Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

sábado, 18 de agosto de 2012

LOS HIJOS DE BOLÍVAR / ALGO QUE NUNCA SE DIJO EN LA HISTORIA QUE ESTUDIAMOS ¿ERAN REALMENTE HIJOS DE SIMÓN BOLÍVAR?

Germán Fleitas Núñez
Cronista de La Victoria

La muestra de ADN del Padre de la Patria, obtenida durante la exhumación de sus restos, nos permitirá comprobar si realmente era el padre de los hijos que se le atribuyen. Existe numerosa descendencia de sus presuntos hijos y ya la ciencia está en capacidad de ayudarnos a despejar dudas genéticas y genealógicas.

A nuestro Libertador se le atribuyó la paternidad de cinco hijos, dos hembras y tres varones; dos europeos y tres americanos; que fueron: 1) La Niña de Achaguas, 2) Doña Flora Tristán, 3) Simoncito Biffard 4) Don Miguel Camacho y 5) Don José Costas.

Sobre estos "presuntos hijos" -como dicen los periodistas- existe abundante documentación y noticias en la prensa del siglo XIX, XX y en libros; pero muy poco interés le han prestado los historiadores, con el socorrido argumento de que "los grandes hombre no han dejado descendencia", lo cual es una verdad que tiene demasiadas pruebas en contrario. El viento parece haberse llevado  las palabras del gran hombre cuando el 18 de mayo de 1828 dijera que:  su esposa"...murió muy temprano y no ha vuelto a casarse, pero que no se crea que es estéril o infecundo porque tiene prueba de lo contrario".

Dentro de los estrechos límites de una crónica, ofrecemos información ligera sobre estos cinco "presuntos" hijos del héroe, en espera de que algún día el ADN diga la última palabra.
1) La referencia a la primera niña, la trae en sus Memorias, publicadas en 1847, el pintor Carmelo Fernández Páez, sobrino del general Páez, quien desde muy niño anduvo con Bolívar y lo acompañó hasta el fin de su vida. Autor de la efigie del Libertador que está en nuestras monedas, y de las efigies de casi todos los próceres, a quienes conoció personalmente, don Carmelo dice que en la huida hacia el oriente, durante el año 1814, muchas de las familias de Caracas se radicaron en Cumaná; otras siguieron a Angostura (hoy Ciudad Bolívar), y cuatro de ellas  llegaron hasta Achaguas;"...en una de estas familias tuvo una hija El Libertador". Viniendo de un compañero fiel, que anduvo con él todo el tiempo hasta que murió, el dato es digno de crédito y de respeto. Algunos genealogistas creen que se trata de una niña de la familia Toro, de nombre Clorinda, cuya madre casó luego con el victoriano Manuel García de Sena. La niña CLORINDA GARCÍA DE SENA Y TORO, casó con Don Manuel Antonio Carreño, gran músico, autor de la "Urbanidad de Carreño" y es la madre de la gran pianista Teresa Carreño García de Sena, quien sería nieta del héroe (sus restos también reposan en el (Panteón Nacional y será muy fácil obtener muestras de su ADN).

2) La segunda, doña FLORA TRISTÁN, cuyo retrato revela un gran parecido físico con el genio, era hija de doña Teresa Laisney de Tristán, esposa del coronel peruano don Mariano de Tristán, de la alta aristocracia del Perú. Bolívar la conoció en su segundo viaje a Europa que comenzó en 1803 y dura hasta su regreso en 1806, vía Estados Unidos. Lleva la tristeza de su prematura viudez y tiene apenas veinte años. Con Teresa hace un largo viaje hasta Bilbao, ella queda embarazada y al poco tiempo, en Paris,  nace Flora. Vivió de 1804 a 1844; casó y tuvo dos hijos: un varón cuyo nombre desconocemos y una hembra llamada Aline, que es la madre del pintor Gauguin, quien sería bisnieto del Libertador.
Flora fue una destacada dirigente política, fundadora del Partido Socialista Francés, luchó por el proletariado, por los derechos de la mujer y por el establecimiento del divorcio. Fue muy infeliz en su matrimonio, publicó libros, entre ellos "Peregrinaciones de una Paria" en 1838; viajó a Arequipa en busca de su tío Pío Tristán. Publicó las cartas cruzadas entre su madre y Bolívar, y murió en 1844. Los obreros agradecidos le hicieron  un monumento en el cementerio de Burdeos donde reposan sus restos.

3) Del tercero apenas conocemos, por habérselo oído decir a don Juan Uslar Pietri -hermano menor de don Arturo- que en 1805 nació en París un niño al cual apadrinó el futuro guerrero y le puso su propio nombre. La madre del niño había sido su amiga íntima. En una carta que le envía en 1823 Fanny Tobrian y Aristeguieta Du Villars, su prima, amante y confidente, al Libertador, le dice:"Vuestro ahijado Simoncito Briffard (espero que sea el solo que usted tenga en Europa) es digno de sus bondades y tiene el vivo deseo de ir a encontrarlo". No sabemos nada más de SIMONCITO BRIFFARD. Es a esta Fanny a quien le escribe en 1830 la carta que dice: "Me tocó la misión del relámpago; rasgar un instante la tiniebla, fulgurar apenas sobre el abismo, y tornar a perderse en el vacío".

4) El cuarto, don MIGUEL CAMACHO, nació en Pie de Cuesta, El Socorro, Santander del Norte, Colombia, pero vivió toda su vida en Quito donde murió el 10 de julio de 1898. Era más alto que Bolívar, pero tenía faz trigueña, frente alta y elevada, cabello ensortijado, bigotes bien poblados, nariz aguileña y barbilla perfilada, delgado pero bien musculado, ojos negros, de mirada penetrante y que en veces miraban al suelo y en veces, de lado.

Al día siguiente, el 11 de julio de 1898, el cortejo fúnebre era presidido por el General Eloy Alfaro, Presidente del Ecuador, por tratarse de un hijo de Simón Bolívar, pues como tal se le tuvo siempre. Poseía muchas cartas del Libertador y de"mi tía María Antonia, referentes a mi persona y particularmente a los gastos de mi manutención y crianza". Al fallecer, su criado era un hombre como de  setentinco años, llamado Lorenzo Camejo, hijo de Pedro Camejo, el Negro Primero, quien lo acompañaba desde su estancia en Caracas, en tiempos de Guzmán Blanco, y llamaba la atención de los quiteños "por su color negro, su altura, y porque llevaba en la oreja un arete de oro".

Don Miguel Camacho tuvo dos hijos llamados Margarita y Carlos.  Margarita casó con don Manuel de J. Benalcázar, honorable comerciante de Quito y tuvo tres hijos llamados Miguel Ángel, Antonio y Manuel.  Antes, don Miguel había tenido otro hijo llamado don Aquilino Camacho, profesor. Sus descendientes viven en el Ecuador.

