Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

martes, 26 de octubre de 2010

MUERE EL ESCRITOR PEDRO SIVIRA, QUEDA EL LEGADO DE SUS PÁGINAS

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Daniel Scott

En la madrugada del miércoles 20 de octubre se nos fue nuestro gran amigo Pedro Sivira, intelectual de trayectoria,conocido redactor del Nacionalista, autor de libros muy leídos y creador de varias páginas culturales que circularon en el diario donde trabajó por tantos años. Pedro Sivira era un valioso intelectual en cuya mente resplandecía la idea y en su lengua el dato histórico, el conocimiento y la palabra sincera.
A Sivira le conocí a principios de los noventa cuando se despertaban mis propias inquietudes intelectuales y me aventuraba tímidamente a escribir en serio en El Nacionalista, al igual que lo hizo mi padre por muchos años. Sivira ocupaba el puesto de redactor del Diario, de manera que todos escrito mio tenía que pasar antes por sus manos. Era la época de las escandalosas máquinas de escribir y los correctores. Recuerdo con gracia que al principio me recibía muy serio y con cierta frialdad. En fin era la primera vez que asomaba mi rostro novato por esos lares. No le hacía caso porque yo jamás juzgo a los hombres por la delgada corteza de sus apariencias. En efecto: a medida que mis párrafos se posaban en su mesa de trabajo, su actitud sufrió una especie de transfiguración bíblica, y a partir de entonces tuvo para mí el gesto afable de un hombre que no solo me publicaba con gusto todas las semanas, sino que además me compartía de buena gana sus sueños.
Recuerdo que uno de mis artículos, que hablaba de la felicidad, produjo en su ánimo un impacto positivo, tanto que tuvimos una larga charla de sobremesa, en donde me expuso de una manera ordenada y con entusiasmo todos los sueños que quería hacer realidad. Se conceptuaba escritor, y en esa dirección deseaba centrar todos sus esfuerzos. Sin embargo lanzó un suspiro y exclamó: “Pero la vida no es solo escribir párrafos o poesía, es cosa de traer a casa el pan cotidiano.” Sus palabras quizá reflejaban la vieja realidad de una sociedad que no sabía y aún no sabe acoger en su seno el oficio de escritor. Sabemos de mucho talento literario que ha desaprovechado en tal sentido. Se podrían enumerar casos y mas casos pero no vale la pena. Sivira ejerció con devoción de quijote y de manera sistemática el periodismo eminentemente cultural, en unos días donde la gente se ocupa solo de la política, como si esa fuese nuestra única realidad como pueblo. Allí queda el legado de sus páginas.
Nos vimos por ultima vez el pasado mes de julio. Nos acompañaba José Obswaldo Pérez, otro gran amigo. Recuero que nuestro tema de conversación seguían siendo los mismos: la política, episodios históricos cercanos y lejanos, la idiosincrasia del pueblo venezolano, de como la gesta independentista acabo con la sociedad colonial venezolana. ¡El regocijo de la mutua compañía y el conocimiento compartido. Por ultimo me hablo de “Candil Editores” página que dirigía con mucho orgullo junto al periodista José Obswaldo Pérez.
Se nos fue Pedro Sivira pero nadie que haya escrito se nos va del todo. ¿Será mejor decir que la tinta y el papel insufla de inmortalidad al que escribe? Un párrafo puede fijar y expresar la personalidad y la calidad humana del escritor. Sivira se queda en medio nuestro con obra tales como: “Extrañas oincidencias: y la rica fuente nunca estuvo seca”, “El paso de la Historia”, “Alberto Carnevalli “El fuego de su pensamiento” entre otros.

viernes, 22 de octubre de 2010

Crónicas de una carnicería



LA GUERRA FEDERAL: GRITOS DEL ODIO (III)

