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sábado, 21 de marzo de 2009

LA ANTIGUA SEDE DEL “HOSPITAL PABLO ACOSTA ORTIZ”. RELEVANTE E IRREPETIBLE PATRIMONIO HISTÓRICO-CULTURAL EDIFICADO EN SAN FERNANDO DE APURE

Hugo Rafael Arana*




1. Antecedentes históricos del hospital de San Fernando
El termino hospital deriva de la voz latina “hospitalis”, con significado de caridad u hospitalidad. El 13-12-1797 el Padre José María de Málaga, Prefecto de las Misiones propuso al Consejo de Indias, se estableciese un hospital en San Fernando, por cuanto, para la fecha habían en dicha villa 1383 habitantes. Para 1802 la población había alcanzado a 3.486 habitantes y para 1812 apenas existía un médico, el doctor Juan Manuel Flores. En 1820 durante la guerra de independencia se improvisaron hospitales militares por iniciativa del General José Antonio Páez, para el alivio de seiscientos soldados enfermos de calenturas. En 1833, el gobierno nacional designa a Bartolomé Liendo como medico en la Provincia de Apure, quien funda un hospital en Achaguas y otro en Mantecal.

2. “El Hospitalito” de San Fernando

En el año 1836, existía una institución dispensadora de salud llamada “El Hospitalito”, que funcionaba en un local no apto para esas actividades; contaba con un medico pagado por la municipalidad, el doctor Juan Francisco Machado. La alimentación se suministraba tres veces al día y cada ración constaba de dos onzas de pan de trigo, dos atoles que se servían a las ocho de la mañana y a las siete de la noche. Al mediodía un plato de sopa. Los camareros eran tres reos condenados a “presidio urbano”. Tenía un reglamento firmado por el Gobernador Provincial, General José Cornelio Muñoz. Entonces San Fernando era un pequeño poblado de tres calles paralelas al río en dirección Este-Oeste. En el extremo Este se hallaba la Calle de La Manga (actual boulevard) y en la del Oeste la de la Cárcel (hoy Independencia), por el Sur una faja tupida de bosques y potreros (actual avenida Carabobo) y por el Norte el río Apure. Para el año 1864 el medico era el doctor Bonifacio Umanés y el boticario de la única botica era José Fernández. Para el año 1873 en San Fernando habían: una alfarería, dos boticas, una sombrerería, una sastrería, carpinterías, herrerías, platerías, latonerías, zapaterías, panaderías, confiterías, talabarterías, dos posadas, amén de las actividades pecuarias.

3. Continúan los Intentos por establecer un moderno hospital en San Fernando
La diputación apureña presidida por Cornelio Antonio Muñoz, hijo de José Cornelio Muñoz con fecha 13-8-1874, aprueba un proyecto de ley para la adquisición de una casa destinada a un hospital, pero este proyecto no se llevó a cabo. El 27-4-1875 Raimundo Fonseca inaugura la Plaza Guzmán Blanco, en conmemoración del triunfo de la “Revolución de abril”, después de la caída de Guzmán esta plaza se llamaría “Plaza Libertad” y en su lugar se colocaría una estatua pedestre del General José Antonio Páez. En 1878 siendo Presidente encargado del Estado Apure el General José Bonifacio Galíndez, natural de Rincón Hondo, decreta la creación de una Junta de Beneficencia para el establecimiento de un Hospital Municipal. En 1879 siendo Presidente del Estado el General Raimundo Fonseca, emite el decreto de fecha 9-7-1879, constituyendo una Junta de Fomento para la ejecución del Hospital Municipal.

4. Raimundo Fonseca y “El Hospital de La Caridad de San Fernando”. 1881-1929
El 7 de agosto de 1881 (hace 127 años) se inaugura este hospital siendo Presidente de la Republica Antonio Guzmán Blanco (1880-1884) y Presidente del Estado Apure el General Raimundo Fonseca (1880-1882), ubicado entre las calles Bolívar y Sucre, sendo su primer Director el medico apureño doctor Mariano Ascanio, quien era además hijo del boticario. Fue bendecido por el cura párroco, presbítero Rafael Vargas. Para 1883 cuenta con un medico cirujano, un contralor, un practico de farmacia, una enfermera y un portero. Atiende consulta externa y posee quince camas de hospitalización para hombres y mujeres. Cuenta con un quirófano. Está bajo la administración de una Junta de Beneficencia dependiente del Concejo Municipal, atendía pacientes de los Estados Apure, Guarico y Barinas. Las enfermedades más comunes: Chancro, sífilis, neuralgia lumbar, cáncer, reumatismo, parálisis, hepatitis, tuberculosis pulmonar, laringitis y enteritis crónica. Las boticas existentes eran la de José Félix Armas y la de Carlos Laya, proveían de medicinas al hospital, que cancelaba la municipalidad. En el año 1899 el paludismo azotaba a la población apureña; el medicamento aplicado eran las famosas “copitas” del doctor Hoyos Frade, cuya formula era: Sulfato de quinina, sulfato de magnesia, jugo de limón y cocimiento de quinina Regia.

5. ¿Cómo se atendió la pandemia de Gripe Española en San Fernando en 1918?
En el año 1918, Apure fue azotado por esta pandemia mundial. Ese año era Presidente del Estado el General Vincenzo Pérez Soto (1915-1921) y el Director del “Hospital de la Caridad” el doctor Vicente D´Milita, quienes toman medidas sanitarias como: dotación de recursos a la institución y vacunación obligatoria de todas las personas mayores de siete años. También se crea una Junta de Socorro, integrada por: Chara latuff, Miguel Ángel Escalante y Luis Lleras Codazzi; recaudación de fondos para obtener medicamentos y administrarlos inmediatamente que se sientan los síntomas. Dicho tratamiento era un purgante de aceite de tartago (ricino) cada seis o doce horas, hasta que desaparezca la fiebre. Para los dolores de cabeza un cuarto de pastilla de cafeína, cada media hora y alimentarse con infusiones de té, tilo o manzanilla los primeros tres días; después sopas de legumbres.