5) Por último, el más conocido de todos es don JOSÉ COSTAS. Su origen remonta a los días de octubre de 1825, cuando el Padre de la Patria llegó a Potosí, para cumplir con su compromiso de clavar las banderas de la libertad, en el Cerro de la Plata. El 5 de octubre fue coronado por una linda mujer de veintiún años, de nombre María Joaquina Costas, esposa del general Hilarión de la Quintana, colocó sobre sus sienes una corona "de filigrana de oro, tachonada de diamantes", obsequio de la Municipalidad de Potosí. María Joaquina tenía "piel fina, ojos color azul, boca pequeña nariz fina y un hoyuelo en la barbilla".

En el momento de coronarlo le advirtió:"Cuídese general porque esta noche tratarán de asesinarlo".  Esta oportuna información permitió debelar  la conspiración del general León Gandarias, y salvar la vida del héroe. Esa noche el suntuoso baile vió aparecer a "otro Bolívar"; por primera vez sus compañeros de armas lo contemplaron sin bigote y sin uniforme. Bailó toda la noche con María Joaquina; surgió una intensa relación y el caraqueño decidió prolongar en Potosí su estada hasta el próximo 28 de octubre, para celebrar allí "su cumpleaños". María Joaquina quedó embarazada y nació su hijo a quien, a pesar de estar casada,  presentó como José Antonio, hijo natural suyo y del señor Simón Bolívar. Al conocer Bolívar el nacimiento del niño envió al Coronel José Miguel de Velazco, con la misión de llevarlos a la "Quinta de la Magdalena". En el Perú se hicieron varios retratos de doña Joaquina con el niño en los brazos. La comisión le valió a Velazco su ascenso a General y la Presidencia de Bolivia. Por su parte José Costas vivió sesentinueve años, casó con doña Pastora Argandoña y procrearon a Urbano y Magdalena, ambos con numerosa descendencia. En su partida de matrimonio se lee: "...casé y velé a José Costas, hijo natural de la señora finada María Costas y del finado señor Simón Bolívar."

Murió el 7 de octubre de 1895. Existe una fotografía de doña Joaquina a los setenta años, tiene en las manos un libro, su rostro es simpático e imponente, ojos soñadores, boca pequeña nariz bien perfilada, su vestido es una saya de anchos pliegues y una mantilla andaluza. Sus descendientes viven en Caiza, un pueblito a noventa kilómetros de Potosí.

El 26 de octubre de 1925,  se celebró en la Villa Imperial de Potosí el centenario del ascenso de Bolívar al Cerro de la Plata; allí en acto presidido por la Academias, la Sociedad de Geografía e Historia y el Presidente de la República, se reconoció a las familias Costas y Rosso, como descendientes de Bolívar. En el momento de su muerte, cuando Doña María Joaquina se confesó con el cura Ulloa, le pidió: "que no sea separado de mi cuerpo en la tumba, este precioso relicario que lleva el busto del Libertador, y que me fue ofrecido por él en prenda de amor (...) Dios le haya premiado y me perdone a mi esta única falta grave de mi vida, que siempre consagré al bien de mis semejantes y al recuerdo del héroe, mi único y solo amor en el mundo".

Por su parte, dos años antes de morir, el Libertador confesó: "El Potosí tiene para mi tres recuerdos: allí me quité el bigote, allí usé por primera vez un vestido de baile,  y allí  tuve un hijo".

