Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

jueves, 4 de abril de 2019

DOS POEMAS


Arturo Álvarez D´Armas



He sufrido vejaciones y humillaciones
días y noches sin luz y agua.

No es un castigo de Nuestro Señor.

Pero esas tinieblas nunca ocultarán
la luminosidad del porvenir.

Oh mi Sagrado Corazón de Jesús.
Nunca te olvido en la sala
de la vieja casona pastoreña.
Te pido que el día que venga la Parca
mi Ángel de la Guarda me lleve a tu lado.

Ya pasé por el infierno de esta Tierra de Gracia.

--------------------------------------------------

No sé cuántos labios han saboreado los míos.
Me queda el sueño y no la fantasía de un beso
que movió todos los músculos de la boca.
Solo fue un instante
entre la plaza Ribas y Iglesia de La Pastora
era una tarde de carnaval.
Yo vestía un pantalón azul marino
y camisa blanca arremangada.
Tú la muchacha del antifaz
con ojos brillantes y labios carnosos.
El beso detuvo mi respiración y mi pulso.

Llegaste y desapareciste hasta el día de hoy.
Aún añoro esos labios morena de Lídice.


Imagen: Esq.Gradillas a Torre, 1939.-Colec. Helmut-Neumann

jueves, 28 de marzo de 2019

VALENTE, EL LUGAR DEL CANTO


Salvador Tenreiro Díaz‎

 LO REAL
"Cruzo un desierto y su secreta/desolación sin nombre". Con estos dos versos ("A modo de esperanza", 1953) se inicia la obra poética de José Ángel Valente. Para algunos de sus lectores de entonces, esas palabras reflejaban ya una toma de posición poética y política, que privilegiaba la "realidad" y la "denuncia". Eran en buena medida algunas de las claves que identificaron a la llamada "generación del 50".
Lo que la poesía de Valente fue construyendo a través de esos años iniciales fue el "lugar": "que no tiene representación porque su realidad y su representación no se diferencian. El lugar es el punto o el centro sobre el que se circunscribe el universo. La patria tiene límites o limita; el lugar, no". "Las palabras de la tribu".
Con "Poemas a Lázaro" la poesía se propone como medio de conocimiento de la realidad. "Revelación de un aspecto de la realidad para lo cual no hay más vía de acceso que el conocimiento poético", según escribe en "Conocimiento y comunicación" (1963). Seguirá luego los libros "La memoria de los signos" (1965) y "Siete representaciones" (1966). Es, sin embargo, en 1969, con el poemario "Presentación y memorial para un monumento", cuando la exploración de lo real se produce a través de intercambios lingüísticos entre la comunidad y el poema. Suerte de poema "affiche", de antipoema, de poema "collage", elaborados con esos "prosaísmos" de los estereotipos que los totalitarismos ponen en circulación y que en el poema se confrontan, mezclándose en un discurso paródico y satírico sin precedentes.

LO POÉTICO
La indagación de Valente sobre la palabra poética abarca territorios tan vastos de la cultura que van desde la mística sufí hasta el Formalismo Ruso. (Recuerdo, al efecto, una tarde de tertulia en abril de 1999 -compartida, también, con Antonio Colinas- en el Café Moderno de la Gran Vía de Salamanca, en la que nos hizo un recuento de los autores y libros que dirigieron su destino literario. Me impresionó la familiaridad con la que hablaba por igual de Ibn Arabi o de Jakobson, de Pascal o de Chomsky, de Fray Luis de Granada o de Marx).
Hacia 1971, la palabra poética de Valente indaga, también, en la escritura fragmentaria (que él llama "estética de la retracción). Imágenes de desnudez -dirá- de transparencia o de errancia. Descomposición del sentido. Palabras solitarias entre blancos. Aspiración a la errante transparencia.
Siguen "Treinta y siete fragmentos" (1971), "El fin de la edad de plata" (1973), "Interior con figuras" (1976 y "Material memoria" (1978). Hay en todos esos libros significativas exploraciones en el arte del decir, e, incluso, como se ha advertido algunas veces, en todo aquello que la palabra, como suspendida en el aire, intenta evocar: "Luz,/ donde aún no forma/ su innumerable rostro lo visible".
Y sale a la luz "Tres lecciones de tinieblas". Es 1980. La indagación poética se va desplazando hacia la mística. .

LO MÍSTICO
Son textos "nacidos" de la música: en las lecciones de Couperin, y de Vitoria. "...del lento depósito de esas composiciones fue desprendiéndose o formándose un solo principio iniciador o movimiento primario, ese movimiento que subyace en toda progresión armónica." Se trata de "variaciones", "meditaciones sobre las catorce primeras letras (que, por supuesto, son letras y números) del alfabeto hebreo".
Sonoras resonancias como respiraciones de la palabra vislumbrada en el instante. Canto a la letra, a la carnalidad sonora de los signos. "Lecciones de tinieblas" es también un canto fragmentado del profeta Jeremías. Movimiento primario, incesante, siempre recomenzado. El Santo -escribe Valente- reside en las letras; es decir, en "las formas arquetípicas del espesor y de la transparencia de la materia y de su perpetua resurrección".
La materialidad de las palabras dependerá, en "Mandorla" (1982) de la "naturaleza material del cuerpo". Al decir de Arthur Terry, Mandorla es la "almendra mística, inscrita en sí misma, contenida en su propia secreta sombra. Unión, comunión, entre el cuerpo y lo otro, entre lo otro y la palabra.
En "Zayin", el poema de la séptima letra del alfabeto:
"....tu propia creación es tu palabra: la que aún no dijiste: la que no sabrías decir, pues ella ha de decirte: la que aguarda nupcial como la sierpe en la humedad secreta de la piedra: no hay memoria ni tiempo: y la fidelidad es como un pájaro que vela hacia otro cielo..."

