Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

jueves, 19 de abril de 2007

GENERAL JUDAS TADEO PIÑANGO

(Ponencia presentada en el “XI Encuentro de Historiadores y Cronistas del Estado Guárico”, Valle de la Pascua; 29-30-31 de Marzo 2007)

Italo Jiménez Laya*

El General Judas Tadeo Piñango nace en la ciudad de Caracas el 27 de Octubre de 1789, hijo de Juan Bautista Piñango y de Maria Josefa Flores. Fue un oficial del ejercito de Venezuela en la Guerra de la Independencia, lucho al servicio de la causa emancipadora a partir de 1810. Para el año de 1811, año de la Declaración de la Independencia fue ascendido por el Poder Ejecutivo al grado de Sub-Teniente de artillería.
Cuando se pierde la primera republica, Judas Tadeo Piñango, emigra a Curazao y desde allí se dirige a Cartagena (Colombia), a donde llego en noviembre de este año 1812 para unirse al Ejecito de Simón Bolívar. Tomo parte en las acciones del bajo Magdalena desde diciembre de 1812 a Enero de 1813, con el Libertador participo en la famosa Campaña Admirable, en el combate de Taguanes (Estado Cojedes) el 31 de Julio de 1813,entro en Caracas en el mes de Agosto, después de haber sido esta abandonada por el Gobernador Manuel Fierro.
El 30 de Septiembre fue uno de los vencedores en la Batalla de Barbula; el 3 de Octubre en las Trincheras; el 24 de Noviembre en Virginia y el 5 de Diciembre en Araure.
El General Judas Tadeo Piñango participó en las Batallas principales del año 1814, tales como: La Puerta Estado Aragua 3 de Febrero, La Victoria Estado Aragua 12 de Febrero; San Mateo Estado Aragua el 25 de Marzo y en la primera Batalla de Carabobo el 28 de Mayo.
Con la perdida de la segunda república, emigro a Bogota participando en la toma de esta ciudad, hecho ocurrido en Diciembre de 1814, fue uno de los defensores de la plaza de Cartagena el 11 de Noviembre de 1815.
Para el año de 1816, en Haití formo parte en la Expedición de los Cayos y participo en las acciones de Quebrada Honda, 2 de Agosto, El Alacrán 6 de septiembre, y El Juncal 27 de septiembre.
Integró el Consejo de Guerra que conoció la causa y enjuicio al General Manuel Piar, hecho acaecido en Angostura (Ciudad Bolívar), el 16 de Octubre de 1817, el cual estuvo integrado por el almirante Luis Brión (presidente); los generales de brigada Pedro León Torres y José Antonio Anzoátegui; los coroneles José Ucrós y José María Carreño; y los tenientes coroneles Judas Tadeo Piñango y Francisco Conde (vocales). El general de brigada Carlos Soublette fue el fiscal de la causa y el teniente coronel Fernando Galindo el defensor del indiciado. El 15 de octubre de ese año, el Consejo de Guerra sentenció al general Piar a la pena capital por los delitos de insubordinación, deserción, sedición y conspiración. Simón Bolívar, jefe supremo, confirmó la sentencia sin degradación. El documento en cuestión fue escrito de letra de José Gabriel Pérez, secretario de Guerra. El 16 de octubre fue fusilado el general en jefe Manuel Piar, frente al muro del costado occidental de la catedral de Angostura e inhumado en el cementerio de El Cardonal.
El 24 de Junio de 1821 fue uno de los vencedores de la Batalla de Carabobo, pero el 7 de Junio de 1822, un dìa después de haberse librado esta gloriosa Batalla, el general realista Francisco Tomas Morales lo hace prisionero en la acción de Dabajuro (Estado Falcón) enviándolo al castillo de Puerto Cabello de donde fue rescatado el 8 de noviembre de 1823 por el General José Antonio Páez en el asalto y rendición de esa plaza. El General Judas Tadeo Piñango ejerció la magistratura del Estado Mérida desde el año 1826 hasta 1830.
El cinco de Abril de 1848 en el combate de Taratara, Estado Falcón se enfrenta a los hombres del General Juan Crisóstomo Falcón, defensor del Gobierno de José Tadeo Monagas, y en su condición de revolucionario de las fuerzas de Páez resulto gravemente herido y hecho prisionero, falleciendo al día siguiente.
Hoy en día los restos del General Judas Tadeo Piñango reposan en la nave central del panteón Nacional, los cuales fueron trasladados el 16 de Diciembre de 1942.
Luego de realizar este trabajo de investigación, y en mi condición de Cronista de todos los Camaguanenses, me tomo la atribución de rendirle este tributo a un hombre que marco una pauta en la defensa de nuestra patria, dedicando gran parte de su vida y por que no toda su vida a la libertad y formación de nuestra tan querida patria Venezuela, y es más muriendo por ella.
La relación de Judas Piñango con el pueblo de Camaguán nace desde el primer momento que le erigieron un busto en el sitio destinado para la creación de una plaza, frente a la Iglesia Humildad y Paciencia y de espalda al rió la Portuguesa en el meandro que se une, denominado hoy en día el Charco. A partir de allí los Camaguanenses comenzamos a brindarle tributo en los días patrios y a querer con mucho orgullo a nuestro destacado héroe, por que a decir verdad los maestros, alumnos, y publico en general carecen de suficiente conocimiento sobre la vida de este personaje; muchos manifestaban que era oriundo de Camaguán ,otros de Guardatinajas, luego de llevarse la estatua en la década de los ochenta, y reemplazada por un busto de nuestro Libertador, resulto haber nacido en Caracas.
Actualmente Camaguán presenta una bella estatua de pedestal esculpida por el escultor Camaguanense Leonardo Funes, y donada por el comandante de la Armada Venezolana Camaguanense Argenis García.
“Con esta humilde ponencia, pero llena de amor por nuestros valores las cuales permiten el enriquecimiento histórico cultural de todos nuestros pobladores, y con ese orgullo de ser Camaguanense, rindo honor a quien honor merece...”
Gracias...!!!
*Cronista Oficial del Municipio Camaguán, Estado Guárico .