EL CRONISTA COMO FUNCIONARIO PÚBLICO

Ponencia presentada en la XL Convención Nacional de Cronistas Oficiales de Venezuela, realizada en Coro, estado Falcón del 23 al 26 de mayo de 2012
ALBERTO PÉREZ LARRARTE
Cronista Oficial de la Ciudad de Barinas
Me animó la idea de traer ante ustedes estas palabras de reflexión sobre el deber ser del cronista en la vida pública venezolana, de verdad me entusiasme a exponer tal asunto en este encuentro, rodeado de un conjunto de hermosas e históricas edificaciones, que constituyen un patrimonio histórico para la humanidad y sentir el calor del sol falconiano, en la ciudad del viento, con la misma intensidad del afecto de su gente; es una sana manera de desgarrarme el alma ante este auditórium, tal vez por la vehemencia que le ponemos a las cosas; pero con la firme convicción de expresar mi preocupación por el destino y vocación de los hombres y mujeres que tenemos la hermosa y delicada misión de escribir la historia en un país que vemos cada día más alienado y convulsionado por cosas intranscendentes, lo que hace que aceleradamente se desborone el basamento moral y ético de la sociedad.
Si hacemos referencia del cronista como funcionario público, no debemos  apegarnos únicamente a la ley, aunque la ley es la ley; considero que nuestra misión y visión va mucho más allá de ejercer un cargo público, debemos ser auténticos promotores culturales, humanistas por excelencia, constructores de sueños, creadores de la palabra, defensores del patrimonio y acervo cultural de nuestros pueblos, investigadores, propulsores y protectores de nuestra identidad. Eso es el deber ser.
Nuestro ejercicio de poder en la administración pública debe estar apegado a las más diáfanas normas que deben regir a un funcionario público, sin olvidar que los funcionarios públicos no están para que le sirvan, sino para servir a todos los ciudadanos y debe fundamentarse su servicio en los principios de honestidad, participación, celeridad, eficacia, eficiencia, transparencia, rendición de cuentas y responsabilidad.
Además, como hemos dicho, sin dejar de tomar en cuenta que el ejercicio de cronista va mucho más allá de ejercer un cargo público, su función debe ser ejemplarizante en el servicio colectivo, como asesor de los Poderes Públicos Municipales, su actuación debe ser diáfana y apegada a las más estrictas normas de imparcialidad política partidista, por lo que no debe inmiscuirse en los asuntos de participación partidista, que aún consciente que es un derecho natural que promueve la fe democrática, marchitaría su independencia y capacidad creadora y defensora de los más sagrados derechos patrimoniales y culturales de su localidad y si en ello incurriría, estaría convirtiéndose en un borrego y servil de los políticos de turno y su conducta ética y moral ante la sociedad, produciría el declive de tan noble y leal oficio. Perdonen mi crudeza.
Como referente a tan loable y delicada responsabilidad, don Alfonso Marín, en la primera Convención de Cronistas Oficiales de Venezuela, reunida en Valencia en marzo de 1968, sostiene que: “Un cronista de una ciudad, no debe ser nunca un funcionario decorativo, que se conforme con la idea de su presencia en ese cargo que representa para él un honor excepcionalmente alto. Ese honor existe, realmente, pero se encuentra ubicado en los límites imperativos de un profundo deber y de un grave compromiso”.
En la actualidad el oficio de cronista ha evolucionado convirtiéndose  en un funcionario público, con rango de Órgano Auxiliar de los Poderes Públicos Municipales, estando al nivel del Secretario o Secretaria de Cámara Municipal o de quien ostenta el cargo de Sindico Procurador municipal.
 El cronista es un escritor, investigador, historiador y orientador de las aspiraciones colectivas de su comunidad, recomienda alternativas en materias de vialidad y urbanismo, propone políticas transformadoras que humanicen su Municipio, es el guardián de las memorias de su pueblo, le corresponde asesorar a los poderes públicos  municipales, en las materias o asuntos de su competencia, debe propiciar la creación de museos, archivos, hemerotecas y bibliotecas.
No amerita un titulo académico para ejercer tan honroso oficio; pero si la humildad, honestidad, vocación, dignidad y entrega necesaria para con decoro ser la voz obligada del Municipio.
El cronista, no es una pluma tarifada, es un libre pensador. Muchas veces debe enfrentar las barbaridades que pretenden cometer algunos mandatarios o funcionarios de gobierno contra el patrimonio y acervo cultural, debe propiciar programas educativos y formativos para su comunidad.
         El cronista debe pensar y actuar diligentemente y sin rodeo, porque tiene bajo su responsabilidad una delicada misión, no debe ser simplemente un contemplador nostálgico de los sucesos de su pueblo, su pensamiento y actuación deben dignificar tan alta misión. Para Wilfredo Bolívar, cronista de Araure, "es una especie de conciencia de la ciudad, un defensor del patrimonio, o el alcalde moral de un pueblo". 
Por ello, vayamos con nuestra conciencia y combatamos con nuestras armas tanta mediocridad que carcome el alma nacional. Nuestras armas son las ideas, el libre pensamiento y las letras que describen la historia, en tal sentido debemos ser la antítesis del marasmo y la barbarie. No nos convirtamos en aduladores de los gobernantes de turno, porque nos tragará el tremedal.
Como la ley es la ley, como diría nuestro amigo y admirado poeta y colega Guillermo de León Calles, cronista Oficial de Carirubana, estado Falcón, cuando insta que debemos referirnos con insistencia saludable sobre este logró de ser reconocidos en la vigente Ley Orgánica del Poder Público Municipal, en su contenido que le da al cronista el rango de uno de los Órganos Auxiliares del Poder Público Municipal.
En este sentido el poeta De León Calles, refiere que: “Con esta herramienta jurídica en posesión nuestra, no habrá excusa alguna que defina su incumplimiento. Los cronistas tenemos que acrecentar, con el mayor grado de autoestima, lo que representamos para el curso cotidiano y trascendental de las comunidades a las cuales servimos, con la necesaria asesoría, si es que viene  al caso, de los profesionales específicos o de los colegas que hayan logrado que la ley sea, con todas las mayúsculas del mundo, letra viva”.
Pero, el incumplimiento de la ley, esta latente en varios Estados del país, son innumerables los Municipios que no gozan del servicio de este funcionario público que ha venido dejando de ser una figura decorativa y convirtiéndose en un gestor y promotor  de las principales actividades que tienen que ver con el desarrollo integral del Municipio; además que con el fallecimiento de los cronistas existentes en algunos Municipios, no se ha dado el mandato de ley o se ha comenzado con el reparto de la torta como nos los dijo en su oportunidad Germán Fleitas Núñez, cronista de La Victoria.
Cuando muere un cronista de alguna manera, muere por pedazos un pueblo, con su desaparición física se va la voz moral de un pueblo, son varios los cronistas, que nos han dejado su legado para la posteridad, imitémosles.
Elevemos una plegaria no sólo porque sus restos descansen en paz, sino porque su obra y pensamiento, sean guía y ejemplo en el cumplimiento de nuestro oficio y faro de luz para las nuevas generaciones.
Por ahora, los cronistas debemos hacer que nuestro oficio impregne de conciencia a la ciudadanía y aclare la mente de muchos funcionarios públicos alérgicos y desinteresados por las cosas sublimes que alimentan el espíritu y acarician el alma y que entiendan de una vez por todas, que el cronista que cumple con su deber, es el gendarme, el guía  y constructor de sueños que engrandece la vida municipal y el mejor aliado, de alcaldes, concejales y demás funcionarios públicos y por consiguiente de la comunidad en general.
Eso si, hagamos justicia de defender las bondades que ofrece ejercer el oficio de cronista; pero con absoluta humildad, dignidad y con la autoridad moral suficiente para hacer valer y respetar el sitial ganado en la colectividad, hagámoslo con inmensidad creadora, el cronista debe ser un poeta y como señala mi colega y amigo Antonio Trujillo, cronista de San Antonio de los Altos, estado Miranda, quien afirma, que:   "Un poema es una crónica espiritual. La poesía es una crónica desde Homero hasta aquí…Porque la crónica también es para defender un país”.
Se dan cuenta queridos colegas del hermoso legado que nos corresponde atesorar, no permitamos que se degrade nuestra misión, en fin como diría el pionero de los cronistas de Venezuela, el celebrado, don Enrique Bernardo Núñez, "El pueblo mismo es el cronista por excelencia".
   Recuerdo con orgullo afectuoso a mis dos grandes maestros, uno, José León Tapia, quien me dijo un día, “hijo sigue con tu empeño creador, acuciosidad y celo de hacer de Barinas un eslabón más de la grandeza de nuestra patria” y con exceso afectivo, me animo al decirme: “Tu trabajo tiene gran trascendencia en una ciudad donde tantas veces, en nombre de un falso progreso, se ha borrado nuestro patrimonio cultural y arquitectónico, para pena de quienes llevamos a Barinas en el corazón”.
El otro, José Esteban Ruiz-Guevara, un verdadero revolucionario y libre pensador que dignificó nuestro gremio; cuando fui seleccionado por un jurado calificador me dijo: “Alberto, eres el primer cronista del municipio Barinas nombrado de acuerdo con las disposiciones legales establecidas en la legislación correspondiente y las pautas señaladas por la Asociación de Cronistas de Venezuela”. Menos olvido cuando me dijo: “Vayamos al ejercicio imparcial de nuestro oficio e indudablemente, no dejemos que nuestra asociación se contamine”. El aplauso es por la memoria de estos insignes venezolanos. Muchas gracias…

miércoles, 18 de julio de 2012

Misoginia y racismo según dos afro-descendientes


Rafael Lara-Martínez
Tecnológico de Nuevo México
Desde Comala siempre…

A
Si “olvidar (lethe) es perder la ciencia que se tenía antes” (Fedón, Platón), la historia salvadoreña ya perdió toda índole científica al eludir su carácter de verdad (a-lethe).

0. De la exclusión de la mujer y de los afro-descendientes
I. De la mujer
II. De lo africano
III. De la mujer africana
IV. Hacia la diversidad

0. De la exclusión de la mujer y de los afro-descendientes

Cuando la historia la define un tipo de escritura, su lugar es el de la ficción. La historia es una literatura, una retórica letrada. En nombre de una nueva ortodoxia, construye un simulacro del pasado sin documentación primaria.

Al respecto léase: http://es.wikipedia.org/wiki/Levantamiento_campesino_en_El_Salvador_de_1932. Ignoro su autor, pero ni las “secuelas del levantamiento campesino” ni “el levantamiento campesino en la ficción” se justifica con fuentes primarias de la época. No se cita ni una sola revista cultural de los años treinta.

Basta disfrazarse de izquierda para tildar toda posible crítica de reaccionaria. La memoria y la historiografía serían retrógradas, ya que no proponen la quema inquisitorial de toda fuente primaria.

