Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

sábado, 2 de mayo de 2026

HISTORIA Y PARADOJA DEL SIGLO XX: DE LA PROMESA DEL PROGRESO A LA CRISIS DE LA MODERNIDAD

                                                                    Basilia Herrera

Introducción

Abordar el siglo XX desde la perspectiva de la madurez académica y vital implica, ante todo, reconocer que nos encontramos frente al periodo más denso y contradictorio de la historia humana. Para quienes hemos transitado gran parte de estas décadas, el siglo XX no es un capítulo estático en un manual, sino una experiencia orgánica de transformación acelerada. Eric Hobsbawm lo bautizó como el "Siglo Corto", enmarcado entre el estallido de la Gran Guerra en 1914 y la disolución de la Unión Soviética en 1991. Sin embargo, más allá de la cronología, el concepto que define esta centuria es la crisis de la modernidad. El siglo XIX nos había legado una fe ciega en el progreso indefinido, en la razón científica como motor de bienestar y en la civilización europea como la cúspide de la evolución humana. El siglo XX se encargó de desmantelar, una a una, esas certezas.

Desde mi posición como estudiante de maestría, observo que la introducción a este siglo debe hacerse bajo la premisa de la ambivalencia. Iniciamos el milenio con la esperanza de la "Belle Époque" y lo cerramos con el temor a un colapso ecológico y la incertidumbre de la era digital. En medio, quedaron las cicatrices de dos guerras mundiales que no solo redibujaron fronteras, sino que alteraron la psique colectiva. El siglo XX es el escenario donde la humanidad alcanzó su mayor capacidad de creación —pensemos en la penicilina, la llegada al espacio o la democratización de la información— pero también donde perfeccionó la tecnología del exterminio. Esta introducción busca plantear que el siglo XX no fue un camino hacia la perfección, sino un laboratorio de extremos donde las ideologías se enfrentaron por el derecho a definir qué significa ser humano en la era de la técnica.

Las Tensiones Dialécticas de una Centuria en Conflicto

Para desentrañar la complejidad del siglo XX, no basta con enumerar hitos bélicos o tratados diplomáticos; es imperativo analizar las fuerzas subyacentes que movieron los hilos de la modernidad. Este análisis se articula sobre los siguientes ejes fundamentales:

1. La Modernidad Desviada: El Estado, la Técnica y el Exterminio

El primer gran trauma del siglo fue el descubrimiento de que la civilización industrial no era un seguro contra la barbarie, sino un facilitador de la misma. A diferencia de los conflictos de siglos anteriores, la Primera y Segunda Guerra Mundial introdujeron el concepto de "guerra total", donde la ciencia y la técnica fueron puestas al servicio de la destrucción sistemática. Esta irrupción de las masas en la política dejó de ser un juego de élites para convertirse en una movilización de millones; una energía que, aunque permitió conquistas sociales, también facilitó el ascenso de regímenes totalitarios que utilizaron la propaganda y el terror para anular al individuo.

2. El Orden Bipolar y la Geopolítica del Miedo

Tras el colapso de las potencias coloniales europeas en 1945, el concepto de "poder" se transformó y el mundo se reconfiguró bajo una lógica binaria. La Guerra Fría no fue un simple desacuerdo diplomático, sino un enfrentamiento entre dos ontologías políticas y modelos existenciales: el liberalismo capitalista y el colectivismo socialista. Para quienes vivimos la segunda mitad del siglo, esta partición definía nuestra identidad y economía, manteniéndonos en un equilibrio precario donde la tecnología nuclear garantizaba una paz sostenida por el miedo.

3. La Rebelión de las Masas y la Revolución Tecnocientífica

A nivel sociológico, el siglo XX representó el ascenso definitivo de las mayorías al escenario público a través del sufragio universal y el Estado de Bienestar. Sin embargo, la velocidad del cambio técnico pronto superó nuestra capacidad de adaptación ética. La transición de la era industrial a la era de la información alteró nuestra relación con el tiempo y el espacio, convirtiendo al mundo en una "aldea global" que, paradójicamente, fragmentó las identidades locales. El sujeto dejó de ser un peón del Estado para buscar nuevas demandas de identidad, pero el cierre del siglo, marcado por el auge del neoliberalismo y la revolución microelectrónica, nos lanzó a la "condición postmoderna": un mundo fragmentado donde lo individual prima sobre los grandes relatos de salvación común.

4. La Globalización y el Desafío Ecológico

Finalmente, el desarrollo del siglo XX se define por la aceleración de la globalización tras la caída del Muro de Berlín. Esta integración económica, impulsada por el internet, creó una interdependencia que exacerbó brechas preexistentes. Al llegar al año 2000, la humanidad comprendió que su éxito técnico y su consumo hiperbólico habían puesto en riesgo la viabilidad biológica del planeta. Esta es la lección más dura de la centuria: nuestra ambición de dominar la naturaleza nos ha llevado al borde de un abismo que apenas estamos empezando a comprender.

                La Descolonización y la Metamorfosis de la Vida Cotidiana

Más allá del eje Este-Oeste, el siglo XX fue el escenario de la irrupción del "Tercer Mundo". El colapso de los imperios coloniales no solo redibujó el mapa mundi, sino que integró a la historia global voces y subjetividades que la modernidad europea había mantenido en la periferia. Esta fragmentación del poder hegemónico corrió en paralelo a una revolución sin precedentes en la esfera privada. La irrupción de la mujer en el mercado laboral, la conquista de derechos civiles y el surgimiento de una cultura de masas —impulsada por el cine y la televisión— transformaron al ciudadano de un ente pasivo a un consumidor de símbolos y deseos.

La Era del Espectáculo y la Fragmentación del Sujeto

Esta metamorfosis no fue solo política o económica, sino profundamente cultural y cognitiva. El siglo XX consolidó lo que Guy Debord llamó la "sociedad del espectáculo", donde la imagen y el simulacro empezaron a desplazar a la experiencia directa de la realidad. La expansión de los medios de comunicación no solo democratizó el acceso a la información, sino que también generó una saturación de estímulos que contribuyó a la fragmentación del sujeto contemporáneo. Al final de la centuria, el individuo ya no se definía únicamente por su clase social o su nación, sino por su capacidad de navegar en un mar de identidades líquidas y relatos inconexos. Esta es, quizás, la tensión dialéctica más compleja que heredamos: un mundo técnicamente hiperconectado pero humanamente atomizado, donde la búsqueda de sentido se vuelve una tarea individual frente a la caída de las certezas colectivas.

Conclusión

A modo de cierre, reflexionar sobre el legado del siglo XX requiere una honestidad intelectual que solo el paso del tiempo permite. Al concluir este análisis, llegamos a la convicción de que la principal herencia de la centuria pasada es la caída de los grandes relatos. Aquellas ideologías que prometían el paraíso en la tierra —ya fuera a través del mercado perfecto o del Estado total— terminaron mostrando sus costuras y sus costos humanos. Como alguien que ha observado estos cambios desde la experiencia de vida, entiendo que el cierre del siglo XX no representó el "fin de la historia", como sugirió apresuradamente Francis Fukuyama, sino el inicio de una era de complejidad sin precedentes donde las viejas recetas ya no funcionan.

