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lunes, 8 de noviembre de 2010

Inventar lo popular sin lo africano Marroquín y la independencia salvadoreña


Rafael Lara-Martínez
Tecnológico de Nuevo México
Desde Comala siempre…
El olvido y el error histórico son un factor crucial al crear la nación salvadoreña. ER-RLM

Al terminar su Apreciación de la independencia salvadoreña (UES, 1974), Alejandro Dagoberto Marroquín concluye lo siguiente. “En la medida en que crece y se desarrolla la cultura mestiza, más se aproxima la era de su triunfo con el cual El Salvador llegará a ser una auténtica república […] de hombres libres [sin] limitaciones mezquinas del interés económico o desigualdades provocadas por la distinta pigmentación de la piel”. El ideal de nación lo identifica una concepción romántica de fines del siglo XVIII, para la cual en cada nación (de natio, nacer étnico común) existiría una sola cultura y una sola raza.
A diferencia del marxismo ortodoxo, Marroquín no cree en una revolución social ni en una simple nivelación en la economía. La emancipación sería un acto de unidad racial indo-hispano, antes que de orden estructural como lo pretende la teoría clásica. Al bienestar social, el historiador agrega la exigencia de diseminar una sola “cultura mestiza” y la de eliminar toda “desigualdad”, toda diferencia de “pigmentación de piel”.
A la homogeneidad cultural, su utopía liberadora añadiría el parecido en el color como necesidad nacionalista de “la independencia salvadoreña” (1821). Dos grandes omisiones verifican esta hipótesis en la “apreciación” de Marroquín: la exclusión de sus propios datos sobre el descalabro demográfico indígena debido a las guerras post-independentistas y el silencio sobre la existencia de una población afro-salvadoreña. El ideal de una cultura mestiza única para un país liberado oculta la diversidad étnica de lo salvadoreño.
Por estas exclusiones deliberadas, su reflexión se inscribe dentro de una bio-política la cual sujetaría a todo ciudadano salvadoreño a un norma racial y cultural indo-hispana para ser considerado como tal. Sólo ese cuerpo vivo e uniforme, indo-hispano, participaría en la construcción de la nacionalidad como utopía económica por venir. Si lo indígena sólo se admite al diluirse en lo mestizo, lo africano se equipara a lo extraño.
I. Independencia y “consunción” del indígena
Para la tragedia demográfica indígena, Marroquín detalla lo que significan las guerras fratricidas que se extienden por varias décadas del siglo XIX. Su minuciosa monografía de Panchimalco (UES, 1959, p. 97-98) ofrece una información valiosa sobre los cambios poblacionales en ese municipio para los años 1807 y luego para 1860-1890. Estos únicos datos para el siglo antepasado obligan al antropólogo a contradecir tesis en boga relativas a «la famosa “consunción”» de “la población indígena […] causada por la política de los españoles a raíz de la conquista”. Por lo contrario, las cifras de finales de la época colonial demuestran que “no hubo ningún déficit” poblacional hacia el final de ese período.
En cambio, el declive estadístico sólo lo documenta para la etapa que abarca de 1807 a 1860. Esta reducción demográfica la explica “el reclutamiento forzoso de la mayoría de los jóvenes [indígenas] en edad militar [cuyo] destino era servir de carne de cañón […] en las guerras fratricidas [lo cual] nos lo confirma la tradición [oral de] los ancianos del pueblo”.
En contraste con otras regiones de Latinoamérica, en El Salvador, la violenta vida independiente —“las guerras intestinas que abundaron tanto durante el siglo XIX”— ocasiona una disminución poblacional indígena más adversa que la provocada por la colonia. No obstante, la imaginación emancipadora indo-hispana prohíbe que Marroquín denuncie la vida republicana como una libertad abstracta que utiliza al pueblo indígena como “carne de cañón” causando su “consunción” demográfica. Lo que la antropología descubre, la historia lo esconde.
II. Lo africano bajo tachadura
Para la presencia de una población afro-salvadoreña, el documento clave se intitula Procesos de infidencia contra los próceres salvadoreños de la independencia de Centro América el cual recopila Miguel Ángel García (1940). Marroquín lo cita en varias ocasiones como prueba que estudia los diversos intentos por declarar la independencia (1811 y 1814) con documentos primarios. En una cita clave, su apreciación utiliza los procesos de infidencia para contrastar los objetivos populares con los propósitos políticos de los criollos en 1814. En específico, la página veintidós (22) de los “procesos de infidencia” oponen al presunto cabecilla popular, Pedro Pablo Castillo ((¿1780-1817?), quien llama a la revuelta, con el prócer Manuel José Arce (1787-1847), quien llama a su disolución.
Sea cual fuere el desafío entre Arce y Castillo, lo esencial de esa página clave es que ahí mismo se asienta la participación de una población afro-salvadoreña durante la revuelta fallida de 1814. Si Marroquín retiene que Arce confiesa “aquietar, contener y disponer a la tranquilidad”, acalla que “si quinientos negros hubiera de la calidad tuya ¿ha Negro!”. Por ese silencio, su trabajo sobre la independencia concluye que la población “negra” no deja “mayores rastros en la conformación somática” del salvadoreño ni en el orden social.
Para construir una imagen homogénea del pueblo salvadoreño, Marroquín omite la existencia de la diversidad étnica nacional. Si las fuentes califican a 1814 de “molote de pardos”, el presunto fundador de una antropología científica e historiador de corte marxista, excluye todo legado africano de la nación salvadoreña y de lo popular. Las referencias a lo afro-salvadoreño se prosiguen en las páginas siguientes de los “procesos de infidencia”, de suerte que la historia nacional debería reconocer la presencia de próceres de origen africano.
