Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

lunes, 11 de junio de 2007

LA MONALISA Y SUS POSIBLES ENFERMEDADES

Edgardo Malaspina*


“Mira la luz de la vela y contempla su belleza; cierra los ojos y mírala de nuevo: lo que ves ahora no existía antes y lo existía ya no está ahora”
Leonardo Da Vinci

La Mona Lisa o Gioconda (1503-1506, Louvre, Paris) con su sonrisa enigmática(técnica de sfumato que difumina y modela los contornos) ha provocado una tormenta de teorías para explicarla. El Dr. Keele en 1959 le diagnósticó un embarazo. Los cambios hormonales externos de la gestación pueden observarse, según este galeno, en la cara, cuello y manos. Los brazos cruzados sobre el regazo confirman su tesis. El Dr. Marañón habla de de una insuficiencia ovárica con manos hipogenitales (poco desarrollo por insuficiencia de hormonas sexuales) con edema (hinchadas) por la impregnación vasculolinfática. Si tuviéramos la oportunidad de apretarlas dejarían fóvea (hendidura). El Dr. Adour en 1989 manifestó su apoyo a la tesis del embarazo y diagnosticó también una parálisis de Bell o facial (lesión del VII nervio) con una distorsión característica de la cara. Eso podemos notarlo en la comisura bucal y en la ceja izquierda. La sincinesis (movimientos involuntarios) hizo difícil a Leonardo rematar la obra y de allí la indefinición de los rasgos .El profesor Schutzenberg habla de una afección del músculo risorio (el que contrae los labios) y el cigomático mayor (el que eleva los labios). Pero el Dr. Burkowski se pasó: dice que hay una cicatriz bajo el labio inferior, producto de un traumo en el que la mujer perdió unos dientes y por eso no se ríe abiertamente (todos hemos visto como se ríe la gente que carece de algunos dientes incisivos). El Dr. Gargantilla habla de bruxismo (rechinar de dientes) y de piorrea (enfermedad frecuente de esa época con pus alveolar) que provocó perdida de dientes. Lo del bruximo lo sostienen también Miguel Lucas y Filippo Surano, y lo explican por el estrés causado por la muerte de un hijo. El dermatólogo Daudén Sala nota ausencia de pelo en cejas y pestañas (defluvium capillorum) y cree que la modelo usaba peluca por su alopecia. El Dr. Dequeker dianostica hipercolesterolemia al observar un xantelasma (placas sobresalientes de grasa en la piel) cerca del lagrimal izquierdo y un lipoma en la mano derecha. La coloración amarillenta de la conjuntiva del ojo izquierdo corrobora este diagnóstico. Por otro lado la pose de la mano derecha sujetando a la izquierda, algunos suponen , es para evitar un temblor parkinsoniano. Otros autores hablan de asma que provocó un gesto forzado en los labios por la respiración dificultosa. También hay las teorías que argumentan el gesto de los labios como consecuencia de la felicidad mostrada por los oligofrénicos y los borrachos .La sordera (con sonrisa indefinida), la sífilis(con pérdida de dientes), la esclerodermia (con dolor en la lengua y las encías, boca en forma de bolsa para tabaco al ser cerrada por una cuerda) , síndrome de Gilles de la Tourette ( varias formas de movimientos involuntarios)se unen a esta lista de diagnósticos. Por último, el Dr. Julio Cruz y Hermida habla de estrabismo ,parálisis facial (esbozo de sonrisa) y una afección cutánea disimulada por el pintor.
FUENTES CONSULTADAS
Cruz y Hermida, J. La Gioconda vista por un médico. Madrid.2004.
Entender la Pintura. Leonardo Da Vinci. Ediciones Orbi., S.A. Barcelona, España. 1989.
El Gran Arte en la Pintura. Salvat Editores, S.A. Barcelona, España.1985.
Harrison Tinsley. Principios de Medicina Interna.16 Edición.Mcgraw-Hill. Interamericana. Chile.2005.
Lazovski, I. Spravochnik Klinicheskix sindromov. Medicsina. Moscú. 1981.(en ruso)
Martínez , A. La Mona Lisa, un compendio de Medicina Interna.An. Med. Interna. Vol.23. Nro 3. Madrid. 2006.
Smetniev, A; Kukes, V. Vnutrennie Bolezni. Medicsina. Moscú. 1981.(en ruso)
OTRAS: Visita al Louvre en 1989.


*Médico, cronista y escritor de Venezuela.