LO AUSENTE
"No amanece el cantor (1992) y "Cántigas de alén" (de 1996 es la recopilación última, creo) son dos libros de excepción. El primero está integrado en su totalidad por poemas en prosa. Una tragedia familiar subyace entre tanta desolación, entre tanta tristeza. El lenguaje es aquí de una exactitud exasperante, descarnada, absoluta. Amor doloroso entre las páginas, fragmentos de confesiones que recuerdan los poemas a Lou de "Nosotros dos aún" de Michaux: aquel "aire del fuego, no supiste jugar", que todavía retumba en los oídos de sus lectores.
Las "Cántigas de alén" son la culminación de una poética oculta, que asomaba algunas veces en algún paisaje, verso o poema de sus libros iniciales. Es el regreso al lugar del canto, al atrio de la memoria celebrante, a los aromas de los sueños de infancia. Es también el regreso a la lengua de Rosalía, lengua de delicia, de esa sensación dulcísima de estar, de secretas resonancias que van probando -como en el "Gaspard de la nuit"- todos los instrumentos hasta encontrar aquel que da la nota justa: "...o gume agudo dunha verba/ pendurada no ar, teu desdibuxo/ e a tua cór de esquenzo./ Latexa a frol do ar".
Quien dedique una lectura atenta a la obra de Valente se encontrará con enunciados que van dejando rastros del camino recorrido por su palabra y sus poéticas. Andrés Sánchez Robaina, que ha tenido a su cuidado la extraordinaria publicación que ha realizado Galaxia Gutenberg de la poesía y de los ensayos de Valente, deja expresa constancia en muchas de sus notas y prólogos -como éste del "Diario anónimo (1959-2000)"- que Valente recoge allí muchas de las primeras versiones de sus últimos libros y los "primeros esbozos" de muchos de los poemas en prosa que luego integrarían "Nueve enunciaciones" o "Mandorla": "Existen, además, observaciones y comentarios muy diversos relacionados con poemas específicos (...) Es evidente que estos textos que podemos llamar "paralelos" arrojan luz sobre los poemas relacionados y nos ayudan a interpretarlos con nuevos y significativos datos".
A todo ello podría agregar, a manera de recomendación final si me lo permiten, un libro extraordinario (por su naturaleza, su rigor y su lucidez). Me refiero a "La fascinación del enigma: la poética de J.A: Valente en sus ensayos" del poeta venezolano José Ramos (y profesor en la Universidad de Tamkang, Taiwan) editado por la Fundación Universitaria Española (hoy agotado). No existe, que yo sepa, un libro tan bien documentado y excelentemente escrito, sobre los ensayos del poeta. Fue su Tesis de Doctorado en la Universidad Complutense. Ojalá alguno de los editores que me leen se interesen por reeditar ese libro magnífico.

lunes, 23 de julio de 2018

LA IMPORTANCIA ESTRATÉGICA DE LA VILLA DE CALABOZO DURANTE LA CAMPAÑA DEL CENTRO (1818) Y EN OTROS MOMENTOS DE LA GUERRA DE INDEPENDENCIA


Ubaldo Ruiz
 (Escuela de Historia de la Universidad “Rómulo Gallegos”. Calabozo, Guárico)

           
Como es sabido, dentro del largo y complejo proceso que representó la guerra de independencia se realizó la denominada campaña del centro, durante los meses iniciales del año 1818. Hace poco acaban de celebrarse sus primeros doscientos años, ocasión propicia para revisar nuevamente aquellos acontecimientos y generar debates conducentes a interpretaciones que permitan apreciar nuevos aspectos de una realidad, que como todas las realidades, fue infinitamente rica en matices. La presente es una propuesta con la pretensión de que sea sometida a la crítica, y de ser posible, que contribuya con esos debates. Tiene como centro argumentativo una exposición relativa a la importancia que pudo haber tenido la Villa de Todos los Santos de Calabozo dentro de las estrategias seguidas por algunos jefes militares durante ese período de la contienda emancipadora.
            La campaña del centro, concebida por Bolívar durante los meses finales del año 1817, tuvo como objetivo final la toma por los patriotas de la capital política, la ciudad de Caracas, desde Angostura, donde se había establecido el gobierno provisional de la República mediante varios decretos de El Libertador, como los que crearon el Consejo de Estado y el Consejo de Gobierno. Al respecto el historiador José Gil Fortoul (1978) afirma que Bolívar
Decretó, finalmente, que mientras no estuviese libre la mayor parte del territorio ni se pudiese establecer el gobierno representativo, el Jefe Supremo tendría un “Consejo provisional de Estado” (30 de octubre) para informar en los asuntos administrativos, y un “Consejo de Gobierno” (5 de noviembre) en quien delegaría algunas de sus facultades durante su ausencia en campaña.