ÍTACA


a Jeroh Juan Montilla

Rosana Hernández Pasquier*



Afirman que volver a Ítaca es un imposible.
Otros creen que ese lugar no tiene nada que decirnos.
Aún no sabemos por qué Circe dejó
que partiera Odiseo hacia allá.
Lo cierto es que llegar a Ítaca es el sueño.
Hay que pasar el ponto, resurgir del Hades
Llegar no es fácil, pasan años y horrores.
Y al llegar, no reconocemos esa tierra.
Siempre se va al fondo, se llega por establos y porquerizas.
Se llega a Ítaca (donde el amor aguarda)
con andrajos y atuendo de mendigo.
Lo demás: el lecho, la música y la danza de las esclavas
sucede pronto
Solo bastan unas líneas para relatar la paz.
Eso era ayer cuando los griegos.
Hoy, Ítaca queda ahí mismo
en la vía de la Villa a Maracay.
Ítaca está en la redoma del avión
a la derecha.
Totalmente ignorada.

*Poeta y editora venezolana (Villa de Cura, 1955)

martes, 17 de abril de 2007

PASOS PARA DESCONOCER LA CIUDAD


PASOS PARA DESCONOCER LA CIUDAD

Alberto Hernández*




1.-
Me siento el descubridor del Drago de Orotava. La ciudad, que era jardín mientras dormíamos, encajó perfecta en la mirada de Humboldt. La iglesia –doblada por el calor- destacaba por encima de los pequeños edificios. Alguien que puede ser el narrador de esta peripecia, se adentra en el ruido que el silencio produce en la conciencia de los que una vez huyeron, se adentraron en la selva para jamás regresar a estos valles.
Por allí se asoma Sir Robert Kerr Porter, más flemático que un pájaro disecado de 1829. se deja escuchar cerca de la alharaca de unos loros venidos de la gran montaña que años más tarde bautizarían Henri Pittier: “Jueves 12. A las 9 llegamos a la población de Maracay situada cerca del lago de Valencia, a unas 24 millas de La Victoria. Nos alojaron bien por orden del Corregidor (gracias al General Páez), y se nos agasajó en una casa privada…”.
Cualquiera hoy podría llegar a imaginarse que se trata de un militar lacayo del imperio británico. Kerr Porter era diplomático inglés, y por tanto debía recibir estos tratos. Así lo dejó dicho en su “Diario de un diplomático británico en Venezuela 1825-1842”.
Ya el barón de Humboldt había dejado su opinión en varios tomos donde las palabras y los trazos del paisaje reconocían la belleza de esta tierra, ajada por las guerras, por las proclamas, las traiciones y las hazañas.
2.-
“Después de descansar (pues el calor es excesivo) y comer, ascendimos la montaña del Calvario del lugar (pues todas las comunidades habitadas poseen una), desde donde contemplé uno de los más amplios, ricos y espléndidos panoramas que jamás haya visto en ningún país”. También nosotros, los de ahora, los que aún ambulamos por esta calles.
Una tarde, con Augusto Padrón, me tocó dejar sentado que los maracayeros eran subsidiarios de la selva alta de enfrente. En un lenguaje ingenuo, bello por la nobleza de su casi silencio, el poeta de Choroní dijo: “Maracay se muere allá arriba. Es decir, respira, es eterna”. Como buen cristiano. Don Augusto se acomodó el liquilique, me convidó a cruzar la calle y estacionarnos un rato en la plaza Girardot. “Esto no estaba aquí cuando pasó el barón alemán, de modo que podemos dejar sentado que nosotros tampoco lo vemos”. Me sonrió, a sabiendas de que no lo entendía. Me tomó del brazo y seguimos por la calle Páez. En algún lugar de esta ciudad vivía él y los fantasmas que aún nos persiguen, en pleno siglo XXI.
3.-
“Montañas amontonadas sobre más montañas cercando el lago por todos lados, cuya plateada, pero ahora dorada superficie estaba espesamente sembrada de islas de todos tamaños y formas extrañas”. En este instante de la lectura, Luis Cordero Velásquez toma el café en el cruce de la 10 de Diciembre con Bermúdez, en el viejo Bar Santamaría, hoy convertido en un recuerdo. “Nada, Maracay se va con nosotros. El que se queda la ve morir, silenciarse en cada agresión”. La montaña, la nombrada por Kerr Porter y mirada con abismo por Humboldt, prefiguraba lo afirmado por el autor de La ciudad vegetal. Yo que lo oía con los ojos, sentía en mis oídos la grizapa de unos pájaros perdidos que venían del tótem natural.
4.-
Francisco de Miranda nos llegó un día con Denzil Romero, así como lo había hecho de mano de Mario Briceño Iragorry. Y Maracay, tan noble, callada en su sensible estirpe de pueblo sin fundador, allí, pegada de nosotros, de los que aún –vivos y agónicos- continuamos en su vientre, hartos y a punto de viajar sin boleto.
“La llanura en el fondo, cubierta de cultivos, bosques y edificaciones aquí y allá, con la espigada iglesia de la ciudad y amplios pero abundantes mansiones de su otrora animada población”. Aquí entra vigoroso Feliciano González, el cura y el hombre de a pie, una tarde en su biblioteca/ depósito. Unos traguitos de brandy, de vino y hasta del whisky que a veces le llevaban para que no estuviese tan solo. “Mira, Hernández, esta ciudad duele porque la hemos dejado de doler, de querer. Uno que es de aquí, de este barro podrido que venía del lago, a veces se siente demasiado lejano. Un día salgo a la calle y me pierdo. No sé qué esquina es esta o aquella. La ciudad nos extravía, a propósito”.
5.-
“El sol se hundía en roja envidia ante la sosegada y plateada influencia de la hermosa luna. Y al suavizarse todos los objetos en una solemnidad gris, el todo se volvía verdaderamente embrujador, tranquilizador para el alma”. ¿Alguien de esta ciudad sabía de este texto, tan poético como el insomnio de los que hoy afincan los huesos en la desidia?
Nos desconocemos en las calles. La ciudad nos expulsa hacia los basureros. ¿Cuántas preguntas se merece el silencio que de ella emana en el momento de sentir la ruina de la casa de Misia Jacinta, la miseria del viejo edificio donde funciona el Museo Antropológico?
Entonces alguien nos señala con el dedo. Allá, en el extremo más oriental, don Augusto Padrón se acomoda el traje, afina la mirada y saluda. Por el lado occidental, Luis Cordero en su emblemática amabilidad. Y un poco al centro, en la equidistancia de cualquier yerro geográfico, monseñor Feliciano González me reclama mi ateísmo juvenil, esa fuerza engreída borrada por el tiempo. Entonces me enseña las heridas de Jesús y sonríe. A la vuelta de la esquina ya nao existe.
¿Cuántos pasos más para retornar, para sabernos más inseguros, más próximos a la tragedia, a la conmiseración de un poder tan aberrante que nos empuja hacia la desolación, el olvido?