La conclusión más profunda que podemos extraer es que el progreso técnico no corre en paralelo al progreso moral, pues el siglo XX nos heredó herramientas asombrosas sin enseñarnos necesariamente a ser mejores. Al estudiar este periodo en un nivel de posgrado, no buscamos simplemente acumular datos, sino comprender las raíces de nuestras crisis actuales: la desigualdad estructural, el retorno de los nacionalismos y la fragilidad de nuestras democracias. Aunque la centuria terminó cronológicamente, sus conflictos siguen latiendo en nuestro presente como una advertencia constante sobre la fragilidad de nuestras conquistas.

Esta persistencia se manifiesta hoy, en pleno 2026, en desafíos que parecen ecos de aquellas viejas tensiones: desde la polarización ideológica hasta los dilemas éticos de la Inteligencia Artificial, la cual nos obliga a preguntarnos si nuestra madurez ética estará a la altura de nuestra potencia técnica. Esta realidad nos deja una lección de humildad al enseñarnos que la libertad y los derechos humanos no son puntos de llegada, sino procesos que requieren vigilancia constante. Mi generación vio caer muros y levantarse fronteras digitales; vimos el triunfo del consumo y la agonía de los ecosistemas. Por ello, el futuro no debe ser una inercia del pasado, sino una construcción ética que nos corresponde liderar con la sabiduría de los errores cometidos, recuperando siempre la escala humana en un mundo dominado por la técnica.

Referencias Bibliográficas

Debord, G. (1967). La sociedad del espectáculo. Buchet-Chastel. [Fuente fundamental sobre la mediación de la imagen y la fragmentación de la experiencia en la modernidad tardía].

Fukuyama, F. (1992). El fin de la Historia y el último hombre. Editorial Planeta. [Obra analizada críticamente en el ensayo respecto a la supuesta conclusión de las disputas ideológicas tras la Guerra Fría].

Hobsbawm, E. (1994). Historia del siglo XX: 1914-1991. Crítica. [Referencia central para la delimitación cronológica del "Siglo Corto" y el análisis de la crisis de la civilización decimonónica].

Lyotard, J. F. (1979). La condición postmoderna: Informe sobre el saber. Les Éditions de Minuit. [Texto clave para comprender la caída de los grandes relatos de salvación y la fragmentación del conocimiento].

Nora, P. (1984). Entre memoria e historia: Los lugares de la memoria. Gallimard. [Fuente consultada sobre la distinción entre el recuerdo orgánico y la reconstrucción histórica en periodos de aceleración temporal].

martes, 28 de abril de 2026

VICO CONTRA EL OLVIDO

              Oswaldo Loreto


Entender el siglo XVII implica reconocer una de las crisis más silenciosas pero feroces de la historia, ese intento de borrar el pasado en nombre de la razón. Mientras el mundo se deslumbraba con la precisión de la geometría y las matemáticas, la historia quedó arrinconada y tachada de ser un simple cúmulo de leyendas sin fundamento. Fue en ese momento cuando surgió la figura de Giambattista Vico para plantear una verdad que hoy parece obvia pero que en su día fue un cuestionamiento disruptivo al sistema. El ser humano solo puede conocer de verdad aquello que él mismo ha construido. Para este pensador napolitano no podemos pretender entender la naturaleza con la misma exactitud que a nosotros mismos porque la naturaleza es obra divina, pero la sociedad, las leyes y las lenguas son nuestras. Esta premisa rompió el tablero de su época al demostrar que el conocimiento nace de la experiencia compartida de vivir en comunidad, más allá de las fórmulas frías.

Esa idea cambió las reglas del juego de forma radical. Mientras personajes como Descartes subestimaban el estudio de lo antiguo por considerarlo subjetivo y carente de rigor, nuestro autor devolvió la dignidad al relato humano. Propuso que la historia no es una ciencia de segunda categoría, al contrario, es la ciencia suprema porque funciona como el espejo de nuestra propia creación. Si las matemáticas son claras es porque son una abstracción que inventamos nosotros mismos. Por lo tanto, la vida civil con sus conflictos y sus avances debería ser igual de descifrable si aprendemos a leerla correctamente. No se trata de verificar únicamente si un documento tiene un sello original, aunque eso también sea importante. Lo fundamental es entender la necesidad humana que hizo que ese papel existiera. Vico nos enseñó que detrás de cada dato hay un latido humano y una intención que la geometría jamás podrá captar por sí sola.

Lo más fascinante de este pensamiento es el rechazo a la idea de que el mundo siempre camina hacia mejor de forma lineal. Se planteó que las civilizaciones no avanzan en línea recta, pues se mueven en ciclos de ascenso y caída. Es una especie de ritmo vital, los famosos corsi e ricorsi, donde las naciones pasan necesariamente por tres etapas. Primero llega la edad de los dioses donde el hombre vive sumergido en el miedo a lo sagrado y explica todo a través de la religión. Luego sigue la edad de los héroes donde la fuerza y el orgullo de los nobles dictan las leyes de la supervivencia. Finalmente se alcanza la edad de los hombres donde la razón y la igualdad democrática parecen dominarlo todo. Pero aquí viene la advertencia que hoy suena más real que nunca ya que cuando la razón se vuelve fría, egoísta y puramente analítica, la sociedad se desmorona desde adentro. Ese exceso de intelectualismo termina rompiendo los lazos que nos mantienen unidos y provoca que volvamos al punto de partida para aprender de nuevo a ser humanos.

Esta forma de ver las cosas le dio un valor enorme a lo que antes se consideraba como elementos irrelevantes, como los mitos y la poesía antigua. Antes de Vico se pensaba que los cuentos de la antigüedad eran simples mentiras para entretener a gente ignorante, pero él descubrió que el mito es la primera verdad de los pueblos. El hombre antiguo no tenía conceptos abstractos ni diccionarios así que explicaba su realidad con imágenes poderosas y con gestos cargados de significado. Cuando desarmamos el lenguaje estamos haciendo una autopsia a la mente humana en su estado más puro, en lugar de diseccionar palabras muertas. Entender cómo hablaban nuestros antepasados y cómo daban nombre a sus miedos es la única forma de saber por qué sentimos y pensamos como lo hacemos hoy. Es pasar de la simple anécdota de los libros de texto a la profundidad real de la conciencia colectiva que nos une a través de los siglos.