domingo, 10 de junio de 2007

ALGUNAS CONSIDERACIONES HISTORIOGRÁFICAS EN TORNO DE "HOMBRES DE LA COMPAÑÍA GUIPUZCOANA, DE VICENTE DE AMÉZAGA ARESTI



Ubaldo Ruiz*

EXORDIO
El interés por realizar el análisis de una obra referida a la Compañía Guipuzcoana adquiere justificación si se tiene en perspectiva la tarea de emprender una investigación, cuyo tema principal está íntimamente relacionado con aquella corporación vasca, que durante un importante lapso del siglo XVIII, rigió los destinos económicos de la Provincia que estaba destinada a convertirse en el núcleo territorial y político de la futura República de Venezuela. No sólo rigió la vida económica en aquella jurisdicción, sino que, además, sus actividades dejaron una impronta que aún hoy perdura, en diversos ámbitos de la sociedad venezolana.
La Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, según el parecer de varios historiadores afectó, prácticamente, todos los órdenes de la vida en la antigua Provincia de Venezuela. Grazziano Gasparini, por ejemplo, sostiene que la Corporación vizcaína dejó marcada influencia en la arquitectura venezolana. Incluso llega a afirmar que la arquitectura colonial en este ámbito geográfico adquirió fisonomía en el período en el que actuó la Guipuzcoana en Venezuela. En la obra objeto del presente análisis, el autor destaca que la conformación urbana de Puerto Cabello fue resultado también de la acción de aquella corporación: “Puerto Cabello, era, cuando se fundó la Compañía, un puerto abierto, sin fortaleza, casa ni vecindad alguna, y hoy está provisto, no sólo de una fortificación que la Compañía hizo nueva, sino adornado de una población de cerca de doscientas casas cubiertas de teja y edificado todo con los auxilios del comercio de la Compañía”. (pag. 100). Gil Fortoul, en su celebérrima Historia Constitucional de Venezuela (1978), nos dice que los vascos de la Guipuzcoana trajeron a Venezuela “libros, ideas, moderno espíritu emprendedor, hombres arrastrados en su mayoría por el movimiento que iba a culminar en la Enciclopedia y en la Revolución francesa.” (pag. 134). La investigación del futuro trabajo de grado que se pretende ejecutar en esta Maestría de Historia de Venezuela, partirá de la hipótesis basada en la posible relación de la Compañía Guipuzcoana con el antiguo pueblo de Todos los Santos de Calabozo, y con su desarrollo como “Villa Eximida”, a mediados del siglo en el cual actuó aquella en Venezuela. Amézaga Aresti, en su libro, cita un documento, redactado y publicado en 1749, por el Director Principal de la Compañía, en el cual se afirma que varias poblaciones, incluida Calabozo, deben a ella su existencia, y “que si no están erigidas en villas, a lo menos lo pretendían por su gran población.” (pag. 102).
La obra Hombres de la Compañía Guipuzcoana, de Vicente de Amézaga Aresti, publicada en 1963 por el Banco Central de Venezuela, es uno de los muchos trabajos de investigación referidos a la Corporación, que durante cincuenta años actuó en la Provincia de Venezuela; sin embargo, tiene éste una característica que le agrega un interés especial para el estudioso venezolano: el hecho de haber sido producto de la investigación llevada a cabo por un historiador oriundo del país vasco, pero arraigado en Venezuela; que incluso, la realizó en archivos venezolanos, tal como lo informa Pedro Grases en el Prólogo del libro, en donde cuenta que el autor tomó la información del “Archivo General de la Nación, más los que luego ha ido sacando de las pesquisas complementarias en el Registro Principal de Caracas, donde está conservado un gran repositorio de documentos del pasado venezolano”. Es decir, que estamos en presencia de un testimonio de un autor que conoce por igual las realidades e idiosincrasias vasca y venezolana, por haber vivido y trabajado en ambas, y que además utiliza los repositorios venezolanos para destacar las actividades de unos hombres y de una organización vasca.
La obra fue publicada en 1963 por el Banco Central de Venezuela, como quedó dicho, y formó parte de una serie de estudios de historia económica editados por ese ente emisor, entre los cuales destaca uno dedicado también a la Corporación vasca del siglo XVIII, como lo es la célebre obra La Compañía de Caracas, 1728-1784, de Ronald D. Hussey, publicada un año antes, en 1962. La citada serie fue posible en parte por la preocupación del calaboceño Alfonso Espinosa, quien fue presidente del Banco Central de Venezuela, y quien escribió el prólogo al trabajo de Hussey. En ese prólogo Espinosa destaca la posible relación que pudo haber tenido la Compañía Guipuzcoana con la Villa de Calabozo, y su transformación de un pueblo de precarias construcciones de barro y paja, en una Villa bien edificada de casas de tapia y tejas, al estilo de Puerto Cabello. Lo anterior refleja un interés de Espinosa por la Compañía vasca y por Calabozo, el cual es compartido por quien esto escribe, razón adicional para despertar el interés por la obra de Amézaga Aresti.
Algunos datos acerca del autor y su época.
La primera mitad del siglo XX, época que le correspondió a Amézaga Aresti transitar por este mundo –nació en Algorta, Güecho, Vizcaya, el cuatro de julio de 1901-, fue un período fecundo en innovaciones historiográficas. De hecho, algunas de las principales y más trascendentes propuestas teóricas y metodológicas, que permitieron un inusitado desarrollo de la ciencia historiográfica, vieron la luz en el trecho de tiempo que abarca los primeros setenta años de la centuria que recién finalizó. El manual (C. Langlois y C. Seignobos. Introduction aux études historiques) elaborado por los franceses Charles Seignobos y Charles Langlois, y que marcó un hito en la historiografía positivista, fue publicado una década antes del nacimiento de Amézaga Aresti. De acuerdo con el historiador español Julio Aróstegui, en su obra La Investigación Histórica: Teoría y Método, el manual en cuestión introdujo el concepto o categoría de hecho histórico, que ha servido de base para muchos estudios, realizados por historiadores que han seguido la senda positivista, como en el caso de Edward H. Carr. “En 1898, poco tiempo después de la aparición de la obra de Durkheim, fue publicado el manual de Langlois y Seignobos ... ambos tienen al menos una cosa en común: su empeño en definir y caracterizar un “hecho”, sociológico o histórico, como legitimación de una disciplina ... años más tarde, Edward Hallett Carr navegaba casi por las mismas aguas” (pag. 195 y 198). Según Aróstegui (1994), en el lapso que va de los positivistas del siglo XIX, a la renovación de los Annales, iniciada en 1929, Henri Berr representa una propuesta de transición en la cual se encuentran elementos positivistas, pero con formulaciones novedosas, que sin llegar a la profundidad de los franceses liderados por Bloch y Febvre, sí anunciaron cambios. “Previamente, el eslabón entre la historia historicista de comienzos de siglo y el proyecto de los annalistes lo representó, sin duda, Henri Berr (1863-1954) y su Revue de Synthèse Historique, fundada en 1900” (pag. 101 y 102). De modo que en la época del nacimiento, infancia y juventud de Amézaga, en el mundo- y en un mundo geográficamente bien cercano a España, y en especial al país vasco, representado por Francia- se estaba experimentando una especie de revolución en el seno de la ciencia historiográfica. Y ello sin tomar en cuenta que con el surgimiento de la Unión Soviética, se estaba preparando el terreno para el desarrollo de una historiografía marxista, que floreció a partir de la década de 1930.
Sin embargo, nuestro historiador no realizó estudios profesionales de historia, a pesar de que, desde los albores del siglo XIX ya se enseñaba la ciencia histórica en las universidades europeas, basada en las premisas introducidas por Leopold Von Ranke. Enrique Moradiellos (1994), historiador español contemporáneo informa que:
“A partir de Niebuhr y Ranke, la premisa de que la historia es una disciplina científica cuyo método ha de ser enseñado de modo regulado a los aprendices (básicamente a través del seminario de investigación tutelado por un profesional) sirvió de plataforma para la creación de cátedras y departamentos de historia en las universidades europeas: en Alemania desde 1810, en Francia desde 1812, y en Gran Bretaña desde 1850. (...) Al final de la centuria, Alemania contaba con 175 cátedras de historia y Francia con 71.” (pag. 36)
De acuerdo con datos aportados por Pedro Grases en la presentación de Hombres de la Compañía Guipuzcoana, Amézaga, se graduó de abogado en Valladolid, en 1927; ocupó cargos relacionados con su profesión , en su país, como la de ser juez municipal de Getxo, en 1931; también realizó actividades vinculadas con la docencia, cuando el gobierno vasco lo nombró Director General de Enseñanza en 1936. Al año siguiente tuvo que salir de España, con motivo de la Guerra Civil que asoló a ese país entre 1936 y 1939. Se dirigió a Francia, en donde vivió cuatro años, hasta 1941. Ignoramos si entró en contacto allí con los historiadores, que precisamente en ese momento, revolucionaban la teoría y la metodología de la ciencia histórica: los reunidos en torno a los Annales. Posteriormente se residenció en Argentina, en donde, según afirma el Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Polar (1997), fundó el Instituto de Estudios Vascos, y dictó conferencias sobre temas culturales y políticos. En 1945 se instaló en Montevideo, Uruguay, en donde residió por diez años, en los cuales ejerció la cátedra universitaria de cultura vasca. En el año de 1955 se mudó a Venezuela, país en donde permanecería durante catorce años, hasta su muerte en Caracas, el cuatro de febrero de 1969.
Hasta 1955, las fuentes consultadas no nos informan de actividad alguna desplegada por Vicente de Amézaga Aresti, que nos permita vincularlo de modo alguno con el quehacer histórico. Hasta ese momento se había destacado como traductor al vasco de numerosos autores, tales como Cervantes, Shakespeare, Oscar Wilde, Alejandro Pope, William Wordsworth, Esquilo, Cicerón, Boccaccio, Dante Alighieri, Descartes, Plinio, Goethe, Omar Kayyam, Juan Ramón Jiménez, Pío Baroja, entre otros.
Fue a partir de su llegada a Venezuela cuando, según las fuentes consultadas, Amézaga comenzó a trabajar en el oficio de historiador, quizás interesado por las actividades de los vascos en estas tierras en el siglo XVIII, cosa que descubrió seguramente durante el ejercicio de su primera actividad en suelo venezolano, que fue la de catalogador en el Archivo General de la Nación; y también a través de su relación con la Fundación Boulton, que le patrocinó sus más importantes investigaciones vinculadas con la presencia vasca en Venezuela en el siglo XVIII. En esos primeros años presentó una cantidad de trabajos en publicaciones periódicas, y ya en la década de 1960, sus obras más importantes, como Hombres de la Compañía Guipuzcoana, en 1963, El Elemento Vasco en el siglo XVIII Venezolano, 1966; y en el mismo año, Vicente Antonio de Icuza, y El Hombre Vasco, 1967.
En la lectura realizada a la obra objeto de este estudio, parece percibirse una influencia positivista en la investigación y presentación de la misma. Los datos que se acaban de exponer, relativos a la vida y obra de Vicente de Amézaga Aresti, lo colocan al lado de la labor del historiador sólo en su época venezolana, etapa final de sus actividades, a partir de mediados de la década de 1950. Es importante señalar que para ese momento, quizás como ningún otro del siglo XX, la ciencia histórica estaba recibiendo aportes teóricos y metodológicos, procedentes de diversas Escuelas Historiográficas en varias regiones del planeta. En Francia se desarrollaba la segunda generación de los Annales, guiada por Fernand Braudel, y lo que es más importante, su influencia se dejaba sentir fuera de su país de origen, especialmente en América Latina. Al respecto, Moradiellos (1994) afirma que “el verdadero triunfo de la escuela historiográfica de Annales sólo tuvo lugar después de la segunda guerra mundial, cuando su modo de entender la práctica de la historia se generalizó en Francia y se exportó a un buen número de países europeos (entre los que se encontraba España) y extraeuropeos (notablemente América Latina)”. Principalmente la estela dejada por la obra de Braudel enriqueció la teoría de la historia que se hacía desde comienzos de la década de 1950; su aporte fundamental: los tres tiempos/niveles que propuso para su estudio de la época de Felipe II, publicado en 1949, Moradiellos (1994), a saber: Tiempo de larga duración, de duración media, y el tiempo corto y breve. En 1956, con motivo de la muerte de Lucien Febvre, Fernand Braudel asumió la dirección de la revista que once años antes había comenzado a llamarse Annales. Economies, Socié tés, Civilisations.
Tres años antes del arribo de Amázaga Aresti a Venezuela, en 1952, fue fundada en Gran Bretaña la revista Past and Present, que sirvió de plataforma para el lanzamiento de una propuesta novedosa en la historiografía mundial, la representada por los marxistas británicos, quienes plantearon cuestiones novedosas, como por ejemplo, el “renacimiento de la narrativa”, de Eric J. Hobsbawn; o las formulaciones aportadas por Edward P. Thompson, “cuyo estudio sobre La Formación Histórica de la Clase Obrera en Inglaterra (1963) renovó por completo el sentido de los conceptos de ‘clase’ y ‘lucha de clases’ en la investigación histórica, superando su mera definición en términos económicos mecanicistas para resituarlos en contextos sociales y culturales forjados en la propia experiencia y práctica política de los respectivos grupos de la sociedad” Moradiellos (1994). Además de los citados, en la historiografía marxista británica formada en los años cincuenta, sobresalen importantes investigadores de la ciencia histórica, como Vere Gordon Childe, Rodney Hilton, Christopher Hill, Maurice Dobb, Geoffrey Barraclough, y otros.
Igualmente, en la citada década de 1950 se desarrolló el marxismo francés, con autores tan importantes, y con tanta influencia en América Latina, como Pierre Vilar y Louis Althousser. Las obras de estos autores franceses, aún hoy son consideradas importantes en el ámbito latinoamericano. Pierre Vilar publicó su obra Cataluña en la España moderna, en 1962, casi al mismo tiempo en que Amézaga hacía lo propio con su Hombres...
De todas esas corrientes historiográficas mencionadas, al parecer ninguna influenció definitivamente a Amézaga, al menos en lo que respecta a la obra objeto de estudio. En Venezuela, desde décadas antes del arribo de este autor vasco, ya se trabajaba el marxismo en el quehacer historiográfico. Ya habían visto la luz las obras de Miguel Acosta Saignes, Carlos Irazábal, Salvador de la Plaza y Eduardo Arcila Farías, y se perfilaban otros autores marxistas, como es el caso de Federico Brito Figueroa, D. F. Maza Zabala y Ramón Tovar; aunque de los tres últimos sólo Brito Figueroa es un historiador profesional, es indispensable señalar la importancia de Maza y Tovar en los estudios históricos en Venezuela, desde la década de 1960, con la investigación realizada por ellos, y que cristalizó en la Obra Pía de Chuao. Materiales para la Historia Económica y Social de un Latifundio Colonial, cuyo primer volumen fue publicado por la Universidad Central de Venezuela en 1968.
