Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

domingo, 14 de septiembre de 2008

APUREÑIDAD. IDENTIDAD E IDIOSINCRACIA LLANERA

Ponencia leída en el Foro "Orinoco eje de la diversidad cultural"
Caracas diciembre 07 de 2007

Argenis Méndez Echenique*


Al hablar pues, de americanidad…, quiero hablar de aquellas

cualidades espirituales, de aquella fisonomía moral

-mental, ética, estética y religiosa-

que hace al americano americano”

(MIGUEL DE UNAMUNO).


Como es de deducirse, la presente exposición es una elemental aproximación al tan polémico tema de la identidad, que en este caso está referido a un grupo poblacional muy particular, el llanero apureño, cuya actuación puede delimitarse espacialmente diciendo que ocupa la parte más baja de la gran depresión central de Venezuela, ubicada al oeste del curso del Orinoco Medio, de donde nutre su caudal con aportaciones de sus innumerables afluentes que bajan de las estribaciones andinas. Es decir, la Cuenca Hidrográfica del Orinoco en la sección correspondiente a las tierras planas conocidas como Llanos de la Orinoquia Venezolana.

Este intento de aproximación se hace considerando una concepción socio-filosófica de los valores. Hoy, en un mundo globalizado, podrá parecer anacrónico hablar de gentilicios o pertenencia a un grupo de personas con rasgos culturales similares que habiten algún lugar determinado del planeta y unidas por un pasado común; pero se debe tener bien claro que esa aludida globalización no funciona igual para todos los seres humanos. Sin embargo, “…globalización e identidad parecen los dos elementos definitorios –o al menos dos de las más importantes claves de interpretación- de este comienzo del siglo XXI, como ya lo fueron de la última década del siglo anterior” (Lucas, 2003: 11-12).

Esa universalización en la comunicación, en el conocimiento y en los intereses es privilegio de las élites que manejan los grandes consorcios económicos internacionales. Y es sabido que el gran capital no tiene patria, manejando, en todo caso, el concepto de “Ciudadano Cosmopolita”, que es como decir “Ciudadano de ninguna parte”. La identificación con una región, con un pueblo, según la modernidad, supuestamente corresponde a una concepción primaria y simplista de la identidad y es característica de quienes viven apegados a las pequeñas cosas del quehacer cotidiano de su comunidad y de su país, compartiendo angustias, penalidades y alegrías.

Según los expertos, “la globalización hunde sus raíces históricas en la caída del muro de Berlín y el desmembramiento de la Unión Soviética, y teóricamente en los postulados de Francis Fukuyama, donde se proclama al neo capitalismo panacea universal, pasando el mercado, el capital y la movilidad financiera a actuar de manera omnímoda, arrasando gobiernos, naciones, regiones, culturas, modos de vida y de paso a las noveles democracias latinoamericanas que se han convertido en la práctica en cuasi marionetas de los dictados y recetas del Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional y del Banco Interamericano de Desarrollo (CORTEZ LUTZ, 2005). Por ello se debe entender que “lo que se universaliza, lo que no tiene frontera, es el tráfico de mercancías; mejor, el flujo de caudal financiero” (Lucas, Ob. Cit.: 35).

Y se señala acertadamente que la mencionada globalización es la mundialización de un sistema económico donde los grandes financistas buscan para sí la conquista de riquezas, actuando de manera egoísta y monopólica, por lo que de ninguna manera puede la mencionada globalización contribuir a mejorar las condiciones intelectuales y calidad de vida de las personas o de los pueblos. “El proceso de globalización imperante queda lejos del universalismo como idea regulativa heredada de la Ilustración, o mejor, del estoicismo a través del humanismo y de la Ilustración”, según el ya citado Lucas (Ob. Cit.: 34).

En la autorizada opinión de Cortez Lutz, el mundo ha sido partido en dos grandes sectores:

1- Una gran masa de personas en graves niveles de pobreza, que es la inmensa mayoría e identificada con los llamados “explotados hijos de la tierra”. Y

2- Un segundo grupo, más pequeño, una selecta élite, que goza de riquezas, confort, poder y modernidad. A lo que hay que agregar el dominio del pensamiento que tiene este círculo privilegiado, para quienes opongan una opinión crítica o una reflexión no acorde con la línea de la globalización, son condenados y criminalizados.

Ahora, según estos especialistas, para hablar de identidad nacional, regional o local se hace necesario conocer “un instrumental teórico- conceptual capaz de generar análisis, observaciones, síntesis, deducciones y conclusiones” (Sánchez Manzano, 1986), que permitiría elaborar un estudio que recoja el proceso de apropiación consciente o no de rasgos culturales por parte de una determinada colectividad, de una manera continua y dinámica y que permita diferenciarlo de otros.

Unamuno opinaba que el propósito de conformar una identidad propia implica un largo camino donde “sea yo más yo cada día, tu cada día más tú” para lograr mejor “compenetrar nuestras almas que si me empeño en modelarme a tu imagen o en modelarte a la mía” (2002:10).

Sin caer en odiosos etnocentrismos, en nuestro propósito de hablar sobre “apureñidad”, que es como señalar la identificación con el sector llanero del territorio venezolano conocido como Apure habría que preguntarse, como bien señala el mismo Unamuno: ¿Somos una nación?, ¿el pueblo llanero es un pueblo diferente al resto de Venezuela?.

Según Lucas (Ob. Cit.: 20-21), hay que entender la Identidad como la “permanencia y el cambio, lo propio como dado y lo propio como adquirido, como aquello construido por el esfuerzo del sujeto que así se esculpe a sí mismo según el ideal de autonomía”.

Teniendo ya entendido este concepto, pasamos a hacer un poco de historia. El Llano es uno solo, desde el Casanare hasta el delta del Orinoco, unos 600.000 kilómetros cuadrados aproximadamente; pero cada una de sus partes constituyen un mundo diferente. Cada una de ellas tiene sus particularidades. El tiempo de convivencia crea fuertes nexos de identificación y conciencia de su existencia. Y es así como nos preguntamos: ¿Cuándo, cómo, donde y porqué aparece el llanero apureño?.

Las respuestas a estas sencillas preguntas pretenden modestamente dar una idea de lo que ha sido y es Apure. Las duras características ambientales de la región también condicionaron desde un principio la ocupación del territorio y la personalidad de sus habitantes, en un relieve sin cerros, aluvional y sin rocas, que lo confronta en una lucha constante y cíclica con los elementos de una naturaleza cerril, bárbara, de una cotidianidad caracterizada por demasiada agua a otra en contraposición, de una desértica sequía, que obliga a un constante deambular de un lado a otro.

La figura andariega y trashumante de Florentino Coronado no fue una ficción del Maestro Gallegos. Es la pura realidad creada por las cíclicas condiciones climáticas de la llanura. Pero, “el llanero nace y vive a su modo, sin cuidarse del cura ni del sacristán”, como dice Peña Pulido (1998: 93).

Comenzaríamos con nuestros orígenes indígenas. La nómada población aborigen llanera estaba constituida por pequeños grupos que transitaban por el inmenso territorio, pero como todo grupo humano poseía una cultura propia, con elementos fundamentales como la lengua, religión y costumbres y se relacionaban entre si de diversas maneras (comercio de trueque, incursiones de caza, pesca, recolección, saqueo y captura de mujeres y niños, en algunos casos). Esos elementos comunes es lo que origina el término denominado Identidad. En este caso, nuestra Amérindia, estaba representada en el Llano, y especialmente en el Apure por otomacos, yaruros (pumé), guahibos, cuivas (jiwi), achaguas (arawacos), chiricoas, tunebos, sálivas, taparitas y guamonteyes, entre otros.

Luego la presencia europea agregaría otro elemento étnico, que sería el blanco, con sus salpicaduras de negritud esclava o fugitiva. El resultado final sería el acrisolado mestizaje que conformaría al llanero apureño.

Ese contacto con el europeo se dio, por lo menos en Apure, de una manera esporádica en los primeros tiempos de la conquista (siglo XVI), apenas pueden señalarse las incursiones exploratorias de Diego de Ordaz y Jerónimo de Ortal en el Orinoco y el Meta, y las correrías por todo el territorio llanero de los gobernantes alemanes, los Welseres, quienes solo andaban tras el señuelo del Dorado. Más provechosa fue la presencia de los misioneros jesuitas en el último cuarto de ese mismo siglo, pues se atribuye a Fray Pedro de Aguado el haber recogido muchos vocablos que nominan a nuestros ríos, Apure, Sarare, Arauca, Capanaparo, Sinaruco, Meta, Casanare, entre otros. Don Pablo Vila (1980: I, 309), dice que “Aguado es el más conocedor, el más documentado y el más veraz”.

En el siglo siguiente el XVII, históricamente se reseña la expedición que partió en febrero de 1647 desde la ciudad de Barinas al mando del capitán Miguel de Ochogavía a explorar el curso del río Apure hasta su desembocadura en el Orinoco. El propósito era netamente económico, puesto que pretendía abrir una nueva ruta comercial hacia Guayana y el exterior para los productos llaneros del pie de monte andino, inaugurando así una gran autopista fluvial hasta el Atlántico.

En su recorrido, según Fray Jacinto de Carvajal, el cronista de la expedición, se encontraron con un país ubérrimo, un verdadero paraíso terrenal. Donde las reses vacunas eran innumerables y orejanas; los indígenas las cazaban como a cualquier animal silvestre. Allí se dan las primeras descripciones del tipo humano que habitaba el Apure, por lo menos a su jefe, Tabacare, cacique otomaco, sobre la variadísima flora, la inmensa riqueza faunística, las innumerables corrientes fluviales.

Según parece, esas iniciales aventuras exploratorias no tuvieron continuidad y es solo a finales del siglo XVIII cuando se ejecutan acciones para ocupar el territorio, aún cuando se conocía la existencia de una Real Cédula que prohibía el establecer hatos y poblaciones de origen europeo en la “Otra Banda del Apure”.

De allí que los primeros centros urbanos organizados a la manera española se conformaron con población indígena, por los misioneros religiosos capuchinos andaluces, aportadores de nuevos elementos culturales, como instrumentos musicales de cuerda, cantos y romanceros populares de sus tierras de origen, que amalgamados con los talentos nativos forjaron el joropo, la tonada y el contrapunteo, ayudando a mitigar la soledad y la fatiga de la faena diaria del llanero apureño en un horizonte preñado de infinitud.

Pero es solo a partir de 1786, con la creación de la Provincia de Barinas, que el primer Gobernador, Don Fernando Miyares, inicia una verdadera política exploratoria y colonizadora en esta zona casi virgen del territorio llanero. Entre las primeras medidas que toma es hacer un censo de todos los recursos con que contaba el territorio de su jurisdicción y la fundación de una villa de españoles, San Fernando de Apure, para controlar la navegación y comercio legal y de contrabando por el río Apure y sus afluentes, Masparro, Santo Domingo, Guanare, Portuguesa y Guárico, entre otros, llegando a convertirse esta pequeña urbe en el segundo puerto fluvial de Venezuela, después de Ciudad Bolívar.

Es bueno que se sepa que aún cuando existía la prohibición de penetrar en el territorio apureño, San Fernando fue fundada en 1788 con doscientos vecinos de origen europeo que residían en los alrededores (recuérdese la vieja costumbre colonial indiana de “se acata pero no se cumple”). Esto da una idea de la forma como se dio la ocupación del territorio, pero también del proceso de mestizaje que dio origen al llanero apureño, en apenas cuarenta años de vida pastoril en la época colonial.

Su irrupción en la historia venezolana y continental se dio de manera violenta, a punta de lanza, primero con el implacable Boves que acabó con la república mantuana, luego con las heroicidades del catire Páez, que hicieron posibles las campañas redentoras y libertarias del Gran Bolívar, forjando bizarramente la epopeya de la Patria Grande en su glorioso paso de los Andes, Boyacá, Carabobo, Pichincha, Junín y Ayacucho. Sin embargo, la consolidación de su personalidad como pueblo se va decantando a través del tiempo, de los vínculos de identidad, pertenencia y reconocimiento, con alto contenido simbólico, fundamentalmente en el transcurso del los siglos XIX y XX. Historia, tradición y costumbre son el sustento de la apureñidad.

Según Pérez Cruzatti, los paradigmas llaneros, si es que puede hablarse en tales términos, se manifiestan en su forma de pensar, de sentir y de expresarse; pues, este ente tiene una cosmovisión muy particular. Esos rasgos ejercen una influencia determinante en su conducta, aún cuando muchos de los propios valores identificatorios han sido escamoteados mediante la transculturización y el bombardeo de estereotipos pertenecientes a culturas ajenas a la nuestra, que son mal asimilados por nuestra gente menoscabando su autenticidad llanera.

Entre los aspectos generales que señala Pérez Cruzzatti agregamos otros y pueden mencionarse algunos que están arraigados en el alma del llanero de manera indisoluble:

- El concepto de Dios es muy especial. Es un Dios humanizado, con el que se puede dialogar y compartir. “Dios y Hombre: ”... “Con Dios y la Virgen...”, son expresiones comunes en boca del llanero.