*Escritor venezolano, poeta, narrador, ensayista y periodista, nacido en Calabozo (1952)

POEMAS

Arturo Alvarez D´Armas*






Ayer me asomé al jardín
la brisa trajo fragancias del río
preciosas aves tomaron el frente de la casa
desearía convertirme en una de ellas

y ebrio de poesía
volar a la isla de Apurito.


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Llegó el invierno
el estero se convirtió
en inmenso lago
a la orilla de la carretera

pescadores lanzan anzuelos
en ese universo

conviven garzas, caribes
palidece la Vía Láctea
y reverdecen las riveras
flor de un día
desaparecen las aguas

¿retornarán las lluvias?
¿se lavará en esa costa
mi corazón humano?
¿o caminaré a los sotos
que están a lo lejos?


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Mi vida es un rocío
suspendido entre hojas de árboles
al igual que Ulises
en la orilla del río
veo la bora como sirena sumergida

lluvia espesa
aguas cambiantes
en su rugir
corren sin cesar

iluminado por la luna
voy protegido por mis libros
mientras el agua
se desplaza hacia el infinito.














*Poeta venezolano, nacido en Caracas (1950), bibliógrafo y autor de las 2 fotografias que ilustran los poemas.

viernes, 13 de abril de 2007

ARNALDO ACOSTA BELLO, EL REY SALAMANDRA


Jeroh Juan Montilla


Es habitual cuando se asiste a eventos venezolanos donde se discute el hacer poético, oír en esos escenarios la ponderación de nombres como Juan Calzadilla, Ángel Eduardo Acevedo o Juan Sánchez Peláez, para mencionar de entrada algunos. Se conoce y se aprecia el hacer poético de estos venezolanos, pero más agrado produce cuando a los nombres mencionados se agregan a su mismo nivel los de José Ramón Medina, Rodolfo Moleiro, Ángel Bernardo Viso, Efraín Hurtado, Alberto Hernández, Enrique Mujica y Arnaldo Acosta Bello. Es común el asombro cuando se constata que todos los mencionados son guariqueños.
Una vez escuché de boca de la narradora Laura Antillano, en un evento, similar a este, mientras revisaba la antología poética Pasollano, que en el estado Guárico había nacido la mayor parte de lo más destacado de la poesía venezolana a lo largo de las primeras cinco décadas del siglo XX. No hay antología, ensayo crítico o de historia de literatura contemporánea del país donde no se mencionen a estos poetas nombrados. No se podría hablar de la Generación del 18, ni del grupo Viernes dejando de lado el nombre de un zaraceño como es Rodolfo Moleiro.
Si nos vamos unas décadas más adelante internacionalmente, un hijo de Altagracia de Orituco, Juan Sánchez Peláez es el padre del surrealismo poético en Latinoamérica. Su poemario Elena y los elementos marca un antes y un después en la poesía continental. De San Francisco de Macaira surge José Ramón Medina, premio Nacional de Literatura. Otro hijo de Altagracia de Orituco, Juan Calzadilla, es fundador y partícipe destacado de la irreverencia poética de míticos grupos como Sardio y El Techo de la Ballena. En esta última cofradía se añade la figura del calaboceño Efraín Hurtado y para cerrar esta parte hay que hacer mención especial del grupo Tabla Redonda, fundado por el poeta Arnaldo Acosta Bello, nacido en estas tierras de Camaguán, planicies arenosas y de agua insomne.
Ahora bien es significativo en eventos como este Encuentro de Cronistas Guariqueños, dejar claro la importancia histórica de la poesía de esta región en el ámbito de la literatura contemporánea del país. Es un elemento a destacar al momento de escribirse tanto la historia menuda, local y general del estado. Pero como se señala una cosa hay que decir otra, apoyándose en la misma razón, este saldo poético de tanta importancia es prácticamente desconocido en el propio estado. Hace algunos años en Zaraza dictando un “Taller de Iniciación a la Lectura y Escritura Poética” constaté que los veinte educadores que asistían esa tarde al taller desconocían el nombre de Rodolfo Moleiro, no tenían la más mínima idea de su obra poética, para ellos fue todo un acontecimiento maravilloso poder redescubrir el paisaje que los rodeaba a través de los poemas de un paisano suyo. Constatar las honduras metafísicas e interrogantes existenciales de aquella planicie cotidiana. Por eso la importancia de este evento, el cual, entre muchas cosas, permite a Camaguán encontrarse con su hijo Arnaldo Acosta Bello. Nacido aquí el 11 de abril de 1931.
Acosta Bello, como mucho de los poetas mencionados cultivó su poesía lejos de los parajes natales, dedicó su lucidez poética a la universalidad de la palabra. En vida publicó los poemarios Canto elemental (1956), Hechos (1960), Fuera del Paraíso (1970), El alud (1973), En vez de una balada (1975), Los mapas del gran círculo (1975), Sereno Rey (1979), Agadón o el brusco fervor de los tréboles (1990), Mar amargo (1988), Adiós al rey (1995) Y su única novela llamada: Todos los caminos conducen a Roma. Al parecer dejó al morir inéditos dos poemarios: El hombre de arena y Santa palabra.
La poesía de Acosta Bello parte ante todo desde las apetencias del lector, de aquel a quien a fin de cuentas se dirige el poeta, la meta es el nudo de su propio origen, y el lector es así el verdadero lugar del encuentro, donde primeramente el respeto poético es lo que marca el contacto. Acosta Bello dice sin apelación: “No derrames la frase / como el óleo sobre los muertos/ mídela con paciencia, tásala, / ni avaro ni pródigo / proporciónala cuando haya necesidad / y escóndela si no dice nada.” El poema es una sustancia fragante y densa, de una espesura que hay que manipular cuidadosamente. Para ello hay que tomar en cuenta la dignidad, la necesidad, la espera y el aguante del lector, él no es algo donde la vida está ausente, mas bien hay que ungirlo para el vivo amor del poema y sobre todo saber practicar el recato con lo que a él no le es pertinente.
Acosta Bello sabía que aproximarse a la belleza era un asunto de seducción, de gesto de enamoramiento, el necesario cortejo frente a la tibia carnalidad de lo inexplicable, ese exquisito preámbulo de mojar los dedos en las aguas del misterio para medir la intensidad del resplandor antes de sumergir el corazón en la palabra trascendencia. Por eso nuestro poeta acierta cuando nos dice: “No se puede decir que el sol es bello / nadie puede verlo en el cenit / sin voltear los ojos hacia otra parte...” Entonces nos preguntamos desde la ingrimitud de la lectura ¿hacia dónde deriva nuestro mirar? Y el poeta nos contesta: “...en cambio descubre la hermosura del mundo / su tinte es perfecto sobre una rosa o sobre un hombre / hace girar las cosas como la música de los girasoles / y aturde, tumba y mata...” Lo misterioso deja ver su fulgor en lo cotidiano, en lo sucesivamente único y pequeño. La belleza en su plenitud nos muestra su prodigioso contraste de horror y sublimidad, su faz de Medusa permanente. Solo los objetos y los cuerpos, inocentes y propicios, esas prodigiosas durezas y esponjosidades pueden, a contraluz o por espejismo, darnos el anhelado fulgor de lo rotundamente hermoso. Sin embargo hay seres de privilegio como el poeta, ese “sereno rey de ojos vivos”, el mediador en esta cercanía, entonces al sol

