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viernes, 14 de agosto de 2026

Dificultades para el desarrollo del pensamiento crítico en la enseñanza de los estudiantes

                                                             Alejandro Infante*

Ingresar a las aulas donde se imparte, por ejemplo, la historia, suele parecerse con frecuencia al recorrido por un museo de sombras estáticas. El estudiante se enfrenta a una disciplina que ha sido paulatinamente despojada de su parte vital, reducida a un catálogo de nombres, fechas patrias y batallas monumentales. Esta concepción enciclopédica y pasiva constituye el primer, y el más tenaz, obstáculo para el desarrollo del pensamiento crítico. En lugar de ser concebida como un territorio de interrogación permanente sobre las contradicciones humanas y las estructuras socioeconómicas que modelan el presente, la historia escolar se convierte en una dogmática repetición. La dificultad fundamental reside en que el individuo aprende a memorizar el pasado, pero no a procesarlo manteniéndose como un simple espectador frente a la trama de su propia realidad histórica.

Esta problemática fue advertida con honda preocupación por Arturo Uslar Pietri en Educar para Venezuela (1981), al cuestionar severamente los métodos tradicionales que sumergen al alumno en "frías y descoloridas memorizaciones" sin conexión con el entorno vivo del país. Para Uslar Pietri, el fracaso de este esquema radica en que configura "un fantasma intelectual" ajeno a las necesidades concretas de su comunidad imposibilitando la formación de una consciencia transformadora. Cuando la enseñanza historiográfica sustituye el análisis reflexivo por la simple asimilación mecánica estrangula la curiosidad natural y cercena la capacidad del estudiante para problematizar los fenómenos sociales. De este modo la historia deja de ser una herramienta emancipadora y se transforma en un laberinto de saberes inconexos que adormece la razón.

Superar esta parálisis cognitiva exige comprender el pensamiento crítico no como un atributo fortuito o innato, sino como un proceso secuencial y metódico. Desde el consenso de la psicología cognitiva, la pedagogía contemporánea y la psiquiatría, la construcción de la inteligencia crítica atraviesa fases indispensables: La primera de ellas es la observación problematizadora en la cual el estudiante desarticula el dogma e identifica el problema de la narrativa recibida. A esta le sigue el análisis y la deconstrucción, momento en que el sujeto descompone el objeto de estudio en sus variables causales: contrastando fuentes, intencionalidades e intereses de los diversos actores históricos. Sin este despiece riguroso el pensamiento permanece atrapado en la credulidad e ingenuidad.

Las fases posteriores completan la arquitectura del intelecto mediante la síntesis dialéctica donde se evalúan juicios opuestos para reconstruir una explicación compleja, y la transferencia o aplicación, valga la redundancia, pragmática que capacita al individuo para aplicar lo comprendido a la resolución de problemas reales. Esta fundamentación coincide con la propuesta de Luis Alberto Machado en La revolución de la inteligencia (1975), quien sostiene que la capacidad mental debe ser entrenada metódicamente para lograr "aprender a aprender" y vincular las ideas con la acción. Como plantea Machado (1975), la inteligencia es una habilidad alcanzable mediante el ejercicio pedagógico por lo que desatender estas etapas condena al estudiante al estancamiento cognitivo y a la imposibilidad de construir un pensamiento propio.

Sin embargo, el desarrollo de estas fases analíticas resulta estéril e incompleto si se desvincula de un ordenamiento moral explícito. Un pensamiento crítico concebido desde el mero eficientismo técnico corrompe el acto educativo pudiendo derivar en un individualismo hipertrofiado y utilitarista. La pedagogía y la psicología de la educación coinciden en que la verdadera construcción de la inteligencia requiere una dimensión ética que trascienda al sujeto aislado. El ejercicio del pensamiento debe estar cimentado en la empatía, el reconocimiento de la alteridad y el entendimiento cabal de la dignidad humana, garantizando que la capacidad de procesar la realidad esté al servicio de una convivencia pacífica, justa y solidaria en el tiempo.