Alberto Hernández
** La guarimba zamorana acabó con el ejército conservador. Al término de la refriega en la que murieron más de tres mil hombres, los quejidos de los moribundos se confundían con la algarabía del triunfo de los federales
La muerte hinca el diente con la fuerza de su ceguera. La estrategia del matadero fue preparada tanto por Falcón como por Zamora, y la estrategia por el último, quien atendió a la escogencia del lugar hecha por el primero. El caserío de Santa Inés salió del anonimato y se convirtió en enclave donde un grupo de venezolanos se enfrentó inútilmente: los muertos quedaron regados entre el monte, el polvo y el olvido.
En la Biografía del Mariscal Juan Crisóstomo Falcón, escrita por Jacinto Regino Pachano, quien fuera su primer edecán en aquellos días aciagos, se lee:
“Zamora le indicó a Falcón el punto de Santa Inés que ya conocía de antemano, como a propósito, por sus condiciones militares para fortificarse en él. Previsión admirable de Zamora. Se realizó todo conforme él había ideado. Llegamos a Santa Inés y le expuso a Falcón todo su plan, asegurándole el éxito. Falcón le hizo juiciosas observaciones que Zamora contestó satisfactoriamente. Acordados los dos, procedieron a los trabajos de fortificación...y como todas las acciones de esos hombres de espíritu infatigable y asombrosa actividad, decirlo fue hacerlo. Cuando el enemigo pisaba el día 9 de diciembre el terreno de nuestras posiciones, no encontraba un solo palmo de tierra vulnerable; ni un ojo que no estuviera alerta, ni un fusil que no estuviera preparado, ni un hecho que no se sintiese resuelto al sacrificio de la vida...¡Reñidísima¡ ¡Reñidísima fue aquella batalla¡ ¡Diez mil valientes disputándose la victoria¡ ¡Todo un día y una noche de sucesivas embestidas y resistencias crueles...En medio de las descargas nutridas de cañón y de fusilería, apenas se producían rápidos intervalos al lúgubre son de las cornetas...¡No maten más¡ ¡No maten más...¡”.
Según la crónica, nunca se peleó con tanta saña desde la guerra de Independencia. “El encono humano de las contiendas civiles pudo llegar a tanto”. El anunció de una carnicería fue el prolegómeno del verdadero día de la batalla en el sitio de Santa Inés.
El matadero – rompe la voz de la historia- recuerda la imagen de Enrique María Remarque: “Dos ejércitos que combaten es una sola masa humana que se suicida”. En efecto, un suicidio que como tal no conduce a nada, sólo a la muerte, tan de mucha monta cuando se trata del odio.
El primer contacto con el enemigo para iniciar la chamusquina se dio en La Palma. El sol de la mañana aún no anunciaba la llegada de la tarde, cuando Zamora previó que faltaba poco tiempo para iniciar una de las batallas más sangrientas de la historia venezolana.
-“Encuentro de guerrillas”-
La guarimba, palabreja de moda en estos días en los que el siglo XIX nos punza con su atraso, fue la fórmula usada por Zamora y su gente para enfrentar la tropa conservadora. Vitelio Reyes recrudece la acción: “En la madrugada del 10 comenzó el encuentro de guerrillas. Se replegaban paulatinamente los federales atrayendo el ímpetu de los gubernamentales, precisamente hacia las posiciones fortificadas. La ofensiva se recrudecía hacia los atrincheramientos preparados por Zamora. Sobre ellos se aplicó a fondo la Primera División”.
El río Santo Domingo, testigo de aquel encuentro violento, se manchó con el polvo levantado por las patas de las bestias en pleno campo. Entre repliegues y escondidas, Zamora jugaba con el enemigo. Trincheras, agujeros y trampas dejaban en el terreno cuerpos destrozados. El ejército del gobierno pensó que los federales se debilitaban en cada acometida. La Primera División fue desbaratada. Entonces, cuando las trampas cumplieron su cometido, Zamora gritó a voz en cuello cerca del sitio de El Trapiche: “¡Pisaron el peine¡”. El mencionado lugar sirvió para darle la primera estocada a la sorprendida tropa de los conservadores. Por donde entraba era atacada. Encerrada en una suerte de embudo, no había posibilidad de repliegue alguno.