El mismo año de la publicación de Hombres de la Compañía Guipuzcoana, de Amézaga, fue editada la Tesis Doctoral de Federico Brito Figueroa, también por la Universidad Central, “centrada en el estudio de la estructura de Venezuela colonial.”, según afirma el propio Brito Figueroa en un ensayo publicado originalmente en el Suplemento Cultural del diario Últimas Noticias, del 27 de julio de 1997, y recogido en un volumen editado en 2000 por Plaza & Janés: Historia Disidente y Militante. Allí también afirma Brito Figueroa que en los años cincuenta “Precisamente fue en México en el IFAL (Instituto Francés de América Latina) en tanto redactaba mi Tesis, para optar a la Maestría, sobre el tema desarrollo económico y proceso demográfico en Venezuela, donde, a iniciativa de Francois Chevalier, se planteó la posibilidad de impulsar en Venezuela un Programa de investigación Interdisciplinaria”, el cual dio como resultado el trabajo antes señalado. La época del arribo de Amézaga a Venezuela es la de la formación de una interesante generación de historiadores venezolanos; Brito afirma que la historia económica y social “es el resultado de la labor conscientemente desarrollada por la generación de los años cuarenta, y continuada por las generaciones de los años sesenta y ochenta. Generaciones influidas por el marxismo y la ‘Escuela de los Annales’.”
En la obra que se analiza mediante el presente trabajo no se percibe la renovación que estaba experimentando la historiografía venezolana, influenciada a su vez, tal como afirma Brito Figueroa, por los cambios que entonces se efectuaban en nuestra ciencia por aquellos tiempos en Europa y Estados Unidos, y de los cuales se han mencionado algunos. Al parecer la influencia de Amézaga Aresti en su obra historiográfica proviene del Positivismo. Al decir de Brito Figueroa (2000), la historia económica y social primigeniamente se desarrolló “en la calle, construida sobre la marcha, en medio de la polémica política, al margen de la Universidad y vituperada por la ‘historia oficial’ refugiada en la perspectiva académica.” Es decir que en el ámbito de la Academia de la Historia existía todavía una “historia oficial”, derivada de la que se hacía al amparo del Estado, desde principios de siglo, en la cual se inscribió el importante grupo de historiadores positivistas venezolanos, cuyo talento tuvo necesariamente que influir a un importante sector de quienes se dedicaron posteriormente a los estudios de carácter histórico. La obra de brillantes intelectuales que incursionaron en la investigación histórica, tales como Arturo Uslar Pietri, José Luis Salcedo Bastardo, Guillermo Morón, y otros, se ha visto influenciada en mayor o menor medida por el positivismo, tanto en la metodología, como en el estilo narrativo, en el discurso, y en los presupuestos teóricos.
Desde ese conjunto de historiadores “oficiales”, allegados a la Academia Nacional de la Historia, se habría formado un grupo representante de una “historia oficial, académica, ritualista y metodológicamente primitiva”, que habría opuesto resistencia al desarrollo científico de la historia. El ataque de esa “historia oficial” a la historia económica y social la destaca Germán Carrera Damas al incorporar la confrontación que se ha verificado a lo largo del siglo veinte entre la “conciencia histórica tradicional”, y la “conciencia histórica científica”; según éste “En Venezuela el papel predominante de la historia, entendiendo por tal la que alimenta y es alimentada por la conciencia histórica tradicional, ha sido el de servir de fuente de legitimación al servicio de la clase dominante” . Carrera Damas, G. Diez Puntos sobre la Enseñanza de la Historia de Venezuela. Revista Tierra Firme Nº 11 jul-sept. 1985 (p. 407). Este autor afirma que la “conciencia histórica científica” logró ciertos avances al seguir una estrategia que consistió en “reivindicar el carácter de ciencia social de la historia”, para agregar más adelante que “es justamente allí donde golpea la reacción historiográfica, reivindicando la enseñanza memorística y lineal de las cosas ‘tal como sucedieron’...” Al margen del enfrentamiento al que alude Carrera Damas, se percibe en él, que dentro esa crítica a la historia “oficial y académica” se encierra una crítica a una forma de hacer ciencia histórica influenciada por el positivismo, a esa que pretende conocer los hechos “tal como sucedieron”.
Ante la existencia en Venezuela de dos concepciones de la ciencia histórica, el investigador que se hubiese dedicado a la investigación en este campo, tuvo que verse afectado por alguna de esas corrientes historiográficas. ¿Estaría Amézaga Aresti influenciado principalmente por el Positivismo venezolano, heredado de la generación de Gil Fortoul y Vallenilla Lanz, y seguido por Salcedo-Bastardo y Morón, entre otros? ¿O acaso fue un ecléctico? Veamos.
La Metodología en Hombres de la Compañía guipuzcoana.
Caracterizar a un estudioso, sea éste historiador o de otra disciplina científica, como perteneciente a una corriente de pensamiento determinada, o que en su obra se encuentren presentes rasgos de una escuela específica, es una tarea no exenta de dificultad, pues en la mayoría de los casos coexisten en un mismo autor rasgos de diferentes escuelas de pensamiento, sin que por ello se aprecien contradicciones mayores en sus ideas. Es por esa razón por lo que ubicar a ese estudioso en una época determinada puede ser muy útil a la hora de llevar a cabo esa tarea de caracterizar la obra de un autor. Por lo mismo se realizó la ubicación de Vicente de Amézaga Aresti en un tiempo y lugares determinados, tanto para su vida biológica, como para la realización de su obra como historiador. Porque de esa determinación se pueden derivar relaciones que puedan permitir ciertas argumentaciones explicativas para algunos rasgos detectados en su obra historiográfica.
Afirmar que en su época venezolana (catorce años que van de 1955 a 1969) existía una poderosa influencia del Positivismo en este país, a despecho de la renovación historiográfica que estaban realizando numerosos científicos sociales de entonces, es algo conocido. Al respecto Cappeletti (1992) afirma que
“En la medida que Pérez Jiménez reinstaura, en condiciones históricas un tanto diferentes, el régimen de Gómez, podría decirse que el positivismo resurge anacrónicamente como mentalidad y hasta como ideología. Entre los plumíferos del nuevo espadón, figura precisamente el hijo de Vallenilla Lanz que, con menos talento y cultura que su padre, intenta también justificar, a partir de presupuestos más o menos positivistas, el gobierno de Pérez Jiménez y su “Nuevo ideal nacional.” (p. 32)
Y más adelante agrega este autor que “Algunos de los escritores más reconocidos de la Venezuela actual, como Arturo Uslar Pietri y Luis Beltrán Prieto Figueroa, tuvieron también en su lejana juventud, una formación impregnada de ideas positivistas.” Tomando como punto de partida el supuesto de una influencia principalmente positivista en la obra historiográfica de Vicente de Amézaga Aresti, se iniciará el análisis a su obra, comenzando por una aproximación a la metodología que pudo haber esgrimido para la elaboración del libro objeto del presente análisis.
a) Conocimiento de la Materia (De los hechos concretos).
Partiendo de la realidad de su origen y educación vasca, es lógico suponer que el autor en cuestión debió haber tenido un conocimiento general de la historia del país vasco en particular y de España en general, incluyendo el largo período en que ésta administró su vasto imperio colonial de América. La participación de la región española de la cual provenía Amézaga, en ese imperio español, es casi seguro que fuera parte de su conocimiento como personaje destacado en las letras y en la cultura universal, que lo llevaron a ser traductor de numerosas obras maestras del saber mundial. Y si a ello se añade su dedicada labor de investigación histórica en su etapa venezolana, sería lícito suponer un interés desde mucho antes por las cuestiones de la historia, interés que seguramente lo condujo a poseer una visión más o menos clara del acontecer histórico vinculado a los ámbitos señalados.
Los comentarios positivos que hace Pedro Grases acerca de su obra y la dedicación para su elaboración constituyen el soporte que permite valorar la certeza de los conocimientos de Amézaga sobre el tema objeto de su libro Hombres de la Compañía Guipuzcoana. Dice Grases al respecto:
“La obra que hoy se edita es fruto de larga y laboriosa investigación, llevada por el amoroso encandilamiento de rehacer la huella histórica que algunos vascos del siglo XVIII dejaron en Venezuela. Con simpatía, tanto como con imparcialidad y espíritu de justicia, va trenzando con mano certera los testimonios que se conservan en los repositorios documentales de Caracas. El sereno y equilibrado juicio del autor está presente en cada capítulo de su estudio.” (p. XXI del prólogo).
La opinión de Pedro Grases es importante para hacerse una opinión relativa a la exactitud de los conocimientos expuestos en la obra de Amézaga, no sólo por la amistad existente entre ellos, ni por la estrecha colaboración que se intuye existió entre ambos para la realización de la misma, sino también, y sobre todo por la autoridad que representa Pedro Grases dentro del ámbito de la ciencia que se ha hecho en Venezuela.
Otro elemento a considerar para valorar el conocimiento que sobre la materia tratada, posee el autor de Hombres de la Compañía Guipuzcoana, lo constituye la comparación con otras obras historiográficas de autores reconocidos. Aunque el tema tratado por Amézaga es muy específico, pues se trata de la acción de ciertos personajes dentro del engranaje que representó la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, y de la sociedad colonial en general, cuando éste acude al indispensable cotejo con la realidad que le sirvió de marco, vale decir, cuando contextualiza su tema específico en la sociedad en general en la cual se desenvuelven sus personajes y acontecimientos, resulta útil la comparación con el tratamiento que dan otros historiadores a los eventos marco. En ese sentido, se puede verificar una certeza en el manejo de la información histórica por parte de Amézaga, y ello se demuestra al revisar la bibliografía consultada para realizarla. Pedro Grases da una lista: “Hussey, Arcila Farías, García Chuecos, Demetrio Ramos, Morales Padrón, E. B. Núñez, Tavera Acosta, Lodares, Altolaguirre,, Rodolfo García, etc.” Y se hace uso aquí de la lista ofrecida por Grases, incluyendo el etcétera, porque en la edición no aparece una Bibliografía como tal, así como tampoco se ofrece una lista formal de Referencias Documentales.
b) Verificación de las Fuentes.
Aunque la presente edición no muestra una lista formal de las Fuentes Documentales utilizadas por el autor, se puede afirmar que la mención de éstas no está ausente, pues a lo largo de la obra en cuestión se van indicando mientras se va haciendo uso de ellas dentro del texto; la mención se realiza al pie de página, en orden numérico en una sola serie que abarca toda la obra, es decir, que la secuencia de números es la misma desde el inicio hasta el fin del libro. No hay series particulares para cada capítulo. La obra presenta 256 notas a pie de página, casi todas correspondientes a Archivos Documentales, y muy pocas a referencias bibliograficas. Es importante señalar que para la realización de esta obra, el autor consultó casi exclusivamente repositorios venezolanos; el mismo autor señala que “El presente trabajo es, entre otros, fruto de nuestros años de labor investigadora en el Archivo General de la Nación. La mayor parte de las fuentes documentales en él citadas, como podrá verse, proceden de allí.” Pedro Grases completa la información, cuando dice que:
“De todo ello se nutre este trabajo de Vicente de Amézaga, construido con los testimonios suministrados principalmente por el Archivo General de la Nación, más los que luego ha ido sacando de las pesquisas complementarias en el Registro Principal de Caracas, donde está conservado un gran repositorio de documentos del pasado venezolano.” (p. XII de la presentación).
Sin embargo, en la obra puede leerse que se ha utilizado otros repositorios, tales como el Archivo General de Indias, el Archivo General de Simancas, las Actas del Cabildo de San Felipe y el Archivo de Aragua.
En lo que respecta a la veracidad o no de las fuentes utilizadas es conveniente destacar que, por tratarse de fuentes documentales, ubicadas en repositorios de reconocida presencia en Venezuela, se puede inferir que son fuentes confiables, pues su existencia es tradicional en la consulta de historiadores y otros estudiosos, tanto venezolanos como venidos de otras latitudes; además, si se considera la opinión de Pedro Grases, relativa al uso que le dio Amézaga a esas fuentes, es de suponer la confiabilidad de ellas.
Crítica Interna en el tratamiento de las fuentes.
Los positivistas, de acuerdo con Luis Peña (2000) dejaron como legado, entre otros, a la ciencia histórica, los criterios de la crítica interna y la crítica externa: “Ha sido, pues, grande el aporte positivista y a pesar de la superación que se ha operado dentro de la historia de la historiografía universal y venezolana es indudable el legado y vigencia existente de sus propuestas técnicas: crítica externa, crítica interna...”. De acuerdo al tratamiento que Amézaga de a las fuentes en el libro estudiado, al parecer estamos en presencia de un autor con influencia de esta Escuela historiográfica, pues, además de la profusa utilización de documentos, cosa que ya de por sí es una característica de ella, también es posible observar que el autor en la mayoría de los pasajes del libro, presenta esa gran cantidad de citas documentales, como apoyo fundamental de un relato que va construyendo; es decir la argumentación que utiliza para su explicación requiere del apoyo constante de documentación. Se percibe en el autor la pretensión de que los documentos hablen por sí mismos. O se dedicó, como estableció el Manual de Langlois-Seignobos, a “elaborar los hechos que encuentra en bruto” (citado por Aróstegui, 1994); Se puede detectar que el autor expone su historia como un conjunto de “hechos históricos elaborados” a partir de los “hechos en bruto”. En un pasaje de su libro, Amézaga invita al lector a que “veamos lo que nos dicen algunos viejos documentos.” (p. 353). Es decir, a ver qué hablan esos documentos.
Crítica Externa.
Tal como se ha anunciado más arriba, el autor para la realización de su libro, ha recurrido a la documentación primaria, existente en diferentes archivos de la nación, y en algunos documentos que se procuró, y que provinieron del Archivo de indias en Sevilla; es decir, que por la naturaleza del trabajo, referido a una época remota (siglo XVIII), ha tenido necesariamente que recurrir a esa documentación; pero se queda sólo allí, no apela a otro tipo de fuentes valoradas por la Escuela de Annales, tales como mapas, ni a otros testimonios aportados por otras ciencias, como la arqueología, y por lo mismo no se utilizan fuentes monumentales, ni los objetos, como las monedas, utensilios y otros de la época. Por esas consideraciones creemos estar en presencia de un autor con marcada influencia positivista.
Pero independientemente de lo anterior, el autor intenta, en su afán de valorar el contenido de los numerosos documentos que utiliza, establecer los hechos a partir de la interpretación de aquellos. Hace lo que Peña (2000) considera propio del historiador positivista, el “establecimiento de hechos mediante la filiación del dato, actitud crítica ante las fuentes que posibilita y amplía la indagación del pasado.” A lo largo de la obra se recurre a la interpretación de documentos. En un pasaje de la misma puede leerse un fragmento que pude probar lo expuesto aquí:
“El mal seguía su curso: los tomos VI y VII de la colección “DIVERSOS” del Archivo General de la Nación, están integrados por un voluminoso expediente que contiene los autos operados en virtud de la comisión conferida al Capitán Don Mateo de Osorio, por el Capitán General de la Provincia ‘para poner reparo a los abusos de los ministros reales encargados de la extinción del comercio de extranjería’.”

