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jueves, 18 de septiembre de 2008

MIENTRAS CENAN CON NOSOTROS LOS AMIGOS

Alberto Hernández*

I

Acabo de cerrar el libro. Acabo de concluir una historia. El mundo corretea allá afuera. Mi espíritu se agita en la cocina, mientras el café hierve y la hora se acerca al mediodía. Los cerros de la ciudad se calcinan. Un humo denso no me deja ver con claridad la última carta de Marta. Una dilatada conmoción me hace regresar a la esquela, a la primera, desde donde el personaje, el mismo Avelino Hernández, este pariente de Soria

que dejó en nuestro desierto Mientras cenan con nosotros los amigos (Candaya, junio 2005), recorre paisajes y vidas, la suya propia, tan dada a ser entregada.

El desayuno solitario, esta manía de la soledad para rescatar del naufragio los últimos fantasmas, me anima a verme con Avelino desde su eternidad: falleció en Selva, Mallorca, en julio del 2003, poco después de escribir esta extraña novela en la que la amistad, la memoria y la muerte tejen un diálogo entrecortado, fragmentario, hincado en un viaje permanente donde siempre están los amigos, los invitados al patio del parral a mirar el mar y saberse parte del cielo.

Acabo de morir con el libro. Una carta en la que alguien (personaje/ Avelino) le anuncia a Marta que va a fallecer, que el cáncer consume sus vísceras, que “ahora sé que es verdad que duele todo amor, incluso el consumado”. Desde aquí, desde esta confesión, la lectura confirma que Avelino Hernández tenía en la muerte la vida que siempre supo amar.


II

Avelino Hernández nació en un pueblito de Soria llamado Valdegeña en 1944. Estudió Filosofía y Letras y dejó incompletos estudios de Filología Árabe y Derecho. La dictadura franquista truncó esta aspiración. Dejó más de cuarenta títulos, entre los que destacan libros de viajes, de poesía, de cuentos infantiles y juveniles y novelas. La vida de Avelino Hernández transcurrió entre Andalucía, Cataluña, Extremadura, Madrid, Valladolid y Mallorca.

De sus trabajos mencionamos Crónicas del poniente castellano, Donde la vieja Castilla se acaba, Una vez había un pueblo, El septiembre de nuestros jardines, El día que lloró Walt Whitman, Los hijos de Jonás, entre otros, y éste, editado por la imprescindible editorial Candaya de Barcelona.

Mientras cenan con nosotros los amigos es un bello documento de despedida. Es una carta de navegación, una bitácora donde Avelino muestra su vida, dedicada a ser humano, afectivo, amigo. No en vano usó a Epicuro como epígrafe: “De los bienes que la sabiduría procura para la felicidad de una vida entera, el mayor con mucho es la adquisición de la amistad”. Y así fue, y así es en la novela, que más que un esfuerzo literario, se trata de una confesión donde los personajes, reales, se convierten en iconos de la memoria. En parpadeos, cortes y referencias de una existencia parecida a la ficción.

Para Hernández la preocupación está centrada en cómo existir. De allí que en la carta que abre el libro, diga: “Todo cuanto vengo escribiendo en el último tiempo. El único argumento de mi obra. Cómo vivir”. Nota fechada en una casa en la orilla de un río el 27 de septiembre de 1998, mientras Teresa Ordinas está Smara.

De aquí en adelante, las ráfagas de la memoria van haciendo el libro. Repito: libro raro, extraño, nada lineal: funciona como trabaja la memoria, a fogonazos. Personajes de la vida que discurren frente al Mediterráneo, en Castilla, en cualquier parte del mundo, en Grecia o California, están frente a la mesa, prestos a cenar, a tejer la conversación, a hacer la vida, a construirla con palabras y hechos.


III

Este subcorpus literario, el de la amistad, confirma el indicio de una estructura narrativa. En efecto, la intención del narrador es contar, redondear una historia, no obstante, se prevale del fragmentarismo, o mejor, un cuerpo de relatos compuesto por un juego de piezas, de trozos, de pedazos, de pequeños recuerdos, de paisajes sacados de un álbum. El orden conferido, abierto al lector, es una herramienta para que éste seleccione la manera de leer o soñar. La dispersión (atomización de un orden fragmentado) aumenta en el lector la idea de que estamos al frente de un ardid. Pero no. Avelino Hernández disfruta su forma de acercarnos a él. Y sabe hacerlo. La urdimbre, la trama está centrada en el afecto y en la crítica a los borrones de la historia donde la muerte triunfa, por eso no faltan Teresa, Marta (la lectura de Las flores del mal toca el abandono), Pedro Mangada, César Cayo, la perversión de la guerra, los fusilamientos, la muerte en los ojos de un niño frente al paredón, el juez Marcos Dañinos Fernández, responsable de crímenes tan terribles. El loco, el ingenuo de un pueblo, un gato como núcleo sincrético de la soledad. Un país, pues, en la sobremesa, en la lectura de una intemperie vital que supo revelarlos a través de estos hermosos y a la vez duros fragmentos, unidos por el ánimo de varias cartas, tres en la aproximación del contenido.

Podría afirmar que esta novela no tiene una estructura. Lejos del palimsesto, se trata de un texto aleatorio, construido a través de una lectura carnal, medular, en lo que tiene que ver con la responsabilidad de quien lee para “construir”, en presencia de una realidad que no huye de la ficción. Metaficción tan real que escapa de la misma metáfora. Avelino Hernández cuenta su historia y la de otros desde la metanovela: urde, teje, simboliza, pero no deja nada a la imaginación; sólo el discurso, próximo a la poesía, nos advierte de la gracia de este autor que maneja con maestría estas circunstancias. Decimos: la lectura nos hace parte del mundo que se descubre en la novela. Avelino ya no es Avelino, es un narrador que es Avelino pero transmutado en el lector. Somos Avelino. Quizá fue eso lo que buscaba el escritor: su conversión, su amistad, su modo de vida.


IV

Abro de nuevo el libro. Allá, sobre los edificios, está la montaña. La sequía consume en candela y humo esta media mañana. Me determinan las cartas de Avelino y Marta. El lector que soy (poco asertivo muchas veces) me concentra en la última, en la despedida: el personaje que es Avelino sabe que se va a morir, así como hemos muerto las veces que lo leemos. Marta se ha quedado con su libro, con sus novelas, y también con Baudelaire en el regazo. Avelino extrema la confesión: “Porque te escribo para decirte que tengo cáncer, en el riñón, maligno, con metástasis en el hígado y alguna otra víscera más de ahí dentro…”. Es decir, la realidad, la que está en la vida que ahora es novela luego de la muerte del autor. Avelino Hernández vivió su propia novela, la contó, la disfrutó por vida y la sufrió porque “ahora sé que es verdad que duele todo amor, incluso el consumado”.

Quien lea este libro, este mundo tan personal y compartido, se asomará a una ventana y verá el mar, aunque éste no exista. Abrirá un libro de viajes. Verá un valle y unos animales en el monte. Verá el cielo en la noche. Verá un murciélago tras las mariposas nocturnas. Verá los ojos de quien tiene enfrente. Pero también será. Será este escritor que supo vivir, escribir, amar y despedirse con la más hermosa dignidad.



*Escritor y periodista venezolano (Maracay, estado Aragua)

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