rasgar un instante la tiniebla, fulgurar apenas sobre el abismo, y tornar a perderse en el vacío".

4) El cuarto, don MIGUEL CAMACHO, nació en Pie de Cuesta, El Socorro, Santander del Norte, Colombia, pero vivió toda su vida en Quito donde murió el 10 de julio de 1898. Era más alto que Bolívar, pero tenía faz trigueña, frente alta y elevada, cabello ensortijado, bigotes bien poblados, nariz aguileña y barbilla perfilada, delgado pero bien musculado, ojos negros, de mirada penetrante y que en veces miraban al suelo y en veces, de lado.

Al día siguiente, el 11 de julio de 1898, el cortejo fúnebre era presidido por el General Eloy Alfaro, Presidente del Ecuador, por tratarse de un hijo de Simón Bolívar, pues como tal se le tuvo siempre. Poseía muchas cartas del Libertador y de"mi tía María Antonia, referentes a mi persona y particularmente a los gastos de mi manutención y crianza". Al fallecer, su criado era un hombre como de  setentinco años, llamado Lorenzo Camejo, hijo de Pedro Camejo, el Negro Primero, quien lo acompañaba desde su estancia en Caracas, en tiempos de Guzmán Blanco, y llamaba la atención de los quiteños "por su color negro, su altura, y porque llevaba en la oreja un arete de oro".

Don Miguel Camacho tuvo dos hijos llamados Margarita y Carlos.  Margarita casó con don Manuel de J. Benalcázar, honorable comerciante de Quito y tuvo tres hijos llamados Miguel Ángel, Antonio y Manuel.  Antes, don Miguel había tenido otro hijo llamado don Aquilino Camacho, profesor. Sus descendientes viven en el Ecuador.

5) Por último, el más conocido de todos es don JOSÉ COSTAS. Su origen remonta a los días de octubre de 1825, cuando el Padre de la Patria llegó a Potosí, para cumplir con su compromiso de clavar las banderas de la libertad, en el Cerro de la Plata. El 5 de octubre fue coronado por una linda mujer de veintiún años, de nombre María Joaquina Costas, esposa del general Hilarión de la Quintana, colocó sobre sus sienes una corona "de filigrana de oro, tachonada de diamantes", obsequio de la Municipalidad de Potosí. María Joaquina tenía "piel fina, ojos color azul, boca pequeña nariz fina y un hoyuelo en la barbilla".

En el momento de coronarlo le advirtió:"Cuídese general porque esta noche tratarán de asesinarlo".  Esta oportuna información permitió debelar  la conspiración del general León Gandarias, y salvar la vida del héroe. Esa noche el suntuoso baile vió aparecer a "otro Bolívar"; por primera vez sus compañeros de armas lo contemplaron sin bigote y sin uniforme. Bailó toda la noche con María Joaquina; surgió una intensa relación y el caraqueño decidió prolongar en Potosí su estada hasta el próximo 28 de octubre, para celebrar allí "su cumpleaños". María Joaquina quedó embarazada y nació su hijo a quien, a pesar de estar casada,  presentó como José Antonio, hijo natural suyo y del señor Simón Bolívar. Al conocer Bolívar el nacimiento del niño envió al Coronel José Miguel de Velazco, con la misión de llevarlos a la "Quinta de la Magdalena". En el Perú se hicieron varios retratos de doña Joaquina con el niño en los brazos. La comisión le valió a Velazco su ascenso a General y la Presidencia de Bolivia. Por su parte José Costas vivió sesentinueve años, casó con doña Pastora Argandoña y procrearon a Urbano y Magdalena, ambos con numerosa descendencia. En su partida de matrimonio se lee: "...casé y velé a José Costas, hijo natural de la señora finada María Costas y del finado señor Simón Bolívar."

Murió el 7 de octubre de 1895. Existe una fotografía de doña Joaquina a los setenta años, tiene en las manos un libro, su rostro es simpático e imponente, ojos soñadores, boca pequeña nariz bien perfilada, su vestido es una saya de anchos pliegues y una mantilla andaluza. Sus descendientes viven en Caiza, un pueblito a noventa kilómetros de Potosí.

El 26 de octubre de 1925,  se celebró en la Villa Imperial de Potosí el centenario del ascenso de Bolívar al Cerro de la Plata; allí en acto presidido por la Academias, la Sociedad de Geografía e Historia y el Presidente de la República, se reconoció a las familias Costas y Rosso, como descendientes de Bolívar. En el momento de su muerte, cuando Doña María Joaquina se confesó con el cura Ulloa, le pidió: "que no sea separado de mi cuerpo en la tumba, este precioso relicario que lleva el busto del Libertador, y que me fue ofrecido por él en prenda de amor (...) Dios le haya premiado y me perdone a mi esta única falta grave de mi vida, que siempre consagré al bien de mis semejantes y al recuerdo del héroe, mi único y solo amor en el mundo".