c) Estilo del Discurso
Según se desprende de los datos aportados por las fuentes consultadas, Amézaga Aresti desplegó una actividad relacionada con la literatura. La traducción de varios clásicos así parecen confirmarlo; en el Diccionario de Historia de Venezuela, de la Fundación Polar se afirma que “No pudo aprender en su niñez la lengua euskera, la cual estudió a partir de los 17 años de edad hasta alcanzar una maestría que le permitió escribirla en prosa y en verso y traducir obras de otros idiomas.” Y refiriéndose al libro Hombres de la Compañía Guipuzcoana, Pedro Grases resalta la utilización de un lenguaje poético por parte de Amézaga:
“Por último, quiero señalar como rasgo peculiar en el trabajo rendido por Amézaga, cierto aire poético en el trato de las biografías que componen el libro. No es precisamente fácil pasar de la sequedad de un documento antiguo, manejado con criterio erudito, con rigor de información histórica, al vuelo literario de su pluma. Es como si la exactitud requerida por la exposición no permitiese la expansión íntima del escritor. Pero en Amézaga aparece en más de una ocasión el poeta que hay en él...” (p. XXIII de la presentación).
Quizás por su formación, o acercamiento con la literatura, Amézaga utiliza un discurso historiográfico en donde la narratividad, que como la denominó Aróstegui (1994), es “el desarrollo y concreción en la obra de esta estructura común del discurso narrativo, sea o no de ficción”, es el estilo elegido para contar su historia; es decir que la utilización de esta forma de comunicación literaria que utiliza nuestro autor, es propia de los relatos de ficción, en donde el narrador, generalmente es omnisciente, que puede relatar de sus personajes cualquier acción; pero cuando este estilo es llevado a la representación de la realidad empírica que se pretende contar a través del discurso histórico, se corre el riesgo de interpretar, que así como se narran los hechos por el historiador que utilice ese estilo, así han debido ser los acontecimientos reales. Este tipo de discurso histórico es el preferido de los positivistas, quienes pretendiendo conocer la verdad de los hechos, intentan contarlos “tal como sucedieron”, porque piensan como Paul Ricoeur, que “la función narrativa, en la que se insertan tanto la histori(ografí)a como la ficción, es la expresión de la historicidad.” Citado por Aróstegui (1994). A lo largo de todo el libro, Amézaga hace uso de este estilo narrativo. A excepción del último capítulo, en el cual se refiere el autor al desarrollo del cultivo del añil en los valles de Aragua, el resto del libro está expresado en forma narrativa. Al leer esas páginas uno no encuentra diferencias entre la exposición de los hechos representados allí, y un relato de ficción. Se puede escoger al azar cualquier página, y ella revelará narrativismo, el cual está centrado en las acciones de un hombre: “Ante esto, era natural que Zuloaga, al mismo tiempo que ordenaba las medidas de represalia que principalmente habrían de recaer sobre las cajas del Asiento de negros...acelerase sus preparativos de defensa.”
El manejo de un lenguaje narrativo por parte Amézaga Aresti es producto de la doble circunstancia de su –creemos- apego al positivismo, y de la circunstancia de ser un literato. En nuestro ámbito venezolano contemporáneo, un historiador como Guillermo Morón, también influenciado por el positivismo, presenta una similitud adicional con Amézaga, y es su condición, y en este caso de obra reconocida, de escritor. Esa circunstancia, al decir del crítico Juandemaro Querales, le ha otorgado a Morón un manejo especial del lenguaje: “Su práctica multidisciplinaria en el campo de la ciencia le abrió un especial dominio para el trabajo de un lenguaje total...” Querales (1989). En la contraportada de esa obra, denominada Festejos, pude leerse que, en el caso de Morón, “...su sistema de representación del contorno objetivo se complica con el empleo de gramáticas dominadas previamente por el narrador en referencia, ya que se trata de un científico e investigador de las Ciencias Sociales.” En el caso de Amézaga, se pudiera afirmar que es muy parecido al anterior, puesto que su obra es el resultado de la labor de un literato, y la vez, de un científico social. El tono poético, que a ratos agrega Amézaga a su obra, y del cual hace mención Pedro Grases, se puede notar en el siguiente fragmento de su Hombres: “En su mayorazgo de Sarría, en Orio, en sus tierras de Usurbil, o mejor que todo, en su Azpeitia natal, en aquel verdeante valle que en el Urola se espeja y en el que la mole de Izarraitz pone una nota de majestuosa perennidad...”
Por otra parte, el discurso de Amézaga, independientemente de las consideraciones anteriores, presenta una coherencia que es el reflejo de una persona instruida, profesional universitario, con experiencia, desde sus años de mocedad, en la traducción de obras maestras de la literatura universal; además por su actividad universitaria y docente en varios institutos, tanto de España, como de América Latina. El discurso está escrito en un lenguaje sencillo, y se puede decir que hasta didáctico; cuando se refiere a uno de sus Hombres, José de Iturriaga, lo describe de forma casi escolar: “Iturriaga era natural de la villa de Azpeitia (Guipúzcoa), donde había nacido en el mes de diciembre de 1699. Sentó plaza de guarda-marina en 1718, y en 1733 fue nombrado Teniente de Navío. Según Ramos Pérez, era caballero de Santiago, había desempeñado el cargo de Alcalde en su villa nativa y, más tarde, el de Diputado General de Guipúzcoa.” Con un lenguaje semejante la obra se puede leer con facilidad y entusiasmo, pues el mismo estimula y atrae la atención del lector.
d) Utilización de Categorías de Análisis.
Lo que se nota, aún con una lectura superficial de la obra de Vicente de Amézaga Aresti, es la noción de hecho histórico, el cual se puede apreciar a lo largo de toda su historia. La categoría de hecho histórico, que es, según Aróstegui (1994) una característica fundamental del positivismo, al punto que la misma es una adaptación de la categoría sociológica de hecho social, aunque no es mencionada con frecuencia en la obra estudiada, sí se puede detectar que la misma subyace en el tratamiento que se le da a los acontecimientos que se relatan. En un pasaje escribe el autor:
“Cuando Iturriaga llegó a Cumaná –día 10 de abril-, era allí Gobernador Don Mateo Gual, el mismo que, como Castellano de La Guaira, había luchado a su lado en la victoriosa defensa de la plaza contra los ingleses, en 1743. (...) Y cuando nos toca examinar, como ahora lo hemos de hacer, la enconada enemistad entre ambos, es natural que comencemos por recordar ese hecho.” (p. 109).
La palabra hecho está presente en el párrafo anteriormente citado, lo cual por sí solo no es suficiente para determinar que se está ante una actitud historiográfica que pretende establecer los hechos “cosificados”, al decir de Aróstegui; pero cuando se percibe que el autor constantemente está en la búsqueda de la “verdad histórica”, entonces sí se puede estar en presencia de una actitud con influencia positivista. Cuando Amézaga , basándose en documentación, cuenta, con la certeza que el haber establecido una “verdad”, es decir el conocimiento de un “hecho”, lo siguiente: “Era, como se ve, plena la confianza en las capacidades y conducta de Berastegui, quien, ya con el pie en el estribo, en carta fechada en El Tocuyo, en 19 de octubre, da cuenta a Abalos de las últimas novedades y disposiciones...” se puede notar el uso de la categoría de hecho histórico.
La utilización constante de la categoría de hecho histórico en la obra de Amézaga es una característica que se refleja en ella del positivismo; sin embargo, es posible percibir en algunos de sus pasajes otras referencias directas y no tan directas a otras categorías utilizadas por la escuela historiográfica basada en los postulados de Auguste Comte. Cappeletti (1992) afirma que “Entre los positivistas venezolanos no son pocos los que tienden a atenuar el determinismo en el plano histórico-sociológico.” Y es más explícito cuando agrega que el determinismo entre los positivistas venezolanos se presentó de dos formas: “El geográfico, que hace depender los hechos humanos del clima y del medio ambiente natural...” y “El biológico, que los considera derivados de la raza y de la herencia genética...” En la obra de Amézaga, aunque se cuida de no parecer tan radical en este sentido, la constante apología que hace a los vascos de Guipuzcoana a lo largo de todo el libro, hasta el punto de que esos vascos son los protagonistas y héroes del relato, indican una inclinación del autor hacia las bondades que se derivaron de la acción de esa colonia europea, que en un momento determinado se trasladó en número significativo hacia la Provincia y Capitanía General de Venezuela. Cada capítulo es una reseña de las actividades de esos personajes, representantes de aquel capitalismo mercantil del siglo XVIII. En el prólogo del libro, el propio Amézaga reconoce cierta inclinación afectiva hacia los guipuzcoanos, pero él lo atribuye a razones coterraneidad: “No hace falta decir que fácilmente se echará de ver nuestra cordial simpatía por los hombres de la Guipuzcoana. Es algo que nos brota de la sangre y que no tenemos por qué disimular.” Y aunque está dispuesto a reconocer los errores que pudieron cometer esos personajes, es de los que están “convencidos también, eso sí, de que en el balance general, el saldo es francamente favorable al esfuerzo de Guipúzcoa...”
En otros apartes de la obra, se puede percibir ese determinismo de que habla Cappelletti, tanto del geográfico, como del biológico; en la página veinte, aunque cita a uno de los hombres, el “precursor” de la Guipuzcoana, Pedro José de Olavarriaga, cuando afirma que “la flojedad de sus vecinos es tan grande que, en medio de esta abundancia, apenas se halla lo necesario para la vida” (p. 20); sin embargo es el propio Amézaga quien escribe, aunque refiriéndose al anteriormente citado personaje, que éste no se explicó “si esta flojera era vicio que provenía del temperamento de la tierra...” Es conveniente recalcar, que aunque el autor no es muy explícito cuando hace uso de esas categorías, quizás por no ofender susceptibilidades en un país que lo acogió, y que seguramente él también llegó a apreciar, al punto que vivió aquí sus últimos días, sí se pueden detectar en la constante alusión a los prohombres de la Guipuzcoana.
Aunque Cappeletti, al caracterizar a un positivismo histórico en Venezuela, afirma que éste se empeñó en combatir la metafísica, “que suele buscar la clave de los acontecimientos en la personalidad del héroe”, en Amézaga parece percibirse un tratamiento de héroes para con los Hombres de la Compañía Guipuzcoana, aunque esa condición parece provenir, según el autor de su condición de ser pertenecientes a una región de Europa, lo cual en sí mismo encierra unas consideraciones deterministas, en el sentido que le otorga Cappeletti al término. En un pasaje se refiere a la labor de “pacificador de indios” que en un momento determinado ejerció el Director de la empresa vasca, José de Iturriaga: “Este era otra de las principales empresas que, en todo momento, atendió la solicitud de Iturriaga y para la cual no le faltaban conocimientos previos ni instrucciones de la Corte...” (p. 138).
Otro de los caracteres positivistas que se pueden detectar en la obra de Amézaga, es una cierta inclinación hacia las ideas relacionadas con las bondades de la inmigración; pero la inmigración para los positivistas venezolanos debe significar, “aunque ello no siempre se admita abiertamente, mejorar la raza y blanquear la población autóctona.” Cappeletti (1992). Amézaga en un capítulo de su libro escribe que “Para Iturriaga, pues, que en sus años de actuación al frente de la Compañía Guipuzcoana había tenido ocasión de conocer a los naturales de las tierras venezolanas y guayanesas, la consigna era la misma que años después haría famosa en la Argentina otro hombre de su misma raza, Alberdi: ‘Gobernar es poblar’.” (p. 139). Como puede apreciarse, además de las bondades de la inmigración, Amézaga no puede resistir referirse a la “raza” vasca.
Aunque en la obra objeto del presente análisis, Amézaga no se presenta especialmente anticlerical, en algún pasaje de su libro hace mención, refiriéndose a uno de sus personajes, a cierta labor negativa por parte de los Misioneros: “No todo era facilidad y éxito en la atracción de los indios y en el trato con ellos. Las deserciones de éstos se multiplican cuando más necesaria es su colaboración, falta que, como otras, según puede verse en sus cartas, achaca muchas veces Iturriaga a los Misioneros, al menos en parte.”
Quizás algún crítico mucho más agudo y avezado podría descubrir en un análisis a la obra Hombres de la Compañía Guipuzcoana, Vicente de Amézaga Aresti una orientación doctrinaria diferente al positivismo; pero es irrebatible la existencia de rasgos de esa escuela historiográfica en la metodología utilizada para su elaboración, y hasta en los supuestos teóricos que le sirvieron de soporte. En todo caso, es muy difícil encontrar a un científico “puro”, pues hasta los creadores de esas escuelas y doctrinas del pensamiento presentan influencias de otras corrientes filosóficas distintas a la suya. Cappeletti (1992) considera que las primeras características del positivismo venezolano son las siguientes: “1) Es amplio y, en general, poco dogmático; 2) tiene tendencia al eclecticismo...”
Por eso, lo más probable es que Amézaga, al hacérsele un estudio, si no más riguroso, posiblemente más respaldado en conocimientos, resulte ser un ecléctico, con influencia de varias corrientes historiográficas; pero si eso ocurriese, habría que considerar la segunda característica que Cappeletti ha percibido en el positivismo venezolano, y entonces tal vez se pueda afirmar que Amézaga no es un ecléctico a secas, sino un positivista ecléctico.
e) Objetividad del autor.
En sus pretensiones de llegar a la verdad de los hechos históricos “tal como ocurrieron”, que presentan como característica definitoria los positivistas, éstos intentan que la subjetividad del autor no afecte su trabajo, que será científico en la medida en que sea objetivo. Y eso es válido aun para los científicos sociales. Luis Peña, en su libro Construyendo Historias, afirma que el positivismo, “cuando irrumpe, conforma en alarde de un cientificismo extremo para la historia, un método pleno de técnicas con el fin de tratar ‘objetivamente’ los problemas políticos, diplomáticos o religiosos...”
En toda la extensión de su obra, no se encuentra en Amézaga ni un asomo de tomar posición militante de ningún tipo, ni ideológico, ni doctrinario, ni de escuelas (nunca se declara ni positivista, ni ecléctico, ni nada), ni político; no pretende a través de su trabajo formar conciencias ni estimular un cambio social, ni se declara partidario de una corriente de pensamiento específica; todo ello quizás sea consecuencia de sus no declaradas influencias positivistas que lo colocan en la posición de ser “objetivo” a ultranza. En lo que pudiera notarse una posición militante es en su defensa de su “coterraneidad” vasca, que alude con frecuencia en las páginas del libro: “...fácilmente se echará de ver nuestra cordial simpatía por los hombres de la Guipuzcoana. Es algo que nos brota de la sangre...” (p. 4); más adelante, refiriéndose a Olavarriaga, afirma que “Sin temor de que se nos desmienta, podemos afirmar que la tierra de Venezuela no había conocido nunca, hasta su venida, un visitante que dedicara al estudio de su situación y recursos una mente tan experimentada y minuciosa.” (p. 17).
f) Tratamiento que se da al Tiempo Histórico en Hombres de la Compañía Guipuzcoana.
En la obra analizada se puede apreciar que el autor se basa en la cronología, la cual se puede entender, tal como la definió M. Sato, citado por Aróstegui (1994), como “un método para ordenar el tiempo y situar los eventos en la secuencia en que ocurren”. Es evidente que Amézaga hace uso de esa cronología pues expone los acontecimientos desde el más remoto hasta el más reciente; sólo que él se basa principalmente en las historias, que son unas especies de biografías, como lo apuntó Grases, de los personajes protagonistas de la Compañía Guipuzcoana; pero aun en esos casos, intenta comenzar por los personajes más remotos, para rematar en los más recientes: Pedro José de Olavarriaga, “el precursor”, José de Iturriaga, “el Director Principal”, Fermín de Sansinenea, Pedro de Berastegui, son algunos de esos nombres de personajes que son presentados en la secuencia en que van apareciendo en escena. En la obra se percibe una constante alusión de fechas expuestas secuencialmente.
Sin embargo, habría que señalar que en la obra, en dos capítulos el autor vuelve a las primeras fechas. En el capítulo IV, denominado Los Libros, se remonta a 1730, época del arribo de los primeros barcos de la Guipuzcoana a Venezuela, para tratar lo relativo a los libros que, según algunos historiadores, Gil Fortoul entre ellos, habrían venido en aquellas naves procedentes del país vasco; también en el capítulo VII, titulado El Añil, el autor vuelve a otra época diferente a la secuencia que había venido manejando en los capítulos precedentes, aunque en este caso no se remonta a épocas tan remotas como en el anterior, sí se nota el tratamiento de una secuencia temporal particular para las actividades relacionadas con la introducción y desarrollo del cultivo del añil en los Valles de Aragua; sin embargo en cada caso, el tratamiento que le da Amézaga al tiempo histórico, aparentemente se basó en la concepción newtoniana del tiempo, comentada por Aróstegui (1994), “...flujo temporal en cuyo seno se desarrollan los acontecimientos.”; es decir, que adapta los hechos relatados a la cronología de fechas del calendario.
En ese sentido, Amézaga no hace mención a una periodificación en el tiempo en el cual transcurre su historia, a lo largo del siglo XVIII. Si pretendió proponer alguna, ésta sería relacionada con la vida de los personajes que sirven le de protagonistas, pues ni siquiera intenta establecer una “época del añil”, por ejemplo.
CONCLUSIONES
En el análisis realizado al libro Hombres de la Compañía Guipuzcoana, de Vicente de Amézaga Aresti, se pudo detectar algunos elementos que pudieran vincularlo con una influencia de tipo positivista o neo-positivista, lo cual puede explicarse en parte por las circunstancias particulares en las cuales nuestro autor se relacionó con la actividad de historiador en Venezuela; por sus posibles nexos con historiadores venezolanos herederos de los positivistas de principios del siglo XX. Antes de 1955, año de su arribo a este país, las fuentes no informan de actividades historiográficas por parte de Amézaga.
A pesar de que durante la vida biológica de Vicente de Amézaga Aresti la ciencia histórica experimentó una serie de transformaciones en su metodología y en su teoría, tanto en Europa como en América, mediante el surgimiento y desarrollo de diferentes escuelas historiográficas, como los Annales, el marxismo francés, soviético y británico y la Cliometría norteamericana, y que esas corrientes tuvieron más o menos influencia en la Venezuela de las décadas del treinta al setenta, en la obra de este autor vasco no se reflejó notablemente una influencia de esas escuelas renovadoras de la ciencia historiográfica del siglo XX. Durante la permanencia de Amézaga en Venezuela se desarrolló la “historia económica y social”, con los aportes iniciales de autores como Miguel Acosta Saignes, Eduardo Arcila Farías, Federico Brito Figueroa, Domingo Felipe Maza Zabala y Ramón Tovar, principalmente; pero tampoco se percibe influencia alguna de ellos en la obra Vicente de Amézaga, a pesar de que en su libro cita en varias oportunidades a Arcila Farías.
Por las categorías utilizadas por Amézaga, tales como: la noción de hecho histórico, el determinismo geográfico y biológico, el positivismo histórico, la inmigración y cierto anticlericalismo, se puede afirmar que presenta una marcada tendencia a orientar su obra por la senda del positivismo.
Si a lo expuesto se suma la utilización en el desarrollo de su discurso histórico de un marcado narrativismo, el cual es presentado con una claridad y estilo didáctico y coherente que atrae la atención del lector; que además pretende mantener una posición objetiva ante los acontecimientos que trata en su historia, sin tomar partido por doctrina alguna, como no sea con su “patria vasca”; y si le da un tratamiento al tiempo histórico de manera secuencial, se puede confirmar su tendencia hacia el positivismo.
Por último, sería importante señalar, que la obra objeto de este estudio, al decir de críticos prestigiosos, como Pedro Grases, está elaborada con una calidad y profesionalismo que le otorgan un lugar en la historiografía venezolana, que si bien no es muy conocida, sí sería de valor para el investigador que, como el que esto escribe pretenda abordar un estudio relacionado con la Compañía Guipuzcoana, corporación vasca que tantos cambios introdujo en varios lugares de la Venezuela del siglo XVIII, entre los cuales pudiera figurar nuestra ciudad de Calabozo, tal como lo preconizó Alfonso Espinoza, y como indagaremos en un futuro trabajo.
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
Amézaga Aresti, V. (1963) Hombres de la Compañía Guipuzcoana. Caracas: Banco Central de Venezuela. Volumen IX.
Aróstegui, J. (1994) La Investigación Histórica. Teoría y Método. Barcelona, España: Editorial Crítica.
Brito Figueroa, F. (1981) La Contribución de Laureano Vallenilla Lanz a la Comprensión Histórica de Venezuela. Caracas: Universidad Santa María.
Brito Figueroa, F. (2000) Historia Disidente y Militante. Bogotá: Plaza & Janés.
Carrera Damas, G. (1985) Diez Puntos sobre la Enseñanza de la Historia de Venezuela. Caracas: Revista Tierra Firme. Vol. III. Nº 11 jul-sept.
Cappeletti, A. (1992) Positivismo y Evolucionismo en Venezuela. Caracas: Monte Ávila Editores.
Fundación Polar (1997) Diccionario de Historia de Venezuela. Caracas: 2º edición. Tomo I.
Mieres, A. (1986) Una Discusión Historiográfica en Torno de “Hacia la Democracia”. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia.
Moradiellos, E. (1994) El Oficio del Historiador. Madrid: Siglo Veintiuno de España Editores.
Peña, L. ((2000) Construyendo Historias. Caracas: Ediciones de la Biblioteca de la Universidad de Venezuela.
Querales, J. (1989) Festejos. Aproximación Crítica a la Narrativa de Guillermo Morón. Caracas: Academia Nacional de la Historia.
Uslar P., A., Gasparini, G. (1965) Venezuela. 1498-1810. Caracas: Sociedad de Amigos del Museo de Bellas Artes. Fundación Cróele. Fundación Shell.