- Amplio concepto de la libertad: libertad individual, libertad territorial, libertad de espíritu y pensamiento, libertad de acción.

- El concepto de Patria. La patria chica y la patria grande. Patria chica y grande: la llanura; patria grande: Colombia, Venezuela.

- La familia y el parentesco. El compadrazgo.

- La amistad y la lealtad al amigo.

- Hospitalidad.

- El valor personal, coraje y resolución (la autoestima).

- La generosidad y amplitud, derivadas tantas veces en la abnegación.

- El trabajo creador.

- El compromiso de la palabra empeñada.

- El romance y la fantasía en el alma del llanero, expresados a través de la copla y la música.

- La llanura global: un mundo propio, de horizontes abiertos.

- Intemporalidad. “El llanero no tiene prisa”.

- Simbiosis con la naturaleza, sin romper el equilibrio ecológico.

- Sobrio estilo de vida.

Como observamos, aquí se muestran muchos elementos comunes que unen a un pueblo, una nación, una comunidad, como el idioma, la religión, las actividades de supervivencia, el folklore, la música, la danza, y otros rasgos que al final sirven para verlos como semejantes, a través del tiempo y el espacio. Es decir, todo un substrato basado en factores económicos, ideológico-culturales y políticos, que marcan su dinámica existencial. Ese sentimiento común a todos es lo que conocemos como IDENTIDAD CULTURAL.

“Llanura querida te pido que cuando muera

me entierren en tus palmares,

donde se sienta el pisar de bestias cerreras

y desbarajuste de ganado en los corrales”

(copla anónima)

Esa Identidad Nacional, Regional o Locales tiene una serie de elementos que son indispensables para su comprensión; pues, si faltara alguno de ellos ya no se estaría configurando esa Identidad. Debe existir el sentimiento por el cual los habitantes de determinado ámbito territorial se sienten unidos, solidarios y semejantes.

Según Unamuno, “todo regionalismo empieza por manifestarse en la esfera lingüística” (2002: 21). El apureño Manuel Bermúdez, quien trajina esta escabrosa senda del idioma, lo reafirma diciendo que “el hombre es uno solo e indivisible. Sólo cambian los lenguajes o mejor dicho, los códigos” (2005: 25). Cuando el llanero tremola su cantar altanero nos está dando su carta de presentación:

“Sobre la palma, los cielos.

Sobre mi caballo, yo.

Sobre yo, mi sombrero”.

Esta es una soberbia expresión de libertad y autonomía del llanero, señor de la llanura, que domina desde la altura de su caballo. Un hombre a pie es nadie, un hombre a caballo es un señor. “Mientras el caballo marca el diapasón, el jinete que lo monta se adueña del mundo, de la tierra que abarca su mirada” (Peña Pulido, Ob. Cit.: 105).

Esa identificación está presente en los versos de nuestros poetas sabaneros, como José Natalio Estrada Torres, Reinaldo Espinoza Hernández o Julio César Sánchez Olivo.

A este último cantor del Llano consideramos la mayor expresión de “apureñidad”, pues muestra rasgos lingüísticos que lo hacen inconfundible por su acendrado sentido de lo telúrico, la consustanciación con el paisaje, la espiritualidad que empapa su producción literaria y el amor implícito a la libertad y a su gente, a sus paisanos llaneros.

“Mi verso viene del Llano

Y vuelve al Llano mi verso;

De allá viene, hacia allá va,

Por el rumbo del recuerdo.

Como me lo dio la tierra

Asimismo lo devuelvo

Rudo, orgulloso, sencillo,

Sin adornos forasteros”.

Los versos sanchezolivescos señalan hacia una innegable compenetración espiritual del hombre con el ambiente, la naturaleza, la flora, la fauna y las tradiciones llaneras:

Soy hermano del mastranto

Del trupial y del cubiro,

Me basta mi propio aroma

Y también mi propio trino.

Si yo tengo algún valor

Fue porque nació conmigo,

Mi calidad no la cambio

Ni por el oro más fino,

Para mí lo más que vale

Es ser del llano un buen hijo”

(AQUÍ ESTOY LLANURA MÍA)

Pero esa compenetración no es egoísta ni excluyente, pues él desea que la compartamos todos, unidos en un solo bloque y libres de discriminaciones, como un reclamo a la homogeneidad cultural, sin cerrarse a los aportes foráneos. Su ingenuo y romántico llamado a integrarse en un solo pueblo es una invitación llena de amor al terruño y es un clamor a hacer Patria Grande, hacer Patria Chica, hacer Apureñidad:

“¡Joven Apureño, quiere mucho a tu tierra,

que es muy buena!.

Enaltécela, siéndole útil y ejecutando buenas acciones que dan brillo al nombre de ella y al tuyo propio.

Y tú, aún cuando has nacido en otro lugar de la república o has venido desde lejanos países, pero que estás aquí con nosotros ganándote honestamente el pan para ti y los tuyos, quiere también mucho esta tierra, que de tanto quererla será tan tuya como de nosotros, y te sentirás un apureño más y para nosotros serás nuestro hermano.

Unámonos todos para luchar, de buena fe y con terca constancia, porque este Apure nuestro sea tan próspero y feliz como él se lo merece y como todos queremos que sea”.

Algunos estudiosos del tema llanero hablan de un proceso recesivo. De una crisis de valores e identidades, generada fundamentalmente por la tecnología moderna y la economía capitalista neoliberal.

En parte es verdad. Hay que reconocerlo. El Llano de hoy es diferente. El Apure de caballo, toro y soga es cosa de leyenda. La sabana ya no es libre, la limita la cuerda de alambre, símbolo de la propiedad privada. El toro ya no pita en el paradero, como diría Lazo Martí, ni hay rodeos y ni retozos de “hatajos de bestias” como antaño, pues el ganado ha sido sustituido por el manso y calmo cebú brahman de la India, que es pastoreado ahora hasta en bicicleta, acabando con ancestrales tradiciones llaneras. El caballo va siendo desplazado de las faenas vaqueras y ha quedado solo para ser exhibido en las fiestas de toros coleados en los pueblos.

“La integridad de un pueblo está en peligro cuando ha perdido el hilo de sus tradiciones y costumbres, el culto activo a sus héroes y santos y el amor de sus dioses tutelares, sean éstos buenos o malos”, en opinión de Matthyas Lossada (1999: 25).

El voraz progreso capitalista llegó con la carretera pavimentada y personificado en forasteros rapaces y depredadores, obligando a nuestro hombre sabanero a emigrar a la ciudad, desarraigándose de su tierra.

Ahora existe otro Llano, que no es el de Pajarote, el de Calzadilla Valdez, el de Antonio José Torrealba, el de Juan Bruno Espinoza, el de Sánchez Olivo, el de Alberto Arvelo, el de Germán Fleitas Beroes, José León Tapia, Ruiz Guevara, Adolfo Rodríguez o don Felipe Martínez Veloz.

Es otro Llano que tenemos que aprender a conocer; pues “es hora de exaltar, de manera primordial, desde muy adentro, nuestras raíces”, porque, como señalan los expertos en el tema, “la identidad no es solo forma mentis, sino también realidad existencial”.

A este Llano en transformación también hay que construirle un rostro humano que nos hable de nosotros mismos, de nuestra historia, de amor a las tradiciones propias, de las creencias y costumbres de nuestros ancestros. Por lo que debemos recrear nuestras leyendas, un nuevo Reto de Florentino con el Diablo, una nueva búsqueda de Mayalito a su amigo Carrao, un nuevo silbón que siga recorriendo las sabanas espantando a los desprevenidos viajeros, una sayona que continue asustando a los trasnochadores. La luz eléctrica no debe acabar con nuestros fantasmas. ¿Qué pasaría si matáramos el centauro que todos los llaneros llevamos por dentro?.

Las sociedades evolucionan y hay que aceptar los cambios, caminando a su propio ritmo, donde el hombre llanero debe poner a funcionar su dinámica capacidad creadora y transformadora, según su propia concepción vital. “El arte de la vida no está en diferenciarse sino en comprenderse”, como bien señala un paisano barinés.

Un especialista en el tema dice que la construcción de la identidad es precisamente un proceso que se lleva a cabo en contraste dialógico con los demás, una “operación basada en el juego de las semejanzas y las diferencias”, un proceso continuo de formación, transformación y conservación (Lucas, Ob. Cit.: 21). Para el mejicano Villoro, citado por Lucas, somos el resultado de muchas miradas diferentes, de diversas representaciones que necesitamos integrar: así la búsqueda de la identidad se convierte en “construcción de la representación de sí mismo que establece coherencia y armonía entre sus diversas imágenes”

Por ello hay que estar conscientes de ese indetenible proceso de interculturalidad y centrar nuestra atención en la “construcción de sentido, atendiendo a un tributo cultural o un conjunto relacionado de atributos culturales a los que se da prioridad sobre el resto de las fuentes de sentido”, como señala Castells (Lucas, Ob. Cit.: 14 – 15).

Pero con sentida añoranza, el llanero viejo ve que todo ese apego a lo tradicional y que caracteriza su mundo va quedando en el rincón del olvido. Solo se conserva ese acervo patrimonial en la memoria, en el famoso “baúl de los recuerdos”, y en las interpretaciones de nuestros copleros, como señala Alberto Baquero en sus versos.

“Cada tiempo en que

Se interpreta un joropo

Se sacude el viento y…,

El joropo vive y muere…

Vive con alegrías y nostalgias…

Muere y se sepulta

En nuestras almas

Para vivir los años

Que nos quedan”.

Como se observa, la identidad es un elemento clave de la realidad subjetiva de una persona o de un pueblo y por ello, “como toda realidad subjetiva, se mantiene en una relación dialéctica con la sociedad. La identidad es formada por procesos sociales” (Berger y Luckman, citados por Maritza Montero, 1997: 71), por lo que no debemos dejar ganar con la desesperanza característica de los vencidos (la desesperanza es el “…estado psicológico que frecuentemente resulta cuando los acontecimientos son incontrolables”. Seligman, citado por Montero.

La identidad llanera, la identidad venezolana, la identidad latinoamericana, no se pierde nunca, sino que se transforma y sigue nuevos canales para manifestarse. La esencia sigue persistiendo y hay que seguir alimentándola. “Tanto en los individuos como en las colectividades, la identidad no se constituye por un movimiento de diferenciación de los demás, sino por un proceso complejo de identificación con el otro y de identificación con él”, según expresión de Villoro.


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Biruaca, Diciembre 07 de Diciembre de 2007.


*Cronista de San Fernando de Apure.

DOCENTE E HISTORIADOR. Nació el día 14 de Agosto de 1947. Licenciado en Educación (UNIVERSIDAD DE LOS ANDES. Mérida, Venezuela, 1972). Maestría en Andragogía (UNIVERSIDAD SIMÓN RODÍGUEZ. Caracas, 1982). Maestría en Historia de Venezuela (UNIVERSIDAD CATÓLICA “ANDRÉS BELLO”. Caracas, 1996). Profesor (Agregado) Jubilado de la Universidad Simón Rodríguez, con más de 38 años de servicios (2006). Jefe de la Zona Educativa Apure (septiembre 1986 - marzo de 1989). Miembro de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela (Correspondiente por Apure, desde 1984), Miembro del Instituto Duartiano de Santo Domingo, República Dominicana (1990), Miembro del Centro Sanmartiniano de Venezuela (2004), Director – Fundador del Centro de Estudios Histórico-Sociales del Llano Venezolano (CEHISLLAVE, 1990), Presidente de la Sociedad Bolivariana de Apure (1980 – Actualidad), Cronista del Estado Apure (1984), Cronista de la Ciudad de San Fernando de Apure (1988). Miembro de la Asociación Nacional de Cronistas de Venezuela. Miembro de la Asociación Nacional de Archiveros de Venezuela, Miembro fundador del Colegio de Licenciados en Educación del Estado Apure (1972). Integrante de la Red Nacional de Escritores. Miembro fundador de la Asociación de Escritores del Estado Apure. Miembro fundador del Círculo de Reporteros Gráficos del Estado Apure. Bibliógrafo, ensayista, cuentista, poeta, columnista de prensa, investigador social, promotor cultural. Ha recibido reconocimientos y condecoraciones de instituciones y organismos públicos regionales, nacionales e internacionales. Numerosas publicaciones (libros y artículos en revistas nacionales y extranjeras), cuyo tema generalmente es de carácter histórico y vinculado a Apure.

jueves, 11 de septiembre de 2008

LOS EE.UU. Y CIPRIANO CASTRO

Eduardo Camps V.*



El empeño del régimen de rescribir la Historia nacional llega ahora a otro capítulo. No le bastó a Chávez el derribo de la estatua de Cristóbal Colón para devolverles a los indígenas la dignidad perdida, como tampoco le bastó ensalzar a Simón Rodrigues, quien proponía la desnudez en las aulas -el estado de inocencia original – para llevar adelante sus ideas educativas. No fue suficiente que Zamora encarnara las más prístinas virtudes revolucionarias, a pesar de la confesión de Guzmán Blanco en relación a las causas verdaderas de la Guerra Federal en el hecho de que “si ellos hubieran sido federales, nosotros hubiéramos sido centralistas”.
Ahora quiere revindicar a Cipriano Castro, tal vez por que el general era llamado “el cabito” tanto como a él lo llaman el teniente coronel.
Nadie puede negarle a Castro los reiterados triunfos militares que obtuvo sobre las tropas del Presidente Andrade, como tampoco puede negarse que, una vez en el gobierno, los ideales de la Revolución Liberal Restauradora que Castro lideraba junto a otros caudillos como Juan Vicente Gómez, Carlos Rancel, Emilio Fernández y Francisco Colmenares, olvidó sus principios y demostró una enorme incapacidad para manejar la crisis económica que sufría Venezuela a causa del desplome de los precios de los principales productos de nuestras exportaciones,
Mientras en el país crecía el descontento y aumentaba el número de conspiraciones políticas y alzamientos regionales de los caudillos, Cipriano Castro dilapidaba los escasos recursos en saraos, mujeres y alcohol. Demostraba tener poca intuición política al delegar en su amigo Juan Vicente Gómez la modernización del Ejército nacional y la derrota militar de los caudillos regionales; sin darse cuenta de que Juan Vicente incrementaba su prestigio personal entre la joven oficialidad profesional y todos los que veían en la paz la solución de uno de los mayores males de la época.
Tampoco demostraba Castro disposición a pagar a los países prestamistas la cuantiosa deuda en la que la república había incurrido a lo largo de los años.
Venezuela debía a Inglaterra, Francia, España, Alemania, Italia, Holanda, Estados Unidos y México.