“Sólo la salamandra lo puede traspasar / y nosotros apenas dorarnos / y verlo de frente en el atardecer”. La salamandra, el urobelos griego, bestia mitológica de sangre aterida, capaz de apagar los violentos acosos de la llama, o según los padres de la Iglesia antigua, la salamandra resiste la caricia del fuego y tiene el poder de apagarlo.
Camaguán le dio cuna a Acosta Bello y seguramente un trozo de alucinada niñez. Caracas, Mérida y Barquisimeto lo acogieron en su deambular noctámbulo y rebelde. Conoció los sabores del exilio, tanto en el político como en el espiritual. Nuestro poeta muere el 6 de abril de 1996, era de tarde, un sábado
culminando semana santa, el tiempo del sacrificio. La muerte lo cita en medio de una toma ecológica de unos terrenos, defendiendo como siempre los derechos de la madre tierra a mantener su lozanía y dignidad. Hasta el último momento Arnaldo Acosta Bello fue una salamandra consecuente, símbolo de constancia. De mi parte sólo anhelo que estas sencillas líneas sirvan al pueblo de
Camaguán y al guariqueño como una aproximación al conocimiento de tan singular hacer poético, que estas palabras en su cortedad sean el pretexto de este pueblo para reapropiarse de un poeta que por origen le pertenece indiscutiblemente. Finalizamos este recorrido con el poema Cada paso, que sus versos tengan la necesaria resonancia, dice así:
Cada paso tiene la virtud de aproximar y alejar,
todo está encogido y estirado, y el número tiene
una progresión infinita para volver al cero, ¿o no es así?
Qué ganamos en este desafío, que lo único que quiere
es abarcar, no apretar. Amo los silenciosos idiotas
que no han callado por convicción, y ven al mundo
sin la necesidad de la palabra; y amo a la palabra
¿cómo hago? que nos engaña como un ilusionista
y nos besa como una mujer. Ella tiene los magos,
no Babilonia, y a cada despertar corresponde un sueño,
a cada sueño una voz que cava el pozo donde nos bañamos
y donde el agua es agua, sin otra interpretación posible.

martes, 10 de abril de 2007

EN LOS 105 AÑOS DE LA BATALLA DE LOS ARRIEROS ENTRE CALABOZO Y CAMAGUÁN


(Ponencia presentada en el 2do Encuentro de Historiadores y Cronistas de Calabozo, Estado Guárico, 3 de febrero 2007)