En la fogata que honra al nuevo estalinismo se excluyen la diferencia racial y la de género. Su discurso sería un racismo y una misoginia encubiertos por una retórica política que se reclama correcta y liberadora.

I. De la mujer

Hacia 1932, no habría cabida ni para la mujer ni para los afro-descendientes. Veamos cómo esta relación —mujer afro-descendiente— la establece la verdadera ficción, ahora vuelta historia, ya que la historia se vuelve ficción “en el jardín de los senderos” que se entrecruzan.

Ninguna de las dos novelas tempranas sobre los eventos de enero de 1932 aparece en el artículo: El oso ruso (1944) del sandinista Gustavo Alemán Bolaños y Ola roja (1948) de Francisco Machón Vilanova. Pese a su carácter reaccionario, ambas novelas presentan a una mujer indígena violada por un hacendado blanco como una de las líderes políticas, comunistas, de la revuelta. Se llaman Rosa María, violada por un hacendado, y María Gertrudis, al acecho sexual de los hacendados cafetaleros.

En ambos casos, la primera comunista de América es La Chingada. Al negársele todo derecho sexual, se inclina por una acción armada que la ficción denomina “la honra” en los Cuentos de barro (1933) de Salarrué. Si la revuelta fue comunista, en El Salvador existiría el comunismo de La Chingada. A falta de derechos de género, el comunismo es su paliativo.

Distante por una generación, en el artículo, la voz de Julia Ama no satisface el requisito de género, ya que ella restituye la memoria de un líder masculino de su propia familia. La voz de la mujer indígena —de la mujer como agente social— queda a la espera. ¿Acaso no serían quienes se le entregan chulonas a la mirada viril de José Mejía Vides, a la de todo citadino que la espía con morbo?

Se le pediría demasiado a cierta izquierda salvadoreña del siglo XXI que admita la existencia de la mujer. “La participación formidable de la mujer; la mujeraquí[dice Zapata] se pone al frente” (Alemán Bolaños). Esa misoginia la testimonia el borrar su liderazgo histórico en 1932 y escribir una historia que sólo menciona a los hombres.

Si hacer historia es cuestión de hombres, le corresponde a la ficción hablar de la mujer. Por correlaciones extrañas el hombre es a la mujer, como la historia radical del siglo XXI es a la novela reaccionaria de los treinta, el lugar que otorga una voz. 

 

 RETRATO DE MUJER NEGRA de MARIE-GUILLEMINE BENOIST (1800)

II. De lo africano

Pero la omisión de esas dos novelas no sólo atestigua la masculinidad de la propuesta. En el artículo de wikipedia, la historia es cuestión de hombres. La supresión de la mujer redunda en el tachón de la presencia africana en el país y de su participación directa en los eventos.

Tal como lo declara el novelista nicaragüense, uno de los primeros poetas comprometidos con la izquierda marxista era afro-descendiente.“Chinto representaba el tipo negroide, de labios gruesos y pelo ensortijado”. El exalta al pueblo de Juayúa a la rebelión en un acto teatral de “poesía francamente bolchevique” (Gustavo Alemán Bolaños, El oso ruso, 1944). Su presencia también hay que borrarla.

El recuadro siguiente transcribe un largo fragmento tachado de la historia de la negritud en El Salvador. Lo africano se caracteriza por su ambigüedad y oportunismo que—en su esquizofrenia o escisión del yo— oscila del “bolchevismo” al “fascismo” (observación que debo a Arturo Alvárez D’Armas). En flagrante paradoja, Chinto acaba siendo miembro de un régimen tildado de racista. Parecería que sólo el liderazgo blanco —Farabundo Martí “era blanco y bien parecido”— le asegura una lealtad al marxismo salvadoreño.

XXXIII
La agitación llegó a Juayúa en forma de un recitador de la lengua llamado Chinto, cuyo éxito consistía en declamar teatralmente poesías de otros, desde un escenario cualquiera. Le acompañaba un propagandista y al propio tiempo cobrador de entradas en la taquilla. El teatrito de la localidad se vio cubierto de afiches en que Chinto, en actitud dramática, aparecía como un predicador de reformas sociales. Algo de ello daba a entender el programa que anduvo regando en el pueblo el propagandista de Chinto, un individuo llamado Quino. En éste, por su nombre reconoció Rosa María [la indígena violada, La Chingada, sujeto político femenino denegado por la historia actual] al preceptor de conscriptos en el Cuartel de Artillería, de San Salvador, a que se refería su conocido, el soldado. Luna y Zapata confirmaron que efectivamente Quino era profesor de reclutas en aquel cuartel, haciendo que se trataba de un individuo dual, por consiguiente peligroso.

Dos noches después tenía lugar el acto, con concurrencia numerosa. Chinto comenzó recitando versos románticos, con buena entonación. Siguió con poesías pesimistas, como el Nocturno de José Asunción Silva, y, como remate del programa, había versos de rebelión. El público se dio a aplaudir a Chinto a cada final. Se inspiraba a su vez, Chinto. Reservaba para lo último el toque maestro de su recital. Era una poesía francamente bolchevique, que pintaba al campesino proletario rebelándose al patrón, hasta el extremo de darle muerte cruenta, y de mostrar en una mano el machete vengador, y en la otra, “la cabeza del patrón”…

Allí fue el clímax del entusiasmo, en parte de los obreros y campesinos que había en la sala, como si él mismo fuera el ejecutor de una venganza colectiva, que muchos en Juayúa deseaban [el término de “degollar” lo emplea Salarrué para caracterizar a “el comunista”].

XXXIV
[…] Chinto representaba el tipo negroide, de labios gruesos y de pelo ensortijado. Su secretario y propagandista era aborigen, de pelo lacio caído hacia atrás. Se las daba de poeta, pero había solicitado una plaza de cabo preceptor del Cuartel de Artillería. Luna y Zapata previnieron a Apolinar [el padre de Rosa María] y sus hijos, acerca de esas mala fichas [nótese la división racial interna entre los presuntos líderes de la revuelta, los citadinos y “blancos”, Luna y Zapata, contra el “logrero […] negroide”, Chinto de carácter “dual” a revelar].

Un día domingo, 24 de enero, supieron unos pocos en San Salvador que el siguiente día iban a ser ejecutados Martí y los estudiantes Luna y Zapata […] Chinto a la sazón Secretario Privado del Presidente Hernández Martínez, asistiese a su ejecución. Había sido una vez su camarada y luego pasó a servir a los intereses de un poder adversario al comunismo. Ahora quería reprocharle su doblez, en esa tremenda forma.

A las seis de la mañana, el carro fatal —una ambulancia cerrada— llevaba de la Penitenciaría al Cementerio General a los tres [Martí, Luna y Zapata], conducidos por un pelotón. Allí iba Chinto, forzado a asistir …] estaba demudado.

[Queda sin anotar que “Iván, el oso ruso tomó el tren que conduce de San Salvador al puerto de La Unión”. Se escapa del “riñón salvadoreño [que] sangraba” sin asumir ninguna responsabilidad por los sucesos (XLV)].