Por su parte, dos años antes de morir, el Libertador confesó: "El Potosí tiene para mi tres recuerdos: allí me quité el bigote, allí usé por primera vez un vestido de baile,  y allí  tuve un hijo".

EL CRONISTA COMO FUNCIONARIO PÚBLICO

Ponencia presentada en la XL Convención Nacional de Cronistas Oficiales de Venezuela, realizada en Coro, estado Falcón del 23 al 26 de mayo de 2012
ALBERTO PÉREZ LARRARTE
Cronista Oficial de la Ciudad de Barinas
Me animó la idea de traer ante ustedes estas palabras de reflexión sobre el deber ser del cronista en la vida pública venezolana, de verdad me entusiasme a exponer tal asunto en este encuentro, rodeado de un conjunto de hermosas e históricas edificaciones, que constituyen un patrimonio histórico para la humanidad y sentir el calor del sol falconiano, en la ciudad del viento, con la misma intensidad del afecto de su gente; es una sana manera de desgarrarme el alma ante este auditórium, tal vez por la vehemencia que le ponemos a las cosas; pero con la firme convicción de expresar mi preocupación por el destino y vocación de los hombres y mujeres que tenemos la hermosa y delicada misión de escribir la historia en un país que vemos cada día más alienado y convulsionado por cosas intranscendentes, lo que hace que aceleradamente se desborone el basamento moral y ético de la sociedad.
Si hacemos referencia del cronista como funcionario público, no debemos  apegarnos únicamente a la ley, aunque la ley es la ley; considero que nuestra misión y visión va mucho más allá de ejercer un cargo público, debemos ser auténticos promotores culturales, humanistas por excelencia, constructores de sueños, creadores de la palabra, defensores del patrimonio y acervo cultural de nuestros pueblos, investigadores, propulsores y protectores de nuestra identidad. Eso es el deber ser.
Nuestro ejercicio de poder en la administración pública debe estar apegado a las más diáfanas normas que deben regir a un funcionario público, sin olvidar que los funcionarios públicos no están para que le sirvan, sino para servir a todos los ciudadanos y debe fundamentarse su servicio en los principios de honestidad, participación, celeridad, eficacia, eficiencia, transparencia, rendición de cuentas y responsabilidad.
Además, como hemos dicho, sin dejar de tomar en cuenta que el ejercicio de cronista va mucho más allá de ejercer un cargo público, su función debe ser ejemplarizante en el servicio colectivo, como asesor de los Poderes Públicos Municipales, su actuación debe ser diáfana y apegada a las más estrictas normas de imparcialidad política partidista, por lo que no debe inmiscuirse en los asuntos de participación partidista, que aún consciente que es un derecho natural que promueve la fe democrática, marchitaría su independencia y capacidad creadora y defensora de los más sagrados derechos patrimoniales y culturales de su localidad y si en ello incurriría, estaría convirtiéndose en un borrego y servil de los políticos de turno y su conducta ética y moral ante la sociedad, produciría el declive de tan noble y leal oficio. Perdonen mi crudeza.
Como referente a tan loable y delicada responsabilidad, don Alfonso Marín, en la primera Convención de Cronistas Oficiales de Venezuela, reunida en Valencia en marzo de 1968, sostiene que: “Un cronista de una ciudad, no debe ser nunca un funcionario decorativo, que se conforme con la idea de su presencia en ese cargo que representa para él un honor excepcionalmente alto. Ese honor existe, realmente, pero se encuentra ubicado en los límites imperativos de un profundo deber y de un grave compromiso”.
En la actualidad el oficio de cronista ha evolucionado convirtiéndose  en un funcionario público, con rango de Órgano Auxiliar de los Poderes Públicos Municipales, estando al nivel del Secretario o Secretaria de Cámara Municipal o de quien ostenta el cargo de Sindico Procurador municipal.
 El cronista es un escritor, investigador, historiador y orientador de las aspiraciones colectivas de su comunidad, recomienda alternativas en materias de vialidad y urbanismo, propone políticas transformadoras que humanicen su Municipio, es el guardián de las memorias de su pueblo, le corresponde asesorar a los poderes públicos  municipales, en las materias o asuntos de su competencia, debe propiciar la creación de museos, archivos, hemerotecas y bibliotecas.
No amerita un titulo académico para ejercer tan honroso oficio; pero si la humildad, honestidad, vocación, dignidad y entrega necesaria para con decoro ser la voz obligada del Municipio.
El cronista, no es una pluma tarifada, es un libre pensador. Muchas veces debe enfrentar las barbaridades que pretenden cometer algunos mandatarios o funcionarios de gobierno contra el patrimonio y acervo cultural, debe propiciar programas educativos y formativos para su comunidad.
