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miércoles, 18 de junio de 2008

UN RITUAL DE ORIGEN ETNOAFRICANO PARA LA PROTECCIÓN INFANTIL EN LA ORALIDAD POPULAR DEL MUNICIPIO RIBERO, ESTADO SUCRE

Antrop. Alfredo Bello
alfredobellog@gmail.com


Fotoleyenda: una mujer Azande sostiene a su recién nacido sobre el fuego, durante la ceremonia en que se celebra el nacimiento del nuevo vástago.

En los relatos de tradición oral, encontramos en los pueblos de Cariaco, Campoma, Chamariapa, Sampayo y otros del Municipio Ribero del estado Sucre, la realización de un ritual antiguo que, como otros provenientes de diversas culturas ancestrales, se le asigna una función mágica particular; este caso, conocido en sentido figurado como “Cocinar al niño”; se enmarca en el nacimiento y protección del niño o niña recién nacido. Nos relatan los testimonios que este se practica cuando a una madre se le mueren seguidamente dos niños, bien sea en el proceso de parto o en los primeros meses de nacido; con su tercer niño o niña, se hace necesario realizar este ritual para prevenir esta consecuencia, protegiéndolo desde los primeros días de vida. Este ritual no posee rezos u oraciones, los adultos que participan en el mismo, brindan con una bebida tradicional y dramatizan o contextualizan la preparación y consumo de un sancocho, donde cada participante cumple una función. En una entrevista que le realizáramos en 1997 a Guillermina Ramírez, cultora popular quien practicó este interesante ritual, el cual combinó con sus conocimientos de partera, nos relataba lo siguiente: ...” Bueno, se acostumbra a “cocinar al niño” cuando a la madre se le muere su hijo (...) se le mueren casi siempre de 5 o de 8 días de nacidos; que haya tenido el primero y se le muere, tuvo el segundo y también se le murió, ya para los tres, entonces invitan a los vecinos, a los muchachitos que hallan por ahí y le preparan una olla de barro, como decirte, cazuela y en esa cazuela entonces, se ajunta a la candela, pero no se prende, se le pone vitualla sancochada, pero fría; después se invita los muchachitos y los vecinos también, al sancocho. Unos hacen las veces de soplar la candela, otros meten la mano y cogen su casabe y su poco de vitualla y empiezan a comer; si el “sancocho” es de carne, el muchachito es la carne y si es de pescado, el muchachito es el pescado; entonces no vamos a comer el pescado porque es el muchachito, pero ahí mojamos, hacemos las veces que estamos mojando en el caldo, tanto adultos como muchachitos. Con una cuchara de totuma se saca el caldo y uno bebe, pero eso no tiene nada, eso es un sancocho del muchachito. Hay muchos San Luís; San Luís del Monte, San Luís de la Calle, pero siempre al que se le pide por el muchachito es a San Luís Beltrán, el médico de los niños. Además de Cariaco, se hace en Chamariapa, en Sampayo; los pueblitos que yo más conocía, también en Campoma siempre se hacía. No se sabe de donde viene esa tradición, mejor dicho, ni lo se yo ni lo sabe nadie; de donde salió ese sancocho, eso sería de partes negras, de partes africanas. Se dice que sí es efectivo, por eso los muchachitos que iban llegando se van poniendo Luís; Luís Beltrán, Luís Antonio, Luís Esteban; si son hembras se van poniendo Luisa. Los que iban naciendo de la misma señora a quién se les morían, ella le ponía Luís o Luisa”...
Las manifestaciones étnicas de la diversidad cultural sucrense se han expresado en cada uno de los aspectos de la vida a lo largo del tiempo. Hoy se pueden apreciar algunas reminiscencias ancestrales, como la señalada anteriormente, de la vida social en nuestros pueblos, otros perviven como cultura de resistencia. El arraigo de las creencias mágicas en ciertas sociedades, debe ser observado como todos los aspectos culturales y con un sentido amplio de interpretación y valoración, por ningún motivo deben juzgarse con los criterios de racionalidad pura de nuestra sociedad contemporánea. Todo ello forma parte de otra racionalidad cultural sincrética que nos caracteriza, que responden a otros sistemas de creencias donde se involucran valores materiales e inmateriales de gran sentido patrimonial.