                Para ese momento el ejército republicano tenía bajo su dominio el territorio de Guayana, el cual se comunicaba desde allí con la ciudad de Barcelona y la isla de Margarita, además de una parte del territorio de Apure, en donde campeaban las tropas llaneras al mando del caudillo José Antonio Páez. Por su parte las divisiones realistas comandadas por el general Pablo Morillo controlaban el resto de Venezuela y prácticamente toda la Nueva Granada. Bolívar consideraba que para la liberación de Venezuela era indispensable la toma de su ciudad capital. Por ello trazó el plan de conducir sus fuerzas desde Angostura hasta Caracas.
            A fin de llevar a cabo ese plan consideró auxiliarse con los llaneros de Páez, con quien había sostenido un intercambio epistolar desde el mes de julio de 1817. Carlos Alfonzo Vaz (1982) asegura que a partir de allí “continúan los contactos escritos entre El Libertador y Páez, mediante una correspondencia periódica.” Agrega este autor que en una carta fechada en octubre Bolívar le participa al jefe llanero: “Dentro de quince días, sin falta alguna, marcharemos llevando una fuerte expedición con todos los elementos necesarios para concluir, si es posible, esta campaña”. Obviamente  dentro de los planes de Bolívar ya estaba prevista la realización de la campaña del centro, aunque esta vino a realizarse algunos meses después.
            Cuando las circunstancias lo permitieron, en diciembre, se pudo dar inicio a la prometida campaña para liberar la capital. Para ello Bolívar envía una avanzada al mando del general Zaraza, que cruzó el Orinoco al sur de la provincia de Barcelona, pero fue derrotada por el general español Miguel de la Torre en el sitio denominado La Hogaza, al sur de Valle de la Pascua. Gracias a este triunfo, La Torre fue condecorado con la orden de San Fernando, expedida por el propio Rey, la cual le fue conferida en Calabozo el 16 de mayo de 1819, según informó la Gaceta de Caracas en su edición número 162 del miércoles 2 de junio de 1819.
            Al saber la derrota de Zaraza, dice Gil Fortoul (1978) que “Bolívar regresa a Angostura, organiza con su acostumbrada rapidez otra división de hasta 3.000 hombres, … remonta el Orinoco (31 de diciembre) y a los pocos días (enero) incorpora en San Juan de Payara parte de las fuerzas de Páez…”; sin embargo, la información clave de la campaña la da el propio Bolívar en una carta que envía desde el mencionado pueblo al Consejo de Gobierno el día 5 de febrero de 1818. En ella el máximo jefe republicano prevé una victoria decisiva sobre Morillo, quien “ha establecido su Cuartel General en Calabozo y ha concentrado allí sus fuerzas”. Del texto se puede interpretar que Bolívar pudiera haber pensado en obtener la independencia de Venezuela al infligirle una derrota al caudillo español en esta ciudad llanera, pues en la misiva afirma acerca de las tropas de Morillo, que “…batidas estas, San Fernando, Barinas, y toda la provincia de Caracas caerán en nuestras manos sin otra operación que marchar.”, y al final remata diciendo: “Yo espero tener dentro de muy poco la satisfacción de participar a V. E. una victoria completa y decisiva.” Citado por C. Alfonzo Vaz (1982).
            En la nombrada carta de Bolívar este afirma, como ha podido leerse más arriba que Morillo había establecido su cuartel general en Calabozo y concentrado en ella sus fuerzas. Si atendemos a lo afirmado por el historiador español Salvador de Madariaga, el mencionado oficial hispano tomó casi desde un principio a la Villa de Calabozo como el centro de sus operaciones militares y administrativas. Ello toma más importancia si se considera, tal como lo escribe el citado autor que la fuerza comandada por Morillo constituyó “…la expedición más numerosa que había cruzado el Atlántico desde el descubrimiento de América…” Madariaga (1959).
            Al hacer una revisión de lo escrito por varios historiadores, entre ellos Madariaga (1959) y Gil Fortoul (1978), se puede constatar que la expedición de Morillo, con aproximadamente 15.000 efectivos, arribó a Margarita el 7 de abril de 1815; a Caracas llegó el 11 de mayo; puso sitio a Cartagena de Indias desde el 1 de septiembre hasta el 6 de diciembre. De allí partió para Santa Fe de Bogotá, adonde arribó el 26 de marzo de 1816. En esta capital virreinal permaneció hasta “mediados de noviembre”, cuando, como afirma Madariaga (1959), “Enviando a La Torre por delante se puso en marcha hacia Venezuela…”. A principios de 1817 Morillo envía una carta al Capitán General, Salvador de Moxó, diciendo Madariaga que “Este documento está fechado en Calabozo, donde había instalado sus reales…”. El caudillo español realiza durante ese año 1817 una campaña por el oriente, en donde, como se ha afirmado más arriba había uno de los enclaves republicanos: el 13 de mayo está en El Chaparro, el 17 de julio en Margarita, y el 19 de agosta arriba a Cumaná.
            Durante los últimos meses de 1817, mientras se encontraba organizando la República y atendiendo los complejos problemas de insubordinación de algunos miembros de su oficialidad, como Mariño, Arismendi, Bermúdez, y el caso más emblemático protagonizado por Manuel Piar, Bolívar ha debido prestar mucha atención a los movimientos y a la disposición de las fuerzas de Morillo. A propósito del establecimiento de sus tropas en Calabozo, mencionado por Bolívar en la susodicha carta del 5 de febrero de 1818, Madariaga (1959) dice que
A fines de 1817 (…) Las divisiones de combate se encontraban: la primera, al mando de La Torre, cubriendo la línea de El Sombrero a El Calvario; la segunda, extendida desde Caracas a Valencia; la cuarta, bajo Aldama, en Nutrias, y la quinta, que mandaba Calzada, en Camaguán…
            En esta cita de Madariaga se puede observar el celo de Morillo por establecer todo un frente móvil a los bastiones republicanos de Oriente, Guayana y Apure, y cómo en la disposición de las mencionadas divisiones queda Calabozo casi en medio de un anillo de tropas, lo que confirmaría la situación estratégica que tenía en aquellas condiciones bélicas la Villa de Todos los Santos, y explicaría los planes de Bolívar para sorprender a Morillo en la ciudad guariqueña, y forzarlo allí a una batalla decisiva para la independencia de Venezuela, por lo cual es posible afirmar que Calabozo constituyó en esas circunstancias históricas, por lo menos para la visión de El Libertador, el núcleo de su atención para emprender la famosa campaña del centro y conquistar el objetivo político representado por la ciudad capital de Caracas.
            Tal como lo planificó Bolívar, el ejército republicano sorprendió a Morillo en la Villa de Calabozo, al amanecer del 12 de febrero de 1818. Las fuerzas realistas estaban dispuestas, según el historiador Adolfo Rodríguez (2004), de este modo:
El regimiento de caballería Húsares de Fernando VII reducido a 230 hombres y uno de cazadores del Navarra, ocupando la Misión de Abajo. El batallón de Castilla (450) hombres), en la Misión de Arriba; los batallones de la Unión, de 600 plazas y el de Navarra de 700 situados en el propio Calabozo.
            Hay que aclarar que las misiones nombradas eran dos antiguos pueblos de misión ubicados a distancia de una legua de Calabozo, siguiendo el río Guárico, corriente arriba la de Arriba, y corriente abajo la otra; hoy día ambas poblaciones están integradas al área urbana de la ciudad. Por su parte, las fuerzas republicanas estaban dispuestas de la siguiente manera: en el Estado Mayor, Bolívar, Soublette y Santander, la infantería marchaba en el centro, en dos columnas; la caballería de Páez a la derecha, la de Sedeño a la izquierda, y la de Monagas a la retaguardia. El desarrollo de la batalla, aunque resultó en una victoria parcial para los republicanos, no tuvo la condición de decisiva pues no se pudo destruir a las fuerzas monárquicas, las cuales se hicieron fuertes dentro de la ciudad, y después de aguantar un sitio de dos días pudieron salir huyendo hacia El Sombrero. Al final la campaña fracasó y Bolívar tuvo que regresar a Guayana sin lograr el objetivo propuesto. Morillo por su parte, volvió a establecer “sus reales” en Calabozo, en donde permaneció durante aproximadamente un año y medio más.
            En los meses que siguieron a la finalización de la campaña del centro, el general Pablo Morillo, dentro de su plan de mantener a raya  el avance de los republicanos hacia la capital, decidió tomar la ofensiva contra Páez, con miras a llegar hasta la propia Guayana. Quizás ni sospechaba que ya Bolívar estaba concibiendo una nueva campaña que lo llevaría hasta la Nueva Granada por el páramo de Pisba y Boyacá, pero siempre administrando el oficial hispano sus asuntos desde la Villa de Calabozo. Madariaga (1959) afirma que “Con su base en Calabozo, Morillo decidió tomar la ofensiva, con ánimo de deshacerse de él (Páez), para, luego, reconquistar la Guayana”. Eso lo intentó desde enero de 1819, pero después de sufrir varias derrotas sucesivas de manos de los llaneros, entre ellas la de las Queseras del Medio en abril, y con la cercanía del invierno, “decidió retirarse del todo, y cruzando el Apure el 14 de mayo, se volvió a Calabozo…” Teniendo como “su base” a esta ciudad, continuó Morillo sus actividades hasta que las noticias de la liberación de la Nueva Granada por Bolívar, y la presencia de este en Cúcuta, obligaron al Mariscal español a cambiar su frente de guerra hacia los Andes, ya a finales de 1819.
            La importancia estratégica de la Villa de Todos los Santos de Calabozo durante el desarrollo de la guerra de independencia ha sido notada por varios historiadores. El biógrafo de Bolívar, el alemán Gerhard Masur (1977), califica a esta ciudad, en los tiempos de la actuación de Boves como “…Calabozo, la capital de la región que aprovisionaba a Caracas…). Refiriéndose a la misma época, el biógrafo de Boves, Edgardo Mondolfi Gudat, asegura, después de considerar “la ubicación estratégica de Calabozo”, que esta ciudad era una especie de “atalaya desde donde podían pulsarse las distintas reacciones que suscitaban los hechos de Caracas en otras localidades más apartadas como San Fernando, Achaguas…” Adolfo Rodríguez (2008), no duda en calificar a Calabozo como “Capital de la guerra”, precisamente durante el período de la actuación del general Pablo Morillo. De la preferencia de este oficial por la ciudad guariqueña, dice Rodríguez (2008): “El cuartel general central de su Armada lo sitúa en Calabozo por múltiples ventajas determinantes, sobre todo su posición central en el teatro de la guerra.”
            De modo que no fue una casualidad, sino el producto de su clara visión estratégica de la guerra y de la política que El Libertador Simón Bolívar previó una posible acción militar contra el ejército expedicionario más importante enviado por España a sus colonias americanas, al mando del general Pablo Morillo, la cual, escenificada en la Villa de Todos los Santos de Calabozo, pudo ser decisiva para la independencia definitiva de Venezuela. De acuerdo a la opinión de los historiadores citados, y al estudio de los acontecimientos, queda clara la importancia estratégica de la ciudad de Calabozo dentro del marco de las acciones de aquella contienda, que nos legó la independencia política, y permitió el establecimiento de la República de Venezuela.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
ACOSTA SAIGNES, Miguel (2009) Bolívar. Acción y Utopía del Hombre de las Dificultades. Caracas: Fundación Editorial El Perro y La Rana.
ALFONZO VAZ, Carlos (1982) Los Muxica Guariqueños de la Independencia. San Juan de los Morros: Editorial Los Llanos.
GIL FORTOUL, José (1978) Historia Constitucional de Venezuela. Tomo IX. México: Editorial Cumbre, S. A. Biblioteca Simón Bolívar.
MADARIAGA, Salvador (1959) Bolívar. Tomo I. Buenos Aires: Editorial Sudamericana.
MASUR, Gerhard (1977) Simón Bolívar. Barcelona, España: Círculo de Lectores.
MONDOLFI GUDAT, Edgardo (2005) José Tomás Boves. Caracas: C. A. Editora El Nacional. Biblioteca Biográfica Venezolana.
RODRÍGUEZ, Adolfo (2004) Calabozo Siglo XIX. San Juan de los Morros: Publicaciones del Rectorado de la Universidad Rómulo Gallegos.
RODRÍGUEZ, Adolfo y otros (2008) Ponencias. III Encuentro de Historiadores y Cronistas de Venezuela en Calabozo. Caracas: Miguel Ángel García e Hijo, S. R. L.