Alemania e Inglaterra bloquean a Venezuela

La inestabilidad política del país, el enfrentamiento del gobierno con el caudillismo anticastrista y la disminución de los precios de las exportaciones agrícolas, obligan a Castro a suspender temporalmente el servicio de la deuda externa. Por otra parte, continúan las reclamaciones que las distintas potencias hacen como resultado de daños y perjuicios sufridos por extranjeros residentes en el país con motivo de las guerras. Estos problemas continúan siendo los mismos, pero la posición del país es distinta.
Las principales potencias exigen el pago inmediato de sus acreencias. Ante la negativa del gobierno a reconocer las reclamaciones y la suspensión de los pagos de la deuda, Alemania e Inglaterra resuelven bloquear las costas venezolanas, lo cual ocurre el 9 de diciembre de 1902. A esta iniciativa se une Italia el 12 de diciembre y, poco después, Francia, Holanda, Bélgica, Estados Unidos, España y México, presentan sus reclamaciones para que sean consideradas junto con las de los países agresores.

Los Estados Unidos y la Doctrina Monroe

Concebida el 2 de diciembre de 1823 por el Presidente James Monroe en relación a los principios que regirían la diplomacia de los Estados Unidos con el resto del mundo se rechazaba la intervención y colonización de los países americanos por cualquier potencia Europea. Esta doctrina consideraba que cualquier agresión a otro país americano sería considerada como una agresión a los Estados Unidos a la vez que se afirmaba que los Estados Unidos permanecerían neutrales a las acciones que las potencias europeas llevaran adelante en otra parte del mundo para defender sus intereses coloniales.
Después de la derrota de Napoleón Bonaparte por la Santa Alianza dos de sus miembros: :Francia y Rusia propusieron ayudar a España para recuperar sus dominios coloniales americanos. Inglaterra se oponía pues esto significaba abandonar toda la política construida en los últimos cien años, consistente en eliminar a Francia como competidora por el mercado americano y apoyar los movimientos políticos que disminuyeran el poder español en el continente americano. En consecuencia Inglaterra inició conversaciones con los Estados Unidos para reforzar la doctrina Monroe, e incluso, se discutió una declaración conjunta que no se concretó.
Originalmente la doctrina Monroe fue concebida como la declaración de una política anticolonialista pero a lo largo del tiempo fue interpretada de diversas maneras. Esta política anticolonialista apresuró el reconocimiento por el Gobierno de los Estados Unidos de la Independencia de las nuevas repúblicas creadas a expensas del imperio español en fecha tan temprana como 1822.
En 1895 Venezuela se vio favorecida por la existencia la doctrina Monroe. En efecto Venezuela venía planteando que el territorio Esequibo era parte de nuestro país y no una colonia británica. Inglaterra negaba cualquier posibilidad no digamos ya de negociar, sino de admitir la pretensión venezolana.
El presidente Grover Cleveland se basó en la doctrina Monroe cuando amenazó a Inglaterra con acciones de fuerza si se negaba a llevar a arbitraje internacional la posición venezolana. Finalmente nuestro caso fue llevado a arbitraje en el que si no ganamos, se logró el reconocimiento de nuestros derechos.
Consecuencia de la aplicación de la doctrina Monroe para nuestro caso, fue la primera enmienda de la doctrina. El Secreterio de Estado de Cleveland, Richard Onley, extendió su ámbito a las disputas fronterizas en Hispanoamérica y esto se conoce como la Interpretación Onley.

Cipriano Castro y su gabinete ministerial

El bloqueo

Entre 1901 y 1902 las negociaciones entre Venezuela y sus acreedores habían llegado a tal punto que estaban dispuestas a cobrar por la fuerza.
En 1902 una armada compuesta de buques de guerra británicos, alemanes e italianos ancla en costas venezolanas e inician las acciones bélicas cañoneando los viejos fuertes heredados de España.
El presidente de Venezuela, Cipriano Castro responde a la agresión mandando a cortar matas de cambur que pintadas de negro ocuparían en los baluartes venezolanos el puesto de la artillería. Además de este vano intento de confundir al enemigo, Cipriano Castro echó mano a su poderosa elocuencia en una proclama encabezada por este famoso texto:
“Venezolanos, la planta insolente del extranjero a hollado el suelo sagrado de la Patria” y continuaba convocando al país y sus facciones políticas a la unión.
La mediación de Estados Unidos logra que el conflicto termine con la firma de los Protocolos de Washington el 13 de febrero de 1903, mediante los cuales se acuerda la cancelación progresiva, por parte de Venezuela, de los compromisos pendientes. Durante estos meses el régimen maneja un discurso político de corte nacionalista enfrentado a las potencias extranjeras. Su eco se refleja en la Doctrina Drago, suscrita por el Canciller argentino, mediante la cual argumenta la ilegalidad del cobro violento de las deudas por parte de las potencias más importantes de la tierra en detrimento de la soberanía, estabilidad y dignidad de los Estados débiles. Posición que llevó a la segunda interpretación de doctrina Monroe mediante la cual el uso de la fuerza para el cobro de deudas quedaba excluido.
No entiendo cómo es que Chávez pretende rescribir este capítulo de la historia nacional pues para salvar a Don Cipriano debe caer en la defensa de los Estados Unidos sin cuya intervención estaríamos hablando inglés o alemán .

*Historiador y docente universitario venezolano (San Juan de los Morros, estado Guárico)

LA LLANERIDAD VENEZOLANA EN EL SIGLO XXI ENTRE ETNOCIDIOS Y ETNOGÉNESIS

Ponencia leída en el: X SIMPOSIO INTERNACIONAL DE HISTORIA DE LOS LLANOS COLOMBO-VENEZOLANOS Y I ENCUENTRO NACIONAL DE LA CULTURA LLANERA JOSÉ LEÓN TAPIA “Una Visión del Llano Total” 10 al 13 de Julio del 2008



Adolfo Rodríguez*

“Fue la rebelión de la llanura, la obra del indómito viento, de la tierra ilimite contra la innovación civilizadora” (R. Gallegos, 1977 (1929): 139)



I. MOTIVACIÓN

Con una diferencia apenas de dos meses dos columnistas del diario El Nacional de Caracas asumen negativamente la cultura llanera, sin que se produzca la esperada respuesta de un país que años antes se enorgullecía de su llaneridad. Uno es Eduardo Mayobre, para quien pocas diferencias observa entre llaneros, gauchos y cowboys, en lo menos aleccionador de sus respectivas heteroimágenes. Mientras que Gerardo Zavarce en la edición del 19-06-2008, del mismo diario, comentando el video “Guajibeando” de Juan Carlos Rodríguez, asume que con él “se rompe con el estereotipo del llano y los llaneros” (1). Dejando claro, por nuestra parte, que se trata de artículos de prensa, en los que los temas no se abordan con la indispensable profundidad. El mismo Zavarce habla de poner en evidencia lo “invisible del paisaje del llano”. La etnografía francesa, a su vez ha pasado su lente por esos contornos resaltando también “ese fulgor de sangre” de que habla Zavarce en lugar de “los rumores” que hicieron variar a Santos Luzardo los lentes “civilizatorios” con que esperaba redescubrir la tierra de sus ancestros (2). Aludo aquí a Jaulin (1974) para quien el llanero es intercambiable con genoetnocidio y a Clamen Thibaud (2006) con su carga de dudas acerca de la condición libertaria de los nativos de las huestes procedentes del llano.
También de estos primeros meses del año, por lo menos hay otros tres testimonios, que de una u otra manera, colocan la cuestión llanera en el eje del huracán:
La ponencia “Los llanos del Orinoco: viejas identidades, nuevas dinámicas(el caso de Venezuela)” del doctor Horacio Biord Castillo (IVIC-UCAB, 2008) advirtiendo cómo se llaneriza a Venezuela, mientras el llano es desllanerizado. Un curioso fenómeno, de indudables aristas perversas, si observamos que, usualmente, lo ofertado a Venezuela son baratijas culturales, mientras el llano es despojado de su patrimonio a cambio de las “candilejas” de una modernidad ilusoria. Quedando patria grande y patria chica, mutuamente trasquilados, creyendo que nos las hemos comido.
La novela de Teófilo Oropeza Bye-bye, Doña Bárbara Caracas (¿): Editorial Libros Marcados, (2008), que, como observa Herrera Marcano, “en cuanto a lo de la parte de odio de su relación con el llano, es peceptible que no es propiamente tal. Es más bien un reproche por no ser como él cree que debería ser y podría ser”.
Y como si fuera poco el Premio Anagrama de Ensayo del presente año (2008), recae en el estudio de Gustavo Guerrero Historia de un encargo, alusivo al proceso que origina la novela La Catira de Camilo José Cela. Autores ambos, uno en 1954, otro en 2008, que, involuntariamente, ponen al llano y los llaneros en la órbita de un debate internacional sobre hispanidad. Aquella vez para servir de pegamento entre dos dictaduras y la segunda para advertir acerca de un puente que no fue satisfactoriamente demolido. Quizá ahora tampoco en que, con intenciones exorcistas, se reconstruye el deplorable affaire, acudiendo a simpar metódica, copiosa información y virtuosidad crítica y literaria. El trabajo desmitificatorio resulta exitoso, aunque discutible en lo que se refiere a “la secreta ecuación histórica a tres términos en la que se funden y se confunden venezolanidad, llaneridad y cesarismo, que a su entender hierve, “por encima o por debajo de la trama de La Catira como ficción nacional y alegoría política”.
Guerrero se manifiesta intrigado de que Venezuela siendo “un país con una geografía muy variada…. se representa a sí misma tradicionalmente como llanera”.
No repara Guerrero en sugerir la necesidad de una conceptualización de venezolanidad y llaneridad, como expresiones de alteridad sociocultural, quedando restringido al estereotipo belicista propuesto por Vallenilla Lanz en la época de Gómez y retomado bajo la dictadura de Pérez Jiménez (3).

