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martes, 15 de septiembre de 2009

Ángel Custodio Loyola: Matorrales y caminos

LA VOZ DE UN LLANO REMOTO


Alberto Hernández



** Por los cuatro costados de la casa se oye la voz de Ángel C. Entonces la noche era el contrapunteo cerca del sueño y los tañíos de los cantadores salían de la rockola de Fermín Moreno, allá en Guardatinajas.



1.-

La foto fue la última que le hicieron en Venezolana de Televisión. La mirada como entrando en detalles, el fuste de corres espantos y los sueños encumbrados porque ya el llano tenía nombre en su voz.

Lo cuentan la tierra y las tolvaneras de Calabozo, la Mata Arzolera, donde el sol lo alumbró por vez primera y los cantos de ordeño en los días mañaneros paseaban por el hilito de garganta que la niñez le extrañaba.

El “renco” Loyola –como pocos lo tenían cerca de la boca- ponía ojos de empeño en aquellas calles de ese Calabozo donde aún la gente lo pronunciaba con las letras completas. En la Carrera 12, o frente a la Iglesia de El carmen, o a la salida hacia El Rastro, porque su canto y su modo de silabear la llanura destacaban su comportamiento, para salirle al paso a tanto faramallero de fácil nocturnidad.


2.-

Por los cuatro costados de la casa se oye la voz de Ángel Custodio Loyola. Entonces la noche era contrapunteo cerca del sueño y los tañíos de los cantadores salían de la rockola de Fermín Moreno. Guardatinajas cantaba con José Romero bello, el Carrao de Palmarito y el “renco Loyola, verdaderas leyendas de una cultura que tenía como espacio la inmensa soledad del llano. En medio de la más temible sequía se oía el susurro de algún madrinero, la tonada bajita de quien más tarde, ya en la oscurana, marcaría con pasión el botón para hacer presente a La catira marmoleña, o irse a Puerto Miranda con el canto malcriado del hombre del pañuelito.

El llano seguía siendo un misterio. La única voz de las madrugadas emergía de los grillos de las rockolas, porque Guardatinajas y todos los caseríos del llano son islas rodeadas de botiquines por todas partes. Y en esos sueños de niño el regazo y la canción de cuna eran los pajarillos, los merecures, los gabanes y los sonidos de la sombra en la garganta de un hombre que sigue siendo en las tierras de Guárico y más de ellas.


3.-

A Luis Alberto Crespo lo mordió la curiosidad, por aquello de registrar todos los rincones de la casa, y entonces montó potro cerrero para darle riendas a su entusiasmo. Le entró al polvo de la planicie y floreó los terrones y los caminos de los cascos de su caballo. Allí lo encontraron, untado de palabras que trajo de París, sí, pero con la materia de su territorio afectivo intacto: el país que le hincó la vida desde las imágenes de la sequía de Carora y Calabozo. Con él, con el espíritu del llano, verbalizó con Ángel C. Loyola, en una escritura, la “obra” de hombre de barro y canto.

Todo el llano en la voz es la síntesis de Loyola: “A Ángel Custodio Loyola le falta tiempo y memoria para regresar a sus primeros días de cantor de corríos y contrapunteos, allá en la Mata Arzolera, donde anduvo detrás de su abuelo Rafael Loyola y de su padre Casildo Laya, becerreando y oyendo cantar los cantos de ordeño en los corrales de los hatos”, porque este señor que miraba el llano desde adentro habla de corrido tantos matorrales y caminos que el canto se le había hecho eterno, largo como el silbido del viento o el de algún animal de la sabana. Entonces Luis Alberto Crespo hizo libro con Ángel C. y abrió las primeras páginas de la publicación Ángel Custodio Loyola: La voz de un llano remoto (Serie Herrajes y Crónicas, Nº 3 de la Coordinación de Literatura, Secretaría de Cultura del estado Aragua, 1994).


4.-

Libro de contrapunteo porque el poeta Ángel Eduardo Acevedo, con su pausada y sabia mirada de llanero, lo sigue en las letras y atajos, como encontrándose con él mismo. Por la pluma de Ángel Eduardo pasan las canciones, el joropo sanguíneo y versador: “Los corazones”, “Pasaje número uno”, La guayaba”, “Tierra negra”, “San Rafael”, “Pajarillo”.

El poeta Acevedo es hombre de meterse en estas cosas. Es hombre de saber decir. Y en este libro se pasea entre declaraciones que Ángel C. hiciera, como para dejar la huella de su gentilicio: Adiós llanos del Oeste, cambio de climas para sentir el mismo ajuste con la tierra.


5.-

A José Antonio Silva lo tenemos en Calabozo. Por aquellos lados promueve cantos y eventos de la cultura. En este libro conversa con el cantor y se deja llevar por las respuestas de un hombre que jamás dejó preguntas sueltas. Entre hilos y deshilos, tanto José Antonio como Ángel Custodio hacen un lugar a la buena versación con las historias y anécdotas de quien fuera malcriado y coplero, altanero y conversador, delicado y hombre de a caballo.

La vida de un pedazo de memoria que quedará en las manos de quienes se acerquen a las páginas de un libro que guarda muchos secretos. Algunos riesgosos por lo que dice ÁngelC., otros urticantes, porque ese hombre de la resolana supo dejar bien sentado el testamento de su pasión por lo que hacía, echando a un lado la estación de quienes quisieron hacer de su voz mercado de tristezas.


Coda: Fuera del libro lo encontramos en Maracay, veguero desde su manera de respirar. En esta comarca visible fue campesino y olvidado, también parte de la memoria de una tierra que lo ha destinado a los terrenales de Calabozo, donde finalmente descansa la muerte, la eternidad de su canto.


Imagen tomada de http://llanomusical.blogspot.com/2009/01/angel-custodio-loyola-clasicos-llaneros.html