El gobierno avanzó un poco más, con sus fuerzas disminuidas, hasta La Encrucijada, donde la fusilería arrasó con una gran parte de los hombres de Petit, Ortiz, Mora y Franco. El fuego cruzado no les permitía pensar. No obstante, la otra División entró en el campo enemigo gracias al exceso de confianza de De Las Casas: una descarga de plomo cayó sobre Jelambi. La muerte agitó sus alas y convirtió el paisaje en un retrato conmovedor. De todas partes saltaban los hombres de Zamora sobre los del gobierno. Derrotados los godos, iniciaron la retirada en medio de un colchón de cadáveres. Las cifras dieron cuenta de 54 oficiales heridos, entre ellos Espelozín, Oberto, Pulido, Fagúndez y Ramírez. 25 oficiales de alta graduación aniquilados, entre ellos el Coronel Antonio Jelambi. Se sumaron, entre los dos ejércitos, dos mil muertos, sólo en el campo de Santa Inés. “La siembra de cadáveres en tierras feraces fue espantosa”, escribe Reyes.
Los quejidos de los moribundos se confundían con los gritos de victoria de los guarimberos de Zamora. No obstante haber alcanzado el triunfo, Zamora y Falcón seguían planificando como arrasar a los hombres del otro bando. Iniciaron la persecución al día siguiente entre los charcos de sangre y los cuerpos mutilados en pleno campo. En ruta a Barinas, Falcón, quien dirigía la infantería, y Zamora, la caballería, a la altura de Sabana del Bosque, la tropa federal se topó con la gubernamental. De nuevo los conservadores llevaron la peor parte. Una fracción importante de la División de Rubín se entregó rendida. Ya en Mamporal, el General Falcón dio cuenta del resto. A juicio de la crónica de la época, el coraje y la valentía tenían rostro en los vencidos.
De cuatro mil hombres que se enfrentaron en Santa Inés, sólo mil llegaron a Barinas. Es decir, en el camino iban cayendo hombres de ambos bandos. El agotamiento hacía más fácil las acometidas de Zamora, pero también la muerte de soldados de ambos grupos. La carnicería redondeó su paisaje en las horas sucesivas. El hambre era mitigada con el ganado robado, el mismo que pastaba en el campo cercano a la refriega.
La guerra parecía no tener fin, pese a que Santa Inés quedó atrás, lúgubre, atizada por las maldiciones de la muerte y la soledad.
La vieja canción federal resuena entre los muertos, los heridos y los que cabalgaban con Zamora, un poco antes de arribar a San Carlos. El “Oligarcas temblad” quedó como un eco arrinconado. “El cielo encapotado/ anuncia libertad/ ¡Oligarcas temblad¡/ viva la libertad”, y así, “La espada redentora/ del General Zamora/ confunde al enemigo de la revolución”. Entre las breñas de aquella Venezuela, que ahora quieren repetir, se escuchaba: “Las tropas de Zamora/ al toque del clarín/ derrotan la brigada/ del godo malandrín”. Hoy cabe preguntarse, ¿quién es el malandrín?. De esa mortandad hacen 145 años.
El periodista y poeta Jesús Sanoja Hernández nos ayuda: “Aquella era una Venezuela eminentemente agraria y por eso los estudiosos marxistas calificaron a la guerra federal como “guerra campesina”...”. Los mismos campesinos que pelearon al lado de Bolívar, Páez, Morillo, Santander y Boves. Los campesinos de siempre. Campesinos contra campesinos.
Trasladar la Batalla de Santa Inés a los días que nos tocan, afirma Sanoja, implica “cambiar el escenario bélico, por ejemplo el de las ciudades, y utilizar otro tipo de armas, que ojalá sean firmas y votos”. El presente lo es tanto que Santa Inés es una página borrosa en la memoria.
-La antesala de un disparo en la cabeza-
Sanoja Hernández remata: “Si creyera Chávez en reencarnaciones o en la repetición de ciclos históricos, debería tomar en cuenta que 21 días después de la gloriosa batalla, Zamora terminó muerto por balazo misterioso en el asalto a la población de San Carlos”.
El otro remate está en la salida que los venezolanos buscamos denodadamente. Santa Inés es una manía atávica en la vida de Chávez. Y como lo afirma Elías Pino Iturrieta: “Chávez confunde su biografía con la historia de Venezuela”. (Continuará).