NOTAS

(1) Sobre un tratamiento del tema de las guajibeadas, sin poner en tela de juicio la identidad llanera, véase La Rubiera de Eduardo Mantilla Trejo, ediciones El Guarracuco Blanco, Bogotá, 1984 y Las Guajibiadas De Silvia Aponte, 1983.
(2) R.T. Caldera (1980) en un denso ensayo centrado en la cuestión de la identidad, advierte "La Respuesta de Gallegos" (titulo de dicho estudio) como "una transición de la irrealidad a la realidad a través de su paso del soñar al hacer y de la proyección de un yo ficticio al conocimiento propio fundado en la experiencia". Gallegos se sirve, en dicho cuento, de la metáfora relativa al silencio nocturno en que la realidad emerge a través de "los rumores de la noche". Y que retoma en Doña Bárbara cuando el protagonista civilizador decide quedarse en el Llano y échase a dormir "sereno el espíritu, lleno de confianza en si mismo”, "la emoción apaciguante del paisaje natal... los nombres familiares" (p. 37).
"Y entretanto, afuera los rumores de la llanura arrullándole el sueño, como en los claros días de la infancia: el rasgueo del cuatro en el caney de los peones, los rebuznos de los burros, que venían buscando el calor de las humaredas, los mugidos del ganado en los corrales, el croar de los sapos en las charcas de los contornos, la sinfonía persistente de los grillos sabaneros, y aquel silencio hondo, de soledades infinitas, de llano dormido bajo la luna, que era también cosa que se oía mas allá de todos aquellos rumores".
El resto del relato puede interpretarse como una progresiva comunión con estos rumores tal como ocurre a uno de sus personajes de la novela "Sobre la misma tierra" al encontrarse ä sí misma en uno de los sentimientos fundamentales de su raza: la compenetración con la Naturaleza”. Que en "Doña Bárbara" se pone de manifiesto en ese capítulo de intención ambivalente -"La Rebelión de la Sabana"- suficiente para el sometimiento a aquella resignificación que resume uno de los personajes al proclamar que al Llano como "la tierra de Dios". La identidad como un descubrimiento de la índole sagrado del lugar de origen, que legitima, a su vez el retorno de las cosas "al lugar de donde salieron" (p. 172)
3) Véase el estudio “Doña Bárbara y La Catira”: caminos paralelos, horizontes opuestos” de Adolfo Rodríguez (2008)

II. DESLINDE POR EL LENGUAJE

Para dilucidar un poco este enredijo en el que voy andando, acerca de lo condenable y rescatable llanero, acudo al lenguaje: no es lo mismo llaneridad (1) que llanerocentrismo. Aquel como mitopoiesis o ethos de un pueblo, mientras el otro como petrificación para fines dominadores, ya sea por vergüenza o arrogancia.
Considero la llaneridad como un legítimo metabolismo exosomático, emergiendo no sólo desde la tierra (“mi verso viene del llano” clama Sánchez Olivo) sino de los más ancestrales fondos culturales que fueron una vez uno con ella (“piel de monte” dice Silvia Aponte para decir de la suya). Llaneridad es continuidad, no ruptura, reelaboración, no implantación, neoetnicidad, no trasplante. Esa humanidad nueva que aquí se forja sobre el caballo aclimatado ya en la llanura, o es indio o es hispano marginal o es afrodescendiente. Un mestizaje que se forja desde una praxis y no desde el hecho racial, desde la tierra y las culturas que metaboliza, encapsulando los cuerpos extraños, para reabsorberlos y preservar una índole territorial, en la razón primera y última de su fisonomía: la libertad. De allí la sabana abierta, donde el tránsito del hombre se hace por caminos que andan como dice Arvelo, sea por agua o por tierra. Y el caballo, la res, el arpa, la bandola, el canto, la copla, el bahareque, la silla de montar, tuvieron que reconocerse allí. No dominarán, si no que convivirán con la casa en piernas, el conuco, la curiara, el casabe, el maizal, la chicha, el tasajo, las ribazones, el chigüire, He allí por qué las cuadrillas del orden colonial se sorprenden que en rochelas, cumbes o patucos, estén indios misionados o no, junto a esclavos mansos o cimarrones con peones blancos o mestizos. Siendo que muchas veces el hato, sustraído del terror del amo, fue un ámbito para una mediación similar, a la que no pocas veces se adscribieron mayordomos y hasta “dueños”. Una cultura cimarrona que dio lugar a la palabra “recio” con toda la carga certificadora o no de calidad, que nunca excluye, si no que ofrece las condiciones requeridas para la propia reproducción y la de quien quisiese establecerse allí. Inter-ettnicidad, no etnocentrismo.
Una cultura del anti-poder, en cuanto que empeño fijador, excedentario como apunta Izard, sin más patria que los cascos de sus caballos, como observó este mismo autor, irreductible a nada que no fuese el cielo o su sombrero por encima de su testa.
Serán luego otras circunstancias las que desaten los enfrentamientos, las exterminadoras “entradas”, la reducción a poblado, ordenanzas de llano, etc.
Cuando aparezca el etnónimo en la escritura no será para denominar al dueño ni a sus intermediarios (los mayordomos) si no para referirse a quien desempeña el trabajo en el hato o en los arreos. Un ejercicio aprendido en aquellas llanuras, sobre aquellos caballos indómitos, ante aquellas manadas cerriles. Y es por eso que sugiero tener mucho cuidado cuando se trate de hablar de trabajo de llano y trabajo de hato, no porque hubiera conciencia en tal diferencia (a menos que sí la hubiera) sino porque probablemente permite distinguir entre llaneros propiamente dichos, así como entre peones llaneros y criadores llaneros. Cuando arrecian los conflictos inter-clasistas, aquellos harán uso de su irresistible llaneridad (Toros libres, potros sueltos /que corréis a vuestro antojo; / me enseñasteis lo que es la vida / libre, ancha, sin enojo) mientras que otros se harán instrumento del poder para oprimir y explotar, a veces en nombre de ese etnónimo, prestigiado ya. Fue así como fraguaron los modelos de liderazgo. Unos para la libertad como el de cabezuela que ostenta Antonio Sánchez por proteger indios, frente a otros modelos como el de jefe de cuadrillas, caporal o capataz, para fines personalistas o de dominio.

NOTAS

(1) Llaneridad para Reyes, S. (2006) es intercambiable con lo que Clifford Geertz llama “ethos”: “la actitud subyacente que un pueblo tiene ante sí mismo y ante el mundo que la vida refleja”. Mientras que para Crespo, L. A. (2004), es “la compostura, el habla y la imaginación, el apero y la encordadura (que) se niegan a que los estrechen los nacionalismos, son la llanura en sí, la emparejada llaneridad”, a modo de clamor ante las fronteras (pp. 159-160) (3).

II. RELICTUS ÉTNICO

“...la barbarie tiene sus encantos, es algo hermoso que vale la pena vivirlo, es la plenitud del hombre rebelde a toda limitación” (Rómulo Gallegos, 1977 (1929):164)
La asunción de la etnicidad como programa, ideología o doctrina frente al proyecto de “los otros”, es decir; como conjunto teórico consciente y orgánico, presumo que arranca con el poema “La Silva Criolla” de Francisco Lazo Martí publicada por primera vez en 1901 en “El Cojo Ilustrado”. La mencionada obra está elaborada a la manera de un vasto mural en el que al mismo tiempo que se visualiza la especificidad ecosistémica y cultural, se formulan votos a favor del hecho étnico regional y se denuncian las amenazas contra la estabilidad intrínseca a la dinámica sociocultural.
Inicia con una convocatoria (“Invitación”) para que el convocado abandone la zona montañosa o, mejor dicho, la gran ciudad: “Ven de nuevo a tus pampas / abandona / el brumoso horizonte / que de apiñadas cumbres se corona...”
Y como explicando la llamada: “Ah de las cumbres, baja la nieve a entumecer las almas: / las almas que han soñado en el desierto / a la rebelde sombra de las palmas / y bajo el cielo azul, claro y abierto”.
Lo que hay que abandonar forma parte de los valores específicos de la dominación: “los festines”, no la fiestas; “los afanes de la corte” que conducen a la humillación, “la falaz visión de pórticos y plintos” atrae / y deslumbra la virtud sucumbe (Lazo Martí. F., 1989: 159-163).
Seguidamente, en 1903 aparece la primera recopilación de coplas del Llano: Cantas llaneras de González Bona, y dos años después, la primera obra orgánica acerca del llano: El Llanero de Víctor M. Ovalles.
Ante la campante extinción, la etnia, a nuestro parecer, genera respuestas alternativas para sobrevivir y auto-reproducirse. Dalton (1966) percibe hacia 1912, rastros de lo que fue ese antiguo modo de vida: “Los peones pasan gran parte del tiempo holgazaneando, charlando, fumando y tocando guitarra o maracas. De cuando en cuando, sin embargo, se ve mucho ajetreo y actividad… En muchos casos prevalece la más absoluta inactividad y negligencia; el ganado se desplaza como mejor le parece, y los seres humanos se contentan con llevar una vida miserable antes que afanarse por mejorarla” (p., 204).
Un año después, Manuel Díaz Rodríguez (1968) registra el predominio de la nota llanera en la poesía que se está publicando, acrecentada en 1914 con el estreno de la zarzuela venezolana Alma llanera.
“Las incursiones de EAC (Arévalo) y de MA (Azuaje) habían puesto en evidencia que los llaneros seguían siendo invencibles en su territorio…” observa Izard (1986:62). Refiriendo Sánchez Olivo, con respecto al combate del 20 de mayo de 1922 en Guasdualito, que ningún campesino delató la revolución “según era de revolucionario el pueblo de Apure” (Olivares, 1987:25).