Gustavo Alemán Bolaños, El oso ruso (1944)

Pero, la cuestión no se detiene en este nuevo tachón que, en nombre de un discurso disfrazado de izquierda, elimina a la población negra de El Salvador. No se detiene en ese borrón tan evidente, porque otra afro-descendiente reclama su presencia desde 1932.

Se llama Gnarda y, a lo mejor, se trata de una pariente de Chinto quien desea que “la honra” le haga justicia a su causa. A su causa sexual denegada por el poder sexual de los blancos bajo el derecho de pernada. Previsible por el tabú racial centroamericanista, el divertimiento astral con una “negra” pasa desapercibido mientras se le erige un altar a la relación de Salarrué con una amante blanca: Blwny (J. Gold, Sagatara mío, 2005).

Su figura “desnuda como toda mujer”, apetecible para la mirada masculina, aparece en la única novela que publica Salarrué en 1932: Remotando el Uluán. De nuevo, el artículo menciona una novela tardía del autor, Catleya luna (1974), cuyo título hasta mediados de los sesenta es La Selva Roja (Javier Peñalosa. “5 noticias literarias importantes del mes en México. I. Salarrué”. Guión Literario, No 107, Noviembre de 1964: 4).

Se trata de otro borrón para crear un simulacro de historia sin fuentes primarias. Se trata de un 32 sin 1932. Hacia 1935, el escrito central que, tardíamente, denuncia la matanza —“Balsamera”— ni se preocupa por tales sutilezas sociales de un etnocidio. En cambio, le interesa la muerte del líder pacifista, Hoisil, que precipita a los Izalco a una “locura llamada política comunista” encaminada a “degollar” (Salarrué, “Mi respuesta a los patriotas”, 1932).

En las propias palabras del autor, su intencionalidad original es el siguiente. “Estoy preparando “La Selva Roja”, una novela sobre una mujer, sobre una familia, sobre la humanidad”. “Entonces es una selva genealógica”. “Exacto; es una selva genealógica en donde la unidad es el “árbol de sangre” (Rafael Heliodoro Valle (Entrevista), “Diálogo con Salarrué”. Ars. Revista de la Dirección General de Bellas Artes, enero-marzo de 1952: 17-20).

El hecho crucial no lo declara que se suprima el nombre y la intención originales del autor, para que el historiador omnisciente del siglo XXI afirme su superioridad racial y sexual, su arrogancia intelectual. Lo concluyente de la historia como tachón es que elimina el único documento novelístico de Salarrué publicado en la fecha clave de 1932.

III. De la mujer africana

Precisamente en ese documento, Salarrué declara su placer sexual con una afro-descendiente. Que la lectura habitual sea la de un viaje astral cuyo sentido profundo se le revela “sólo a los iniciados” —“regiones de contenido mágico”; “alegoría esotérica”— no significa que no existan otras lecturas posibles.

Si estas interpretaciones no existen es porque vivimos bajo un sistema de terror y de falta de democracia que anula toda libertad de lectura. No hay conflicto de interpretaciones bajo la dictadura de un nuevo estalinismo. Al menos el artículo no le da cabida a otras visiones posibles de lo real.

Por fortuna, el exilio y la cercanía de la Muerte me limpian de todo miedo a declarar que existe una mujer “negra” en 1932 que cierta izquierda salvadoreña del siglo XXI tacha en su doble acto de misoginia y racismo. Leamos la experiencia “esotérica” de Salarrué en 1932.

El “fumbultaje musical” místico “con Gnarda [perfectamente negra y perfectamente bella [que] iba desnuda como toda mujer] abr[e las] aguas vírgenes” de la verdadera experiencia poética de Salarrué, “tras [las] caricias y mimos” teosóficos de “una abertura circular [¿femenina?] que tenía el aspecto de laguna” (¿la vulva?). En la “glorieta del deseo” —pleno de “emociones sensuales”— “se unieron nuestros labios y nos besamos”. “Mostraba […] sus bellos senos de mármol”. Entre “las nebrunas sensuales y las alectaras sensitivas”, el autor se hunde en un “enorme lirio de embriagador perfume” y de “deleite indescriptible”. Al concluir el contacto libidinoso, “nuestros cuerpos se sentían exhaustos, flácidos como si su energía emotiva hubiese sido agotada (¿luego del orgasmo y de la eyaculación?)” (Remotandoel Uluán, 1932).
 

Sin título (S./fecha), Salarrué (Salarrué, el último señor de los mares (2006))

Gnarda suspiró, por fin profundamente y murmuró un nombre: mi nombre. Dí algunos pasos hacia ella y tendiéndole los brazos la llamé: “¡Gnarda!...”. Nos estrechamos fuertemente. Cuando su sorpresa hubo menguado, se unieron nuestros labios y nos besamos. El chasquido de aquel beso hizo estremecerse los árboles…

No hay que callar que una neta diferencia de color distingue al autor —hombre blanco— de su amante “negra”, además de la indumentaria, rasgo cultural, que caracteriza a la figura masculina. “Hombre-blanco-vestido” versus “Mujer-negra-desnuda” señala una neta dicotomía de jerarquía social, cultural y étnica.

¿Por qué un hombre blanco se deleita con una “mujer negra” y la reversión de la raza y del género resulta imposible? Chinto con una mujer blanca desnuda, con Zelie Lardé de Salarrué, por ejemplo; o bien Gnarda con un hombre desnudo… ¿O la igualdad de derechos sexuales es inimaginable?

Prosiguiendo la ficción, “iniciado” por la Muerte, me preguntaría si Chinto no tendría razón de reclamar “la honra” de Gnarda. La respuesta resulta obvia. Ni cierta izquierdadel siglo XXI le otorgaría ese derecho. En El Salvador, para la imaginación histórica radical del 32, no hay ni mujeres ni afro-descendientes.

IV. Hacia la diversidad

Por tal razón, me complace vivir muerto en Comala y en el exilio. Desde este “lugar de los vientos” —del silencio y del abandono— doy constancia que me acompañan Chinto, la esquizofrenia de lo salvadoreño, yGnarda. Se trata de dos amigos entrañables —más muertos que yo—sin derecho a la palabra.

Ellos me piden que transcriba su testimonio tachado adrede por los nuevos racismos y misoginias encubiertos de ideas liberadoras. Por una imaginación histórica que, disfrazada de ciencia y de libertad virtual, le niega la palabra a los afro-descendientes y a la mujer. Le niega la palabra a la mujer afro-descendiente. Gnarde existe.

Afirmo la existencia de la mujer —de Rosa María y de María Gertrudis, líderes del 32— y de los afro-descendientes. En su nombre reclamo legalmente el reconocimiento de su actuación histórica. A los autores del artículo de enmendarlo si acaso en el siglo XXI existe aún honestidad intelectual y existe el derecho de respuesta, es decir, una diversidad de enfoques sobre lo real.