6. Significativos avances de la salud en Apure 6.1. La Botica del Llano
En el año 1912 el señor Leandro Estrada, funda en San Fernando una moderna botica llamada, “La Botica del Llano”, en el cruce de las calles Comercio y Miranda; años mas tarde la vendería a su asistente el señor Jesús Cedeño.

6.2. El primer microscopio del hospital
El 8-10-1921 el ecónomo del hospital, Ramón Araujo, informa a la población en el periódico “Letras” la adquisición de un moderno microscopio, adquirido en Alemania, marca “Lietz”. Asimismo participa que a partir del 8-10-1921, El cura párroco de San Fernando, Presbítero, Guillermo García oficiara misa en dicho hospital cada quince días.. Para ese año la Dirección Nacional de Sanidad informa que la población del Estado alcanzaba a 30.527 habitantes y San Fernando llegaba a 10.000 pobladores.

7. Primera remodelación del “Hospital de La Caridad”
En el año 1928 por instrucciones del Ejecutivo Regional presidido por el General José “Pepe” Domínguez, se acuerda con los comerciantes de San Fernando y la Junta Administradora del hospital su remodelación y ampliación. Estas obras fueron ejecutadas por el maestro José Barranco.

8. 1930-1977 de “Hospital de la Caridad” a “Hospital Pablo Acosta Ortiz”.
El 19 de abril de 1930, el Ejecutivo Regional ordena erogar para la Junta Administradora del Hospital de la Caridad, presidida por el doctor Pedro Arreaza Calatrava la cantidad de doce mil bolívares para concluir los trabajos de remodelación, el Ejecutivo solicita a Italia un busto del doctor Alejandro Próspero Reverend, medico de El libertador, el cual fue colocado en el patio interno de dicha institución por la Sociedad Bolivariana de Apure. El 17 de diciembre de 1930 se procede a la reinauguración del recién remodelado “Hospital de la Caridad.”. Por sugerencias de Calatrava, quien además era Presidente de la Sociedad Bolivariana de Apure, se reinaugura con el nuevo nombre de “Hospital Doctor Pablo Acosta Ortiz”, en honor a ese cirujano larense. Ese año se crea el “Programa Gota de Leche” para niños desamparados, se inauguran las salas de Obstetricia, Pediatría, Medicina General y una de Partos. Se realizaran en el moderno laboratorio, exámenes de heces y de sangre. No poseía una morgue. El servicio de anestesia con éter, lo administraba una enfermera entrenada en estos menesteres. El primer Director del remodelado hospital fue Pedro Felipe Arreaza Calatrava.. En el año 1948 siendo Director el doctor Lisandro Latuf, se inaugura el Laboratorio de Análisis Clínicos y Bacteriológicos, dirigido por el bionanalista Luis Martínez Gámez; para 1950 el Director era el doctor José León Tirado y en 1952 llega al hospital el medico guasdualitense Valeriano Moreno Ojeda , quien se encarga de la Sala de Maternidad ; en la Unidad Sanitaria el doctor Pedro Berliotz, Odontólogo Pedro Alí Zoppi, en el Servicio de Radiología, el radiólogo doctor José Di´ Lorenzo y en el Servicio de Prenatal y Maternidad José Edtegui y una dotación de 119 camas. Ese año el Gobernador del Estado era el médico apureño Edgar Domínguez Michelangelli y San Fernando tenía el río con sus puertos y apenas algunas calles totalmente pavimentadas como la Bolívar, Comercio y Sucre. Mientras que las calles Páez y Muñoz su pavimento estaba constituido por dos paralelas de hormigón de cuarenta centímetros de ancho. Asimismo el pueblo disponía de cuatro boticas ubicadas en la calle Comercio: “Botica Central”, “Botica del Llano”, “Botica Moderna” y “Botica San Fernando”. En el año 1954 el doctor Valeriano Moreno inaugura la primera clínica de la ciudad, la “Clínica Moreno” en el cruce de las calles 24 de Julio con Sucre; tenía servicios de. Obstetricia, Medicina Interna, pabellón, sala de partos, emergencia y áreas administrativas. En el año 1956 el doctor José León Tirado inaugura el “Centro Médico San Fernando”; el 20 de julio de 1957 Edgar Domínguez Michelangelli inaugura en el cruce de las calles Páez y Negro Primero la “Policlínica Santa Cecilia”, donde ahora funciona la “Escuela de Artes Plásticas Juan lovera”. En el año 1958 Edgar Domínguez es relevado del cargo y en su reemplazo es designado el doctor Humberto Barrios Araujo. En el año 1967 se crea el Servicio de Cardiología. Para el año 1975 San Fernando contaba con seis instituciones dispensadoras de salud: El “Hospital Pablo Acosta Ortiz” , el “Instituto de Otorrinolaringología” de Valeriano Moreno, el “Centro Medico San Fernando”, la “Policlínica Apure” del doctor José Ismael Pérez , la “Clínica Maria Zacaro” del doctor Alberto Mora y el “Instituto de Ortopedia y Traumatología” y para 1976 funciona como órgano rector de la salud en Apure la Comisionaduría General de Salud del Estado.