En 1926 es el concurso sobre “El gaucho y el llanero”, que gana Alfredo Arvelo en Poesía y destina el monto para un monumento a Lazo Martí, en un gesto pro-étnico, que promueve, a su vez, la solidaridad de varios intelectuales residenciados en Caracas: “todos ustedes son llaneros, en mayor o en menos grado”, les comunica.
Añadiendo que, por nacimiento o modo de ser, “Pedro Emilio Coll es algo más que llanero: es llano, mismamente llano, con su amplia y luminosa cabeza por donde corren como libres potros, los ágiles pensamientos, mientras revuelan con limpio velo de garza, las donosas y sutiles imágenes” (Angulo Arvelo, 1985:287).
Carta en que Arvelo discute la presunta afirmación de Rafael Cabrera Malo de que “el llanero no existe porque lo mató el alambre de púas, como si en las sabanas circundadas de púas de alambres se enlazara novillas en automóvil, y la doma de potros cerriles hiciese por medio de ondas hertzianas, y la castra de los toros la practicaran colegas, émulos quirúrgicos de Córdoba y Fermín Díaz…” (Ibídem: 285).
El renglón el prosa lo gana L. M. Urbaneja Achelpohl, para quien “el alma llanera….se revela en toda su integridad, en un afán de conquista, en una ansia de espacio y de vida” (1973:317).
En 1929. cuando José Rafael Rodríguez Viso, demanda preservar valores a modo de ejes reguladores o centros de gravedad de la cultura regional, aparece Doña Bárbara que con Cantaclaro” (1934), configuran las dos grandes sagas del Llano, aunque su autor Rómulo Gallegos – excelente escritor caraqueño, no dominaba a saciedad todo el universo que estaba epopeyizando.
Y como contemporáneo, quizá, a dichas novelas la larga crónica El Diario de un Llanero de Antonio José Torrealba, el principal informante que Gallegos entrevista en su viaje al Cajón del Arauca en 1927. Su objeto es algo así como historiar el proceso vivido por la etnia desde el instante en que la declinación parece inevitable desde 1898 aproximadamente hasta los años cuarenta del presente siglo. No es posible determinar cuando fue iniciada es escritura, pero tiene sabor de vasto mural de vida llanera, así como de registro amoroso, resistencia y persistencia.
La obra de A. J. Torrealba (1986) parece proponerse la formulación de una cartilla regional reveladora de lo que podríamos denominar una auténtica ética llanera. Allí condena ciertos vicios como el alcoholismo (T. III, 163; I, 407), pero también hacia un imperativo expresado en una orientación hacia la vergüenza propia, que es el orgullo del ser regional, a manera de coraza contra toda dependencia y humillación (Torrealba, II, 68; Pocaterra, 1961:272).
Reproduce Torrealba las palabras que un personaje de la ciudad emite acerca de los llaneros: “esta gente, la moral la tienen desde que nacen, tienen más educación moral que lo pobladores de las grandes ciudades…” (T. V, 264).
Y paralelo, también, el más importante reportaje escrito en Venezuela sobre el trabajo de hato y la suerte de la ganadería apureña aproximadamente en el mismo lapso antes mencionado: la obra Por los Llanos de Apure de Fernando Calzadilla Valdés publicada por primea vez en 1942, y expresiva de una necesidad étnica-regional de mostrar sus virtudes en una época de crisis.
Calzadilla Valdés (1948) cuya preocupación por los asuntos del llano es anterior a 1898 (Cabrera Malo lo refiere en su novela Mimi), y es de los que se entusiasma con la llegada de los ingleses al Llano y la venta de hatos a éstos, revelaba en 1941, o antes, su desencanto al respecto, porque “manejar hatos no es asunto de compañías anónimas, ni de inteligencias, ni de expertos contabilistas”. Recusación para afirmar conterráneos versados en la brega, sin flojera, superiores a los peones en inteligencia y disposición igualándolos cuando menos en “destreza y resistencia…” (p., 160).
En los años treinta se estrena en Caracas la obra El Puntal, título alusivo al joven que por sus dotes para el trabajo de llano, es comparado con el eje de una casa. En l texto se alude el interés capitalino por lo regional llanero, hecho que pudimos evidenciar con un ligero examen de la prensa de la época: “ahora todo el mundo en Caracas habla del Llano”...
Década en que Ovalles publica sus opúsculos Llaneros auténticos (1933). Un Andaluz del Llano-Alto (1937), y La Jira de un farmacéutico (1942).
El período democratizador iniciado en 1936 con Emilio Arévalo Cedeño en la gobernación del Guárico y Gallegos en el Ministerio de Instrucción Pública, señala una fase para el Llano que no es de recuperación, si no de mayores riesgos para la estabilidad étnica, porque quienes habían sido sus defensores bajo la dictadura, y proseguían proclamando cierta identidad con la etnia, ponen en práctica políticas y estrategias que contradicen tales pronunciamiento, porque promueven la escolaridad, el uso de camiones para trasladar ganado y molinos para el agua, en tanto que Gallegos propugna la tesis civilizadora de Santos Luzardo, asumida por todos los partidos políticos llamados modernos, uno de los cuales – Acción Democrática – proclamará las banderas de la tradición, sin arrear las de la modernización, inscribiéndose en los planteamientos inspirados en la concepción evolucionista decimonónica.
José Rafael Pocaterra en conferencia de 1939 en San Juan de los Morros, convoca a la recuperación del ethos regional (Revista Pecuaria, Caracas, 8 y 9 de mayo y junio de 1939, pp., 29-32).
Expertos hubo que también se alarmaron ante los cambios que se estaban introduciendo y señalaron remedios, como el médico veterinario Paulo Emilio Llamozas, de formación uruguaya:
Llama la atención en 1939 a fin de que las soluciones para “Nuestro Llano y su Problema Pecuario” surgiesen “de la cuidadosa observación de nuestro sistema de crianza y explotaciones pecuarias”, procurando desechar cuanto “sea inadecuado a nuestro sistema pastoril o que demande enormes erogaciones”. Así que estima desconocimiento del Llano y su llanero, la amenaza de aplicarle “la fórmula del alambre, agua, tractores, pastos artificiales de una sola vez para todo el campo”. Y recomienda el mantenimiento de los potreros como se estaban usando en los hatos, pero casi el resto de propuestas son innovaciones que pronto se impondrán.
De 1941 es la primera versión de Florentino y El Diablo de Arvelo Torrealba, un texto que, con el resto de la obra poética de este autor barinés, no cesa de generar entusiasmo a músicos, ensayistas, cineastas. intérpretes vocales y hasta políticos.
El llano parece desatado, en numerosas manifestaciones literarias: ensayos, poesías, cuentos, novelas, traducciones, estudios folklóricos y relatos históricos, cada vez más creciente, que cuenta entre otros valiosos autores, los nombres de la talla nacional de José Rafael Pocaterra. L .M. Urbaneja Achelpohl, Diego Córdoba, Andrés Eloy Blanco, M. Figuera Montes de Oca, Leonte Olivo, Francisco Izquierdo, Juan Iturbe, Antonio Arraíz, Miguel Lorenzo Ron Pedrique, José Machado, Sergio Medina, Trino Celis Ríos, José Salazar Domínguez, Carlos M. Laya, Cunninghame Graham, Juan Penzini Hernández, Rafael Carreño Rodríguez, Manuel Mirabal Ponce, Aquiles Nazoa, Pedro Sotillo, Rodolfo Moleiro, José Tadeo Arreaza Calatrava, Téofilo Trujillo, Miguel Lorenzo Muñoz, Manuel E. Beroes, Ernesto Luís Rodríguez, Luis Barrios Cruz y muchos más, algunos nativos de la región, otros residenciados por propia voluntad en San Fernando de Apure, aproximadamente desde 1918, al parecer ansiosos de cierto sentido de patria que creían avistar en aquellos paisajes y hombres.
Texto sagrado de los llaneros, pronunciamiento ante al avasallamiento etnocida, puede catalogarse los poemas de Sánchez Olivo, recogidos en el poemario Por los rumbos del recuerdo (1978, 1975), con versos mayoritariamente escritos en la década del cincuenta, a manera de respuesta a la descomposición cultural como reforzadora de la política de “cemento armado”, Sánchez Olivo habló en nombre del llano y de los llaneros y como lo falsificado era, sobretodo, la autenticidad expresiva de la región. Expone así su “ars poética”:
“Mi verso viene del llano / y vuelve al llano: / de allá viene, hacia allá va, / por el rumbo del recuerdo. / Como me lo dio la tierra asimismo lo devuelvo / rudo, orgulloso, sencillo sin adornos forasteros” (p.37).
Prosiguiendo con el rechazo a “los moldes que han fabricado los técnicos”, “lo que es gramática,” qué cosa llaman metro”, (p., 37). Arremetiendo asimismo contra la música “disfrazá”, es decir “la otra falsificá” que “se los juro, por Dios santo, del llano no tienen ná” (pp., 105-106).
Territorialidad y correspondiente cultura: “Llanura de mi cariño / dentro del pecho te cargo; / tu me enseñaste a ser hombre / y me diste lo que valgo” (Ibídem: 113). Agregando líneas luego: “porque no soy letrado, / doy lo que me dio la tierra” (pp., 117).
Un modo de ser leal, agradecido, recíprocante, que caracteriza al llanero, como se desprende del único relato del libro (“La leyenda del carrao” (pp., 129-131). “para mi lo que vale / es ser del llano un buen hijo” (p., 43). La autenticidad que es aliada de la lealtad, y que en el caso de las etnias es expresión de una continuidad, cuya alteración puede ser fatal: “mi calidad no la cambio / ni por el oro más fino” (p., 43). Fatal para la etnia, cuya perennidad reside en la persistencia de la especificidad de su cultura y su espacio: “Ese Juan Bruno Espinosa, / José Natalio no ha muerto, / como no morirá tú / ni tampoco moriremos / los que llevamos metido / muy hondo a Apure por dentro / pues nuestra alma forma parte del llano inmenso (pp., 63-64). Añadiendo que “cuando se acaben los rumbos / y el horizonte… allá lejos…/ entonces José Natalio, / si es verdad que estamos muertos / aunque andemos caminando / muy vivos de carne y huesos (p., 65).

