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miércoles, 7 de mayo de 2008

ESCRIBIR DESDE EL INTERIOR

Rosana HERNÁNDEZ PASQUIER*





La palabra interior produce fascinación. Invita al regodeo. Maleable como hecha de arcilla. Instiga aguzar el sentido. Atrae el ojo creador. Muchas formas hay, parece decir desde la página. Muchos caminos por tomar, dice.
Entonces, tentados encontramos en la primera búsqueda, que la palabra interior tiene 13 acepciones y dentro de ellas, una es inherente nada más al habla de los venezolanos.
Ahora revisemos que dice el Diccionario del Habla actual de Venezuela, de Rocío Núñez y Javier Pérez:
Interior: m 1Todo el país apartando la ciudad capital /2 Prenda de vestir masculina que consiste en un pantaloncillo que se usa como ropa interior. Obs.: es más usual la forma plural.
Después de estás indagaciones tomamos como punto de partida la acepción: Todo el país apartando la capital. Desde allí, desde ese espacio, que más parece un resto, algo indefinido. Desde esa acepción, que nos recuerda el dicho Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra, escribimos estas anotaciones.
Quien escribe desde el interior del país ¿se siente un escritor de provincia? Creemos que no. El escritor, esté donde esté, hace el oficio de la escritura sin plantearse este tipo de definiciones.
El acercamiento a la literatura, el oficio de escribir es un trance desgarrador con raptos de felicidad. Es un acto desesperado, no porque se necesite dinero o notoriedad, sino porque es un acto de creación. El creador sumergido en esta búsqueda, puede demorar en ver su obra terminada. Decimos, no se publica a cada instante. Además, las posibilidades de publicación tampoco abundan.
Sin embargo, creemos que esta limitación es mayor, para quien escribe desde el interior de nuestro país, porque la espuela de lo inédito o de la imposibilidad de publicar se afinca con más fuerza en la piel huérfana de quien está alejado.
Se termina un libro, en el que puede haberse invertido un tiempo de dos, tres o más años. Luego se va haciendo una ruma de años y de lo imposible por editar. Las carpetas se apilan en el escritorio, en la mesa de trabajo. Difícil para todos publicar, más hoy cuando en nuestro país se ha hecho cada vez más y más complicado y muchas editoriales alternativas dejaron de un plumazo de recibir los subsidios.
La opción de la publicación no es lo que fácil fulgura para el que vive en internamiento en el país, e interiorizado. Esa primera posibilidad está más cerca de quienes habitan en Caracas, en la capital. Porque lo demás, como dice el dicho, es monte y culebra.
En el habla. En el pensamiento escrito u oral, a veces hay algo que se va enlazando. Se engarza como en un tejido una idea que enhebra a otra y otra sin que notemos la ilación. Los dichos del habla popular están llenos de sabiduría y sus aristas son abundantes. Por estas aristas nos gustaría ver qué contenidos encierra: lo demás es monte y culebra.
Seguimos apegados al DRAE, éste nos indica que monte significa también, un grave estorbo o inconveniente que se halla en los negocios, difícil de vencer o superar. Y ciertamente eso es así para quien escribe si tomamos en cuenta que además, negocio del latín negotĭum significa ocupación, quehacer, trabajo.
Si engarzamos, si enlazamos, tenemos que en el trabajo del escritor y en particular, del escritor que está en el interior hay mucho monte, todo está enmontado. Hay muchos obstáculos. El poeta escribe ese flagelo que le persigue, tal vez desde el terreno del inconciente, cito in extenso: Estoy desyerbando el patiecito/ voy a sembrar/ Pero... / ¿Adonde está lo que te di Rómulo? De qué estás viviendo? –Bueno/ soy escribiente padre /Escribiente, -Entonces /No fuiste lo que yo soñé -Ay padre /lo que soñaste se lo llevaron las aguas/Ahora sólo hay malezas /malezas ¿ves? /Estoy limpiando el patiecito.
Lo que el escritor, en este caso el poeta Ramón palomares, escribe se vuelve también, maleza, obstáculos. Hay mucho que limpiar en la hoja de papel. Tal vez en eso consista muy buena parte del oficio: no escribir, desyerbar. También Miguel Ramón Utrera dice: todos tenemos un patio en el corazón metido. El poeta nombra ese espacio que también pertenece al interior de la casa y lo ubica en el interior del ser humano. Un pequeño cercado amoroso que el escritor, el poeta desyerba y desmonta una y otra vez en el rectángulo de papel que es la hoja.
Cuando el desyerbero o desyerbante después de la ardua jornada deja limpio el terreno y cree con satisfacción que ha terminado, deja caer su cuerpo laxo. Fija sus ojos en la nada y sólo allí cae en cuenta que transita de nuevo por los pasillos del laberinto de la soledad: Estaba solo antes, nadie podía acompañarle en el oficio, pero ¿Quién le acompañará ahora? Descubre que no tiene la menor idea. Sólo se ha dado cuenta que no ha concluido como imaginaba.
Como creador ha pasado por el período de la concepción. Ahora lo concebido está allí, en la pila de papeles atravesada por cintas y cintas negras de palabras. Mas, eso no es suficiente. Tiene que abordar una nueva travesía. El parto: dar a la luz el libro. Publicarlo.
El escritor de alguna manera está confinado a estar siempre en el interior de si mismo. Aquí vemos como los significados de las palabras comienzan a revelar, a dejar ver por los intersticios todos los matices y posibilidades que encierran.
Entonces quien escribe desde el interior está doblemente interiorizado. Está en un lugar apartado de la capital, en ese resto del país que es monte y culebra, y también en su propio interior.
Arde la flama de la soledad. ¿Quién puede acompañar a quien se encuentra solo con su espíritu? Y si ese que escribe íngrimo, está, además, en el interior, donde todo es monte y culebra ¿Cuántas pueden ser sus oportunidades en esta hora de su realidad personal y de una realidad nacional que mientras más fragmenta, más aísla a quien -por su oficio- ya está aislado?
El escritor esté donde esté es un oficiante del arte, de una creación hecha en última instancia para seducir al lector. El arte no es una técnica. Ningún arte garantiza nada. Sólo una chispa que llega a encender un fuego. Esta luminosidad prospera cuando hay alguien que ve el todo iluminado. El intento prospera cuando encuentra a los lectores que aguardan por ella. Sólo falta un detalle: igualdad de oportunidades para que el chispazo arda en el interior y flamee allí en el monte y culebra desde el que escribimos cobijados por el universo.

