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viernes, 27 de noviembre de 2009

LA DILIGENTE ÉTICA Y LA VEHEMENTE E INESTABLE MORAL

Manfredo A. González P.


Sin duda alguna, cuando la escuchamos nombrar o nos topamos con ella en algún estante de multifacéticas publicaciones, nos da la impresión de estar ante cierto tipo de interruptor o moderador conductual. Incluso en muchas ocasiones notamos cómo es catapultada, con voz chillona e iracunda, a cualquier abusador manifiesto en medio de la cola del banco, en una convención de políticos o de una epiléptica reunión del consejo comunal. Y es que la ÉTICA y la MORAL, en nuestros turbulentos días, han sido convertidas en una suerte de objetos contundentes para ser llevadas en cajas de herramientas, prestas a cualquier momento de ofensiva o defensiva lingüística.
“¡Tu no tienes moral! ¡Tú no tienes ética!”. Es el dúo dinámico que sale a la palestra cuando se quiere sentenciar al contrario o disfrazarlo de cucaracha civilizada ante la opinión pública.
Es normal confundir a la ética con la moral, y viceversa, puesto que de alguna manera tomada por los cabellos, etimológicamente, se refieren a lo mismo. Pero un filósofo pelaría los ojos ante tal propuesta, puesto que la ética es una disciplina propia de la filosofía que estudia a la moral; lo que en lenguaje coloquial sería como decir, que la ética debe sus ojeras al trasnocho de tanto analizar el por qué la moral cambia impulsivamente de color, vestimenta y comportamiento. ¿Verdad que parecen una linda parejita?. Ambos tratan de comprenderse, pero aún así, cuando en ocasiones no parezcan coincidir en algo, no pueden vivir el uno sin el otro.
Tal propuesta nos permite dilucidar que el material del que está hecha la ética consiste de un conjunto de normas (políticas, religiosas, etc.), mientras que la moral es el grado en que los sujetos le “paran pelotas” a las normas que gobiernan al grupo social. Y dicho esto, volvemos al principio, puesto que superficialmente ambos términos parecen morochitos, sólo que uno es más activo y la otra pasiva, pero a “vuelo de pájaro” son igualitos. Esa es su esencia, la ética prefiere la teoría (o la biblioteca) y la moral le pela los dientes a la práctica (el club de intercambios).
Pero si le ponemos la lupa a la escurridiza moral nos daríamos cuenta de que está hecha de un cúmulo de valores gobernados por la conciencia propia, que a su vez ha sido moldeada por costumbres aprendidas o (creencias) heredadas, y de allí la razón del por qué no hay especimenes de moral idénticos. ¡Así es… metamos en este mismo saco a la ética!. Ambas no son universales sino más bien tan personalizadas como esos carrazos modificados a los que llamamos “tuning”.
Todo este revoltijo conceptual rige, de una manera dinámica (y a veces impredecible), la dirección que toma el autobús que llamamos “civilización”, creando escollos que se infiltran hasta los preceptos educacionales, dejando cierto halo de incertidumbre con respecto al destino del hombre. Y digo esto porque muchísimas veces hemos escuchado con denotada insistencia que “la moral y las buenas costumbres se han perdido”. Y esto nos obliga a pensar cuál sería entonces la estrategia a tomar para poder solventar la profunda crisis de valores que bombardea nuestra cotidianidad y, cuáles criterios deberían regir la solución a un sinnúmero de situaciones conflictivas?.
Pareciera que la respuesta se la dejamos a la “bola de cristal”, puesto que reporta menos esfuerzo despreocuparse por el comportamiento mundano, antes que ponerse a clasificar, detallar y etiquetar cada manifestación espontánea de las infinitas expresiones morales.
¡Y la cosa se pone peor si nos ponemos a analizar el impacto que la tecnología y la globalización irradia sobre la moral y la ética, tomando en cuenta el bombardeo de culturas que como virus tratan de fusionarse con otras culturas, hasta convertirlas en identidades completamente ajenas a sus humildes orígenes!.
Esto nos ayuda a contemplar un paisaje de constante cambio. Donde antes había una bodeguita de valores dispensados por un viejito de desgastada guayabera escupidor de chimó, ahora se erige un moderno edificio donde un desagradable barbudo promueve una manera “novedosa” de redimensionar los valores para enfrentar una artificiosa modernidad, aún cuando sabe que irremediablemente perderá su negocio ya que lo tiene hipotecado con un mafioso trajeado con un “Scutaro” que hace galas de modificar a su antojo los valores establecidos, lo que básicamente conlleva a la pérdidas de identidades de la “incauta” humanidad, quien ataviada con su balbuceante malinterpretación de “lo que es bueno y lo que es malo”, convierte su día a día en un calvario que abarrota, generosa y eficientemente, las páginas de sucesos de los (irremediablemente amarillistas) medios de comunicación.
Bueno; lo que realmente nos importa en esta ocasión, es que estemos conscientes de que el objeto de estudio de la ética, no es todo tipo de conducta en sí, sino sólo aquellas que son regidas por normas morales. Y es que la pregunta del certamen sería: ¿Qué es más difícil, entromparse con la ética por criticona, o revolcarse con la moral por abusadora?.

Estudiante de la Especialidad Docencia Universitaria (UNERG, Venezuela)

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