9. En el año 1977 el viejo hospital estrena nueva sede
Este hospital poseía una funcional arquitectura caracterizada por arcos de medio punto, un hermoso jardín interno, amplios corredores, salones acordes con sus funciones, también de una sala de semiprivado y muchas áreas que permitieron prestar una atención médica eficaz y eficiente. El 28 de junio de 1977, siendo gobernador del Estado Apure el señor Elías Castro Correa y el Director del hospital el doctor José Paoletti, se muda a su moderna y actual sede.


FUENTES: ACUÑA, William Historia del Hospital Pablo Acosta Ortiz, Colegio de Médicos del Estado Apure, Graficas Ayacucho, agosto 1998, Págs. 171.

SANCHEZ OLIVO, Julio Cesar, Crónicas de Apure


Fotografías: Arturo Álvarez D'Armas

*Miembro investigador del Centro de Estudios Histórico-Sociales del Llano Venezolano. Tesista de Historia. Cronista y Archivólogo egresado de la U.C.V.

Hugoarpa24@hotmail.com

Carta


Rosana Hernandez Pasquier*



La Ceiba, 16 de febrero de 2009

Me despido de ti…

Hola, en los últimos días apenas abro los ojos me pregunto cómo pasó todo esto, y, no logro encontrar ese comienzo. El miedo comienza a crecer dentro de mi, seca toda mi boca y tiemblo dolorosamente. Mi cabeza está embotada por las pastillas y vuelvo una y otra vez sobre lo mismo, cómo fue qué comenzó todo esto y no encuentro nada, quedo sin resultado alguno.

Al principio fue como en la creación, tú lo aparecías todo, tu palabra iba fundando territorios en esta piel. Inaugurabas consulados en mi imaginación, todo era nuevo y bello. Sin embargo, no me quiero distraer con esa parte que es un como un trozo de chocolate en medio de tanta desilusión. Sobre todo porque me ha costado mucho atesorar un poco de valor para escribirte este puñado de líneas. Te confieso que tengo tanto miedo que cualquier cosa me paraliza. El ruido de las llaves, una llamada telefónica, el sonido de una puerta, el pitazo de una corneta, cualquier ruidito y mis palabras quedan temblando entre los dientes, y ya no sé qué decir.

Recuerdo, como si fuera hoy, la primera vez que vino tu mano sobre mí, no le di importancia. Sí, me asusté. Pero pediste perdón con tanta vehemencia, que tuve la seguridad de que nunca más volvería a suceder. Pasó un mes, creo, y nuevamente tu mano estaba allí con más fuerza. Esta vez había sido distinto. Derribaste mi cuerpo. Caí aterrorizada. Tú… de nuevo me pediste perdón y lloraste de furia e impotencia, en una condición de niño desconocida para mí y en medio del pánico, ¿que extraño? todavía no lo sé explicar, algo maternal surgía de mis adentros y me empujaba a protegerte. Era como si todo el daño del mundo recayera en ese momento, no sobre mí que era la agraviada, sino sobre ti. Y volví a perdonarte una y otra vez envueltos en promesas y llantos lastimeros, en consolaciones falsas y sucias.

¿Recuerdas? Mientras más te perdonaba, más me agredías. Mientras más me agredías, más pequeña, más chiquilla, más poca cosa me sentía.

Primero fueron unos cuantos golpes. Luego palizas. Primero era cada veinte días, luego todas las semanas, después por cualquier cosa.

Mi corazón se fue llenando de miedo. El miedo es un gigante. Y el miedo eres tú. Yo era sólo un montón de piel cada vez más marchita.

Créeme, he pasado estos años orando para que no llegues a la casa. Para que si llegas no llegues tomado. ¡Oh mi Dios! Y si llegas tomado para que no me golpees. Y si me golpeas ¡Ay virgen santa te imploro para que él no me mate! ¡Virgencita con quién se va a quedar mi niña! ¡Ayúdame virgencita, tú que eres madre!

Por si no lo sabes así he pasado estos años junto a ti. Aterrada, paralizada.

El día que me partiste el brazo en el hospital se dieron cuenta de que no me había caído, la doctora me preguntó varias veces que si tenía problemas contigo. Yo lo negué. La doctora trajo a una psicóloga y me la presentó. Nos quedamos solas en la habitación. Yo tenía una tristeza tan grande que no podía parar de llorar. La doctora me habló muy lindo de muchas cosas, sobre todo de que yo valía, pero yo sabía que no valía nada porque tú me lo decías todos los días: -“tu no sirves para nada, eres una inútil, no sirves ni para moverte bien” .Y llegué a creer que eso era verdad. Hasta pensé que yo tengo la culpa de todo, hasta de tu infidelidad.

En los días en que fui al hospital y la psicóloga habló conmigo, me pasó por la mente la posibilidad de denunciarte. Sin embargo el miedo creció más y más. Y el miedo eras tú… Recordé que me habías dicho que tenías muchos amigos policías y entonces supe que estaba perdida, irremediablemente perdida y profundamente sola. Porque por vergüenza no podía hablar de esto con nadie.

Han pasado ocho años y ya no encontraba como hacer para que nuestra hija no se diera cuenta de tus maltratos.

Supe en este tiempo que Dios no existía o eso creí. Y supe también que la niña, que es el amor de mis amores, nunca te importó. La oías suplicar y llorar pidiéndote que no me pegaras. Tú, como que si fueras de piedra, inconmovible. Luego le comenzaste hablar mal de mí a sabiendas de que le hacías daño a su diminuto corazón. La cadena de la adversidad no paraba nunca y el miedo crecía y yo estaba paralizada.

Me rompiste la cabeza dos veces. He pasado semanas postrada en la cama producto de las palizas que me propinabas. Mi niña con sus pequeñas manos, ponía crema en los moretones mientras le contaba como fue que me caí de la escalera, como se me vino el estante encima, como me dieron un pelotazo sin querer, cómo de bruta pisé mal y zuas.