IV. ETNOGÉNESIS LLANERA EN LOS ÚLTIMOS SESENTA AÑOS

V. Rago refiere que durante la década de los 50”, la música “llanera”, cuya difusión nacional tenía cada vez más un creciente interés, tuvo como “único exponente” a Juan Vicente Torrealba:
“El rasgo definitorio de la música torrealbera-ofrecida como la “más pura bella de Venezuela” –era su simplicidad (sic) y su retocamiento...., con el fin de despojar las formas populares de las asperezas y de la rusticidad que la hacían difícilmente aceptable al gusto del público urbano, especialmente el de los estratos medios, mercado natural e inmediato del producto”. (1988: 26-27).
Un sesgo con equivalentes en lo que refiere también al baile, al vestuario y el código lingüístico, para descargar a los miembros reales o potenciales de la etnia de tales “energías” con que se preserva o recupera la etnicidad.
Que bajo circunstancia dictatoriales (1948-1958), representa un aporte al cuerpo doctrinal requerido por la abrupta modernización impuesta en el campo de la construcción y del transporte automotriz.
La respuesta no se hizo esperar, y refiere Rago que “aproximadamente a partir del decenio de los 60, el llano comienza a mostrar un rostro distinto, a través de músicos y poetas populares que en número creciente son acogidos por las casas grabadoras, las viejas figuras llaneras postergadas…. resurgente ahora al lado de nuevos representantes, correlativamente la música “llanera” oficial abandona el escenario y termina por refugiarse en el dudoso asilo que le ofrecen los valores y fórmulas al uso, susceptibles de brindar un aura de cultismo y distinción.” (IBIDEM: 27).
Sin que olvidemos que la reacción llanera anti-perezjimenista comienza bajo la égida del mismo Torrealba, en sus grabaciones con Ángel Custodio Loyola, que capitaliza el fervor regional de manera aglutinante, hasta el punto de que en torno a sus interpretaciones (“San Rafael”, “María Laya”, Tierra Negra”, La Catira”, etc.) se irá tejiendo toda una confabulación de adhesiones y simpatías, que desembocan en la misma Universidad y en todos y cada uno de los sitios donde se ejerce una clandestinidad esperanzadora.
Días, en que por Colombia, Ramírez Argüelles (2002) analizando el Llano, sugiere “vigorizar las artes de la llanería, el código ético y económico vernáculos. Para que el nuevo desarrollo, no sea un monstruoso engendro de superposiciones técnicas” [1]
Sumándose, a tal empeño vigorizador, la producción literaria de José Antonio De Armas Chitty que publica en 1949 Zaraza; biografía de un pueblo” y en 1961 Tucupido, que representan los más antiguos esfuerzos por levantar un hábeas completo acerca de los modos de la vida de comunidades llaneras. Sin descuidar la especificidad regional. Su afán, empañado ligeramente por su identificación con los ganaderos y cierto evolucionismo progresista, no deja de aproximarse a la necesidad de que la asimilación de lo extraño o “nuevos” se realice “afianzado en las raíces” (1979b: 21). JADCH es autor de una veintena de obras casi todas vinculadas con el Llano.
La prolongada popularización del empeño modernizador cristaliza en la intelectualidad venezolana, como un hecho natural, suficiente como para que muchos de los escritores identificados con la etnia llanera, desplieguen banderas contradictorias, paralelas o híbridas al respecto, pudiendo decirse, entre otros, del mismo Gallegos, de Andrés Blanco y hasta del apureño J.C. Sánchez Olivo, no obstante la gestión de éste, desde los años cincuenta hasta 1988, en que fallece, como abanderado de una inquietud nacional por el derecho de los llaneros a la supervivencia y la diferencialidad.
El escamoteo de las identidades étnicas que en el continente americano tiene sus más remoto antecedentes en el proceso del llamado “descubrimiento”, en lo que se refiere a la neoetnia llanera ofrece, en los años cincuenta del siglo XX, una nueva fase desidentificadora expresada en la creciente falsificación de las “energías étnicas”, que en 1929 convocaba J. R. Viso Rodríguez a fin de que hiciese “bullir en las venas la sangre con la potencialidad de la savia en el renuevo” (“El Joropo se va”, en Letras, San Fernando de Apure, XVII (720), 10-VIII-1929).
Caso elocuente lo representa la obra de José León Tapia, médico barinés, historiador por afición, que sirviéndose del testimonio oral genera una vasta producción “épica” acerca de acontecimientos que alcanzan aproximadamente los últimos cien años del Llano, con un afán tesonero de concebir “canciones de gesta” parcialmente ciertas, parcialmente ideadas en el marco de una voluntad poetizadora que imprime una fuerza mítica indispensable al mantenimiento de la etnicidad, y su reabsorción por los “autores” anónimos de dichas obras y su vasta audiencia. Demás está decir que en tales “cantos” se percibe toda la carga contestataria dimanada de unos actores que han venido siendo objeto del despojo de todo el sistema de signos fundamentadores de su ser: tierras, relaciones, códigos; “novelas historiadas” que constituyen en sí mismas actos de recuperación, a través de la codificación lingüística local, los referentes históricos, geográficos y patronímicos, los saberes y las capacidades, la especificidad ecosistémica, coherentemente entrelazada como muro de contención al empeño desetnizador.
Se trata, la obra de Tapia, de toda una cosmogonía de la etnicidad regional.
Feliciano Acevedo, médico guayanés, es autor de Cincorreales, una novela sobre lo llanero, que para el autor “vive todavía puro en muchas partes de nuestro gran llano, y ojalá no le perdamos como hombre, con conciencia, con leyenda” (1985: 20).
Igor Barreto que en 1989, se sustrae de su condición de poeta urbano para escribir y publicar Crónicas llanas, asume como claves el “paisaje-agua y el viaje del ser hacia esa geografía del origen. Viaje que es destino eterno del llanero”. Otros dos escritores apureños: Manuel Bermúdez y Edgar Colmenares, con significativa producción en el estudio del país nacional a través de investigaciones en los campos de la semiología y la lexicografía, han orientado también sus inquietudes hacia la comprensión del hecho regional llanero. El poeta Enrique Mújica en su primera novela Acento de Cabalgadura (1989) ofrece un mosaico de historias acerca de una porción del llano, desde uno de sus habitantes, bajo el tiempo crucial diagnosticado como cierre de esa querencia cultural.
El País Ausente (2005) de Luis Alberto Crespo, recoge sus artículos en el diario El Nacional, casi todos volcados a una irremediable identificación con el llano, que ocupa casi cien páginas de las 565 dedicadas a tomar el pulso a Venezuela. Subtitula “esa región como nosotros” la sección llanera, con la que ha deambulado ya a través de reportajes y poemas: Si el verano es dilatado, Novenario, Rayas de lagartija, Costumbre de sequía, Resolana, Entreabierto, señores de la distancia, Medicina o nunca, Sentimentales, Como una orilla, Más Afuera, Duro, Solamente, La íntima Desmesura.
Cinco jóvenes poetas llaneros y un promotor cultural son los ejecutores de la gestión más productiva, desde el Guárico, a favor de la difusión de la historia, la poesía y la narrativa regional
Arturo Álvarez D´Ármas, autor del poemario “Plantado en Tierra Llana” y bibliógrafo de la llaneridad desde 1980, aproximadamente, ha izado dos banderas exitosas y campantes: el programa de publicaciones Viento del Sur Editores y los Encuentros de Poesía.
Jeroh Montilla, autor con Tibisay Vargas de una preciosa antología titulada Pasollano, administra los bloggs Historiografías y Tierra Llana, cartelera que ha dado a conocer la obra de Mujica, Adhely Rivero, Alí Pérez, Alberto Pérez, Eugenio Montejo, Ángel Eduardo Acevedo, Tibisay Vargas y otros.
Edgardo Malaspina, poeta, ensayista y cronista, lleva casi cuarenta títulos de su fecunda A. C. Editorial Guárico.
Argenis Ranuárez es artífice de hojas semanales que dan cuenta de la inagotable cantera de creadores regionales.
Rubén Páez, desde la fortaleza en que ha devenido el Ateneo de Calabozo, con sus acercamientos, presencias y difusiones de los ganadores de los concursos de poesía y ensayo, que llevan los nombres de Lazo Martí y Daniel Mendoza, las dos columnas de Hércules de la llaneridad regional.
Salvador Lara, poeta y cuentista de los campos, quien, con pasión carbonera coordina los programas oficiales sobre literatura regional.
Del 2007 son dos de las entregas de la Fundación Editorial El Perro y La Rana del Ministerio Popular para la Cultura: La poesía popular de los llanos de Germán Pinto Saavedra y Leer Llano de Leonardo Ruiz
Ave solitaria, trotacalles e incesante, es la del poeta y pintor de la llanura Felipe Rodríguez.
Mientras que en Aragua, el suplemento Contenido Literario del poeta Alberto Hernández, semanalmente agasaja con densos y deslumbrantes ensayos de este y otros colaboradores, a quienes más atención les merece ese sur plano que e plácido valle que habitan.
En el área de la ciencia, con su centro de operaciones en las universidades, también se localizan importantes estudios referidos, más o menos, a la cultura llanera. A saber.
1) Por cincuenta años Francisco Tamayo, lo recorre y reporta en estupendos estudios. Tanto como Mauricio Ramia y otros. Los enfoques “marxistas” aportan indudables luces en lo que se refiere al conflicto que sufren dichos modelos societarios sometidos a situación de acorralamiento económico y social. Entre éstos: El Hato venezolano de Gastón Carballo (1985) y Formación del latifundio ganadero en los llanos de Apure de Adelina Rodríguez Mirabal (1986). Otra es la orientación, más bien rastreadora y tesonera que cumple Virgilio Tosta, para dar cuenta de lo que significa Barinas como vastedad imperial. Pudiendo ubicarse dentro de un espectro de pasión geográfica los estudios que adelanta Pedro Cunill Grau.
2) Los estudios etnolingüísticos, inscritos en cierto modo en el diferencialismo cultural: Nydia Ruiz y Víctor Rago, iniciadores de lo que podríamos considerar un esfuerzo investigativo permanente de la etnia, por cuanto su interés es extensivo a la totalidad regional, orientados por la semántica analítica aportada por una línea de trabajo propuesta por el tutor de la tesis, profesor B. Pottier. En su trabajo referido a “Cuestiones de métrica en la poesía popular llanera venezolana : la medida versal” (1988), Rago observa lo que es un convencimiento que lo guía, de manera “irremediable”, en la tarea de profundizar científicamente lo llanero: “más allá de las vibraciones debida a la fuerza de su propio dinamismo, la configuración etnocultural llanera se sobrevive a si misma, esforzándose por alcanzar un sentido de continuidad que, dentro de la necesidad del cambio, preserva como trama flexible un juego de referencias válida para la sucesión de las generaciones”. Renglón en el que caben, las investigaciones etnolingüísticas de Edgar Colmenares Del Valle.
3) Un tercer lugar lo representan los estudios etnohistóricos, que tienen en el profesor Miguel Izard, del Departamento de Geografía e Historia de la Universidad de Barcelona, España, un conspicuo intelectual de la etnia, porque de manera sistemática desde 1981 genera trabajos de investigación documental, fundamentalmente en archivos, a objeto de demostrar la invasión de los Llanos por los ganaderos, con su secuela terrible de legislación y praxis represiva, y correspondientes respuestas, en un lapso de tiempo que se perpetúa hasta el presente.
Mientras que el ensayo de Luis Britto García El Llano constituye uno de esos hermosos frescos sobre la región, literarios más que históricos. Transcribimos este final esperanzador:
“ Un día, el llanero dejará la soga por el alicate, y el caballo por el vehículo de motor, y la sabana por la refinería de hidrocarburos, mudanza que constituiría mejora de no ser porque los primeros son eternos, y los segundo transitorios.
“Al andar por los llanos, no sabemos cuando saludamos por vez última cada gesto y cada escena. A menos que la infinita adaptabilidad y la paciente sabiduría del hombre de la sabana encuentren también cómo sobreponerse a esta nueva prueba, la vida del llanero, tal como la hemos visto aquí, se confundiría cada vez más con el recuerdo” (1986 : 76).
4) Caso especial el de Mariano Herrera con su tesis sobre el modelo educativo que debe regir para la perpetuación y la reproducción de la etnia, de acuerdo con sus expectativas de continuidad. Actualmente (2008) Herrrera dirige ensayos de formación en hatos de Apure.
Brito García (1986) habla acerca de “la infinita adaptabilidad y la paciente sabiduría del hombre de la sabana” que habrán de permitirle que se sobreponga a esta “nueva prueba” para que “no se confunda cada vez más con el recuerdo” (p. 76). Coincidiendo con planteamientos de Lanz (1981), Izard (1981), Herrera (1984), postula que “el modo de vida llanero constituye algo más que una manera de surtir carne y leche a las urbes cada vez más desproporcionadas: su tesón, su indomable orgullo, su invulnerabilidad a una naturaleza hostil y su respetuosa convivencia con ella, constituyen las bases de una forma de existir a la que el país deberá regresar alguna vez. Los desgastes que la transculturación creciente opera en esta vida; la atracción del circulante de las ciudades le arrancan al llano, con cada hombre, no un par de brazos, si no siglos y acaso milenios de decantada cultura que el hacinamiento y el transistor disiparán irremediablemente”
Tanto Brito como Herrera manifiestan el cuidado que cumple observar cuando se reemplaza un saber y un hacer forjado con paciencia y originalidad: “La formación de un tipo humano como el llanero no puede ser suplida con cursos de capacitación o sustituida con tecnologías dependientes: es el resultado de un intenso y centenario proceso de tradición y de transmisión oral de valores, actitudes y aptitudes”. Clamando a su vez por procesos de extracción minera que pueden “acelerar o llevar a niveles críticos el proceso de erosión que la cultura del petróleo ha emprendido en otros ámbitos rurales”.
Inquietud que, aproximadamente, desde comienzos de la década de los años ochenta, ha estado ofreciendo una sólida demostración de continuidad y organización a través de jornadas de llaneridad, seminarios sobre el Llano y el Llanero, encuentros de cronistas y escritores, simposios de historia y centros de estudio auspiciados, entre otras instituciones por las universidades llaneras de Venezuela (Unellez y Unerg) y Colombia (Unillanos). Hasta el 2008 son casi una veintena los encuentros de cronistas e historiadores guariqueños y más de diez los simposios internacionales de historia de los llanos colombo-venezolanos. Destacan allí, entre otros los trabajos de Eduardo Mantilla Trejo, Alberto Baquero Nariño, Nelson Montiel, Yarisma Unda, Héctor Publio Pérez, Argenis Méndez. Una indetenible producción de estudios, poemas, ensayos, narraciones, referidos a la región. Sin mencionar las áreas ambientales de administración especial ubicadas en el Llano, estaciones biológicas y experimentales, el boom del ecoturismo local, la proliferación de espacios para la celebración del coleo y el canto llanero, la discografía, etc.
“Un fenómeno de creciente proporciones, aunque de poca visibilidad social”, que para Biord (2008), “en una época signada por la globalización… constituyen evidencia insoslayable de la emergencia o re-emergencia de la identidad llanera como expresión de la tendencia estructuralmente opuesta: la particularización”. Estimando “demasiado temprano para calificar estos fenómenos como procesos de etnogénesis” (2).
Otros como Chacón Pérez, R. (2004) hablan de “una revancha del antiguo llano animista”, refiriéndose a un “inesperado insight” que experimenta y le hace recuperar recuerdos de su infancia.
Fui testigo excepcional y adolorido de uno de los más intensos instantes de esta hora de creciente descivilización del llano, cuando José León Tapia, desde su tribuna en la ciudad de Arauca, en lo que parece haber sido su testamento étnico, manifestaba estar como oteando unos derroteros perdidos y, horas más tarde, pude presenciar como se alborozaba entre una audiencia entusiasta, que lo oía referir historias tras historias, entre el mágico contento, que aquellos mundos le deparaban.
“Las credenciales irreversibles de origen” invocadas por A. E. Acevedo (2004).

Notas

[1] Ramírez Argüelles. “El Llano y su presente: Descripción y Análisis del Llano en 1954, en Caribare 12 de octubre, noviembre de2002, pp., 217-227
(2) Hidalgo V., A. (2004), a partir de los postulados de la antropología relacionista, define lo étnico como alteridad: “capacidad…de conceptuarse a sí mismos y de ser conceptuados desde el exterior como heterogéneos culturalmente” Agregando: “sentirse diferentes y de ser reconocidos como grupos diferentes por la sociedad mayor”. Explicando la etnogénesuis como “emergencia o reemergencia de procesos de reetnificación”

V. REPUNTES DE ETNOCIDIO EN EL SIGLO XXI

En 2002 Fudena, enumera entre las principales amenazas ambientales que pesan sobre el llano: la tala indiscriminada de bosques para abrir paso a un estilo de desarrollo agrícola y/o ganadero inadecuado, al contaminar los ríos con fertilizantes, pesticidas y otros agroquímicos. Así como la actividad petrolera ambientalmente irresponsable, las aguas residuales procedentes de las ciudades y de los pueblos, el represamiento inadecuado de los ríos, la pesca descontrolada y la caza ilegal, que ha puesto en peligro muchas de las especies presentes en la ecorregión, entre otras la tortuga arrau, el cardenalito, el cuspón, el caimán del Orinoco, el perro de agua y el manatí. Para lo cual han sido decretadas desde 1950 once áreas bajo régimen de administración especial en los Llanos (Fudena protege la biodiversidad de los Llanos, en El Nacional 25.de mayo de 2002)
El profesor Horacio Biord Castillo, en conferencia dictada en abril del 2008, en el IVIC, comenta lo que considera “la llanerización de Venezuela y la desllanerización del llano”, como las dos caras de una misma moneda, con circulación de tal manera compulsiva, que sólo cuenta con la resistencia de lo que ese mismo catedrático denomina “etnogénesis”, como aquella actuación de los sectores empeñados en mantener la mencionada especificidad.
“La llanerización de la cultura venezolana causó también la des-llanerización del llanero. Al generalizarse lo llanero como atributo esencial y constituyente fundamental de lo venezolano, lo llanero real fue vaciándose de contenidos. Si todos los venezolanos eran, de cierta manera, llaneros la medida de la especificidad llanera, sus indicadores principales, tenían que ser también muy amplios para que pudieran calzar con “tipos” y “grupos regionales” muy diversos”. Agregando que “El llanero imaginado (es decir el llanero como construcción, como mitema, como elemento ideológico) arropó al llanero real, le restó visibilidad, y lo fue sustituyendo progresivamente en la conciencia social venezolana”.
Una dialéctica perversa, que cumple a nivel de todo el país una función desetnizadora. En su interesante disertación, Biord hace referencia a hechos que han influido en la dinámica etnocida a nivel regional como nuevas actividades económicas (explotación petrolera, capitalismo del campo, etc.), inseguridad. Procede un levantamiento de los numerosos hechos que inciden en esa pérdida patrimonial y las alternativas para acciones de continuidad, recuperación o reordenamiento cultural. .