Italo Jiménez Laya*


El general oriundo del Municipio Ortiz, Roberto Vargas, venia derrotado en compañía de sus tropas, de la Ciudad de la Victoria, Estado Aragua, en pleno mes de Octubre del año 1902; se enfrentó de manera heroica a las tropas gubernamentales encabezadas por el general trujillano Emilio Ribas el cual fue derrotado, en el famoso sitio histórico de Cunaguaro, muy cerca del caño de los Arrieros, en pleno palmar.
El general Roberto Vargas, hombre estratega, encomienda una tarea a su lugarteniente, general Juan Quintana, el cual apodaban sus amigos “El Verraco”, para enfrentar y derrotar, tal cual como sucedió al General trujillano Emilio Ribas, hazaña que se realizó cumpliendo al pie de la letra las ordenes del Dr. y General Roberto Vargas. Como nota curiosa el general Emilio Ribas internó dentro de los palmares de Camaguán a unos setecientos (700) hombres, fueron emboscados por la tropa del general de los cuales salieron apenas unos cien (100) hombres, trasladándose a Calabozo, claro está, bajo la persecución férrea del General Roberto Vargas.
Luego de esta persecución el gobierno en Calabozo entra en negociación con los revolucionarios, con la propuesta de que bajase la bandera del Liberalismo e izara el tricolor de Venezuela, ya que la patria para el momento se encontraba en peligro; por la posible invasión extranjera producto de una deuda contraída la cual el gobierno venia cancelando intereses, pero estos (países extranjeros) no reconocían y por lo tanto se hacía necesario la imperiosa necesidad de la negociación. El General Ribas y sus tropas fueron escoltados hasta la salida del pueblo de Calabozo, además de brindarle todo el apoyo logístico para las mismas.
Comentó Don Romualdo Fleitas a su hijo Germán Fleitas Beroes, que los tiros se escuchaban en Camaguán ese día de la Batalla de los Arrieros, en donde él se preparaba para abrir su pulpería, cuando de manera imprevista le llamó la atención el tiroteo en aquellas soledades.
Don Romualdo prosigue comentándole a su hijo Germán, diciendo que como todo llanero malicioso, ni corto ni perezoso tomó sus corotos, y se marchó al otro lado de la Portuguesa.
Durante el proceso de la Libertadora, en las inmensas llanuras del Guárico, nunca se realizó Batallas de importancia, claro está que sirvió de escenarios abiertos para el cruce permanente de los ejércitos. Según datos Biográficos las tropas expedicionarias que llegan del Oriente del País, se detienen en Zaraza y en Altagracia de manera inútil.
Según comentarios de Andrés Brito la revolución no salía de un tremendo error seguido de otro no menos tremendo, tales como:
El primero, la presencia de Matos, que era un gran conocedor de las finanzas, y no de guerra. Según en conversaciones con José del Carmen Laya (fallecido), hijo de la Catira Maria Laya, residenciado en la Carrera 10, cruce con la Calle 7 frente al Hospital Mercedes, en esta población, manifestó “Matos era conocido a través de sus detractores y la tropa de abajo, por “detrás”, le llamaban el “Perfumado” por su manera de vivir, netamente afrancesado” y el segundo error, haber aceptado las opiniones y sugerencias de Luciano Mendoza, el cual nunca paso de ser jefe de guerrillas, cuando deciden atacar a Castro en la ciudad de la Victoria, en vez de atrincherarlo y acorralarlo como lo aconsejaba el viejo caudillo Domingo Monagas.
El único hombre que tenia merecidos meritos, en su condición de Militar, con suficiente experiencia en Batallas libradas, el cual había detenido a Juan Vicente Gómez en la ciudad oriental de Carúpano, era el general Nicolás Rolando. Pero resultaba imposible que lo nombraran para dirigir la revolución, ya que Matos y los pequeños caudillos de Lara lo miraban con mucho recelo, porque no le decía palabras bonitas y cortesanas.
Muchos méritos tenia el general Rolando, ya que en el Estado Aragua derrotó a Araujo, Bravo Cañizales, y a Gómez, también a Alcántara en la población de El Guapo (Edo. Miranda).
Pudiera decirse que el único encuentro que ocurre en el Estado Guárico, de relevancia, es el choque ocurrido entre los Generales Castrenses Emilio Ribas y Modesto Castro, quienes son vencidos y con estos se encontraba el general y Dr. Roberto Vargas, hecho ocurrido en el Caño de los Arrieros entre Calabozo y Camaguán.
Dentro del desarrollo de la Guerra, muchos heridos fueron recogidos y llevados a Calabozo, otros a Camaguán, entre ellos a Pastor Ruiz joven aun para la época, natural del Estado Trujillo, quien venia acompañando al General Emilio Ribas, fue gravemente herido en una pierna; después de curarse fijó residencia en Camaguán uniéndose en lazos matrimoniales con una Camaguanence con quien tuvo varios hijos, de orden, de pulcritud y de trabajo.
Pero a pesar de la invalidez en su pierna Don Pastor Ruiz nunca dejaba de trabajar trasladando la carne para el pueblo en su Burro desde el matadero ubicado en el camino real sitio donde hoy se encuentra la sede de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL) hasta la prefectura donde existía la Pesa del Poblado. La gente del pueblo cuando sentían al burro de Don Pastor, salían de sus casas alegres gritando: ¡¡Llegó Pastor!! ¡¡Llegó la carne!!
“ Esta referencia de Don Pastor Ruiz en esta ponencia tiene como finalidad la de engrandecer la gallardía de un hombre que a pesar de su impedimento físico demostró mucha honestidad trabajando a diario con su Burro de fiel compañero buscando el sustento para su familia. Así de esta manera quizás quedaron muchos, los cuales escapan de las raíces históricas de nuestro pueblo”

*Cronista Oficial del Municipio Camaguán, Estado Guárico, Venezuela (Camaguán, 1943)
Teléfonos: 0414 4657597, 0247 7410042 y 0246 4310748
Correos Electrónicos: italo_jiménez@hotmail.com y karinjimenez87@hotmail.com




miércoles, 4 de abril de 2007

POEMAS


Elizabeth Valero*


I
Ella guarda mi secreto,en los oscuros compartimietosde su archivador.Minuto efímero,donde se pierde como unnaúfrago en los pasamanosde una escalera endeble,junta los pedazos de unrompecabezas que no
termina de armar
dejando las piezas restantes
enmarcados dentro del
infinito.
Ella conoce mi yo abstracto,

de todos

colocando alfileres

para ser contemplados
en una maquetapálidos
y con los ojos cubiertos

de silencio.




