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martes, 20 de mayo de 2008

BÚSQUEDA DE LA AUTENTICIDAD

Daniel R Scott*









No soy afecto a ese vacío de sentido propio de nuestra época pero eso no me llevaría a pregonar en esta tecnocracia de fin de siglo un retorno radical a los modos y costumbres de una Edad Media que no existe. Eso sería absurdo y, más aún, una utopía. Ya no se puede andar por ahí, cual un Grisostomo (ver libro I, Cap. XII del "Quijote" de Cervantes) vestido de pastor enamorado, danzando y componiendo coplas de amor por los valles y las serranías. En los años sesenta, días de contracultura y rebelión, muchos jóvenes, "cansados de la civilización industrial y postcapitalista". ( La Protesta Juvenil, Biblioteca Salvat Grandes Temas, P. 7) se evadieron del sistema, congregandose en comunas con estructuras muy primitivas de organización con la finalidad de encontrar el verdadero centro y la autenticidad de su "yo". Estos esfuerzos según creo fracasaron, al igual que otras alternativas similares.
Es inútil: la sociedad "industrial y postcapitalista" se ha convertido en cuerpo y alma a la filosofía materialista y pragmática de una modernidad que no acepta dentro de sus filas ideales ni utopías permanentes. Cuesta hallarle a la existencia su sabor primitivo y su autenticidad primaria. Por eso proliferan como una invasión de mosquitos todo tipo de cultos y sectas. Cuando tomamos conciencia de que nuestro destino lo moldean los decadentes perímetros de las grandes urbes, algunos nos empeñamos en huir de esa realidad ineludible que no se ajusta ni responde a las necesidades reales del alma. Se requiere de una imginación portentosa para atenuar o nihilizar las imposiciones de la modernidad y poder pavimentar con el brillo del oro y de la perla el camino de nuestra existencia. En mi caso y gracias a los aportes de mi fe cristiana a la vida cotidiana, he sabido espiritualizar y ritualizar sobre los altares laicos de la materia y de la nada, simbolizando todo, como lo hice hara unos seis años atrás.
Sucedio en julio de 1988, en los precipicios de un gran cerro con pretensiones de montaña, a unos cinco kilometros de San Juan de los Morros. Allá abajo, muy abajo, varios amigos y yo dejamos atrás el caserio de los Flores. Un hermano mío le había dado la espalda a la civilización a la manera de las comunas de los años sesenta y decidió colonizar y habitar estos barrancos. Le daba además por atrapar y enjaular serpientes de cascabel y alacranes que luego exhibía con orgullo a los mirones temerosos del caserio. Muchos creían que mi hermano tenía dotes de hechicero para poder tomar en sus manos esos bichos. Le decían "El Brujo". Estaba un poco loco, nada más. Mientras nos mostraba su pequeño reino miró el paisaje imponente que se dominaba desde esa altura y exclamó arrobado: "Aquí uno se siente cerca... ¡de Dios!". Esta declaración y la pausa a mitad de frase fue reveladora y memorable: mi hermano era ateo confeso. Pero la mística línea del horizonte lo obligó a pensar en Dios. No creía en Él pero lo vio. ¡No lo puedes mirar cara a cara pero sabes que de alguna manera que no alcanzas a comprender la Deidad te guiña un ojo desde el horizonte! Sin proponertelo aprendes a creer y venerar lo inescrutable. Ignacio Burk lo explicaría en estos términos: "Es la descripción de un momento de religiosidad autentica, despertado por el misterio panteísta".
Entre grandes rocas y bajo los arcos elevados de los árboles frondosos se encuentra la cabaña que mi hermano levantó con sus propias manos. Paredes de tronco, techo de cinc. Diseñó el piso incrustando y adosando piedras lisas que encontró en los alrededores, lo que le da un aspecto colonial. Llegamos a pasar el día. Nos vamos mañana. En la noche y hasta la madrugada nos reunimos en torno a una luminosa fogata. Se toca una guitarra, alguien canta y luego todos platicamos de aquellas cosas que le son propias a los jóvenes. Nos sentimos en otra época, en lugares remotos, en otra cultura. Nadie quiere saber nada de lo que dejamos atras. Hace frío pero eso no importa: una caliente y humeante taza de café con refejo de estrellas y luna y con sabor a leño encendido nos hizo entrar en calor. Luego todos callan y se impone un silencio nocturno poblado de sonidos silvestres: grillos chirriantes, brisa que susurra secretos a las ramas, el vuelo de una lechuza que traza caminos invisibles en la noche, el suave chasquido de una ramita que se quiebra, el crepitar de los leños en el fuego; cosas que me hablan de un pasado remoto e ideal aun no profanado por la mano del hombre. Fue entonces cuando la imaginación me elevó a los cielos en violento torbellino y por varios segundos perdí la razón: estaba entre los cabreros. Me levanté y dije: "Dichosa la edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga, sino porque entonces los que en ella vivian ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío". (Cervantes, en "El Quijote", Libro I, Cap XI)
La evasión de mi hermano a estas soledades, su vislumbre de Dios en lo Creado, la locura del Quijote de querer imponer un orden de una época que nunca existió, nuestra reunión congregados en torno al fuego, el punteo de la guitarra del trvador, el canto, las voces desaforadas de mi propia imaginación y algunas otras cosas parecidas y que se me escapan...
¿No nos habla del hombre en busca de una autenticidad existecial?
Sí.
Julio de 1995

*Bibliotecario y escritor venezolano (San Juan de los Morros, estado Guárico)