jueves, 21 de octubre de 2010

Falleció el escritor Pedro Sivira

Sivira era oriundo de Las Mercedes del Llano, estado Guárico; se destacó como escritor de la novela del petróleo y crítico literario.

Pedro Sivira, escritor y crítico literario, autor de Fantasmas y los residentes
A la dos de esta madrugada de este miércoles se registró la triste noticia del fallecimiento del escritor guariqueño Pedro Sivira, autor de Fantasmas y los residentes (2da Ed, 1993)y W Company
Sivira era oriundo de Las Mercedes del Llano, estado Guárico; se destacó como escritor de la novela del petróleo y critico literario. Fue editor de las páginas culturales del Diario El Nacionalista, y para la fecha trabajaba junto con el editor de este periódico, Leonardo Lalo González, en la producción de varios proyectos investigativos.
También, don Pedro Sivira era editor del portal electrónico Kandil Editores, un proyecto comunicacional que venía desarrollando con el periodista José Obswaldo Pérez.
Sivira falleció de un paro cardiaco.

Información y fotografía tomadas de http://fuegocotidiano.blogspot.com/2010/10/fallecio-el-escritor-pedro-sivira.html

lunes, 18 de octubre de 2010

LOS ASHANTI


Arturo Álvarez D´Armas

Los Ashanti ocupan una parte considerable del territorio que una vez conocimos como Costa de Oro. Son un importante grupo étnico de la hoy República de Ghana. Hablan la lengua twi, con unos 7 millones de personas. Antes de la colonización europea, el pueblo ashanti desarrolló un imperio de gran alcance gracias al comercio. Desde el siglo IV hasta el año 1076, en tierras de la actual Mauritania, se desarrolló el poderoso Imperio de Ghana. Su nombre fue dado por los árabes al imperio soninke de Wagadu, y que derivaba de la deformación de la palabra ghani, cuyo significado es riqueza. Ghana desde el siglo VIII adquirió fama de tierra rica en oro y se convirtió en el principal depósito de ese mineral en la región, que se extraía de los yacimientos aluviales, explotados por la población local en el marco de las estructuras familiares. El control del oro era tarea personal e intransferible del Rey, evitando así las posibilidades de inflación. La economía del imperio de Ghana tenía dos aspectos muy diferenciados: por un lado la agricultura y la ganadería de las que vivían la mayor parte de la población, y por otro, el comercio transahariano y las actividades artesanales.
Asantewa
Desde el siglo VIII hasta el siglo XII el imperio de Ghana fue una especie de meca comercial a la que la gente iba a hacer fortuna en busca sobretodo de oro que después servía para acuñar los dinares de las dinastías islámicas del África mediterránea. Por otro lado, el comercio de la sal y su monopolio por los reyes de Ghana fue la otra de las bases económicas de este imperio que controlaba su comercio con los países del sur. Después del oro y la sal, Ghana proporcionaba al comercio transahariano marfil y goma, y recibía a su vez del norte cobre, trigo y productos de lujo como perlas y vestidos.
El poder personal del Rey era total y a su muerte se le enterraba en fastuosas
edificaciones instaladas en los bosques y junto con él eran enterrados sus sirvientes, para que lo acompañaran en el más allá.
A fines del año 1076, fueron derrotados y conquistados por los almorávides, rompiéndose la unidad del imperio que a partir de entonces quedó seccionado en un norte musulmán controlado por los almorávides, y un sur soninke en donde se refugiaron los no musulmanes. Fue así como se cerró la etapa de esplendor y magnificencia de este Imperio.
Esta región fue denominada por los ingleses Costa de Oro, y de ella arrancaron los mejores mineros y orfebres para ser trasladados hacia América en calidad de esclavizados.
Antes del siglo XIII, pueblos de lengua akan emigraron hacia la actual Ghana y establecieron estados pequeños en la región montañosa, en las cercanías del Kumasi moderno.
Durante el auge del imperio de Malí, los ashanti y los akan llegaron a hacerse ricos negociando el oro encontrado en minas de su territorio. Desarrollaron una poderosa confederación y posteriormente se convirtieron en el grupo étnico más influyente dentro de la región de Costa de Marfil, que competían con el pueblo fante. Esa confederación tuvo gran importancia durante el período colonial, vendiendo oro y esclavos, los cuales eran intercambiados por armas.
Fueron uno de los pocos estados africanos capaces de ofrecer resistencia seria a los imperios europeos. Entre 1826 y 1896, Gran Bretaña luchó cuatro guerras contra los reyes ashanti, conocidas como guerras anglo-ashanti. En 1895, los ingleses derrotan a las fuerzas Ashanti y es desterrado su soberano.