*Profesor e historiador venezolano

MUDANZAS, EL HÁBITO


Alberto Hernández*
I
El ojo de la lechuza inventa el mundo. Se pasea silencioso sobre cada paisaje, mogote planetario o playa adonde llegan los navíos. Graba con ocular sabiduría la gravitación de los astros cerca de la tierra. Animal de la noche, entre las ramas del árbol de la vida, frecuenta el hechizo proferido por la magia. Dilatado por el giro del reloj, perito en fórmulas y en temores por resolver, hace juego con el misterio, con la paciencia de quien se sabe observador del universo. Mudanza, movimiento: hábito, estación.
“La lechuza posee una secuencia/ Y las imágenes no vuelcan hacia el deterioro/ Aflora la noche en su pico/ Detrás de su mirada que no es móvil”, así lo ausculta Wilfredo Carrizales en el comienzo de un viaje que se multiplica en voces y acentos, en el poemario Mudanzas, el hábito, publicado en la capital de China, Beijing, este mismo año de 2003. De por sí, el título ya nos dice de los distintos lugares donde se posa la mirada del búho/ hechicero y poeta (dicho en femenino gracias al respaldo lechuza), quien no deja lugar donde no se revele; así mismo, lo que no se mueve, costumbre. Movimiento y estatismo, quietud y desplazamiento. “Lamento que no hayan sido/ Mis ojos/ Los que se posaron por primera vez/ Encima de la grandeza de su alimento”, para decir de la lechuza que inicia recorrido por bambuzales, estepas, desiertos, calles solitarias, bosques, polis y soledades de la tierra, como faro del mundo, como trazador de símbolos. Ojo buhonero el del que escribe para hartarse de tiempo e imágenes.
II
Las lechuzas reales, aliadas de la ingeniería; el búho campanero, diseñador de estrategias de caza, usado en los grandes sembradíos de arroz para el exterminio de ratas invasoras. El búho chico, listo ante cualquier intento de huida; el búho nival, de blancura envidiable: el ojo suele ocuparse de los latidos cardíacos del venado invernal. Todos ellos caben en este poema que Carrizales nos envía desde las antípodas. Todos ellos, conocidos y desconocidos, duermen con los ojos abiertos sobre la cuerda vibrante de los versos de este libro del nacido en Cagua y actual agregado cultural de Venezuela en la patria de Li Po.
Y lo afirmo con la misma desmesura del párpado ciclópeo de la bestia emplumada: los búhos son responsables de la vida de los animales, de los que piensan y de los que se mueven por el monte con la intuición que le brindan los árboles, pensadores del bosque.
En la medida en que el libro de Carrizales crece hacia las páginas que leemos, la lechuza se transforma. Se trata entonces de una lectura mimética, una lectura búho: observadora y observante, dicotómica. Un legado en el texto, el anuncio de una gira verbal: “Después/ Quiso exageradamente/ A las cordilleras/ E inventó para ellas/ Signos inequívocos/ De pretendida renovación”. ¿Quién que contempla la mudanza de su plumaje no es capaz de advertir lo que vendrá a través de la magia, de la brujería de su silencio? ¿Se tratará de una bestia o es alguien que trocado en misterio nos escribe el futuro?
Lo cierto es que el poeta entra al ojo de la lechuza, que todo lo ve. De allí este libro que toca temas disímiles en una suerte de inorganicidad relevante por las conexiones que establece entre un paisaje y otro, entre una “narración” y otra, entre un desquiciamiento y otro.
III
La mudanza, la primera estación del libro, es eso: mirada cambiante, estimación del conocimiento del mundo, sus sentimientos, alegoría de una mujer que presiente el más allá de la geografía y la vida. La segunda estación, el hábito: un secreto producto de la sapiencia, la sabiduría frente al fuego universal, tan local como un árbol repetido mil veces en un bosque. “La luna desplaza a su rey/ Hacia confines más seguros// Un gancho con carnada/ Amaneció pendiendo/ De una estrella triste y boba/ Ya en las bodegas lunares/ Se agotó por completo el queso/ Y el peligro famélico se cuela/ A los estómagos que arden...”
Estamos frente a una aventura riesgosa. Se trata de un libro que nos hace dudar, un libro que va del afuera al adentro, del ojo perfectamente redondo de la lechuza al descampado de la palabra, la caja sonora del espíritu.

