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lunes, 24 de abril de 2017

AL GUAIRE… ¿LO DEL GUAIRE?

Tibisay Vargas Rojas

¿Cómo llegan algunas palabras a nuestra lengua?, pues, por dinámica social, y, agrego, por elan. Sí, por ese continuo impulso de la vida que Bergson señaló como causa de la evolución y el desarrollo de la misma. Así ocurre con un río. Uno que especialmente voy a tocar en estas líneas, movida por el impulso de los avatares del país, y principalmente por la indignación que me causan expresiones peyorativas que me he topado en la red, a propósito de un incidente ocurrido durante una de las marchas pacíficas de ciudadanos que luchan por la dignidad de Venezuela. El suceso en sí, fue la represión de dicha manifestación, con un grado tal de ensañamiento por parte de los cuerpos represivos del Estado, que obligó a los participantes a arrojarse al cauce mezquinamente embaulado y contaminado de río Guaire.

Guaire, Guaire, no se ponen de acuerdo los estudiosos para dar origen al topónimo del otrora magnífico caudal de agua que atraviesa la congestionada, pero no menos hermosa ciudad de Caracas. Termina siendo Guaire, del guanche “guayre”, nombre con el que los aborígenes canarios denominaban a su jefe tribal, y cuyo significado fue propuesto por el filólogo tinerfeño Juan Álvarez Delgado (1900-1987), derivado del vocablo bereber “amgar”, que significa grande, jefe, notable. De igual modo, el historiador y filólogo Ignacio Reyes, también tinerfeño, traduce el vocablo desde la primitiva forma “ggwair” que se traduce como superior, notable. Deduciríamos entonces que nuestro Guaire tiene raíces filológicas canarias, y no es descabellado, pues la afluencia de canarios a nuestro país durante el siglo XVII fue considerada masiva, estableciéndose una importante colonia. No faltan, sin embargo, estudiosos como el escritor e historiador Arístides Rojas, que consideraran el vocablo americano, y aunque sin base para exponerlo, derivaran Guaire del quechua “Huaira”, que significa “viento”. El Guaire, es un río afluente del Tuy, que recorre 72 km. Desde la confluencia de los ríos San Pedro y Macarao en Las Adjuntas, atravesando la ciudad en dirección sudeste.

Antes del siglo XX, no estaba contaminado, y como principal vía fluvial del Valle de Caracas, era navegable. Fue durante el gobierno de Guzmán Blanco a finales del siglo XIX, que se dotó la ciudad de cloacas y alcantarillas, ordenando que se usara el Guaire como vía principal de desagüe de las aguas residuales, encontrándose en la actualidad en una situación ecológicamente preocupante, sin que mueva la conciencia del ciudadano, o peor aún, por la directa responsabilidad en apersonarse, de los gobernantes de turno, quienes se atreven por ignorancia e insensibilidad, a motejar al noble río, de cloaca, y a los ciudadanos que bajo persecución se arrojaran a su deprimido cauce, de excrementos. Así leo, pues, como triste lema de recientes concursos literarios “Al Guaire, lo del Guaire”, repitiendo el infeliz tweet oficialista “A Dios lo que es de Dios. Al César lo que es del César, al Guaire lo que es del Guaire”, que en un afán de burla y desprecio se atrevieron a manipular las palabras del Maestro. Y la cuestión, es que les resulta un escupitajo al cielo, porque la nobleza del río, acunó la nobleza de los deprimidos manifestantes salvaguardándolos de la saña.