Con Chinto y Gnarda siempre… Con Rosa María y María Gertrudis siempre…

Por “lonra e la Juana” y de Gnarda, “por lonra” de Rosa María y de María Gertrudis, pongo en la mano del tata”, del historiador autoritario, “un fino puñal” hendido de palabras “con mango de concha”, en sus fuentes primarias. Tachadas adrede por una historia sin memoria…

V. Cuadro conclusivo
 

jueves, 14 de junio de 2012

Dos topónimos de origen africano en el estado Apure


Arturo Álvarez D´ Armas

La esclavitud en Venezuela se inicia a partir de 1545. Su desarrollo y consolidación se establece a finales del siglo XVIII, con el cultivo del cacao en la región norte costera. Este fruto de exportación fue la base de la riqueza de los criollos, llamados “los grandes cacaos”. 
 
 África. Congo. Corte del Rey del Kongo. Siglo XVI.

El africano resultó insustituible como mano de obra, por su alto rendimiento en el trabajo de las plantaciones de caña de azúcar, tabaco, algodón, así como en el desempeño de las minas. Una porción gozó el privilegio de trabajar en el servicio doméstico.
En el estado Apure, los esclavizados laboraban en las casas de familias de los terratenientes y en los hatos llaneros. Muchos de ellos fueron mayordomos en esas unidades de producción ganadera. Un alto número eran cimarrones, vivían de robar ganado, el trueque, el contrabando y cultivar pequeñas parcelas (conucos o vegas) a orilla de los ríos.
Uno de los tantos aportes que dejaron las etnias africanas se encuentran en la toponimia apureña. En este artículo se hace un pequeño estudio de dos nombres de origen africano en esa entidad llanera.

CASIMBAS, LAS: Centro poblado ubicado en la Parroquia Cunaviche del Municipio Pedro Camejo. Salazar Quijada (1983) dice:”Con este nombre se conoce a una troja o casucha para guardar cereales”. También puede ser un pozo, vasija o barril para almacenar agua de llovizna o de manantial. Acosta Saignes en su trabajo sobre Gentilicios africanos nos informa que en las Minas de Cocorote se encontraba un negro con el gentilicio Casimba. El señor José Manuel Puerta habitante de Cunaviche indica que Las casimbas se ubica entre el caserío El Oso, el caño río Clarote y el hato El Milagro. Actualmente la mayor parte de sus habitantes son indígenas yaruros.

Casimba es una voz que proviene del Kimbundu, uno de los principales idiomas de la República de Angola. Se escribe Kixima (Tanque, cisterna). En el sur de Angola esta un topónimo denominado Casimba. Ortiz (1985): cree que es un una palabra que viene del árabe. Los investigadores Fuentes Guerra y Armin Schwegler opinan que viene del kikongo (: “lugar, sitio” y nzímba: “hueco, cavidad”).


ÑAME: Con el nombre de ñame encontramos dos topónimos en el estado Apure, uno es el “Fundo los ñames”, centro poblado situado en la parroquia Bruzual, del Municipio José Cornelio Muñoz y el sitio “los ñames” perteneciente a la parroquia San Miguel de Cunaviche, Municipio Pedro Camejo.
El ñame pertenece a la familia de las Dioscoreáceas y género Dioscorea. Son plantas herbáceas, de tallos trepadores, volubles, que necesitan donde apoyarse. Hojas acorazonadas. Se cultivan por sus rizomas harinosos, de muchas proteínas y minerales. En Venezuela y en gran parte de América tenemos tres tipos de ñames: ñame común (Dioscorea alata L.) originario de la India y Malaya; el ñame congo (Dioscorea bulbifera L.) originario de África y el ñame de guinea (Dioscorea cayennensis Lam.) también africano.
Aproximadamente, entre los años 6000 y 5000 a.C., en la cuenca del río Níger eran cultivados el ñame, junto al arroz africano (Oriza glaberrima), mijo, sorgo y la palma de aceite, los cuales se difundieron hacia el norte y el noreste, en dirección al valle del Nilo.
La dispersión histórica del ñame se debe a los viajes de los portugueses en el comercio de esclavos. En los buques donde transportaban a los africanos les daban de comer “dos veces al día”: ñames cocidos, arroz africano, medio litro de agua o patilla (llamada melón de agua) y de vez en cuando un poco de “carne”. La voz inhame ya existía en el vocabulario portugués del siglo XV, y Colón, quien había estado en Guinea, llama mames o names a una variedad de batatas americanas. Gonzalo Fernández de Oviedo dice en 1535 los nombres mames, names o nnames, pero ya aplicados al verdadero ñame, diciendo que es “fruta extranjera que vino /a Indias/ con esta mala casta de los negros”.
El profesor Megenney (1983) en una importante investigación dice que el término ñame aparece en una serie de lenguas africanas que son las siguientes: Wolof (nyambi), Mende (yambi), Dyolof (ñambi), Grebo (nyambi) y Fulani (ñama).
En Venezuela toda sopa lleva ñame y en los pueblos todavía se elaboran torticas de ñame y los famosos buñuelos de ñame.

Fuentes consultadas:
Acosta Saignes, Miguel. Gentilicios africanos en Venezuela. Caracas: Universidad Central de Venezuela, Facultad de Humanidades y Educación, Instituto de Antropología e Historia y de Filología “Andrés Bello”, s.a. 24 p.
Álvarez D´Armas, Arturo. Apuntes sobre el estudio de la toponimia africana en Venezuela. San Juan de los Morros: Universidad Nacional Experimental Rómulo Gallegos, Oficina de Comunicación y Extensión Cultural, 1981. 18 p. (Serie Acervo II).
Álvarez Nazario, Manuel. El elemento afronegroide en el español de Puerto Rico. Contribución al estudio del negro en América. San Juan de Puerto Rico: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1974. 489 p.
Escalante, Aquiles. “Afrocolombianismos”. En: Magazing Dominical. Bogota: 2 de enero de 1977. Pp. 5-6. (El Espectador).
Fuentes Guerra, Jesús y Schawegler, Armin. Lengua y ritos del Palo Monte Mayombe. Dioses cubanos y sus fuentes africanas. Madrid: Iberoamericana-Vervuert, 2005. 258 p.
Lopes Cardoso, Carlos. Do uso da “Cegonga” no Distrito de Mocamedes. Luanda: Instituto de Investigacao Científica de Angola, 1963. 17 p.
Megenney, William W. Sub-Saharan Influences in the Lexicon of Puerto Rico. Separata de Orbis. Louvain: Tome XXX, N° 1-2, 1981 /1983/. pp. 214-260.
Ministerio del Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables, Dirección de Cartas, Sección de Nombres Geográficos. Gacetilla de nombres geográficos. Caracas: Publicaciones de la Dirección de Cartografía Nacional, 1978. 339 p. (Edición provisional, 5).
Ortiz, Fernando. Nuevo catauro de cubanismos. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1985. 526 p.
Puerta, José Manuel. Información oral. Puerto Miranda, estado Guárico: 29 de marzo de 2008.
Salazar Quijada, Adolfo. La toponimia venezolana en las fuentes cartográficas del Archivo General de Indias. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, 1983. 723 p. (Estudios, Monografías y Ensayos, 40).
Vélez Boza, Fermín y Valery de Vélez, Graciela. Plantas alimenticias de Venezuela. Autóctonas e introducidas. Caracas: Fundación Bigott. Sociedad de Ciencias Naturales La Salle, 1990. 277 p.