Fuente:
Tejera Gaona Héctor. La Antropología, ediciones tercer milenio, CONACULTA, México, 2002.

Este ritual presente en el municipio Ribero probablemente constituya una reminiscencia de los antiguos rituales del nacimiento de un niño provenientes de etnias africanas como la Azande.

QUINCHONCHO

Efrén Barazarte*


Hugo es el cacique de todo el fogón y trata al país como el dueño y señor de la cocina; es el amo absoluto de la campana, el único conocedor del horno y su exacta temperatura. El impar que sabe de recetas. Hugo, busca la olla que debe ser de peltre para darle más sentido criollo a su comida popular. Le echa el agua y zas, luego viene el quinchoncho. Comienza a hervir lentamente con la serenidad de un buen procedimiento. El agua se le va poniendo turbia casi roja. Pero contrario a la religión, no le da la real gana de cambiarle el agua al quinchoncho. Les ofrece a sus invitados que, por ahora, el agua hervida hace lo suyo y que todos comerán su revolucionario y suculento caldo. Frente a la mirada enamorada de sus ministros, comienza a hablar de cómo cocinaba cuando era el raso soldado. A lo Riky Martin, no vive, pero habla la paja loca como dirían los universitarios de un país que suena a dignidad. Cuenta que convenció a un extraterrestre que bajó a la tierra sólo a conversar con él, que el mejor sistema de gobierno en esta miserable galaxia capitalista, debe regirse por el socialismo del siglo XXI, de ese socialismo de la patria y la muerte.
En la misma cocina de país todo contrasta. Habla su ministro, un tal Chacín, que jura ante las cámaras de televisión que mientras él platica (en ese preciso momento) nadie es asesinado en Caracas. El oficio de Dios es ahora el oficio diario de la revolución. Habla pura hojarasca el ministro porque en ese preciso momento la realidad lo desmiente, le hace un guiño y llega la mortuoria noticia de un transportista asesinado. Su declaración es una prolongación de su comandante y cocinero.
El país hierve diariamente en cada manifestación por los mismos motivos ocurridos en todos los gobiernos ineptos. El quinchoncho sigue en la olla y comienza a respirarse el suave olor del posible alimento. El cocinero sigue hablando. Echa los cuentos más inverosímiles. Despilfarra su simpatía ante su auditorio que aplaude y le interrumpe segundos antes de pronunciar la frase mientras hace el silencio con un rostro de etérea reflexión monástica. Afuera de la cocina la realidad es otra olla que sigue hirviendo una crisis en gerundio. El partido único tiene una sola dirección mientras el hervidero es la expresión del anarquismo. El único dedo del cocinero ordena echar los condimentos y eso del protagonismo de la gente se va tan rápido como comer azúcar de algodón. Hierve el país y el agua sigue allí en lo inmutable. Sólo existe el aplauso de las focas que aplauden hasta el regaño de su comandante y cuando el pueblo habla es sólo para ser incondicional. Jamás olvidaré un Aló presidente cuando Lina Ron cantó, mirando a los ojos al presidente, una canción de Rocío Durcan: “Me gustas mucho/ me gustas mucho tú”… De eso se trata, de alegrar la fiesta y no de aguar ese sarao, hablando que a diario el país se llena de protestas por la delincuencia, la ausencia endógena de los servicios públicos, la inflación, el sicariato, la corrupción administrativa, que ningún dedo por más gordo y largo que sea, la puede encapuchar y el fantasma de la guerrilla colombiana que no se puede borrar por una declaración. A lo lejos de la cocina se oye un ronco quejido de Miranda y dice su frase célebre ante la historia: quinchoncho, quinchoncho, quinchoncho, está gente sólo habla de quinchoncho… Todo pasa y todo hierve en el país a cada instante. Pero el quinchoncho está listo, servido sobre la mesa de los venezolanos. Los comensales probaron una suculenta agua pero el quinchoncho está duro durísimo. El cocinero se le fue el tiempo hablando la paja loca sobre en torno a sus proezas gastronómicas. No le cambió el agua a la olla de peltre. No hubo ese sustancial cambio de agua para ablandar y eso es un grave error a la hora de cocinar los granos. A Hugo, ya la gente no le come el guiso y el truco de sus cuentos.

*Poeta y docente venezolano. Maracay, estado Aragua.