*Poeta, narrador, crítico y periodista venezolano.

jueves, 31 de mayo de 2007

MUSEO NUEVA CÁDIZ


Edgardo Malaspina*

El gobernador de Margarita Don Bernardo D´Vargas Machuca construyó su sede entre 1609 y 1612 para el funcionamiento de la cárcel y el ayuntamiento en La Asunción Aquí el 4 de mayo de 1810 se firmó la incorporación de Margarita al movimiento independentista. El gobernador Don Heraclio Narváez Alfonso (1950-1954) lo declaró como lo conocemos ahora: Museo de Nueva Cádiz (en Cubagua), en honor de la primera ciudad española en América del Sur. Cubagua , visitadad por Colón por primera vez en su tercer viaje (1498)fue destruida por un maremoto en 1541. Algunos objetos salvados se exponen en el museo junto a piezas precolombinas, cañones y anclas del siglo XIX. De allí partieron en plan de conquista y colonización Jácome de Castellón, Alonso de Ojeda, Juan de Ampíes, Diego de Ordás y Diego de Lozada.
Los españoles llamaron el lugar “islote de las perlas” , y oficialmente se le denominaba Costa Provincia de las Perlas. Los indios eran sometidos y marcados con una “C”. Luego eran obligados a extraer perlas. En 1523 descubrieron en la isla aceite de petróleo, al cual se le adjudicó propiedades medicinales. Juan de Castellanos en su Elegia de Varones Ilustres de Indias (1589) hizo la observación (Elegia XIII, Canto Primero):
Tiene sus secas playas una fuente do bate la marina
de licor aprobado y excelente
en el uso común de medicina
el cual en todo tiempo de corriente
por cima de la amar se determina
espacio de tres leguas, con las manchas
que suelen ir patentes y bien anchas.
El 12 de septiembre de 1528 al poblado se le otorgó rango de ciudad: Nueva Cádiz. El 25 de diciembre de 1541 un fenómeno natural destrozó la ciudad; y en 1543 los piratas franceses incendiaron lo que quedó. El 5 de noviembre de 1979 fue declarada Monumento Artístico Nacional.
Pero el pasado de Nueva Cádiz y las islas que conforman el Estado nos lo reconstruyó Enrique Bernardo Nuñez en su novela Cubagua . No se puede entender esta región sin hacer una lectura de la novela, en la que confluyen personajes de distintas épocas y para quienes el tiempo carece de barreras. Allí están Ramón Leiziaga y sus investigaciones en la zona de perlas en Cubagua; Nila , hija del cacique Rimaría; y Fray Dionisio, misionero del siglo XVI. Ellos, junto a Diego de Ordaz , representan el pasado transformado a través de un recurso literario en gente del presente. La obra anuncia la revolución literaria latinoamericana que más tarde se impuso con el Realismo Mágico y lo Real Maravilloso. En el ella buscamos la verdad de nuestra historia, el misterio de nuestro pasado: fray Dionisio hurga en viejos papeles y Leiziaga en sus proyectos mineros.

OBRA POÉTICA
Cubagua está escrita en una prosa muy poética: “En Paraguachi, a la hora de vísperas, en la puerta del templo, se veía a un franciscano, hombre alto, cojo de edad indefinible. Era el párroco fray Dionisio de la Soledad, que seguía con la mirada la puesta del sol y las rojas flores de cedro desprendidas por el viento”
Otros ejemplos: “Pero con el sol los recuerdos desaparecen. El mundo es hermoso y sólo ella existe. Venus asciende hasta la luna. Tendido en la arena, Leiziaga se olvida del petróleo, de los tesoros sepultados en Cubagua, de su misma vida anterior, y observa el jeroglífo que los cardones van trazando. El mar acumula en la orilla su nieve efímera, sus flores, sus algas”.
“El mar es de un verde diáfano. Las playas lejanas brillan como jogarros. La luz blonda, vigor de la espátula en torno de las rocas, alza sus velos argentados, sus sinfonías de llamas sobre islas y farallones”
“Los pies se hunden en el río de nácar. Rocío de mundos”
Nueva Cádiz es descrita así: “ Las casas eran altas, macizas como fuertes. En las calles estallaba el tumulto de lonjas improvisadas”. “Nueva Cádiz fue sacudida por tormentas y terremotos, atacada por los piratas y los caribes. Cuando cesó el tráfico de esclavos los vecinos huyeron. No había ya quien llevase agua ni leña. La ciudad quedó abandonada y el mar sepultó sus escombros”.
“Brillaban las calles esmaltadas de nácar. La noche anterior cayó una lluvia límpida sobre Cubagua. El mar tiembla, se estremece con alegría infinita”

ASPECTOS MÉDICOS
Uno de los personajes de la novela es el doctor Gregorio Almozas, quien se anunciaba en un consultorio en La Asunción como “Médico, Cirujano y Partero”. Una vez , le indagaron con sorpresa acerca de un fórceps oxidado(pinza para extraer el feto) que cargaba en un estuche de madera. Él contesto que lo usaba asimismo, sin limpiarlo. Además agregó que lo acababa de emplear en un parto muy laborioso de gemelos.
Enrique Bernardo Núñez describe casos de tracoma en niños de Margarita. En alguna parte se habla de un hombre que inoculó a su esposa el bacilo de Hansen (responsable de la lepra), y a quien luego recluyen en un lazareto con “sus bellas manos mutiladas”.
Desde España solicitaban betún(petróleo) proveniente de Cubagua para uso medicinal.Cuciú (luciérnaga) , una mujer india legendaria tenía una farmacia para curar las bubas de los conquistadores con guayacán (árbol emblemático de Margarita) y aceite de drago. Vendía también betún. Curaba la ceguera y el cáncer: “Los murciélagos y serpientes del Hypayari, las flechas envenenadas, cuando no mataban, abrían la carne para una horrible agonía. Morían rabiosos,entre convulsiones. Aplicaba a sus heridas un hierro encendido y ellos se prestaban dóciles al suplicio con la esperanza de vivir...”.
El dios Amalivaca enseñó a los indios el arte de curar .En Cubagua había muchas arañas y sus picaduras provocaban “vivos dolores”. El doctor Tiberio Mendoza sufría ataques de sama.
La infección de los ojos, la conjuntivitis granulosa, mal terrible de la vista es descrita líricamente:
“Mujeres ciegas por el tracoma concentran su mirada en el mar. Tejen cestas y esteras. Tejen febrilmente. En el aire embalsamado las visiones nocturnas salen al paso y luego, como toda imagen salida de nosotros mismos, se aleja y desenvuelve su propia vida, la buscaba en la orilla donde las conchas se abren como flores y los veleros descansan de las travesías largas y temerarias”
La novela complementa lo que la historia desconoce sobre Cubagua. Ella se inserta bellamente en los pocos vestigios que el Museo Nueva Cádiz conserva sobre la Isla de las perlas


*Editor, médico y escritor venezolano.

miércoles, 30 de mayo de 2007

EL PLAN DE BARRANQUILLA O EL OPORTUNISMO VESTIDO DE SOCIALDEMOCRACIA


Ubaldo Ruiz*




El joven Rómulo Betancourt.

TEMARIO:
Introducción
El Plan de Barranquilla en la lupa de los analistas
¿Socialdemocracia u Oportunismo?
Socialdemocracia oportunista
A modo de Conclusiones
Bibliografía consultada

INTRODUCCION

Los analistas, historiadores y estudiosos en general están de acuerdo en que el Partido Acción Democrática fue la organización que más influyó en la vida política venezolana del siglo XX. Salvo la década de régimen militarista de 1948 a 1958, el período secular que recién finalizó, fue dominado durante sus primeros cuarenta y cinco años por los andinos; y en un ciclo de duración similar, pero más reciente, en Venezuela se vivió en una Democracia inspirada fundamentalmente en los postulados del Partido fundado por Rómulo Betancourt. Independientemente de la circunstancia de que en ese período democrático iniciado en 1958, hayan ejercido el Poder Ejecutivo Nacional otros partidos distintos a Acción Democracia, tal fue el caso conocido de COPEI y de Convergencia, se puede afirmar que estas organizaciones políticas, y otras menos exitosas electoralmente, no sólo terminaron imitando a aquella en su estilo de hacer las cosas, sino que, y esto es lo más import ante, participaron en un juego democrático diseñado inicialmente por los fundadores de A.D.; de modo que no sería tan errado asegurar que la Democracia venezolana del siglo XX, no es que fue influenciada principalmente por Acción Democrática, sino que se desarrolló a imagen y semejanza de su Proyecto Político.
Porque la Democracia venezolana, con sus errores y aciertos, fue una hechura de Acción Democrática, es por lo que resulta fundamental, para entender a cabalidad el proceso político venezolano de la segunda mitad del siglo XX, conocer algu
nos elementos que contribuyeron a conformar ideológica y doctrinariamente a ese Partido Político. Aunque este trabajo no pretende presentar una conclusión definitiva en esos aspectos, sí aspira a realizar una propuesta para la discusión, la cual está relacionada con el origen ideológico de los principales líderes fundadores del “Partido Blanco”; es decir del primigenio grupo de cinco jóvenes desterrados, que junto a otros siete, redactaron y firmaron el Plan de Barranquilla, en 1931.
Precisamente mediante un estudio a aquel documento antigomecista, que sirvió de punto de partida de la organización ARDI, antecesora de Acción Democrática, parte el presente análisis, puesto que el Plan de Barranquilla contiene elementos que se repetirán en Acción Democrática de forma tan medular que sería lícito concluir que aquel documento es el substrato doctrinario de esta organización política.
Como el presente trabajo no es de ningún modo el fruto de una investigación documental exhaustiva, sino que es sólo una propuesta para la discusión, está realizado en base a una consulta bibliográfica sobre el tema, principalmente sobre la personalidad de Rómulo Betancourt, quien fue, con mucho, la persona que más influyó ideológicamente en la redacción del Plan de Barranquilla y en la formación del partido Acción Democrática.
EL PLAN DE BARRANQUILLA EN LA LUPA DE LOS ANALISTAS

Como se sabe, el Plan de Barranquilla fue un documento redactado y publicado el 22 de marzo de 1931 en la ciudad colombiana de Barranquilla por un grupo de doce exiliados venezolanos, entre los que destacaban Rómulo Betancourt, Raúl Leoni, Valmore Rodríguez, Ricardo Montilla y César Camejo, por nombrar a los que iban a ser fundadores, años más tarde, del Partido Acción Democrática; para ese momento eran muchos los compatriotas que se encontraban en el extranjero, exiliados de la dictadura de Juan Vicente Gómez. Ramón J. Velásquez (1976), asegura que “Para 1929, además del PRV existían en el exterior la ‘Unión Obrera Venezolana’, la más antigua organización de exiliados, constituida por trabajadores residentes en New York y que dio pruebas constantes de presencia en la lucha contra la dictadura gomecista y la ‘Unión Cívica Venezolana’ que proclamaba su empeño en combatir tanto la dictadura de Gómez, como el individualismo caudillista de los grupos en el exilio ...”. Domingo Alberto Rangel (1975) afirma que después del fracaso de la expedición del Falke, en 1929, la emigración venezolana de las nuevas generaciones se divide en dos bandos: “Betancourt, Leoni y otros forman entre quienes tienen vínculos con Pocaterra y los caudillos ... Machado, Carlos León y otros militan en el Partido Revolucionario Venezolano...” y destaca que entre ambos grupos se entabla una polémica: “Los del P.R.V. llaman a Betancourt agente del imperialismo. Betancourt les responde llamándolos argonautas de un sueño imposible.”.