*Escritora, poeta, editora y publicista venezolana (Villa de Cura, estado Aragua) Este texto fue previamente publicado en ATENEO, Revista de Literatura y Arte del Ateneo de Los Teques- II Etapa Número 7- Marzo 2008. Pags 2 y3.

ENCUENTRO CASUAL CON DOS ANCESTROS


Daniel R. SCOTT*



A todos mis sobrinos.

Papá solía ostentar, con el orgullo militar de quien lleva en el pecho una condecoración ganada en la guerra, su segundo apellido: Power. A eso le llaman ganar méritos con escapulario ajeno. En ocasiones especiales (bautizos, cumpleaños o una noche cualquiera de tragos) contaba con no menos orgullo y mal disimulada pedantería el origen y abolengo de ese segundo apellido suyo: "El primer Power arribó a Venezuela con la legión británica, era oriundo de Irlanda y tuvo el honor y la gloria de combatir en la batalla de Carabobo". Y si notaba en sus interlocutores alguna sombra de duda o le pedían alguna prueba material o escrita de lo que aseguraba, respondía con voz desafiante y estentórea: "¡Anda al Paseo Los Próceres allá en Caracas! Cuando leas la lista de los nombres de los que participaron en la batalla te encontrarás con el de William Power". Porque así se llamaba el primer Power que pisó tierras venezolanas: William.
No lo dudaba; cuando se trataba de la historia familiar y de nuestros ancestros, papá era un libro abierto dividido en capítulos, apartados, y páginas numeradas con notas al margen, pero la verdad es que al único Power que conocí fue a Carlota Power Olivo (1891-1981) mi abuela, la que vivió en la otrora aldeana y medio colonial "Av. Cedeño" de San Juan de los Morros. Se trataba de una viejecita de andar lento, canosa como las nubes de los mediodías del mes de marzo, piel de un mármol blanco apergaminado y ojos azules, que fumaba cigarrillos "Capitolio" y que leyó hasta el final de sus días el "Ultimas Noticias" sin la ayuda de lentes. Frente al jardín recitaba con una voz temblorosa como la gelatina historias, anécdotas y leyendas de los días ya idos de Cipriano Castro y de la dictadura de Juan Vicente Gómez que tenían un valor testimonial e histórico que nadie se preocupó por rescatar. El 27 de junio que ella murió, yo apenas frisaba los dieciséis años y jamás se me ocurrió preguntarle algo de su juventud ni mucho menos asentarlo por escrito, lo que hoy lamento profundamente. Era poco pues, lo que sabía o había indagado del apellido materno de papá.
Pero días atrás, revisando cierto material bibliográfico, me topé por pura casualidad con el libro "El Héroe del Deber", una semblanza biográfica de Joaquín Crespo escrita en 1991 por Oldman Botello, cronista al que tuve el inmenso placer de conocer en enero de 2005 en algún encuentro cultural y al que volví a ver en la Casa de la Cultura de Parapara año y medio después, el 10 de junio de 2006. Tomé su libro y hojeándolo sin ningún motivo especial me detuve en el capítulo IV. Allí, para sorpresa mía, me encontré a un tal Eduardo Power Windfor empeñado en presentar Crespo a Guzmán Blanco allá en su casa de Villa de Cura en 1869. "Los generales Crespo y Guzmán Blanco se metieron en la pieza-dormitorio de mi padre, donde conversaron y conferenciaron cerca de dos horas" escribiría en 1942 Eduardo Luciano Power, hijo del hombre que amistó a los dos famosos militares del siglo XIX venezolano. En la página 42 de la obra un retrato de Eduardo Power: Calvo, adusto el gesto, largas las patillas, penetrante la mirada. Lo comparé con el único retrato que dispongo de mi abuela paterna: el parecido salta a la vista. Eduardo Power Windfor, según el autor del libro, "murió en Villa de Cura, rodeado del cariño de sus semejantes, a los 83 años en 1904".
Pero mi sorpresa fue mucho mayor cuando fijé la vista en una extensa y nutrida nota al pie de página y me pareció escuchar no a Botello sino la voz de mi propio padre: "Don Eduardo Power Windfor nació en Achaguas, Estado Apure, el 16 de Enero de 1821, del matrimonio de William (o Guillermo) Power y doña Margarita Windfor, ambos ingleses, el primero de ellos llegado al país formando parte de la legión británica con carácter de comandante, en 1820; al año siguiente llegó su esposa quien junto a él vivió las penurias de la campaña guerrera al lado de Bolívar y de Páez".