Ahora, desde este hospital donde estoy recluida hace más de un mes, gracias a que me desprendiste un riñón con una patada. Ahora después de tratarme con una psicóloga a diario, ahora tengo valor, bueno, quiero decir un poco de valor, para decirte por medio de esta carta, que puse una denuncia en tu contra.

Sé que te vas a poner furioso, pero ya lo hice, porque lo único que tengo claro es que nunca más le voy a contar a mi hija una historia sobre cómo aparecen moretones en la piel. No la volveré a ver llena de pánico suplicándote que no me hagas daño. ¿Sabes? Esto me ha costado mucho, más que aguantarme tus palizas. Hay un afiche pegado en la puerta de la habitación, donde se ve una mujer rota a pescozones. Arriba se lee: si le pegas a una nos pegas a todas. Al principio me tapaba los ojos. Ahora ya lo puedo ver y lo leo y me duele porque entendí que también le has pegado a tu hija.

En estos días he practicado con creyones y la he pintado una y otra vez con una enorme sonrisa que no la borra nada. Y su alegría es tan grande que el miedo no la puede alcanzar. Te cuento esto para que sepas que ella va a ser feliz y haré lo que sea necesario para que eso se cumpla día a día.

Cuando te llegue esta carta no quiero que intentes visitarme, te advierto que aquí en el hospital no estoy sola ni un segundo. Ni de día ni de noche. He dado orden de que no te dejen entrar a mi habitación porque tengo mucho, pero mucho miedo y el miedo eres tú. No quiero que el miedo siga viviendo conmigo, por lo menos físicamente. Porque de mi alma no tengo idea de cómo lo voy a sacar. Pero sé que encontraré el camino y atada de la mano de mi hija lo recorreré hasta que vuelva a encontrar una puertecita donde estará escrito: La Vida. Y pasaré adelante, con mi hija, ya sin este terrible pesar.

Dedicatoria:

A todas las mujeres maltratadas, para que no permitan que nadie más las lastime.

A petruska Sinne por su excelente trabajo: MALTRATO HACIA LA MUJER Y LA

FAMILIA: LA HERENCIA MALDITA, publicado en el blog http://lalunaazul.wordpress.com/


*Escritora, poeta y editora venezolana

URBE Y ARTE POÉTICA: LA CIUDAD TOMA LA PALABRA EN EL POEMA DE LA CIUDAD DE ALBERTO HERNÁNDEZ

María Luisa Angarita C.


Entre voces de la historia, sombras del paisaje y agonías de la muerte, camina El Poema de la Ciudad (2003), cual fotógrafo va retratando las calles, las esquinas, los poblados y sus pobladores como en un intento de atrapar en las páginas los recuerdos y fantasmas de tiempos ya vividos. De la mano del poeta, ensayista, narrador y periodista Alberto Hernández (1952), El Poema de la Ciudad se nos presenta sustancioso, lleno de imágenes citadinas y de sentimientos, en un juego escritural donde la palabra en su propio arte se recrea. Así, encontramos desde el inicio una escritura libre de ataduras y que combina elementos de la prosa poética y el verso libre con la crónica y el ensayo, como para darle más soltura y libertad a ese poema humano que clama por hablarnos.

Poema y ciudad, hombre y ciudad, muerte y ciudad, palabra y ciudad. En El Poema de la Ciudad, lo urbano y lo transeúnte se hacen presentes, se toman de la mano para acompañar a la voz poética en su recorrido, el cual realiza con la mirada nostálgica y distante de la palabra. En él la gente y su vida mundana queda retratada en cada página, cada verso remite a la belleza de una ciudad ya inexistente, a la nostalgia y al deber ser, es un poema que no cesa, que canta constantemente a la vida y a los amores, a la muerte y a los dolores, a los pesares y alegrías y en sí, a todo lo que llena, arma y desarma la vida de Maracay, porque el poema de la ciudad no anda por las calles hablando de otros lugares ni de otras gentes, sino de las calles y rincones del estado Aragua y, por ende, de su ciudad capital. En el presente trabajo nos acercaremos un poco al poemario El Poema de la Ciudad (2003) de Alberto Hernández, en función a la revisión de las constantes presentes en el texto como lo son la muerte, la ciudad y el arte poética, desde la mirada fenomenológica de Bachelard (2000), la reflexión que de la poesía hace Octavio Paz (1994) y el acercamiento a la poética de Hernández que realiza Efrén Barazarte (2001).

La ciudad y su presencia

En El Poema de la Ciudad (2003), la ciudad salta al encuentro del lector desde el primer verso. En principio lo hace bajo la mirada del pasado y su dolorosa creación bajo la llegada macabra de los colonizadores españoles, como se puede apreciar en el poema Región (p.7), donde con la voz de quien aún no existe el sujeto poético nos hace ver el dolor y el sufrimiento de unos habitantes previos, quienes posteriormente serían dominados y hasta exterminados en pro de una ciudad futura que hoy casi no les recuerda: “Por aquí pasaron las bestias y los ángeles. / el siglo XVII encontró significados en las piedras escritas, en el desgaste de la luna sobre un inmenso charco./” (p.7) La voz poética describe el lugar donde se iniciará el desarrollo, el lugar donde habitaban nuestros indígenas bajo la luz de la luna y las estrellas, el mismo lugar donde para avanzar hubo que regresar el tiempo:

Entonces el siglo regresó doscientos años más: feracidad, ramas flageladoras, aborígenes que surcaban las aguas y terminaban ahogados en la sangre de sus congéneres. De allí las cuencas y los dientes aprisionados en la orilla, apresados en la curva de una tinaja funeraria. (p.7)