viernes, 8 de junio de 2012

SOBRE EL LIBRO HISTORIA REGIONAL Y MICROHISTORIA


Edgardo Malaspina


El profesor Luis González-del Colegio de Michoacán de México define la labor del cronista en su ensayo “Microhistoria y Ciencias Sociales”.El cronista debe estudiar todo lo relacionado con su terruño, la aldea, la parroquia, el municipio y la patria chica, a la cual denomina “matria”. Afirma González que a pesar de que no existen unos valores culturales netamente propios en un municipio es posible hablar de cultura local y de cioertos valores originales.
El cronista o microhistoriador puede ser uno de los ancianos del pueblo que conoce o sabe narrar muchas anécdotas, puede ser también una persona con una cultura general amplia que escribe historias o un especialista propiamente dicho en la materia.
La e encopetada y los hechos de fuste son asuntos de la macrohistoria tradicional. No así la gente humilde y la vida cotidiana, objetos de la microhistoria”, dice el profesor González. El microhistoriador debe hacer grandes caminatas o investigaciones pedestres, excavaciones arqueológicas, entrevistas, consultas en archivos públicos, privados y en bibliotecas. El microhistoriador no es precisamente un científico pero si un artista. La microhistoria más que el saber aspirar al conocer. Es la menos ciecia y la más humanas de las ciencias del hombre.
En síntesis, González habla en su libro de la importancia de las historias locales, de la microhistoria como rama fundamental de las ciencias sociales para elaborar, de manera sólida y fidedigna, los perfiles generales de los pueblos, entendiéndose por estos la historia, tradiciones e idiosincrasia de los países, verdaderos mosaicos de microcosas.

EN LA CASA DE RAFAEL RANGEL



Edgardo Malaspina

(28 DE ABRIL DE 2012)


A pesar de que su nombre indígena significa “lugar donde hay candela”, Betijoque es un pueblo fresco. Llegamos a la plaza en cuyo centro está una estatua del padre de la parasitología venezolana, Rafael Rangel. Las inscripciones son muy elocuentes: “A pesar de haber sido perseguido por negro, día llegará en que su figura en blanco mármol mantendrá el recuerdo de la luz que derramó sobre la ciencia de la patria”. “Cerebro fuerte para la concepción científica, aquel investigador de la verdad tenía el alma de un niño.”
La casa donde nació Rangel el 25 de abril de 1877, y que hoy funciona como museo, es pequeña. La custodia el señor Venancio Leiteler, un uruguayo que llegó a nuestro país hace varios lustros. Nos ofrece café y amablemente nos muestra el microscopio de Rangel con el cual hizo sus descubrimientos. Luego vamos a las vitrinas con las pertenencias del sabio, sus libros, sus documentos, implementos de laboratorio, fotografías y el pequeño ataúd, donde fueron colocados los restos exhumados de Rangel para trasladarlos al Panteón Nacional en 1977.
Salimos y en el patio-jardín de la casa conversamos de la vida y calidad humana de Rangel. Sus primeros trabajos de laboratorio se relacionaron con pacientes anémicos. Rangel descubrió el anquilostomo como causante de la enfermedad y eso le valió el premio Vargas de la Academia Nacional de Medicina. Luego vinieron los estudios sobre la derrengadera en los caballos, la uncinariosis, el carbúnculo, un nuevo tipo de micetoma, una nueva especie de mosquito; es decir su radio de acción como investigador lo extendió hasta la bacteriología, la histología, la micología, la entomología, la anatomía patológica (fundador del primer museo de anatomía patológica de Venezuela) y la epidemiología.
Sobre Rangel se ha escrito mucho. Víctor Manuel Ovalles fue el primero en hablar de su grandeza. El sabio Torrealba dijo: La pasión por la investigación científica y las angustias económicas le impidieron terminar sus estudios de medicina. Pero así, siendo simplemente el Br. Rangel, inició los estudios de parasitología en Venezuela y funda escuela. Arìstides Bastidas dijo que la inmortalidad de Rangel fue bien ganada. El doctor Beaujon lo catalogó de hombre sencillo, sabio y humano. José Gutiérrez lo coloca como uno de los más grandes de las ciencias médicas venezolanas de todos los tiempos. Moisés Feldman explica su suicidio como consecuencia de una depresión endògena. Pero el doctor Marcel Roche, su mejor biógrafo, explica que Rangel se envenenó porque no soportó la envidia y la intriga política luego de que combatió la peste en la Guaira.
Rangel lucha contra esa enfermedad en esa ciudad; y es el mismo doctor Bernard Rieux, de La Peste de Albert Camus, peleando contra el mismo mal en Oràn: Cumplen un mismo apostolado, tienen la misma angustia , y ambos son centro de la ingratitud y la envidia.
A la caída de Castro, el protector de Rangel, Gómez y su gente le negaron la beca (que ya se había ganado por sus descubrimientos) y esta injusticia no la pudo soportar el hombre de ciencia. Dicen que Rangel escribió unos minutos antes de suicidarse: “La esperanza es un suplicio infinito.” El siquiatra Feldman recuerda que Van Gogh antes de matarse dijo: “Es inútil la tristeza dura toda la vida.”