Si nos atenemos estrictamente al dato histórico suministrado por Oldman Botello (sin descartar alguna otra versión) se podría especular y echar a volar la imaginación y partiendo de las fechas deducir que este William Power se encontraba entre los que John D Evereux reclutó en la propia Irlanda para el verano de 1819. Gerard Masur, biógrafo de Bolívar y estudioso de la revolución sudamericana, nos habla de la condición y calidad de esta tropa: "aventureros, revolucionarios y hombres sin trabajo". Vaya con nuestro linaje. Cinco buques partieron de Europa haciéndose pasar por inmigrantes y anclaron en la isla de Margarita para finalmente desembarcar en Angostura entre abril y mayo de 1820. Este grupo de soldados a los que inicialmente se les llamó "Legión Irlandesa" se internó en el Estado Apure (donde nació Eduardo Power Windfor) para reorganizarse bajo el mando de José Antonio Páez con el nuevo nombre de "Cazadores Británicos". Estos participaron más tarde en la épica batalla del 24 de Junio de 1821.
Cerré el libro y no pude evitar encontrar paralelos entre el William de Botello con el William de mi padre, solo que papá añadía que William Power fue condenado a la pena de muerte por ultimar de un balazo a otro en un duelo pero luego absuelto en virtud de su destacada participación en la batalla de Carabobo. Y es que la Legión Británica "tuvo una actuación muy distinguida y después de la batalla recibió de Bolívar su nuevo nombre: Batallón Carabobo" (Diccionario de Historia de Venezuela, Fundación Polar, Tomo II, P. 923) Y con razón: cuando los "Bravos de Apure" sufrían ante la feroz embestida de la tropa realista, la legión británica arremetió con una carga de bayoneta, dando tiempo a que los llaneros se recuperaran. Una acción que requería valor, sin lugar a dudas, mereciendo un reconocimiento.
Carlota Power Olivo y mi propio padre, ¿tienen algún parentesco con Eduardo y William Power? Según mis cálculos numéricos si. No es casualidad que al revisar el árbol genealógico que me legó papá me encuentre que el tercer hijo de mi abuela llevara el "Eduardo" como segundo nombre.
Finalmente visité a mi tía Antonieta, única sobreviviente de los cinco hijos de mi abuela Carlota para hablarle de este asunto. La avenida Cedeño, intoxicada con las bocinas de los autos y el monóxido de carbono ya no se ve tan aldeana ni medio colonial como en los días que aun vivía mi abuela. Me senté al lado de mi tía, al frente del mismo jardín que miraba evocadora mi abuela cuando contaba las historias a las que yo nunca prestaba atención. No había empezado a contarle lo de mis indagaciones cuando me interrumpió con su manera pausada y calmosa de hablar: "¿Eduardo Power Windfor? Era bisabuelo mío y de tu padre, tatarabuelo tuyo". Y a continuación me trazó un árbol genealógico de una simplicidad bíblica que abarcaba casi un siglo, de 1821 hasta 1912. Resulta que William Power es tatarabuelo de papá.
Me senté un rato en la plaza Bolívar, sin nada ya que hacer y rumiando toda la información recibida. En la reverberación de la tarde, dominado por el sopor, el ocio y la estupidez, me dio por garrapatear ecuaciones genealógicas:
I.- William Power + Margarita Windfor = Eduardo Power Windfor.
II.- Eduardo Power Windfor + María Eugenia Orta = Carlos Power Orta.
III.- Carlos Power Orta + Carmen Olivo = Carlota Power Olivo
IV.- Carlota Power Olivo + Daniel Scott Gutiérrez = Antonio Scott Power.
Y así sigue la cosa según sea el caso o el resto de la descendencia.
Pero tendría que venir el propio Oldman Botello en persona a corregir estas ecuaciones y verificar su exactitud.
Miércoles 5 de Marzo de 2008

*Bibliotecario y escritor venezolano (San Juan de los Morros, Estado Gúarico)