La voz poética nos presenta aquí la destrucción de un pueblo en pro de otro, el desastre moral y humano que causaran nuestros colonizadores en cada rincón de nuestras tierras y del cual Aragua no pudo salvarse: la invasión, el asesinato y la destrucción no aprobada por los dioses:

Los fabuladores dicen que los dioses, el de los recién llegados y los que ya aquí habitaban, pudieron acordar una tabla de leyes para que la tierra fuera próspera y libre, pero la espada y la insolencia fueron más e hicieron sucumbir –sobre los yerbazales- las voces de aquellos que se arropaban bajo las hojas sagradas de los samanes. // La muerte pasó bajo una cobija y fuerte arremetió contra los crédulos. Las lluvias verificaban la línea de los atajos y seguían el curso de quienes venían de otras regiones. Quien pernoctaba, sentía la hedentina de las matanzas, o los quejidos de una peste que solía enseñorearse con fosas comunes, cruces sin dueños, cortejos de chinchorros donde viajaban los cuerpos de los más desagraciados, porque unos eran más que otros. (p.8)

Vemos pues una etnia convertida en España, una tierra ultrajada y alejada de sus orígenes de forma tan violenta que ya no lo lamentamos, pues no sabemos qué lamentar. Sólo nos queda el símbolo del Samán como árbol del estado. A continuación, el poema Un extraño 1551 (p.10) nos presentará poco a poco los poblados formados en las cercanías de la principal ciudad del estado, poblados como Tocopío, Tapa-Tapa, Tacarigua, El Consejo, Quebrada Seca, San Mateo y La Victoria poblados que según la voz poética “desfojaron lo oculto” (p.10). La ciudad irá apareciendo lentamente en cada poema del libro, adentrándose en sus páginas y en la mente de quien lee, se irá apareciendo cada vez más moderna porque la mirada del poeta la irá presentando en forma evolutiva, la ciudad será así un lugar lleno de tragedias, de amores de bodegas y de bares con prostitutas, los colegios y los personajes históricos tendrán su lugar entre las páginas y hasta una que otra travesura en la Plaza Bolívar será dibujada.

En tal sentido encontramos dentro de El Poema de la Ciudad una especie de canto a la urbe que poco a poco fue naciendo dentro los valles de Aragua, la urbe de los años 1800 y 1900, la que se fue adentrando en la vida y logró el clásico adjetivo de “Ciudad Jardín”, el Yo poético le canta a esta ciudad, a la tierra hermosa de la época de Gómez y a la tierra moderna del siglo XX, de allí que entre los amores y los héroes, los autobuses también aparezcan acompañados por el aroma del Jabón El Prado (p.33) como recordándonos que no todo en la ciudad es estructura o personas:

En el centro, la ciudad olía a mujer recién bañada. / Los transeúntes veían el amor / en una estampa de 1924. / Los autobuses de madera reventaban de angustia frente a la fábrica: / pasajeros del día, / hombres y mujeres se odiaban en silencio. (p. 33)

El poeta Efrén Barazarte en el prólogo al libro En Boca Ajena (2001) de Alberto Hernández, refiriéndose al paisaje y la poesía, expresa del poeta en cuestión lo siguiente:

Alberto Hernández tiene la singuralidad de mantener una relación corporal con la poesía: el poema es el paisaje que mira al poeta y éste observa su resplandor en la palabra. Es una relación del palíndromo con el significado y esa invitación a la lectura no la posee otro poeta venezolano. De allí la importancia y significación de su poesía que se recrea a sí misma y, por supuesto, no amerita prólogo alguno. (p.11)

En tal sentido El Poema de la Ciudad es un libro cargado de paisaje y palabra, en cada poema la ciudad surge conversadora y armónica, la ciudad busca expresarse para demostrar que existió y que, a pesar de todo, aún existe. La voz poética nos entrega en cada verso una aproximación a la Ciudad Jardín, va por sus calles recorriéndola para conocerla y obsequiárnosla, la ciudad colonial, la ciudad y sus pueblos, la ciudad tranquila que no es ciudad aún se presentan dentro cada verso sin compromisos con nadie más que con ella misma en una mirada retrospectiva donde el Yo poético se asume viajero y mira desde el presente las huellas de un pasado que aún se encuentra regado en cada rincón de la ciudad. Pasado gracias al cual la ciudad actual logra su construcción.

Observase entonces como el sujeto poético camina por las calles recogiendo la historia y absorbiendo la ciudad que no deja de expresarse, casi a gritos, dentro del barullo. Aparecen así poemas como Casa de los Arcos (p.34), Pasaje Catalán (p.35), Lactuario (p. 36), Mausoleo (p. 38), Catedral (p. 39), La Ganadera (p.43), Hotel (p.49) y La Primavera (p. 75), entre otros, que van dando cuenta de los lugares emblemáticos de la ciudad gracias a la influencia que tuvieron para la misma debido a su importancia. Lugares que hoy día van desde el abandono hasta la reconstrucción, pero que para el sujeto poético no dejan de mostrarnos la forma de vida de la antigua ciudad Maracay. Lugares donde la muerte abundaba tras el asesinato del ganado, donde los muertos descansaban y aún descansan entre flores primaverales y donde la gente trabajaba y compartía sus quehaceres diarios como lo fueron las industrias más reconocidas de la ciudad: El Lactuario Maracay y la Textilera. Espacios donde las personas dejaban el alma para procurar una mejor forma de vida, recintos donde de forma silenciosa comenzó el desarrollo y entró la modernidad.