BIBLIOGRAFÍA Y HEMEROGRAFÍA BÁSICA CONSULTADA

ARVELO TORREALBA, Alberto. Antología poética con la segunda versión de Florentino y El Diablo. Caracas: Monte Ávila Editores, 2004 (Selección y prólogo de Ángel Eduardo Acevedo).
BIORD, Horacio. Los Llanos del Orinoco: viejas identidades, nuevas dinámicas (el caso de Venezuela). Caracas: Centro de Antropología “José María Cruxent” del IVIC- UCAB, 2008 (versión mimeografiada).
BRITO GARCÍA, Luis. El Llano. Caracas: Fundación Polar, 1988.
CALDERA, Rafael Tomás. La Respuesta de Gallegos. – Caracas : Academia Nacional de la Historia, 1980.
CALZADILLA VALDÉS, F. Por los Llanos de Apure. Caracas, Ediciones
del Ministerio de Educación Nacional, 1948.
CRESPO, Luis Alberto. El país ausente. Barcelona (Venezuela): Fondo Editorial del Caribe, 2004.
HERRERA, Mariano. Le Savoir, La Culture et l’ educatif Les Llaneros de Venezuela, Tesis doctoral (mimeo). París, Université de París VIII 1984.
HIDALGO VALLEJO, Andrea. Etnogénesis Aymara. Los procesos de reetnificación y los cambios en las expectativas sobre educación y movilidad social en las comunidades aymaras de Arica y Parinacota (Chile (1980-200). En http// www cybertesis. Cl / tesis / uchile / 2004 / hidalgo…
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________________ “Sin domicilio fijo, senda segura ni destino conocido, Los Llaneros de Apure a finales del período colonial”, en Boletín Americanista, Nº 33, 1983., pp. 13-84.
________________ Orejanos, Cimarrones y Arrochelados, Barcelona (España), Sendai Ediciones, 1988.
JAULIN, R. La Paz Blanca. Buenos Aires: Editorial Tiempo Contemporáneo, 1973.
MAYOBRE, Eduardo. Vaqueros, guauchos y llaneros, El Nacional, marzo 2008.
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RAGO, Víctor. Cuestiones de Métrica en la Poesía Popular Llanera Venezolana: La Medida Versal (Trabajo de Ascenso). Caracas: UCV, 1988.
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RODRÍGUEZ, Adolfo. El Hato Llanero, San Juan de los Morros, 2008 (Estudio inédito).
_________________ El Oído en el Llano: El Daimon de Gallegos. Barinas: Fundación Cultural Barinas, 1985.
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*Historiador, poeta y docente venezolano (San Juan de los Morros, estado Guárico)
Fotografía de Arturo Alvarez D'Armas (Sabana apureña cerca del río Arauca, 24 de julio 2007)

miércoles, 10 de septiembre de 2008

EMAILS SOBRE EL GENERAL JUDAS TADEO PIÑANGO (4)

Jose Alberto Piñango Monterrey a usuario 09-sep (1 día antes)
Buenas tardes Jeroh, desconozco totalmente el tema del General Flegel.
Anexo alguas cosillas que tengo por aquí relativas al General Judas Tadeo Piñango, a ver si son útiles para alguna investigación:
- Copia del documento en el que Simón Bolívar ascendió a Judas Tadeo Piñango de Coronel a General. Solo tengo una fotocopia de mala calidad, pero que es legible.
- Copia del decreto en el que se dispone entregarle tierras y propiedades a los que lucharon en la independencia, como pago por sus servicios a la nación.
- Transcripción mecanografiada de documentos que reposan en el Registro Principal de Caracas. Se mecanografió porque en el momento de la consulta (hace una chorrera de años), no existían las fotocopiadoras. Se trata de tres hojas donde se describe someramente el tema sucesoral al fallecimiento del General Judas Tadeo Piñango. No tengo a disposición documentos que avalen lo siguiente, pero desde niño siempre oí decir que esas propiedades le fueron confiscadas o expropiadas (no lo sé), a los descendientes de Judas Tadeo Piñango en época de Juan Vicente Gómez, y que las mismas pasaron a manos de allegados a aquél régimen... repito, no tengo pruebas que avelen esa información.
- Copia de una aclaratoria que hiciere el General Judas Tadeo Piñango respecto a un litigio por tierras que mantuvo con Antonio Ascanio. Son tres hojas o archivos.
Un abrazo.

ASCENSO DE JUDAS PIÑANGO A GENERAL DE BRIGADA



DECRETO ADJUDICACIÓN DE TIERRAS COMO PAGO A SERVICIOS



INVENTARIO SUCESORAL




LITIGIO DE TIERRAS






POESÍA Y SERENATA EN EL LLANO

Ponencia presentada en el I Encuentro de Escritores Llaneros (Abril – 2006)




Saúl Sivira*

La Poesía, es definida por Eloisa Lezama y Lima-Palomo López (1984) en su libro “Cómo redactar correctamente” de la siguiente manera:
“La palabra poesía deriva de una voz griega que equivale a las voces españolas creación, invención, ficción. La poesía según la etimología del vocablo, supone el concepto de creación original y se contrapone al de este, como la habilidad adquirida con el estudio y la práctica”. Con el transcurso del tiempo se han dado muchas definiciones de lo que es la poesía. Se ha dicho que la poesía es la máxima expresión de la belleza por medio del lenguaje en verso ó en prosa. En otras palabras: poético, es todo lo que encierra belleza, lo que deleita, lo que despierta en el autor un sentimiento que le hace producir una creación artística donde siempre está presente un motivo de inspiración, bien sea la naturaleza, el aprendizaje, las tradiciones, costumbres y medios de vida, sin olvidar la belleza de la mujer.
En este papel de trabajo, voy hacer referencia a la poesía nacida en las Sabanas de Llano que ha servido de catarsis al llanero para enfrentar con mucha energía positiva cualquiera circunstancia adversa por aquellos caminos solitarios de la inmensa llanura.
El llanero se caracteriza por ser un hombre rudo, fuerte e incansable para realizar las faenas típicas del campo: levantarse con el cantar de los gallos, ordeñar el ganado para la obtención de la leche para preparar el suero y el sabroso queso llanero, montar a caballo, enlazar y arriar el ganado, sacar el ganado del corral para que beba agua y se alimente del pasto en los extensos potreros, preparar el terreno en épocas de siembra. Dentro de estas labores diarias que ejecuta el llanero le dedica tiempo al canto y a la copla. Esa forma de hablar con la rima a flor de labios que lo acompaña en todo momento al realizar su faena le ayuda a disfrutar de sus quehaceres cuando improvisa su cantar, como lo señala Rómulo Gallegos, en su obra inmortal Doña Bárbara, capítulo “Las Tolvaneras”:
“Es la copla que dice el ordeñador en el momento de la faena, la que orienta por su consonante al becerrero para llamar a la vaca que se va a ser ordeñada”
Lucero de la mañana
Préstame tu claridad
Para alumbrarle los pasos
A mi amante que se va

De igual forma, menciona el citado autor, que cuando el llanero quiere expresar sus sentimientos amorosos y el sentido poético que tiene la vida, lo hace a través de esta poesía popular:
Del toro la vuelta al cacho
Del caballo la carrera
De las muchachas bonitas
la cinta y la gurupera

Podemos decir, que la poesía llanera está presente en forma de coplas, décimas, romances, glosas y contrapunteos. Generalmente la música va ligada al acompañamiento de este género poético, y se ejecuta en la mayoría de los casos en forma innata e intuitiva por el llanero que tiene un buen oído musical.
La música del llano consta de varios géneros, pero los más ligados a los cantos de luna llena debajo de un ventanal, son el joropo y el pasaje, acompañado de arpa, cuatro y maracas; y el vals, que suele acompañarse con un cuatro ó una guitarra en solitario.
Dentro de la gama de poetas consagrados que han dedicado su verso al llano citamos a: Lazo Martí, Alberto Arvelo Torrealba, Ernesto Luis Rodríguez, Efrain Hurtado, Antonio Estévez, Luis Cruz, Salvador Gonzalez, Enrique Mujica, Adhely Rivero, Luis Alberto Crespo, Reinaldo Armas, entre otros.
También se hace referencia a canciones y poemas que fueron emblemáticas en noches de serenatas, que han transitado toda la geografía venezolana en todos los tiempos, recordamos a:
- Rosalinda de Ernesto Luis Rodríguez
- El Beso que te di (pasaje) Música: Jesús M. Moreno, Letra: Germán Fleitas
- Muchacha de ojazos negros (pasaje). Música: Juan V Torrealba. Letra: Germán Fleitas
- Amor Lejano (pasaje). Música: Rogelio Arévalo. Letra: Valentín Carucí
- Tarde gris (vals). Letra: Oswaldo Oropeza
- Josefina (Joropo). Letra: Lorenzo Herrera
- Ansiedad (Vals-pasaje). Letra: José E. Sanabria

Es significativo aclarar el concepto de serenata, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, se define como: música nocturna al aire libre para festejar a alguien. Composición poética o musical que tiene este mismo fin.
Para mantenernos en sintonía con los cambios tecnológicos consultamos vía Internet y copiamos la siguiente definición. Música que se interpreta en la calle en las tardes y/o durante la noche, para festejar a una persona, la mayoría de las veces debajo de un ventanal.
En el argot criollo, la definimos como un canto en noches de luna llena a la belleza de la mujer amada, a la novia,... a la amiga.
La música, la composición y la voz, se combinan para expresar un profundo sentimiento que llegue al alma de la persona a la cual se dirige el mensaje. La dedicatoria al final del acto es determinante. Por lo general, se selecciona una voz clara y sonora que con un encantador fondo musical exprese en forma poética a quien se dedica la Serenata.
La historia de la Serenata, se remonta a la época de Carlomagno en el siglo VIII, narra el Nóbel escritor Arturo Uslar Pietri en su libro Valores Humanos (Tomo 1, p.99):
“En la guerra de España, la cual se caracterizó por ser una guerra episódica, transitoria, en un intento de sacar a los Árabes, sin consecuencias, pero con un incidente desagradable que quedó grabado en la historia. Al regreso del sitio de Zaragoza, al que no logra someter, atraviesa de regreso a Francia, el desfiladero de Roncesvalles, allí los Vascones y Los Moros colocados en el desfiladero preparan una emboscada con piedras y flechas y destrozan a la retaguardia. En esa retaguardia cae uno de sus condes que había sido gobernador de la Bretaña y de nombre Rolando.
De este incidente se compuso el famoso cantar de gesta llamado La canción de Rolando, que en uno de los más hermosos vitrales de Chartres se celebra. Este hecho marcó el punto de partida de la poesía Épica Europea, es decir, lo que fue Ulises para el mundo Griego, lo que fue Eneas para el mundo latino, vino a serlo para el mundo de la Edad Media, este hombre de la retaguardia de Carlomagno que cayó en Roncesvalles”.