Imagen tomada de https://taimaboffil.wordpress.com/2010/12/01/1%C2%BA-de-diciembre-1817-bolivar-inicia-campana-del-centro-un-nuevo-intento-por-sumar-caracas-a-la-causa-de-la-independencia-oposicion-de-paez-frustra-el-proyecto/


martes, 17 de julio de 2018

UN CANTO PARA MAIRDA



 PROF/ CRONISTA  JOSÉ GREGORIO CÁRDENAS.  CI. 4127445

                               CORREO: faustinero@hotmail.com   telf.: 0424 5876609.


A Mis hijos y su mundo de las formas.

El pasado 31 de Enero, arriba nuestra madre Hilda Rosa Cárdenas a su 9no aniversario de partida a los reinos celestiales. Mamá, es infinita tu ausencia, casi dolorosa y cruel. Te recuerdo en los instantes más aciagos de mi vida; extrañando quizás, esa palabra sabia y certera que devolvía el ánimo, la alegría y hasta la sonrisa a veces.
Recuerdo que al día siguiente de tu siembra, me fui, tempranito al cementerio, quería darte calor y cerciorarme que no tenías frío o que sé yo. Había llovido en la madrugada. Y entonces lloré mucho en silencio y, tuve conciencia plena que había quedado sin ti; algo que ninguno de los dos lo esperaba así. Gracias madre, por tanta bondad y sacrificios para sacarnos adelante; enseñarnos que si se puede soñar despierto, que nacimos para logros sin menoscabo del semejante. Gracias por amarnos tanto. Extraño tus comidas sencillas envueltas en sazón de amor, tus santos y oraciones; la devoción al Dr. José Gregorio Hernández y tu virgen del Carmen , el amor por los animales y tu flor de navidad que dejaste encendida de pétalos rojo- fucsia.
Esta noche aparecerá una luna azul y roja en el cielo de los dioses; hay brisa fuerte que anuncia lluvia, esta lectura de los elementos naturales que nos hacen, los aprendí de ti, y tú de esa tierra guarabaeña con cariño y orgullo que tanto amaste. Que Dios todopoderoso, te tenga en el lugar donde moran las almas benditas e imperecederas.

Cuando logro oír la canción de Alí Primera (Madre, déjame luchar) llega hasta mi aquella promesa que te hiciera en un momento de mi vida azarosa, de sobresaltos y creencias (entre la literatura, la política y la historia).Me pediste que si te quería un poco, me alejara de tanta actividad riesgosa de la política. Que sufría, cada vez que salía de casa y me volvía un ermitaño, cual “lobo Estepario “.No deseo saber más de torturas, ni calabozos, no te parí para eso. Te prometí que me alejaría y no me distanciaría tanto de ti y mis hermanos. Atrás quedaron las luchas estudiantiles, el partido de extrema estudiantil que se venía formando en Lara, Maracaibo y Boconó  Recuerdo madre, que llegué un viernes de junio de 1982 a tu casa, nuestra casa y te habías enterado de mi encierro, de mi desaparición forzada por cuerpos de seguridad de aquel entonces. Me abrazaste y lloraste, me pedías que no te diera esa vida…Te sobrevino un  episodio cardíaco y ya en aquel hospital, me dolía la conciencia, sentía que no merecías que el amor que por mi sentías, tenía que padecer tal desamparo y oscuridad donde brotaba el miedo.  Tu mundo era el hogar, los hijos, la familia, los vecinos, los recuerdos, la misa dominical  y tantos otros detalles hermosos de la vida, que hacían de tu toparquía;  un ser maravilloso y creador.