Pero la modernidad entró en Aragua de forma atropellada y lenta, tanto así que hoy día, era de tiempos post-modernos y grandes urbes, la ciudad aún es vista como una pequeña ciudad-pueblo situada entre las grandes Urbes de Caracas y Valencia. Contrariedad de la cual no nos avergonzamos sus habitantes pero que también aparecerá dentro del poemario muy sutilmente a modo de crítica y de comentario, lo cual se puede apreciar en poemas como Ciudad Tablitas (p.58-59) y Región (pp. 7-9); en el primer poema encontramos a la ciudad y su construcción rápida y paulatina, las personas fueron llegando de todas partes por los vientos de futuro que soplaban, y fueron acomodándose como pudieron entre las tablas:

Entonces cuadricularon las calles que a veces son redondas como los sufrimientos. Se amaron y crecieron en medio del bullicio, las serenatas, los velorios y las fiestas donde los muertos danzaban la espera de ser eternos. Pioneros en esta ciudad calamitosa, la hicieron feliz entre el rasgar de las guitarras, la codicia de una alegría temprana. Limpiaron los patios mientras el país, el pequeño país de peltre y cartón, corría parejo con los disparos y las asonadas de sonámbulos caudillos. (p.58)

El yo poético da cuenta de la fundación de la ciudad, del cómo la gente vivía entre la paz y la violencia, entre las tablas y el cartón, la miseria reinaba entre el poder, más adelante el mismo poema expresará lo que afirmábamos supra sobre la ciudad-pueblo “Por Puerto Cabello y La Guaira entraba el otro continente, elegante y usurero” (p. 59). Se evidencia así cómo la población Aragüeña no era más que un grupo de marginales habitantes en medio de la riqueza y la opulencia de Caracas y Valencia. Una población que logró ver la luz de la evolución cuando “a pocos pasos, cerca de la línea que mordía el ferrocarril, apareció la primera casa, sin calle, sin vecino. Emergieron los olores de la cocina y un día se hizo barrio, ciudad en el corazón de la comarca de 1701.” (p.59) Así se construyó la ciudad, nuestra pequeña y hermosa ciudad y así se continúan construyendo poblaciones, barrios y urbanizaciones dentro de la ciudad: desde las tablas.

En el segundo poema arriba mencionado intitulado Región, la voz poética nos dice como los mismos seres influyentes de la zona registraron ciertos datos de la ciudad y de igual forma permitieron que se olvidaran, como en una especie de llamado a la conciencia sobre quienes dicen ser los cronistas de la ciudad y de sus poblaciones:

Muchos cronistas de antes y un tanto igual de ahora son parte de aquellas miserias. Escribanos, amanuenses, ediles, charlatanes del parlamento, lazarillos, sumaron y restaron las palabras para llenar de ruido sucios cuadernos...guardados por los soldados que más tarde perdieron la fe y fueron derribados por la muerte. (p. 8)

Resulta evidente en el poema cómo el yo poético se encuentra en desacuerdo con la desaparición de la historia del estado, si bien es cierto que la ciudad habla por sí sola en cada esquina, también es cierto que es muy poco lo que se maneja de sus inicios y evolución, la historia no debería quedarse escondida entre cuadernos polvorientos sino que debería darse a conocer a ver si los aragüeños tenemos al fin algo que recordar y respetar.

Ahora bien, así como la ciudad se muestra en cada verso del poemario, los elementos pertenecientes a toda ciudad o población también se presentan, elementos que no sólo tienen que ver con el paisaje sino con los más burdos y vulgares tópicos y circunstancias. En función a esto la voz poética ve describiendo otras circunstancias de la vida en la ciudad que también conllevan a su evolución pero esta vez desde la concepción de lo moderno, la violación de normas y lo que ahora en el siglo XXI está permitido, despuntan pues poemas como: Glorieta (p. 88) donde el amor en la vía pública se desboca tras la música de Billo’s dando paso así “al semen secreto bajo la colmena cósmica de la plaza de Villanueva”. Anónimos (p.96) donde la muerte hace aparición entre las mentes débiles de los que se suicidan “ Si la ciudad es la suma de nuestros cuerpos, como escribe calzadilla, los que la sumamos nos restamos en los deseos de quienes apuran la última copa y se van de bruces. / el suicidio es asunto normal.”. Bares (p. 76) donde el sujeto poético nos pasea por los diversos bares de la ciudad, los lugares donde la gente ahoga sus penas y malestares “La bohemia el canto y sus madrugadas la tensión del desgano, una barra de ebrios más allá de la ranchera y el bolero.” Y nos demuestra que todos los individuos, en algún momento caemos en las redes del vicio y la perdida salvación “Los que hablan mal del gobierno, los oficinistas, putas y recaderos lamentan la resaca. / un borracho, filosofo amante de la ópera, desliza una moneda en la rockola, eslabón e intemperie de un suburbio del valle.” Poema que nos desenmascara y desnuda bajo la mirada del poeta caminante. Por último de esta lista de poemas terrenales, encontramos al poema que lleva por nombre el de un lugar casi mítico y sagrado para los hombres de la ciudad Quinta Cristal (p. 135), lugar en el cual las máscaras terminan por caerse y hermosas mujeres acuden al encuentro de aquel soltero, novio, amante, esposo, oficinista, banquero, profesor, etc, para cumplir con su humilde y humano trabajo de dar placer a cambio de dinero. En este poema las caretas se caen para decirnos directamente “el que esté libre de sexo que lance el primer pecado”.