En Venezuela la historia de la Serenata se remonta en la etapa de la exterminación indígena y saqueo de nuestras riquezas (1500 – 1600) por aventureros colonizadores venidos de España en busca de una vida fácil.
Los invasores Europeos en la etapa colonial (1575 –1810) imponen el capitalismo, la religión católica, la lengua española y costumbres foráneas. Se repartieron las tierras y los indios. Las continuas violaciones a las indias pasan a ser el tema del día, se implementa el sistema de encomiendas y las leyes de Indias. Podemos concluir que la etapa de la colonización fué un choque frontal de culturas, donde al final se impuso por la vía de las armas y la fuerza: La Europea.
Frente al incontrolable salvajismo de los invasores, los rasgos de la cultura autóctona, no tuvo otro remedio que adaptarse a la nueva realidad ó por el contrario estaba obligada a desaparecer.
Como resultado, de las escenas de violaciones a la dignidad de las tribus indias, el invasor al doblegar la resistencia de la mujer India, con el tiempo se enamora de su belleza; de su piel canela, del bronceado natural envidiado por las Europeas, de ojos negros brillantes, de pelo largo liso y lustroso, de cuerpo sano y atlético con curvas pronunciadas, senos erectos, vibrantes y una radiante juventud con matiz de inocencia.
De estos encuentros mezclados con pasión, nace el mestizo con aportes de dos mundos y dos amores. Esa nueva raza se presenta con un corazón compartido entre dos sentimientos: El padre–invasor que representa la cultura Europea y la inocente madre genuina representante de la cultura indígena.
En el contexto musical no hay una explicación convincente para el origen de la palabra Joropo, muy arraigada en los llanos venezolanos. Algunos historiadores sostienen que es una voz caribe ó quechua. Otros afirman que es casanare, de donde son los indios que le dieron su nombre, ya que Joropo es originaria de allí. Cuando por cualquier circunstancia se prendía la fiesta, los indios más parranderos por efectos del alcohol saltaban y gritaban: Joropo,... joropo, quiero más joropo. Otros estudiosos por los lados del Arauca, le atribuyen el nombre a un indígena Yaruco llamado Macan.
Lo que sí podemos suponer, es que el Joropo también tiene sus raíces en el viejo continente. Se puede apreciar su parecido al zapateo del baile flamenco y con los ritmos andaluces que trajeron las misiones españolas durante la Etapa Colonial.
El paisaje en el llano, con sus inolvidables amaneceres donde el día cobra vida con el alegre cantar de los pájaros; y la puesta del sol coincide con la salida de los venados de sus escondites a tomar agua y el precavido cazador hace sus preparativos para realizar la emboscada en la oscuridad de la noche, teniendo como testigo a la imponente luna.
En todos los pueblos llaneros estas escenas se repiten, por este motivo, pido permiso a esta selecta audiencia para referirme a un pueblo llanero del estado Guárico, donde me críe: Las Mercedes del Llano.
El escritor Don Julio de Armas, en su libro Camino Real, dice que las Mercedes fue fundada en el año 1868. Por aquellos tiempos los cantos del campesino se mezclaba con las faenas del Llano: preparar el conuco para la siembra, ordeñar el ganado, arriar las manadas de ganado en épocas de sequía y la práctica de la caza y la pesca, allí nacían las tonadas, la inspiración de los pasajes y corríos y los famosos contrapunteos. Muchos de los piropos de la época se hacían rítmicamente simulando un canto para agradar a la mujer llanera.
Lo cierto es que el caserío Las Mercedes, se plantó en el sitio denominado La Atascosa abajo, jagüey situado en la posesión Las Guasduas, parte del latifundio colonial Belén, según lo afirma el Dr. Edgardo Malaspina, cronista y escritor de las Mercedes, en el libro “Retazos” (1994, p.9)
Estas sanas y típicas costumbres se mantuvieron hasta que apareció el llamado Oro Negro por los años de 1941. Hubo un cambio radical en el tipo de actividades netamente agropecuarias dedicadas a la siembra y al ganado a otras actividades comerciales más lucrativas producto de nuevas transacciones millonarias que realizaban numerosas compañías transnacionales.
De acuerdo a lo narrado por el escritor y poeta Pedro Sivira en el libro Los Fantasmas y los Residentes (1976, p.9), surgió un nuevo modo de vida fácil, donde los renegociadores de oficio se encargaban de la venta de los terrenos, hatos y fincas, donde se presumía había yacimientos del preciado oro negro. Las casas abandonadas fueron adquiriendo valor y los trabajadores abandonaron el campo para trasladarse al creciente pueblo de las Mercedes del Llano que brindaba nuevas oportunidades con muy buenos ingresos. Este dinámico auge económico dió origen a un inmenso cruce de personas venidas de diferentes regiones del país y de diferentes estratos sociales. En cada esquina nos tropezábamos con maracuchos, corianos, orientales, guayaneses, andinos e inmigrantes de las islas de Trinidad, Aruba, Bonaire y Curazao.
Se multiplicaron los comercios, los burdeles, los cines, los bares, las galleras, los Clubes Sociales. En aquellos tiempos predominaba El Tango con Carlos Gardel, como su principal exponente, y la música romántica de la famosa agrupación del famoso Trío Los Panchos, boleros de despecho en la voz de Julio Jaramillo, la voz del inconfundible Daniel Santos, la música mexicana ejerció gran influencia por sus películas con canciones típicas y populares en voces de Jorge Negrete, Pedro Infante, Javier Solis, Antonio y Luis Aguilar, Miguel Aceves Mejías, Lucha Villa, Libertad Lamarque, Pedro Armendáriz, Pedro Vargas, entre otros
Muchos coincidimos que esta fue la época de mayor esplendor de la serenata en el pueblo Las Mercedes. ¿Cuántos recuerdos bajo la luz de la luna, en aquellas oscuras y solitarias calles de granzón?. ¿Cuántas fantasías y esperanzas frustradas, marcaron nuestra juventud, en aquellas interminables noches de desvelo?. ¿Cuánta alegría en el alma y esa profunda satisfacción de oír en el silencio de la noche, esa dulce voz femenina decir: ¡Gracias muchachos por tanta delicadeza, la serenata estuvo bellísima!. Momentos de sana confusión al imaginarnos: un posible amor, continuar siendo amigos, conformarnos con un saludo y una sonrisa, o en el peor de los casos sacrificar ese sueño por compañerismo y respeto. Al final mucho agradecimiento por permitirnos seguir soñando y mantener vivas lejanas esperanzas.
Innumerables fueron las noches que la suerte no nos acompañó y tuvimos que salir corriendo, al recibir como regalo palabras ofensivas, generalmente del jefe de la casa no toleraba molestias a altas horas de la noche o en las madrugadas, por tener que ir a cumplir con su trabajo a la mañana siguiente. Algunas suegras atrevidas, nos lanzaban una vasenilla con miao rancio por la ventana, que nunca alcanzaba su objetivo porque tomábamos las previsiones y nos colocábamos en sitios estratégicos para salir corriendo.
Eran tiempos de mucho respeto y abundante timidez. Una manera de expresar ese sentimiento de amor a una amiga, era a través de una bella serenata. Este era el primer paso para romper con la barrera del miedo. Lo más tímidos, si no tenían la virtud de cantar o tocar algún instrumento, recurrían a su audacia y conseguían dinero para comprar el aguardiente para poder tener voz y voto al momento de seleccionar los nombres de las muchachas que se les iba a dar la serenata. Horas antes, venían los ensayos para escoger las canciones más expresivas. No faltaba la abundante guarapita. En vista de que la noche era larga, se preparaba sufíenciente mezcla de jugo de naranja con aguardiente para no terminar malhumorado por el ratón.
Durante los ensayos, se seleccionaba al responsable de hacer la dedicatoria, ya podrán imaginarse la competencia de improvisados locutores que trataban de impresionar con diferentes tonos de voz. Bajo los efectos del alcohol, algunos se ponían rojos haciendo fuerza o pujando para mostrar la voz y darle un sonido más acústico y romántico aguantando la respiración. Siempre quedaba seleccionado el más conversador, porque terminaba enredándolos a todos dando ordenes y cambiándoles el guión.
Uno de los máximos exponentes de aquellas emotivas noches de serenata, fué el magistral Salvador González (+), fallecido prematuramente. En su corto transito por el pueblo de las Mercedes, ejerció como educador en el Grupo Escolar “Rafael Paredes”. En su hoja de vida se destacó como cantante, músico, compositor y fundador de grupos musicales y corales, llegando a ser la voz emblemática del famoso Quinteto Magistral, parrandero, bebedor y mujeriego, no soltaba riendas cuando le gustaba una mujer. Recurría a su mejor arma, le dedicaba una serenata, acompañado de excelentes músicos iniciaba su concierto en la sabana. Muchas damas honorables pusieron en duda su prestigio por recibir los halagos del cantor, que se convertían en falsos rumores pueblerinos.
Muchos jóvenes de la época, quisimos imitar las aventuras de este Don Juan y conquistador, que caracterizaron a Salvador, pero no corrimos con la misma suerte. ¿Tal vez era por la diferencia en el verbo? Con el pasar del tiempo he aprendido algunas lecciones; hoy, tengo el honor de presentarles un poema de mi último trabajo poético Propuestas de Amor, el cual se intitula Mujer Mercedense:

Yo quiero. mujer mercédense,
cantar al embrujo mágico
que brota de tu sonrisa,
tu mirada y tus labios.

Tus ojos fuente de luz.
finos diamantes tallados
alumbran mi oscuridad
y parpadean como un rayo

Tu pelo cabalga al viento,
la brisa eriza tu piel
sobre un ventarrón de polvo
zapatea mi querer

Tu cuerpo imita sonidos
con el concierto de un cuatro,
se mueve al compás del arpa
y acelera los capachos.

Preciosa mujer de mi pueblo
eres la más bella flor,
en noches de serenatas
te regalo mi canción.

Como pueden apreciar, aunque sigue existiendo una diferencia en el verbo, les puedo asegurar que he perdido el miedo.
En estos tiempos de cambios acelerados, la música electrónica ha ejercido gran influencia en nuestra juventud. A cada momento surgen mezclas de diferentes ritmos: Rap, Reggae, Hip Hop que fusionados han dado origen al Reggaeton (ritmo caribeño y sensual originario de Panamá y Puerto Rico). Hoy en día, no nos extraña oír en las grandes ciudades y pueblos una noche de serenata desde una Trail Blazer, Autana, Hummer, con equipos de sonidos de alta generación (150 Watt) a todo volumen dejando oír un sabroso Reggaeton a ese nuevo empate, amiga con derecho, la jeva.... ¿Cómo cambian los tiempos?
Este breve pero significativo relato sobre la historia de la poesía y la serenata en el llano, en diferentes escenarios del tiempo la dedico con mucho amor y humildad al pueblo que un lejano 7 de Julio me vió germinar de sus entrañas, crecer en la inmensidad de sus sabanas, me dio a beber de sus aguas del saber y me permitió pasearme por sus calles de grazón, oscuras y solitarias, llevando en sus olas de polvo un canto de amor a la muchacha de mis sueños, a la amiga, a la vibrante mujer llanera, llena de gracia, elegancia y radiante belleza.

San Juan de los Morros, 20 de Abril - 2006
*Docente y poeta venezolano (San Juan de los Morros, estado Guárico)

martes, 9 de septiembre de 2008

EMAILS SOBRE EL GENERAL JUDAS TADEO PIÑANGO (3)

El 8 de septiembre de 2008 20:17, Jeroh Juan Montilla <jerohmontilla601@gmail.com> escribió:
Hola Jose Alberto te invito a revisar mi blog historiografias donde publique la foto que me enviaste del general Piñango. La amiga Maria Elena Pérez de Jensen me envio un correo donde dice que la foto publicada no es del general Piñango. Ella misma me envio una foto distinta que dice es el verdadero rostro delñ general. Esta señora dice ser tataranieta del general Flegel, alguien que lucho al lado del general Piñango. Yo publiqué esta nueva foto con texto del correo de esta amiga, Revisalo y me escribes dandome tu parecer

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Jose Alberto Piñango Monterrey a sandra, usuario 9:48 (2 horas antes)
Hola Jeroh, buenos días, en efecto revisé la segunda foto, y decidí poner ambas una junto a la otra para compararlas; hice algo de edición de imágen, variando el brillo, contraste y la saturación, hasta que ambas fotografías presentasen más o menos el mismo aspecto.Estas son las hipótesis que saco de mi observación:

1.- Se trata de la misma persona retratada en dos momentos distintos de su vida. Hice superposición de rostros usándo photoshop, y descubrí que las personas de ambos retratos tienen exáctamente las mismas proporciones faciales (ojos, boca, naríz y oreja derecha coinciden en la misma posición), lo cual no deja de ser extraño. Asumo que el segundo retrato se hizo teniendo al primero como modelo, y no al mismo Judas Tadeo Piñango posando.

2.- Debido a las insignias militares, asumo que la imágen aportada por la Sra. María Elena Pérez es más antigua (una estrella = Mayor ; ¿o subteniente?); en contraposición a las dos estrellas de la imágen que yo poseo (dos estrellas = Teniente Coronel; ¿o Teniente?; ). Asumo que en la segunda imágen la insignia que no se ve bien se corresponde con dos estrellas y no con dos soles, porque hasta donde tengo conocimiento, a la hora de su muerte, Judas Tadeo Piñango ostentaba el rango de General de Brigada (un sol), por tanto nunca pudo tener dos soles (General de División).

3.- El punto anterior se argumenta con lo siguiente:

*) En la imágen con graduación de una estrella tiene mayor cantidad de cabello.

*) Si damos por cierta la información del color de piel oscuro de Judas Tadeo Piñango (hasta hoy lo desconocía), y dado que en aquella época tener la piel oscura era un estigma, resulta muy entendible la evidente "estilización" de rasgos entre la primera imágen y la segunda (ojos más claros, piel más clara, cabello más lacio, cejas más finas, labios menos gruesos). Mi hilo argumental sugiere que un más alto rango militar involucró alguna actitud adulante por parte del retratista que le plasmó con rasgos menos pardos y más blancos de lo que en realidad era.Bueno, espero haber contribuído en algo para esclarecer un poco el tema.Un saludo.
PD: solo un pequeño detalle purista: el nombre del archivo de la imágen suministrada por la Sra María Elena Pérez es: "General José Tadeo Piñango.jpg", cuando debiera ser "Mayor Judas Tadeo Piñango, luego General.jpg"
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Jeroh Juan Montilla a Jose 11:54 (hace 0 minutos)
Gracias por tu respuesta José Alberto, la publicaré en Blog junto con el juego comparado de fotografías. En relación al cambio en el nombre del nombre del General Piñango la amiga María Elena dice que fue un lapsus. De todos modos en el Blog publicaré la repuesta que ella me envía, tiene detalles interesantes sobre el general Flegel. ¿Sabes algo de él? Abrazos.
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María Elena Pérez de Jensen a usuario 05-sep (4 días antes)
Hola Montilla, a veces pienso muy rápido y no pongo atención en lo que escribo, ha sido mi error y lo admito!Es Judas Tadeo, me confundí con Los Monagas!Gracias dejeme escribirles sobre mi abuelo, no hay mucho ya que falleció por Difteria en 1833 luego la viuda se casó en segundas nupcias con el Capitán de Navío Gualterio Chitty Dawes no procrearon hijos, me imagino de que Chitty crió a los 6 hijos de Luis Flegel, tampoco el matrimonio les duro mucho Chitty muere por complicaciones en el hígado en 1839, de el también he encontrado en el Diario de Sir Robert Kerr Porter historias, de que corrió un rumor en Caracas de que los hermanos Monagas lo habían asesinado y Kerr Porter lo vio en un viaje a Pto. Cabello vivito y coleando.La verdad es que si ustedes leyeran dicho diario seria extraordinario las anécdotas que el escribe de Maria Antonia Bolívar y Palacios y/o de que el congreso de Venezuela le pidió de favor que ideara el escudo de Venezuela, el original lo habían diseñado un francés, hasta lo que escribe...." aquí estoy diseñando el escudo, será un favor" ...Con gusto les pasare las historias del abuelo Luis Flegel.Cariños y muy muy bueno su blog ME