Dedicado a compartir asuntos de historia, crónicas, sociología, educación, ciencia y tecnología, política, teatro, tradición, cine, literatura, artes y filosofía (San Juan de los Morros, Venezuela)
Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar
viernes, 6 de febrero de 2026
BAJO EL YUGO DEL CUYUNÍ: EL TANATORIO DE LAS SOMBRAS VIVAS
Por Humbert E. Urdaneta F.
Jueves 05/02/26
El Dorado no es una cárcel, es un error geográfico donde la civilización termina y la selva dicta su ley de sangre. El islote, cercado por el rugido del río Cuyuní, parece un diseño de la malevolencia divina, aguas de un marrón espeso que ocultan el hambre de las pirañas, corrientes que no transportan barcos sino cadáveres, y una selva que respira con el siseo de culebras y el aleteo de insectos colosales, del tamaño de un puño cerrado. Allí, la libertad no es un derecho, es una utopía custodiada por un muro de agua y colmillos.
En ese tanatorio de vivos, la condición humana es la primera moneda que se devalúa hasta desaparecer. Los hombres dejan de ser nombres para ser categorías de caza, o eres el colmillo que desgarra, o eres la carne que cede.
Recuerdo aquel joven. Lo vi fuera de los muros, bajo un sol que no iluminaba, sino que calcinaba los restos de cualquier esperanza. Tendía su ropa con una parsimonia espectral, como quien cumple un rito fúnebre para su propia ropa y la ajena. Su apariencia era apacible, pero era la paz de los cementerios. En sus ojos no quedaba el fuego de la rebeldía, sino una aceptación gris, esa ceniza que queda cuando el alma ha sido consumida por el miedo.
Me confesó su infierno con la naturalidad de quien describe el clima. Sin rastro de deseo, sin sombra de elección, había sido "apartado" por el líder de una jauría. En aquel submundo demoníaco de seres inservibles, él había sido declarado "mujer". Su cuerpo ya no le pertenecía; era el tributo que pagaba para seguir respirando.
Cuando mi lógica de hombre libre de esas circunstancias se hizo presente, le preguntó por qué no se revelaba, por qué no alzaba el puño por su dignidad, su respuesta fue un hachazo de realidad biológica: “señor, los que lo intentaron ya no están. Primero los rompe el grupo, los violan de manera salvaje hasta que dejan de ser hombres, y luego los borra el río”.
En ese ecosistema de opresión maléfica, la sumisión no era vicio ni cobardía; era un cálculo primario de supervivencia. En El Dorado, la dignidad es un lujo de los muertos. Los vivos, convertidos en sombras vivientes, comprenden que bajo el yugo del Cuyuní, el orgullo es el camino más corto hacia el tanatorio, y que a veces, para que el cuerpo no se convierta en comida de pirañas, el alma debe aceptar el silencio de las sombras.
Reflexión:
En los abismos donde la seguridad física se extingue, la moral deja de ser un código compartido para convertirse en un lujo inalcanzable. Bajo un terror demoníaco, el ser humano activa un cálculo primario de supervivencia donde sacrificar la identidad es la única estrategia válida para preservar el latido. En este pantano de opresión, el junco que se dobla no traiciona su esencia, sino que actúa como un estratega de la vida que elige permanecer vivo para que el verdugo no logre silenciar su historia.
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