El Poema de la Ciudad dibuja en cada verso el ir y venir de los aragüeños, las calles de la ciudad se presentan inundadas de gente y de oficios, de las cosas normales y cotidianas que dan vida a esta tierra, es un libro lleno de experiencia y recuerdo, un libro que sólo puede escribir quien haya pasado su existencia entera recorriendo y observando los rincones del estado, quien de verdad se haya tomado enserio el popular oficio de “patear la calle”. Alberto Hernández nos entrega en este libro un sin fin de oportunidades para reconocer nuevamente a Maracay, la emotividad, la reflexión y la poesía se unen para entregarnos a la ciudad entera dentro de un libro y viceversa. No en vano reconoce Paz (1994) que “La poesía revela este mundo; crea otro” (p.13) y es que es la poesía y su maravillosa palabra quien permite la construcción de este texto. Aquí voz y letra se hacen una porque la voz que nos habla no es otra que la de la ciudad recorrida por ella misma a la vez que recorre a ese poeta que trata de hablarnos. En El Poema de la Ciudad, es la ciudad quien grita y toma la palabra, es ella quien se levanta de sus aposentos para recordarnos su existencia. En un magistral juego de arte poética, como veremos a continuación, la ciudad toma la palabra de su propia historia.

Palabra y urbe: el arte poética de El Poema de la Ciudad

El poema de la ciudad es un libro cargado de imágenes, ya lo hemos dicho, son imágenes que calan en lo más profundo de quien las lee y les da vuelta porque parten del alma del poeta, de su ser y sentir, de allí que el lector en vez de tratar de entender cada frase, valla más allá y comprenda de inmediato y con una sola lectura lo que la voz poética, en medio de sus juegos y descripciones, busca transmitir. En tal sentido Bachelard (2000) afirma lo siguiente:

La imagen poética no está sometida a un impulso. No es el eco de un pasado. Es más bien lo contrario: en el resplandor de una imagen, resuenan los ecos del pasado lejano, sin que se vea hasta qué profundidad van a repercutir y extinguirse. En su novedad, en su actividad, la imagen poética tiene un ser propio, un dinamismo propio. Procede de una ontología directa. (p. 8)

En función a lo anterior podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que El poema de la ciudad tiene vida propia. En él cada imagen resuena en el eco del pasado distante, el pasado que ya olvidamos y que recordamos de golpe gracias al sentimiento oculto tras la palabra. Es un libro lleno de arrastre pues empuja al lector a mirarse y mirar la ciudad, esa ciudad que clama y grita en cada verso por ser única. La ciudad toma así la palabra, se levanta y camina por el lector que camina por la ciudad caminada por el poeta, es ella quien habla y lo hace con astucia, se mueve entre los versos saltando entre las ramas de la prosa y la crónica, entra el verso libre y el ensayo, así va la ciudad convertida en palabra y la palabra convertida en ciudad, ambas palabra y ciudad se vuelven una porque la imagen tiene vida propia y en este caso la palabra que crea a la imagen es la imagen de la ciudad, es la ciudad misma que se recrea a sí misma convertida en palabra.

No sorprende así encontrar dentro del texto poemas que invitan a la reflexión que el propio poeta realiza, poemas como: Ciudad Tablitas, Avión, Estatua, Cementerio, Poética del Valle I y II; que van más allá de la descripción para a través de la imagen hacernos penetrar en el sentimiento y ahondar en nuestras almas, descubrir así que la ciudad que existe no existe realmente sino en nuestros corazones, en nuestra esencia como bien lo expresa la voz poética en el poema Poética del Valle I “El valle es un intento fallido. Desde lo alto, donde radica la montaña,/ el lago es un animal indefenso./ Los que caminan saben que pisan un epitafio.” (p. 84). En pocas palabras, quienes pisamos la ciudad no pisamos más que palabras, sensaciones erigidas en función a un sentimiento.

La voz poética va caminando por las calles que no cesan de hablar, la ciudad en cada vuelta de hoja emite un grito nuevo buscando así despertar al lector de su ensoñación y hacerlo entrar en los predios del espacio que le rodea que no es otra cosa que el sentimiento que por la ciudad alberga. El Poema de la Ciudad es entonces un texto de constante reflexión poética, en él la ciudad reflexiona sobre sí misma a la vez que se reconstruye en sus propias palabras, la propuesta poética en este caso se centra en la presentación de una ciudad que se construye y des construye a sí misma desde la palabra y sin dejar de ser ciudad se vuelve también palabra gracias a la imagen constante de la ciudad en cada página, lo que Paz intenta definir de esta manera: “Épica, dramática o lírica, condensada en una frase o desenvuelta en mil páginas, toda imagen acerca o acopla realidades opuestas, indiferentes o alejadas entre sí. Esto es, somete a unidad la pluralidad de lo real.” (pp. 98-99). Si tomamos en cuanta que el poemario de Hernández está cargado de imágenes de la ciudad las cuales no cesan de hablarnos, podemos aseverar que toda la obra es una inmensa arte poética. Un libro lleno de reflexión poética desde la presentación de una ciudad que a su vez reflexiona sobre sí misma y su oficio y donde el poema como tal no es más que la excusa para presentar el sentimiento. Lo cual podemos comprobar en el poema que da título al poemario “El Poema de la Ciudad(p.104-105), en el cual la ciudad es recorrida por un poema que no para de hablar de ella por ser el poema de ella misma.