LA INTERVENCIÓN DE LA LIGA DE OCCIDENTE ANTE EL CONTINUISMO DEL PRESIDENTE ANDUEZA PALACIO

Felipe Hernández G.
Cronista de Valle de la Pascua


            El año 1892, los estados Zulia, Falcón, Lara, Los Andes y Zamora conformaron la llamada Liga de Occidente, para preservar los intereses de estas entidades federales con independencia del gobierno y de la denominada Revolución Legalista del general Joaquín Crespo Torres, quien comandaba las fuerzas que luchaban contra el continuismo del presidente Andueza Palacio. La Liga se proponía la defensa de la autonomía de los 20 estados creados por la Federación en 1864. El movimiento era comandado por el general Eleazar Urdaneta, hijo del prócer Rafael Urdaneta; las fuerzas del general Urdaneta se desplazaron hasta el centro del país y el primero de agosto de 1892, dirigieron una proclama a los venezolanos desde la ciudad de Puerto Cabello para informar a la nación los objetivos de la Liga.
            El Dr. Raimundo Andueza palacios no contó, durante su ejercicio de la presidencia de la república, con un jefe militar de ascendencia en el ejercicio que pudiera defender con lealtad su desprestigiado régimen. Su favorito, el general Sebastián Casañas –que según fue quien lo indujo a quedarse en el poder-, cuando ya tenía casi asegurado el triunfo sobre Crespo en la batalla de Jobo Mocho, sin razones valederas se replegó del Apure y se dirigió apresuradamente al Centro.
El valeroso general Ramón Guerra, al saber el alzamiento de Crespo se presentó al despacho del presidente a ofrecerle sus servicios, pero por culpa de un edecán que lo hizo esperar por largo tiempo sin anunciarle al presidente Andueza su presencia, se disgustó con este, saliendo de allí a incorporarse a las fuerzas legalistas. Más tarde, los generales Julio Sarría, ministro de Guerra, Domingo Monagas, jefe del ejército, y Luciano Mendoza, su voluntario aliado, en lugar de brindarle apoyo para sostenerlo, lo indujeron a abandonar el país, para evitar conflictos. 
            Ya encargado interinamente del ejecutivo el Dr. Guillermo Tell Villegas, los generales Monagas y Mendoza, quienes pudieron liquidar las fuerzas de Crespo en la Cortada del Guayabo, dejaron que este se retirara, y ellos muy tranquilos, se volvieron a la capital. Mucho se rumoró de la conducta de los generales continuistas, llegándose a decir, que su regreso obedecía a la intención de adueñarse del poder.
            En la aspiración por la presidencia, se movían tanto los militares como los civiles, y como había empeño en reunir al congreso para buscar una solución, personeros de ambos factores trataban de insinuarse en el ánimo de los legisladores. En eso andaban, en aparente preocupación civilista, los doctores Juan Pablo Rojas Paúl y Laureano Villanueva. Los militares, que procedían por su cuenta y riesgo sin obedecer a ninguna disciplina, hacían lo que creían más conveniente y pensaban en los medios más expeditos. La situación se presentaba muy explosiva y nadie podía predecir lo que podía suceder. Todo era confusión, intriga y anarquía, cuando se presentó en La Guaira, el general Eleazar Urdaneta, hablando en nombre de la Liga de Occidente, pedía la entrega del gobierno. 
            Teóricamente la Liga de Occidente, estaba formada por los estados Falcón, Zulia, Lara, Zamora y Los Andes, pero era temeraria la representación que se había tomado Urdaneta, pues nadie se la había otorgado.   
            No obstante, como el Dr. Guillermo Tell Villegas andaba ya en ánimo de abandonar el gobierno y alejarse del país -teniendo el problema de que el general Manuel María Iturbe, consejero de turno, era crespista-, concibió una maniobra con Urdaneta y le hizo subir a Caracas. Reunió Villegas el Consejo Federal y propuso la reforma de la numeración de los consejeros, propugnado otro orden, de manera que quedara Urdaneta como sucesor inmediato y pudiera asumir el poder.
Sin embargo, los otros consejeros se negaron a aceptar cualquier reforma, especialmente el general Luciano Mendoza, quien ya de hecho, por encima de Villegas, ejercía arbitrariamente la autoridad con acentuadas características dictatoriales. A Urdaneta no le quedó otra alternativa que volver al puerto de La Guaira, desde donde enfiló sus barcos con rumbo hacia Occidente.
            Para este tiempo ya el general Joaquín Crespo había tomado la ciudad de Puerto Cabello y se disponía a asaltar el castillo, cuando apareció frente a la rada el general Urdaneta, dispuesto a auxiliar con su armada a los que estaban en la fortaleza. Ordenó Crespo responder al ataque de los buques con los fuegos de las baterías del Fortín Solano, logrando rechazarlo exitosamente. Más, Urdaneta rescató las tropas que habían hecho la defensa del Castillo Libertador, aun cuando dejó en la playa algunos heridos y enfermos, armas y municiones que no pudo recoger.
            De Puerto Cabello el general Urdaneta se dirigió a La Vela de Coro, donde se unió a las fuerzas comandadas por el general Diego Colina.
            Informa el general Joaquín Crespo, que “Resonaban aun en sus oídos, los vítores del triunfo alcanzado, cuando nos llega la noticia de la batalla dada en La Vela de Coro por uno de los más gallardos veteranos de Venezuela, el general León Colina; batalla en que, después de encarnizado combate, despedazó las fuerzas del general Diego Colina y las que en su auxilio había levado el general Eleazar Urdaneta, después de su retirada de Puerto Cabello, quedando así aniquilada la alevosa farsa que se bautizó con el nombre de Liga de Occidente y dejándonos dueños del estado Falcón”.
            En conclusión, la campaña que pretendía reclamar y preservar la soberanía y autonomía de los estados según los preceptos federales establecidos en la constitución de1864; con independencia del gobierno y de la Revolución Legalista del general Joaquín Crespo, que comandaba las fuerzas que luchaban contra el continuismo del presidente Andueza Palacio, tuvo poco o ningún éxito, el general Urdaneta debió regresar al estado Falcón y sumarse a las tropas del general Diego Colina, que en La Vela de Coro combatían contra el general León Colina, jefe crespista de la región. En esta acción, las tropas del general Urdaneta fueron derrotadas y la Liga de Occidente se disolvió luego de una corta existencia.
            En sus postulados afirmaban que sus intereses eran independientes, tanto a los del gobierno como a la oposición encabezada por Joaquín Crespo.
           
REFERENCIAS Y FUENTES

            CARRILLO BATALLA, Tomás. (1999): De Finales del Siglo XIX al Año 1908 (Del Guzmancismo y Post-Guzmancismo al Castrismo). En: Boletín de la Academia Nacional de la Historia Nº 327. Julio-Septiembre de 1999.

            CONGRESO DE LA REPÚBLICA. (1983): El Pensamiento Político de la Restauración Liberal. Colección Pensamiento Político Venezolano del siglo XX. Documentos para su Estudio. Caracas.

            FERRER, Dilian Coromoto. (2007): La Participación del Zulia y Los Andes en el Proyecto de Rehabilitación Autonomista de Ignacio Andrade. En: Ágora -Trujillo. Venezuela. ISSN 1316-7790- Año 10- Nº 19. Enero-Junio-2007. pp. 133-158.

            MAGALLANES, Manuel Vicente. (1983): Los partidos políticos en la evolución histórica venezolana. Caracas: Ediciones Centauro.

            PICÓN SALAS, Mariano. (1991): Los Días de Cipriano Castro. Caracas: Monte Ávila Editores.

            PINO ITURRIETA, Elías y otros. (1991): Cipriano Castro y su época. Caracas, Monte Ávila Editores.

            RANGEL, Domingo Alberto. (1964): Los Andinos en el Poder. Mérida, Venezuela: Talleres Gráficos Universitarios.

            URDANETA Q. Arlene. (1992): El Zulia en el Septenio de Guzmán Blanco. Caracas: Fondo Editorial Tropikos.

            VELÁZQUEZ, Ramón J. (1999): La caída del Liberalismo Amarillo. Tiempo y drama de Antonio Paredes. Caracas: Fondo Editorial Nacional. José Agustín Catalá, Editor.
           
            Ponencia leída en: XL Convención Nacional de Cronistas Oficiales de Venezuela, en honor a Santa Ana de Coro, ciudad primogénita, en sus 485 años de fundación. Coro, Estado Falcón 23, 24 y 25 de mayo de 2012.