La lucha de Vico fue también una batalla por el sentido común frente a la soberbia del racionalismo extremo. Él veía con preocupación cómo sus contemporáneos querían convertir la vida en un laboratorio olvidando que el hombre es un ser de pasiones, de imaginación y de memoria. Para él la memoria no era un almacén de datos viejos, representaba la facultad misma que nos permite ser algo más que animales atrapados en el presente. Sin la historia somos seres amnésicos caminando a ciegas. Por eso su obra es un grito de resistencia que nos invita a mirar las instituciones no como estructuras dadas por la naturaleza, las vemos como conquistas heroicas que costaron sangre y esfuerzo. Las leyes no cayeron del cielo ni son fórmulas lógicas, son el resultado de hombres que un día decidieron dejar de matarse para empezar a vivir bajo reglas comunes.

Al final, lo único que queda es una defensa cerrada de la humanidad frente al asedio de los números y los datos fríos que pretenden explicarlo todo sin alma. Somos los arquitectos de un edificio que se construye todos los días pero que solo tiene sentido si no olvidamos los cimientos que lo sostienen. El pasado no es un peso que cargamos ni un adorno para lucir en los libros, es la biografía viva de lo que somos en este instante. Cada ley que nos rige y cada miedo que nos frena nació en algún punto de ese ciclo que seguimos recorriendo sin darnos cuenta. El legado de esta ciencia nueva no nos hace expertos en fechas de batallas olvidadas, nos hace dueños de nuestra propia realidad al recordarnos que la historia es, por encima de todo, la aventura de habernos inventado a nosotros mismos en medio del caos. Nuestra tarea no es solo narrar lo que pasó, consiste en comprender por qué seguimos siendo, en esencia, los mismos seres que buscaban respuestas en medio del trueno y el relámpago.

Desde mi perspectiva considero que la verdadera potencia de este pensamiento reside en la responsabilidad que nos otorga sobre nuestro propio destino. Al ser los humanos los únicos que hemos construido nuestra propia civilización tenemos la capacidad real de entenderla y controlarla, siempre y cuando no olvidemos el rastro de nuestra humanidad en el proceso. Entender que somos hijos de nuestras propias creaciones sociales nos obliga a ser vigilantes de las instituciones actuales, pues si nosotros las levantamos nosotros también tenemos el poder de reformarlas. Para mí esta es la verdadera esencia de Giambattista Vico, el recordatorio de que no somos náufragos en el tiempo, somos navegantes con brújula propia en un mapa de aciertos y errores que nos pertenece por derecho de autoría. 

En definitiva, conocer nuestra historia no es un ejercicio de nostalgia, es el acto de reclamar la propiedad sobre nuestra propia civilización.                                                                                                           

Bibliografía

Berlin, I. (2008). Vico y Herder. Alianza Editorial.

Cassirer, E. (1993). La filosofía de la Ilustración. Fondo de Cultura Económica.

Mondolfo, R. (1956). Giambattista Vico. Editorial Losada.

Vico, G. (1995). Ciencia Nueva (R. de la Villa, Trad.). Tecnos. (Obra original publicada en 1725).

Villacañas, J. L. (2001). La filosofía histórica de Vico. Revista de Filosofía, 26, 11-34.

FRAY PEDRO SIMÓN: SU CRÓNICA, PENSAMIENTO Y ARQUITECTURA EN EL NUEVO REINO DE GRANADA.

 José Ángel Domínguez Vegas



La historiografía colonial del siglo XVII encuentra en la figura de Fray Pedro Simón a uno de sus exponentes más lúcidos y prolíficos. Su obra no solo constituye un relato detallado de los procesos de conquista y colonización en los territorios de las actuales Colombia y Venezuela, sino que funciona como un testimonio enciclopédico de la realidad social, natural y arquitectónica de la época. A través de sus “Noticias Historiales”, Simón trasciende el simple registro de fechas para ofrecer una visión profunda, cargada de erudición barroca y una observación aguda de su entorno. 


Nacido en San Lorenzo de la Parrilla, España en 1574. Fray Pedro Simón fue un religioso franciscano cuya llegada al Nuevo Reino de Granada en 1604 marcó el inicio de una labor intelectual sin precedentes. Su formación académica como profesor de artes y teología en el convento de San Francisco de Bogotá le otorgó las herramientas críticas necesarias para emprender la escritura de su gran crónica. Como Provincial de su orden, recorrió vastas extensiones del territorio, lo que le permitió contrastar la documentación oficial con la realidad geográfica y los testimonios de los habitantes. 

El estilo de Simón es un reflejo fiel de su tiempo: barroco, erudito y providencialista. Su prosa está imbuida de un profundo humanismo, utilizando citas latinas y referencias clásicas que elevan el relato histórico a una categoría literaria y moral. Para el autor, la historia es el escenario de la voluntad divina, donde la corona española actúa como un instrumento para la expansión de la fe. Sin embargo, su método no carece de rigor; Simón implementó un enfoque crítico, contrastando fuentes escritas con tradiciones orales indígenas, lo que le permitió denunciar los excesos cometidos contra los nativos, manteniendo siempre una postura moral fundamentada en la justicia cristiana. 

Para profundizar en el estilo historiográfico de Fray Pedro Simón, es necesario entender su obra no solo como un registro de eventos, sino como una pieza compleja que equilibra la fe, la erudición académica y una naciente metodología crítica. A continuación, se detallan los pilares de su estilo: 

1.- El Providencialismo como Motor de la Historia: para Fray Pedro Simón, la historia no es un conjunto de hechos fortuitos, sino el despliegue de la “voluntad de Dios” en la tierra. Este enfoque providencialista impregna toda su narrativa: la llegada de los españoles y la caída de los imperios indígenas se interpretan como parte de un plan divino para la expansión del catolicismo. Sin embargo, este misticismo no le impide ser riguroso con los datos; simplemente utiliza la teología como el marco interpretativo de la realidad. 

2.- Erudición Barroca y Humanismo: su formación como profesor de artes y teología en Bogotá se refleja en una prosa densa y sumamente culta. El estilo de Simón es puramente barroco, caracterizado por: • Intertextualidad: El uso constante de citas en latín y alusiones a autores de la antigüedad clásica (como Plinio o Séneca) para validar sus argumentos. • Retórica: Una estructura narrativa que busca no solo informar, sino conmover y convencer al lector de la trascendencia moral de lo que está relatando. 

3.- Un Método Crítico de Fuentes Vivas: a diferencia de otros cronistas que se limitaban a compilar textos anteriores, Simón introdujo un método muy avanzado para su época conformado por dos haceres investigativos, son lo que hoy denominamos: La investigación de Campo, aprovecha sus viajes como Provincial para recopilar tradiciones orales indígenas y testimonios directos de los conquistadores y sus descendientes. El contraste de documentos, enfrenta las versiones oficiales de las crónicas previas con la realidad observada y los relatos de los testigos, buscando una verdad más equilibrada. 

