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lunes, 21 de marzo de 2011

Al borde del estallido de Víctor Parra: Eros poético


Argenis Díaz

Mucho se ha escrito sobre el amor, en especial por el que los griegos denominaron eros; de hecho tenían otras tres palabras (filía, storgué y agape) para designar lo que en nuestra lengua española llamamos por lo común amor. Es difícil de definir desde el punto de vista del sujeto amante. Sin embargo, nos atrevemos a decir que el amor (eros) es en esencia un proceso complejo lleno de contradicciones, de flujos y reflujos, genéticamente se manifiesta como expansión del ser, pero también como atracción hacia su núcleo vital. Se alimenta de muchos factores, desde el nihilismo hasta la agresividad o posesión, pero sin negar su fuerza creadora que hace fecundo al ser humano. Además, podemos afirmar con Emilio Mira y López (1965) que sobre el amor hay mucha más literatura que ciencia.
Este mismo autor nos asegura que el amor erótico no es algo que “nos llega” sino que “es un especial modo de existir que sobreviene en nuestra intimidad”. Con todo, el amor es una facultad y no un objeto, como diría Erich Fromm. Y que hay que tomar en cuenta el valor exuberante del sujeto amante. Se puede afirmar también, siguiendo al autor de El arte de amar que “el amor erótico es el anhelo de fusión completa, de unión con una única otra persona”. Es desde ese enfoque que nos ubicamos en la lectura particular del poemario de Víctor Parra: Al borde del estallido (2009), publicado por el Sistema Nacional de Imprentas Aragua bajo el signo de la editorial El Perro y la Rana.
El acto del amor, del sexo, se convierte en un ritual, en un acto simbólico reflejado en la palabra; el yo poético es un yo erótico. Se da la polaridad, la alteridad, el reflejo en el otro de la propia capacidad de amar. La persona amada sufre una transfiguración, también el lenguaje, a través de la metáfora, la palabra sublimada, dotada de alas para volar en su propio universo poético.
En este lugar
soy hoja
perdida en el otoño
deshauciado
leño
Que la pena suscribe (33)
Predomina la verticalidad del texto, dándole a la estructura una forma fálica. El lector se ve obligado a realizar una lectura espasmódica del poema, lo cual transmite desasosiego. Es evidente la llamada raíz genital del amor, el deseo de fusión que da inicio a la fase de simbiosis, de compenetración de los dos amantes que se convierten en uno superando el aislamiento:
Nada impide
este encuentro
de dos juntos

bajo luna menguante

dos pliegues

ondulantes
somos (37)
En estos textos sexuados y en cortados versos abundan las menciones a zonas erógenas del cuerpo: “… mi labio/ busca/su boca/ dormida/ al beso” (18); “Tu/ lengua/ que/ aborda/ Despliega/ Transita/ Detiene/ su voracidad/ contenida” (30”; “Tu/ gruta/ convida/ al grito/ del amor/ Consumado” (31); y este poema que da nombre al poemario:
Mi boca
frágil
movimiento
traza
indetenible
prende
una
señal
Te pone
absorta

Al borde

Del estallido (53)
El poemario está impregnado del deseo persistente del alter ego femenino, el amor es hoguera que consume, leña encendida, unión que “coronas con un grito” (12). La metáfora es valle, bosque: “te doy/ mi cálido/ jardín” (49). Lo demás es explícito, nostalgia, espera, noches sin dormir: “Cuando/ no me/ veas/ Olisquea/ mi celo/ en la distancia”.
Víctor Parra asume con este poemario un reto y un riesgo a la vez. No en vano manifiesta que este trabajo es producto de más de dos años de ejercicio poético, de intentos, de flujos y reflujos, de buscar la palabra que ilumine el sendero, que identifique al lector con la vivencia, pero sin perder la calidad del texto. Lo cual es harto difícil en un tema tan manoseado como este del erotismo desde la poesía, sin caer en lo vulgar, en la palabra rastrera, en la manida grosería en que caen algunos autores con la excusa de parecer auténticos y de reflejar el color local.
(Villa de Cura, 15/02/2010)