La Generación del 28, Rómulo Betancourt sentado.
A partir de 1929, ya se nota que Betancourt, a pesar de tener para la época sólo veinte años de edad, lidera un importante grupo de esos exiliados jóvenes; en la cita de D. A. Rangel, ya se puede notar que el novato líder del 28 fulgura con luz propia; Guillermo Morón (2003) expresa al respecto: “Aquí (en Barranquilla, Betancourt), junto con Raúl Leoni, establece una frutería para tener de qué comer y funda la Agrupación Revolucionaria De Izquierda (ARDI), germen de AD. El 22 de marzo de 1931 se publica el Plan de Barranquilla, bajo la responsabilidad de ARDI; firma en primer lugar Rómulo Betancourt”. Y Manuel Caballero (2004) señala que “El año 31 señala así un hecho de primera importancia en la vida política venezolana de este siglo: la constitución, alrededor de Betancourt, de un equipo dirigente de cuya conservación y desarrollo se encargará con el mayor celo.
Será la plana mayor de Acción Democrática y sus hombres de gobierno.”. En esta obra, que es una Biografía de Betancourt, Caballero insiste en el liderazgo del caudillo de Guatire en esos años de exilio gomecista.
No cabe duda que el Plan de Barranquilla, aunque fue un documento de redacción colectiva, es obra fundamental de Rómulo Betancourt. El novel líder, surgido de la protesta estudiantil contra el régimen de Juan Vicente Gómez en 1928, según puede colegirse de la consulta de los autores reseñados, durante su exilio, se destacó como un incansable activista político, que entre lecturas del marxismo de moda entonces, militancia más o menos fugaz en partidos de filiación comunista, como el P.R.V. venezolano y el Partido Comunista de Costa Rica, del cual condujo su periódico, también se dedicó a escribir
profusamente todo tipo de documentos, principalmente correspondencia, entre las que se cuentan figuras destacadas de la vida política e intelectual del mundo de entonces, tales como Miguel de Unamuno y Henri Barbusse, además de escribirle a venezolanos tan ilustres como Mariano Picón Salas, lo cual no deja de ser una audacia intelectual en un joven que apenas había cumplido veinte años de edad. Debido a la abundancia de material escrito por el Betancourt de la época, es posible, según Caballero (2004) identificar el estilo de “fórmulas alambicadas y percutantes” que presenta el Plan...; según este autor “Es un documento, no solamente firmado, sino también redactado a varias manos. Pero a pesar de serlo, está marcada en el papel la huella muy acusada de la más fuerte personalidad del grupo: Rómulo Betancourt.”. De modo que al hablar del Plan de Barranquilla no puede dejar de tenerse en cuenta que el mismo es una obra prácticamente personal de un muy joven pero agudo líder, cuya obra de entonces iba a trazar las líneas maestras por las que iba a transitar Venezuela a partir de 1945.
Si en un tema están de acuerdo los historiadores venezolanos es en considerar que el Plan de Barranquilla, es, al mismo tiempo, un análisis marxista de la realidad venezolana, con un programa socialdemócrata; Samuel Pérez (1996), por ejemplo, asegura que la publicación del documento en cuestión “generó fuerte polémica entre el grupo de exiliados venezolanos. Miguel Otero Silva lo criticó fuertemente destacando la incongruencia entre la radicalidad del análisis marxista de la realidad venezolana y el contenido del “programa”, que para él no pasaba de ser una posición socialdemócrata moderada.”. Por su parte, el Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Polar (1997), casi copia textualmente a Pérez, aunque los autores consultados,
que figuran al pie del tema, son Marco Tulio Bruni Celli, Arturo Sosa y Eloi Legrand; dice el Diccionario... “La publicación del ‘Plan’ suscitó vivas polémicas entre los exiliados venezolanos. Algunos, como Miguel Otero Silva, destacaron el contraste entre el carácter radical del análisis marxista de la realidad venezolana y el contenido del programa propiamente dicho, el cual no pasaba de una posición socialdemócrata moderada.”
Por su parte Manuel Caballero (2004), al referirse a la estructura del documento, también detecta la diferencia anotada por los autores antes citados, aunque agrega un elemento que servirá para apoyar un argumento de este trabajo, pero más adelante; dice Caballero “En la primera parte se emplea un lenguaje donde se huele a leguas el marxismo ...El análisis general tiene ese tono, pero cuando se llega a la parte concreta, al programa de gobierno, hay un vuelco: se trata de un programa bastante moderado, donde pareciera querer englobarse a gente que no compartiría lo contenido en las primeras páginas.”.
El Plan de Barranquilla, documento fundamental para comprender, en gran parte, el proceso político venezolano de la segunda mitad del siglo XX presenta una híbrida condición de radical en el análisis de la realidad venezolana y de moderado en el programa. Eso es una verdad de Perogrullo, que han repetido casi todos los autores; pero lo verdaderamente importante, porque se pisa el terreno de las conjeturas, es aventurarse a desentrañar el por qué de esa aparentemente contradictoria redacción del documento de 1931. Y aunque algunos historiadores, como el mismo Manuel Caballero, en su citada Biografía de Betancourt, propone un respuesta, de ella pueden derivarse otras consideraciones que se intentarán explorar aquí.
La generación del 28 en la décadas de los años 30.

¿SOCIALDEMOCRACIA U OPORTUNISMO?
Desde un primer momento, el Plan de Barranquilla fue acusado de socialdemócrata por los comunistas de la época, y aun hoy se sigue caracterizando de esa manera. Y socialdemócrata fue la orientación ideológica que asumió Acción Democrática, la hija legítima de aquel. Para 1931 los exiliados venezolanos, regados por todos los rincones de América y Europa entran en contacto con las ideas políticas de moda para el momento. Para esa época la Revolución Bolchevique en Rusia está en plena exportación de sus soportes ideológicos, especialmente los orientados por la radicalización de la Tercera Internacional Comunista, sobre todo desde que Stalin asumió el Poder plenamente en la Unión Soviética y en el antiguo Partido Bolchevique, “Que ha entrado, desde su Sexto Congreso de 1928, en la etapa más sectaria de su historia: la lucha de los partidos comunistas se concibe en términos guerreros como un choque frontal de ‘clase contra clase’.” Caballero (2004). Ante esa situación los exiliados más jóvenes son influidos, en alguna medida por las corrientes ideológicas que provienen fundamentalmente de la Rusia Soviética; según Caballero, “no dejarán de moverse dentro de la órbita del pensamiento soviético, sea gubernativo u oposicional, sea trotskista o estalinista.”; porque para ese momento la “Revolución”, inspirada en el marxismo se había escindido desde la Segunda Internacional, entre comunistas y revisionistas, también conocidos como socialdemócratas, con el adjetivo peyorativo de oportunistas.
Desde que en Europa se desarrolló la Clase Obrera en el transcurso del siglo XIX, surgieron movimientos políticos que pretendieron interpretar esa nueva realidad del Capitalismo. Desde la fundación de los primeros Sindicatos en Inglaterra; por ejemplo “El movimiento cartista (que) ejerció una gran influencia en el subsiguiente desarrollo de la historia de Inglaterra...” Mijailov (1982), hasta los movimientos anarquistas liderados por Bakunin; hasta que, según Lenin, en el Prólogo de las Obras Escogidas de Marx y Engels (s/f), K. Marx funda “El 28 de septiembre de 1864 ... en Londres la famosa I Internacional , la Asociación Internacional de los Trabajadores”, con el fin de “unificar el movimiento obrero de los diferentes países y traer a los cauces de una actuación común las diversas formas del socialismo no proletario, premarxista (Mazzini, Proudhon, Bakunin, el tradeunionismo liberal inglés, las oscilaciones derechistas de Lassalle en Alemania, etc.); pero pronto esa actuación no fue tan común, pues desde la década de 1890, con motivo de la II Internacional, se populariza una forma “moderada” de interpretar las ideas de Marx, con las obras de Karl Kautsky, quien era para la época, según afirma José Arico en el Prólogo a la obra Crítica de la Revolución Rusa (1972), de Rosa Luxemburg, Director “del semanario teórico de la socialdemocracia alemana Die Neue Seit...”; sin embargo, el térmno “socialdemócrata”, ya se acuñaba desde antes a los seguidores de otras “formas del socialismo premarxista”; el propio Lenin ( 1973) afirma que “el 3 de enero de 1894, (...) año y medio antes de morir Engels, éste hacía constar que en todos los artículos se empleaba la palabra “comunista” y no “socialdemócrata”, pues por aquel entonces socialdemócratas se llamaban los proudhonianos en Francia y los lasalleanos en Alemania.”; sin embargo, el término sirvió para definir, desde los escritos de Kautsky en adelante, a los “traidores” al Marxismo, por lo cual puede considerarse a la Socialdemocracia como una “tergiversación” de la doctrina elaborada por Marx y Engels; al respecto escribe Rosa Luxemburg (1972):
“El principio que hace de la socialdemocracia la representante de la clase proletaria pero al mismo tiempo la representante del conjunto de los intereses progresistas de la sociedad y de todas las víctimas oprimidas del orden social burgués no significa simplemente que en el programa de la socialdemocracia todos los intereses están reunidos en cuanto a ideas. Ese principio se vuelve verdadero bajo la forma de evolución histórica en virtud de la cual, la socialdemocracia, al hacerse partido político, se convierte realmente en el partido del pueblo contra una ínfima minoría de la burguesía reinante.”
Esta autora fue revolucionaria, al lado de Lenin, pero también militó en el Partido Socialdemócrata Alemán, por lo cual su testimonio es muy válido a la hora de hacer una consideración del carácter marxista de la socialdemocracia, sobre todo, como se apuntó, a partir de Kautsky.
La socialdemocracia también era considerada por los comunistas, sobre todo de los partidarios de Lenin y sus Bolcheviques, como de grupo “moderado”. El propio Kautsky lo reconoció alguna vez, con motivo del estallido de I conflagración mundial: “La situación actual encierra el peligro de que a nosotros (es decir, a la socialdemocracia alemana) se nos pueda tomar fácilmente por más moderados de lo que somos en realidad” citado por Lenin (1973). Pero ¿en qué consistía la posición “moderada” de los socialdemócratas?, el propio Kautsky lo revela en las siguientes palabras: “Nuestro programa no pide la supresión de los funcionarios del Estado, sino la elección de los funcionarios por el pueblo”... “Lo repito para evitar equívocos: aquí no se trata de la forma que dará al “Estado por venir” la socialdemocracia triunfante, sino de cómo nuestra oposición modifica el Estado actual.” citado por Lenin (1973); el fundador del Estado Soviético contesta a Kautsky con sus propias opiniones comunistas sobre el tema: “La revolución consiste en que el proletariado destruye el “aparato administrativo” y todo el aparato del Estado, sustituyéndolo por otro nuevo, constituido por los obreros armados.”. La cuestión está clara: mientras los comunistas aspiran la destrucción total del aparato del Estado burgués para sustituirlo por otro construido por los “obreros armados”, la socialdemocracia proponía “la elección de los funcionarios por el pueblo”, con apenas una modificación del Estado actual, con razón Lenin los acusaba de “tergiversar el marxismo”.
Otro epíteto que también le endilga Lenin a la socialdemocracia, es el de “oportunistas”. Es Lenin (1973), otra vez quien toma la iniciativa de comparar la actitud “moderada” de los socialdemócratas con el “oportunismo”; refiriéndose a un folleto de Kautsky de 1909, el revolucionario soviético aseguró que “¡En realidad el Partido Socialdemócrata Alemán resultó ser incomparablemente más moderado y más oportunista de lo que parecía!”; en otro lugar escribe que Kautsky “vuelto de espaldas a los principios, vacilaba entre el marxismo y el oportunismo. En lo que respecta a los objetivos políticos esbozados por Kautsky, referidos a los que considera propios de una Democracia burguesa, Lenin (1973) apela de nuevo a la comparación para descalificar al socialdemócrata alemán, para adjetivarlo como oportunista frente al Marxismo: “Kautsky se pasa del marxismo al oportunismo, pues en él desaparece en absoluto precisamente esta destrucción de la máquina del Estado, de todo punto inaceptable para los oportunistas, y se les deja a éstos un portillo abierto en el sentido de interpretar la “conquista” como una simple adquisición de la mayoría.”. De modo que el calificativo, o mejor, el epíteto de “oportunista”, en el lenguaje de los comunistas soviéticos, desde Lenin, y aun con Stalin, significaba socialdemócrata o moderado, lo que a su vez, equivalía a ser traidores o tergiversadores del Marxismo, puesto que no se planteaban entre sus objetivos la destrucción del Estado burgués, sino que proponían una Democracia en la que los funcionarios fuesen elegidos por la mayoría, por el pueblo.
Vistas así las cosas, si en su oportunidad los sectores ligados al PRV, y después al PCV, acusaron a Betancourt de socialdemócrata y moderado, es lógico suponer que lo consideraban, “lógicamente”, un oportunista. La pretensión de este trabajo no es, desde luego, arribar a una conclusión tan evidente, por no decir cómoda, sino que se propone demostrar que Betancourt, en sus actitudes políticas de aquellos años de exilio entre las décadas del 20’ y del 30’, verdaderamente manifestó, en sus escritos, verbi gratia el Plan de Barranquilla, y en su conducta, tendencias oportunistas en el sentido que le da el Diccionario de la Real Academia Española (2001), referido a la “Actitud que consiste en aprovechar al máximo las circunstancias para obtener el mayor beneficio posible, sin tener en cuenta principios ni convicciones.”