II
Los grillos modulan sus voces en armoniosos acordes; Se escucha
el tintineo a lo largo del sendero, hasta enmudecer, dejando trás

de si espejos de agua que corren despavoridos al despuntar el alba.




III
Las figuras están moviéndose,
intercambiando señas entre sí,

para resolver un problema de Pitágoras.




IV
Se escuchan golpes en la ventana, apenastenues, mientras que el vapor deja su rostro anacarado
en los barrotes del alfeizár.

Crepita la música

en cascadas sublimes
el silencio está aquí.

*Poeta de Venezuela (Maracaibo, 1966)

miércoles, 28 de marzo de 2007

CONCHO LARA: UN DESCENDIENTE DEL MOCHO HERNÁNDEZ

José Obswaldo Pérez*




RAMÓN CONCEPCIÓN HERNÁNDEZ, mejor conocido como Concepción “Concho” Lara vive en San Francisco de Tiznados (municipio Ortiz, estado Guárico), con sus 73 años acuesta. Nació el 8 de diciembre de 1932. Se dice ser el segundo sobrino del General José Manuel Mocho Hernández, a quien admira como “un hombre histórico” y que el historiador José Antonio Armas Chitty en su libro “El Mocho” Hernández. Papeles de su archivo (1973), lo considera como “el caudillo que arrastró las más grandes simpatías a finales del siglo pasada en procesos eleccionarios e igual fervor popular bajo las dictaduras de los generales Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. Sorprendía su influencia en los hombres que habían llegado a la treintena y se le admiraba en el exilio por su protesta noble en aquella Venezuela que se fue acomodando, no obstante los alzamientos, al carácter pétreo del caudillo de La Mulera”.
Carmen Teresa Hernández Lara, la madre de Concepción Lara, era hija de un hermano del Mocho y su padre, Marcial Sánchez Hernández, era hijo de Ramona Hernández, pariente también del aguerrido militar y político. Los Hernández eran tres hermanos, José Manuel, Diego y Jorge, este último conocido con el mal nombre de “Garruña”. Según el Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Polar (1988) José Manuel Hernández era hijo de inmigrantes canarios. Su padre era carpintero en el barrio San Juan de Caracas. A los 17 años, se unió a las fuerzas del General Esteban Quintana en contra del gobierno del presidente Antonio Guzmán Blanco. En el combate do Los Lirios, cerca de Paracotos- en inmediaciones de Caracas (11/08/1870)-un machetazo le secciona dos dedos de la mano derecha, originando el apodo con que será conocido. A la muerte de su padre, se encarga del taller de carpintería, pero pronto decide abandonar su modesto patrimonio y dedicarse a la política. Se casa y enviuda a los pocos meses; estos episodios ayudarán a crear una leyenda en tomo a su figura.

Concepción Lara(quien aparece en la ilustración de este trabajo) fue criado por Jorge Hernández, en el sitio El Chaparro, a un kilómetro del pueblito La Cruz Verde, en Pariaguán, estado Anzoátegui, hasta los siete años cuando decide desprenderse e irse sólo a formar su mundo. Dice Concho que no conoció al Mocho Hernández, por que aún no pensaba en nacer, pero que su mamá le contaba que vivió en La Becerra, entre el sitio El Chaparro y Pariaguán estado Anzoátegui, donde “ellos tenían posesión y vivía con su mamá y otros hermanos”. También, señala que El Mocho Hernández no dejo descendencia y que una voz que se metió a la política y a guerrillero no tuvo que ver con más nada. Ahora sobre sus otros hermanos afirma que Diego, fue el primero en morir sin tampoco dejar familia y sobre Jorge, éste si tuvo mujer pero nunca procreó hijos. Del Mocho Hernández se decía muchas cosas, explica Concepción Lara. “Fue liberal, como si hoy se llamara adeco”.
Y agrega:

Un viejito de Villa de Cura, quien conoció mucho a José Manuel Hernández, me contaba que la gente lo quería mucho; principalmente las mujeres, quienes les encendían velas a los santos para que triunfara en su acción política”.

Al Mocho Hernández se le reconoce por la introducción de nuevas técnicas modernas de campaña electoral, como la celebración de mítines, el pronunciamiento de conferencias y discursos tal como lo había presenciado en Estados Unidos. Su fama como tribuno y su popularidad como hombre honrado alcanzaron niveles nunca vistos antes en un proceso electoral como el del año 1897. Sin embargo, con ese baño popular que tuvo no pudo encausarlo y organizarlo.

Entre sus anécdotas, Concho Lara cuenta que, una vez que muere su madre en 1940 su tío Jorge Hernández lo sale reconociendo, “aunque yo era ya Hernández”. “Lara Hernández”, dice. La decisión de “mí tío era por los bienes que había heredado”. Por eso que en Cachipo, en Aragua de Barcelona, existe la partida de nacimiento de Concepción Lara como Ramón Concepción Hernández, su verdadero nombre; pero, él decidió identificarse — hasta el sol de hoy- a raíz de las diferencias con su tío como Concepción Lara, utilizando el segundo apellido de su madre.

Concho Lara llegó a Parapara en 1949. Se vino a trabajar con un señor llamado Salvador Solórzano. Allí se formó como funcionario público. Fue policía y estuvo por cinco años de Presidente de la Junta Comunal de Santa Catalina de Sena de Parapara, donde se vanagloria de ser aún apreciado por los parapareños. Fue también Presidente de la Junta Comunal de San Francisco de Tiznados, por cinco años; fue dirigente político de Acción Democrática y gremialista de la Federación Campesina. Hoy está jubilado, con una pequeña pensión que le brinda la Alcaldía de Ortiz. Se define como un luchador social, creyente de socialismo humanista; por esa razón, actualmente, se autoproclama creyente de las propuestas políticas del presidente Hugo Chávez Frías.