         El cronista debe pensar y actuar diligentemente y sin rodeo, porque tiene bajo su responsabilidad una delicada misión, no debe ser simplemente un contemplador nostálgico de los sucesos de su pueblo, su pensamiento y actuación deben dignificar tan alta misión. Para Wilfredo Bolívar, cronista de Araure, "es una especie de conciencia de la ciudad, un defensor del patrimonio, o el alcalde moral de un pueblo". 
Por ello, vayamos con nuestra conciencia y combatamos con nuestras armas tanta mediocridad que carcome el alma nacional. Nuestras armas son las ideas, el libre pensamiento y las letras que describen la historia, en tal sentido debemos ser la antítesis del marasmo y la barbarie. No nos convirtamos en aduladores de los gobernantes de turno, porque nos tragará el tremedal.
Como la ley es la ley, como diría nuestro amigo y admirado poeta y colega Guillermo de León Calles, cronista Oficial de Carirubana, estado Falcón, cuando insta que debemos referirnos con insistencia saludable sobre este logró de ser reconocidos en la vigente Ley Orgánica del Poder Público Municipal, en su contenido que le da al cronista el rango de uno de los Órganos Auxiliares del Poder Público Municipal.
En este sentido el poeta De León Calles, refiere que: “Con esta herramienta jurídica en posesión nuestra, no habrá excusa alguna que defina su incumplimiento. Los cronistas tenemos que acrecentar, con el mayor grado de autoestima, lo que representamos para el curso cotidiano y trascendental de las comunidades a las cuales servimos, con la necesaria asesoría, si es que viene  al caso, de los profesionales específicos o de los colegas que hayan logrado que la ley sea, con todas las mayúsculas del mundo, letra viva”.
Pero, el incumplimiento de la ley, esta latente en varios Estados del país, son innumerables los Municipios que no gozan del servicio de este funcionario público que ha venido dejando de ser una figura decorativa y convirtiéndose en un gestor y promotor  de las principales actividades que tienen que ver con el desarrollo integral del Municipio; además que con el fallecimiento de los cronistas existentes en algunos Municipios, no se ha dado el mandato de ley o se ha comenzado con el reparto de la torta como nos los dijo en su oportunidad Germán Fleitas Núñez, cronista de La Victoria.
Cuando muere un cronista de alguna manera, muere por pedazos un pueblo, con su desaparición física se va la voz moral de un pueblo, son varios los cronistas, que nos han dejado su legado para la posteridad, imitémosles.
Elevemos una plegaria no sólo porque sus restos descansen en paz, sino porque su obra y pensamiento, sean guía y ejemplo en el cumplimiento de nuestro oficio y faro de luz para las nuevas generaciones.
Por ahora, los cronistas debemos hacer que nuestro oficio impregne de conciencia a la ciudadanía y aclare la mente de muchos funcionarios públicos alérgicos y desinteresados por las cosas sublimes que alimentan el espíritu y acarician el alma y que entiendan de una vez por todas, que el cronista que cumple con su deber, es el gendarme, el guía  y constructor de sueños que engrandece la vida municipal y el mejor aliado, de alcaldes, concejales y demás funcionarios públicos y por consiguiente de la comunidad en general.
Eso si, hagamos justicia de defender las bondades que ofrece ejercer el oficio de cronista; pero con absoluta humildad, dignidad y con la autoridad moral suficiente para hacer valer y respetar el sitial ganado en la colectividad, hagámoslo con inmensidad creadora, el cronista debe ser un poeta y como señala mi colega y amigo Antonio Trujillo, cronista de San Antonio de los Altos, estado Miranda, quien afirma, que:   "Un poema es una crónica espiritual. La poesía es una crónica desde Homero hasta aquí…Porque la crónica también es para defender un país”.
Se dan cuenta queridos colegas del hermoso legado que nos corresponde atesorar, no permitamos que se degrade nuestra misión, en fin como diría el pionero de los cronistas de Venezuela, el celebrado, don Enrique Bernardo Núñez, "El pueblo mismo es el cronista por excelencia".
   Recuerdo con orgullo afectuoso a mis dos grandes maestros, uno, José León Tapia, quien me dijo un día, “hijo sigue con tu empeño creador, acuciosidad y celo de hacer de Barinas un eslabón más de la grandeza de nuestra patria” y con exceso afectivo, me animo al decirme: “Tu trabajo tiene gran trascendencia en una ciudad donde tantas veces, en nombre de un falso progreso, se ha borrado nuestro patrimonio cultural y arquitectónico, para pena de quienes llevamos a Barinas en el corazón”.
El otro, José Esteban Ruiz-Guevara, un verdadero revolucionario y libre pensador que dignificó nuestro gremio; cuando fui seleccionado por un jurado calificador me dijo: “Alberto, eres el primer cronista del municipio Barinas nombrado de acuerdo con las disposiciones legales establecidas en la legislación correspondiente y las pautas señaladas por la Asociación de Cronistas de Venezuela”. Menos olvido cuando me dijo: “Vayamos al ejercicio imparcial de nuestro oficio e indudablemente, no dejemos que nuestra asociación se contamine”. El aplauso es por la memoria de estos insignes venezolanos. Muchas gracias…