4.- La Sensibilidad Etnográfica y Naturalista: Simón destaca por una curiosidad que hoy llamaríamos científica. Sus escritos no se limitan a las batallas, sino que se detienen en descripciones minuciosas de la flora, la fauna y las costumbres nativas. Este interés enciclopédico lo convierte en uno de los primeros naturalistas del Nuevo Reino de Granada, documentando el mundo americano con una precisión que iba más allá del interés militar o religioso. 

5.- La Dimensión Ética y la Crítica al Poder: aunque era un leal súbdito de la Corona, su estilo no es complaciente. Su crítica moral es una de las partes más potentes de su historiografía: denuncia de la crueldad. Utilizó su pluma para señalar los abusos y excesos cometidos por los conquistadores contra los pueblos indígenas. El Argumento Cristiano: su crítica no era política, sino moral; argumentaba que la violencia innecesaria contradecía el propósito evangelizador de la conquista y, por tanto, era un pecado que empañaba la misión española. 

Este estilo integral convierte a sus “Noticias Historiales” en una fuente indispensable, ya que ofrece una visión tridimensional del siglo XVII: el hecho histórico, la interpretación divina y la realidad humana y natural. 

Un aspecto fascinante de su obra es la descripción detallada del crecimiento físico de las ciudades coloniales. En sus relatos, es posible detectar la evolución de los sistemas constructivos. Simón describe las fundaciones iniciales como estructuras efímeras de bahareque y paja, materiales nativos que, aunque accesibles, resultaban peligrosos ante los incendios recurrentes. 

Con el paso del tiempo, el cronista registra la transición hacia materiales más sólidos y nobles como la tapia pisada, el ladrillo y la teja de barro, elementos que simbolizaban la estabilidad del orden colonial. Además, su obra destaca la importancia de la traza en damero (cuadrícula), modelo que organizaba no solo el espacio, sino también la jerarquía social alrededor de la plaza central. En las zonas costeras, Simón hace especial énfasis en la arquitectura defensiva, describiendo baluartes y fortificaciones de cal y canto diseñadas para repeler los ataques externos, demostrando así el valor estratégico del control territorial. 

La obra de Fray Pedro Simón es fundamental para comprender la génesis de la identidad mestiza en el Nuevo Reino de Granada. Su capacidad para integrar la biografía de los conquistadores, el análisis moral de la colonización y la descripción física de las ciudades en formación lo sitúa como un historiador integral. Su legado no es solo una crónica de conquistas, sino un mapa detallado de la transformación de un continente a través de su pensamiento, sus letras y sus muros. 

Bibliografía 

Simón, Fray Pedro (1882) Noticias historiales de las conquistas de tierra firme en las Indias Occidentales”, I parte. Bogotá, Imprenta de Medardo Rivas.

domingo, 12 de abril de 2026

HOMENAJE AL ESCRITOR PEDRO SIVIRA

Jeroh Juan Montilla
El día viernes 10 de abril en horas de la mañana, en el auditorio Juan Germán Roscio de la Casona Universitaria (UNERG) en San Juan de los Morros, estado Guárico, los estudiantes de la maestría de Historia de Venezuela (corte 2026) de esta universidad realizaron un excelente evento como un gesto de reconocimiento a una obra literaria que narrativamente explora y expone un importante y decisivo momento en la historia regional guariqueña, el boom petrolero en la zona de Las Mercedes y Roblecito. El evento se tituló. “Petróleo y cafecito, un homenaje al escritor Pedro Sivira Reyes”. La obra de Pedro Sivira nos muestra como la llegada de la industria petrolera le dio un vuelco a nuestra región, tradicionalmente agrícola y ganadera. El llamado por unos, oro negro, y por otros excremento del diablo, cambió radicalmente el modo de ser de una comunidad llena de fuertes tradiciones heredadas del siglo XIX. De la noche a la mañana Las Mercedes pasa a convertirse en una especie de centro neurálgico que recibe en su seno de modo imprevisto y a borbotones ríos de personas que protagonizan así una diáspora interna de familias enteras buscando así ser parte de la gracia económica que trajo la instalación de la industria petrolera en la región guariqueña. Pedro Sivira (1945-2010) publicó dos importantes novelas “Los fantasmas y los residentes” (1982) y “La W.C. Company” (1993), aparte de otros textos de poesía y ensayo histórico. Nacido en el estado Falcón, lo traen sus padres, bajo el empuje de la diáspora petrolera de ese tiempo, a los 3 años de edad, eso hizo de Sivira un guariqueño adoptivo tanto que la municipalidad de Las Mercedes lo oficializó como mercédense. Durante muchísimos años trabajó como jefe de redacción en el diario El Nacionalista en San Juan de los Morros, allí dirigió importantes y decisivas páginas semanales que les dieron cabida y rostro a diversas figuras de la literatura y la cultura guariqueña. El evento contó con la emotiva presencia de los hermanos del escritor, Saúl y Arcadia, como de sus hijos Juan Francisco, Mary Cecilia, Pedro Alberto y Anny junto algunos nietos. El programa del evento, excelentemente organizado, conducido bajo la presentación del maestrante Pablo Caracas, contó con las palabras inaugurales del doctor Luis Ascanio, coordinador de la Maestría de Historia de Venezuela; lectura de la hoja de vida del escritor Pedro Sivira a cargo de la maestrante Géminis Pumara; charla sobre la narrativa petrolera en la obra de Pedro Sivira por parte del profesor Jeroh Juan Montilla; bautizo del poemario “El rayo luminoso que eres tú”, libro inédito del autor, junto a la presentación del díptico “Acto de Palabra”, editado por Viento Del Sur Editores (Arturo Álvarez D’Armas, 2013), este bautizo y presentación fue acompañado de unas palabras por parte de la poeta Tibisay Vargas Rojas. Se develó un retrato del escritor como un regalo de los maestrantes a los familiares de Sivira. Cerró la programación con una velada musical por parte de la violinista Valeria Andreina Loreto González, y una lectura de algunos poemas de Sivira por parte de los poetas Salvador Lara y Pablo Velásquez junto con la maestrante María del Rosario Moreno, finalmente un ameno compartir donde se degustó café y unas deliciosas pastas por la permanente difusión de la obra de Pedro Sivira. Es importante reconocer la organización y dirección de este evento por parte de los maestrantes: Arturo López y María del Rosario Moreno. Se suman los nombres del resto de los maestrantes de esta especial corte: Jean Carlos Olivo, José Gustavo Morán, Deivi Suárez, Rita Figueroa, Basília Herrera, Oswaldo Loreto, Alejandro Infante y Williams Piñero, cada uno tuvo su aporte de trabajo, como futuros historiadores, en esta actividad que busca rescatar y dar a conocer la historia de nuestra región, parte fundamental de la historia nacional.