El “molote” lo lideran “muchos mulatos del Barrio de abajo y a quienes cabeseaban o capitaneaban el Negro Franco Reyna, Juan de Dios Jaco y Tiburcio Moran”, según continúa los “procesos de infidencia”. Su influencia es tal que un historiador moderado como Miguel Ángel Durán afirma la presencia de la afro-salvadoreño en 1811 y 1814, a la vez que le concede un giro de género a la revuelta. Si en 1811,”las mujeres eran las más exaltadas [y] José Irene Aragón citó a su casa a todos los mulatos”, en 1814, “Pedro Pablo Castillo estaba solo con sus mulatos” (Durán, Ausencia y presencia de Delgado, 1961, p. 54 y 94).
III. Final
De este breve repaso de una de las primeras investigaciones críticas sobre la independencia salvadoreña retenemos su anhelo por imaginar un pueblo uniforme, indo-hispano en su cultura y raza, como utopía emancipadora. Para lograr ese objetivo nacionalista de unidad bio-cultural, Marroquín evade mencionar su propio hallazgo sobre el declive demográfico indígena de Panchimalco luego de la independencia. Asimismo, reniega de la existencia de una población de origen africano en El Salvador, seleccionando de las fuentes primarias sólo los datos que convienen a su tesis popular anti-criollista, pero también anti-africana. Por esta doble exclusión —ante todo la que no deja rastro— Marroquín convierte a una población multiforme en un pueblo salvadoreño independiente e homogéneo.
Ante el silencio sobre la diversidad étnica de lo salvadoreño, hay que recurrir a otras fuentes menos científicas, sin un rigor antropológico, para subsanar las omisiones que Marroquín le impone a su disciplina. La literatura y la plástica serían indicadores más fieles de una presencia africana que la actualidad a penas comienza a documentar (http://afehc-historia-centroamericana.org/index.php?action=fi_aff&id=376 y Paul Lokken, “Transforming Mulatto Identity”, 2004).
A continuación se citan varias entradas bibliográficas —en su mayoría literarias— que revelan la presencia africana en El Salvador. Lo afro-salvadoreño muestra su vigencia desde la colonia, la independencia, hasta la actualidad.
IV. Nota bibliográfica conclusiva: sobre la presencia de población africana en El Salvador, hay que leer Travels in the Free States of Central America (1857) de Carl Schezer que menciona a “muchachas [zambas] guapas” pero “degeneradas”, Júpiter (1885/9) de Francisco Gavidia (“el pueblo” alzado bajo la figura alegórica de “negro”), Mentiras y verdades (1923) de Francisco Herrera Velado cuyo personaje “lo respetaban tanto como a los cangrejos de la playa por ser negro”, La princesa está triste (1925) de Raúl Contreras, la cual identifica realeza y esclavitud con una diferencia racial estricta, blanco y negro, O-Yarkandal (1917), reino imaginario de amos blancos, de “blancura” casi “transparente”, y esclavos negros (“Krosiska [de suave matiz rosado] marcaba a sus esclavos [negros, color ébano oscuro] con hierros candentes [...] llamó a su esclava Bethez que era negra”), “El negro” en Cuentos de barro (1933) y “El cuento de Punce Negroide que se quería cheliar [blanquear]” en Cuentos de cipotes (1945) de Salarrué. Por ironía, hay que hacer invisible de nuevo lo que la historia oculta desde la colonia. También hay que leer Cuentos de sima y cima (1952) de Cristóbal Humberto Ibarra que identifica “lo negrito y lo deforme”, Poesía negra, ensayo y antología (1953) de Juan Felipe Toruño, así como Pacunes (1972) de Ramón González Montalvo, entre otros.
«“En la Provincia de San Salvador de Guatimala, el año [1]625 estuvieron convocados para alçarse 2.000 negros la Semana Santa, i se supo tan a tiempo que justiciando algunos se atajó al daño. Primero octubre” (R. Barón Castro, La población de El Salvador, UCA-Ed., 1978: 163, Colección de documentos inéditos, Madrid, T. XVII, 1921: 215). Esta lista somera convida a elaborar una antología sobre la presencia africana en la literatura salvadoreña que la actualidad clamando por “la voz de los sin voz” se jacta de ignorar.
Asimismo, al forjar el nombre literario del país, “el Pulgarcito de América”, Julio Enrique Ávila acompaña su publicación de un grabado que representa a una mujer de color con netos rasgos faciales africanos (Cypactly. Revista de Variedades, Año IX, No. 140, Agosto 25 de 1939: 1, Grabado e ilustración del Br. Ricardo Contreras. Por paradoja, este corto escrito se lee durante la celebración de “la ilustre fecha de la Independencia Nacional, en la cual al general Maximiliano Hernández Martínez se le concede el título de “Benefactor de la Patria” (La República, Año V, No. 1379, 15/septiembre/1937)). El ideal de la mujer-nación lo ofrece una descendiente afro-salvadoreña en honor a un “dictador”, mientras la antropología marxista le niega el reconocimiento a toda raza de color. La popularidad actual del mote literario del país, el Pulgarcito de América, excluye toda mención de su autor original, así como tacha la imagen pictórica africana que lo acompaña. Lo selectivo de la memoria histórica salvadoreña declara que la materia de su recuerdo es el olvido.
En síntesis, en unión de los opuestos, lo que niegan la historia marxista y la antropología científica, lo afirma la ficción reaccionaria. He aquí una de las paradojas más flagrantes de la historiografía salvadoreña del siglo XX a la actualidad. La ficción y el arte evocan el olvido de la historia: lo afro-salvadoreño.

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