En 1900 los británicos sometieron el reino y lo renombraron como la colonia Gold Coast. Una figura de la resistencia contra el colonialismo británico es la de la líder Yaa Asantewaa (1850 – 1921). Es una de las figuras reverenciadas de la historia moderna de Ghana. En 1900, el Gobernador británico de Ghana logró, tras derrotarle militarmente, desterrar a la reina a la vez que exigía de las autoridades la entrega del Taburete Dorado, objeto histórico venerado y símbolo de la soberanía e independencia asante. Temerosos de emprender una guerra contra los británicos, algunos líderes sugirieron que en vez de luchar contra ellos, debían implorar que cambiaran su política represiva y permitieran el retorno de su rey. Dice la Historia, que, indignada, Yaa Asantewa, la Reina Madre y guardiana del Taburete Dorado, se puso en pie y dijo, "¡No puedo creerlo! Si ustedes, los hombres Asante, no tiran adelante, entonces nosotras las mujeres lo haremos. Nosotras lucharemos contra los blancos hasta que la última de nosotros caiga en los campos de batalla." Yaa Asantewa dirigió a su nación en la última guerra Asante contra los británicos. El 28 de marzo de 1900, ella inició la guerra de independencia, movilizó a las tropas Asante y puso cerco durante tres meses a la misión británica del fuerte de Kumasi. Los ingleses tuvieron que llevar miles de soldados y artillería para romper el sitio. En venganza, las tropas británicas destruyeron numerosas poblaciones, matando a muchas personas y confiscando sus tierras. Capturaron a la Reina a quien desterraron a las Islas Seychelle, en la costa del este de África. Murió en el destierro, veinte años más tarde.
Costa de Oro. 1896.
Un artefacto cultural de los ashanti con importancia histórica es la sagrada Banca de Oro, la cual sólo podía ser tocada por su rey, el asantehene.
El ser supremo es Nyame, dios del cielo, el cual posee su clero particular y numerosos altares. Nyame nunca es representado por esculturas. Tuvo un hijo con Asase Ya, la diosa de la fertilidad, llamado Anansi. Asase Ya tuvo asimismo otros dos hijos, Bea y Tano. Aso es la esposa de Anansi, ambos personajes de leyendas en África occidental. Anansi pasa al continente americano como una araña, sus cuentos todavía se oyen en Jamaica, Panamá, Costa Rica y alguna islas del Caribe donde trajeron esclavizados desde la hoy república de Ghana.
Entre los Ashanti (Laude, Jean, 1988) el arte es, según parece, esencialmente real: destinado al rey y a su familia, concretando valores relativos a la realeza o concerniendo a la supervivencia celeste de los soberanos que en el más allá velan sobre el destino de su pueblo.
Algunas de sus principales manifestaciones artísticas son: esculturas de madera conocidas con el nombre de akua ba; la alfarería, las pesas para medir el polvo de oro; los kuduo pequeños vasos elaborados de cobre o bronce; oro martillado y repujado; tejidos de algodón o seda.
Para finalizar se presentan algunos textos de la literatura tradicional Ashanti. La traducción es de la investigadora Estela Dos Santos.
Invocaciones de los Ashanti
1
Espíritu del Cedro
el que toca el tambor del Creador anuncia
que él mismo lo ha hecho para levantarse
como el canto del gallo al amanecer.
A ti nos dirijimos y nos entenderás.
2
Espíritu del Elefante
el tambor del Creador anuncia
que se ha arrancado el sueño
y se ha levantado al aparecer la aurora.
3
Tierra, compadeceos,
tierra, compadeceos,
tierra y polvo,
en quien se puede confiar,
me inclino ante voz.
Tierra, cuando estoy a punto de morir,
me inclino ante voz.
Tierra, cuando estoy vivo
dependo de voz.
Tierra que recibís a los muertos
el que toca el tambor del Creador dice
de dondequiera que haya salido,
él se levantó a sí mismo,
él se levantó a sí mismo.
Leyenda Ashanti
Hace mucho tiempo que un hombre y una mujer del firmamento y un hombre y una mujer subieron de la tierra.
Desde Onyame (Dios Firmamento) vino también un onimi (pitón) y puso su morada en el río Bosommuru.
Al principio esos hombres y mujeres no tuvieron hijos porque no tenían ningún deseo y el engendrar y el nacer no eran conocidos en aquel tiempo.
Un día el pitón les preguntó si no tenían hijos y habiéndoles contestado que no, dijo que haría que la mujer concibiese. Ordenó a los integrantes de la pareja que se pusieran de pie, cara a cara, luego se sumergió en el río y alzándose, roció con agua sus vientres mientras pronunciaba la palabra kus-kus y después les ordenó que volvieran a la casa y que se acostaran juntos.
La mujer concibió y dio a luz los primeros niños en el mundo, quienes tomaron a Bosommuru como su ntoro (tótem) y cada varón se encargó de pasar su ntoro a sus hijos.
Desde entonces, si un hombre o mujer ntoro del Bosommuru ve un pitón muerto espolvorea arcilla blanca sobre él y lo entierra pero ellos jamás los matan.
Fuentes consultadas:
Antología de la literatura oral. Selección de Estela Dos Santos. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1971. 61 p. (Biblioteca Básica Universal).
http://www.ikuska.com/Africa/Etnologia/mujer_historia.htm#ghana
Hoover, F. Louis. African Art. F. Louis Hoover, Editor. Normal-Bloomington: The Ewing Museum of Nations, Illinois State University Foundation /1974/. S.p.
Laude, Jean. Las artes del África negra. Barcelona: Editorial Labor, 1968. 282 p. (Nueva Colección Labor, 70).
Paulme, Denise. Las esculturas del África negra. México: Fondo de Cultura Económica, 1974. 171 p. (Breviarios, 165).