SOCIALDEMOCRACIA OPORTUNISTA

Ya se ha visto que Rómulo Betancourt, durante un período de exilio gomecista que se inicia en 1928, se comienza a destacar por como un líder fundamental de los venezolanos, que en el exterior luchaban por el derrocamiento de la Dictadura de Juan Vicente Gómez. Se destaca como un prolífico escritor de panfletos y epístolas personales, y como organizador de un grupo, inicialmente en Barranquilla, que sería parte del núcleo inicial del Partido Acción Democrática; pero también es un hecho que durante aquellos años el cachorro de político guatireño también establece nexos con el comunismo internacional. No sólo se declara comunista, sino que participa como militante primero del Partido Revolucionario Venezolano, fundado en México en 1926. Manuel Caballero en su obra Rómulo Betancourt. Político de Nación (2004), afirma que el personaje en cuestión “No tiene tres meses en Curazao cuando decide inscribirse en la seccional local del Partido Revolucionario Venezolano (formado por emigrados políticos y trabajadores venezolanos de las refinerías) y pide que se le publiquen varios artículos en el órgano del partido en México, cosa satisfecha de inmediato.” En el PRV, embrión del Partido Comunista de Venezuela, no iba a durar Betancourt mucho tiempo.
En esos años intenta participar en la fallida expedición armada de Chalbaud en 1929; viaja por varios países de Sur y Centroamérica, dictando conferencias, viajes que “eran costeados en su mayor parte por los centros de estudiantes que integraban su audiencia.”, al decir de Caballero (2004). Cuando hace el análisis de las dos posiciones que conforman la estructura del documento, Caballero resalta la opinión que del mismo tienen los propios redactores, quienes lo catalogan de “reformista”, lo que le da pie para formular la siguiente afirmación: “Es decir, que lo que distingue al reformista del revolucionario no es siempre la diferencia en el análisis oficial, sino la audacia o timidez de las soluciones propuestas.”; pero si se toma en consideración la primera parte del documento, que es según la opinión de Caballero “el primer ensayo venezolano de historiografía marxista.”, es necesario preguntarse por las preferencias político-ideológicas del Betancourt de la época. Indudablemente, y de eso dan fe los historiadores, ha realizado lecturas marxistas, las cuales están de moda para la época, por la marcada influencia de la Revolución Rusa. Los Partidos Comunistas que se forman entonces tienen la impronta del radicalismo de la Tercera Internacional, según Caballero (2004) “Las ‘nuevas teorías sociales’ como con pudor e hipocresía se les llamará más tarde, les llegan a través de la propaganda de la Internacional Comunista y del ejemplo sin cesar exaltado de la Revolución Rusa.”
De acuerdo con la mayoría de los historiadores, Betancourt, y la mayoría de sus compañeros de Barranquilla, no sólo tienen una formación marxista, sino que se manifiestan partidarios del comunismo; Ramón J. Velásquez escribe: “Arcaya señala al PRV como un partido de clara filiación marxista e indudablemente al mencionar a un agente en Venezuela se refiere a Pío Tamayo. Y se menciona por primera vez en un documento oficial, el nombre de tres estudiantes, Betancourt, Villalba y Leoni.”; se refiere aquí el historiador al Ministro de relaciones Interiores de 1929, Pedro Manuel Arcaya, en la oportunidad de presentar su Memoria ante el Congreso Nacional en aquel año. Ya se ha indicado que Betancourt militó en el Partido Comunista de Costa Rica, y Valmore Rodríguez le escribe a Ricardo Montilla en 1932 “que sólo hay un partido posible y ese es el Partido Comunista.” Caballero (2004); en iguales términos se expresa Raúl Leoni. Todos esos muchachos, es indudable, manifestaban su adhesión al marxismo internacional.
Sin embargo, pronto surgirá la polémica con los comunistas del P. C. venezolano; según Caballero (2004), “A comienzos de los años treinta, pues, Betancourt está proponiendo una organización abierta cuando los comunistas, en pleno proceso de “bolchevización”, proponen una organización cerrada.”. La pregunta que surge a estas alturas es la de dónde sacaron esos muchachos argumentos para sustentar esa polémica. El mismo Caballero esboza una respuesta: “Conviene insistir en que las críticas del grupo ARDI al PC, y en especial las que le hace Rómulo Betancourt, son las mismas que, en otras partes, hacían al comunismo los nacionalistas ‘burgueses’.”. Entre los complementos a esa posible respuesta, se podría mencionar que desde mediados de los años veinte, Haya de la Torre, proveniente de la Unión Soviética, había fundado un partido socialdemócrata, que seguramente sirvió de inspiración a los futuros acciondemocratistas venezolanos; por lo menos eso es lo que opina el historiador Guillermo Morón (1975): “El Partido Aprista peruano se fundó en México en 1924 por su líder único, Víctor Raúl Haya de la Torre. Fue el primer gran partido con una doctrina, con una filosofía sujeta a líneas propias. Aunque su fundador –y todavía máximo dirigente- se inspiró en el marxismo, dio un contorno Iberoamericano a su pensamiento político... El Apra no sólo se convirtió en el partido más importante del Perú, ... sino que influyó poderosamente en la formación de partidos similares: Acción Democrática en Venezuela...” Caballero llega a afirmar que Betancourt realiza su crítica al comunismo “desde un reformismo apristoide –pero del primer APRA, cuando Haya de la Torre regresaba encandilado de Moscú...”. Así que no tiene nada de extraordinario que Betancourt y su grupo hayan tomado la senda de la Socialdemocracia, y convertirse en blanco de las críticas, que parecidas a las escritas por Lenin a Kautsky quince años antes, les hacían los miembros del PCV. Con el ejemplo aprista tenían un modelo que se adaptaba más a su condición de “nacionalista burgués”.
Pero una cosa muy distinta es declararse socialdemócrata, y con ello ganarse el agregado de reformista, moderado u oportunista, y otra tomar posiciones, que Caballero (2004) denomina “maquiavelismo de los débiles”, tomándole la frase a Mounin, pues existe en el Betancourt de la época “la idea de la existencia de dos políticas, de dos líneas de pensamiento y de acción: una para la élite ilustrada, otra para la masa.”, y más adelante agrega que “Allí estaría el origen de la dicotomía del Plan.”; es decir que para Betancourt debían enviarse dos mensajes a través del Plan de Barranquilla, uno para los intelectuales enterados de la existencia de una “ciencia social” marxista, y otro para “la inmensa mayoría de los venezolanos (quienes) no han oído nombrar nunca por su prensa (ni siquiera para cubrirlos de injurias), a Lenin, a Trotsky o a Stalin.”. El oportunismo de Betancourt no radica en su condición de socialdemócrata, una especie de Kautsky venezolano, atacado por los bolcheviques del PCV, sino en su condición de personaje que sin importarle doctrinas ni principios, da prioridad a sus objetivos mucho más pragmáticos, de constituir una organización que tuviera arraigo popular en un país en el cual la clase obrera se encontraba en embrión. Oportunista porque desde esa época, mediante la aprehensión de la realidad concreta de Venezuela, se percató de que un partido comunista radical, por sus características de partido de la clase obrera, no garantizaba la constitución de una plataforma para la toma del Poder Político.
Pasados los años Betancourt y el grupo de cinco co-redactores del Plan de Barranquilla, una vez constituida Acción Democrática, no vacilarán en participar, junto a una logia militar, en un Golpe de Estado contra las autoridades legítimamente establecidas, aun cuando habían escrito en el “programa mínimo” del Plan, entre otras cosas: “Hombres civiles al manejo de la cosa pública con exclusión de todo elemento militar del mecanismo administrativo durante el período preconstitucional y la lucha contra el caudillismo militarista.”. ¿Qué pensarían Rómulo Betancourt y Raúl Leoni, cuando se sentaban al lado de Carlos Delgado Chalbaud y Mario Vargas, después del golpe contra Medina? Simplemente aprovecharon la oportunidad del descontento militar y de la existencia de una logia conspirativa entre las Fuerzas Armadas, para acceder al Poder Político. Si bien procuraron la instauración de reformas políticas y económicas que permitieron afianzar la Democracia en Venezuela, es innegable que los líderes encabezados por Rómulo Betancourt, que gobernaron entre 1945 y 1948, principalmente los autores del Plan de Barranquilla pusieron en práctica lo que ya esbozaron en aquel documento un oportunismo, o un “maquiavelismo de los débiles”.

A
MODO DE CONCLUSIONES
El Plan de Barranquilla se considera uno de los documentos más importantes del siglo XX venezolano, puesto que en su programa se esbozan una serie de acciones que se tomarían, una vez que los autores del mismo lograran organizar desde el Poder, la Democracia que iba a influenciar la vida nacional por casi cuarenta y cinco años.
Entre los autores del Plan de Barranquilla sobresale Rómulo Betancourt, quien se considera el redactor principal del documento, en una época en la que, en condición de exiliado muy joven de la dictadura gomecista, logra organizar y liderar un grupo, que bajo la denominación de ARDI, se convertirá en el antecedente más remoto de Acción Democrática.
El Plan de Barranquilla se ha considerado como la expresión de unos autores moderados o socialdemócratas, debido a que el “programa mínimo” que propone contrasta con el análisis marxista radical que le precede.
La Socialdemocracia, desde sus inicios en la Europa de finales del siglo XIX, fue considerada por los comunistas como moderados, revisionista y oportunistas.
En los líderes, que encabezados por Rómulo Betancourt, dieron vida al Plan de Barranquilla, se les ha considerado como socialdemócratas, desde los tiempos en que el documento fue redactado; sin embargo se puede considerar como reflejo de una actitud oportunista por parte de sus autores, y de Betancourt en particular, porque en el mismo se puede notar que hay dos mensajes, uno dirigido a las élites intelectuales, y otro al pueblo ignorante; además, porque el grupo en cuestión supo aprovechar las oportunidades que se les presentaron para acceder al Poder Político.
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

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Velásquez, R. J. (1976) Venezuela Moderna. Medio Siglo de Historia 1926-1976. Caracas: Fundación Eugenio Mendoza.


*Profesor e historiador venezolano