Saben lectores, cuando MAIRDA, _ así le dije siempre a mi madre y no sé por qué-estaba en sus últimos días, le abrazaba y me ponía a llorar mirando aquella cabecita blanca e indefensa entre sábanas azuladas. La última vez que me habló, fue para decirme: “no olvides la casa “Todos estábamos muy tristes, aquella mujer, nacida un 17 de diciembre del 1937 nos dejaba, para retornar a su hogar celestial. Cuando la estábamos sembrando, quise recitarle un poema escrito para ella; pero, no pude y salí corriendo para sentarme en no sé dónde.
Cito un texto de la argentina Diana Soulé Canau, en su libro SOLO POR HOY.

“Un día sentí que ya era muy grande para ser niño; hoy siento que soy
Muy niño para ser grande. Estoy como atrapado en dos dimensiones
Diferentes. Estoy crucificado como un adulto (…) con dos  brazos que
No sirven ni para abrazar fuerte a mi nana. (…).Tengo un niño en el alma,
Donde guardo lo mejor de mí. (…) Ese niño es confiable porque sabe decir
¡te quiero!”   (p15).
Las palabras serán la fortalezas, las rosas de los vientos y todas las campanas, que regarán tus recuerdos en este inmenso valle verde, lleno de bromelias, de jancitos y pomarrosas; este valle verde que supo de tu infancia, tu adolescencia entre pilitas de agua y el resto de tu existencia.. Que los mares de sal, te hagan llegar mis plegarias y BENDICIÓN.
                

sábado, 9 de junio de 2018

Contribución a la Bibliografía de la Fiesta de los Diablos en Venezuela


Arturo Álvarez D´ Armas

A mi amiga Mary Infante

La festividad del Corpus es celebrada en Europa desde tiempos inmemoriales, específicamente data del año 1246, cuando el Obispo Roberto de Lieja (Países Bajos), escogió el día Jueves, después de la octava del Pentecostés como la fiesta del Corpus. Más tarde, bajo el papado de Urbano IV (Santiago Pantaleón) se le otorgó la aprobación universal mediante la bula “Transiturus”, el 8 de Septiembre de 1264. En esa época la diversión se efectuaba con tarasca, cabezudos y enanos.
Con el mal llamado “descubrimiento” del nuevo continente, son trasladadas a América muchas fiestas religiosas y populares de origen europeo y muy particularmente de España, entre ellas encontramos: San Juan, San Pedro y San Pablo, San Antonio, San Benito y Corpus Christi.
La Cofradía hispánica, esencialmente religiosa, se amalgamó con las costumbres y tradiciones que trajeron en sus mentes los esclavizados africanos. Fue un proceso sincrético donde se mezclan la fe cristiana y algunos elementos rituales, musicales y danzarios de la lejana África. 

La incorporación de africanos a las relaciones esclavistas de producción, introduce una nueva etnia de características particulares, la cual trae sus propias creencias y cultos ancestrales al patrimonio cultural de Venezuela. Así como la fiesta de San Juan se transforma en un baile de contenido africano, los diablos danzantes, en esencia, son un rito de fuerte influencia del continente negro, conteniendo aportes europeos e indígenas.
La primera referencia histórica de la cual tengamos noticias sobre la celebración de Corpus en Venezuela, nos la ofrece el Obispo Diego Baños y Sotomayor en 1687, cuando prohíbe las danzas de mulatos, negros e indios, que realizaban en las procesiones del Corpus, su Octava y las fiestas de los santos Patronos.
La festividad de los Diablos Danzantes, se baila en muchas regiones de Venezuela como Naiguatá (estado Vargas), San Francisco de Yare (estado Miranda), San Rafael de Orituco (estado Guarico), Ocumare de la Costa, Cata, Choroni, Chuao y Maracay (estado Aragua), Tinaquillo (estado Cojedes), Patanemo, Borburata, Mariara, Guacara, Canoabo y en San Millán barrio de Puerto Cabello (estado Carabobo). También hay constancia de que se efectuaba en Curiepe, Petare, Guatire y Ocumare del Tuy (estado Miranda), El Sombrero y Tucupido (estado Guarico).
Libros y folletos. Álvarez D´ Armas, Arturo. Bibliografía del Folklore Afrovenezolano. Caracas: Ediciones Tambor, 1977. 10 p. Best González, Freddy. Los diablos danzantes de Yare. Los Teques: Asamblea Legislativa del Estado Miranda, Oficina de Relaciones Públicas, s.a. 44 p. Publicación N° 3.
Best González, Freddy. Los diablos de Yare. Los Teques: Asamblea Legislativa del Estado Miranda, s.a. /6/ p. Publicación N° 11. Diablos Danzantes de Venezuela. Dirección y supervisión: Manuel Antonio Ortiz. Equipo responsable: Rolando Zapata, Isabel Zerpa y Adrián Camacho. Salutación de Remigio Elías Pérez, Banco Provincial. Presentación Hermano Ginés. Caracas: Fundación La Salle de Ciencias Naturales, 1982. 207 p.
Domínguez, Luis Arturo. Encuentro con nuestro Folklore. Caracas: Editorial Kapelusz, 1975. 167 p. Domínguez, Luis Arturo. Fiestas tradicionales del estado Miranda. Los Teques: Ejecutivo del Estado Miranda, Departamento de Extensión Cultural, 1965. s. p. Domínguez, Luis Arturo y Salazar Quijada, Adolfo. Fiestas y danzas foklóricas de Venezuela. Caracas: Monte Ávila Editores, 1969. 327 p. Domínguez, Luis Arturo. El mundo mágico de las máscaras rituales. Caracas: Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes, 1967. 11 p.
Hernández, Daría y Fuentes, Cecilia. Fiestas tradicionales de Venezuela. Fotografías: Nelson Garrido. Caracas: Fundación Bigott, s.a. 213 p.
Liscano, Juan. Folklore y Cultura. Caracas: Editorial Ávila Gráfica, 1950. 226 p. Liscano, Juan. Los diablos de San Francisco de Yare. Caracas: Cruz del Sur, 1952. 7 p. Liscano, Juan. Vida, folklore y poesía. Las fiestas del solsticio de verano en el folklore de Venezuela. Caracas: Ministerio de Educación, 1947. 32 p.
Ortiz, Manuel Antonio. Miranda. Caracas: Fundación Bigott, 1996. 51 p. Serie: Tradiciones Populares de los Estados, 1. Pollak-Eltz, Angelina. Bibliografía afrovenezolana. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello, Instituto de Investigaciones Históricas, 1976. 25 p. Pollak-Eltz, Angelina. Vestigios africanos en la cultura del pueblo venezolano. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello, Instituto de Investigaciones Históricas, 1972. 171 p. Ramón Y Rivera, Luis Felipe. La música folklórica de Venezuela. Caracas: Monte Ávila Editores, 1969. 234 p.
Artículos y Notas. Acosta Saignes, Miguel. “El último diablo de Guacara”. En: Revista Shell. Caracas: N° 18, Marzo de 1956. Pp. 25-27. Allende, Isabel. “El diablo vivo y coleando”. En: 7º Día. Caracas: N° 294, 10 de julio de 1977. Pp. 8-9. El Nacional. 