lunes, 11 de octubre de 2010

La brutalidad letrada*

Carlos María Domínguez
PUEDE PREGUNTARSE qué es, en rigor, un lector. En su hipótesis ingenua: el hombre que lee; en la pretenciosa: el que lee entre líneas, un interpretador. Con las dos definiciones cumple Adolf Hitler, quien a lo largo de su vida llegó a reunir alrededor de veinte mil volúmenes en tres grandes bibliotecas privadas, sin contar los miles del archivo del partido nazi y de la cancillería del Reich. En las trincheras de la Primera Guerra Mundial, durante los años de febril actividad política, en la cumbre del poder y refugiado bajo los bombardeos en su búnker de Berlín, Hitler leyó uno o dos libros por noche hasta altas horas de la madrugada. Gozaba e interpretaba lo que leía, subrayaba y hacía anotaciones en los márgenes, como suelen hacer los bibliófilos impenitentes.
Un concepto extendido adjudica a los libros el poder de enriquecer el espíritu con los bienes de la cultura humana. Suele suponerse que si no hacen bien, son inocuos, y que la brutalidad es patrimonio de los iletrados, pero es posible que se trate de una ligereza. No fue iletrado el monstruo nazi del siglo XX.
trabajo minucioso. El historiador norteamericano Timothy W. Ryback, especialista en temas del Holocausto, revisó los mil doscientos libros que pertenecieron a una parte de la biblioteca de Hitler y hoy se encuentran en la Biblioteca del Congreso, en Washington, además de otros ejemplares ubicados en universidades norteamericanas y del extranjero. Identificó en qué momento adquirió algunos libros, cuáles fueron leídos y cuáles no, describió sus anotaciones en los márgenes y cruzó su información con otras fuentes testimoniales. La mayoría de sus bibliotecas privadas de Berlín, Múnich y su residencia de Obersalzberg fueron saqueadas por las tropas aliadas, pero no falta información sobre los libros que formaron a Hitler y aquellos que lo acompañaron por décadas en sus anaqueles.
Buena parte de sus libros estaban forrados en cuero o piel, con encuadernaciones lujosas y sus iniciales en el lomo, debajo del águila dorada. El informe más completo lo ofreció el periodista Frederick Oechsner en un libro de propaganda, de 1942: siete mil volúmenes estaban dedicados a las campañas de Napoleón (con abundantes anotaciones), los reyes prusianos, vidas de generales alemanes y campañas militares famosas. Los libros militares se presentaban agrupados por países, algunos traducidos a pedido de Hitler, entre ellos uno sobre el conflicto del Gran Chaco (la guerra de 1932-1935 entre Paraguay y Bolivia), escrito por el general alemán Hans Kundt, quien como Ernst Röhm fue instructor de tropas en Bolivia. Uniformes, armas y pertrechos completaban los temas de esta sección.
Una segunda colección de mil quinientos libros abarcaba temas de arquitectura, teatro, pintura y escultura, incluidos libros sobre el surrealismo y el dadaísmo. Uno de ellos lucía esta anotación de su puño y letra "¿Revolucionará el mundo, el arte moderno? ¡Putrefacción!". Otra sección comprendía libros sobre astrología y espiritismo, a los que era muy afecto, junto a temas de alimentación y dieta (unos mil), y crianza de animales, con fotografías de sementales y yeguas célebres que Hitler tachó con un lápiz rojo.
Poseía también unos cuatrocientos libros sobre la Iglesia, varios con imágenes pornográficas sobre el libertinaje del clero, y otros en los que se veían a papas y cardenales pasando revista a las tropas, en distintos momentos de la historia. Uno lucía la anotación: "Nunca más".