Ese Guaire deprimido, maltratado, reducido a miseria por las infames administraciones de Estado, resultó salvaguarda de vida y alivio a no menos maltratados y deprimidos ciudadanos que no dudaron en refugiarse a su amparo. La historia de Caracas ha estado estrechamente vinculada al Guaire y su cuenca. Son muchas las citas que desde la colonia se hacen a propósito de actividades que lo relacionan, así como a las quebradas Catuche, Anauco, y Caroata, que en amorosa red fluvial surcan la ciudad antes de desembocar en el Guaire, entregándole la esencia de la ciudad recogida desde el Ávila, San Bernardino, El Silencio y casco central, tomando en cuenta respectivamente el origen o recorrido de dichos afluentes. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, llegan al país, naturalistas con el propósito de realizar colectas botánicas y zoológicas, así como estudios de historia natural, y se realizan las primeras descripciones técnicas y científicas sobre el río Guaire y su cuenca. Entre estos pioneros destaca el ilustre naturalista alemán Alejandro de Humboldt, quien plasma notas y observaciones al respecto en su magna obra “Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Mundo”, como de igual modo hicieran el fotógrafo húngaro Pal Rosti, el pintor y zoólogo alemán Anton Goering, el escritor y expedicionario ingles James Mudie Spence, entre otros a quienes no pasó desapercibida la magnificencia e importancia del Guaire, abrevador de la sed de los caraqueños, que del servicio del aguador o aguatero colonial sostenían su vida. Fue en el noble oficio heredado de Castilla, de estos personajes, donde debiera recalcarse la hechura de ciudad. En la maravillosa obra en prosa “El Lazarillo de Tormes”, anónimo español del siglo XVI, una cita pone de relieve la importancia del aguador:
"Siendo ya en este tiempo buen mozuelo, entrando un día en la iglesia mayor, un capellán de ella me recibió por suyo, y púsome en poder un asno y cuatro cántaros y un azote, y comencé a echar agua por la ciudad. Éste fue el primer escalón que yo subí para venir a alcanzar buena vida, porque mi boca era medida. Daba cada día a mi amo treinta maravedís ganados, y los sábados ganaba para mí, y todo lo demás, entre semana, de treinta maravedís y me quedaba con todo lo que pasase de treinta maravedís diarios."
Imaginamos la visita diaria del aguador en casa de la familia Bolívar, y en la de todos los caraqueños, llevando el cántaro diario repleto de la dádiva del Guaire, así como futuramente se construyeran con igual propósito sobre los afluentes del Guaire, los embalses “La Mariposa”, y “Macarao”.

Pero no solamente la sed se ha abrevado con el río, también ha sido el Guaire fuente de luz, pilar de cualquier ciudad. En 1897, la Compañía Anónima Electricidad de Caracas, fundada en 1985 por el ingeniero Ricardo Zuloaga Tovar, instala la primera estación hidroeléctrica conocida como “El Encantado” en el llamado cañón del río Guaire, iniciando así la etapa de iluminación eléctrica de la ciudad de Caracas, pasando ésta a ser una de las pocas ciudades del mundo, y la primera de Latinoamérica, que para entonces contaba con fluido eléctrico continuo, gracias al aprovechamiento de corriente de agua, creándose luego, por la expansión demográfica, las estaciones “Los Naranjos” y “La Lira”. Guaire, Guaire, el notable, el superior, hoy reducido, convertido en el gran vertedero de la ciudad.

Guaire, Guaire, siento en su nombre los ecos de la dinámica fluvial que trazó los planos de la ciudad con generosidad paterna, desde los primitivos asentamientos en sus márgenes de los bravos aborígenes Caracas, la instalación colonial, hasta el perfil urbanístico que no cesa de crecer. Guaire, Guaire, el Sena y Támesis caraqueño que no goza del prestigio y orgullo que conceden franceses e ingleses a sus emblemáticos ríos, no menos contaminados, pero jamás maltratados de palabra, olvido e ignorancia. Guaire, Guaire, convertido por ignominia en el gran vertedero de la ciudad, que quizá sólo se sostiene por las vivres (wyvern), como el folclore druídico llamaba a la energía de la tierra, la gran serpiente promotora de la vida y fecundidad. Me atrevo a sostener que sólo por ello permanece el Guaire, por esa fuerza cósmica que seguro pulsa en los moradores de la gran ciudad que ha sostenido, y que ha hecho eco en las notas patrias “Seguid el ejemplo que Caracas dio”. No saben los opresores el enaltecimiento que han procurado al maltratado río, al compararlo en afán peyorativo con los ciudadanos que buscaron refugio en sus deprimidas aguas. El Guaire es Caracas, viva a pesar del daño, nunca reducida, a pesar del abuso. Caracas es el Guaire, grande, notable. ¿Al Guaire, lo del Guaire?, ¡sí!, ¡y a mucha honra!

(Imagen: Río Guaire.- Óleo de Manuel Cabré.-1915)

lunes, 10 de abril de 2017

CRÓNICAS DE LECTURA (1) LEER A SAKI Y VER A TISSOT. ALGUNAS NOTAS.