viernes, 6 de febrero de 2026

BAJO EL YUGO DEL CUYUNÍ: EL TANATORIO DE LAS SOMBRAS VIVAS

Por Humbert E. Urdaneta F. Jueves 05/02/26
El Dorado no es una cárcel, es un error geográfico donde la civilización termina y la selva dicta su ley de sangre. El islote, cercado por el rugido del río Cuyuní, parece un diseño de la malevolencia divina, aguas de un marrón espeso que ocultan el hambre de las pirañas, corrientes que no transportan barcos sino cadáveres, y una selva que respira con el siseo de culebras y el aleteo de insectos colosales, del tamaño de un puño cerrado. Allí, la libertad no es un derecho, es una utopía custodiada por un muro de agua y colmillos. En ese tanatorio de vivos, la condición humana es la primera moneda que se devalúa hasta desaparecer. Los hombres dejan de ser nombres para ser categorías de caza, o eres el colmillo que desgarra, o eres la carne que cede. Recuerdo aquel joven. Lo vi fuera de los muros, bajo un sol que no iluminaba, sino que calcinaba los restos de cualquier esperanza. Tendía su ropa con una parsimonia espectral, como quien cumple un rito fúnebre para su propia ropa y la ajena. Su apariencia era apacible, pero era la paz de los cementerios. En sus ojos no quedaba el fuego de la rebeldía, sino una aceptación gris, esa ceniza que queda cuando el alma ha sido consumida por el miedo. Me confesó su infierno con la naturalidad de quien describe el clima. Sin rastro de deseo, sin sombra de elección, había sido "apartado" por el líder de una jauría. En aquel submundo demoníaco de seres inservibles, él había sido declarado "mujer". Su cuerpo ya no le pertenecía; era el tributo que pagaba para seguir respirando. Cuando mi lógica de hombre libre de esas circunstancias se hizo presente, le preguntó por qué no se revelaba, por qué no alzaba el puño por su dignidad, su respuesta fue un hachazo de realidad biológica: “señor, los que lo intentaron ya no están. Primero los rompe el grupo, los violan de manera salvaje hasta que dejan de ser hombres, y luego los borra el río”. En ese ecosistema de opresión maléfica, la sumisión no era vicio ni cobardía; era un cálculo primario de supervivencia. En El Dorado, la dignidad es un lujo de los muertos. Los vivos, convertidos en sombras vivientes, comprenden que bajo el yugo del Cuyuní, el orgullo es el camino más corto hacia el tanatorio, y que a veces, para que el cuerpo no se convierta en comida de pirañas, el alma debe aceptar el silencio de las sombras. Reflexión: En los abismos donde la seguridad física se extingue, la moral deja de ser un código compartido para convertirse en un lujo inalcanzable. Bajo un terror demoníaco, el ser humano activa un cálculo primario de supervivencia donde sacrificar la identidad es la única estrategia válida para preservar el latido. En este pantano de opresión, el junco que se dobla no traiciona su esencia, sino que actúa como un estratega de la vida que elige permanecer vivo para que el verdugo no logre silenciar su historia.

jueves, 27 de noviembre de 2025

FUNDAMENTOS Y APROXIMACIONES PARA UN ESQUEMA METODOLÓGICO EN LA INVESTIGACIÓN HISTÓRICA

 (Ponencia presentada en la II Jornada de Investigación del Área de Postgrado: "Horizontes Epistémicos y Transformación del Conocimiento", Unerg, 25 noviembre 2025)

Dr. Humbert E. Urdaneta F. UNERG

0412-4443322 humberturdaneta@gmail.com

Resumen

Este ensayo propone un esquema metodológico para la investigación histórica orientado a comprender los procesos sociales desde su dimensión temporal. Parte del reconocimiento donde el hecho histórico es una configuración fluida de prácticas, normas y significados, cuya interpretación exige indagar las condiciones civilizatorias que lo originan y su proyección en el presente. La propuesta se inscribe en el paradigma histórico crítico con enfoque postfundacional, que rechaza verdades absolutas y plantea condiciones de posibilidad para el conocimiento histórico. Esto implica una pluralidad epistemológica abierta a marcos teóricos postmodernos, complejos y transdisciplinarios, donde la historia se asume como campo dialéctico que cuestiona los sistemas de legitimación y toma en cuenta la incertidumbre. El enfoque metodológico es cualitativo, con método hermenéutico-interpretativo, investigación exploratoria y diseño mixto que articula el submétodo documental centrado en el análisis genealógico de fuentes y el discursivo orientado a la interpretación de narrativas, testimonios y expresiones culturales. Inspirado en Foucault, el dispositivo no busca aplicar un modelo cerrado, sino habilitar un sistema de interpretación que permita problematizar las condiciones del saber histórico en sus discontinuidades, silencios y reapropiaciones. Así, la historia se convierte en un espacio de interrogación sobre cómo las sociedades construyen historia, legitiman narrativas y encuentran su lugar en el tiempo.

Palabras claves: investigación histórica, paradigma histórico crítico, complejidad, dispositivo.

Introducción.

La investigación histórica es una práctica interpretativa que busca comprender procesos sociales en el tiempo, no solo reconstruir hechos. El historiador trabaja con fragmentos que abren preguntas y permiten nuevas lecturas, entendiendo que cada acontecimiento es una configuración dinámica de significados humanos (Bloch, 1949). Esta tarea exige vincular fuentes, contextos y estructuras de poder, con una metodología flexible que combine enfoques documentales y discursivos. La historia se concibe como campo de saber atravesado por relaciones de poder y pensarla críticamente implica reconocer que el conocimiento histórico ha dejado de ser neutral.

Esta propuesta metodológica responde a la necesidad de recuperar voces marginadas, comprender contradicciones sociales y ofrecer herramientas para pensar la historia como espacio de resistencia. Su pertinencia se vincula a los contextos latinoamericanos, especialmente venezolanos y su innovación radica en articular genealogía, crítica postfundacional y apertura interpretativa.

Planteamiento del problema.

La historiografía estuvo marcada por una visión reduccionista que narraba los hechos de forma lineal y cronológica, acumulando datos sin encadenarlos críticamente. Esta práctica limitaba la comprensión de los procesos históricos como eventos interconectados en dimensiones temporoespaciales a múltiples niveles de acción, que se relacionaban mediante sistemas super complejos, con retroalimentación, e incluso, generaba producto que era desperdiciado, invisibilizado su reflejo por la narrativa oficial de las élites de poder quienes decidían que decir de la historia para mejor construir el ideario nacional. La falta de esquemas metodológicos claros dificulta formular preguntas pertinentes, seleccionar fuentes relevantes y construir interpretaciones sólidas, lo que empobrece la lectura del fenómeno histórico y reproduce enfoques fragmentarios que desactivan su capacidad crítica. Esta carencia revela una crisis epistemológica que debe abordarse reconociendo la complejidad y la apertura del campo historiográfico. La revisión crítica muestra que el pensamiento dominante, heredado de estructuras coloniales, ha impuesto narrativas de élite que deciden qué se recuerda y qué se excluye. Descolonizar el pensamiento histórico implica desmontar estos marcos y reconocer la diversidad de experiencias, tiempos y memorias que configuran los procesos humanos (Quijano, 2000).