Alrededor de mil novelas populares, muchas policiales, todas las de Edgar Wallace, libros de aventuras de G. A. Henry, docenas de novelas románticas, y entre las favoritas de Hitler, las novelas de indios del Lejano Oeste escritas por el alemán Karl May, que nunca estuvo en América pero cultivó el género hasta convertirse en un best seller de la literatura juvenil, completaban su colección. Oechsner contabiliza también doscientas fotografías de constelaciones estelares de los días importantes de su vida, anotadas por Hitler y guardadas, cada una, en un sobre separado, además de una colección de piedras preciosas, compradas con el dinero que obtuvo por la venta de su libro Mein Kampf, que le reportó ganancias por una suma estimada de veinte millones de dólares actuales.
CLÁSICOS. Hitler tenía las obras completas de Shakespeare encuadernadas en cuero marroquí artesanal, y consideraba al autor de Hamlet, superior a Goethe y a Schiller. Admiraba a Don Quijote, a Robinson Crusoe, La cabaña del tío Tom y Los viajes de Gulliver, pero eran escasas las obras de la literatura clásica en sus bibliotecas. La cineasta Leni Riefenstahl le regaló una primera edición de las obras completas del filósofo alemán Johann Gottlieb Fichte en un intento por recuperar su simpatía luego de negarse a rodar una tercera película, pero aunque Hitler contaba con las obras de Nietzsche, Schopenhauer y Kant, todo indica que los leía sólo para extraer citas que prestigiaran sus discursos. Aunque reconocía el genio de Nietzsche y exaltaba la "inteligencia cristalina" de Schopenhauer, de quien más se sirvió fue del impetuoso Fichte.
De la extensa información que acerca Timothy Ryback, destaca que dos de sus libros más amados y trabajados pertenezcan a autores norteamericanos. Incluyó El judío internacional: El principal problema del mundo, de Henry Ford, en la lista de lecturas recomendadas para los afiliados del partido nazi y tenía un gran retrato de Ford colgado en su despacho. Lo consideraba el empresario "más grande", un hombre racialmente puro, "un tipo nórdico absoluto". Pero su biblia, el libro que expandió su concepción racista fuera de las fronteras de Alemania fue La muerte de la gran raza o la base racial de la historia europea, de Madison Grant, un licenciado en la Universidad de Yale al que el gobierno de los Estados Unidos encomendó la regulación de las cuotas de inmigración extranjera. El libro fue publicado en New York en 1916 y el ejemplar de Hitler pertenece a la traducción alemana de 1925. Allí encontró el fundamento para la eugenesia. "El acatamiento a lo que erróneamente se considera leyes divinas y la creencia sentimental en la santidad de la vida humana -sostenía Grant- impiden tanto la eliminación de los niños deficientes como la esterilización de los adultos que no tienen ninguna utilidad para la comunidad". También el aliento para su campaña por la purificación de la raza y la eliminación de los judíos. Grant argumentaba que "el vestir buenas ropas y el ir a la escuela y a la iglesia no transforman a un negro en un blanco", y advertía que se tendría la misma experiencia "con el judío polaco, cuya baja estatura, mentalidad peculiar y fijación inquebrantable en el propio interés se están asimilando al carácter de la nación".
Ryback enlaza la historia lectora de Hitler con las expresiones de Walter Benjamin sobre su pasión bibliófila, pero el intento no se anuda sin violencia. Precisamente, en la dificultad de ensamblar ambas experiencias resiste no sólo el misterio de Hitler, sino también el del poder, lábil, poco inocuo y siempre imprevisible, de la lectura.
LOS LIBROS DEL GRAN DICTADOR, de Timothy W. Ryback, Destino, 2010. Buenos Aires, 380 págs. Distribuye Planeta.