De tal forma leemos un poema que anda desnudo por la calle, que no le importa andar en buses y que no se preocupa del qué dirán, un poema que anda por cada esquina sin que nadie lo note porque nadie tiene conciencia plena de la realidad ontológica de las cosas:

El poema de la ciudad anda desnudo por las calles, entra en los bares, se toma las bebidas ajenas y ofrece disculpas con gracia (que no lo parezca), pero tampoco dádiva o súplica, limosna o menosprecio. Sale airoso del aire acondicionado y toma un autobús y habla con el inconsciente colectivo de los más estúpidos, por muy inocentes que se crean. Se baja en el sitio equivocado para poder decir que es el poema de la ciudad. (p.104)

La palabra camina desapercibida por las calles de la ciudad, se construye y des construye en cada esquina puesto que es la palabra de la ciudad y tiene que recorrerla para poder hablarla. En este poema encontramos la reflexión sobre la vida urbana y la poca conciencia que los habitantes de la urbe tienen sobre la misma, la ciudad se presenta llena de las cosas triviales de la vida pero sin las cuales no existiría la ciudad, vemos así elementos como la gente, los autobuses, la bulla, el palacio de gobierno y los militares, sin embargo, no es reflexión que busque rescatar la ciudad de su particular caos, todo lo contrario, busca que la gente, esos habitantes dormidos de la ciudad, abran los ojos ante lo que les rodea y se percaten de la maravilla que tienen a su alrededor: esa poesía que surge en cada esquina y que casi nadie observa porque como lo dice la voz poética “la ceguera es contagiosa”(p.105).

El poema de la ciudad sabe reír y llorar, pero nunca se deja amenazar por los andrajos del poder. Jamás baja la cabeza, pese a su ropa, porque el habito no hace al monje y porque no le da la gana desprestigiar sus metáforas, pausas y saltos mortales en medio de las avenidas. // el poema de la ciudad anda y desanda los discursos los desbarata y reconstruye. // el poema de la ciudad no existe si la canalla lo intenta leer. Pero cuando abre la boca todos saben que es el poema de la ciudad. (pp. 104-105)

El Poema de la Ciudad es un juego de la palabra con el poema, del verso con la prosa, de la ciudad construida y las palabras que la construyen, es una disertación sobre la poesía que mantienen poema y ciudad ante la ignorancia y el asombro de todos sus habitantes, porque no hay mejor lugar para hablar de poesía que en el propio poema. La voz poética nos presenta al poema como a un ser que anda por las calles y bulevares sin preocuparse por nada más que por sus metáforas e imágenes, sin duda gran imagen esta donde el poema camina, baila, piensa y se preocupa mientras el resto del mundo continua girando sin preocupaciones en medio de su mediocridad e indecencia. Se nos plantea en el una invitación a reflexionar sobre la poesía y su función en nuestras vidas, se nos convida a abrir los ojos y dejar a un lado la ceguera para poder disfrutar de las maravillas de nuestra tierra que en cada esquina florecen como la poesía.

El poema de la ciudad es un poema ontológico, parte de lo más profundo del ser de esta voz poética en un intento por arrastrar a quien lo lee a la luz de la palabra. Es un poema de la ciudad porque ella misma le da la oportunidad de construirla y renombrarla mientras la camina, es un poema del mundo porque cada verso conlleva el poder de la palabra que une y aleja a los hombre, la voz poética de este poema no es otra que la de la ciudad que clama por ser oída más que vista y vivida, que clama por ser sentida en vez de pisoteada, la ciudad que reflexiona sobre sí misma ya que no tiene quien lo haga por ella, de allí que insistamos en sostener que la ciudad toma la palabra en este libro de Alberto Hernández, la toma para defenderse del olvido y dibujarse en nuestras corazones, la toma para que todo aquel que lea el poemario pueda levantar la mirada y ver más allá de los edificio y los autos para comprobar que la ciudad no es la habitada por nosotros, no es el lugar que nos cobija ni donde nos desenvolvemos, sino que la ciudad es el sentimiento, que nos mueve y permite continuar viviendo, ese estado donde nuestro ser descansa y se alimenta, en vez de nuestros cuerpos. La ciudad de El Poema de la Ciudad, no es la Maracay que recorremos a diario, es la Maracay que a diario nos recorre, porque vive en nosotros y sin nosotros no tendría sentido, igual que las palabras.

Finalmente podemos decir que en el libro de Alberto Hernández El Poema de la Ciudad, conviven en la unidad de la imagen: ciudad y palabra. La ciudad que con sus bullicios, suicidios, bares y casas de cartón, construimos los aragüeños hace ya mucho tiempo y la palabra, esa que con imágenes, metáforas, ironías y otros recursos nos hace dar cuenta hoy de la importancia de esta tierra y de lo esencial que para nosotros como individuos ha sido. Ciudad y palabra se vuelven una, una sola imagen, una sola idea en un libro consciente de sí mismo y de sus palabras, en un trabajo sin precedentes donde la ciudad más que ciudad es también palabra. No en vano Barazarte (2001), refiriéndose a Hernández en este sentido, expresa lo siguiente:

Es uno de los escaso poetas venezolanos donde la palabra es un delta: su obra consciente de sí misma, el silencio como voz permanente, el desenfado y la necesidad de la palabra junto al cuerpo como paisaje ajeno y propio (...) maneja el diálogo con la obra misma. (p.6)

De igual modo en este magistral libro la palabra se convierte en ciudad y la ciudad se convierte en palabra, porque no hay forma mejor de expresar el sentimiento que desde la propia poesía. La urbe se escribe y rescribe a sí misma de la mano de Hernández, como lo hace a diario con cada motor y cada lágrima.


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Bachelard, G. (2000) La Poética del Espacio. México: Fondo de Cultura Económica.

Barazarte, E. (2001) Prólogo al libro En Boca Ajena de Alberto Hernández. México: Ediciones Presagios.

Hernández, A. (2003) El Poema de la Ciudad. Edición en conjunto de, por Venezuela: Blacamán Editores, Ediciones Estival, La Liebre Libre, Editorial Umbra. Por México: Ediciones Presagios.

Paz, O. (1994) El Arco y la Lira. Colombia: Fondo de Cultura Económica.