Preguntas de investigación.

¿Cómo puede diseñarse un esquema metodológico para la investigación histórica que articule métodos, submétodos y enfoques críticos sin caer en reduccionismos disciplinarios?

¿Qué dimensiones esenciales deben ser sistematizadas en el análisis histórico para captar la complejidad de los procesos sociales y sus tramas temporales?

¿Qué transformaciones recientes han ocurrido en la concepción del método histórico y cómo afectan las condiciones epistemológicas para la producción de conocimiento en contextos contemporáneos?

Propósitos.

Diseñar un esquema metodológico para la investigación histórica que integre métodos, submétodos y enfoques críticos.

Sistematizar las dimensiones esenciales del análisis.

Examinar las transformaciones recientes en la concepción del método, junto con sus implicaciones epistemológicas para la producción de conocimiento.

Metodología.

El desarrollo metodológico en investigación histórica busca profundizar en el estudio de los procesos sociales, articulando interpretación de fuentes, reflexión crítica y revisión de evidencias. La historia, como campo de conocimiento, exige herramientas que permitan el diálogo entre estructuras de larga duración y acontecimientos singulares (Braudel, 1970). Este ensayo propone un esquema aplicable a investigaciones críticas centradas en fenómenos integrados en cronología y espacio, con fuentes documentales y estudios contextuales que problematizan la construcción del pasado. El historiador formula preguntas que orientan el recorrido interpretativo y revelan relaciones, actores y condiciones. La combinación de razonamientos deductivos e inductivos permite construir explicaciones complejas, inscribiendo los hechos en tramas sociales, políticas y culturales. Se incorporan submétodos, como el cronológico, geográfico y etnográfico para abordar la pluralidad expresiva de los procesos históricos (Aróstegui, 1995).

La metodología debe adaptarse a la diversidad de objetos de estudio, con rigor en el uso de fuentes y control de sesgos. Enfoques contemporáneos cuestionan narrativas lineales y explicaciones teleológicas, proponiendo el análisis de rupturas y relaciones de poder (Foucault, 2002). El estudio de procesos de larga duración permite identificar estructuras y tendencias mediante modelos económicos, análisis cuantitativos y estudios demográficos, reconociendo también historias menos visibles como las vinculadas a la agricultura, el comercio o la ecología. Desde una perspectiva transdisciplinaria, se problematizan paradigmas previos y se exploran zonas de incertidumbre para comprender la complejidad humana. La historia se asume como ejercicio dialéctico entre lo lineal y lo insurgente, en una lectura sobre la transcomplejidad como condición de inteligibilidad, privilegiando la complementariedad de saberes en una epistemología latinoamericana y caribeña (Villegas G., 2020).

Surgen así nuevas preguntas: ¿Cómo comprender la historia en un mundo marcado por la indeterminación? ¿Cómo articular fuentes y perspectivas diversas? ¿Qué tipo de conocimiento emerge al abrirse a la transcomplejidad? Estas interrogantes habilitan la historia como espacio en transformación. La metodología crítica desplaza relatos totalizantes y propone una lectura rizomática, reconociendo dimensiones políticas, simbólicas y territoriales, orientando la investigación hacia un conocimiento dialógico y recursivo (Morin, 1990). Este giro plantea desafíos como la constitución de corpus coherentes, la definición de niveles de observación y el tratamiento de datos, cuyas relaciones numéricas, lógicas o causales enriquecen la comprensión de los procesos estudiados.

Propuesta.

El dispositivo es una estructura propositiva de racionalidad modal para alumbrar sobre los mundos posibles, en la frontera paradigmática que organiza lo decible, distribuye lo visible, modula las teorías y regula la visión de los acontecimientos según narrativas oficiales. El dispositivo metodológico convierte al historiador en operador epistémico, alguien quien concatena preguntas, fuentes, contextos, activa la reflexión sobre tramas complejas que desafían el poder. La geografía deja de ser localización para convertirse en interpretación; la historia abre lo que puede ser, delimitando convenciones sobre la verdad. Su eficacia se manifiesta en la comprensión de la conducta individual y social, así como en la configuración de horizontes como sucesión de puntos para la comprensión.

Se propone una secuencia metodológica de catorce pasos que permite identificar las condiciones de surgimiento de los acontecimientos, reconociendo inflexiones teleológicas, modulaciones axiológicas y discontinuidades epistémicas. Así, la historia se aborda como campo de inscripción de racionalidades, archivo de luchas y espacio de producción de subjetividades.

Identificación: seleccionar el acontecimiento histórico para analizar.

Contextualización: describir sucintamente el contexto histórico y social en el que ocurrió.

Fuentes Primarias: revisar documentos, discursos o textos contemporáneos al acontecimiento.

Discursos Dominantes: identificar los discursos que predominaban en ese momento y cómo moldearon la percepción del acontecimiento.

Relaciones de Poder: examinar quiénes ejercieron el poder en el contexto del acontecimiento. Considerar tanto a los actores estatales como a grupos sociales locales.

Mecanismos de Control: investigar cómo se ejerció el control social (vigilancia, censura, etc.) y las instituciones involucradas.

Sistema de reglas y valores: examinar qué normas y valores estaban vigentes en el contexto histórico y cómo definían la normalidad.

Construcción de Identidades: analizar cómo el acontecimiento contribuyó a la construcción de identidades colectivas o individuales.

Movimientos de Resistencia: identificar las formas de resistencia que surgieron en respuesta al poder ejercido durante el acontecimiento.

Contrapoder: examinar si existieron o no, actores o grupos que desafiaron las narrativas dominantes.

Consecuencias Históricas: reflexionar sobre las repercusiones del acontecimiento en la historia posterior. ¿Cómo transformó este acontecimiento la dinámica urbana y su historia subsiguiente?

Legado Cultural: considerar cómo el acontecimiento ha sido recordado y narrado en la memoria colectiva.

Cuestionamiento de Narrativas: evaluar las diferentes narrativas que han surgido sobre el acontecimiento. ¿Quiénes las cuentan y con qué intenciones?

Perspectivas Alternativas: buscar y considerar voces o perspectivas que han sido marginadas en la narración oficial.

Reflexiones finales.

La investigación histórica, cuando se asume como práctica interpretativa comprometida con la complejidad e incertidumbre del mundo social y ecológico, trasciende su carácter retrospectivo para convertirse en una forma de interlocución con lo que permanece activo en el presente. El dispositivo metodológico propuesto, trata de habilitar recorridos que permitan cuestionar las narrativas establecidas, examinar las prácticas que estructuran lo cotidiano y abrir espacios para la inscripción de memorias desplazadas. En este horizonte, el trabajo del historiador consiste en fijar versiones del pasado para que interpelen el presente, descubriendo el ocultamiento impuesto por la dominación y transformando la historia en potencia crítica que ayuda a comprender el mundo. Aquí la historia es entendida como campo de vínculos visibles y ocultos, correlacionados aún en lo insospechado, ergo, en este proceso, el historiador deja de ser juez y se convierte en testigo, pero también en tejedor de memorias fracturadas, en artesano de interconexiones, en reconstructor de la vida que da forma a una comprensión plural y abierta del pasado.