                                                               Jeroh Juan Montilla


Desde que abrimos los ojos a cada amanecer y damos el primer paso fuera de la cama vamos tras el misterio. Muchos pueden creer que despertar es el preámbulo para obedecer los mandatos del sendero de las rutinas cotidianas, que cada paso del día está marcado, que el juego de vivir está entrampado en las jaulas de las determinaciones. Pero me atrevo, haciendo uso de una expresión alemana Spieltrieb (juego lúdico) de Friedrich Schiller, a decir lo contrario, desde que despertamos algunos nos dedicamos hacer el juego de construir la belleza para acceder al conocimiento, ir hasta la raíz de la racionalidad; entonces vivir, estemos de acuerdo o no, lo sepamos o no, es ir fascinados o sonámbulos tras el misterio. Para Schiller “…solo el ejercicio estético conduce a lo ilimitado.” Por tanto leer es también un mero juego por alcanzar la belleza absoluta, la antinómica tortuga de Aquiles. Desde leer una guía telefónica o un reglamento o hasta leer lo ordinario de un considerando con disposición para el desconcierto es entrar a un juego cultivado, a un partido de elaborados descubrimientos. Toda lectura, y hasta la relectura, es toparse siempre con la novedad. Eso ocurrió con mi reciente lectura: “Las aventuras de Reginald” (editorial Claridad, 2006) del escritor británico Héctor Hug Munro (1870- 1916), mejor conocido como Saki. Tengo que agradecer al escritor y amigo Luis Guillermo Franquiz el préstamo de dos libros de relatos de esta delicia de autor, el otro texto, que aun leo, tiene como título “Juguetes para la paz” (editorial Montesinos, 2005). En el primero se reúnen dos libros: “Reginald” (1904) y “Reginald en Rusia” (1910). Reginald es un irónico dandi con una incorregible disposición a provocar una y otra vez con gracia el estupor y el escándalo. Toparse con las memorables frases y las historias de este personaje fue un goce del pensamiento. Cuantas revelaciones nos esperan tras el modesto acto de leer.

Saki fue un birmano de nacimiento pero de indudable personalidad británica, huérfano, criado por unas espantosas tías en Londres, escapa de ellas y termina como policía en Birmania, seguía así los pasos del padre, regresa a Inglaterra enfermo, se recupera, trabaja como periodista mientras escribe cuentos y novelas, luego en uno de sus arrebatados gestos se incorpora a ese disparate llamado primera guerra mundial, entra como sargento de los fusileros reales a una trinchera de los campos de Francia, allí muere a manos de un francotirador. El hacedor de ingeniosas paradojas cae bajo el feo lazo de lo injusto e inexplicable. Gracias al Infinito queda la herencia de sus relatos, incisivos, irónicos, escépticos, cínicos y matizados con la elegancia del mejor humor de una nación de reinas disímiles como Isabel y Victoria. El impacto de lo paradójico, de lo asombrosamente contradictorio puede desatar en nosotros una muda carcajada, un reír del intelecto. Por cierto, aprovecho la oportunidad para recomendar la lectura de “Mis chistes, mi filosofía” del filósofo esloveno Slavoj Zizek, no imaginaba que tan apropiado es el humor para transitar sin tropiezo los meandros de lo filosófico. Excelente texto.

Saki me hizo redescubrir la risa inteligente, esa que no para de resonar en los textos de Oscar Wilde. Este tipo de humor es una cosa exótica en un país como el nuestro, donde el humor es originariamente crudo, cuestión (aclaro) que no lo hace ni peor ni mejor que el flemático humor inglés, solo lo presenta como distinto, una variante con mucho valor y creatividad en el mapamundi del humor.  Ahora bien otro descubrimiento que encuentro en este libro de Saki, especialmente en esta edición, es la foto de su portada. Un acierto de los diseñadores de la editorial Claridad. Es un precioso y apropiado cuadro del pintor francés James Tissot (1836-1902). Tissot igual que Saki luchó en una guerra, la franco-prusiana, se casó con una irlandesa, vivió mucho tiempo en Londres donde estudió grabado y trabajó como caricaturista para la revista Vanity Fair. Lo inglés se quedó para siempre en el estilo de sus cuadros y en las hermosas miradas de sus personajes femeninos. No puedo dejar de mencionar que este apellido me hizo recordar uno de los relojes muy mencionado en la televisión de mis años de infancia. Esta portada fue un hallazgo. Es un despliegue a todo color de una pintura de 1877, titulada “Remembrance Ball on Board” (véase foto de la portada) Imagen preciosa e impecable, un trio, un atento joven y dos elegantes damas en amena conversación, una típica escena en la cubierta de un barco, muy empapada de una discreta sensualidad de fin siglo XIX. De inmediato me dediqué a explorar en red todos los cuadros de este artista galo, ubicado en la corriente plástica conocida como el realismo academicista. Una obra nada escandalosa, pero intensamente bella tras su fachada exquisitamente burguesa, se capta en ella un daimon particular, el sobrio juego con la belleza en las naciones británicas. Saki y Tissot,  maestros del uso oportuno de lo paradójico para crear una literatura y un arte elegante, divertido e inteligente. Un hacer que sacuda nuestra conciencia, la active, despierte definitivamente nuestros sentidos físicos y mentales, los despabile en esa persecución diaria de lo bello descubriendo que lo contradictorio del vivir es una oportunidad didáctica para contactarnos con la totalidad. Finalizamos cabalgando las palabras de Schiller: “No hay otro camino para conseguir que el hombre pase de la vida sensible a la racionalidad que darle primero una vida estética.”