Antillano, Sergio. “Danzas y cantos de Miranda”. En: Revista del Estado Miranda. Los Teques: 3 de mayo de 1951. s. p. Aretz, Isabel. “La fiesta de los diablos”. En: Revista Venezolana de Folklore. Caracas: Tomo I, N° 2, julio-diciembre de 1947. Pp. 91-110. Armas Alfonzo, Alfredo. “Los diablos danzantes de Yare”. En: El Nacional. Caracas: 8 de junio de 1950. P. 12. Balza Donatti, Camilo. “Los diablos danzantes de Yare o raíz del ancestro”. En: Elite. Caracas: 21 de junio de 1952. Pp. 32-35. Best González, Freddy. “Los diablos de Yare”. En: Texto de la Tierra. Los Teques: N° 10-11, junio-julio, 1966. Pp. 6-7.
Buitrago Segura, Luis. “Danza de diablos en busca de perdón”. En 7º Día. Caracas: 24 de junio de 1973. P. 16. El Nacional.
Carreño, Francisco. “Folklore del estado Miranda”. En: Nuestra Tierra. Caracas: N° 12, enero de 1952. Pp. 32-33, 38.
“Corpus Christi en Yare. Abuelos y nietos promeseros serán hoy diablos danzantes para pagar favores al Santísimo”. En: El Nacional. Caracas: 17 de junio de 1965. D-10. Domínguez, Luis Arturo. “Diablos danzantes”. En Índice Literario de El Universal. Caracas: 17 de marzo de 1960. Pp. 4-5. “Grandeza y decadencia del Corpus de Yare: el turismo está asesinando la tradición”. En: El Nacional. Caracas: 5 de junio de 1953. P. 28. Guzmán, Edith. “En Yare una cita con el pasado”. En: Momento. Caracas: N° 206, 26 de junio de 1960. Pp. 45-51. Liscano, Juan. “Diablos de la fiesta de Corpus”. En: Elite. Caracas: 21 de junio de 1952. P. 35. “Los diablos danzan en Corpus”. En: La Revista de El Nacional. Caracas: 31 de mayo de 1964. P. 2. El Nacional. “Los diablos danzantes de San Francisco de Yare”. En: El Farol. Caracas: junio 1949. Pp. 16-20. “Los diablos danzantes de Yare llevan luto por un hombre y una mujer”. En: El Nacional. Caracas: 5 de junio de 1953. P. 28. “Máscaras en ceremonias religiosas y diversiones populares”. En: Venezuela Ahora. Caracas: N° 135, 13 de junio de 1977 P. 15. Mejías, María Elena. “Junio en la tradición venezolana”. En: Arte Quincenal. Caracas: N° 53, mayo, 1976 P. 4.
Montefusco, Miguel. “El ritual de los diablos en Venezuela”. En: Dominical. Caracas: 26 de junio de 1977. Pp. 11-12. Últimas Noticias. Olivares Figueroa, R. “Los diablos danzantes de San Francisco de Yare”. En: Educación. Caracas: N° 64, agosto 1952. Pp. 136-145. Pérez Vila, Manuel. “Pulso en la historia. Diablos de aquí y de allá”. En: El Nacional. Caracas: 9 de diciembre de 1976. A-5. Pollak-Eltz, Angelina. “El baile de los diablos de Patanemo”. En: Revista Venezolana de Folklore. Caracas: Segunda época. N° 1, septiembre 1970. Pp. 29-31. Pollak-Eltz, Angelina. “Las máscaras de los diablos de Chuao y su posible origen africano”. En: Semestre Histórico. Caracas: N° 4-5, julio de 1976 a junio de 1977. Pp. 141-146. Ross Jones, Margaret. “Los diablos danzantes de Yare”. En: Américas. Washington: N° 6-7, junio-julio de 1973. Pp. 12-13.
Toledo B., Hilario. “Los diablos de Yare. La Eucaristía en la tradición popular”. En: El Universal. Caracas: 25 de mayo de 1978. 2-4. Ugalde, Martín de. “Los diablos danzantes de Yare”. En: Líneas. Caracas: N° 122, junio 1967. Pp. 12-13.
Fotografías del autor.
La primera foto fue tomada en San Francisco de Yare, estado Miranda en los años 70 y la segunda en San Rafael de Orituco, estado Guárico en los años 80.