Referencias.

Aróstegui, Julio. La investigación histórica: teoría y método. Barcelona: Crítica, 1995.

Bloch, Marc. Apología para la historia o el oficio de historiador. Traducido por M. Barros. México: Fondo de Cultura Económica, 2001. Obra original publicada en 1949.

Braudel, Fernand. La Historia y las Ciencias Sociales. Madrid: Alianza Editorial, 1970.

Foucault, Michel. La arqueología del saber. México: Siglo XXI Editores, 2002.

Morin, Edgar. Introducción al pensamiento complejo. Barcelona: Gedisa, 1990.

Quijano, Aníbal. “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina.” En La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas, editado por Edgardo Lander, 201–246. Buenos Aires: CLACSO, 2000.

Villegas G., Carlos. “Hacia una epistemología latinoamericana y caribeña.” AULA. Revista de Humanidades y Ciencias Sociales 66, no. 1 (2020). https://doi.org/10.33413/aulahcs.2020.66i1.123.

viernes, 14 de noviembre de 2025

EL ESCRITOR Y EL ALGORITMO

 

Tibisay Vargas Rojas



“Declinaba el verano, y comprendí que el libro era monstruoso. De nada me
sirvió considerar que no menos monstruoso era yo, que lo percibía con ojos y lo
palpaba con diez dedos con uñas.” Así reza un párrafo del inquietante y magistral
cuento de Jorge Luis Borges, El libro de arena. Las veces en que lo he leído
nunca ha dejado de estremecer mi decisión de ser escritora, y de eso hace
muchas décadas ya.
A estas alturas confieso que no he estado conforme cuando denomino este
hacer. Le he llamado oficio, trabajo, arte… Ninguno me resuena, y tal vez llamarlo
“amor”, o “vida”, a pesar de la sensible contundencia de ambos términos, se me
antojan de un edulcorado acento pedante.
Escribir… eso, indiscutiblemente, es una altísima responsabilidad: otros
ojos, otros oídos, otro espíritu, lo recibirán, y no hay mayor compromiso que tocar
inopinadamente el alma ajena, porque el lector es la criatura más frágil cuando
aborda un libro. Es mi experiencia. ¿Por qué accedemos al escrito ajeno?, ¿por
qué esa necesidad de lo desconocido?, naturaleza humana, se diría, pero mayor
osadía es vaciar el espíritu propio en un papel que probablemente nos sobrevivirá
un tiempo inconmensurable.
Allí está aún el “papel” trocado en arcilla que hace siglos dejó constancia en
escritura cuneiforme de la vida de un suprahumano vulnerable ante la muerte.
¿Cómo sabríamos del dolor y la incertidumbre de Gilgamesh por la muerte de su
amado Enkidu, si el autor o copista no lo hubiese hecho palabra escrita?
Así también perdura hasta nuestros días el Himno a Nikkal, diosa de los
sueños, datado mil cuatrocientos años antes de Cristo y escrito también en tablilla
de arcilla desenterrada en Siria, otrora la antigua ciudad de Ugarit, y el Epitafio de

Sícilo, un poema con letra y música escritos en griego encontrado al sur de
Turquía y datado siglo I d.C., inscrito en una lápida de mármol que según dedica
un tal Sícilo a su esposa fallecida… La arcilla y la roca permitieron que esos
incunables textos llegaran intactos a nuestros días, pero aún más asombra la
perdurabilidad de otros soportes como el papiro, la palmera y el pergamino, cuya
fragilidad cede a los siglos, y sin embargo obras como el egipcio Libro de la salida
del día, conocido como el Libro de los muertos, los Vedas del hinduismo, los
Rollos de Qumrán, entre muchos, han llegado casi indemnes a nosotros. Allí es
donde me arriesgo al decir que ha sido a causa de lo escrito, de su espíritu.
El espíritu de la palabra escrita escapa a nuestra comprensión. Atenidos
como estamos a la ciencia, su disciplina sistemática y predicciones comprobables,
nuestra razón no atreve a lo ignoto, sin embargo, cursamos un tiempo de la
escritura multiplicada donde el acto literario pareciera no tener fronteras y llega,
avasallante, a toda puerta abierta.
Desde el milagro acuñado por el caballero de Maguncia, la humanidad ha
accedido a la palabra escrita de un modo inimaginable antes del S. XV. Gutenberg
con su invento multiplicó la palabra, y no hubo vuelta atrás. Si ya la confusión de
las lenguas referida en Génesis 11:1-9 daba cuenta de la tragedia de la
incomunicación, la humanidad ha sido testigo de su propia resiliencia y
obedeciendo a su naturaleza de ser creado a imagen y semejanza de su Dios, y al
precepto “creced y multiplicaos”, otro tanto ha hecho con la palabra, haciéndola,
de paso, arte.
El S. XVIII lanzó sobre el tapete intelectual los dados de la llamada
Ilustración, so pena de que en cada lanzada menguara o no el brillo del llamado
Siglo de las Luces con mucho más arrojo que tres siglos atrás en el Renacimiento,
y la literatura no se quedó rezagada, arrastrando, sin embargo, lo que Barthes da
en llamar la fatalidad del signo literario, pues el escritor se enfrenta a los signos
ancestrales que desde el pasado le imponen la literatura “como un rival y no como
una reconciliación”.

Si bien la página en blanco ya es un drama, el desarrollo de la obra no lo
es menos pues la prisión del lenguaje nunca complacerá a su naturaleza, y esa
misma naturaleza, tal vez en un afán de escape, llevó a la humanidad a crear una
alternativa que dio en llamar Inteligencia Artificial, un modo de que, con la excusa
de apoyo o rápido auxilio ante las exigencias del tiempo que cursa, le permita por
un lado saltarse décadas (o siglos) en la resolución de un problema, pero por otro
dar luz verde a la mala fe, y el oficiante que pierde, sin lugar a dudas, es el
escritor. Aterra recordar las palabras del Fausto de Goethe: “Si llega el día en el
que pueda tumbarme ociosamente, con toda tranquilidad, me dará igual lo que sea
de mí”.

Inicié esta diatriba citando a Borges. Su Libro de arena se me antoja la
metáfora del escritor/lector siempre obsesionado, aterrado por el verbo evasivo o
la idea perdida, siempre en búsqueda de lo no dicho, huyendo a la repitencia, y a
la vez lamentando no poder repetirse, anhelando el libro perfecto, el que nunca se
pareará con los cientos leídos y sentidos magistrales, y que, a punto de ser
engullido por las arenas movedizas de su insatisfacción, vende su alma.