En esta perspectiva moral convergen de forma armoniosa los idearios de ambos autores. Machado afirma de manera tajante que "un ser más inteligente es también un ser más moral", sugiriendo que el verdadero progreso intelectual expande la responsabilidad del sujeto hacia sus semejantes y fortalece la cooperación mutua a largo plazo. Por su parte, Uslar Pietri aboga por "una educación que sea camino y no laberinto", orientada a integrar al ser humano en su comunidad para asumir colectivamente el destino nacional. De este modo el pensamiento crítico deja de ser una simple destreza académica para convertirse en un imperativo ético: la herramienta fundamental para tejer una sociedad basada en la fraternidad y la construcción compartida del mundo.

A pesar de la claridad de estos planteamientos el entorno escolar venezolano enfrenta severas barreras estructurales que dificultan su concreción. Una de las mayores resistencias es del dogmatismo ideológico y de una formación docente tendente a la transmisión de verdades absolutas. El estudiante, acostumbrado a percibir al profesor o al manual escolar como fuentes incuestionables de autoridad experimenta un temor reverencial a discrepar o formular preguntas divergentes. La falta de entrenamiento en el manejo directo de fuentes primarias e historiográficas impide que el alumnado ejercite el juicio autónomo manteniendo su mente subordinada a esquemas interpretativos prefabricados.

Esta pasividad metodológica produce una peligrosa desconexión entre la historia enseñada y la experiencia vivida por el estudiante. Al ser privado de las herramientas para interpretar críticamente las dinámicas históricas de Venezuela el individuo no logra comprender las raíces de las complejas dinámicas contemporáneas ni vislumbrar su propio papel en la resolución de los dilemas colectivos: La enseñanza fragmentaria despoja al individuo de su dimensión histórica paralizando la voluntad de cooperación mutua. Sin un pensamiento crítico articulado la memoria colectiva se disuelve en el escepticismo o la apatía, imposibilitando la consolidación de una identidad y esfuerzos solidarios duraderos entre los ciudadanos.

           Frente a este escenario, la superación de tales obstáculos requiere una profunda reconfiguración del discurso y la práctica pedagógica en la enseñanza. Es imperativo transformar el aula en un laboratorio de indagación cooperativa donde el error sea comprendido como un valioso insumo pedagógico y el debate argumentado constituya el centro de la vida académica. El docente debe transitar de su rol tradicional de transmisor de contenidos al de mediador de procesos cognitivos guiando al estudiante a través de las etapas del pensamiento crítico mientras fomenta un clima de respeto, escucha activa y colaboración horizontal.

Esta transformación pedagógica reactiva el sentido profundo de las reflexiones de Machado, para quien "todos tenemos derecho a ser inteligentes", planteamiento que exige democratizar el acceso a las herramientas del pensamiento superior sin exclusiones. Al relacionar esta máxima con la exigencia de Uslar Pietri de formar seres reales y comprometidos con su suelo se cimentan las bases de una ciudadanía verdaderamente libre. La educación cobra entonces un significado renovado: no se trata de imponer certezas únicas, sino de formar mentes lúcidas y compasivas, capaces de comprender las razones del otro y de actuar coordinadamente en favor del bien común.

El pensamiento crítico no es un puerto de individual sino una travesía comunitaria. La historia, vista desde esta perspectiva, deja de ser una pesada herencia de desencuentros para revelarse como un proyecto abierto cuyo rumbo depende de la capacidad de sus ciudadanos para pensar e interpretar juntos. Al descomponer el pasado con rigor metodológico y sensibilidad humana los estudiantes descubren que los grandes momentos de superación nacional han sido el resultado de esfuerzos conscientes de cooperación mutua y diálogo constructivo.

Las dificultades para desarrollar el pensamiento crítico en los estudiantes solo podrán vencerse si logramos articular la metodología cognitiva con una sólida ética de la solidaridad. La praxis educativa debe asumir el compromiso de formar generaciones que no solo procesen el mundo con agudeza analítica, sino que se sientan éticamente impulsadas a construirlo en colectivo. Cultivar la inteligencia crítica es en última instancia, la vía indispensable para que cada estudiante comprenda a su semejante y asuma, con responsabilidad y esperanza, la permanente tarea de edificar una sociedad próspera y unida. 

Referencias

Machado, L. A. (1975). La revolución de la inteligencia. Seix Barral.

Uslar Pietri, A. (1981). Educar para Venezuela. Editorial Lisbona / CeC

            *Maestrante en Historia de Venezuela, UNERG.

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