sábado, 2 de junio de 2018

LA VISITA DEL MUY SEVERO OBISPO MARTÍ


Eduardo J. Anzola


Desde finales de 1781, todos los moradores de San Felipe El Fuerte están poseídos de un verdadero frenesí colectivo de preparativos tan espléndidos como ostentosos para el engalanamiento en pleno de la ciudad. Creen los habitantes que esos días de enero será una de sus más memorables fechas. Es su oportunidad de demostrar al ilustrísimo visitante quien llegará a comienzos del  año entrante, que San Felipe El Fuerte es una auténtica ciudad; que es muy merecedora de ese título de ciudad que le fuera otorgada por el monarca español, el rey Felipe V, en 1729; que después de esos poco más de cincuenta años, ya sus habitantes no vivían en aquel poblado que se había llamado Cerrito de Cocorote, tan despreciado y atacado por las abusivas autoridades de La Nueva Segovia de Barquisimeto (Rodríguez, 1979).
El tan esperado e importante visitante es nada más y nada menos que el máximo jerarca de la Iglesia Católica en Venezuela,  el muy severo Obispo Mariano Martí. Este alto prelado, de origen catalán, ejerce su cargo desde 1770 y al año de haber llegado, inicia un incesante peregrinaje a lo largo de prácticamente todo el territorio de la Venezuela colonial y alcanzará a recorrer 350 pueblos, villas y ciudades durante un lapso de doce años, tres meses y veintidós días. Cuando le corresponde visitar a San Felipe El Fuerte, ya lleva más de diez años en su inspección pormenorizada de cada lugar donde llega, en un agotador periplo atravesando caudalosos ríos y polvorientos caminos, en canoa y coches arrastrados por animales de tiro, ya sea bajo un sol inclemente o una  lluvia pertinaz.    
Monseñor Mariano Martí, tiene reputación de ser un sacerdote muy culto y preparado. Al parecer mantiene también  rígidas concepciones sobre la moralidad y es muy dedicado a las funciones que les corresponde, que muchas veces van más allá de lo específicamente religioso.
El encarnado prelado, provisto de sus accesorios litúrgicos propios de su encumbrada investidura, va custodiado por un séquito de familiares, secretarios, ayudantes y monjes franciscanos. Dondequiera que vaya la caravana que le sigue, la vida cotidiana del pueblo, villa o ciudad donde llega, se suspende a su paso. Todos quedan a merced de edictos y mandatos pontificales que el prelado emite con una profusión intimidante.
En el proceso de sus recorridos, Martí va escribiendo incesantemente un memorial de cada visita, día tras día, año tras año. Cuando finalmente logra terminar sus giras, registrará en siete densos tomos, el mayor inventario que se haya hecho jamás en algún otro lugar de las colonias españolas (Garmendia, 2009). 
Para el momento del arribo a San Felipe El Fuerte del ilustrísimo visitante, los pueblos cercanos envían sus representantes y son numerosos los vecinos de esos lugares que se confunden con los de la ciudad para tributarle una apoteósica bienvenida.
En los primeros días del mes de enero del Año 1782, llega a la ciudad de San Felipe El Fuerte el Obispo Mariano Martí en su visita pastoral. La comitiva se dirige al Templo de Nuestra Señora de la Presentación dando comienzo a los actos de rigor. Caballeros regionales, clérigos, oficiales de tropas y milicias van acompañando al cortejo  del dignísimo prelado, quien bajo palio y aferrado al báculo pastoral, hace el recorrido por las calles, ornamentadas de flores, palmas y damascos que penden de las ventanas (Perazzo, 1981). 
Llegado al templo, se dirige en procesión  al altar mayor, acompañado por las voces del coro entonando el himno “Te Deum Laudamus” y al concluir los compases de la música sacra, el obispo ordena dar lectura al edicto pontifical, expone solemnemente los motivos de su visita pastoral y emite las ordenanzas religiosas a las cuales todos deben someterse a partir de entonces (Martí, 1969).
Durante su estadía en San Felipe El Fuerte, al igual que hace en cada población a la que arriba, el obispo Martí efectúa un reconocimiento e inventario de estudios y títulos obtenidos de los curas locales; de las alhajas, ornamentos y pinturas religiosas en las iglesias, de su estructura, arquitectura y campanarios; del padrón y matrícula de las viviendas; de los sembradíos, tipos de cultivo y cifras de producción agrícola y ganadera; de la cantidad de habitantes estratificados en grupos étnicos y castas sociales; de su sistema educativo; de los límites de la jurisdicción de la vicaría y de muchos otros datos que describen la vida de la gente durante el período colonial de su visita pastoral.
El obispo Martí comprueba que los sacerdotes atienden cuatro templos: Nuestra Señora de la Presentación, el de la Santísima Trinidad, el de Nuestra Señora de Candelaria y el de Nuestra Señora de Altagracia. Hay un convento de franciscanos y se construye otro de dominicos. También hay un hospicio regentado por monjes dominicos y un hospital para enfermos sin mayores recursos.
Según su registro, el templo de la iglesia principal, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Presentación, “era muy nueva y fuerte”  y “esplendorosa.” Tiene una fachada compuesta de pilares y cornisas de ladrillo con tres ventanales, cuyas paredes son de mampostería y partes de ladrillos y su piso enladrillado. La iglesia consta de tres naves, una más ancha, la mayor, y dos colaterales divididas a cada lado por cinco columnas y arcos de ladrillos, con techo entejado y reforzado con tirantes dobles de madera labrada de las cuales penden siete arañas de madera pintada, con varias luces cada una. El altar mayor cuenta con un retablo de madera labrada en dorado, encima del cual está un sagrario grande, dos nichos de santos y tres grandes cuadros al óleo con marcos decorados e imágenes de Nuestra Señora de la Presentación, y de los apóstoles Santiago y Felipe.
También tiene tres entradas, una mayor y dos colaterales, con puertas de madera de doble hoja y un Coro elevado sobre la entrada principal, rodeado de una baranda de balaustres y allí se encuentra un gran órgano que el Obispo Martí ordena reparar.
A la entrada de la iglesia, a un lado del Evangelio se ubica el bautisterio, enrejado y en cuyo centro está la pila bautismal de mármol que sostiene un platón conteniendo el agua bendita. También el Obispo ordena que se acabe de levantar sobre el bautisterio una torre para las campanas, aún sin terminar. También del lado del Evangelio hay una capilla erigida en honor a la Virgen de Montserrate y del lado de la Epístola, otra en proceso de construcción, dedicada a la Virgen del Carmen. De ese mismo lado se halla, resguardado por cerca, “un buen cementerio […] con varias almenas de ladrillos por la circunferencia…” 
Para 1764, la zona de la jurisdicción de San Felipe ocupaba una superficie de 70 por 80 leguas (casi 174 mil Km2). Diecisiete años después, el Obispo registra que en la pujante ciudad de gran actividad comercial, hay cinco mil veinte personas censadas, “toda especie de gente y de todas clases” conformados por 1.307 blancos y mestizos, 232 indígenas adoctrinados, 3.281  mulatos, zambos y negros libres y 200 esclavos (Duarte, 2009).