No quiero anatemizar a la IA, tampoco al escritor que haga uso de ella
porque yo siga fiel a mi Larousse. Es una herramienta indudablemente útil en la
búsqueda de datos, un ahorro de tiempo. No, no es ahí donde se instala mi recelo,
mi rechazo (para no llamarlo miedo), es por la muerte del escritor, o peor aún, su
“zombificación” a manos de algoritmos. ¿Se podría hablar aun del Espíritu de la
Palabra Escrita de quien entrega una sarta de líneas, que no versos, insulsas,
escasas, flojas, a esa entidad con la tarea de que “construya” un poema al modo
de tal, o cual…? Allí mi miedo. Sí, lo digo con mucha pena en todas sus
acepciones.

Ciertamente no soy quién para juzgar, pero escribo, y en la libertad que me
asiste trato de reivindicar a íl fabbro, el herrero, el artesano, como nombró el lúcido
Arnaldo Acosta Bello al poeta en el poema homónimo de su libro “Santa palabra”,

el cual dejo por aquí como corolario para honrar al escritor que lo concibió, a la
escritora que mora en mí, al espíritu de los escritores que se hayan acercado a
estas líneas titubeantes, y resuenen…

“IL FABBRO

Cuando me siento como un artesano
a fabricar un poema, lo encuentro odioso
y retrocedo; pero cuando la musa ha hecho su trabajo
comienza el tiempo del artesano: como barrer un patio,
preparar la casa, cortar y sacar las ramas que sobresalen.
Un jardín no será, sí una fronda con arroyo
y fauno, sonidos y olores silvestres, con amargos
y dulces momentos; un jardín no será, ni un orden
artificial colocará flores en el búcaro de acuerdo
a los arreglos y a los gustos, toda perífrasis,
todo prestigio eufemístico será sepultado, lo natural
tiene sus propias leyes, en sus caminos están de más
esos turistas que se extasían en el paisaje
y quieren “situaciones” que les hagan olvidar sus problemas.”

(De «santa palabra», Arnaldo Acosta Bello, 2008)

Publicado originalmente en la página del Círculo de Escritores de Venezuela  https://circulodescritoresvenezuela.org/2025/11/14/el-escritor-y-el-algoritmo-pot-tibisay-vargas-rojas/?fbclid=IwY2xjawOEdnJleHRuA2FlbQIxMQBzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEe8fKyDcrrA8yuwq8tjAl7h1zozneHXOu3SoikTURPEG7XggyR82txqYU19gI_aem_uNGJXe5TCBP2uC-VExECXg

viernes, 24 de octubre de 2025

EL NUEVO ROSTRO DEL PODER: LA PRESIÓN HÍBRIDA SOBRE VENEZUELA

 Humbert E. Urdaneta F.

24/10/2025


En el tablero de la geopolítica contemporánea, las invasiones han cambiado de forma. Hoy han dejado de anunciarse con tanques en las fronteras o con misiles sobre las ciudades. El poder se ejerce hoy de manera “sutil”, calculada, sobre todo, persistente. En nuestro país, caso venezolano, lo que se configura no lleva a pensar, por ahora, que sea una ofensiva militar directa, sino una estrategia de presión híbrida: una combinación que incumbe sanciones económicas, operaciones encubiertas, campañas de desinformación, guerra psicológica, movimientos diplomáticos y apoyo para actores políticos internos.
Este tipo de presión no busca la destrucción del adversario, sino algo mucho más complejo: su debilitamiento progresivo. La idea es mantener al país bajo un constante estado de tensión, donde cada crisis interna se amplifique y cada intento de estabilidad se ve interrumpido. Es una guerra sin declaratoria, pero con consecuencias amplias y de alto impacto social.
El primer frente de esta presión es el económico. Las sanciones impuestas por Estados Unidos y otros de sus aliados, restringen el acceso de Venezuela a los mercados internacionales y afecta directamente el funcionamiento del Estado, sus ingresos y su capacidad de maniobra. Aunque se presentan como medidas “selectivas”, su impacto se siente en todos los niveles de la vida nacional: desde la capacidad de importar/exportar alimentos, medicinas, insumos agrícolas o repuestos para la industria, hasta la estabilidad precarizada del sistema financiero.
Pero más allá del daño material, las sanciones cumplen un propósito simbólico: transmitir al mundo la idea de un país aislado, castigado, inmanejable. Es el poder blando del descrédito, que prepara el terreno para las otras dimensiones del conflicto.
La segunda capa de esta estrategia se libra en el terreno de la información. Las campañas de desinformación difundidas por medios, redes sociales y actores políticos buscan erosionar la legitimidad institucional y sembrar desconfianza entre los propios ciudadanos. El objetivo es doble: debilitar la cohesión interna y moldear la percepción externa del país.
En este sentido, la guerra híbrida se parece más a una batalla por los significados que por los territorios. Se disputa el símbolo, la creencia, el relato, la narrativa, el derecho a definir qué está pasando. Y en esa disputa, los algoritmos son tan importantes como los ejércitos.
La diplomacia también forma parte de esta red de presión. Las alianzas se reconfiguran, los apoyos se condicionan, y los organismos multilaterales se convierten en escenarios de legitimación o aislamiento. En paralelo, Washington apuesta al fortalecimiento de actores internos capaces de sostener un discurso alternativo al poder central. No se trata necesariamente de promover una sustitución inmediata, sino de mantener un foco de inestabilidad política constante.
Este equilibrio inestable funciona como una pinza: mientras la economía se asfixia y la narrativa internacional se controla, la presión política interna se mantiene viva.
Venezuela vive, así, un tipo de guerra que no se declara oficialmente, pero que se percibe en la cotidianidad. Es una guerra de desgaste, de largo plazo, donde las fronteras entre lo político, lo económico y lo militar se diluyen. En este contexto, para nosotros los venezolanos y venezolanas, el poder ya no se mide en tanques ni soldados, sino en capacidad de resistencia.
La pregunta no es si habrá una invasión, sino cuánto tiempo puede sostenerse una sociedad sometida a una presión múltiple y constante. Lo híbrido de la estrategia radica precisamente en eso: en su ambigüedad. No se sabe dónde empieza ni cuándo termina, pero sus efectos se acumulan, moldeando el comportamiento colectivo y la percepción del futuro.
En este escenario, Venezuela se enfrenta a un desafío que no es solo político, sino también cultural y psicológico: mantener la cohesión social en medio del asedio simbólico. Resistir ya no significa solo defender un territorio, sino preservar una identidad, una narrativa propia frente a la imposición de otra.
La historia enseña que las guerras cambian de forma, pero no de propósito. El poder siempre busca dominio, aunque ahora lo haga a través del lenguaje, la economía o los acuerdos. Lo que vemos hoy no es el fin de las invasiones, sino su transformación. Y en ese nuevo orden de conflictos invisibles, la presión híbrida es la forma más sofisticada del control contemporáneo y Venezuela esta dando ejemplos de resistencia.