Historiador y periodista de Venezuela (Ortiz)

QUIEN SOY




Adolfo Rodríguez*
























30

Un sol me escolta
del lado allá de las cimas
como compañero fiel
en torno a esta casa cerrada que somos.



39
La tierra se me quiebra
Me expone a sus resquebrajaduras
Me prolonga
Estuvo aguadándome
Prosigue conmigo cuando
mi sombra ya no está
Me sucede con parsimonia
Más allá de todas sus estaciones
Y aludes.


38Llueve
Palpo cada hilo que cae
me seco
y prosigue lloviendo adentro.




42Soy un hombre de los patios
del precemento
del prezapatos
del preorden y la preprisa
Un hombre que carga con cielos, ríos y boscajes
Como equipaje
la savia recorre
rememorando mi origen
extenso subsisto
entre una levedad
que para nada reclama que yo sea lo que soy.




78
Amo todo lo que amé
Amo también lo odiado
No conservo espacio en mí
Que no sea para amar
Lo siento por los que me instigan
Por los que me rechazan
Por cuantos me ignoran
Para todos salgo
Como el sol
En mi reino ya nunca más
Duerme el amor.




80
Hay grandes ciudades
Instaladas en mí
Floreciendo con su día
Las murallas más altas
Derruídas ya
Elevándose sobre una cierta
Ingenuidad
Que estuvo allí.

Ay!! Mis extinguidas ciudades
Fuertemente erigidas
Con nuestros pliegues
¿Sobre qué parte de nuestro ser
Habéis sido derribadas?

* Poeta, historiador, cronista

martes, 27 de marzo de 2007

CALENDARIO

Alberto Hernández

Enero

Este es un país de una sola puerta. Por ella entran la ceguera y los pasos de alguien que se deja ver sólo por la ventana que lo protege. Hace horas de siglos que la casa intenta mantenerse en pie: ella es la mirada que nos hace falta para tocarla con las sombras, con el primer mes que convoca a levantar las voces aún en los oídos de las gruesas paredes.
La vieja hacienda revisa los callos de aquellos que cosecharon y desgranaron el café: el milagro sigue siendo textura en la memoria.
Entra entonces como un barco de grises mareas. Se detiene en el techo inconcluso, desafiado por el vacío. Entra la luz, como un golpe en el pecho, fragante y silenciosa.

Febrero

Atado a sus avíos, el portón se enseñorea en la madera que lo soporta. La cerradura dice de su edad, sus mohosos movimientos, travesaños que aseguran la mano, la intimidad de los habitantes ya idos. Entornada, a la salida de la intemperie, las ventanas hinchan el tiempo dejado en la hacienda. Los adobes, aladrillados en su perfección, ariscan las poleas para aliviar el peso del trabajo. Bateas y canoas para guardar los olores de la revelación. Roñosos los muros en su permanencia, entre arbustos y el piso apilonado por los pasos de vivos y fantasmas. La luz intenta entrar entre los visajes del techo.
La puerta quedó abierta. Por ella entran y salen quienes pueden, mientras el vitral atrapa el relámpago de la montaña que se cuela desde su lejanía en los sonidos de una fauna increíble.

Marzo

Toda la soledad es posible bajo las nubes.
Lo que ha quedado de aquellos días es tan visible como lo que existe hoy.
Tenemos ojos para cegarnos de silencio. Una pared doblegada por la tierra, un muro donde alguien se lamentó de la historia y dejó grabados verbos y canciones para los privilegiados, los provistos de un especial don.
Nadie niega la respiración de los árboles sobre esas ruinas. Nadie sabe descifrar los esqueletos
hechos presentimiento del cielo. Ni mucho menos de quienes son esas raíces que salen de la tierra y frecuentan la soledad de las paredes. Los mogotes, la liviandad del aire, el peso de las
nubes contra los cerros, la pesadumbre de la hora negada por la tarde. ¿Quién habrá sido el último en salir de ese lugar y encerrar en las sombras el último vestigio humano? Sólo Dios es posible entre tanta blasfemia de la sequía.

Abril

Alguien podría pensar que se trata de los viejos horcones, los botalones para atar la agonía en el matadero. Pero el tiempo nos desmiente bajo las dos aguas del techo. Otro ha sido su oficio, sujetar o sostener con la fuerza de la ausencia lo que la memoria desdice.
Allá está el paredón, la dos puertas que no sabemos si servían para salir o entrar.
Si atendemos al piso, la tierra pregunta entre sombrías grietas. Manchas que emanan de una atmósfera derrotada por la luz, mientras las pocas manchas del aire intentan protegerse en la inclinada caída hacia los aleros.
La mirada no es nada si no sabe donde habita. Se puede pensar que el agua ha hecho mella en la parte inocente de las paredes de la vaquera.
Rivales, la línea de los palos y los ojos, queda un sendero entre el tiempo y la incredulidad.
Otra es la mirada. Ahora entra el cielo por el techo y se estrella contra el suelo. Se desparrama
por las paredes, como si éste sólo fuese parte del milagro que una mano poderosa se ha encargado de colocar violentamente con la llegada del día.
Este es un lugar verbal, para las palabras. La ganadera fue un día, hoy nos demuestra que se ha quedado solo en el ojo de un visitante extraviado.
Vale la telaraña, los cajones inútiles, ensamblados en la pared. Del techo no queda sino la sombra, lo que es decir que existe pero no está en el ojo sorprendido por la inmediatez.
Si advertimos los rincones, parte de la magia nos lleva a descubrir bejucos, lianas y hojas que
crecen a la sombra de cada uno de los que participan de lo que vienen de afuera.
Queda del instante en quien entra, algo que lo ha cambiado.