Describe Martí que “en la plaza de esta ciudad hay una fuente con algunos chorros de agua encañada del río Yurubí […] Todas las tierras inmediatas a la ciudad son buenas […] y producen cacao, maíz, tabaco […] plátanos, frijoles, algodón y cuanto se siembra o planta, porque acá llueve mucho y este terreno es cálido…” Las lluvias se repiten “por la mayor parte del año con rigurosas tormentas de truenos y relámpagos”.
También Martí destaca que los valles de Aroa y San Felipe están separados por un cerro de donde “salen ríos y quebradas que dan bastante agua para regar gran parte de todo el valle de San Felipe, a más del río Yaracuy, de que también pueden valerse para regar, pero los ríos y quebradas de este cerro […] vienen de alto y tienen grande corriente y pueden tomar la agua y conducirla por donde quieran y hacer grandes haciendas de cacao y otros frutos” (Martí, 1969).
 En su descripción de la sociedad colonial, la obra del minucioso Martí no solo es una copiosa literatura costumbrista de su época, sino un monumental compendio de información que va desde el dato más relevante hasta la menudencia más bochornosa de la vida privada de muchos habitantes de esta Provincia.
El obispo continuamente conmina a los curas para que los pecadores enmienden sus conductas escandalosas. A aquellos caballeros que “viven mal” con mulatas les ordena terminantemente que las deporten a otras ciudades más recatadas como El Tocuyo o Caracas, pues San Felipe El Fuerte es uno de los sitios donde muchos hombres de mayor rango social incurren con frecuencia en este reprensible “pecado”.
Por esta razón, comisiona al vicario para que esté pendiente y le mantenga informado del desarrollo del caso del matrimonio de Francisco Antonio Cerrano y Ángela María Celis.  Ella, siendo residente de San Felipe, comete adulterio mientras él está en Barinas, por lo cual el marido pide el divorcio. El Obispo Martí obliga entonces a la dama a convivir con su legítimo esposo en Barinas. Pero estando a punto de emprender el viaje, “al mismo instante de montar a caballo, se le escapó y se le escondió la dicha mujer.”
Luego de varios días, la esposa fugitiva es capturada y detenida en prisión. El obispo emite su sentencia: “…me parece conveniente que no salga de la cárcel sino para vivir con su marido en Barinas o en donde quiera su marido…” El amante de la adúltera, hombre soltero, también “…se halla en la cárcel por este delito…”
Por la frecuencia de tales casos, el obispo Martí resuelve que por ser muy pequeña, se ampliase la cárcel para “reclusión de las mujeres de mala conducta”. A aquellas parejas que “malviven” amancebadas, les amenaza con prisión si no se casan.
Los fieles informantes del obispo Martí, seguramente bien enterados por los inevitables chismosos locales, le notifican del caso de don Benito del Rosal, mayor de cincuenta años y con oficio de  escribano. En su casa recibe subrepticiamente al amparo de la oscuridad nocturna a Dominga Rodríguez, una mulata libre. Pero otras noches recibe a Amocha Baco, otra mulata. No satisfecho con ambas, además tiene trato carnal con dos esclavas  que ni siquiera le pertenecen, una es Juana Dominga, de doña Rosa Montañéz y otra, cuyo dueño es don Gerónimo Elizondo, es la que llega hasta don Benito  entre dos y tres de la tarde.
Descubierto en su promiscuo proceder por el obispo, don Benito ha prometido casarse en un plazo de cuatro meses y mientras transcurra ese lapso, el cura de la parroquia vigilará que el concupiscente escribano no tenga trato con ninguna de las cuatro mujeres. El obispo estará atento para que se cumpla la palabra empeñada según lo mantenga informado el cura.
Pero tampoco los curas escapan de los edictos del obispo. El padre Juan José Vidal de unos cuarenta años, se había entregado “al vicio del juego y de la embriaguez”; luego de haberse enmendado bajo la tutela de su padre, un alcalde de San Felipe El Fuerte, el cura vuelve a emborracharse por lo cual el obispo lo devuelve a su reclusión y le colocan un par de grilletes. Examinado para poder ejercer su ministerio, se le considera “inhábil para confesar y predicar por su ignorancia.” También el obispo conoce que don Juan Tomás Fort, juez eclesiástico de San Felipe aunque está muy enfermo y casi ciego, intenta decir misas con notable dificultad. En consecuencia, el reverendísimo Martí ordena al teniente de vicario, no le permita a Fort que continúe oficiando en la iglesia.
Se queja el obispo Martí de que al ocurrir el fallecimiento de un infante, retrasan el acto de enterramiento resultando en “danzas, bailes, bebezones y otros lastimosos desórdenes”. Por ello ordena que los entierros se efectúen antes de transcurrir 24 horas luego del fallecimiento.
Al enterarse Martí que durante la reciente Navidad se organizaron festividades religiosas, con el pretexto de celebrar  rituales de adoración en los altares y pesebres de las casas particulares, el obispo, con un riguroso ánimo aguafiestas, ordena que “sin excepción de alguna, no se hagan ni de día ni de noche danzas, visitas, músicas ni otros festines en que concurren hombres y mujeres, con que se evitarán los exceso […] lo cual cumplan bajo la pena de excomunión mayor…”
Del penetrante ojo inquisidor del obispo en su visita a San Felipe El Fuerte tampoco escapan los atuendos dominicales de muchas damas que asisten a misa pues “siendo como es la profanidad de los trajes y el modo de uso más bien estímulo de la lascivia que de la modestia, informamos de que muchas mujeres no solo entran a la iglesia con […] las sayas (faldas) altas, y pocos tapados los pechos sino […] aún a la sagrada mesa de comunión eucarística: ordenamos que el cura de esta Iglesia, en sus pláticas amoneste y reprenda severamente estos usos tan impropios al recato, exhortando y anunciando a todos el pecado gravísimo que se comete, así en el templo como fuera de él…” (Martí, 1969).
No sería exagerado suponer que aquellos a quienes Martí considera una caterva de malvivientes, fornicadores, juerguistas, jugadores y borrachos que moran en San Felipe El Fuerte, al igual que muchas damas y hasta curas, todos habrán de respirar aliviados cuando el inflexible obispo finalmente se despida de esta ciudad para nunca más regresar.

CONSULTAS BIBLIOGRÁFICAS

DUARTE, C. (2009). La ciudad de San Felipe. Tradiciones, Crónicas y tradiciones familiares. Caracas: Litografía ImagenColor S. A. pp. 10 – 11

GARMENDIA, S. (2009). El libro secreto del señor Obispo. El Desafío de la Historia. (10).  pp. 87 - 90.

MARTÍ, M. (1969). Documentos relativos a su visita Pastoral de la Diócesis de Caracas (1771 – 1784). Libro Personal, Inventarios y Providencias. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia. Serie Colonial. Vol. 95 al 99.

PERAZZO,  N. (1981). San Felipe El Fuerte. Caracas: Talleres gráficos del Congreso de la República. pp. 83 – 90.

RODRÍGUEZ R., P. D. (1979). Origen y desarrollo de San Felipe El Fuerte. Discurso de incorporación a la Academia Nacional de la Historia. Caracas: Talleres gráficos del Congreso de la República. pp. 15 – 32.

Imagen tomada de https://es.wikipedia.org/wiki/Mariano_Mart%C3%AD