Obituarios de un no-país — video a Alejandro Aguilar

domingo, 21 de octubre de 2007

LA HOJA PERDIDA


Alberto Hernández*


pero la nieve duele cuando cae sobre el corazón
Esdras Parra

1.-
El camino de palabra nos revela que al final hay un desencuentro con la certidumbre. Todo es cierto cuando sabemos que un significado nos enfrenta con la realidad, esa “cosa” abismable.
El arte, sobre todo ese que nos toca tan de cerca, la poesía, es sólo una justificación. En ese tránsito, vamos dejando trozos, voces muertas, equipajes ligeros, cuerpos adoloridos, reflejos, ecos. Pérdidas que enriquecen, pero a la vez alejan de lo que nos rodea. La realidad es una simple fantasía inventada por los sentidos.
Más allá del espejo, en su fondo inescrutable, está la razón de ese desencuentro.
Una lectura universal, sin pasión, de todas las páginas, revisa cada paso adelantado. ¿De qué desorientada vocación, qué nos queda? Pequeños destellos, una larga desmemoria que se metamorfosea, nos acompaña.
Todas las lecturas definen esa larga soledad con texto. Pero no todas las soledades aclaran los textos. Sí, un texto, digamos Tirant lo Blanc, el primer descubrimiento literario de caballería de los ibéricos. La revelación cuestiona la alocada perfección de Cervantes.
2.-
No se termina nunca de leer, sobre todo si nos movemos en la tesitura de la sugerencia de Italo Calvino en su libro Por qué leer los Clásicos, pieza extraña en estos tiempos cuando el afuera ha invadido los lugares del espíritu, desalojando sus secretos, golpeando febrilmente las sombras de cada quien. Una vieja página perdida, irrecuperable.
3.-
En la extrañeza de una pupila caben la preguntas: ¿Ganamos en tecnología si dejamos de leer la Odisea? ¿Se nos caerían las alas de los demonios cibernéticos si nos aproximamos a Jenofonte, Ovidio, Cardano, Galileo, Cyrano, Crusoe, Diderot, Sthendal, Balzac? ¿Dejaremos de ser postmodernos si nos aposentamos en un laboratorio de microchips con la memoria cercana a Dickens, Flaubert, Tolstoi, Twain, James, Steneson, Conrad, Borges, Onetti, Garmendia?
Estas preguntas no las formula Calvino, pero en estos momentos de virus y apotegmas tecnológicos quien esto escribe se las hace. Las polémicas han sido virtuosas en medio de tanto scanner y nerds de la imaginación virtual. ¿Somos hombres en la medida de nuestra memoria o seremos más hombres en la medida de nuestras habilidades tecnológicas?
4.-
Una hoja antigua se nos queda en el camino. Hemos saltado la verja y alguna herida nos marca las rodillas. Sin embargo, la caída no ha sido sentida. ¿Todos los clásicos caben en la desmesura de una pantalla de computadora? Cavilamos desnortados, en la sombra de esta luz intensa. Nuestro extravío vive: lentamente, la búsqueda de la arcadia señalada en los sueños, en las fantasías -consagradas por la lectura- aparecen en medio del caos. La tecnología –inteligencia que fabrica edenes temporales- es el mal necesario, lugar común que nos ha hecho tan comunes como las impresionantes impresoras satelitales. La fuerza de la palabra desatará un largísimo silencio. La mudez volverá a los libros, extraños instrumentos de hechicería. Módulos de estancos, archivos de mampostería, inventario de museos. Así dicen los tecnócratas. Reflexión triste para aquellos que estamos de este lado, persiguiendo fantasmas con Italo Calvino. A ver si de algún sitio sale alguien y nos sorprende con los olores virtuales de Don Quijote.
En todo caso, abonemos el terreno para trasladar los dedos a las teclas que habrán de señalarnos el lugar de aquella hoja perdida en el interior de un CPU necesariamente humano.
*Poeta, narrador y periodista venezolano.

1 comentario:

Unknown dijo...

Hermano, los clásicos son la fuente y el caudal de la sabiduría... Nunca he sido moderno o posmoderno: Pregúntame, soy el que soy, ¿el yo soy? No peco de arrogante, sino de, tal vez, ingenuo hasta los tuétanos. Escucha: Quevedo, el mismísimo irreverente y golpeado Francisco, tan cierto, tan equivocado, fue, en un primer momento, mi maestro de redacción. Difícil, ¿no? Pero posible... Cuando me canso de la muerte, acudo a los clásicos. ¿Y qué tal la traducción de la Biblia por Casiodoro de Reina, que hasta el mismo Menéndez y Pelayo, tan ultramontano, alabó? Los clásicos, raudal de descubrimientos y espejos (en ellos me revelo) aún están al alcance de la mano...