Junio

Como una galaxia de sombras, el frontis de la Ganadera descubre los astros de la pátina.
Suben como reptiles los bejucos. Se adhieren y es una hiedra débil la que calumnia la humedad del muro. ¿Qué mano delinea las hojas que se mueven con la brisa zumbona en las ventanas? Nadie responde a esta pregunta. Nadie, bajo el sol inquietante de la ciudad, tiene razón para quedarse con las palabras apiñadas en la boca.
Más arriba, en el más cercano de los cielos, las ramas se tuercen en una demostración de danza cuya destreza permite un diálogo entre pisa la tierra y el que voltea la cara para encontrarse con la altura.
Las sombras salen del interior de la casa. Hacen de la forma un estallido en la intemperie de la
calle, pero nadie sabe: el misterio también es parte de este abandono.

Julio

La ruina también es un poema, un desgarramiento que comienza en la puerta cerrada, mientras las arterias del cielo caen sobre trozos de la misma casa. Podrida la madera, la boca del techo no discrimina los matices en la tapizada insistencia del tiempo.
¿Alguien habrá reconocido su nacimiento en esta habitación? ¿quién tiene noticias de la muerte de quien dejó marcas de sus manos en la madera y en la cerradura? ¿cuántos olores quedan del
pasado?
Del inestable aspecto, queda flotando una lluvia en la mirada. Allí, sólo allí, la muerte se
amontona en silencio. Sin embargo, la miseria jamás derrotará la elegante forma de la puerta, de la que sabemos de manos artesanas, carpinteras, artistas anónimos verificados en el espíritu
cautivo de sus hojas. ¿Cómo entrar por ella si no sabemos de quien nos podría abrir sin sobresalto alguno? Previo a saber que se trata de una casa de campo, alguien precisa acerca de
un próximo encuentro con la tierra.

Agosto

Asunto de luz este de emerger a través de la selva tupida y pasar a través de los cristales para repetirse en sombras. Así ocurre con el día donde el cielo tiene techo nuboso, donde la noche crece en sonidos y aparece de súbito contra la transparencia de las grandes ventanas de Rancho Grande.
Es agosto y las lluvias acorralan el sol contra el tejido de una flora que intenta invadir el interior de la casa. Cada cuadro es un sol distinto, un matiz cuya gravedad se ve trazada sobre el mosaico del piso. Allí, las líneas reposan, mientras el astro se mueve y cae sobre la altura de los grandes árboles cargados de abismos y silencios.
Pasado el clima interior, en el afuera respira una fauna irrepetible. Pájaros misteriosos, monos y arañas, serpientes y dormideras. El piso vegetal guarda la humedad del hongo y las hormigas rojas.
Quien mira desde el corredor sabe que la selva se congrega para seguir creciendo.

Septiembre

La soledad es geométrica en este lugar. Quien baja mide los pasos y entra en el ángulo de la extraña armonía. Cada paso es un cuadro, una matemática de la proximidad.
No es extraña la visita de viejos fantasmas, doblados por la edad y convencidos de haberse cobijado en las bondades del silencio.
La perfección no se contradice con la luz que entra sin permiso alguno desde la selva húmeda. Cada muro se debe a la paciencia de quien soñó las medidas y las trazó con mano segura, mientras los objetos cavilaban al hacerse reales sin mucha rapidez.
Hay tanta contemplación que quien repasa los detalles se hace parte cruda de cada pared. Y si alguien –fantasma o débil textura humana- produce palabra alguna, el lugar multiplica la
atmósfera de su elegancia.

Octubre

La vida es más que un rectángulo.
Y más al fondo, advertida la red que protege de las bestias e intrusos indeseables, las ventanas de arcos hacen de la pared un territorio invadido por la extrema luz. De este lado, más cerca del ojo inmaterial, la oscuridad arremete, pero si abundamos en mirada nos comprobamos en el que baja a ser parte de la fronda que crece en la escalera.
¿Cuántos llegaron a ser la hacienda, la acosada por la inclinación de la montaña que no vemos y sí nos ve en el polvo de la casa?
Hay una insistencia miserable en su soledad. Una historia que no cabe en las hojas de un libro porque alguien la borró y dejó al descuido la puerta entreabierta.
Lo viejo y lo nuevo se conjugan y el mundo sigue su curso, tan plácido que quienes allí vivían aún lo sienten.

Noviembre

Se antoja catedral y Dios lo afirma. Destartalada declara la presencia del que no habla. Una sacralidad admitida por la puerta rota, franqueable. Íngrimo es el momento de mirarla, de deshacerse de quien una vez habitó bajo sus maderos.
El techo, cruzado de viguetas y ornada por la caña brava, desmitifa la hondura hacia el cielo. Hace posible el infinito desde el agujero que el párpado abre para escapar.
“-Yo entro y no salgo, no hace falta. Soy el que soy”, dice el de arriba, el que no necesita de ojos
para mirar ni tiempo para esperar el término del silencio, de la sequedad que corroe el viento y transita sin decir la orilla de las ventanas, donde se deposita la luz, la capaz de cegar e inventar el mundo.
El altozano, la troja que precipita el vértigo, hace cobijo de las primeras sombras de la hacienda.

Diciembre

Árbol fantasma que entra por la opacidad de la ventana.
El bosque arriba con todo el misterio que guarda en sus sonidos. ¿Cuántos ojos miran hacia afuera mientras la noche recuesta sus huesos contra la corteza fungosa de una mata?
No basta pararse enfrente y tratar de descifrar lo que oculta el monte. Es preciso saber leer cada movimiento, cada pausa que las horas le imponen a la noche. Y mientras el cielo se advierte a través del paño de agua del vidrio, el tejido de la flora salvaje respira, vive, dialoga con el mogote habitado.
Una horqueta invita a ver el resto: la línea quebrada de un horizonte de hojas sigue su curso a lo lejos. Interminable es la manera de ver la montaña. Sólo que aquí, donde se sirve la soledad de los que se protegen del paisaje, es posible ser tronco y ramas, preguntas y respuestas sólo oídas por el frío que choca con el vidrio empañado..